15 de Octubre

Jueves XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 15 octubre 2026

a) Ef 1, 1-10

         La 1ª lectura de hoy inaugura la lectura de la Carta a los Efesios, que proseguirá durante 3 semanas más. Fue escrita por San Pablo durante su 1ª cautividad en Roma (ca. 61-63), y supone una profunda reflexión y amplitud de horizontes respecto a sus grandes y clásicas epístolas.

         La carta tiene un matiz más bien contemplativo, y en ella podemos distinguir una parte litúrgica (Ef 1, 3-3, 21) y una parte parenética (Ef 4, 1-6, 20), ambas marcadas por la contemplación del misterio de la reconciliación de los judíos y de los paganos en la Iglesia, cuerpo de Cristo y signo de Dios para toda la humanidad.

         El pasaje que se lee hoy reproduce la bendición con la que Pablo abre su epístola. En ella podemos distinguir una introducción (v.3), una 1ª estrofa (vv.4-6) que se cierra con una fórmula de glorificación a Dios, y una 2ª estrofa (vv.7-12) coronada igualmente por una mención a la gloria divina.

         Esta bendición se inspira probablemente en una oración del ritual judío para cada día, donde encontramos temas idénticos: la paternidad divina (v.3) y la elección (v.4), la "riqueza de la gracia" (v.7) y la "alabanza de Dios" (vv.6.12.14) "en el amor" (vv.4.6). Las diferencias entre estas 2 oraciones son significativas por sí mismas: donde el ritual judío da gracias a Dios por el don de la ley, Pablo lo hace por el don de su Hijo (v.6).

         La estrofa introductoria establece de golpe los grandes temas de toda la carta. Se trata, en efecto, de una acción de gracias por la salvación (que aquí se presenta como una bendición) querida por el Padre, merecida por Cristo y realizada por el Espíritu Santo.

         Las bendiciones saludables por las que se alaba a Dios son la muerte (v.7) y la glorificación de Cristo (v.10), el comienzo de la vida divina en el hombre por la fe y el bautismo (Ef 1, 13) y el señorío de Cristo sobre el mundo (Ef 1, 10). La expresión "en los cielos" designa todo aquello que no es ni la "carne y la sangre" (Ef 6,12), ni las "potencias celestiales" suplantadas por Cristo (Ef 4,7-16; 5,23).

         La expresión "en Cristo" significa la mediación por la que las bendiciones del Padre se realizan desde que Cristo ha sustituido, en el orden de la salvación, a la carne y a los espíritus.

Maertens-Frisque

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         La 1ª estrofa (vv.4-6) explica cómo la bendición de Dios beneficia al hombre, llamado por Cristo a la santidad. Esta bendición es elección del amor del Padre y acaba transformando a los hombres en hijos de Dios, herederos de los privilegios ligados hasta ahora al cumplimiento de la ley (Gál 3, 18) y vinculados a la presencia renovadora del Espíritu Santo (Rm 8, 14-17). La santidad es el 1º de estos privilegios, y consiste en una comunicación con la vida misma de Dios (Lv 19, 2) por su amor, un amor que desemboca en la adopción filial de los hombres (v.5).

         La 2ª estrofa (vv.7-12) enumera los 2 beneficios de la obra de Cristo.

         El 1º es la redención, donde la abundancia de la gracia acompaña a la remisión de los pecados (Rm 13,21-26; Col 1,14). Esta redención o "remisión de los pecados" es, de hecho, la posibilidad ofrecida a todo hombre unido a Cristo de superar los propios límites y faltas, en la búsqueda de lo más profundo, de "lo interior" de las cosas y de las exigencias que de ello derivan: "Si te piden tu capa, da también tu túnica".

         El 2º es el conocimiento del misterio (vv.8-10), llamado inteligencia. Es decir, la dilucidación en profundidad y valoración religiosa. El objeto de este conocimiento es la voluntad salvadora de Dios para con todos los hombres (Ef 3,5.9; Rm 16,25-26), voluntad que se ha mantenido oculta durante mucho tiempo, pero que se ha revelado ahora en la persona de Cristo. En él cada cosa y cada ser descubren su razón de ser y encuentran su significación definitiva. Saber es conocer el designio divino, así como "doblegarse a él" es entrar en la "recapitulación universal realizada por Cristo" (v.10).

         Esta recapitulación en Cristo de todo cuanto existe (v.10) constituye el elemento más original de esta estrofa. Algunos comentadores piensan que recapitular tiene aquí un sentido débil, a forma de resumir (como la ley, que se resume en un solo mandamiento; Rm 13,9). Otros, en cambio, piensan que Pablo carga en esta palabra todo su pensamiento sobre las relaciones entre Cristo-cabeza y su cuerpo místico (Ef 1, 20-23).

         Se trataría entonces de una especie de asunción de todas las cosas en Cristo, en el cual han sido creadas y en el cual han sido reconciliadas (Col 1, 15-20) desde el momento en que él ha sido proclamado "Señor y Cabeza" del universo (Fil 2, 9-11). Sería, pues, una restauración cósmica por la que la creación reconoce al Cristo como Señor y vive su vida misma.

         Todo pertenece a Dios y, por este señorío de Cristo, vuelve a él. Esta recapitulación se realiza a través de unas etapas: los paganos serán asociados a los judíos (vv.11-13), los hombres terrestres (v.10) a los seres celestiales, y todos juntos gozarán de los mismos derechos y de la misma vida.

         De la solidaridad de todos los seres en la misma y única recapitulación se desprende ya la idea de que ninguno de ellos podrá depender en modo alguno de los demás. Los paganos no son, así, inferiores a los judíos (Ef 2, 11-12), ni los hombres están sometidos a los ángeles (Ef 1,20-2,10; Ef 4,9-10).

Maertens-Frisque

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         Escrita durante su cautiverio en Roma, la Carta a los Efesios es una de las cartas más doctrinales de San Pablo. Y frente a unos cristianos que daban demasiada importancia a los ángeles y a los demonios, atribuyéndoles una especie de poder sobre el universo, Pablo pone en evidencia la supremacía radical de Cristo: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en los cielos nos ha colmado de bendiciones espirituales en Jesucristo".

         El clima del alma de Pablo es la alegría y la acción de gracias. Cada eucaristía es una "acción de gracias" por todos los beneficios de Dios. Cuando oigo misa ¿procuro captar y aprovechar todas las razones que podría yo tener para decir "bendito sea Dios"? Es bueno también decirlo, ahora, en este momento de mi oración.

         Pero sigamos escuchando a San Pablo, que a continuación nos dice que:

"Dios nos ha colmado, nos ha elegido y nos ha destinado de antemano a ser hijos suyos adoptivos por Jesucristo. Nos ha colmado de sabiduría y de inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad y lo que de antemano se había propuesto".

         Es decir, que toda la iniciativa parte de Dios, y en esa iniciativa nosotros "hemos sido colmados". Estas palabras ardientes y sencillas manifiestan una aventura: la aventura de las relaciones entre Dios y los hombres. El hombre no es un huérfano, ni un producto del azar, sino un ser amado de antemano.

         El beneplácito de Dios, pues, es para mí y para todos los hombres: "Según el beneplácito de su voluntad para alabanza de la maravilla del don gratuito, que nos ha hecho en su Hijo muy amado".  Y esto es una maravilla y un don gratuito de Dios: el gran don de Cristo, y la gran maravilla de Cristo.

         Esta es la prueba de la gratuidad, que "él nos obtiene por su sangre la redención, y el perdón de nuestras faltas".  Es decir, que éramos culpables, y seguimos siendo pecadores y culpables, y sin embargo Dios nos ama, nos salva y nos perdona, poniendo sobre la mesa el precio de todo ello: su propia sangre.

         En lugar de estar dando vueltas a mis pecados con amargura y despecho de amor propio, ¿por qué, Señor, no consideramos lo que tú has hecho, y aquello que ha suscitado tu amor y tu perdón? Porque la gracia de Dios es inagotable. Sobre todo en ciertos días que sentimos más la necesidad de afirmarnos a tales certezas, o cuando tenemos la impresión de ser incapaces de salir del pecado, y de estar clavados a nuestros hábitos. La gracia es inagotable.

         He ahí el proyecto de Dios, antes secreto ("hacer que todo tenga a Cristo por cabeza: lo celeste y lo terrestre") y ahora revelado ("recapitular todas las cosas en Cristo"). Ahora que conozco el designio de Dios, ¿cómo colaboro a él? ¿Soy un artífice de unidad? ¿Considero que es una oportunidad para la humanidad dividida?

Noel Quesson

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         El texto de hoy de Pablo es un himno solemne a la Santísima Trinidad, que bajo el ropaje de un antiguo himno litúrgico canta la gesta realizada por Dios Padre en Jesucristo y en el Espíritu Santo, para la salvación de los hombres y del universo entero.

         La presencia de Jesucristo, Hijo del Padre en el mundo, y el derramamiento de su sangre, ponen de manifiesto que el verdadero ser de las cosas y de los hombres no se agota en las apariencias. En efecto, la palabra de la buena nueva, que el cristiano ha escuchado y creído, ha llevado a éste a conocer la obra de Dios, realizada por medio de Cristo en los tiempos definitivos: "Recapitular todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra" (v.10).

         Para el hombre, la obra de Dios sigue siendo "el misterio de su voluntad", ya que nadie sabe cómo ha podido realizarse, ni tener ningún conocimiento de ello sin la Palabra que nos lo proclama. Sólo ella indica al hombre que ha sido bendecido por Dios, elegido, hecho hijo, redimido, perdonado y enriquecido con su gracia.

         Por eso, el que lo acoge como creyente, y se considera a sí mismo como el lugar en que se ha llevado a cabo la obra de Dios, descubre qué respuesta hay que dar a lo que hacer con su propia vida.

         Tal respuesta debería estar basada en la única que Dios exige, y que es la que inicia el texto de hoy: "Estar consagrados y sin defecto ante él, por el amor" (v.4). Al creyente le corresponde hacer, pues, que el amor se haga efectivo en este mundo, tal como él mismo se sabe amado por Dios. El amor sólo es cristiano cuando se mira en el amor de Dios (manifestado por la palabra de la buena nueva), e intenta hacerlo presente.

         En el fondo, celebrar el misterio de la Santísima Trinidad significa creer en el hombre como lugar de la presencia de Dios (que lo ama), y proclamar el primado de la caridad en las relaciones entre los hombres. La fe, aunque no nos permite el acceso a la realidad de los misterios, nos lleva a descubrir dónde está Dios.

Miguel Gallart

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         Dios tiene un proyecto de amor salvador para nosotros: unirnos a Cristo su Hijo, para que en él seamos hechos hijos adoptivos de Dios y santos (como él es Santo), tras convertir nuestra vida en una continua oblación de "suave aroma" en las manos de Cristo, para qué él nos ofrezca como un sacrificio agradable al Padre.

         Puesto que Dios nos ha elegido en Cristo desde antes de la creación del mundo, vivamos santos en su presencia, sin odios ni divisiones ajenas a lo que el Padre quiere de nosotros: que todos seamos uno en Cristo, y en él gocemos de su paz. Dios quiere esto, y que de esta manera ayudemos a los hombres a salvarse. Para lograr eso, él nos ha bendecido en Cristo, dándonos su vida y su Espíritu Santo.

         No rechacemos esos dones venidos de Dios, y permanezcamos unidos a Cristo para que no se diluya en nosotros la elección con que nos ha agraciado el Padre. Oremos intensamente al Señor para que esta obra salvadora se lleve a cabo en nosotros, pero no de un modo individual sino en plena comunión con los demás hermanos.

         Trabajemos por eliminar de nosotros todo signo de maldad y egoísmo, que ponen en riesgo nuestra vida de unión a Cristo y de amor fraterno con el prójimo. Seamos constructores de unidad y de paz, para que ese proyecto de Dios pueda llevarse a cabo: que todos seamos uno en Jesucristo, cabeza, principio y fundamento del pueblo santo de Dios.

Javier Soteras

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         ¿Cuántas veces hemos leído el cántico con el que comienza hoy la Carta a los Efesios? Se podría decir que es un retrato robot del ser humano, bendecido por Dios en la persona de Cristo. Un retrato que se nos habla de nuestro origen, de nuestro destino y de nuestra trayectoria histórica.

         ¿Y cuál es ese origen y esa trayectoria en la vida? La elección y la vocación, porque no somos fruto del azar, sino que hemos sigo "elegidos para ser santos por el amor". La santidad consiste, pues, en hacer del amor el centro de nuestra vida y la razón de nuestro ser. ¿Y cuál es nuestro destino? No disolvernos en la materia, sino llegar a ser hijos de Dios. Y para esto hemos recibido las herramientas: el perdón de los pecados y el conocimiento del proyecto de Dios.

         No podemos hacernos cargo de una vocación tan desbordante, y por eso hemos de confiar en la gracia de Dios. Sobre todo cada vez que nos sentimos desanimados, o indignos, o perdidos en las cosas de la vida. En cada situación Dios nos dará la gracia que necesitemos, aunque no nos demos cuenta.

Gonzalo Fernández

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         Estrenamos hoy la Carta a los Efesios, a través de un himno que describe el plan divino de salvación y el papel que en este plan desempeña cada una de las 3 personas divinas. El Padre ha resucitado a Cristo y nos ha elegido por amor. El Hijo, constituido por el Padre cabeza de la Iglesia (comunidad de salvación), nos ha redimido y salvado por su sufrimiento. Y el Espíritu Santo garantiza este plan de salvación y asegura que la acción del Padre y del Hijo alcance su objetivo.

         Este Himno de Efesios nos invita a la alabanza a Dios, por el cuidado y detalle con que él mismo ha elaborado este plan de salvación. Tomar conciencia de este esmero de Dios nos puede ayudar a afianzar nuestra fe, en medio de las turbulencias de nuestro mundo.

Luis de las Heras

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         Terminada ayer la Carta a los Gálatas, leeremos durante más de 2 semanas la que escribió Pablo a los cristianos de Efeso. Pablo había evangelizado aquella ciudad, que en su momento era capital de la provincia romana de Asia, y famosa por su cultura, comercio y templos paganos, en sus viajes II y III. Y en total pudo haber estado allí unos 2 años.

         La carta fue escrita por Pablo hacia el año 62, desde su cautividad en Roma. Se trata de una carta amable y llena de intención teológica, que presenta el plan salvador de Dios (Padre) y la riqueza del misterio de Dios (Cristo y su Iglesia), escondido desde toda la eternidad.

         El comienzo de la carta es un himno entusiasta a este plan salvador de Dios, que Pablo presenta como una gran bendición tanto en sentido ascendente como en el descendente. Bendecimos a Dios porque él nos ha bendecido previamente, con toda clase de bendiciones (en su hijo Jesucristo).

         Todo es iniciativa de Dios, y en esa iniciativa él nos ha predestinado desde la eternidad a ser sus hijos, una vez fuésemos salvados por Cristo. Es decir, que todo sucede siempre "en la persona de Cristo", en quien Dios "recapituló todas las cosas del cielo y de la tierra".

         El presente Himno de Efesios es cantado en el rezo de Vísperas una vez por semana, como cántico del NT y después de los salmos. Y nunca lo diremos con suficiente gratitud y alegría. En pocas líneas, viene a desgranar la riqueza del proyecto de Dios, a explicar que todo está centrado en Cristo Jesús, y que todo esto representa para nosotros la mayor de las gracias: el ser hijos de Dios.

         Si en verdad creemos que Dios nos quiere, y que ha pensado en nosotros antes que existiéramos, y que nos ha incorporado al destino de su Hijo, y que nos ha perdonado, y que nos ha hecho por tanto también hijos en su familia, y que nos destina a la salvación plena, ¿no tendría que cambiar la cara con que vivimos cada jornada?

         Por supuesto, esto es algo que nos compromete, porque Dios ha hablado y espera una respuesta: "Nos eligió en la persona de Cristo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor".

         El tono eufórico de Pablo es recogido también por el Catecismo de la Iglesia Católica, que cuando empieza a presentar el misterio de la celebración cristiana, entona precisamente esta solemne bendición de Pablo, y se entretiene en describir en qué consiste esta bendición que Dios nos ha hecho a nosotros y que nosotros le dirigimos a él (CIC, 1077-1083).

José Aldazábal

b) Lc 11, 47-54

         Los escribas creen honrar a los profetas asesinados haciéndoles espléndidos sepulcros. Pero, en realidad, y en su actitud profunda, comulgan con los asesinos. Ellos prefieren sus propias interpretaciones de la ley a aceptar una nueva palabra de Dios.

         Prefieren llevar a Jesús a la muerte por mantener su inteligencia de la ley. Poseedores de la llave de la ciencia cierran el camino de la salvación a los que ponen en ellos su confianza y los siguen como guías. Pecado personal y pecado en el desempeño de su misión.

         La sabiduría humana se rebela contra la sabiduría de Dios. El hombre prefiere sus caminos al camino de Dios. Pero esta persecución de la palabra de Dios por parte de la sabiduría humana no quedará impune. Día vendrá, indeterminado pero seguro, en que se pedirá cuenta de la sangre de todos los profetas, de todos los inocentes, sacrificados a los intereses humanos en virtud de la inteligencia y defensa de la ley.

         Por eso les dice Jesús "os habéis guardado la llave del saber" (porque también ellos tenían la llave) y "vosotros no habéis entrado, y a los que iban a entrar se lo habéis impedido" (pues quien sea cofrade, que tome su vela). No es de maravillar que a partir de ahora se pongan de acuerdo y estén al acecho, "para cogerlo en algo con sus propias palabras!" (v.53).

Josep Rius

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         Continúan las lamentaciones de Jesús, hasta un total de 7 (la serie completa), volviendo la mirada a la historia de infidelidad del pueblo para con Dios, demostrada en el rechazo a los profetas hasta su asesinato en el pasado, cuyas tumbas edifica la generación presente, dando testimonio de lo que hicieron sus antepasados y haciéndose co-responsables de tanta sangre derramada desde Abel hasta Zacarías, el último de los profetas.

         Cuando Lucas escribe este evangelio, ya conoce el final de Jesús, asesinado por los descendientes de quienes mataron a los profetas. La historia no ha cambiado. El comportamiento de esta generación sigue siendo semejante a la de sus ascendientes: a una oferta constante de salvación por parte de Dios, ha correspondido un continuo rechazo; a una historia de salvación, una historia de infidelidad; a la oferta de vida, la negación de la vida de los enviados y su persecución hasta la muerte; a la sangre de su hijo ofrecida por Dios, la sangre derramada de su hijo.

         La última lamentación de Jesús va contra los juristas, conocedores en teoría de la verdadera sabiduría, que no han puesto en práctica ni han enseñado a los demás. Ellos son acusados por Jesús de quedarse con la llave del saber, impidiendo a los demás entrar.

         En sus manos estaba haber aceptado el mensaje de Jesús, acogido su llamada a la conversión y abierto las puertas al designio de Dios. Sin embargo, desde el comienzo de la vida pública de Jesús han hecho lo imposible para que su mensaje (la verdadera sabiduría de Dios) no arraigue en el pueblo, logrando que éste se alíe, al final, contra él y dicte con ellos sentencia de muerte. Terrible responsabilidad la de los dirigentes del pueblo y la de la generación de contemporáneos de Jesús, solidarizada con su ideología.

         La acusación de Jesús va dirigida en última instancia a la conducta de los dirigentes, preocupados más por la teoría que por la práctica. Por eso, ahora su objetivo es encontrar en su enseñanza alguna idea o afirmación de la que puedan acusarlo. Difícil tarea para quien se definió como camino, verdad y vida.

         Al final, lo conseguirán, pero buscando testigos falsos. Se aliarán con el demonio, que es el embustero por excelencia, para arrestar, condenar a muerte y ejecutar a Jesús, pretendiendo acabar con el último de los enviados de Dios, su propio hijo. No lo conseguirán del todo, pues Dios le devolverá a la vida definitiva, la resurrección

Juan Mateos

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         La lectura de hoy es continuación de la de ayer. La intervención de uno de los maestros de la ley (v.45), sirve de hábil introducción para los nuevos ayes, denunciadores de la hipocresía y el legalismo de escribas y juristas. Como en la lectura anterior, se puede históricamente afirmar que el contenido y las expresiones empleadas, pudieron haber tenido origen en Jesús, pero también están evidenciando la experiencia eclesial de las comunidades primeras, en las que la ruptura del oficialismo judío no se ha llevado a cabo todavía.

         El mensaje no es sólo para los doctores de la ley; es referido al pueblo de Israel contemporáneo de Jesús que ha rechazado el mensaje de salvación. Y es también dirigido a todos los hombres y mujeres que, violentando la verdad y el amor en la historia, se cierran al evangelio de la justicia y del derecho.

         La exigencia divina de unas relaciones de igualdad y en amor solidario de hermanos, actualizado en el paradigma existencial de los pobres, enfrenta la injusticia, el egoísmo y la muerte existentes en la vida de la humanidad que se sitúa de espaldas a Dios y al hermano o hermana.

Fernando Camacho

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         Es fácil referirse al pasado y decir "nuestros abuelos sí eran buenos cristianos, y por lo menos se confesaban a menudo, e iban a vísperas". De ahí que hoy diga Jesús: "Ay de vosotros que edificáis mausoleos a los profetas después que vuestros padres los mataron. Por tanto sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros les edificáis mausoleos". 

         Los profetas de antaño, sí eran verdaderos profetas, se comprometían y fustigaban el mal. Pero nosotros, ¿escuchamos a los profetas de hoy? ¿Respondemos a las invitaciones de la Iglesia de hoy? ¿O quizás nos contentamos con "edificar mausoleos" a los hombres del pasado, a las costumbres del pasado en lugar de vivir hoy las numerosas exigencias de la Iglesia de nuestros días? Por eso dijo la sabiduría de Dios: "Les enviaré profetas y apóstoles; a unos los matarán, a otros los perseguirán".

         En tiempos de Jesús se tenía nostalgia de los antiguos profetas, y Jesús se encontraba allí, el que era el gran y único profeta. No obstante, el pueblo no le reconocía, e incluso ¡estaba dispuesto a matarlo para impedir que profetizara! Como se ve, en todas las épocas los profetas son molestos, y habitualmente se ha deseado suprimirlos. ¿A quién quisiera yo suprimir? ¿Qué voz desearía que se callase?

         Desconfiemos, una vez más, de quedarnos con nuestra buena conciencia, porque podría ser el resultado de esta hipócrita tendencia de buscar fuera la responsabilidad de todos los males. Cada generación participa en el mal del mundo, cada generación ha condenado a Jesucristo, y a cada generación se le pedirá cuenta de la sangre de Jesucristo derramada. Porque "desde Abel hasta hoy corre la sangre de los profetas sobre la tierra".

         Cuando Jesús salió de allí, según Lucas (porque todo eso se dijo en casa de un doctor de la ley), los escribas y fariseos comenzaron a acosarlo implacablemente sobre muchas cuestiones, estando al acecho para atraparlo con sus propias palabras. Sí, Jesús ha sido rechazado, y rehusado el más grande entre los profetas, aquel que llevó a la perfección la enseñanza religiosa. El mundo, en todo tiempo, rehúsa el mensaje de Dios.

Noel Quesson

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         La visita de Jesús a la casa del fariseo parece no caminar como lo esperaba el anfitrión y otros invitados, tal vez queriendo entramparlo para tener motivos de acusarlo y condenarlo; tal vez para pedirle cuentas de su forma de hablar y actuar. Y no parece ir bien porque Jesús acaba diciéndole: "Ay de vosotros, doctores de la ley, porque habéis guardado la llave de la puerta del saber. Vosotros no habéis entrado, y a los que iban a entrar les habéis cerrado el paso". 

         Pero Jesús se ha levantado en contra de ellos, no porque quiera condenarlos, pues también ellos son objeto de la salvación que Dios ofrece a todos, sino para poner en claro que la salvación no se logra manifestando un continuo sentimiento de culpa construyendo y adornando sepulcros a los profetas asesinados por sus padres, sino escuchando a esos profetas, cuyas palabras se han cumplido en Cristo.

         No basta comprender la palabra de Dios y pensar que, puesto que es una sabiduría tan alta, se puede encender esa vela y taparla con una vasija de barro. Lo que hay que hacer es encender esa vela y hacer que todos puedan disfrutarla, y ser uno mismo el 1º en conformar la propia vida a lo que Dios quiere decirnos. De lo contrario, pudiera ser que uno mismo no se salvara, ni dejaría que los demás se salven.

         Dios nos ha confiado la riqueza de su amor, de su vida, de su perdón, de su salvación no para que los ocultemos, sino para que los demos a conocer a todas las naciones ayudándoles a vivir aquello mismo que ya nosotros estamos viviendo y disfrutando.

         No basta construir templos, casas de asistencia social, fundar clubes de ayuda solidaria. Es necesario vivir el evangelio. La Iglesia de Cristo no puede quedarse en sólo la promoción social como una filantropía; es necesario hacer que la salvación sea parte de nuestra propia vida para que podamos llevarla también a los demás.

Gaspar Mora

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         Sigue el ataque implacable de Jesús contra las actitudes de los fariseos y los juristas. Ante todo, porque "edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron". O sea, los fariseos están dispuestos a honrar a los profetas muertos (haciendo la comedia de edificarles monumentos), al mismo tiempo que no le hacen ni caso, ni siquiera estando vivos..

         Jesús nombre a 2 profetas: Abel, sacrificado por su hermano Caín (Gn 4), y Zacarías, el hijo del sacerdote Yoyadá, a quien mataron por encargo del rey Joás (2 Cro 24). Jesús los nombra como el 1º y último de una serie de profetas que acabaron igual. Es lo que van a hacer con él también, porque presenta una fe y un Dios muy distintos del que ellos están acostumbrados.

         La otra acusación de Jesús va dirigida a los doctores de la ley, que tienen la llave del saber y de la interpretación de la ley. Y tiene que ver con el mal uso que han hecho de esa llave: "No habéis entrado vosotros, y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar". ¿Para eso tantas llaves?

         Es valiente Jesús al desenmascarar las actitudes de las clases dirigentes de su época. Pero sus palabras nos ponen interrogantes también a nosotros, seamos dirigentes o no. ¿Caemos en la trampa de honrar a los profetas que fueron, reconociendo sus méritos y la injusticia del trato que recibieron, pero luego resulta que no hacemos caso de los profetas actuales, y les hacemos la vida imposible, porque no estamos dispuestos a escuchar su mensaje, que nos es incómodo?

         Esto puede pasar en la sociedad, en la que pueden estorbar a los poderosos las voces proféticas que se levantan contra sus injusticias. Puede pasar en la Iglesia, en la que a veces se hace callar a los que tienen un espíritu más libre y crítico, aunque más tarde a veces se les rehabilite o incluso se les canonice.

         Pero puede pasar también a nuestro alrededor, cuando nos sentimos molestos cuando somos criticados, y hacemos lo posible por desacreditar a esos profetas que se atreven a llevarnos la contra. A todos nos pasa que nos estorban los profetas vivos, no los muertos.

         Además podemos merecer también las palabras de Jesús a los juristas. ¿Nos sentimos "propietarios de la verdad", guardando sus llaves, de modo que los demás tengan que pasar la aduana de nuestra interpretación? ¿Nos creemos los únicos que tenemos razón en todas las discusiones, sean importantes en el ámbito eclesial o más cotidianas en nuestra familia o círculo comunitario?

         Sería una lástima que los que podemos decir una palabra en el ámbito de la catequesis o de la predicación no comuniquemos esperanza y alegría, sino angustia y miedo. Seríamos malos guías.

José Aldazábal

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         Hoy se nos plantea en el evangelio el trato dado a los profetas, bajo la advertencia de que "les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán" (v.49). Los profetas son personas de cualquier condición social o religiosa, que han recibido el mensaje divino y se han impregnado de él, e impulsados por el Espíritu lo han expresado con signos y palabras comprensibles para su tiempo.

         Se trata de un mensaje transmitido mediante discursos, nunca halagadores, o acciones, casi siempre difíciles de aceptar. Una característica de la profecía es su incomodidad. El don resulta molesto para quien lo recibe, pues le escuece internamente, y es incómodo para su entorno, que hoy, gracias a internet o los satélites, puede extenderse a todo el mundo.

         Los contemporáneos del profeta pretenden condenarlo al silencio, lo calumnian, lo desacreditan, así hasta que muere. Llega entonces el momento de erigirle el sepulcro y de organizarle homenajes, cuando ya no molesta. No faltan actualmente profetas que gozan de fama universal. La madre Teresa, Juan Pablo II... ¿nos acordamos de lo que reclamaban? ¿Lo ponemos en práctica? Porque a nuestra generación se le pedirá cuentas de la capa de ozono que ha destruido, de la desertización y del despilfarro del agua, pero también del ostracismo al que hemos reducido a nuestros profetas.

         Todavía hay personas que se reservan para ellas el derecho de saber en exclusiva, que lo comparten (en el mejor de los casos) con los suyos y aquellos que les permiten continuar aupados en sus éxitos y fama. Se trata de personas que cierran el paso a los que intentan entrar en los ámbitos del conocimiento, no sea que sepan más que ellos y los adelanten. De ahí la queja de Jesúus: «Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia. Porque no entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido" (v.52).

         Hoy día, como en tiempos de Jesús, hay muchas personas que analizan las frases y estudian los textos para desacreditar a los que les incomodan. ¿Es éste nuestro proceder? Como decía San Juan Crisóstomo, "no hay cosa más peligrosa que juzgar las cosas de Dios con los discursos humanos".

Pedro Inaraja

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         La hipocresía es aborrecida por Dios, y no hay nada peor en el alma de un creyente que este terrible pecado. Dios aborrece al que no es sincero, y quiere aparentar lo que no es en la realidad. Y por eso sigue mandando al mundo de hoy a los profetas, para que prediquen la verdad. Pero de nuevo el hombre vuelve la vista y hace oídos sordos a la verdad, y de nuevo se vuelve a matar la verdad que Dios quiere proclamar.

         El papa es el profeta que Dios ha elegido para este s. XXI, tan lleno de crisis espirituales. Y lo ha elegido para que todos los miembros de su Iglesia encuentren siempre la verdad que salva. La fe en Cristo no puede estar separada de la fe en la Iglesia y de la fe en el papa, y de ahí ha de brotar mi certeza de que en todo momento he de defender al papa y sus enseñanzas.

         ¿No seremos nosotros, tal vez, los que estamos matando a nuestros propios profetas? Porque con frecuencia se escuchan palabras de disconformidad y rechazo hacia quien ha recibido de Cristo la misión de guiar a la Iglesia. El papa es esa voz que hoy defiende la verdad ante los atropellos y las injusticias. Y esa verdad es siempre la misma, no cambia con los años.

Luis Gralla

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         Continúa hoy Jesús con su inquietante respuesta hacia los que se separaban de las obras del reino de Dios, lo que también sirve de aviso para sus seguidores. Sobre todo, nos servirá de aviso para no caer en la tentación del aparentar, ni del construir mausoleos a los antiguos mientras condenamos a los nuevos, ni del querer controlar la sabiduría que viene de Dios, ni del quitar del medio a la gente sencilla (Mt 11,25; Lc 10,21).

         Por otro lado, el mundo de hoy está necesitando que los cristianos retomemos nuestro papel de profetas, nuestro papel de hombres y mujeres que hablen con valentía y tengan el coraje de anunciar el Reino y denunciar aquello que se opone a éste. No es fácil, pues la suerte del profetas siempre es la misma: el desprecio, el descrédito, e incluso la misma muerte.

         Sin embargo, ¿cómo podemos quedarnos callados cuando vemos que nuestro mundo va caminando a la oscuridad; cuando los valores morales van desapareciendo, o cuando el cristianismo se ha hecho una rutina de domingo? ¿No te parece que ya es tiempo de tomar de nuevo nuestro papel como bautizados y heraldos de la buena noticia del evangelio?

Luis de las Heras

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         La fe no viene a tranquilizar la conciencia del hombre pecador (que no quiere abandonar sus malos caminos), sino que viene a moverle para que cambie sus criterios internos y pueda abrirse al signo del amor de Dios en medio del mundo.

         Retengamos en la memoria las palabras de Jesús a letrados y maestros hipócritas. Su conducta es lamentable para ellos mismos y para la comunidad de los mortales. Por esa vía no se crea amor y paz. Frente a esas actitudes poco aconsejables, pongamos las bellas palabras de Santa Margarita María de Alacoque:

"Nuestro Señor viene a decirnos que él desea ardientemente que se renueven en nuestras almas los efectos de la redención: la santidad. Y que recordemos que de su divino corazón manan tres arroyos: el de la misericordia (que nos ofrece perdón), el de la caridad (que nos baña en su amor) y el del amor y luz para sus amigos (que nos convoca a todos a la salvación), ayudándonos mutuamente y ofreciéndonos la iluminación de la fe".

         Miremos al fondo de nuestro corazón, y comprobemos qué río mana y fluye en él: ¿es el de la justicia, amor, caridad, servicio, trabajo por los demás? Alegrémonos de ello, o lamentemos que el manantial esté seco.

Dominicos de Madrid

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         La lectura de hoy es continuación del evangelio de ayer, y nos transmite los 2 últimos ayes de la polémica de Jesús con los fariseos. No podemos señalar con exactitud los límites entre las propias palabras del Maestro y las de la primitiva comunidad. En el v. 52 los doctores son acusados de haberse transformado en dueños del saber de Dios, identificándolo con sus propias perspectivas e intereses.

         El mismo peligro amenaza a la Iglesia: la verdad de Jesús está condicionada por los seres humanos que la anunciamos y la comentamos; somos un factor de la mediación que puede volverse manipulación. Más complejo es el ay del v. 51, con la trágica visión que suscita la Palabra entre las personas.

         La confrontación de Jesús con las autoridades de Israel ya ha tenido su prólogo en la historia profética del AT y continúa en la historia de la Iglesia, volviéndose una constante de toda existencia auténtica. El tema es clásico en la tradición deuteronomista, y es retomado por la Iglesia desde el testimonio trágico de Jesús, pasando por todos los justos que han sufrido crueldades por mantenerse fieles y honestos a la verdad.

         Sabemos que el martirio de Jesús no fue inútil, y que culminó en su pascua gloriosa (Flp 2, 8-10). Quien cree en Jesús, y quien lo anuncia, vive amenazado por la violencia de este mundo.

Confederación Internacional Claretiana

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         El evangelio de ayer y de hoy tiene una serie de 7 imprecaciones dirigidas por Jesús contra los fariseos. Las imprecaciones (o denuncias) eran el recurso que tenían los profetas para poner en evidencia las contradicciones de la gente su época, así como para denunciar la corrupción e hipocresía de los dirigentes.

         En la 1ª imprecación de hoy (la 6ª, en total), Jesús se muestra reacio frente a los dirigentes de su época, sobre todo por engañar a los demás en nombre de Dios: "Ay de vosotros, que levantáis sepulcros a los profetas". Se trata de una denuncia contra aquellos que intentan silenciar la voz de Dios con bonitos decorados. El honor que los partidarios del poder le rinden a los profetas no es sino una manera encubierta de respaldar a los potentados que les dieron muerte.

         La 2ª imprecación de hoy (la 7ª, en total) va dirigida exclusivamente contra los maestros de la ley. Ellos poseían un profundo y erudito conocimiento de la escritura, y eran personas muy consultadas por el pueblo y por los poderosos. Pero no hacían una lectura de la palabra de Dios que que remarcara el binomio Dios-hombre, sino que "se apoderaban ellos del conocimiento", y cerraban el acceso a los demás. Una actitud peligrosa que conducía más a la condenación que a la salvación, aunque llevaran una Biblia debajo del brazo.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Jesús prolonga hoy su crítica a los fariseos por edificar mausoleos a los profetas, como si quisieran con ello rendir honor a los que en otro tiempo habían sido perseguidos y asesinados por sus antecesores (vuestros padres), de forma hipócrita.

         Con ello interpreta Jesús que, dando sepultura a tales profetas, estarían reconociendo el asesinato perpetrado por sus asesinos, los cuales fueron sus padres, sin desaprobar (al mismo tiempo) la conducta homicida de sus antepasados. En efecto, edificar un mausoleo no es dar sepultura, sino mantener o recuperar la memoria de los fallecidos. En este caso, los fallecidos fallecieron por ser mensajeros de Dios, y sus asesinos asesinaron por desoír y pisotear el mensaje divino.

         Según Jesús, este acto de enaltecimiento del profeta, por parte de los fariseos anti-profetas, era una muestra más de su cinismo e hipocresía, al rechazar a todo enviado de Dios y, al mismo tiempo, querer aparentar dar gloria a los profetas caídos (edificándoles mausoleos, sin renegar de la conducta ni mentalidad de sus padres, que eran las que les habían dado muerte).

         Ello explica que los nuevos profetas, como Juan Bautista y el mismo Jesús (que se sitúa en el surco de esta tradición), sigan siendo desestimados y perseguidos a semejanza de los antiguos, como bien profetizó la sabiduría de Dios:

"Les enviaré profetas y apóstoles. A algunos los perseguirán y matarán. Y así a esta generación se le pedirá cuentas de la sangre de los profetas, derramada desde la creación del mundo. Desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario".

         Es decir, que tanto esta generación como las que ha habido desde la creación del mundo, siempre han estado en la misma concordancia: asesinar profetas y luego edificarles mausoleos. Y ahí está el cinismo y la hipocresía.

         Y es que son ellos (los fariseos) los que, con su juridicismo, se han adueñado de la llave del saber, con la intención de no entrar ellos (en este espacio de sabiduría) ni dejar entrar a los que lo intenten.

         Éste es su gran pecado, y Jesús se lo echa en cara, sobre todo por adueñarse de la enseñanza para que nadie viniese con una doctrina distinta, ni enseñase por su cuenta, ni les diese a ellos lecciones, por muy enviado de Dios que fuese.

         Tras estas imprecaciones (¡ay de vosotros!) difíciles de encajar, aquellos letrados y fariseos (nos dice el evangelista) empezaron a acosarlo y a tirarle de la lengua (de la misma manera que habían hecho sus antecesores, con los antiguos profetas) con muchas preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras.

         El propósito de tales preguntas era obtener pruebas para acusar a Jesús ante un tribunal civil, capaz de dictar sentencia de muerte. Como Jesús predice, acabarán colmando la medida de sus padres, al dar muerte no sólo al último enviado de Dios, sino al mismo Hijo.

         De este modo, los fariseos colmaban la medida de sus padres y se hacían reos de aquella sangre profética que recapitulaba Jesús. Para esta mentalidad farisaica no había más antídoto que la humildad, pues sólo desde la humildad podrían reconocer la llave del saber en este nuevo Maestro que venía de parte de Dios. No obstante, eso es algo que no hicieron, ni reconocieron, ni quisieron siquiera considerar.

 Act: 15/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A