17 de Octubre
Sábado XXVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 17 octubre 2026
a) Ef 1, 15-23
Trata de explicar hoy Pablo a los efesios la forma de descubrir y conocer el misterio de Dios: "Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda el espíritu de sabiduría para conocerle perfectamente". Y nos da una pista sobre el camino para poder adquirirla, en una de las frases más humanamente inverosímiles que ha proclamado San Pablo hasta ahora: "La soberana grandeza de su poder para con los creyentes es la misma fuerza, poder y vigor que desplegó en Cristo: resucitarle de entre los muertos y sentarle a su diestra en los cielos".
Es decir, que la "fuerza divina" ya trabaja en mi corazón de creyente, y es (ni más ni menos) ¡la misma que resucitó a Jesús y lo elevó a los cielos! Hay que dejarse captar por esa fórmula audaz, sobre todo cuando uno se ve a sí mismo y no para de descubrir pecados y debilidades. Pero ¿lo creo de veras, firmemente?
¿Y qué hago para conectar con ese torrente de fuerza de alto voltaje divino? Porque en lugar de gemir por mis pecados, ¿busco la comunión con Cristo? ¿Y me aferro a la fuerza de resurrección, que es la que trabaja en el fondo de mí mismo?
Los efesios vivían con cierto temor a los espíritus, de forma supersticiosa, y por eso Pablo trata de explicarles la fuerza de lo espiritual, a la vez que liberarles de esos miedos: "Dios estableció a Cristo por encima de todas las potestades y seres que nos dominan, sea cual fuere su nombre. Y no sólo en este mundo, sino también en el venidero". Es decir, que en Jesucristo tenemos conseguida la victoria, pues él está por encima de todas las potencias angélicas.
Pero todavía hay más, pues tras decir Pablo que "Dios sometió bajo sus pies todas las cosas", dice también que "Dios lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo", así como "plenitud total del que lo llena todo en todo".
Saboreemos en silencio las palabras de Pablo, y disfrutemos al escuchar que la Iglesia es ¡el cuerpo de Cristo, el lugar de su presencia activa, el instrumento que el Padre dio al Hijo! En efecto, entre Cristo y la Iglesia rigen las relaciones de la cabeza con el resto del organismo, en un influjo vital pasa de Cristo a la Iglesia.
Lo cual es también válido a la hora de mirarnos a nosotros mismos, y ver a ese pobre grupo humano lleno de debilidad y pecado, que a menudo hace de tapia que tapa a Cristo, y que en contadas ocasiones es cuando ofrece su versión de cumplimiento. Ruego, Señor, por la Iglesia, para que sea de veras lo que tú quieras que sea.
Noel Quesson
* * *
Acomodándose a las leyes tradicionales judías, Pablo pasa hoy de su himno de bendición de ayer (Ef 1, 1-14) a una oración epiclética, en la que pide a Dios para los efesios la gracia del conocimiento de su designio.
La sabiduría que Pablo pide a Dios para los efesios (v.17) es ese don sobrenatural ya conocido por los sabios del AT (Prov 3, 13-18), pero que en el caso cristiano no se queda tan sólo en el conocimiento de la voluntad divina sobre el mundo, o en una explicación del mundo, sino que incluye la revelación del destino de un hombre (v.17) y de la herencia de gloria que resulta de ello (Ef 1, 14), en total contraste con la miseria de la resistencia humana (Rm 8, 20). Se trata, por tanto, del descubrimiento del poder de Dios, manifestado en la resurrección de Cristo (v.20) y garantía de nuestra propia transfiguración.
Pablo se detiene a describir, por tanto, la omnipotencia divina. Y la describe mediante 3 términos sinónimos: poder, vigor y fuerza (v.19).
En 1º lugar, este poder no es tan sólo el que Dios ha desplegado para crear la tierra e imponerle su voluntad (Job 38), sino el que ha desplegado para cambiar incluso esas leyes, puesto que ha transformado a un crucificado en resucitado (v.21a) y sobre ese hecho a forjado las nuevas estructuras del mundo (v.21b). Por eso la sabiduría de Dios es nuestra esperanza (v.18), porque ha hecho que todo el destino del mundo pase a través de Jesucristo.
Pero el poder de Dios no se reserva sólo para su manifestación futura, sino que ya ha empezado a desplegarse, puesto que Dios ha puesto a Cristo como cabeza de todos los seres (en el misterio de la Iglesia) y como su plenitud (vv.22-23). Así, la Iglesia vendría a ser también signo del poder de Dios, a través de Jesucristo.
En efecto, es un privilegio para la Iglesia tener como jefe al Señor del universo, así como ser su propio cuerpo. Por tanto, la Iglesia no está solamente sometida al Señor de la misma manera que el universo, sino que le está indisolublemente unida, como un cuerpo a su cabeza. La Iglesia es pléroma de Cristo, como receptáculo de las gracias y dones que él reserva para toda la humanidad.
La expresión "todo en todos" sugiere que este receptáculo no tiene limites. Por otra parte, estas gracias no están reservadas tan sólo a la Iglesia, sino que una parte de ellas van destinadas al resto de la humanidad, con vistas a su crecimiento (Ef 4, 11-13). Y esto en un presente continuo, hasta el estado de "hombre perfecto" en que la humanidad pueda ser reunida en Cristo y gozar de la plenitud de la vida divina.
Maertens-Frisque
* * *
Explica hoy Pablo a los efesios que vivir como cristianos significa creer en Jesucristo y consagrarse a él (v.15). Y sigue diciendo que les tiene presentes en sus oraciones, "a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la gloria, os dé un saber y una revelación interior con profundo conocimiento de él" (v.17), iluminándoles el corazón y haciéndoles conocer aquello a lo que están llamados.
Respecto al conocimiento de Cristo, explica Pablo que el hombre no puede conseguir ese conocimiento por sí mismo, sino que ha de llegarle como don y regalo, pues el hombre no puede cambiar por sí mismo su interior, y si no cambia su interior no puede comprender qué es lo que Cristo significa.
Esto es así porque la lucha por la vida, y lo que ésta nos hace arrastrar, puede hacernos perder el sentido de la vida verdadera, y de la verdadera inteligencia en la cual encontrar a Cristo. Por tanto, es una trampa pensar que ya conocemos a Dios (y a Cristo) por mero hecho de conocer la Escritura, o la doctrina de la Iglesia o la teología.
Pablo rechaza tal comprensión, y trata de apoyarse en la propia experiencia vivida. Pero no en la experiencia particular adquirida por cada uno (la cual es diferente en cada caso), sino en la experiencia recibida de Dios, a través del don de sabiduría que su Espíritu infunde en nosotros, hasta "comprender la esperanza a la que somos llamados, las riquezas de su herencia y la grandeza sin medida de su poder para con nosotros, los creyentes".
Todo esto es puro don de Dios, y por eso sólo cabe pedirlo, al tiempo que se vive en la fe y la caridad. De no recibir ese don, el cristiano puede que siga viviendo en la ignorancia de lo que realmente es, a lo que ha sido llamado, y de todo aquello que Dios (en Jesucristo) ha hecho por él.
Mientras este don no haya sido recibido todavía, hay que evitar las asechanzas de la insatisfacción y desilusión. Pablo no se pone en este caso como ejemplo, sino que se pone a desear y pedir ese don para todos. Mientras tanto, lo que cabe es seguir viviendo en la fe y en la caridad.
Miguel Gallart
* * *
Después del himno al plan salvador de Dios de ayer, hoy Pablo dirige su saludo a la comunidad de Efeso, con sus mejores deseos para todos ellos. Alaba Pablo en ellos su fe y su amor para con todos (algo que personalmente a él le llena de satisfacción), pero en su oración pide que sigan progresando todavía un poco más, a través de un mejor conocimiento de Dios: "Que él os conceda sabiduría para conocerle mejor, que ilumine vuestros ojos y os llene de esperanza, en vistas a la riqueza de gloria que Dios concederá en herencia a los suyos".
Tras lo cual, lanza Pablo una 1ª batería de principios cristológicos, en una cristología llena de vigor. Dios ha "desplegado una fuerza poderosa en Cristo, resucitándolo, sentándolo a su derecha, poniendo todo bajo sus pies, constituyéndolo cabeza de la Iglesia". Lo cual nos lleva a dirigir la mirada al salmo responsorial de hoy, aplicando (en apariencia) a Cristo lo que se decía del hombre: "Lo hiciste (en apariencia) poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos".
Tras lo cual, lanza Pablo una 2ª batería de principios eclesiológicos, en una eclesiología llena de vigor. Y es que si a la Iglesia se la podía llamar rebaño de Cristo, pueblo de Dios, familia santa, reino de Dios, esposa de Cristo y nuevo Israel (lo cual está bien, y ayuda a entender la rica identidad de la Iglesia), Pablo opta por llamarla "cuerpo de Cristo", y a Cristo, "cabeza de la Iglesia". Como se ve, el salto es cualitativo, pues establece una inquebrantable relación entre Jesucristo y su Iglesia.
Nosotros ya conocemos a Cristo, y le seguimos. Pero eso no es suficiente para Pablo, el cual exhorta a ser parte de Cristo. Esto nos debe llevar a profundizar mucho más nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza. Y no sólo para iluminar algo más nuestra vida, sino para poder comunicar a los demás este gran misterio que supone ser cristiano: ser miembro de Cristo.
En este proceso de profundización, Pablo habla de llegar a la epignosis (lit. superconocimiento). Es decir, no de llegar tan sólo al conocimiento de Cristo, sino de llegar a un conocimiento profundo de él, "con la fuerza poderosa que Dios Padre desplegó en él". Este conocimiento es que el nos llevará a vivir en él y como él.
José Aldazábal
* * *
No puede uno unir su vida a Cristo sin dejar de experimentar, como consecuencia necesaria, el amor de Dios. Y sin dejar de tener un verdadero y sincero amor fraterno hacia el prójimo, pues es nuestro el amor que el Padre le tiene a su Hijo, y en nosotros están y actúan los mismos sentimientos del amor de Cristo hacia la humanidad. Unidos a Cristo, los cristianos obtendremos la sabiduría y la revelación de Dios, experimentaremos su presencia y albergaremos su amor dentro de nosotros.
Gracias al misterio pascual, Cristo no sólo experimenta la glorificación, sino que la extiende hacia todos nosotros, su Iglesia (su cuerpo, cuya cabeza es Cristo). Unidos a Cristo, estamos por encima de todo lo creado, tanto en el cielo como en la tierra.
Ante esta prueba de amor de Dios por nosotros, no podemos vivir esclavizados a lo pasajero. Sobre todo si como Iglesia hemos de ser nosotros esa revelación del amor de Dios para todos los pueblos y naciones. Caminemos siempre guiados por el Padre, unidos a Cristo y movidos por el Espíritu Santo, para que como cuerpo suyo seamos santos como él es santo.
Dominicos de Madrid
b) Lc 12, 8-12
No hay disociación entre cielo y tierra, y el plan de Dios es el plan del hombre, que él encarna. De ahí que diga Jesús hoy que "si uno se pronuncia por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se pronunciará por él ante los ángeles de Dios" (v.8). Dios no pone sus anuncios en los periódicos o por la televisión, sino que tiene otro canal de difusión: el hombre.
Y a todos aquellos hombres que se pongan de parte de Cristo, Cristo les hace una promesa: "No os preocupéis de cómo o de qué os vais a defender, o de lo que vais a decir" (v.11). Es decir, viene a decir Jesús que no hagamos apologías personales, porque quien se defiende es porque tiene miedo de perder las propias seguridades, o porque se siente identificado con una determinada estructura. Y ése sería el punto flaco por donde n os podrían atrapar, y reconducir al redil de las falsas seguridades.
En vez de defendernos, viene a decirnos Jesús que tengamos fe, porque "el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tengáis que decir" (v.12). La profecía es diametralmente opuesta a la apología, y mientras la apología se basa en medios humanos (contradecibles), la profecía es irrebatible, y la única solución contra ella es eliminar al profeta.
Jesús es el profeta por excelencia, y por eso también a él lo eliminaron. Pero él resucitó y sigue presente en la Iglesia y en el memorial eucarístico, y continúa moviendo a los hombres y hablando a través de ellos. Son los profetas modernos, los que en vez de preocuparse por defender su posición, se ponen al servicio de Dios y sus proyectos sobre la humanidad.
Josep Rius
* * *
A la instrucción e invitación a no tener miedo de los que sólo pueden matar el cuerpo, siguen 2 afirmaciones de Jesús en las que se muestra la identificación entre él y los suyos. Cualquiera que se pronuncie a su favor ante los hombres, Jesús hará otro tanto ante Dios ("los ángeles de Dios").
Si alguien no ha comprendido la realidad humana de Jesús, se le puede perdonar, porque siempre puede cambiar; pero quien insulta al Espíritu Santo no tiene perdón, porque esto equivale a atribuir a Belcebú el poder liberador de Jesús, afirmación que solo se puede hacer con mala fe; quien adopta esa actitud ante Jesús se está cerrando a la posibilidad de cambio, al no reconocer a Jesús como Mesías liberador.
En todo caso, Jesús avisa, como ya lo hizo con los 72 discípulos, que el seguimiento en la misión no estará exento de persecución. La posibilidad de la persecución, sin embargo, no deberá amedrentar a los discípulos. El libro de los Hechos recuerda los casos más notables de discípulos perseguidos (Pedro, Esteban, Santiago, Pablo) y no fueron los únicos en la Iglesia primitiva.
Pero el discípulo no debe amedrentarse, porque lleva adelante una causa que no es suya, y tiene la promesa de que quien lo envía lo ayudará, llegado el momento. Y aunque es verdad que la ayuda de Dios a veces no se ve con claridad, el cristiano debe tener conciencia de la presencia constante de Dios en su vida; y, cuando sienta su ausencia, ésta, sentida y sufrida, será como un modo intenso de presencia.
Como el que tuvo Jesús en la cruz cuando gritó: "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado", frase con la que se abre el Salmo 21 y en el que el salmista termina afirmando: "Porque el Señor es rey, él gobierna a los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba, ante él se inclinarán los que bajan al polvo; a mí me dará la vida".
No se desesperó Jesús en la cruz, sino todo lo contrario. Y cuando rezó este salmo, en el que un justo perseguido y vejado por sus enemigos pone toda su esperanza en el Dios de la vida, se abrió al abrazo de Dios que le daría la vida. Magnífico ejemplo, del que podemos tomar nota.
Juan Mateos
* * *
Cristo es de todos, y "la fe en él sobrepasa completamente las fronteras aún de la misma Iglesia". Así lo entiende el Vaticano II (NA, 2), que añade que Cristo no se hizo hombre por un simple gesto romántico, sino para que en él se iniciase solidariamente una acción salvífica: "Vivir por la fuerza de Dios"(v.21). Por tanto la muerte de Cristo está en relación con "nuestros pecados", y su resurrección es "nuestra rehabilitación" (dikaiosis, o proclamación del juicio favorable de Dios, que orienta eficazmente la existencia humana hacia la vida, más allá de la muerte).
Por lo cual la fe, que es un reconocimiento de la propia indigencia y una aceptación libre de la salvación (ofrecida por la fuerza de Dios), se refiere esencialmente al gran acontecimiento de dicha fuerza: la resurrección de Cristo.
Así asegura Jesús la salida final al testimonio de los discípulos, llamados a reconocer públicamente a Jesús como Señor y Mesías, y único abogado defensor. En la imagen del proceso, retomada del mundo bíblico (Is 50,8-9; Rm 8,33) el pensamiento recurre al Señor resucitado que vive junto a Dios (Jn 1,2; Flp 2,10), pero está presente de modo eficaz, mediante su Espíritu, en la confrontación pública de los discípulos con los poderosos de este mundo.
Lucas piensa en las experiencias de la Iglesia primitiva, en el coraje de los testimonios apostólicos (Hch 4,8; 5,32) y en tantas comunidades cristianas expuestas a las amenazas y represiones del ambiente circundante. Y a este propósito cita un dicho de Jesús: "Toda persona que critique al Hijo del hombre podrá ser perdonada, pero el que calumnie al Espíritu Santo no tendrá perdón" (v.10).
El rechazo del Jesús histórico, en su estado kenótico (de humillación y sufrimiento), tiene aún posibilidad de conversión y perdón (como pasó con Pablo y sus conversos judíos). Pero el rechazo consciente (después del don y del testimonio) del Espíritu Santo (o fuerza de Dios) es una blasfemia que cierra toda posibilidad de conversión y perdón. Y también en esto verá más tarde Lucas la ceguera y dureza de aquellos judíos que rechazarán el testimonio de los apóstoles (Hch 28, 25-28).
Para fortuna de todos, es Dios quien concede o niega el perdón, y ningún ser humano puede establecer arbitraje alguno sobre dónde comienza y dónde termina el perdón de Dios. Antes bien, los seres humanos deberían interrogarse sobre si son fieles al testimonio del Espíritu Santo, que hace siempre disponible el perdón de Dios (Gal 6, 1-5).
Severiano Blanco
* * *
La opción del hombre en favor o en contra de Jesús decide su auténtica existencia y su suerte definitiva, escatológica. En el juicio, constante, implacable, del mundo contra Jesús, quien tenga el valor de declarar en su favor, tendrá a su favor el testimonio de Jesús en el juicio de Dios contra el mundo (Lc 9,26; Mc 8,38; Jn 16,6-11).
Hay un pecado contra el Espíritu Santo, que es el pecado de la apostasía, o el pecado de renegar de Cristo después de haberle prestado fe. Sólo en el Espíritu Santo se puede confesar que Jesús es el Señor. Quien reniega de esta fe, peca contra el Espíritu, ya no tiene salvación, porque la fe salva al hombre.
El discípulo de Jesús vive constantemente al abrigo del Dios vivo, bajo su cuidado. Cuando suene la hora de la persecución, el Espíritu se encargará de la defensa. El juicio llevado por el mundo en contra de Cristo, se convertirá, por la acción del Espíritu, en testimonio dado en su favor.
Emiliana Lohr
* * *
Hoy resuenan otra vez las palabras de Jesús invitándonos a reconocerlo ante los hombres: "Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios" (v.8). Estamos en un tiempo en que en la vida pública se reivindica la laicidad, obligando a los creyentes a manifestar su fe únicamente en el ámbito privado.
Cuando un cristiano dice algo en público, aunque sea algo lleno de sentido común, esta verdad molesta, únicamente por el hecho de venir de quien viene, como si nosotros no tuviésemos derecho (como todo el mundo) a decir lo que pensamos. Pero por más que les incomode, nosotros no podemos dejar de anunciar el evangelio.
En todo caso, nos dice Jesús que "el Espíritu Santo os enseñará lo que conviene decir" (v.12). O como remataba San Cirilo de Jerusalén, "el Espíritu Santo, que habita en los que están bien dispuestos, nos inspirará como doctor aquello que hemos de decir".
Los ataques que nos hacen tienen una gravedad distinta, porque no es lo mismo criticar a la Iglesia (a veces con razón, por nuestras deficiencias) que atacar a Jesucristo (eliminando su veracidad divina) o injuriar al Espíritu Santo (negando la existencia o atributos de Dios).
Por lo que se refiere al perdón de la injuria, incluso cuando el pecado sea leve, es necesaria una actitud de arrepentimiento, como paso previo al perdón. Si no hay arrepentimiento, el perdón a esa injuria es inviable, pues el puente está roto por un lado. Por eso dice Jesús que hay pecados que Dios no perdonará, porque no hay reconocimiento del pecado (v.10).
Albert Taulé
* * *
La blasfemia imperdonable al Espíritu Santo consiste en cerrarse a la gracia y las intervenciones de Dios, como hicieron los fariseos al atribuir la acción divina de Jesús al demonio, o como hacen los fariseos del evangelio de hoy (v.10). Se trata de un pecado grave y malicioso, que posee una disposición interna a anular todo posible gobierno de Dios sobre el mundo.
Todo pecado, por grande que sea, puede ser perdonado, porque la misericordia de Dios es infinita. Pero para que se otorgue ese perdón divino es necesario reconocer a Dios y su poder, sin tergiversar sus intervenciones. El propio Francisco I nos advierte de esta deformación de la conciencia.
Nosotros le pedimos al Señor una verdadera humildad para reconocer nuestros pecados, y que nunca nos acostumbremos a ellos, incluyendo los veniales. Y a nuestra Señora le pedimos el santo temor de Dios, para no perder nunca el sentido del pecado y la conciencia de nuestros errores.
Jesucristo nos dio a conocer plenamente al Espíritu Santo como la 3ª persona de la Santísima Trinidad y como fuente y modelo de todo amor creado. Jesús se refiere a él como un paráclito (lit. consejero, o abogado defensor) que tiene como particular misión el juicio de la propia conciencia.
De ahí que el pecado contra el Espíritu Santo tenga su raíz en la propia conciencia del que lo rechaza, posiblemente por estar endurecida, oscurecida o vendida al enemigo de Dios. La delicadeza de conciencia es aquella que tiene el alma cuando aborrece el mal y procura seguir las inspiraciones del bien. De no ser así, no tiene más remedio de sanación que la confesión. Y si ésta también se rechaza, no hay perdón posible.
Lo contrario a la conciencia delicada es la dureza de corazón, que corresponde a la pérdida del sentido del pecado (de la que hablaba Juan Pablo II), contra la cuál siempre debemos estar alerta.
Vivimos en un ambiente pagano generalizado, parecido al que encontraron los primeros cristianos, y que hemos de cambiar como ellos lo hicieron. En innumerables ocasiones se enjuician ideas y hechos contrarios a la ley de Dios como asuntos normales, que a veces se deploran por sus consecuencias dañinas para la sociedad y para el individuo, pero sin referencia alguna al Creador.
La suciedad de los pecados necesita un término de referencia, y éste es la santidad de Dios. El cristiano sólo percibe el desamor cuando considera el amor a Cristo. Digámosle como Pedro: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo" (Jn 21, 17).
Francisco Fernández
* * *
No es lo mismo seguir a Jesús en espacios y tiempos tranquilos que seguirlo en condiciones de amenaza y persecución. Algunas palabras de Jesús sólo comienzan a ser inteligibles cuando experimentamos dificultades a causa de su nombre. Por ejemplo, las que leemos en el evangelio de hoy. Porque ¿qué significa ponerse de parte de Cristo delante de los hombres? ¿Cómo dar testimonio de él sin arrogancia pero también sin temor al ridículo, sin falsos pudores, sin vergüenza?
A veces los creyentes podemos dar la sensación de que, en el fondo, no creemos lo que decimos creer. Cuando se presentan las ocasiones de decir una palabra clara, o de realizar un gesto oportuno, nos retiramos por temor a ser tildados de... ¿de qué?
Esto les sucede a menudo a muchos cristianos famosos que se mueven en el terreno de la política, de la economía, de la ciencia, de las artes, del deporte. No es que vivan su fe con discreción: es que la viven de manera vergonzante, a escondidas, como si temieran perder relieve social por manifestarse humildemente seguidores de Cristo.
Pero no sólo los famosos. Este temor puede asaltarnos a todos nosotros. Si así fuera, significaría que estimamos en muy poco nuestra fe. O que preferimos la aceptación social a la autenticidad de manifestar lo que somos.
Cuando nos dejamos llevar por el temor no dejamos espacio al Espíritu Santo. Cuando hablamos nosotros, no permitimos que el Espíritu nos enseñe "lo que tenemos que decir". El resultado es una tranquilidad personal aparente y una ocasión perdida para el evangelio.
Gonzalo Fernández
* * *
En el evangelio de hoy el Señor quiere prevenirnos contra la apostasía, pues la voluntad del Padre Dios es que creamos en Aquel que él nos ha enviado. Fuera de Cristo no hay otro nombre en el que podamos salvarnos. Quien niegue a Cristo está poniéndose en un grave riesgo de no alcanzar la salvación eterna. Ante nuestras propias faltas hemos de saber arrepentirnos sabiendo que el Señor está siempre dispuesto a perdonarnos si volvemos a él con un corazón sincero y arrepentido.
El Espíritu Santo, que Dios ha derramado en nuestros corazones, tiene la misión de ofrecernos el perdón, el arrepentimiento y la renovación que Cristo logró para nosotros mediante su entrega en la cruz y mediante su resurrección. Si alguien rechaza al Espíritu Santo, ¿cómo podrá ser perdonado?
Si en verdad queremos dar un auténtico testimonio de nuestra fe dejémonos poseer y guiar por el Espíritu Santo, para que él sea quien dé testimonio de Jesucristo desde nosotros ante cualquier persona que nos pida razón de nuestra esperanza.
El camino de la Iglesia es el mismo camino de su Señor: llegar a la gloria del Padre, pasando necesariamente por el calvario. Por eso debemos armarnos de valor en el Espíritu que hemos recibido, y no claudicar en el testimonio que hemos de dar de nuestra fe. Ante gobernadores y reyes, ante los poderosos muchas veces llenos de corrupción y de maldad, no podemos hacer componendas en el evangelio para evitarnos su rechazo, o sus amenazas de muerte.
El Espíritu de Dios siempre estará con nosotros para transformar nuestra vida en un auténtico testimonio del amor salvador de Dios en el mundo. No apaguemos al Espíritu de Dios que habita en nosotros como en un templo; dejémonos más bien guiar por él para que, desde la Iglesia, el mundo llegue a conocer el amor que Dios nos tiene a todos y el llamado que nos hace para que lleguemos a poseer los bienes definitivos.
José A. Martínez
* * *
Jesús, por ser cristiano estoy llamado a dar testimonio de ti. Quiera o no, mi ejemplo (bueno o malo) es visto por todos los que me rodean y me tratan. Si me comporto con visión sobrenatural, si trato de identificarme contigo y hacer siempre tu voluntad, estaré dando un testimonio fiel de ti, te estaré confesando ante los hombres.
Jesús, hay momentos en los que cuesta especialmente dar testimonio cristiano. Por ejemplo, cuando mi grupo de amigos se divierte ridiculizando a la Iglesia o a personas consagradas; o cuando algunos planes a los que me invitan no son dignos de un cristiano; o cuando es difícil ser honrado en los negocios. En esos momentos, lo natural para un cristiano es ser antinatural, es decir, dar la cara e ir contra corriente.
Jesús, también me pides que dé testimonio cristiano cuando sufro algún revés físico, económico o moral. La serenidad, la fortaleza, la esperanza y la paz con que un cristiano afronta el dolor son muchas veces el mayor testimonio de fe, la mejor enseñanza, el ejemplo que la gente más necesita y que más hondo cala en el alma. Como ya decía Juan Pablo II:
"Vosotros tenéis que desarrollar una tarea altísima, estáis llamados a completar en vuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia. Con vuestro dolor podéis afianzar a las almas vacilantes, volver a llamar al camino recto a las descarriadas, devolver serenidad y confianza a las dudosas y angustiadas".
"Vuestros sufrimientos, si son aceptados y ofrecidos generosamente en unión de los del crucificado, pueden dar una aportación de primer orden en la lucha por la victoria del bien sobre las fuerzas del mal, que de tantos modos insidian a la humanidad contemporánea. En vosotros, Cristo prolonga su pasión redentora" (Alocución, 13-IV-1980).
Aunque en las obras que Dios hace en el mundo están siempre presentes las 3 personas divinas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), ciertas obras se atribuyen especialmente a cada una: al Padre, la creación; a Jesús, la redención; y al Espíritu Santo, la santificación de las almas y de la Iglesia. Tú, Señor, quieres que te siga de cerca, que sea santo, y para eso me has redimido muriendo en la cruz. Pero la redención se aplica en mi vida a través de la gracia del Espíritu Santo. La santificación es obra del Espíritu Santo en cada alma.
Jesús, hoy me dices que no me preocupe ante las acusaciones y las insidias de los incrédulos. El Espíritu Santo os enseñará en aquella hora qué es lo que hay que decir. Fortalecido e iluminado por la gracia del Espíritu Santo sabré responder bien por mal, verdad por mentira, honestidad por hipocresía. Pero he de saber que mi fortaleza es prestada, que yo (por mí mismo) no valgo nada, ni puedo nada. Por eso he de acudir a esos medios santos (los sacramentos) para llenarme de gracia divina.
Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, será perdonado. Jesús, tú perdonas a todo el que se arrepiente de su pecado. Sin embargo, a quien no confíe en el poder salvador del Espíritu Santo, no podrás perdonarle, porque le falta una condición necesaria: la contrición.
Por eso, la desesperación y el endurecimiento del corazón son pecados muy graves: El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no será perdonado. María, tú eres la esposa del Espíritu Santo, y tú confiaste siempre en él obedeciendo sus inspiraciones. Ayúdame a buscar, encontrar y amar a Dios Espíritu Santo, porque es él quien me ha de santificar.
Pablo Cardona
* * *
Jesús nos invita, en el texto de Lucas que se lee hoy, a perseverar en la fe cuando nos hostigan por su causa. Y el Espíritu es el garante de la fuerza que necesitamos para dar testimonio contra viento y marea. A veces los cristianos nos sorprendemos a nosotros mismos deseando que cese toda persecución y todo ataque.
Ciertamente, debemos hablar con libertad y denunciar y reivindicar, sobre todo, los derechos de quienes no tienen voz. Pero también tenemos que recordar, de puertas adentro, que Jesús habla de persecución, que el evangelio no es bien aceptado por nuestra sociedad, que los criterios de este mundo no son los criterios del reino, que nuestra fe será desafiada. Y todo esto no puede hacernos sentir víctimas.
Porque si nos consideramos víctimas, podemos estar negando al Hijo del hombre y desoyendo al Espíritu Santo, que es quien tiene palabra acertada en estas situaciones. Cuando llegue la ocasión, lo 1º será orar. Con un salmo o con una plegaria nuestra de labios y corazón. O con otras, como la oración de dom Helder Cámara titulada Guía mi mirada, Señor.
Luis de las Heras
* * *
Ayer nos animaba Jesús a ser valientes a la hora de dar testimonio de él, porque Dios nunca se olvida de nosotros (pues "si lo hace con los pajarillos y los cabellos de nuestra cabeza, cuánto más con cada uno de nosotros", que somos sus hijos). Y hoy nos da otro motivo para ser intrépidos en la vida cristiana: él mismo dará testimonio a favor nuestro ante la presencia de Dios, el día del juicio.
No obstante, todavía hay otro protagonista más en estos nuestros ánimos: el Espíritu de Dios. Así se completa la cercanía del Dios Trino. El Padre que no nos olvida, Jesús que "se pondrá de nuestra parte" el día del juicio, y el Espíritu que nos inspirará cuando nos presentemos ante los magistrados y autoridades para dar razón de nuestra fe.
Sólo hay una clase de personas sin remedio, los que "blasfeman contra el Espíritu Santo". Es decir, los que viendo la luz, la niegan, y rechazan ser salvados. Son ellos mismos, pues, los que se excluyen del perdón y de la salvación.
Nosotros ya estamos empeñados, hace tiempo, en este camino de vida cristiana que no sólo sucede en nuestro ámbito interior, sino que tiene una influencia testimonial en el contexto en que vivimos. Para este camino necesitamos ánimos, porque no es fácil.
Jesús nos asegura el amor de Dios y la ayuda eficaz de su Espíritu. Y además, nos promete que él mismo saldrá fiador a nuestro favor en el momento decisivo. No se dejará ganar en generosidad, si nosotros hemos sido valientes en nuestro testimonio, si no hemos sentido vergüenza en mostrarnos cristianos en nuestro ambiente.
En los momentos en que sentimos miedo por algo (y a todos nos pasa, porque la vida es dura) será bueno que recordemos estas palabras de Jesús, afirmando el amor concreto que nos tiene el Dios Trino para ayudarnos en todo momento. Jesús calmó tempestades y curó enfermedades y resucitó muertos. Era el signo de ese amor de Dios que ya está actuando en nuestro mundo. También nos alcanza a nosotros. No tenemos motivos para dejarnos llevar del miedo o de la angustia.
José Aldazábal
* * *
La realización de la tarea misionera presenta inmensas dificultades que pueden hacer germinar en nosotros actitudes de desconfianza y desaliento. Por ello se hace necesario renovar continuamente los sentimientos de confianza volviendo constantemente a las palabras de promesa ofrecidas por Jesús a sus seguidores.
En 1º lugar, es necesario tener presente el compromiso asumido por Jesús de ser nuestro testigo en el Juicio de Dios si perseveramos con coraje en la tarea emprendida. La consideración de su actuación en el futuro Juicio de Dios que espera a todos los hombres es la 1ª fuente en que podemos encontrar el ánimo necesario para seguir adelante sin desfallecer.
En 2º lugar, tenemos a disposición una segunda fuente para renovar la confianza. La certeza de la presencia del Espíritu Santo nos da la seguridad necesaria para enfrentar los desafíos y dificultades que encontramos en nuestra evangelización. Dicha presencia llega hasta su identificación con los portadores del mensaje, y con cada una de sus acciones encaminadas a concretarlo.
Sobre todo, en las dificultades que pueden llegar a poner en peligro la propia vida, esa presencia confortante encontrará el modo de manifestarse claramente. Aún cuando seamos acusados y estemos en peligro de muerte a causa de los poderosos que se oponen al mensaje de Jesús, sabemos que el Espíritu actuará en nuestro favor, inspirando la forma de defensa.
Esa actuación, hecha ya realidad durante el tiempo apostólico de Pedro (Hch 4,8; 5,32) y Esteban (Hch 7, 55), sigue activa a lo largo del tiempo suscitando el testimonio eclesial.
Confederación Internacional Claretiana
* * *
Jesús ha llamado a la comunidad de discípulos para que sean sus testigos y no sus abogados. Jesús no necesita que lo defiendan. Por eso, la labor de los discípulos no es luchar contra los que no creen en él, sino dar un testimonio creíble de su presencia entre hombres y mujeres.
Para creer en Jesús de Nazaret, no basta con pensar que él es el Hijo del Padre, que él es presencia de Dios entre los humanos. Es necesario además, creer en lo que él creyó y amar como él amó. Jesús creía profundamente en el valor y la dignidad de la persona humana. En la posibilidad de que el reinado de Dios se manifestara entre los seres humanos por medio de la justicia y la igualdad.
Jesús creía en que todos debíamos participar de la misma mesa, por lo que no debería haber excluidos ni marginados. Esta fe de Jesús en una nueva humanidad era la expresión de su fe en Dios Padre. Fe que se manifestó en un inmenso amor por los necesitados, oprimidos y marginados.
Amor sin medida por sus amigos y discípulos. Amor por todos aquellos que carecían de afecto y comprensión. Por eso, creer hoy en Jesús no puede ser sólo un acto de aceptación verbal, sino de adhesión a su propuesta (creyendo en lo que él creyó, y amando lo que él amó).
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
Nos dice hoy Jesús que si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios. "Estar de parte de alguien" es dar testimonio en su favor, defenderle llegada la ocasión, hablar bien de él, mostrarse su partidario y formar partido con él.
Nosotros solemos ponernos de parte de nuestros familiares, y hasta quizás de nuestros colegas de profesión o afines ideológicos. Ahora bien, ¿hacemos lo mismo como seguidores de Cristo? Porque eso supondría ponernos de parte de las cosas, y personas, y afinidades de Jesús. ¿Qué otra cosa podría esperarse, si no, de nosotros?
Pero esto no siempre es así, porque a veces ocultamos que somos del partido de Jesús, o negamos ser amigos de los que van a misa, o en el trabajo nos callamos sobre nuestra propia ideología cristiana, para evitar acarrearnos problemas o por simple miedo a dar este paso (como le pasó a Pedro en el patio del sumo sacerdote, que negó conocer a Jesús).
Pues bien, nos dice Jesús que, si uno se pone de mi parte ante los hombres (porque ahí es donde hay que ponerse de su parte, ante los hombres y no ante los ángeles o los espectros), yo también me pondré de su parte ante los ángeles.
Para ponerse de parte de Jesús, no es necesario dar la espalda a la verdad y a la justicia. Al contrario, ponerse de parte de Jesús es mantenerse partidario de la verdad, la justicia y la misericordia, porque todo eso representa Jesús. Él quiere que seamos sus partidarios ante el mundo, y por eso él se compromete a estar de nuestra parte en el otro mundo (ante los ángeles de Dios), cuando necesitemos realmente de su defensa y testimonio favorable.
Esto puede parecer una simple alianza entre dos aliados que reclaman lealtad mutua. Y lo es. Pero es mucho más a nivel cualitativo, porque no es lo mismo que él nos asista ante el juicio final, a que nosotros le asistamos ante un compañero de trabajo. La diferencia es abismal.
Lo que Jesús espera de nosotros es que nos pongamos de su parte, que formemos parte de los continuadores de su misión y que estemos en la parte de los que sufren los injustos ataques del desprestigio esterilizador, de la acusación falaz y de la burla mordaz, por su causa.
Entre ponerse de su parte, y no ponerse de su parte, no hay estados intermedios. Porque no ponerse de su parte es ya una manera de negarlo, o de ser cómplices con los que lo niegan, tal como están las cosas. Como dice un dicho castellano, "quien calla otorga", en este caso acusando a Jesús.
En estos casos, dice literalmente Jesús, si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán ante los ángeles. Ya algunos padres de la antigüedad, como San Ambrosio, repararon en este cambio de sujeto. Porque no es ya el Hijo del hombre (Jesucristo) el que lo renegará ante los ángeles. Sino que lo renegarán. Es decir, tendrá adversarios que darán testimonio contra él, ante Dios y sus ángeles.
En tal caso, Cristo no testificará nunca contra de nadie, aunque otros sí lo harán, posiblemente quienes sí que supieron mostrarse siempre partidarios de Jesús y de su causa. Por eso, hablar contra el Hijo del hombre, aun siendo un pecado de maledicencia, es perdonable. Pero no lo es blasfemar o hablar contra (o mal) el Espíritu Santo.
¿Y qué diferencia hay entre el Hijo del hombre y el Espíritu Santo, para hacer esta discriminación? ¿Se trata de un hablar contra Jesús como puro hombre, mientras que el hablar contra el Espíritu Santo es hablar contra Dios? ¿Por qué un pecado es perdonable y el otro no? ¿No hemos vivido siempre en la Iglesia del supuesto de que todo pecado es perdonable si hay arrepentimiento?
San Ambrosio vio en la blasfemia contra el Espíritu Santo el pecado de los fariseos, que no estaban dispuestos a reconocer que en Jesucristo actuaba el Espíritu Santo. Es decir, el pecado de quienes nunca aceptaron que Jesús había venido de parte de Dios, y obró sus milagros como Ungido del Espíritu Santo.
Pues bien, esa ceguera de no querer ver en Jesús al enviado de Dios, es lo que San Ambrosio llamaría blasfemia contra el Espíritu Santo. Mientras se mantenga esta postura de obstinación, no hay posibilidad de abrirse a la acción misericordiosa de Dios a través de Jesucristo, y por eso el pecado es imperdonable.
Decir de Jesús que es un borracho, o amigo de malas compañías, o un revolucionario de las leyes judías, o un malhechor... no parece que sea obstáculo insalvable para obtener el perdón, si hay arrepentimiento. Pero decir de él que obra movido por el espíritu del mal, eso es ya situarse contra el Espíritu de Dios. Y esto no tiene fácil marcha atrás.
Dicho pecado no consiste, por tanto, en una simple blasfemia, sino en una ceguera obstinada que persiste en el camino contrario al amor de Dios. Si dejara de persistir, también sería perdonable a través del arrepentimiento. Pero eso no es algo que fácilmente suceda, pues el camino contrario recorrido puede ser ya muy largo, e irreversible.
Cuanto más tiempo permanezca una persona en este pecado, más alta habrá hecho la muralla de su autosuficiencia, y más difícil estará haciendo que ésta pueda ser derribada. Que Dios nos libre de contraer este pecado, prácticamente de irreparable efecto.
Act:
17/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()