14 de Octubre
Miércoles XXVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 14 octubre 2026
a) Gál 5, 18-25
Nos habla hoy Pablo de cómo saber conducirnos en la vida: "Si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis sujetos a la ley". Unas palabras que implícitamente nos hablan de una libertad y de una interiorización, pues con ellas no hace uno lo que quiere, sino que se deja conducir. Es el tipo de libertad conquistada por Cristo, que por el hecho de ser auténtica elimina y aleja de sí la falsa libertad.
No, la libertad de Jesús no implica permisividad. Sobre todo porque "las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, rencillas, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes".
Es preciso releer despacio ese conjunto de palabras, y preguntarnos cómo podemos incurrir también nosotros, a nuestra manera, en algunos de esos defectos. Porque lo asevera Pablo: "Quienes hacen tales cosas, no heredarán el reino de Dios". Es decir, que aquí hay una herencia, o beneficio que uno recibe sin mérito propio, sino tan sólo por ser hijo de alguien.
En cambio, continúa diciendo Pablo, "el fruto del espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, bondad, afabilidad, fe, humildad, dominio de sí". Tales son los frutos del Espíritu, de los que conviene releer también cada una de sus palabras, y rogar muy sencillamente: Señor, concédeme el amor y haz que brote en mí el amor, concédeme la alegría y haz que surja en mí la alegría, concédeme ser afable y haz que crezca en mí la comprensión.
En concreto, consideremos la jornada que hoy vamos a vivir, y tratemos de prever las ocasiones que seguramente se me presentarán para "dejarme conducir por el Espíritu". ¿Estoy ya mismo deseoso de producir esa alegría, paz, humildad y dominio de sí? Porque todo eso hará fructificar a Dios, en mí y en los demás.
Los cristianos, a impulso del Espíritu Santo y desde la libertad de Cristo, somos la vanguardia de la humanidad, una levadura nueva y distinta en el corazón del mundo. Nuestro estilo de vida debería impregnar el mundo de esta alegría, de esta paz y de este servicio a los demás. Hemos de ser ¡visibles y atrayentes!, aunque por desgracia estemos todavía muy lejos de ello.
Contra tales frutos tan espectaculares, no hay ley posible. Eso sí, sus portadores ("los que pertenecen a Cristo") han de "crucificar sus pasiones y sus apetencias egoístas". Como concluye Pablo: "Puesto que el Espíritu nos vivifica, dejémonos conducir por el Espíritu".
Pero detengámonos en la expresión "los que pertenecen a Cristo", porque aparte de ser otra de las originales definiciones paulinas de los cristianos, esta expresión repite por sí sola que la vida cristiana no es un cumplimiento de obligaciones, sino un compañerismo fiel respecto a una persona: Jesucristo. Esto no consiste en hacer algo, sino en mantenerse fieles a alguien. Señor Jesús, concédeme la gracia de imitarte.
Noel Quesson
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Aunque Cristo haya liberado al hombre del peso de la ley, ¿no es libre el hombre para hacer lo que la ley prohíbe? Esta cuestión se suscitará con frecuencia, y Pablo responde pidiendo que no se confunda libertad con libertinaje. En efecto, una mala comprensión de la noción de libertad podría conducir a otra esclavitud: la de la carne.
En Pablo la palabra carne designa la naturaleza frágil del hombre, especialmente los deseos egoístas que se oponen a su verdadera vocación. De hecho, la cuestión principal es saber para qué, o con qué finalidad, ha sido liberado el hombre. A esta pregunta no hay más que una respuesta: el hombre ha sido liberado para amar más. Así, la ley entera sólo encuentra su cumplimiento en una única palabra: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (v.14).
Pero sólo el hombre que vive del Espíritu de Jesús puede realizar esto: "Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne" (v.16). En efecto, la carne se opone al amor auténtico, como demuestra la lista de sus obras (fornicación, libertinaje, idolatría...).
Se trata de una lista que aparecerá también en otras cartas paulinas, y que comprende los desórdenes del amor humano, otros tantos aspectos de la lujuria y los desenfrenos tan extendidos en el mundo pagano: las perversiones de culto, las faltas de amor y los excesos de la mesa. Todo lo cual se traduce en degradación de la persona humana.
En cambio, el fruto del Espíritu es uno único: el amor, considerado en sus principales signos (gozo y paz), en sus manifestaciones (paciencia, bondad, benevolencia) y en sus condiciones de existencia (fe y humildad, que permiten la acogida de la gracia y el autodominio).
Frederic Raurell
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No tiene ningún sentido dividir a la gente en buenos y malos, como solían hacer las películas de indios y vaqueros. En 1º lugar porque ningún ser humano puede juzgar a su hermano, y en 2º lugar porque el bien y el mal nos atraviesan a todos por dentro. El propio Jesús ya fue implacable contra los fariseos y maestros preocupados en la buena imagen electoral, y se centró en ahondar el derecho y el amor de Dios.
Las palabras de hoy de Pablo son palabras enérgicas y contundentes, y con todo sigue habiendo gente especialmente vocacionada en señalar lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer, marcando las líneas entre lo permitido y lo prohibido. ¿Y cómo saber si esas actitudes son genuinamente evangélicas o no?
La Carta a los Gálatas nos ofrece una pista. Donde hay Espíritu surgen frutos espirituales (amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, amabilidad, autocontrol...), y donde hay carne (o ser humano que se deja llevar por el mundo) surgen otro tipo de frutos: fornicación, impureza, contiendas, celos, rencores, sectarismo...
Esto puede parecer demasiado simple, pero a esta simplicidad es a la que suelen llegar, después de muchas vueltas, los hombres y mujeres espirituales. Hace tiempo que me he desenganchado de esos maestros que presumen de ver las cosas claras, y que con ello van creando grupos apartados de los demás.
Gonzalo Fernández
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El apóstol Pablo nos invita hoy a dejarnos guiar por el Espíritu Santo. Y dice que si bien Cristo nos ha liberado, es el Espíritu quien hace eficaz esa libertad en nuestro interior. ¡Qué excelente Guía del Peregrino Cristiano nos facilita hoy Pablo en este texto de la Carta a los Gálatas! Viajar por, con y en "el amor, la alegría, la paz, la tolerancia, la amabilidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y el dominio de sí".
Esto es vivir según el Espíritu, en la libertad de los hijos e hijas de Dios. ¡Esto es vivir, esto es vida! Y no la preocupación por heredar o no el reino de Dios, sino por la dicha que se experimenta cuando se viaja por estos senderos del Espíritu. La herencia del Reino será consecuencia de este prodigioso viaje, no nos cabe ninguna duda.
Luis de las Heras
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¿Quién de nosotros no ha experimentado los estragos que ha hecho en su interior la propia concupiscencia? Si de veras somos personas de fe, no sólo hemos de tomar conciencia de que hemos muerto al pecado (como hizo Cristo en la cruz), sino también de que tal acontecimiento se puede diluir fácilmente a lo largo de la vida, dejándonos arrastrar nuevamente tras las apetencias de la carne. Revivamos una y otra vez, pues, nuestra muerte ontológica al pecado, y hagamos que nuestra realidad personal se mantenga siempre unida, por medio de la fe y del bautismo, a la nueva vida de Cristo.
Si vivimos con sinceridad nuestra fe, no podemos volver a esclavizarnos con las diversas manifestaciones del pecado (de la carne), sino que desde la total libertad (de los hijos de Dios) hemos de dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para que los frutos que proceden de él se manifiesten en nosotros y en nuestra vida.
Dios quiere que vivamos como hijos suyos, y que todo lo que hagamos brote del Espíritu de Dios y no de nuestros caprichos, de nuestro egoísmo o de nuestras malas inclinaciones. Pidámosle por ello un espíritu de continua mortificación, que dé muerte a todo aquello que nos impida ser un signo de su amor. Vivamos, pues, en una continua conversión, permitiéndole al Señor hacer su obra en nosotros.
Javier Soteras
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Sigue dirigiéndose hoy Pablo al hombre integral, esta vez atacando ese falso ecumenismo (o captatio benevolentiae) que propagaba la teología pagana de la incongruencia, condenatorio de las aberraciones morales pero sin testimonio de conducta. De hecho, para Pablo sí hay posibilidad de salvación aún fuera del ámbito de la actividad de la Iglesia, pues "Dios pagará a cada uno según sus obras".
Esto pone en cintura ese tipo de pastoral que trata de desconocer cualquier grado de religiosidad de las personas, a las cuales Dios puede interpelar de cualquier forma posible. Un enviado por Dios debe reconocer primero este hecho, y luego dirigirse personalmente a cada una de esas personas, sabiendo que el mensaje de Jesús es tan universal que puede inculturarse en cualquier parte y persona.
Severiano Blanco
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Terminamos hoy nuestra lectura de la Carta a los Gálatas. Y lo hacemos con una doble lista: las "obras de la carne" y los "frutos del Espíritu".
Parecería que, con tanto hablar de libertad y de relativizar "las obras de la ley", Pablo estuviera invitando a una espiritualidad permisiva. Pero no. La fe en Cristo, y la apertura a su gracia, son muy exigentes.
Cuando Pablo habla de la carne se está refiriendo a la sola condición humana, sin su dimensión espiritual. Y a la mentalidad meramente humana, que lleva a esa lista impresionante de tendencias pecaminosas en el terreno de la impureza y de la idolatría, de la falta de control personal y de infinitos fallos en la relación con los demás.
Lo contrario son los frutos del Espíritu, con un total dominio de sí, rebosamiento de paz y alegría y una entrega amable a los demás. Tenemos así un buen examen delante, y un espejo donde mirarnos hoy con sinceridad, porque todo eso es lo que debería trasparentar nuestra conducta.
Cada uno sabrá si en verdad "ha crucificado su carne con sus pasiones y deseos". Tal vez no tengamos que acusarnos de borracheras, orgías o brujería. Pero sí que puede pasarnos que sigamos siendo carnales a la hora de tener criterios humanos. Si nos dejamos llevar por los celos, por ejemplo, no estamos viviendo según Cristo, sino según la carne.
Como cristianos, esto se traduce en ir madurando en nuestra vida de fe, y en ir "dejándonos llevar por el Espíritu". De esta manera, irán apareciendo en nuestra vida los frutos de los que habla Pablo, desde el "dominio de sí" hasta la "alegría y paz", pasando por la "comprensión, servicialidad y bondad" con los demás. ¿En qué se conoce que caminamos según el Espíritu? En que vivimos con alegría, con amabilidad y con dominio de sí.
El salmo 1 que suena hoy en nuestra misa nos sigue invitando a elegir los caminos de Dios, y no los del mundo: "Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, sino que su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche". No es tan sólo el apego a la ley lo que Pablo ha criticado en esta carta, sino la contabilidad de méritos o el no dejarse mover por la fe y el amor, que provienen del Espíritu de Cristo.
José Aldazábal
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La teología del doble camino es una buena glosa a las palabras de hoy de San Pablo. El apóstol, como buen maestro espiritual y experto en el sufrimiento humano, sabe por experiencia que una doble tensión interior nos puede poner en vilo, y por eso nos avisa.
La 1ª tensión interior es el peso de la carne, símbolo de todos los aspectos negativos o no regulados en la vida, desde el odio o venganza hasta el insaciable apetito sexual. Pues quien se mueve por este proceder "según la carne", acabará confundiéndose con ella misma y acabará perdiendo el interés por los valores del espíritu, bajo el fuego del egoísmo.
La 2ª tensión interior es la elevación del espíritu, símbolo de todo proceder honrado, tanto en el propio equilibrio y fortaleza interior, como en el amor y solicitud por los demás, para gloria de Dios Padre.
La 1ª tensión nos ahoga, mientras que la 2ª nos libera; la 1ª nos degrada, mientras que la 2ª nos ennoblece; la 1ª nos ciega, mientras que la 2ª nos ilumina. Y en la vida real de cada día, la 1ª y la 2ª, que anidan en el hombre, tienen que ser armonizadas prudente y sabiamente por una conciencia noble, para que a través de las dos triunfen la naturaleza y la gracia.
Dominicos de Madrid
b) Lc 11, 42-46
La acusación comenzada ayer por Jesús contra los fariseos continúa hoy con 4 lamentaciones más, a forma de acusación contra la manipulación religiosa de la gente.
La 1ª acusación de Jesús tiene en cuenta el pago riguroso del 10% de las cosechas (el diezmo), como asignación tributaria para el culto y el clero judío. Dicha normativa venía a decir que Dios es el propietario de toda la tierra, y que por ello sus inquilinos han de ofrecerle en acción de gracias las primicias de sus frutos.
El libro del Deuteronomio (Dt 12,6.11.17; 14,22) exige que se entregue el 10% de la mies y de los frutos de los árboles (grano, mosto y aceite) al santuario central, pero permite también la entrega equivalente en dinero. Más tarde se exige también el diezmo del ganado (Lv 27, 30-33), y los fariseos extendían también ese deber a otras hierbas olorosas (hierbabuena), medicinales (ruda) y comestibles (legumbres).
Por tanto, los fariseos cobraban el diezmo hasta de lo no mandado, olvidando así los mandamientos de la justicia y del amor. Justicia para que a todos llegara lo necesario, y amor para suplir con generosidad aquello que la justicia no lograra alcanzar. Jesús no se niega a que se pague el diezmo, pero sí se opone a que el diezmo olvide lo fundamental. Difícilmente podrán relacionarse con Dios el mundo económico, si éste no practica la justicia ni el amor.
La 2ª acusación de Jesús reprocha a los fariseos su vanidad, al desear ocupar en público los primeros puestos, relegando a los demás a un 2º plano. En la ética de Jesús el prójimo tiene la prioridad, y el otro está siempre por delante.
La 3ª acusación de Jesús gira en torno a la división dentro-fuera. Los fariseos son "como tumbas sin señal, que la gente pisa sin darse cuenta, contaminando y volviendo impuros". Así pues, declara que los fariseos no alcanzan la pureza con sus purificaciones rituales, y que además contaminan y manchan a los demás. Siendo su misión proteger el bien, provocan el mal. Quienes están destinados a dar vida, transmiten, como tumbas, la muerte. Quienes deben llevar a la santidad, conducen a la impureza.
La 4ª acusación de Jesús hace que un jurista se sienta aludido, y condena el hacer cargar sobre los hombros de los demás las cargas insoportables, sin estar dispuestos a rozar éstas con el dedo. Por supuesto, esa carga aludía al desarrollo oral de la ley que habían hecho los fariseos, a base de añadir innumerables preceptos mínimos. Había, por ejemplo, una lista de 39 categorías de trabajos que estaban prohibidos en sábado, y 613 mandamientos que había que cumplir.
Imposible recordar tanto precepto para ponerlo en práctica, y lo que conseguía esa minuciosa legislación era terminar creando una conciencia de pecado en la gente, que se sentía incapaz de conocer las cosas de Dios, y acababa apartándose de Dios.
Juan Mateos
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El mensaje de Jesús es tan universal, que puede inculturarse en cualquier parte. Es ésta la condena expresa de Jesús contra estos dos grupos dirigentes de Israel. Los fariseos, con su rigor externo exagerado, dirigen la vida religiosa del judaísmo. Los juristas interpretan la antigua ley de Moisés y coleccionan las nuevas tradiciones morales y rituales del pueblo. Pero unos y otros parecen más preocupados en la observancia que en el compromiso. No maravilla, entonces, la continua y violenta confrontación de Jesús y sus discípulos con estos grupos, que se resume en estos 6 "ay de vosotros" (vv.42-53).
Los fariseos son condenados principalmente por su hipocresía y corrupción interna (v.44). En 1º lugar, porque han transformado la religión en una especie de espectáculo. En 2º lugar, porque se han autoconstituido en los únicos representantes de lo divino (v.43). Y en 3º lugar, porque se preocupan de las minucias y pierden de vista lo más importante, que es el amor y la justicia (v.42). De momento, Jesús y sus discípulos todavía no han roto las relaciones con ese mundo judío, y todavía se sienten sujetos a la estructura legal del judaísmo.
También de momento, justicia y amor son conceptos utilizados por Jesús en el sentido del AT, aunque ligados en exclusiva al misterio y cualidades de Dios (su autor), y nunca ligado a la vida de su pueblo (su receptor). Dios es justo amando al pueblo, y Dios es amoroso perdonando al pueblo.
El fariseísmo había llegado a olvidar por completo este misterio de Dios, y Jesús sintió la necesidad de recordárselo. En este sentido, su mensaje no era todavía una ruptura radical, sino una búsqueda más profunda y auténtica de la vida religiosa del AT. La 1ª razón por la cual Jesús condena a los juristas es por la incoherencia entre su enseñanza y su vida (v.46).
Para Jesús, los intérpretes de la ley han deshumanizado los mandamientos de Dios, transformándolos en un peso insoportable, volviendo odiosa la religión, haciendo de Dios un policía y fiscal, traicionando el primitivo amor israelita a Dios, omitiendo la primigenia Alianza de Dios y olvidando las llamadas de Dios a la fidelidad y al perdón. Por otra parte, la vida personal de aquellos juristas se había vuelto totalmente ajena a esa legalidad que ellos predicaban, de forma sistemática e hipócrita.
Severiano Blanco
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No es que Jesús rechace las leyes, pues él mismo y sus discípulos se mantienen dentro de la estructura legal del judaísmo, y no descuidan sus ritos. Pero lo que sí Jesús denuncia es la hipocresía en el cumplimiento externo de la ley, o aquel cumplimiento que no nace de una auténtica relación de justicia y amor, ni a Dios ni a los demás.
Los fariseos pretendían mostrarse como perfectos cumplidores de las prescripciones legales, y por eso buscaban los primeros puestos y el aplauso de los otros. Así, su religión no era sincera, y su motivación interior era la búsqueda de sí mismos, con la autosuficiencia del que se cree perfecto y superior a los demás.
El fariseo había olvidado que no se trata del frío cumplimiento de leyes lo que identifica con la santidad de Dios, sino que la verdadera alianza divina consiste en recibir ese don de Dios para traducirlo en la autenticidad de la justicia, de la solidaridad y del reconocimiento igualitario de los otros.
La imagen del Dios legalista, rigorista, inhumano, vigilante y retributivo, que los maestros de la ley habían creado en Israel con su conducta y enseñanza, estaba lejos del reino de Dios, del Dios revelado, del Dios de la alianza, y de un Dios que es amor, perdón misericordioso y ternura infinitas para con hombres y mujeres.
Fernando Camacho
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Las maldiciones de Jesús contra los fariseos, que meditaremos hoy y mañana de la mano de Lucas, ya habían sido relatadas por Mateo (Mt 23, 23). La Iglesia las pone una 2ª vez a nuestra vista para que las interioricemos más, aplicándolas a nosotros mismos y no aplicándolas a los demás: "Ay de vosotros, fariseos".
Pero ¿en qué lugar dijo esto Jesús? ¿Y lo dijo una sola vez, o varias veces? Mateo dice explícitamente que Jesús pronunció estas invectivas en público y delante de las multitudes (Mt 23, 1). Lucas, por el contrario, parece sugerir que Jesús dijo esto en casa de un fariseo que lo había invitado a comer a su mesa.
Sabemos que los autores antiguos reagrupaban a su manera los datos y materiales históricos, y que los evangelistas también recurrieron a ese procedimiento de "reagrupación". En el caso presente, Lucas pudo agrupar aquí, durante la comida en casa de un fariseo, palabras que fueron dichas por Jesús en otra parte. Sin embargo, nos será conveniente captar la sugerencia que Lucas intenta transmitirnos: la individualización de la enseñanza de Jesús, como en el caso de los ayes farisaicos.
Jesús amaba a los fariseos, y quizás llegó a pensar que un día se curarían de su hipocresía. En el pasaje de hoy, Jesús es invitado por uno de ellos, se mantiene en su actitud y repite a "este hombre", en su propia mesa, lo que sin duda había proclamado otras veces en público: "Vosotros pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda legumbre, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios".
Señor, es cierto que a menudo doy demasiada importancia a algunos detalles, y soy negligente en deberes mucho más importantes, como:
-la
justicia, o derechos que mis hermanos tienen sobre mí,
-el amor de Dios, o lo que da valor a los gestos exteriores.
Ciertamente, en lugar de prestar tanta atención a pequeñeces, se tendría que ser más exigente respecto a esos dos puntos esenciales. Porque "esto había que practicar, sin olvidar aquello". Señor, ayúdame a cumplir mis pequeños y mis grandes deberes.
Pero hay todavía más, porque tras esos primeros ayes, Jesús vuelve a la carga: "Ay de vosotros, los fariseos, que os gusta estar en el primer banco en la sinagogas y que se os salude en las plazas". ¿Apetezco yo también los honores, la consideración? ¿Qué forma tiene en mí ese orgullo universal? ¿La seguridad de tener la razón? ¿O querer llevar a los otros a pensar como yo? Hay mil maneras sutiles de querer el "primer puesto".
Entonces, un doctor de la ley intervino y le dijo: "Maestro, diciendo eso, nos ofendes también a nosotros". Pero Jesús replicó: "Ay de vosotros también, doctores de la ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros ni las rozáis con el dedo".
¿Hay quizás ciertas cargas que yo coloco sobre los hombros de los demás? Una vez más Jesús defiende a los pequeños (a los que no pueden cumplir toda la ley) frente a los grandes (los doctores de la ley), a los ignorantes frente a los expertos en la materia. ¿Soy misericordioso con los pecadores? ¿Y con tantos hombres que no saben bien las exigencias de Dios?
Noel Quesson
* * *
Hoy escuchamos 3 acusaciones muy duras de Jesús contra los fariseos, y otra más contra los juristas o doctores de la ley (que se lo buscaron, metiéndose en la conversación):
-"cobráis
los diezmos hasta de las verduras más baratas" (la hierba buena), pues lo
de pagar la décima parte de las ganancias era muy común en las varias
culturas;
-"os encantan los asientos de honor";
-"sois como tumbas sin señal", en que por fuera todo parece limpio,
pero por dentro sólo contiene corrupción y muerte;
-"abrumáis a la gente con cargas insoportables, y vosotros no las tocáis
ni con un dedo".
Algunos ejemplos pertenecen a la cultura de entonces, pero a través de ellos Jesús sigue interpelándonos: ¿Merecemos algunos de estos ataques? ¿En qué medida somos fariseos? Porque los fariseos, nos dice Jesús, "descuidan lo principal: el derecho y el amor de Dios".
Ahora ya no pagamos los diezmos de cosas tan menudas. Pero igualmente podemos caer en el escrúpulo de cuidar hasta los más mínimos detalles exteriores mientras descuidamos los valores fundamentales, como el amor a Dios y al prójimo. Por cierto, recojamos la consigna de Jesús: no se trata de no prestar atención a las cosas pequeñas, con la excusa de que son pequeñas. Lo que nos dice él es: "esto habría que practicar (lo importante, lo fundamental), sin descuidar aquello (las normas pequeñas)".
Tampoco invita Jesús a desatender los detalles, y sí a asegurar con mayor interés las cosas que merecen más la pena. ¿Se puede decir que no andamos nosotros buscando los puestos de honor, pero sí estamos ansiosos de la buena fama y del aplauso de todos?
Podemos ser tan jactanciosos y presumidos como los fariseos. En ese caso, ¿somos sepulcros blanqueados? Cada uno sabrá cómo está por dentro, a pesar de la apariencia que quiere presentar hacia fuera. Los demás no nos ven la corrupción interior que podamos tener, pero Dios sí, y nosotros mismos también, si somos sinceros.
Y podemos querer parecernos a los doctores de la ley, sobre todo cuando enseñamos en nombre de Jesús. En ese caso, ¿imponemos interpretaciones del evangelio que son demasiado exigentes, con cargas insoportables?
Ya es exigente de por sí la fe cristiana, como para hacerla más pesada todavía. Y tampoco tenemos derecho a añadir a los demás nuestras propias cargas. Jesús se puso como modelo de lo contrario: "Venid a mí todos los que estáis fatigados o sobrecargados, porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 29-30). Además, podemos caer en el fallo de ser exigentes con los demás, y ser permisivos e hipócritas con nosotros mismos.
José Aldazábal
* * *
Hoy vemos cómo el Maestro nos da hoy algunas lecciones, entre ellas la de la coherencia que han de tener los educadores. Parece ser que Lucas ha querido hacer más sintética la enseñanza de hoy, pero en los pasajes paralelos de Mateo (Mt 23, 1) ésta es bastante más extensa y concreta. De todas formas, el pensamiento del Señor concluye en cuál debe ser el alma de toda actividad y enseñanza: la justicia, la caridad, la misericordia y la fidelidad (v.42).
Respecto a los diezmos del AT hacia la entidad judía, éstos debían ir según Jesús en la misma línea ("ahí de vosotros, que cobráis el diezmo de la hierbabuena"), y por eso hoy la Iglesia ya está sensibilizada al respecto, exigiendo una colaboración con la Iglesia de forma totalmente libre y flexible.
También es verdad que hay personas delicadamente generosas, que traen un 10% de sus ganancias para el culto y para los pobres. Hay otros que han traído a la Iglesia el mismo importe que lo que se han gastado en su viaje de vacaciones. Otros están dedicando horas gratis a la hora de colaborar en Cáritas u otras tareas eclesiales. Y en todo ello se adivina el espíritu del evangelio. El amor es ingenioso, y de las cosas pequeñas obtiene alegrías y méritos ante Dios.
Respecto al otorgar valor de ley obligatoria a las cosas pequeñas (como lo hacían los maestros de la ley), esto sí que parece bastante exagerado y fatigoso. Y de ahí que Jesús les diga: "Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos" (v.46).
El buen pastor es el que camina al frente del rebaño, arrastrando con su ejemplo. Los buenos educadores son los que se esfuerzan en vivir las virtudes que enseñan. Esto es la coherencia cristiana, no solamente empujando con un dedo, sino con todos los dedos (vida de sagrario, devoción a la Virgen, tareas caseras, buen humor...). Las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas, decía San José Mª Escrivá.
Joaquín Font
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Las expresiones de hoy de Jesús hacia los fariseos son de dolor y de advertencia, y tienen que ver con la superficialidad y la apariencia con que éstos estaban llevando a cabo sus creencias y vivencias religiosas.
En toda vida humana hay un momento en el que pareciera que le estamos dando una vuelta a un largavistas y todo aquello que veíamos con aumento, que nos parecía enorme y cercano, dándolo vuelta nos parece lejano, diminuto y distante.
Así nos pasa en la vida cuando nos movemos en la superficialidad y no la hondura de las cosas importantes. Entonces todo lo que importa nos parece muy lejano. La realidad se va como alejando de nosotros porque pueden más las urgencias, el ritmo ajetreado de la vida, los horarios y las responsabilidades que tenemos asumidas y a las que debemos responder.
La miopía cotidiana nos hace equivocar, convertimos en una montaña a un pequeño granito de arena y ponemos murallas delante nuestro, cuando en realidad tenemos un cerco que lo podemos sortear con facilidad. La verdadera dimensión de las cosas las aprendemos a descubrir cuando nos animamos a ver las cosas con la dimensión que realmente tienen.
Lo que Jesús está haciendo, en el evangelio de hoy, es sacar a los fariseos y escribas de la exageración; por amor a la ley y a la de la religiosidad, los pone de cara a lo que verdaderamente importa y vale la pena.
Cuántas veces nosotros estamos como aquellos fariseos o escribas, preocupados y viviendo por arriba la vida, olvidándonos de vivir de cerca lo que verdaderamente importa. ¿Cuánto tiempo hace que no compartís un domingo junto a tu familia? ¿Cuánto tiempo hace que no conversas con tus hijos? ¿Cuánto hace que no te das un tiempo para la oración? ¿Cuánto hace que con tu esposa o esposo no se dan un tiempo para estar juntos durante un día o dos?
Nos apartamos de lo que importa, tomamos distancia de lo que vale la pena, creemos que vivir por arriba y que vivir acelerados con los compromisos que ya tenemos es lo que va a terminar por darle éxito a nuestra vida.
Es tan simple y tan sencillo desenmascarar la superficie en la que vivimos, es tan simple como dedicarle el tiempo a lo que nos parece que es pérdida de tiempo. La oración suele aparecer así, como una pérdida de tiempo. Hay veces que parece que es una pérdida de tiempo dedicarle unas horas a escuchar a los que a veces se vinculan con nosotros con la agresividad, porque no saben como comunicarse. Nos parece que es perder el tiempo abrir el oído y el corazón a estas personas.
Lo difícil es aceptar que son los grandes golpes de la vida los que nos hacen ver cosas elementales. La cultura en la que vivimos tiene el grave riesgo de perder el valor de lo cotidiano porque lo importante pasa por el éxito. El pulso de lo cotidiano, la conversación con el amigo, la posibilidad de mirar a fondo, todo esto está en las cosas cotidianas.
Hay una expresión bíblica que puede ayudarnos en este sentido, cuando se nos dice que hoy es el día que hizo el Señor, que no hay otra jornada más que esta. Diría Ignacio de Loyola: "Lo de ayer ya pasó y mañana todavía no llegó, hoy es la oportunidad". Vivir el presente con intensidad y no frenéticamente, vivirlo con hondura, con intensidad, valorizando las cosas sencillas, es lo que debemos hacer. Hoy es el día para que puedas recuperar tu mirada de fondo, para que puedas valorizar lo que verdaderamente importa en tu vida.
Javier Soteras
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Jesús, los fariseos cumplen escrupulosamente la ley de Moisés. Por eso aplican el mandamiento de dar al templo el 10% de las cosechas, incluso de productos de poca importancia como es la menta, la ruda y las legumbres. Y tú no les criticas por ello. Lo que te duele es que le den más importancia a estas observaciones que a la justicia y el amor de Dios. ¿Para qué sirve toda la ley, sino es para amar más a Dios y a los demás?
La Iglesia también tiene unos mandamientos (ir a misa todos los domingos, confesarse al menos una vez al año, no comer carne en determinados días...). Pero estos mandamientos tienen el objetivo de acercarme más a Dios, y de hacerme mejor persona. ¿Cómo los cumplo? Sin embargo, mi vida cristiana sería una gran mentira si observara todas estas prácticas, pero luego no intentara amar de verdad a Dios y a los demás.
Jesús, tú no quieres que deje de practicar tus mandamientos. Esto es lo que hay que hacer sin omitir aquello. Lo que quieres es que los cumpla dándoles todo el sentido que tienen, de modo que me sirvan para unirme más a ti y a los demás. Hasta la menor práctica de piedad (una jaculatoria, una pequeña mortificación) se convierten entonces en una fuente de crecimiento espiritual, que me hace mejor persona porque me hace mejor cristiano, hijo de Dios.
Jesús, hay una práctica de piedad que es fundamental en mi vida cristiana: la oración. En la oración, te comento mis problemas y mis deseos de mejorar; te pido por las personas que me rodean, especialmente por las que más quiero o por las que más lo necesitan; te doy gracias por todo lo que me das; te pido perdón por mis pecados y mis faltas de amor a ti.
Jesús, este rato diario de oración contigo llena de contenido todas las otras prácticas de piedad y mi día entero. Si abandonara la oración, mi vida cristiana empezaría a perder sentido. Porque viviría de mis reservas espirituales (acumulada en el pasado), estaría viviendo de la trampa y acabaría por cumplir hipócritamente las prácticas de piedad, sin tener el corazón en ti.
Por el contrario, con la oración puedo superar cualquier obstáculo y cualquier desánimo. Porque como ya decía San Pedro de Alcántara:
"Cuando una persona sale de alguna profunda y devota oración, allí se le renuevan todos los buenos propósitos; allí son los favores y determinaciones de bien obrar; allí el deseo de agradar y amar a un Señor tan bueno y dulce como allí se le ha mostrado, y de padecer nuevos trabajos y asperezas, y aún derramar sangre por él; y finalmente, reverdece y se renueva toda la frescura de nuestra alma" (Tratado de Oración, I, 1).
Jesús, hoy vuelvo a hacer el propósito de no abandonar nunca la oración. Ayúdame a no dejarla ningún día. De este modo, todas mis prácticas de piedad cristiana estarán llenas de contenido, porque estaré buscando siempre hacer tu voluntad.
Pablo Cardona
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Jesús echa en cara a fariseos y escribas su pecado, para moverlos a conversión. El pecado de los fariseos está en poner empeño escrupuloso en las normas insignificantes mientras desprecian lo esencial; en querer aparecer como irreprochables para ser honrados y estimados como piadosos (Mt 23,6-7; Mc 12,38-39).
El discípulo de Jesús, en cambio, debe valorar las cosas según su importancia. No debe despreciar lo pequeño por ser pequeño, pero debe centrar su esfuerzo en lo fundamental: la justicia, el amor a Dios, el amor al hermano.
El pecado del escriba, del especialista en la ley, está en escrutar la ley día y noche para descubrir a los hombres lo que deben hacer, pero no cumplirlo él ni ayudar a cumplirlo a los débiles. La salvación no está en saber mucho, sino en cumplir lo que se sabe. Y en no en echar cargas sobre los hombros de los demás, sino en ayudar a los demás a llevar su propia carga.
Nelson Medina
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No tiene ningún sentido dividir a la gente en buenos y malos, como suelen hacer las películas mediocres. Porque ningún ser humano puede juzgar a su hermano, y porque el bien y el mal nos atraviesan a todos por dentro. Jesús es implacable en ese aspecto, contra todos esos fariseos permanentes que se preocupan por dar una "buena imagen electoral" y pasan por alto el derecho y el amor de Dios, o que abruman a la gente con cargas insoportables mientras ellos (¿o nosotros?) no mueven ni un dedo.
Son palabras enérgicas, de las más contundentes transmitidas por los evangelios, y, sin embargo, no parece que tengan demasiado efecto en nosotros. A veces, en nuestra iglesia, hay personas que se sienten con la obligación moral de señalar lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer, de marcar una línea nítida entre lo permitido y lo prohibido, de censurar conductas escandalosas, de llamar a cada cosa por su nombre. ¿Cómo podemos saber si estas actitudes proféticas son genuinamente evangélicas o no?
Donde hay autenticidad surge un tipo de frutos: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, amabilidad, autocontrol... Y donde hay falsedad (o el "ser humano va a lo suyo") surge otro tipo de frutos: fornicación, impureza, contiendas, celos, rencores, sectarismo... Son palabras de Pablo a los gálatas, aludiendo al espíritu cristiano y al espíritu mundano.
Esto puede parecer demasiado simple. Y, sin embargo, a esta simplicidad suelen llegar después de muchas vueltas, los hombres y mujeres espirituales. Hace tiempo que me he desenganchado de los maestros que presumen de decir las cosas claras y que van dejando un rastro de rencor, enemistades, sectarismo.
Gonzalo Fernández
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La ley tiene como único fin ayudarnos a vivir de acuerdo al amor. Cada uno de los mandamiento expresan el deseo de Dios de que el hombre crezca y madure en el amor. Sin embargo cuando la ley se convierte en fin en sí misma deja de expresar el deseo del legislador y se convierte en un yugo difícil de llevar.
Peor aun cuando nosotros mismos nos convertimos en los legisladores para hacer una ley a nuestra medida y necesidades, pues esto lejos de conducirnos a la meta que es Dios, nos aleja de él y nos confina a la oscuridad, a la ignorancia, a la angustia.
Si tú cumples la ley solo porque es la ley (por miedo al castigo) eres todavía un esclavo de la ley... pero si tú la cumples porque en ella descubres un camino para crecer en el amor, tu vida se abre hacia la felicidad perfecta. Como ejemplo sencillo podrías pensar hoy ¿qué te mueve el domingo para ir a misa?
Ernesto Caro
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En el libro del Talmud se dice que algunos fariseos viven sólo para cumplir la ley, buscando nuevos preceptos que cumplir y que hacer cumplir a los demás. Cristo no critica ese Talmud, ni tampoco a ellos por imponerse a sí mismos esa ley (libremente), pero sí por imponérsela a los demás (obligatoriamente). Pues eso supondría perder de vista el sentido de las leyes, así como la perspectiva de Dios (del amor y de ayuda a los demás).
Cuando amamos a Dios cumplimos sus leyes con gusto y sentimos que nos liberan de la opresión de las tendencias bajas y de la esclavitud de las pasiones; vivimos con la felicidad de quien ama y se siente amado. Cuando dejamos de amar a Dios nos complicamos la vida y vemos como un peso horrible lo que es un don de Dios. Nunca se ha oído que una verdadera madre se queje de las incomodidades que conlleva el cuidado de sus hijos, ni a un enamorado agobiarse por tener que cumplir con los detalles que le pide su amor.
El cristiano que hace la experiencia de amar, se aleja del legalismo y experimenta la libertad verdadera que sólo Cristo sabe dar. La moral cristiana es la conformidad del ser no el cumplimiento estricto de las normas. Por eso San Agustín dice "ama y haz lo que quieras".
Es verdad que el amor no es sólo un sentimiento, o una verdad teórica, ha de ser mostrado con obras, y en ellas es dónde se ve su existencia. Pero no podemos olvidar de qué pasta estamos hechos, somos frágiles, de barro, patosos. Cuando queremos amar muchas veces no podemos, porque notamos nuestras debilidades que son auténtico obstáculo para nuestras buenas obras.
Es la hora de acudir al Señor y pedirle que nos ayude, que nos cure de nuestros pecados, que sane nuestra alma débil, decirle que queremos amarle a él y a nuestros hermanos pero que no sabemos, y aún sabiendo no podemos.
Bruno Maggioni
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Los ayes de hoy de Jesús describen las formas de la ausencia del Dios de la vida en el ámbito de los dirigentes religiosos. Y esos ayes se prolongan a lo largo del tiempo como una seria advertencia a todo hombre que se precie de religioso.
Desde ellos se exige, en 1º lugar, una jerarquización de los preceptos que rigen la relación con Dios. Ésta se concibe esencialmente como una práctica de amor y justicia sin cuya existencia el cumplimiento de las demás obligaciones son prácticas vacías de sentido. Lo que acontece con el diezmo de los escribas, en el 1º ay pronunciado por Jesús, puede acontecer con toda práctica de piedad al margen de aquellos pilares fundamentales del amor y la justicia.
Dichas exigencias principales de toda religiosidad auténtica son incompatibles con una práctica religiosa centrada en la búsqueda de los aplausos y de la aprobación de los semejantes. Por lo mismo, se exige del hombre religioso una constante purificación de sus motivaciones para mantener la posibilidad del encuentro con Dios en una vida realizada en la autenticidad de una existencia vivida conforme al querer de Dios.
Toda actitud que enmascara intereses y egoísmos personales bajo el manto de la religiosidad vicia la raíz de la propia vida y coloca en una senda que, en lugar de acercar a Dios, aleja de él. Por consiguiente, las acciones que se esperan de los demás deben ser asumidas previamente como compromiso y exigencia en la propia vida como el fundamento necesario para el encuentro con el Señor de todos.
Confederación Internacional Claretiana
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Tomar la ley, el canon o la norma, como excusa para encubrir las propias deficiencias, fue lo que llevó a los fariseos a convertirse en verdugos del pueblo. Ellos tenían que hacer esto para acomodar la Escritura a sus intereses, y esta manera de proceder fue la que condujo al pueblo a la ruina religiosa. La ley estaba hecha para permitir la convivencia social. Pero en malas manos, la ley se convirtió en un yugo inútil y pesado. Yugo utilizado para oprimir al pueblo en nombre de Dios.
Jesús se alzó contra este procedimiento, y llamó al orden desde lo central de la palabra de Dios: la justicia y la misericordia. Pues no se puede pretender ser un cumplidor de la ley siendo injusto. Y no se puede pretender ser una persona perfecta siendo inmisericorde con el humilde.
Jesús denunció las contradicciones que anidaban en el seno de las prácticas opresoras de fariseos y escribas. Unas contradicciones que provocaban que el pueblo sufriera un doble yugo (el de las autoridades religiosas judías y el de las autoridades romanas), unas contradicciones que se mantenían vigentes gracias a los partidarios del poder (que albergaban el mando y contenido de la ley, y la manipulaban a su favor).
Hoy en día todavía se mantienen en pie estas contradicciones, y con mayor fuerza todavía. Como Jesús, los cristianos estamos llamados a denunciarlas, para recuperar lo que Jesús quería que se recuperara: la justicia y la misericordia, como fundamentos del proyecto de humanización.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El evangelio de hoy nos ofrece un pasaje en el que se hace más cruda la polémica de Jesús con los fariseos, en forma de unas imprecaciones (¡ay de vosotros!) que se sitúan en las antípodas de las bienaventuranzas (¡dichosos vosotros!). Es decir, que ahí es donde coloca Jesús a los fariseos: en el bando de las malaventurados.
¡Ay de vosotros! equivale a ¡desgraciados vosotros! ¿Y por qué? Lo dice Jesús: Porque pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar sin descuidar aquello.
El pago del diezmo era una obligación de carácter religioso que los fariseos se habían impuesto a sí mismos (y a los demás). Servía para sostener el culto ejercido por los sacerdotes, y éstos eran los destinatarios de ese diezmo. Pero al tiempo que cumplían esta obligación, descuidaban lo más importante: el derecho y el amor de Dios.
Jesús parece acusarles de faltar a la justicia (a pesar del diezmo), puesto que el derecho debe ser lo que ampare y proteja la justicia. Y también de faltar a Dios, el cual es siempre misericordioso. Es decir, que Jesús denuncia su comportamiento injusto (a pesar de las apariencias de generosidad) y falto de misericordia ( porque el amor de Dios es esencialmente misericordia).
Los hombres religiosos tendrían que transparentar en su vida la justicia y la misericordia de Dios, y si esto no sucede no merecen semejante calificación, y se harían merecedores de la malaventuranza del Señor.
Pero también se hacen merecedores de esta desgracia los que buscan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias de la gente por la calle. Jesús parece recrearse en subrayar algunos aspectos de la censura: Os encantan los asientos de honor; os encantan las reverencias.
Pero eso no es sólo de ayer, sino también de hoy, pues ¿a quién no le gusta los honores? Quizás las reverencias nos parezcan excesivas, pero ¿a quién no le complacen los halagos y las alabanzas?
Las personas somos vanidosas por naturaleza, y por supuesto que nos gustan los honores, aunque los disimulemos o disfracemos de aparente disgusto. Y respecto a los puestos de honor, puede que al principio nos hagan sentir incómodos, pero luego no podemos pasar sin ellos, y en el fondo es algo que nos complace.
También nosotros estamos expuestos, por tanto, a esta censura de Jesús. Porque en nuestra conducta buscamos la ostentación de méritos, vivimos muy pendientes del juicio de los demás (sobre todo de los superiores) e incluso obviamos el juicio que sobre nosotros pueda tener Dios.
La crítica de Jesús ahonda, por tanto, en el corazón humano, sobre todo cuando dice: ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo! Las tumbas no muestran a la vista lo que esconden, y tan sólo suelen mostrar sus hermosos mármoles exteriores (y no la la podredumbre de los cadáveres en descomposición, que es lo que realmente albergan).
Pues bien, eso son los fariseos: tumbas sin señal, que la gente pisa porque no están señalizados. ¿Y qué significa esto? Que al contacto con los fariseos, la gente no sabe con quién trata, porque son como tumbas que esconden lo que realmente llevan por dentro.
El vicio de la simulación es una enfermedad muy extendida también hoy en día, pues ¿quién no oculta ciertas cosas que le afean? ¿O quién no simula ser lo que no es? ¿O quién no recurre alguna vez a un disfraz?
La hipocresía nos puede alcanzar a todos, incluso estimando la autenticidad. Por supuesto, esto no significa que tengamos que hacernos transparentes a la mirada de los demás, ni que a todos tengamos que hacer partícipes de nuestra intimidad. Pero sí significa que no podemos faltar a la verdad, ni deformar lo que somos, ni encubrir interesadamente lo que llevamos dentro.
A Dios no podemos engañarlo, pues él conoce lo íntimo de nuestro corazón, y ante él no cabe ni el fingimiento ni la ocultación. Además, va a ser él, y no nadie más, quien definitivamente nos juzgue en su día. Los fariseos ya se vieron sorprendidos por el juicio de Jesús, y también nosotros lo seremos si refinamos nuestras vanidades con simulaciones contenidas. Ojalá que el Señor nos encuentre cada día más auténticos y amantes de la verdad.
Act:
14/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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