10 de Octubre

Sábado XXVII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 octubre 2026

a) Gál 3, 22-29

         Hasta el momento, Pablo ha hablado principalmente de sus experiencias, y no ha parado de citar el AT como refrendo y norma de fe. Pablo ha reafirmado siempre la continuidad de los 2 testamentos, aunque sosteniendo siempre que el verdadero contenido del AT no son las obras de la ley, sino la fe en Jesucristo.

         Por testamento entiende hoy Pablo las promesas que hizo Dios a Abraham, desde la "voluntad inamovible y expresa de legar algo a alguien". Ahora bien, esas promesas hechas a Abraham no podían estar condicionadas al cumplimiento de una ley, dado que ésta fue concedida 430 años después, a través de muchas manos intermedias.

         El contenido de esas promesas es, como recuerda hoy Pablo, la bendición para todos los pueblos. Y la mera promulgación de una ley no es capaz de vivificar a una humanidad pecadora, dominada por la muerte. Sino que sólo Cristo puede dar cumplimiento a esas promesas.

         ¿Y para qué nos fue dada, pues, la ley? Para encaminarnos hacia Cristo, concluye Pablo, que explica que la situación del hombre bajo la ley es como la situación del niño, que tiene instintos de esclavo (y hasta de enemigo) a pesar de estar destinado a ser el amo de la casa.

         La ley fue ese pedagogo (esclavo que enseñaba a los niños en sus casas) que mantuvo al niño (Israel) dentro de un orden, hasta el momento en que tuviera suficiente uso de razón como para disponer de lo que es suyo. Y sólo el Espíritu Santo, que Cristo nos ha enviado, es capaz de darnos el uso de razón propio de los hijos de Dios.

Jordi Sánchez

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         El pasaje paulino que meditamos hoy responde a los ataques de los judaizantes que se habían introducido en Galacia, y que querían imponer las prácticas antiguas judías a los nuevos convertidos. Ante ese fixismo, Pablo desarrolla una visión evolutiva de la historia de la salvación, pues es verdad que Dios llamó primero a Abraham, y que mucho después dio la ley a Moisés. Pero ahora ha venido Cristo, que es el elemento decisivo de la historia prevista por Dios.

         La ley mosaica, viene a explicar Pablo, fue por su mismo hecho de ley algo caduco, y su vigencia fue transitoria, y su papel fue meramente pedagógico, hasta desaparecer una vez aparecido Jesucristo:

"Hermanos, antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia y el dominio de la ley, en espera de la fe que debía manifestarse. De manera que la ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados en virtud de la fe".

         Para los judíos la ley era comparable a esos pedagogos antiguos (a la vez útiles y molestos) que cuidaban de la educación de los niños, para vigilar a los pequeños y reprimir sus tonterías. Pero el hombre maduro no necesita de esta tutela, sino que ya es libre y sabe dirigirse por la vida: "Una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el celador o pedagogo, porque en Jesucristo sois todos hijos de Dios, por la fe".

         Este es el acontecimiento decisivo de la historia, y la novedad radical que interviene en la historia de la humanidad: que desde ahora hay un Hombre-Dios, un hombre que es Hijo de Dios, Jesucristo. Y éste es el don supremo y definitivo que Dios pueda ofrecer a la humanidad, porque cada hombre de hoy, a partir de Jesucristo, puede también llegar a ser "hijo de Dios, por la fe" y por su fidelidad al Padre. 

         Jesucristo ha abierto para todos esta posibilidad, y un camino de libertad. ¿Soy yo de veras un hijo para Dios? ¿Cómo es mi fidelidad al Padre, en las huellas de Jesucristo? Porque "todos los bautizados en Cristo están revestidos de Cristo".

         Detengámonos por un instante en la última frase: "Revestidos de Cristo", porque se trata de una fórmula de una excepcional densidad. Y unámosla a la que dirá más tarde Pablo a los romanos: "El bautismo nos hace participar de la muerte y resurrección de Cristo".

         En el caso presente nos dice que el bautismo nos une a Cristo, y nos hace revestir de él. La comparación del vestido es una imagen simbólica muy hermosa, porque explica que el bautizado está ya transformado, y ha recibido una nueva manera de ser. Y por eso ha de adquirir también una nueva apariencia, que represente a Cristo incluso visiblemente. Viendo a un bautizado, debería verse a Cristo.

         Así, tras hablar de la fe, pasa Pablo a hablar del bautismo, como algo íntimamente ligado en su pensamiento: "Hijos de Dios por la fe, unidos a Cristo y revestidos de Cristo por el bautismo". El bautismo es signo de la fe, que incorpora al hombre a Cristo y ofrece un estado de filiación divina, a semejanza de Aquel que es Hijo de Dios por naturaleza.

         Por tanto, concluye Pablo, tras el bautismo "ya no hay judío ni gentil, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús". Efectivamente ¡cuán mezquina resulta a ese nivel la estrechez de los judaizantes! Y ¡qué visión más universal la de Pablo, y qué fermento para una acción humana a escala mundial!

Noel Quesson

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         La ley ha sido para Pablo ese pedagogo para los creyentes, hasta la venida de Cristo. Este es el contenido de nuestro texto de hoy, en que la ley es descrita como un esclavo de confianza que vigila y guía a los hijos de los hombres libres (como era la función de los pedagogos o tutores de niños). Eso sí, el pequeño (el AT), aunque hijo y heredero del amo, vive durante su infancia bajo el control del esclavo pedagogo (la ley mosaica).

         Pablo polemiza así con la concepción judía, que consideraba la ley como la barrera contra el pecado. Pues según el apóstol, lo único que hace la ley es evidenciar el pecado y su poder, aparte de no ser portadora de vida. El esclavo únicamente puede dejar de serlo pasando al uso pleno de sus derechos de hijo del amo.

         Pero eso solamente puede darse por la fe en la acción salvadora de Dios, que lo transforma todo en Jesucristo. En él, la salvación es ofrecida a todos los hombres, porque ya no se trata de merecimientos (bajo la ley esclavista) sino de un don gratuito de Dios (bajo la gracia liberadora).

Frederic Raurell

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         En el contexto de una comunidad de Galacia tentada de volver a los valores del AT, Pablo ha explicado hasta hoy que todos esos valores estaban ya caducados, a la vez que presentaba la ley de Moisés con rasgos bastante peyorativos.

         En el texto de hoy dice que los hombres "éramos prisioneros, custodiados por la ley", y que "la ley fue nuestro pedagogo hasta la llegada de Cristo". El pedagogo, en las familias griegas, era el esclavo que enseñaba a los niños en sus casas, y se encargaba de su disciplina. Era un personaje, por tanto, no muy simpático, y sobre todo provisional. Hasta que cuando el niño llegaba a la adolescencia, se le despedía por no hacer falta.

         Pablo aplica este símil del pedagogo al AT, que durante la niñez (Israel) pudo servir de pedagogo, pero cuando llegó la mayoría de edad (Jesucristo) ya no fue necesario, pues todos pasamos a ser hijos (adoptivos) en la familia de Dios. Por tanto, concluye Pablo, es una insensatez querer volver al dominio del pedagogo, o a la ley de Moisés con sus prácticas meticulosas (circuncisión, sábado, rituales...).

         De hecho, ¡cuántas veces tuvo que criticar Jesús a los fariseos por su legalismo exagerado, que hacía del sábado un día de angustias en vez de un día de gozo! Y ¡cómo tuvo que esforzarse la Iglesia por encontrar los caminos justos en su apertura al mundo pagano, liberándose de la formación legalista del AT!

         Para los cristianos no es fácil la relación entre norma y libertad, entre la ley de la infancia (AT) y la libertad de la adultez (NT), y cada uno sabrá si se siente hijo o prisionero en la casa de Dios,  si se dirige a Dios como Padre o como Juez, si cumple por amor o sólo por interés, si enseña los elementos cristianos por mera tradición o por convicción.

         Si la fe es sentida en nuestra vida como una losa, eso es señal de que todavía somos esclavos, y nos sentimos prisioneros, y necesitamos del pedagogo de la disciplina exterior (como los niños griegos), y no hemos llegado todavía a la madurez.

José Aldazábal

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         El pedagogo era el esclavo encargado de la educación de los hijos de las familias griegas pudientes. Y eso es para Pablo exactamente lo que fue para Dios la ley de la Antigua Alianza.

         En 1º lugar, la existencia de una ley permite al hombre situarse con respecto a ella, sabiendo si la ha cumplido o infringido. Pero en el caso religioso, una vez que el judío había tomado conciencia de su pecado (y por tanto, de su culpabilidad), la ley ya no podía darle nada, porque por sí misma no era fuente de salvación. Encerraba al hombre en su maldición, y por eso su régimen tenía que ser necesariamente transitorio.

         En 2º lugar, la ley nos dice lo que hemos de hacer, pero no nos da vida y mucho menos eterna. En el caso religioso, la vida nos viene de Jesucristo, pues al creer en él, y ser bautizados en él, recibimos su vida y su espíritu, y somos revestidos de él, y entonces desaparecen de nosotros todas las divisiones (provenientes de raza, de condición social o de sexo). Unido a Cristo, cada cristiano pasa a quedar convertido en hijo de Dios, y éste le da como herencia la vida eterna.

         En 3º lugar, Dios no quiere que seamos fieles cumplidores de unos preceptos, sino que lleguemos a él a través del único camino que nos lleva a él (Jesucristo), y que nos unamos a él. Buscar otros caminos (como el de la ley) equivale a despreciar la salvación que Dios nos ofrece en su Hijo, que se ha hecho uno de nosotros y así se ha convertido en salvación nuestra.

         Por eso no podemos volver a la esclavitud de la ley, la cual ya cumplió su función de conducir a Cristo. Ahora hemos de vivir bajo el régimen de la gracia, y si cumplimos la ley no es porque por eso vaya a salvarnos, sino porque eso puede auxiliar a muchos que todavía no se han convertido, ni han llegado a comprender el amor a Dios y el amor al prójimo como norma de vida.

Dominicos de Madrid

b) Lc 11, 27-28

         Desde el punto de vista histórico se puede suponer que la raíz original de nuestro texto de hoy se encuentra en la oposición que Marcos establece entre la familia de Jesús y aquellos que cumplen sus mandatos (Mc 3,20-21;31-35). Lucas, que ha matizado y moderado ya esa oposición (Lc 8, 19-21), quiere formular ahora el verdadero contenido de la bienaventuranza de María.

         Nuestro texto replantea el tema desde un punto de vista verdaderamente mariano: no importa la familia sino la madre de Jesús. Una madre sobre la que puede hablarse de 2 maneras:

         La mujer del pueblo alaba sobre un plano de simple biología (v.27), luego María viene a convertirse en un vientre fecundo y unos pechos generosos (1ª manera). Esa palabra se mantiene sobre el campo del AT, donde la mujer es ante todo la que engendra hijos al marido. Pero la respuesta de Jesús supone que la bienaventuranza se realiza allí donde se escucha la palabra de Dios y se vive en su misterio de gracia y exigencia (v.28). Y en este plano se realiza la bienaventuranza de María (2ª manera).

         Antes de fijarnos en la figura concreta de la madre de Jesús queremos indicar que estas palabras sitúan la dignidad de la mujer por encima de todas las limitaciones y esclavitudes de las antiguas o modernas culturas de la tierra. La mujer no se reduce a biología, y su signo es más que un vientre y unos pechos (Oriente Antiguo) o más que un sexo (Occidente Moderno). La mujer es, ante todo, una persona, y su mayor bienaventuranza es vivir el don de la gracia de Dios, y traducirlo en una forma de conducta.

         A través del evangelio, Lucas ha mostrado que María, la madre de Jesús, es un modelo de fe para los hombres. Ella, como mujer y como símbolo de todos los humanos, ha recibido el gran regalo de la presencia transformante de Dios sobre la tierra (Lc 1, 28). Esa presencia se concreta como "Espíritu creador" y se traduce en el nacimiento del Mesías (Lc 1, 31-33.35). A través de la palabra de María que se ofrece y colabora (Lc 1, 38), se realiza el misterio primordial de nuestra historia: Dios hecho humano.

         Externamente todo ha seguido igual. Pero en ese campo inmensamente delicado, inmensamente abierto de la fe de una muchacha que acepta la palabra de Dios, ha comenzado a realizarse la nueva vida de los hombres. La plenitud de Dios se ha expresado en una escena de confianza en que se muestra el don de Dios y la respuesta creyente de María. Ella ha comenzado a ser el signo de una nueva forma de existencia. Como decían los antiguos: ha concebido con la fe antes de hacerlo con el vientre. Su bienaventuranza no se limita al seno y a los pechos, sino que abarca toda su persona.

         María ha creído (Lc 1, 38), y por eso recibe la auténtica alabanza. Es bienaventurada por su fe (Lc 1, 39-45), y su vida se convierte en fundamento de júbilo y bendición para todos aquellos que han creído como ella. Jesús la desconcierta (Lc 2, 33-35), pero porque sabe muy bien que ella se ha mantenido fiel hasta el final, y que en lo más hondo de su vida ha confiado en la palabra de Jesús, y ha venido a ser principio y fundamento de la Iglesia.

         En todos estos rasgos, la madre de Jesús es modelo de mujer abierta ante el misterio de la vida (1ª manera), y modelo de creyente que responde de manera confiada y generosa a la palabra que Dios le ha dirigido (2ª manera).

Emiliana Lohr

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         No todos los oyentes del evangelio ayer se habían dejado dominar por Satanás, y entre los oyentes de hoy hay una mujer anónima, tal vez entusiasmada por la expulsión del demonio mudo (de ayer), que se pone a gritar entre la multitud, bendiciendo no sólo a su madre, sino también al hijo.

         La frase que dirige la mujer al aire se refería a un proverbio entre los judíos, surgido a partir del Génesis ("bendiciones de pechos y ubres"; Gn 49,25). La madre de tal hijo se puede considerar privilegiada por haberlo alumbrado y tener un futuro tan prometedor.

         En otra ocasión, en el evangelio de Lucas (Lc 23, 29), Jesús pronuncia la bienaventuranza opuesta: "Dichosas las estériles, los vientres que no han parido y los pechos que no han criado". Será cuando Jesús, a las puertas de su muerte, acompañado del Cireneo, se encuentre con las mujeres de Jerusalén.

         En el caso de hoy, Jesús corrige a la mujer espontánea con otro tipo de bienaventuranza, según la cual es más dichoso quien escucha el mensaje de Dios y lo pone en práctica.

         El papel privilegiado de la madre en cuanto origen de la persona ("vientre que te llevó y pechos que te criaron"), con ser importante y decisivo en la gestación física, no es el más importante dentro de la comunidad cristiana. Porque la verdadera familia eclesial no se basa en las relaciones de parentesco y de sangre, sino en la escucha de la palabra, haciéndola carne en la propia vida.

         María, a la que ya de antemano se la había calificado de dichosa varias veces en el evangelio de Lucas, entra de lleno por doble partida a formar parte de esta nueva familia. Ella, con su sí al plan de Dios, es madre de Jesús y de esa nueva Iglesia de creyentes empeñados en la utópica tarea de instaurar la fraternidad cristiana. Quienes forman parte de esta familia probarán la verdadera dicha, que se deriva de una comunidad basada en el amor sin medida.

         ¿Sobre qué está edificada nuestra comunidad? ¿Sobre la escucha de la palabra y su puesta en práctica cada día especialmente en su mandamiento principal, el amor sin medida o a la medida del de Jesús? ¿Ha cambiado nuestra vida desde que comenzamos el camino de Jesús?

         Si respondemos afirmativamente, tal vez podamos añadir a ello el testimonio de la dicha que produce una vida vivida según el patrón del evangelio de Jesús, de la alegría honda que genera, de la capacidad de crear vida y alegría que produce alrededor, de la claridad que aporta a tanta oscuridad como hay en el mundo.

Juan Mateos

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         La escena que nos presenta el evangelio de hoy es muy similar a la que encontramos en el mismo evangelio de Lucas (Lc 8, 19-21). Los 2 textos expresan cuál es la verdadera grandeza ante los ojos de Dios, pero en este texto una mujer es la que grita: "Dichoso el vientre que te llevó, y los pechos que te amamantaron".

         Su grito expresa una bienaventuranza que parece implicar que la relación física con su hijo haría de su madre una mujer feliz. Sin embargo, las palabras de Jesús afirman que los verdaderamente dichosos son aquellos que perseveran en la escucha y en la puesta en práctica de la palabra.

         La frase de Jesús reitera su pensamiento sobre la Palabra: que hay que escucharla, asumirla e irradiarla, y a partir de ahora hacerla práctica (es decir, testificarla con las obras). De esta manera hacemos la voluntad del Padre, pues para Lucas "hacer la voluntad del Padre" significa, ante todo, escuchar la Palabra y ponerla en práctica.

         Para muchos, las palabras de Jesús suenan a desplante descomedido, ante el elogio que la mujer quiere hacer de su madre. E incluso algunos teólogos medievales llamaban a estos textos antimariológicos, y no sabían qué hacer con ellos. Pero lo que hace Jesús, en realidad, es tan sólo ubicar el elogio en su justo lugar: María es más bienaventurada por haber cumplido la palabra de Dios que por haberla llevado en su seno.

         La respuesta de Jesús es absolutamente precisa, y teológicamente exacta. Y la lección es clara: hay que admirar a María por haber sido madre de Jesús, pero también por haber sido su más fiel seguidora. María no sólo está en la esfera del más acá (madre natural), sino también del más allá (madre espiritual).

Fernando Camacho

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         En el pasaje de hoy encontramos la aclamación de una mujer que representa al resto de Israel: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron" (v.27). Se trata de la pequeña parte del pueblo que se escapa de la destrucción y constituye el núcleo del pueblo salvado por Dios, según el lenguaje profético. Son los que con sinceridad siguen creyendo en los privilegios históricos de Israel.

         Pero Jesús no va en absoluto en esta dirección, sino que proclama una sociedad alternativa, en la que todo hombre tenga cabida. Y por eso repuso: "Dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen" (v.28). No hay fronteras de ascendencia de sangre para Jesús.

         Para entrar a formar parte del reino de Dios es suficiente, por tanto, con escuchar el mensaje de Jesús y ponerlo en práctica. Ese es el verdadero parto (escuchar) y crianza (poner en práctica) que quiere Jesús. Dicho y hecho. Este es el núcleo de toda la secuencia, y quien hace fructificar en hechos palpables y experiencias reales lo que ha escuchado, éste es verdaderamente dichoso.

         Jesús no repite los elogios tributados a María, pero los confirma, mostrándonos que la grandeza de su madre viene ante todo de escuchar la palabra de Dios y guardarla en su corazón (Lc 2, 19.51). Pues como decía San Juan Crisóstomo, "si María no hubiera escuchado y observado la palabra de Dios, su maternidad corporal no la habría hecho bienaventurada" (Homilías de Marcos, III, 34). Y dando una mirada en torno sobre los que estaban sentados a su alrededor, Jesús dijo: "He aquí mi madre y mis hermanos".

         Jesús no desprecia los lazos de la sangre, pero sabe anteponerle siempre los lazos espirituales. María es la bendita, pero "más porque creía en Cristo que por haberlo dado a luz", como decía San Agustín.

Josep Rius

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         Encontramos en este pasaje de Lucas, la aclamación de una mujer que simboliza el resto de Israel: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron". Esta mujer es representante de una "pequeña parte del pueblo que se escapa de la destrucción y constituye el núcleo del pueblo salvado por Dios", según el lenguaje de los profetas.

         Muchos en el pueblo siguieron creyendo con sinceridad en los privilegios históricos de Israel. Pero Jesús, rechaza esta postura de privilegio y ello golpea a los seguidores del pasado. Jesús ha proclamado una sociedad alternativa, en la que todo hombre y mujer, de cualquier condición, raza, cultura, y religión, tenga cabida.

         Ni la sangre ni la carne ya son la norma de Jesús. Él rompe con la tradición judía y amplía el horizonte del Reino a toda persona que quiera recibir a Dios como el único soberano de su vida. Jesús, lo deja claro. No es la pertenencia a Israel lo que da la garantía de acceder al reino de Dios, sino al escuchar la palabra de Dios y el ponerla en práctica. Quien hace fructificar en su vida con actitudes palpables y con acciones reales lo que ha escuchado, ése es verdaderamente dichoso, para Jesús.

         Una gran dificultad a nivel cristiano es creernos que somos bienaventurados por haber recibido los sacramentos o por asistir diaria o semanalmente a misa. Eso para Jesús no cuenta, si nuestra vida no está de acuerdo con su propuesta del Reino, y si no demostramos que caminamos con fidelidad y en crecimiento constante por su proyecto.

         La única realidad que garantiza el Reino en nuestras vidas son las actitudes coherentes con sus valores. El Reino no se mide por actos de piedad ni por actos de caridad. El Reino se mide por la justicia que tengamos en la vida y la forma responsable como asumamos nuestra existencia.

         De esta manera seremos dichosos como fue María, pero no por ser la madre de Jesús sino por escuchar a Jesús, meditar su Palabra y ponerla en práctica. No sin sentido confesamos a María como "la primera evangelizada y evangelizadora". Ella supo pasar de la relación "hija del Padre" a la de "madre del Hijo", y a la de "colaboradora de los hermanos".

Severiano Blanco

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         Escuchamos hoy que, mientras Jesús hablaba de sus cosas, "una mujer de entre la gente se dirigió a él gritando". Lucas es el único que relata ese episodio de este modo, y una vez más, en su evangelio se realza a una mujer. Y así, mientras los sabios fariseos acusaban a Jesús de ser partidario del demonio (ayer), esta anónima mujer de hoy proclama a gritos su admiración por Jesús.

         Y lo que gritó aquella mujer no tiene desperdicio, según la traducción griega literal: "¡Dichoso el vientre que te parió y los pechos que te criaron!". Como se ve, se trata de una expresión judía bastante típica, a la hora de referirse a la maternidad.

         Una frase que no hay que perder de vista, pues cuando Jesús esté en el Calvario, lo que dirá a las mujeres que se compadecían de él será algo muy parecido: "Dichosos los vientres que no han parido y los pechos que no han amamantado" (porque vendrían desgracias terribles sobre sus hijos). Por supuesto, Jesús pensaba en la ruina de Jerusalén, que veía venir (Lc 23, 29).

         Aquí, por el contrario, esa mujer está elogiando a la madre de Jesús, y, a través de ella a su hijo. Esa mujer de pueblo que no se ha dejado intimidar por las críticas de los fariseos que ha oído, y que está subyugada por la grandeza de Jesús. Sencillamente, porque tenía ¡envidia de su madre!

         Y no olvidemos que, en el día de hoy, una de las satisfacciones y honores profundos que puede experimentar una mujer son los hijos nacidos de ella, y por ella educados. No convendría que las otras fecundidades espirituales, profesionales o sociales, que son también muy reales, nos hicieran olvidar aquella.

         Entonces repuso Jesús: "Dichosos los que oyen la palabra de Dios y la cumplen". Jesús había ya dicho esto al hablar de su madre, en el mismo evangelio (Lc 8, 21) pero en otra circunstancia. Efectivamente, Jesús no negó la maternidad carnal de su madre (que era grande y meritoria), pero sí resaltó la grandeza de su fe.

         Notemos una vez más que Jesús no opone contemplación y acción, y que la verdadera bienaventuranza comporta los 2 aspectos, inseparables el uno del otro: 1º contemplar, escuchar y orar; 2º comprometerse y actuar.

         Evidentemente, Lucas presenta a María como "dichosa por haber creído" (Lc 1, 45), por haber "guardado en su corazón" los acontecimientos concernientes a Jesús (Lc 2, 19). Respecto a la fórmula "dichosos los que", se trata de una fórmula de bendición que aparece 50 veces en el NT, 25 de ellas en los labios mismos del mismo Jesús (en el evangelio).

         Dios aporta la dicha y desea la felicidad. Pero no una cualquiera, sino la dicha de los pobres, los mansos, los sufridos, los afligidos, los puros, los pacíficos, los hambrientos y los justos. Dichoso ese tipo de servidores, porque su amo al llegar los encontrará vigilantes. Dichosos por haber escuchado la palabra de Dios y haber creído, sin haberse escandalizado y sí habiendo puesto en práctica, hasta lavar los pies a los demás. Dichosos porque cenarán en el Reino de Dios, y tendrán inscrito su nombre en el cielo.

Noel Quesson

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         Hoy escuchamos la mejor de las alabanzas que Jesús podía hacer a su propia madre: "Dichosos los que oyen la palabra de Dios y la cumplen" (v.28). Con esta respuesta, Jesucristo no rechaza el apasionado elogio que aquella mujer sencilla dedicaba a su madre, sino que lo aceptaba e iba más allá, explicando que María es bienaventurada por el hecho de haber sido fiel en el cumplimiento de la palabra de Dios.

         A veces me preguntan si los cristianos creemos en la predestinación, como creen otras religiones. Y la respuesta es que sí, que los cristianos creemos que Dios nos ha predestinado a la salvación, y nos tiene reservado un destino de felicidad. Dios quiere que seamos felices y afortunados (tener hijos), pero también que seamos bienaventurados (que nos salvemos).

         Fijémonos cómo esta palabra se va repitiendo en las enseñanzas de Jesús: "Bienaventurados" (Mt 5,3-12; Jn 20,29). Dios quiere nuestra felicidad, una felicidad que comienza ya en este mundo, aunque los caminos para llegar no sean ni la riqueza, ni el poder, ni el éxito fácil, ni la fama, sino el amor pobre y humilde de quien todo lo espera. ¡La alegría de creer! Aquella de la cual hablaba el converso Maritain.

         Se trata de una felicidad que es todavía mayor que la alegría de vivir, porque creemos en una vida sin fin, eterna. María, la madre de Jesús, no es sólo afortunada por haberlo traído al mundo, o por haberlo amamantado y criado (como intuía aquella espontánea mujer del evangelio), sino por haber sido oyente de la Palabra y por haberla puesto en práctica. Es decir, por haber amado y por haberse dejado amar por su Hijo Jesús.

Jaume Aymar

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         Ayer oía Jesús unos improperios por parte de sus enemigos. Y hoy, un piropo amable por parte de una buena mujer. Un piropo que Jesús aprovecha para dedicar, a su vez, una bienaventuranza a "los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen". Con lo cual, ciertamente, no está desautorizando a su madre, sino al contrario: está diciendo que su mayor mérito fue que creyó en la Palabra que Dios le había dirigido a través del ángel.

         El evangelista Lucas, que es el que más habla de María, la está poniendo aquí, en cierto modo, como el modelo de los creyentes, ya que ella tomó como consigna de su vida aquel feliz propósito: "hágase en mí según tu Palabra".

         Podemos aprender de María la gran lección que nos repite Jesús: que sepamos escuchar la Palabra y la cumplamos. Es lo que alaba hoy en sus discípulos, lo que había dicho que era el distintivo de sus seguidores (Lc 8, 21) y lo que valoró en María, en contraposición a Marta, demasiado ajetreada en la cocina.

         El mismo Lucas presenta a la madre de Jesús como "feliz porque ha creído", según la alabanza de su prima Isabel, y la que "conservaba estas cosas en su corazón": la que escucha y asimila y cumple la Palabra de Dios.

         La verdadera bienaventuranza la tendremos si, como María, la 1ª discípula de Jesús, sabemos escuchar a Dios con fe y obediencia. Ahora que la Iglesia, en la reforma postconciliar, ha redescubierto el valor de la palabra de Dios, podremos decir que somos buenos seguidores de Jesús (y devotos de la Virgen) si mejoramos en nuestra actitud interna y externa de escucha y de cumplimiento de esa Palabra.

José Aldazábal

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         El día en que aquella mujer del pueblo gritó a Jesús "bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron" (vv.27-28) comenzó a cumplirse el Magnificat de María: "Me llamarán bienaventurada todas las generaciones". Una forma de alabar y honrar al Hijo de Dios es venerar y enaltecer a su Madre. A Jesús le llegan muy gratamente los elogios a María.

         Por eso nos dirigimos muchas veces a ella con tantas jaculatorias y devociones, con el rezo del Rosario. La Virgen es la senda más corta para llegar a Cristo, y por él, a la Trinidad beatísima. Honrando a María, siendo de verdad hijos suyos, imitaremos a Cristo y seremos semejantes a él. Con ella vamos seguros.

         El amor a la Virgen nos impulsa a imitarla y, por tanto, al cumplimiento fiel de nuestros deberes, a llevar la alegría allí donde vamos. Ella nos mueve a rechazar todo pecado, hasta el más leve, y nos anima a luchar con empeño contra nuestros defectos. Contemplar su docilidad a la acción del Espíritu Santo es su alma es un estímulo para cumplir la voluntad de Dios en todo tiempo, especialmente cuando más nos cuesta.

         El amor que nace en nuestro corazón al tratarla es el mejor remedio contra la tibieza y contra las tentaciones de orgullo y sensualidad. Cuando hacemos una romería a algún santuario dedicado a nuestra Madre, hacemos una buena provisión de esperanza.

         Hagamos el propósito en este sábado mariano de ofrecerle con más amor esa corona de rosas, el Rosario. Los gozos, los dolores y las glorias de la vida de la Virgen tejen una corona de alabanzas que repiten ininterrumpidamente los ángeles y los santos del cielo, y quienes aman a nuestra madre aquí en la tierra.

Francisco Fernández

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         No es la cercanía física de María a su Hijo Jesús lo que la hace bienaventurada, sino el escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica constantemente. Ese debe ser el mismo camino que recorra la Iglesia: sentarse a los pies de Jesús, para dejarse instruir por él. Pero después hacer vida esa palabra del Señor, de tal forma que, no sólo en la vida privada, sino haciendo el bien a todos aquellos con quienes nos encontremos en la vida, manifestemos que la palabra de Dios y su santo nombre no se han pronunciado inútilmente sobre nosotros.

         Por eso nosotros no somos dichosos, bienaventurados ante Dios, sólo por caminar junto a él; no podemos contentarnos con escuchar la palabra de Dios. Es necesario que, a pesar de las persecuciones y burlas, permanezcamos fieles a nuestro Dios y Padre en la realización de su voluntad, que él nos ha manifestado por medio de Jesús, su Hijo, nuestro Salvador.

         Que María interceda por nosotros para que, como ella, aprendamos a ser fieles a la palabra de Dios, siendo constantes en practicarla con mucho amor a Dios y a nuestro prójimo. Entonces seremos bienaventurados.

José A. Martínez

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         Jesús, la mujer que hoy alaba a tu madre, pertenece a la 2ª de una ininterrumpida serie de generaciones que han felicitado y acudido a la Virgen María. Se cumple así la profecía que tu madre hizo de sí misma: "Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso" (Lc 1, 48-50). Escuchemos unas preciosas palabras que, a este respecto, dedicó Juan Pablo II a la Virgen María:

"Todas las generaciones me llamarán dichosa, había dicho María en su cántico profético. Una profecía a la que le respondieron a eco, a lo largo de los tiempos, todos los pueblos de todas las latitudes, razas y lenguas, proclamando: Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Unos más esclarecidos, otros menos, los fieles cristianos no cesan de recurrir a nuestra Señora, la Santa Madre de Dios: en momentos de alegría, invocándola  como causa de nuestra alegría; en momentos de aflicción, llamándola consoladora de los afligidos; y en momentos de desvarío, implorándola como refugio de los pecadores" (Alocución, 8-VII-1980).

         Pero antes que la mujer del evangelio, María ya había sido elogiada. El ángel Gabriel le saluda: "Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo" (Lc 1, 28). Y días después, su prima Isabel la recibe en su casa con estas palabras: "Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre" (Lc 1, 42), y "bienaventurada tú que has creído" (Lc 1, 45).

         Estos primeros elogios me dan la clave, Jesús, para entender tu respuesta a la mujer del evangelio de hoy: María es bienaventurada, y no sólo por el hecho físico de haberte criado sino por haber creído en tu palabra y haberla guardado.

         Pero, fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando "bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron", el Señor responde: "Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica".

         Era el elogio de Jesús a su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrifico escondido y silencioso de cada jornada.

         Madre, tú has sabido escuchar la palabra de Dios con humildad, con el oído atento para captar qué es lo que él quería de ti en cada momento: "María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón" (Lc 2, 4). Por eso eres, con razón, maestra de oración. Ayúdame a tener más intimidad con tu hijo Jesús: que también yo sepa escuchar lo que él me pide, que no deje de tener cada día un tiempo reservado para ponderar sus palabras en mi corazón.

         Además, madre, tú eres modelo de entrega, porque has sabido poner en práctica la palabra de Dios hasta las últimas consecuencias. Enséñame a entregarme de verdad a Dios sin hacer cosas raras ni aparatosas. Ayúdame a encontrar la santidad en los pequeños detalles de cada día: en el trabajo bien hecho y ofrecido, en los detalles de servicio escondido y silencioso, en el deseo sincero de hacer el bien.

         Madre, a ti no te fueron ahorrados ni el dolor, ni el cansancio en el trabajo, ni el claroscuro de la fe. Ayúdame cuando me encuentre en dificultad; compórtate conmigo como con Jesús, puesto que eres también mi madre: aliméntame, cuídame, enséñame, y haz que crezca sano y fuerte en esta vida sobrenatural a la que he nacido con el bautismo.

Pablo Cardona

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         Escuchamos hoy que una mujer, de modo espontáneo, alaba a la Madre de Jesús. El honor y la gloria de una madre descansan en la grandeza de su hijo, el de María tiene también su raíz en Jesús.

         Jesús, una vez más, produce la sensación de una misteriosa lejanía. No rechaza el grito de la mujer, sino que lo eleva. Pero deja claro que no es la carne ni la sangre lo que marca la proximidad a su persona. La comunión con la persona de Jesús viene del sí dado a la palabra de Dios. Los que escuchan y practican la palabra de Dios participan de la bienaventuranza de María, que supo responder a la invitación divina: "He aquí la esclava del Señor".

         El poder de Jesús, la autoridad de su palabra, la integridad de su existencia provocan la admiración en el pueblo sencillo. Una mujer se hace portavoz de la alabanza haciéndola extensiva a la madre que lo engendró y lo crió. Jesús acepta la alabanza de la mujer, pero la rectifica. En el reino de Dios, que él inaugura, el motivo de gloria no se ha de poner en el parentesco con Jesús.

         Sólo cuentan las relaciones que se establecen con él sobre la base de la aceptación y el cumplimiento de su palabra (Lc 8,19-21; Mt 12,46-50; Lc 6,46; 13,26-27). De esta alabanza participa también su madre como la 1ª entre sus discípulos (Lc 2, 19-51).

         Cuando Jesús dijo "mejor y más dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen", es muy probable que fueran poquísimos los que relacionaran y compararan la grandeza de la maternidad de María (don inmensamente grande) con la grandeza espiritual de la adhesión a Cristo por la fe.

         Sin embargo, Jesús trataba de insinuarnos que no miráramos tanto al don de elección divina de que fue objeto su madre como a la responsabilidad que asumíamos en nuestra opción por él o contra él (o al margen de él).

         Para nosotros, la grandeza de María es sumamente digna de veneración, pues tenemos vinculada a ella toda la obra de la encarnación del Verbo y nuestra redención. Pero no nos basta con admirarla y aclamarla sino que hemos de repetir en nosotros mismos el sí de María a la renuncia de cualquier modo de vida que no sea el de confiarnos, alimentarnos, comprometernos en el seguimiento fiel de Cristo.

         Santa María, madre de Dios y madre nuestra, haz que la vida no podamos entenderla nosotros si no es en Cristo y con Cristo, teniéndote a ti como tutora.

Dominicos de Madrid

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         Nuestros juicios de valor surgen frecuentemente de consideraciones cuya fuente puede ser encontrada en nuestros intereses. Según el grado con que respondan a ellos, las cosas o personas son consideradas de mayor o menor valor.

         Esta consideración hace que el ámbito de dicha o felicidad propia o ajena se derive de la pertenencia a un grupo, a un círculo, a una forma de pensar o de sentir. Frecuentemente están teñidos de particularismos que se erigen como un absoluto que impide la comprensión de formas distintas. La expresión de la mujer respecto a Jesús no escapa a esta forma de ver la realidad.

         Ella considera que la cercanía, creadora de un ámbito en que la existencia puede ser realizada en plenitud, nace de los lazos biológicos o físicos que unen a una persona con Jesús.

         Jesús, por el contrario, invita a examinar esa actitud y a adoptar otras medida para determinar el valor auténtico de lo que nos rodea. Frente a los lazos mencionados por la mujer, coloca otros lazos que surgen no ya de un parentesco de sangre o de realidades familiares o sociales en las que nacimos.

         La nueva medida coloca a cada uno en la misma perspectiva de Dios. Esta no puede ser limitada por los vínculos arriba mencionados, sino que se originan en su designio de salvación universal, de la que nadie debe quedar excluido. Audición y obediencia a ese designio, manifestado por la Palabra divina, se convierten así en el único criterio de valoración de la felicidad que se presenta a los seguidores de Jesús.

Confederación Internacional Claretiana

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         Escuchamos hoy cómo una entusiasta mujer de Israel le dirige a Jesús una bienaventuranza, pues lo consideraba un personaje especial. Las bienaventuranzas eran una forma especial de felicitar a quienes recibían la gracia divina. Bienaventurados eran aquellos que habían alcanzado el favor de Dios y lo gozaban en el presente. 

         Alguna gente se entusiasmó con Jesús y lo felicitaron por su familia, por su procedencia, por la importancia que iba adquiriendo como maestro y profeta. Pero, Jesús sabía perfectamente lo engañoso que resulta el juego de las adulaciones: hoy te elogian, mañana piden tu cabeza. Por eso, le plantea a la mujer una manera diferente de verlo. Pues, él no estaba allí para darle brillo al nombre de su familia, sino para cumplir la voluntad de Dios.

         La bienaventuranza del AT estaba dirigida a ensalzar a un pequeño resto que se salvaría por la acción del profeta. Jesús cambia esta perspectiva con otra bienaventuranza, que fija un alcance universal a la salvación de Dios. La salvación ya no es de un grupo, un clan o una raza precisa. La salvación es patrimonio de todos aquellos que realizan el reino de Dios entre los seres humanos.

         De este modo, Jesús antepone la ética a la ascendencia familiar, religiosa o confesional. La bienaventuranza de Jesús, así como su bendición y esperanza, permanece en aquel que practica su palabra. Luego la salvación no proviene de pertenecer a determinada familia, ni a cierta confesión religiosa, sino que viene de una actitud justa ante el prójimo y ante Dios.

         Hoy solemos ponerle mucho énfasis a determinar si algo es de la izquierda o la derecha, de arriba o de abajo, de esta confesión o de la otra. Sin embargo, el evangelio nos enseña que lo valioso es nuestra práctica humana, tanto si estamos del lado de Dios (realizando su plan sobre la humanidad) como si estamos del lado contrario (junto a los egoístas a quienes no les duele el sufrimiento humano).

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         El pasaje evangélico de hoy nos recuerda ese momento de exaltación en el que una mujer de entre el gentío, movida por el entusiasmo que suscitaba en ella la presencia de Jesús, levantó la voz sin ningún pudor y dijo con tono elogioso: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.

         El elogio iba destinado a ese hombre que despertó en ella tanta admiración, y al que hubiera deseado seguramente tener por hijo. Pero toca de lleno a la madre a la que declara dichosa por haber llevado en su vientre y haber amamantado a un hijo como ése. También a la madre le reconoce el mérito de haber contribuido a la crianza y formación de ese hombre que merece toda su admiración.

         Al elogio de la mujer, sin embargo, Jesús no se limita a asentir, sin añadir nada. Al contrario, corrige, precisa y mejora esta apreciación: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Y así sitúa las cosas en un plano más hondo y decisivo que el biológico o el de las relaciones naturales.

         Para el Señor, los verdaderamente dichosos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Y esto porque se trata de una palabra dicha no sólo para ser oída con atención (de modo que quedemos bien informados), ni para ser reconocida en su autoridad o validez, sino para ser cumplida, pues concierne a nuestro modo de conducirnos en la vida y a nuestro destino final.

         Según esto, María sería más dichosa por escuchar la palabra de Dios y cumplirla que por haber parido y criado a un hombre admirable o al mismo Hijo de Dios, entre otras razones porque si fue la madre (biológica) de Jesús es porque antes escuchó la palabra de Dios y dijo: Hágase.

         Sin este asentimiento voluntario de María (que brotaba de una extrema disponibilidad para adecuarse a los planes de Dios), y sin este hágase (o activa apertura al cumplimiento de esa voluntad divina), no se hubiera hecho (no hubiera sucedido) ni la concepción ni el alumbramiento del Mesías, pues para ambas cosas Dios necesitaba la colaboración humana. Por eso entra en diálogo y ofrece razones o muestra caminos de realización: El Espíritu Santo vendrá sobre ti; la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Será una partenogénesis.

         Luego María fue dichosa (una dicha no exenta de sufrimientos) por haber tenido a ese hijo (un hijo que le reportó tanto alegrías como sufrimientos), y antes que eso por haber escuchado la palabra de Dios. Es decir, que por haber escuchado, y secundado esta palabra, tuvo al hijo. Y de no haberlo hecho, no lo habría tenido. Tener a Jesús fue efecto de la fe de María, y de una acción de Dios que reclamaba colaboración humana: ¿Quieres ser la madre del Mesías? Hágase conforme a tu querer.

         Y se hizo. Por eso hoy la declaramos dichosa y la reconocemos exaltada no por nuestras alabanzas, sino por Dios, que nos la presenta como señora (porque tiene el señorío de tantos corazones atraídos por su tacto maternal) y exaltada (puesta a la vista de todos para facilitar su acogida y favorecer su intercesión). Pero no podríamos verla exaltada si no hubiese permanecido firmemente asentada en la roca de la fe, con una confianza extrema en un Dios que la llevó a decir una y otra vez: Hágase tu voluntad.

 Act: 10/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A