28 de Octubre

Miércoles XXX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 28 octubre 2026

a) Ef 6, 1-9

         Escuchamos hoy al Pablo más realista a la hora de dar consejos prácticos a los ciudadanos de su época, sin miedo alguno a la hora de enfrentarse a la esclavitud estatal o al patriarcado familiar. Pues aunque es verdad que el apóstol emplea la prudencia necesaria (para no pasar por alto las costumbres de la época), lo que introduce aquí es un cambio radical en las mentalidades de sus conciudadanos, iniciando un cambio de tendencia que pronto desembocará en los cambios de estructuras.

         En 1º lugar se dirige Pablo a los hijos: "Hijos, escuchad y obedeced a vuestros padres, en el Señor. Honra a tu padre y a tu madre, para que seas feliz". En el fondo, esto es bastante moderno, pues el 1º deber es saber escuchar, incluso antes que obedecer. ¿Lo has oído bien? ¿Lo has escuchado? ¿Has entendido qué es lo que te pido? Se trata de una obediencia inteligente.

         Yendo más allá, enseñar a un adolescente a saber escuchar es hacerlo salir de sí mismo, es enderezarlo hacia los demás, es abrirlo al entorno que le rodea. Nosotros educadores, ¡aprendamos a escuchar! Y vosotros, jóvenes, aprended a escuchar, que en ello os jugáis vuestro futuro.

         En 2º lugar, se dirige Pablo a los padres: "Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadles por una educación inspirada en el Señor". Esto es también muy moderno, pero ya Pablo fue capaz de darse cuenta de ello: "No los irritéis exigiendo menudencias". No, los derechos de los padres no son absolutos, y no tienen derecho a tratar a sus hijos como si fuesen suyos, o animalitos sin libertad ni capacidad de decisión.

         Rige también aquí un motivo profundo, pues "así como el niño debe escuchar según el Señor, así también el padre y la madre deben educar según el Señor".

         En 3º lugar, se dirige Pablo a los esclavos: "Esclavos, obedeced a vuestros amos con respeto y temor y sencillez de corazón, y no por ser vistos sino como quien busca agradar a los hombres". Tras lo cual continúa diciendo: "Sabiendo que cada cual recibirá del Señor su salario, sea esclavo o libre".

         Este texto puede interpretarse en 2 sentidos opuestos, como una mera invitación a la sumisión (lo que parecería absurdo, pues para eso no habría escrito nada) o como una extraordinaria invitación a la promoción de la dignidad humana (ya sea en estado de libertad o esclavitud).

         Pero la bomba viene al final: "Recibirá su salario, sea esclavo o libre", recibiéndolo en ambos casos por alguien superior a él ("del Señor"). Se trata de la 1ª vez en la historia que un ser humano habla con convencimiento (o sin convencimiento) de la radical igualdad entre esclavos y amos, y no a nivel de igualdad filosófica, sino de igualdad salarial, laboral y social.

         En 4º lugar, se dirige Pablo a los amos: "Amos, obrad de la misma manera con vuestros esclavos, dejando las amenazas. Sabéis que el Amo vuestro y el de ellos está en los cielos, y que en él no hay acepción de personas". He aquí el fermento revolucionario de Pablo, que con el tiempo cambiará la historia: "Dios no hace acepción de personas". Es decir, no acepta que unos sean libres y otros esclavos.

         Es de desear que algún día, entre las leyes y estructuras que se van sucediendo en la sociedad, los seres humanos logren encontrar la forma de que, realmente, no haya acepción de personas, y que todos sean aceptados libremente por lo que son.

Noel Quesson

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         Con el texto de ayer y el de hoy apuntala Pablo las cuestiones de familia (entre marido y mujer, hijos y padres, esclavos y amos), aun sabiendo que en su seno habría creyentes y no creyentes, buenos ejemplos y otros no tanto. Con todo, el objetivo de Pablo, al referirse a cada uno de ellos, no parece ser el contribuir al mantenimiento de la institución familiar, sino más bien el de ayudar a cada uno de ellos a descubrir cuál puede ser su camino.

         Por eso apela Pablo a las conciencias y no tanto al grado de creencia, pues a pesar de las diferencias de comportamiento (indicadas por Pablo) sí es posible establecer principios básicos y fundamentales. Esto provocará en las familias una mejor cohesión, así como paz y bienestar para el futuro.

         Destaca en el texto la atención detenida que dedica Pablo a los esclavos y amos (vv.5-8), con una esclavitud que el apóstol presenta como un hecho (a nivel de derecho) que él no llega nunca a justificar, pues inherente a la esclavitud es la falta de libertad, y el libre arbitrio es fundamental para el cristianismo.

         Ante este hecho (la esclavitud), Pablo está preocupado por el hombre concreto, y por eso no duda en hablar a los esclavos de libertad (de forma delicada y sutil). Eso sí, de una libertad tal y como él la entiende: la del hombre que dice sí a su propia situación, pues aunque no la haya buscado, en ella puede servir y sirve a Cristo.

         En el fondo refleja aquí el apóstol su propia situación personal, pues se siente siervo de Cristo y de los hombres, sin que se hubiese hecho él a sí mismo así. No hay ninguna situación humana o caduca que alcance en el pensamiento de Pablo un valor absoluto, y por eso la situación (esclavitud) no califica en absoluto al hombre (esclavo).

         Lo que realmente vale para el hombre (sea esclavo o amo, ahora al mismo nivel) es el bien que hace, cuyo cómputo definitivo corresponde al Señor: "A cada uno le retribuirá el Señor lo bueno que hiciere, tanto si es esclavo como si es libre" (v.8). En la fidelidad de la propia conciencia al bien, por encima de las circunstancias concretas, los demás no cuentan para nada.

         Para el seguidor de Cristo, viene a decir Pablo, no hay amos en este mundo (más que Cristo), luego ser amo es ya tan caduco como ser esclavo. Como se ve, la esclavitud tiene los días contados, después del huracán Pablo. Para el Señor, todos son iguales (v.9).

Miguel Gallart

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         En el fragmento de la Carta a los Efesios que leemos hoy se encuentran varias amonestaciones, tanto a los hijos y padres como a los esclavos y amos. Algunas pueden sonarnos muy alejadas de nuestra mentalidad actual. Sin embargo, tienen un denominador común: "Lo que uno haga de bueno se lo pagará el Señor". Tanto en la vida familiar como en la vida social, lo importante es aprender a pensar en los demás, y no sólo en los propios intereses.

         En este punto se están produciendo algunas transformaciones sociales que debemos discernir. Muchos jóvenes dicen que no pueden hipotecar su vida por estar pendientes de sus padres, que tienen derecho a hacer su vida. Algunas mujeres dicen que ya está bien de vender su autonomía por cuidar de su marido y de sus hijos, que ha llegado la hora de la emancipación femenina. Algunos dicen que la educación de los hijos es cosa de la madre, que bastante hacen ellos con llevar dinero a casa.

         No hay nada más peligroso que una verdad a medias. ¿Quién no va a creer en la necesidad que todos tenemos de ser autónomos? ¿Quién no va a criticar la situación social en la que mujer es la esclava del resto de la familia? En estas cuestiones hay que ser tajantes.

         La palabra de Dios no nos proporciona una receta para cada caso particular, pero sí un criterio que resiste todas las modas psicológicas y todos los cambios sociales: "Es más feliz quien se encuentra a sí mismo cuando busca la felicidad de los demás, no la suya propia". ¿Que este criterio se puede manipular al servicio de intereses bastardos? Por supuesto, pero es un criterio que vale su peso en oro. A partir de él tendríamos que enjuiciar la compleja vida familiar y social que nos ha tocado vivir.

Gonzalo Fernández

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         Con respecto a la primera lectura de hoy, viene muy bien aquello que nos decía Juan Pablo II en el n. 15 de Familiaris Consortio: "En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales, mediante las cuales toda persona humana queda introducida en la familia humana y en la familia de Dios, que es la Iglesia".

         El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia. En efecto, dentro de la familia la persona humana no sólo es engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación, en la comunidad humana, sino que mediante la regeneración por el bautismo y la educación en la fe, es introducida también en la familia de Dios, que es la Iglesia.

         La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida en su unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección de Cristo. El matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia salvífica de este acontecimiento, constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia.

         El mandato de crecer y multiplicarse, dado al principio al hombre y la mujer, alcanza de este modo su verdad y realización plenas. La Iglesia encuentra así en la familia, nacida del sacramento, su cuna y el lugar donde puede actuar la propia inserción en las generaciones humanas, y éstas, a su vez, en la Iglesia.

Nelson Medina

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         Después de mirar la realidad natural "como gimiendo en dolores de parto", Pablo mira a la realidad misma y advierte que también nosotros estamos inhabitados por el Espíritu; que hay una fuerza, la fuerza misma de Dios, que nos inspira, y que hace lo que quiere en nosotros, porque "grita en nosotros con gemidos inefables".

         Sin duda Pablo sintió esta experiencia, para que pudiera expresarla así, con tanta fuerza. Y debiera todo cristiano experimentar lo mismo, para que el pueblo de Dios fuera un pueblo de profetas inspirados: "Todo coopera al bien de los que le aman". La frase se ha hecho adagio clásico, desgajada de la carta. Para los que aman a Dios "no hay mal que por bien no venga", diríamos con el refrán popular. Todo coopera al bien, y aun lo que parece un mal tiene aspectos positivos.

         En unos tiempos en los que el cultivo de los pensamientos positivos es una terapia bien actual, sería bueno considerar los aspectos terapéuticos que la fe cristiana puede tener para aquellos que la viven en medio de contradicciones y negatividades.

Alejandro Carbajo

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         Honrar al padre y a la madre no se reduce al respeto y a la ayuda que les podamos proporcionar. Honrarlos significará dar testimonio ante los demás de todo lo que de ellos hemos recibido; y no sólo bienes materiales, sino la vida, la educación, los diversos valores humanos y cristianos, la fe y muchas otras cosas que son la mejor herencia que nos han transmitido.

         Por eso los padres deben también tomar muy en serio la educación de sus hijos, pues de ellos depende el futuro de la fe en la Iglesia y el futuro de una sociedad justa, y libre de todo aquello que pudiera convertirse en algo esclavizante para la humanidad.

         Dios nos pide que cumplamos de corazón con su voluntad, sabiendo que para él no cuenta ser esclavo o libre, sino sólo la fidelidad a su Palabra y el aceptar en nuestra vida a Aquel que él nos ha enviado.

         Acudamos, por tanto, al Señor, para que él nos fortalezca y nos ayude a vivir como hermanos, no olvidando que todos somos sus hijos, que nos hemos de amar y que hemos de buscar desinteresadamente el bien unos de otros, hasta que lleguemos, libres de toda esclavitud, a gozar de los bienes que Dios ha reservado para sus hijos.

Javier Soteras

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         Hace 2 días Pablo había recomendado a los efesios que fueran "buenos y comprensivos", y que "se perdonaran unos a otros como Dios les perdonó en Cristo". Ayer lo había aplicado en concreto a las relaciones entre marido y mujer. Y hoy lo aplica a las relaciones de los hijos con los padres, y de los amos con sus esclavos.

         A los hijos les dice que obedezcan a sus padres, para cumplir al antiguo y siempre actual mandamiento: "Honra a tu padre y a tu madre". A los padres les recuerda que no deben ejercer su autoridad con tiranía, exasperando a sus hijos, sino "como haría el Señor".

         A los esclavos les pide que obedezcan a sus amos con respeto, de buena gana, "como a Cristo" y "como quien sirve al Señor y no a hombres". Mientras que a los amos les urge a que no sigan una política de amenazas y castigos, pues también ellos tienen que recordar que "tienen un Amo en el cielo que no es parcial con nadie".

         Si ayer veíamos que ha cambiado notablemente la relación del marido y de la mujer, hacia una mayor igualdad y complementariedad, también hay que reconocer que ahora es muy distinta la relación de los hijos con los padres desde el tiempo de Pablo (y de unos pocos decenios a esta parte).

         Pablo no se dedica a cambiar la sociedad en sus estructuras, pero sí a predicar unos criterios que la transformarán desde dentro. A los hijos les inculca obediencia y respeto, y a los padres tolerancia y amabilidad: que ejerzan cuando haga falta la corrección, pero "como haría el Señor".

         Tanto en el seno de una familia, como en cualquier otro grupo humano, siguen válidas las consignas de Pablo. El que tiene una responsabilidad sobre los demás, no tiene que hacer sentir el peso de su autoridad caprichosamente, sino con diálogo y respeto. Y la obediencia tiene que estar hecha de sinceridad y de corresponsabilidad.

         Tanto a los hijos como a los padres, nos recuerda Pablo un criterio básico: "Como el Señor quiere" y "como haría el Señor". ¿No está ahí, para todo cristiano, el principio fundamental de la dignidad de la persona humana y de su compromiso de fraternidad?

         También de los esclavos hemos de decir que Pablo (y la Iglesia de aquel tiempo) no podían hacer nada por cambiar la situación social, que sólo se corregiría (casi) definitivamente en nuestros tiempos. Pero sí establece principios para una convivencia digna, que para aquel tiempo eran sorprendentes: que los esclavos (cristianos) obedezcan con lealtad, "como a Cristo", pensando en que su amo verdadero es el Señor, "que se lo pagará". Y que los amos (cristianos) gobiernen su casa pensando en que tienen que rendir cuenta al que es Señor de unos y otros, Cristo Jesús.

         En toda relación con los demás, tengamos presente esta consigna de Pablo: ¿Cómo lo haría Jesús? ¿Cómo querría él que tratara a esta persona? Porque como decía el apóstol en su Carta a los Gálatas: "Todos sois hijos por la fe en Cristo Jesús, y ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, sino que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gál 3, 27-28). Con esta clave, seguro que trataremos bien a todos.

José Aldazábal

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         Hijos y padres, padres e hijos, hermanos y hermanos, señores y esclavos. En esos pares de nombres se contiene buena parte de la historia de la humanidad. Según y como se han ido diseñando sus relaciones mutuas así ha avanzado la mentalidad humana, lenta y sufridamente.

         Pablo es hijo de su tiempo. No creó una cultura o un pueblo. Trató de insuflar la espiritualidad y humanismo evangélico en el contexto histórico del que participó.

         No cabe discutir el mandamiento del amor, respeto y obediencia de hijos a padres en el hogar familiar. Si el mandamiento se suprime, se suprime la familia misma. Lo que puede cambiar, y cambia de hecho, son las lecturas del mandamiento, según los tiempos y sus signos. En cada época, padres e hijos han reflexionado (o debían haber reflexionado) sobre el modo de llevar a cabo su mutua comunicación, dependencia, ayuda.

         Tampoco cabe discutir que, si hay en el mundo esclavos y libres, debe mediar entre ellos un respeto profundo. Si eso falta, el dolor y la sangre empañarán sus vidas. Lo que no se puede hacer es que, evolucionando los tiempos, culturas, sensibilidad, comprensión de la dignidad humana, las relaciones de empresarios y trabajadores, de estado y ciudadanos, de libres y esclavos, se mantengan en el s. XXI como se dieron en el s. I.

         Evangelio, filosofía, antropología, sociología, organización de empresas, configuración del estado... todo tiene que ir en armonía, otorgando a cada persona su dignidad y exigiéndole que obre en conformidad con ella. ¡Cuánta sabiduría en la palabra de Dios! ¡Cuántas pistas para nuestra vida! Sigue Pablo dando normas para el día a día. Ayer para los maridos y las mujeres, hoy para los hijos y para los padres, para los amos y para los esclavos. En definitiva, se trata de ver en los demás a un hermano, a un hijo de Dios.

Dominicos de Madrid

b) Lc 13, 22-30

         Escuchamos en el pasaje de hoy que un personaje se introduce en la escena y pregunta a Jesús: "¿Señor, son pocos los que se salvan?" (v.23). Es decir, ¿se salvará sólo el resto de Israel? La pregunta tiene trampa, porque ¿hará Jesús causa común con los que se han distanciado de las instituciones judías, y se han refugiado en el desierto (como los esenios de Qumram), a la espera de una intervención espectacular de Dios, a favor de ese resto de escogidos?

         Según la respuesta de Jesús, no hay israelitas privilegiados, ni siquiera ese resto de Israel como núcleo del pueblo salvado por Dios: "Forcejead para abriros paso por la puerta estrecha, porque os digo que muchos van a intentar entrar" (v.24).

         Estos muchos se corresponden, ciertamente, con los pocos de la pregunta, pero el alcance de la respuesta es totalmente otro. La "puerta estrecha" es la entrada en la Iglesia, o reino de Dios que Jesús propugna. Y no entrará en ella ninguno de los que "practican la injusticia" (v.27), por mucho que hayan convivido con él y hayan escuchado su enseñanza.

         Se acaban así las prerrogativas nacionales, incluso las del pueblo de Dios ("no sé quiénes sois, ni de dónde sois"; vv.25.27). Y solamente entrarán los que hayan seguido su enseñanza, pertenezcan a Israel ("cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios"; v.28) o no ("y también de oriente y occidente, del norte y del sur, habrá quienes vendrán a sentarse en el banquete del reino de Dios"; v.29). También nosotros, si no cambiamos de mentalidad y "practicamos la justicia", nos podríamos encontrar fuera.

Josep Rius

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         Nos dice reiteradamente el evangelio de hoy que Jesús "enseñó en nuestras plazas", muchas veces recriminando a aquellos entusiastas que se contentaban con el solo nombre de tales y con una vinculación exterior a su Reino (Mt 7,23; 15,8; 25,41).

         En el pasaje de hoy, Lucas resalta de parte de quién está Dios, y claramente señala que el grupo de los judíos de la elite (quienes se consideraban a sí mismos los más puros y cumplidores de la ley) son quienes pasan por la puerta ancha de su comodidad y ventajas, mientras por la puerta estrecha están pasando otros muchos (los enfermos, los extranjeros, las mujeres, los niños...).

         En concreto, se refiere Jesús al grupo de los celosos de la ley, que ejercía el poder desde el Templo de Jerusalén y que, en nombre de su concepto de Dios, cargaba al pueblo con diezmos, castigos y rituales de purificación. Un grupo que se atrevía, incluso, a declarar impuro lo que el mismo Dios había creado con amor, y por amor a la humanidad (como el ciclo menstrual de la mujer, que Dios había concebido como el nido de la vida, pero que para ellos era un nido de suciedad).

         La propuesta de Jesús de un reinado de Dios para todos igual (con las mismas exigencias y beneficios), resultaba para este grupo una alternativa que no podían soportar. Y por eso fueron a cazar a Jesús con esa pregunta: "¿Serán pocos los que se salven?". La respuesta de Jesús fue obvia: "Son muchos los que lo intentan", no sólo vosotros.

Juan Mateos

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         A la pregunta que le hacen a Jesús, éste no responde diciendo el número de gente que se va a salvar (si muchos o pocos), sino indicando cómo hay que actuar para formar parte de su Iglesia. El acceso al reino de Dios no es cosa fácil en principio, pues hay que forcejear para entrar por la puerta estrecha, o lo que es igual, hay que hacerse violencia para hacer propia la opción por Jesús y ponerla en práctica en un mundo en el que los valores evangélicos no prevalecen.

         Para Jesús la cuestión no es, por tanto, salvarse, pues para esto, como le dijo al joven rico, basta con cumplir los mandamientos que miran al prójimo, sino adherirse o no a su mensaje para transformar el mundo, suplantando la injusticia que hay en él. La salvación, según Jesús, comienza por la puesta en práctica de los valores evangélicos, y no por la pertenencia a un determinado pueblo.

         Mientras Jesús vivía, el pueblo de Israel, en calidad de pueblo elegido, fue el 1º en recibir la invitación al evangelio. Pero después de su muerte, "cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta", habrá terminado esa etapa de privilegio, y serán como los demás: unos más.

         Así, cualquier persona venida del Oriente u Occidente, del norte o del sur, del pueblo de Israel o extranjero a Israel, podrá sentarse a la mesa en el banquete del reino de Dios. Pues el reino de Dios es la comunidad que camina por la puerta estrecha. Una puerta estrecha a la que se entra forcejeando (o lo que es igual, negando los valores mundanos que se oponen al evangelio), pero que está abierta para quien desee adherirse a su mensaje humanizador.

         De ahí que habrá primeros (el pueblo de Israel, que gozó de ser el pueblo elegido, pero rechazó el mensaje de Jesús) que serán últimos (como los paganos lo habían sido). Y habrá últimos (los paganos, excluidos según los judíos) que serán primeros (a condición de que acepten por norma de vida el mensaje de Jesús).

         Con la muerte de Jesús se termina la etapa de los privilegios de unos pueblos sobre otros, y Dios ofrece su salvación a todos por igual. Ya no bastará con pertenecer a un pueblo, a una raza, a una cultura para considerarse salvado, ni la salvación será la cuestión más importante a debatir.

         La entrada en el reino de Dios (o Iglesia), que es puerta de salvación, se realizará por la opción personal y por la adhesión individual al mensaje vivido en la práctica de cada día. Quienes así lo hagan, pertenezcan o no al pueblo de Israel, ya están salvados en vida, pues han aprendido que la verdadera vida (la vida eterna o definitiva) comienza cuando, como Jesús, nos comprometemos a darla para que los demás tengan vida abundante.

Gaspar Mora

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         Camino de Jerusalén, Jesús "enseñaba en los pueblos y aldeas que iba atravesando". Se trata de uno de los temas preferidos por Lucas, que utiliza esa expresión unas 88 veces, sobre las 150 empleado en todo el NT.

         Se trata de una expresión que alude a la condición sine quanum de los apóstoles: el ser itinerantes, o personas llenas de dinamismo apostólico, que se desplazan de un sitio a otro, visitan a las familias en sus casas, y van de ciudad en ciudad. Y yo, ¿soy un instalado, o un itinerante? Porque ser cristiano no supone reposo, sino que "muchos intentarán y no podrán".

         En esto, uno le preguntó: "Señor, ¿son pocos los que se salvan?". A lo que Jesús contestó: "Esforzaos para abriros paso por la puerta estrecha". Es decir, esfuérzate. Por lo que se ve, muchos se apretujaban ante la puerta, y sólo podía entrar el que empuja y daba codazos (a forma de competición deportiva, de quien concentra todas sus energías en los últimos minutos, para llegar el primero a la meta).

         Jesús nos invita a hacer el máximo esfuerzo, a concentrar todas nuestras fuerzas para salvarnos. Y condena la molicie y la pereza, pues no se entra por la puerta de la salvación eterna sin empeño y a ciegas. Señor, líbrame de mis entorpecimientos, de ese volumen de inercia que pesa sobre mí.

         Existe un tiempo favorable para la salvación, desde que Jesús abrió esa puerta del cielo. Pero un día, ese plazo que se nos dio para entrar, se acabará. Jesús quiere invitarnos a decidirnos, y a no dilatar para después la respuesta, pues ¿cuánto tiempo me queda a mí? Vivamos cada día como si fuera el día del Juicio, vivamos en plenitud cada día como si fuera el último. Esta era la divisa del padre Foucauld.

         Y todo ello porque, en aquella hora, el dueño de la casa dirá a los negligentes: "No sé quién sois". Y si replicáis: "Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras calles"... él os responderá: "No sé quiénes sois. Alejaos de mí los que practicáis el mal".

         De nada sirve creer que se tienen privilegios. Incluso la convivencia a la mesa de Jesús, no es un seguro de vida. Haber comido y bebido en presencia de Jesús no basta, y haber "comido su carne y bebido su sangre" tampoco basta. E incluso San Pablo llegará a decir que eso puede ser una razón de condenación (1Cor 10, 1-11).

         Entonces "seréis echados fuera, y vendrán de Oriente y de Occidente, del norte y del sur, para ocupar el banquete del reino de Dios". En efecto, nadie podrá acusar a Dios de no poder entrar a sentarse en el banquete eterno, porque tienen entrada aun los paganos de todos los puntos cardinales del mundo, según las innumerables profecías que se hicieron es ese sentido (Is 25, 6.8; Sal 106,3).

         El pertenecer a una u otra raza no determina la entrada al banquete escatológico, pues en él judíos (Abraham, Isaac, Jacob y los profetas) y paganos (del Oriente y del Occidente) se sentarán a la misma mesa. Una sola condición es necesaria: haber reconocido a Jesús, y haber tomado la decisión de seguirle por la fe.

         Jesús no quiso contestar a la pregunta de si serían pocos los que se salvarán, no dando pie con ello a la relajación (si fuesen muchos) o incertidumbre (si fuesen pocos). Para Jesús, se trata de un tema individual, en el que sólo cuenta la decisión personal que cada uno tome, respecto a él y su propuesta de vida.

Noel Quesson

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         Camino de Jerusalén, hoy Jesús se detiene un momento y alguien lo aprovecha para preguntarle: "Señor, ¿son pocos los que se salvan?" (v.23). Quizás, al escuchar a Jesús, aquel hombre se inquietó. Por supuesto, lo que Jesús enseña es maravilloso y atractivo, pero las exigencias que comporta ya no son tan de su agrado. Pero, ¿y si viviera el evangelio a su aire, con una moral a la carta? ¿Qué probabilidades tendría de salvarse?

         Así pues, pregunta: "Señor, ¿son pocos los que se salvan?". Jesús no acepta este planteamiento, pues la salvación es una cuestión demasiado seria como para resolverla mediante un cálculo de probabilidades. Lo que sí deja claro es que Dios "no quiere que alguno se pierda, sino que todos se conviertan" (2Pe 3, 9).

         Jesús responde al oportunista que "luche por entrar por la puerta estrecha, porque muchos pretenderán entrar y no podrán". Y le da algunos detalles respecto a la salvación: "Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, os pondréis los que estéis fuera a llamar a la puerta, diciendo Señor, ábrenos. Pero él os responderá: No sé de dónde sois" (vv.24-25).

         Efectivamente, ¿cómo pretenden algunos ser ovejas de su rebaño, si no siguen al Buen Pastor ni aceptan su Iglesia? Por eso, la respuesta de Dios será contundente: "Retiraos de mí, agentes de injusticia, e id al llanto y al rechinar de dientes" (vv.27-28).

         Ni Jesús ni la Iglesia temen que la imagen de Dios Padre quede empañada al revelar el misterio del infierno. Como afirma el Catecismo de la Iglesia, "las afirmaciones de la Sagrada Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión" (CIC, 1036).

         Dejemos de pasarnos de listos y de hacer cálculos. Y afanémonos para entrar por la puerta estrecha, volviendo a empezar tantas veces como sea necesario, confiados en su misericordia. Porque como decía San José Mª Escrivá: "Todo eso que te preocupa de momento, importa más o menos. Pero lo que importa absolutamente es que seas feliz, y que te salves».

Luis Raventós

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         ¿Qué caso tiene curiosear acerca del número de los que se salvan? ¿Acaso no es mejor preguntarse si va uno en el camino adecuado, siguiendo las huellas de Cristo, cargando la propia cruz de cada día, con la mirada puesta en la gloria, de la que Dios quiere hacernos coherederos junto con su propio Hijo?

         El Señor nos pide hacernos pequeños, con la sencillez de los humildes, de los que se sienten siempre necesitados de Dios y de los que no se esclavizan a lo pasajero, sino que con esos bienes socorren a los más desprotegidos y se ganan amigos para la vida eterna.

         No basta escuchar a Cristo por las plazas, hay que escucharlo en el corazón y hacer vida en nosotros su Palabra, pues no basta decirle Señor, Señor, para entrar en el Reino de los Cielos. Pues al final lo único que contará será nuestra fe traducida en obras de amor.

         Nosotros, que no pertenecíamos al pueblo de las elecciones divinas, pero que el Señor nos ha convocado para que seamos parte de su pueblo santo, hemos de pedirle al Señor que nos mantenga fieles en la escucha y en la puesta en práctica de su Palabra. Auxiliados por la gracia divina y por el poder del Espíritu Santo, dejemos de ser obradores de iniquidad y demos testimonio, con nuestras buenas obras, que en verdad somos hijos de Dios.

         El Señor nos convoca para que, como discípulos fieles suyos, seamos instruidos por su Palabra, y nos quiere sentar a su mesa para que comamos y bebamos con él: "Cuánto ha deseado celebrar esta pascua con nosotros". E incluso quiere que algún día podamos celebrarla con él cuando tenga pleno cumplimiento en el Reino de los Cielos para nosotros.

         Por eso nuestra participación en la eucaristía no puede reducirse a un rito, a un simple acto de culto a Dios. Hemos venido porque queremos hacer vida en nosotros la vida de Dios. Esa vida que nos haga ser un signo del amor que procede del mismo Dios. Ese amor que nos une como hermanos y que nos pone al servicio humilde y sencillo a favor de los más débiles y desprotegidos. Entonces la puerta angosta nos dará cabida para ingresar a donde ahora vive glorificado Aquel que se hizo Siervo del hombre.

         La entrega amorosa de Jesús por nosotros, es el mismo camino que hemos de recorrer los que creemos en él, para alcanzarlo en su gloria. Que no sólo nos sentemos a la mesa eucarística, que no sólo escuchemos a Aquel que es la Palabra, que no sólo llamemos "Señor, Señor" a Jesucristo. Vivamos como hombres que se han dejado llenar del Espíritu de Dios y no sólo se tienen por hijos de Dios, sino que viven en verdad como hijos de Dios.

         El Señor nos pide que vivamos como hermanos, que vivan unidos por el vínculo del amor. Ya desde el principio el Creador concedió al hombre el dominio sobre todas las bestias y animales de la tierra; pero jamás concedió el poder de dominar al prójimo. Por eso todos debemos vernos y tratarnos como hermanos en Cristo Jesús.

         Si alguien pertenece a los poderosos, conforme a los criterios de este mundo; o si alguien está al frente del pueblo santo de Dios, no podrá iniciar su entrada en el Reino de los Cielos sino en la medida en que se abaje como servidor de los demás. No basta acudir al culto para invocar al Señor, ni con acercarse a la participación de la eucaristía, para pensar que ya es nuestra la salvación.

         Los que creemos en Cristo Jesús debemos ser los primeros comprometidos con la justicia social, con el trabajo serio y responsable por la paz, por la superación de todo aquello que ha hecho más dura y amarga la vida de los pobres y desprotegidos. No podemos conformarnos con invocar al Señor, sino que debemos confesar nuestra fe con obras que manifiesten que realmente nos mueve el amor sincero a Dios, y el amor sincero y comprometido con nuestro prójimo.

Bruno Maggioni

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         Lucas nos recuerda hoy que "Jesús va de camino hacia Jerusalén". Y mientras tanto, nos va enseñando cuál es el camino que sus seguidores tienen que recorrer. En esto, un aficionado se le acerca a Jesús y le hace una pregunta, pero más por curiosidad que por deseo de santidad: "¿Serán pocos los que se salven?".

         En la mentalidad del que preguntaba, la respuesta lógica hubiera sido: "Sólo se salvarán los que pertenecen al pueblo judío". Pero a Jesús no le gusta contestar a esta clase de preguntas, y sí aprovecha para dar su lección: "Esforzaos en entrar por la puerta estrecha". El Reino es exigente, no se gana cómodamente. En otra ocasión dirá que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que no un rico, uno lleno de sí mismo, entre en el Reino.

         Y puede pasar que algunos de los de casa no puedan entrar, a pesar de que "han comido y bebido con el Señor" y que Jesús "ha predicado en sus plazas". No basta, no es automático. Otros muchos, que no han tenido esos privilegios, "vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios". O sea, que hay personas que parecían últimas y serán primeras, y otras que se consideraban primeras (el pueblo de Israel, o nosotros mismos) y serán últimas.

         Esta clase de advertencias no sólo resultaba incómoda para los judíos que escuchaban a Jesús, sino también para nosotros. Porque nos dice que no basta con pertenecer a su Iglesia o haber celebrado la eucaristía y escuchado su Palabra. Y porque también nosotros podríamos correr el riesgo de que "se cierre la puerta y nos quedemos fuera del banquete". Depende de si hemos sabido corresponder a esos dones.

         En el Sermón de la Montaña ya nos había avisado: "Entrad por la entrada estrecha, porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, mas qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la vida" (Mt 7, 13-14).

         El Reino es exigente, pero está abierto a todos. Y no se decidirá por la raza o la asociación a la que uno pertenezca, sino por la respuesta de fe que hayamos dado en nuestra vida. Al final del evangelio de Mateo se nos dice cuál va a ser el criterio para evaluar esa conversión: "Me disteis de comer... me visitasteis". Ahí se ve en qué sentido es estrecha la puerta del cielo, porque la caridad es de lo que más nos cuesta.

         El Apocalipsis nos dice que es incontable el número de los que se salvan: "Una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar" (Ap 7), gritando la victoria de Cristo y participando de su alegría. La puerta es estrecha pero, con la ayuda de Dios, muchos logran atravesarla. Los malvados, los idólatras y embusteros, "caerán en el lago que arde con fuego" (Ap 21, 8), y los que han seguido a Cristo "entrarán por las puertas en la ciudad" (Ap 22, 14).

         Es de esperar que nosotros estemos bien orientados en el camino y que lo sigamos con corazón alegre. Para que al final no tengamos que estar gritando "Señor, ábrenos", ni oigamos la negativa "no sé quiénes sois", sino la palabra acogedora: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros".

José Aldazábal

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         El evangelio de hoy nos previene contra la tentación de creer que "ya estamos aprobados" y que, por lo tanto, da igual vivir de cualquier manera. Ya estamos salvados. Esta es la buena noticia. Pero precisamente por eso nos esforzamos en ofrecer signos de salvación, y urgidos a vivir una vida nueva.

         Esta conversación de los discípulos con Jesús viene a enseñarnos que no hemos de estar preocupados por los pensamientos y planes de Dios (que nos desbordan) sino por la fidelidad a la vida en el Espíritu. Quien sigue las mociones del Espíritu sigue el camino del bien y está salvado. Obras son amores.

         Complemento del párrafo anterior es la invitación de Jesús a que los llamados, elegidos, predestinados, entremos por la puerta estrecha, y entremos a su debido tiempo, porque la puerta de la casa se cierra a su hora.

         En realidad, Jesús no responde si se salvan pocos o muchos. Lo que viene a decir es que esa no debe ser nuestra preocupación sino la de Dios. Nuestro interés debe ser más bien afrontar la vida con dignidad de hijos, de amigos, de fieles. Lo demás vendrá por añadidura, según el plan de Dios.

Gonzalo Fernández

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         ¿Son pocos los que se salvan? Para poder entrar hay que seguir el camino hacia Jerusalén tras las huellas de Jesús. E ir hacia Jerusalén no es ir hacia la muerte, sino hacia la glorificación, que ciertamente pasará por la muerte, por la renuncia, por la entrega a favor del prójimo. Pero no podremos caminar mientras estemos cargados de egoísmos y de maldades, mientras pensemos agradar a Dios sólo por sentarnos a su mesa eucarística, pero sin la decisión firme de iniciar un nuevo camino guiados por el Espíritu de Dios.

         No basta con escuchar la palabra de Dios; hay que hacerla nuestra viviéndola para que nos santifique. Muchos fueron llamados antes que nosotros y fueron, incluso, los depositarios de las promesas divinas; sin embargo, cuando llegó la plenitud de los tiempos y Dios envió a su propio Hijo como el Mesías anunciado y esperado, lo rechazaron.

         Nosotros, que íbamos por los cruces de los caminos, fuimos invitados a participar de la salvación que, en Cristo, Dios ofrece al mundo; y hemos depositado nuestra fe en él para tener la puerta abierta que nos lleva a unirnos con Dios. Pero ¿vivimos nuestro compromiso de fe con sinceridad? ¿O sólo nos conformamos con rezar y dar culto al Señor, mientras continuamos encadenados al pecado y a la manifestación de signos de muerte?

         El Señor quiere que no sólo le demos culto, que no sólo escuchemos su Palabra, sino que seamos obradores de bondad; que como él pasemos haciendo el bien a todos. No podemos quedarnos, pues, en una santificación vivida de un modo personalista. El Señor nos quiere apóstoles suyos, portadores no sólo de su evangelio con nuestras palabras, sino portadores de su salvación desde una vida que se hace entrega en favor de los demás.

         Pero no podemos centrarnos únicamente en lograr la paz o la convivencia fraterna, o en la preocupación de unos por otros. Sino que debemos ser portadores de Cristo, de tal forma que no sólo llenemos las manos de los necesitados con bienes materiales, sino que llenemos el corazón de todos con el amor y el Espíritu que proceden de Dios. Entonces realmente estaremos no sólo viviendo en una solidaridad de hermanos, sino viviendo como hijos de Dios, por estar unidos al Hijo único de Dios.

José A. Martínez

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         El hombre siempre ha andado a la búsqueda de la seguridad, de evitar riesgos y de tener todo bajo control. Prácticamente hoy día no existe ninguna institución de humana que no tenga algún contrato con una compañía de seguros de vida. Buscamos una seguridad para nuestra vida que a veces se convierte en una obsesión. Dicho esto, más de alguno podría preguntarse pero, ¿qué asegura la vida eterna?

         Ya desde los tiempos de Jesús los hombres buscaban esta seguridad y Cristo no la niega, pero es claro: esforzaos, porque nos es fácil alcanzarla.

         El secreto para encontrar la paz en Jesús la encontramos en una respuesta que él da a una pregunta similar cuando dice: "Para los hombres (la salvación) es imposible pero para Dios todo es posible". Por tanto, el secreto lo encontramos en la fe. Nuestra salvación es don que hay que pedir con constancia y fe a Dios.

         No cabe duda que también depende de nuestras obras pero es ante todo un don de Dios. No nos cansemos por tanto de luchar, de estar atentos, de orar porque cuando menos lo pensemos nos llegará la hora de dar cuentas. Confiemos pues en la gracia de Cristo y ayudemos al triste a confiar en él.

Clemente González

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         La pregunta de hoy del evangelio ha torturado muchas conciencias, con ocurrencias como: "Y si son pocos los que se salvan, ¿seré yo uno de ellos?". Jesús esquiva ese tipo de razonamiento, y prefiere dar una recomendación general, invitando al esfuerzo y presentando una parábola que invita a desconfiar de las seguridades de sus oyentes.

         ¿Y qué seguridades son esas? En 1º lugar, creer que la cercanía de trato ya implica una cercanía de destino: como hemos "comido y bebido con él", tenemos garantizado que comeremos y beberemos con él en el banquete del Reino. Lo cual supone un grave error de perspectiva, pues Jesús ha comido y bebido con nosotros como forma de llamada (a su misericordia), y no como respuesta confirmativa.

         Otra falsa seguridad viene del tema de la raza, o del creer que "somos descendencia de Abraham". No basta, pues no es la descendencia según la carne, ni esa cercanía, la que redime de los pecados.

         El resumen es que la única cercanía que salva es la que viene de la fe, y una fe consecuente, porque los que son rechazados lo son no por lo que dicen que creen sino porque "hacen el mal". Es decir, que cuenta lo que tú dices que crees, pero que cuenta más las obras que tú hayas hecho como consecuencia de esa fe.

Nelson Medina

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         Escuchamos hoy la pregunta hecha a Jesús por el curioso de turno: "¿Serán pocos los que se salven?". De ambientarse en nuestros días, el guión de esta escena evangélica hubiera exigido que el curioso fuera un reportero, llevando en la mano un micrófono; o que se acercara a Jesús con un bloc de notas, a la caza de una exclusiva sensacionalista.

         En su respuesta, Jesús vino a decir que esto no es cuestión de números, sino de atenerse a las condiciones ofrecidas y exigidas por el Padre (que no funcionan según los modos habituales de funcionar en este mundo). De ahí que lo que responda Jesús es: Si quieres salvarte, ponte en la cola, porque hay muchos esperando.

         Se trata, pues, de otra de las leyes evangélicas fundamentales: los primeros serán últimos, y los últimos serán los primeros. ¿No os parece que, vistas así las cosas, nos conviene a todos colocarnos siempre entre los últimos, o a favor de los últimos?

José San Román

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         Hay gente que dice que "Dios es tan bueno, que nos va a salvar a todos", una expresión en parte verdad y en parte no. Ciertamente, Dios es tan bueno (y nos ama tanto) que "envió a su Hijo amado, para que todo el que crea en él no muera sino que tenga vida eterna". Sin embargo, Jesús requiere, como lo hemos oído hoy, la cooperación del hombre: "Esforzaos por entrar".

         Este esfuerzo no es otra cosa que la cooperación a la gracia que Dios ha ya depositado en nuestro corazón, y que nos impulsa a vivir en la gracia y a rechazar el pecado.

         De manera concreta, podemos decir que una de las formas más efectivas de cooperar a esta gracia es reconocer con sinceridad nuestras áreas débiles (las que de ordinario nos llevan al pecado), y alejarnos de las ocasiones de pecado.

Ernesto Caro

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         Frente al futuro salvífico de Dios, nos preguntamos hoy sobre la cantidad de salvados. Se acude en búsqueda de la respuesta a esta pregunta a revelaciones y a visiones de los santos. Sin embargo, esta pregunta es irrelevante, lo único que interesa a cada uno es si él ha de integrar el grupo de los salvados.

         Las palabras sobre este tema que pronuncia Jesús nos colocan en el camino del esfuerzo propio, y sólo esta disposición ofrece la capacidad de ingreso a la realidad salvífica. A ella sólo se puede acceder por la puerta estrecha.

         Este tipo de ingreso sólo tiene lugar en el compromiso con los auténticos intereses de Dios y de su Reino. Participar en el grupo de Jesús, en su familia, no da garantías de estar en comunión con él.

         Esta comunión brota de un decidido combate contra el mal, de haber aceptado la misma tarea de Abraham, Isaac, Jacob y los profetas. Y brota también de la aceptación de Jesús en la propia vida. Otras formas de acceder al Reino son ilusorias, nos dejan irremediablemente fuera.

         Lo acontecido con los judíos incrédulos en la historia salvífica se presenta también como la trágica posibilidad de cada persona y de cada grupo cristiano. La proclamada pertenencia a los seguidores de Jesús puede esconder una distancia insuperable que nos coloca a la intemperie y que no nos permite ingresar al festín mesiánico.

         Por consiguiente, se exige adecuar nuestra práctica a lo que en palabras proclamamos y de esta forma, aunque venidos de lejos, participaremos de la salvación ofrecida por Jesús.

Confederación Internacional Claretiana

c) Meditación

         Jesús, camino de Jerusalén (su meta), recorría las ciudades enseñando el camino de la vida, hablando del Reino y llamando a la conversión, porque el ingreso en el reino de Dios exige conversión a ese Dios y sometimiento a la ley del amor, que es la que impera en ese reino.

         Este mensaje de Jesús, que fue lentamente cosido por el Maestro bajo la etiqueta de urgente, parece que caló hondo en sus seguidores, sobre todo cuando le oían decir que había llegado la hora decisiva. De ahí que, de forma espontánea, hoy se le encare uno de esos seguidores para preguntarle: Señor, ¿serán pocos los que se salven?

         En efecto, los seguidores de Jesús han comprendido que la cuestión que está en juego es la de la salvación. Y por eso le preguntan sobre si eso que está en juego será algo fácil o difícil, en términos cuantitativos. ¿Serán pocos o muchos? Porque en razón de la cantidad, ellos podrían valorar su grado de dificultad. 

         Jesús no responde directamente a la pregunta, pero su exhortación permite valorar la dificultad del intento: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.

         Según esto, la entrada es estrecha, y para superar la estrechura hay que esforzarse. Más aún, a muchos les resultará imposible entrar, aunque lo intenten (quizás a última hora, sin haberse esforzado, ni haber puesto los medios, y cuando tal vez ya no haya remedio).

         Esto significa que la salvación no depende exclusivamente de la voluntad de ingreso (del que quiere salvarse), sino de la voluntad del dueño de la casa, que es el que abre y cierra la puerta, y el que mejor conoce a los que van viniendo (sobre todo, su disposición).

         Así, a la súplica de muchos de ellos (Señor, Señor, ábrenos), estos recibirán por respuesta: No sé quiénes sois, no os conozco. Estos replicarán que han comido y bebido con él, y que él ha enseñado en sus plazas (como si las plazas fuesen suyas). A pesar de ello, el dueño seguirá contestando: No sé quiénes sois.

         Jesús conoce la maldad de las personas, y porque sabe quiénes son los malvados, los mantiene lejos de sí y les cierra la puerta. Además, en su momento los llamará por su nombre, cuando les diga: Alejaos de mí, malvados. Esto lo hará una y otra vez, para que la maldad no pueda convivir con la bondad, y el desconocimiento de su persona sea siempre culpable.

         Cabe aquí preguntarse por la disposición de estos malvados, pues en el caso del hijo pródigo cuesta imaginar a Dios cerrando la puerta al hijo que vuelve a casa pidiendo asilo y acogida. Es decir, que alguna diferencia tiene que haber entre ese hijo pródigo que encontró al Padre esperándole con los brazos abiertos, y estos malvados que encuentran el portazo de Dios.

         Para empezar, el hijo pródigo sí tenía su propia disposición interior (el arrepentimiento), y estos malvados no. Y en 2º lugar, el hijo pródigo se acuerda de la casa de su Padre, mientras que estos malvados siguen pensando en sí mismos (te hemos dejado enseñar en nuestras plazas).

         Dios quiere que estemos ya entre sus conocidos, amigos y familiares (como hijos), y no que vivamos como totalmente desconocidos hasta el último día. Y no sólo eso, sino que también quiere que entremos ya en esa relación filial con él, todos los días de nuestra vida.

         Esto supondrá renunciar a muchos placeres de la vida para poder estar con él (es decir, requerirá entrar por la puerta estrecha), pero este el el único camino que lleva a la salvación (pues angosto es el camino que lleva a la salvación).

         A los que hayan seguido este camino estrecho, difícilmente Dios les podrá decir no sé quiénes sois, sino que les abrirá la puerta de par en par, con los brazos abiertos y la fiesta preparada. Si seguimos este camino, no nos veremos echados fuera, ni seremos suplantados por los venidos de fuera o de lejos (de Oriente y Occidente, del Norte y el Sur).

         Vivir en esta confianza no significa vivir en la presunción de que todo está ya logrado, ni presumir que tenemos ya asegurada de antemano la salvación (pues ésta se conseguirá cuando nos sea dada). Pero sí vivir con la esperanza (deseo, confianza...) de que cada día que pasa estamos más cerca de ver cumplidas las promesas de salvación.

 Act: 28/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A