31 de Octubre
Sábado XXX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 31 octubre 2026
a) Flp 1, 18-26
Pablo vive en situación de arresto domiciliario en Roma (ca. 61-62) cuando escribe a los filipenses (v.13). Pero esta situación, en lugar de impedir la expansión del evangelio, está resultando muy útil para su anuncio y defensa, en cumplimiento del mandato que ha recibido (vv.12.16).
En efecto, en lugar de disminuir la predicación y el anuncio de Cristo, las cadenas del apóstol han provocado un incremento de seguidores, ya que el Señor es anunciado no sólo por aquellos que continúan la tarea de Pablo, sino de rebote por otros, inclusos sus rivales (vv.15-17). Estos últimos, sin embargo, "no juegan limpio", ya que predican por antagonismo con Pablo, pensando que así aumentan todavía más sus sufrimientos.
Y con eso se engañan a sí mismos. Porque lo que importa de verdad a Pablo no son las cadenas y los sufrimientos, o ni siquiera por qué se predica, sino que Cristo sea anunciado (cosa que ellos ya hacen). De eso se alegrará siempre (v.18). Esta especie de triunfo inesperado de su predicación lo reafirma en la esperanza de que, ni ahora ni nunca, sus padecimientos corporales llegarán a ser un obstáculo para que Cristo sea glorificado (v.20).
A continuación se explaya Pablo hablando de su vida y muerte, condensándolo en su bien conocida expresión: "Porque para mí vivir es Cristo, y morir una ganancia" (v.21). Esta es la razón de su pensamiento anterior en relación con sus cadenas y el anuncio del evangelio. Por el Señor está dispuesto a todo.
Pero mientras esto sucede (su muerte), Pablo se siente internamente arrastrado en 2 direcciones opuestas: el deseo de estar con Cristo ("la cosa mejor de todas") y la necesidad que los creyentes tienen de él. Y aunque esto no es algo que le corresponda decidir a él, el apóstol siente que se va a quedar todavía aquí más tiempo, para satisfacción y provecho de los fieles (v.25).
Al descubrir Pablo su mundo interior, entretejido de experiencias vividas y rumiadas, no pretende transferirlo a los filipenses, sino tan sólo animarlos a mantenerse fieles (como él ha hecho) a la nueva vida, confortados por la palabra incontenible de Dios (que les habla del Cristo que lo es todo, y les hace comprender su existencia bajo una luz inesperada y llena de esperanza).
Miguel Gallart
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Nos dice hoy San Pablo que Cristo es anunciado, y "esto me alegra y seguirá alegrándome", convencido de que "Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte".
Cuando escribía Pablo a los filipenses todo eso, se encontraba en situación de cautiverio vigilado en Roma, tras la denuncia que le habían puesto los judíos de Jerusalén. Pero esta circunstancia, lejos de entorpecer la difusión del evangelio, resultó ser favorable al evangelio. De hecho, en pocos años habrá cristianos hasta en el Pretorio de Roma (la guardia nacional) y el mismísimo palacio del emperador Vespasiano.
También en nuestras vidas hay circunstancias que sentimos como contrarias. Pero tengámoslo claro: Dios puede aprovecharlas a pesar de todo, pues como dice Pablo "para mí, vivir es Cristo".
Dejemos resonar en nosotros esta fórmula abrupta, en la que todo lo que abarca esta palabra (vivir) es, para Pablo, Cristo. De hecho, ante el fantasma de la muerte Pablo exulta de gozo, al presentir que se acerca la tan deseada comunión profunda y continua con Jesús. Su alegría, pues, no proviene de una situación confortable ni de razones humanas. ¿Y yo? ¿De dónde proceden mis alegrías? ¿Cuál es la fuente de mi alegría? Porque dice Pablo que, para él, "morir es una ganancia", y que desea "partir y estar con Cristo".
Es así como Pablo considera la muerte, como el encuentro definitivo con Jesús, a quien él ha servido y amado durante toda la vida. Y eso le llena de felicidad y alegría. Definitivamente, Pablo es ¡total y radicalmente libre! No obstante, él ya aquí abajo está en comunión con Jesús, y por eso para él vivir o morir le es indiferente: "Pues si viviendo en este mundo alcanzo a hacer un trabajo útil, no sé qué escoger". En definitiva, concluye Pablo, "me siento apremiado por ambas partes, aunque para vosotros quedarme en este mundo es más necesario".
Para San Pablo es preferible ir ya a ver a Cristo, pero pensando en sus fieles escoge quedarse trabajando en este mundo, "sirviendo a mis hermanos". ¡Servir a mis hermanos! ¿Cómo puedo hacerlo, hoy? "Hacer un trabajo útil" es una razón suficiente para Pablo. ¿Le doy yo esa misma importancia al trabajo de Dios?
Por eso, concluye el apóstol: "Permaneceré con todos vosotros, para progreso y gozo de vuestra fe". He ahí el lema de San Pablo: progresar, gozar y creer, transmitiendo a los demás la alegría de la fe. Señor, da a todos los cristianos ese dinamismo, ese dinamismo de progreso y alegría.
Noel Quesson
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La 1ª lectura de hoy nos invita a considerar la calidad y profundidad del amor cristiano, que no es una mera filantropía ni un buen sentimiento altruista, ni mucho menos la grata emoción de sentirse a gusto dentro del grupo de los amigos.
El amor cristiano es un amor caritativamente exigente, que no busca la propia satisfacción sino el bien de las personas. Es lo que hace hoy Pablo en su Carta a los Filipenses, al renunciar a sus propias preferencias (morir ya) y quedarse con lo más necesario para los demás (seguir viviendo).
Es lo mismo que había hecho Cristo en su discurso de la Ultima Cena, al pedirnos una caridad tan grande que nos dispusiera a entregar la vida por los demás: "Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 12-13).
Nelson Medina
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Pablo está bajo arresto en Roma cuando escribe a los filipenses, y no sabe cómo acabará su proceso judicial. Pero en todo el pasaje de hoy muestra una disponibilidad total a su misión, y la necesidad que tiene de seguir colaborando con todas sus fuerzas en la evangelización de este mundo. De ahí que su destino personal no le importe, pues "con tal que se anuncie a Cristo, yo me alegro". Y tanto si vive como si le llevan a la muerte, "Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte".
Por una parte, desearía Pablo "partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor". Pero "si seguir viviendo "supone trabajo fructífero, escojo quedarme en esta vida, que es lo más necesario para vosotros".
Es admirable la convicción de este gran hombre, y por lo que se ve toda su vida está orientada a dar a conocer a Jesucristo: "Con tal de que se anuncie a Cristo, yo me alegro", para que "avancéis alegres en la fe".
Esto nos interpela a todos. ¿Estamos disponibles a vivir o a morir, con tal de buscar el bien de los demás? ¿Miramos a nuestra propia muerte como a un estar con Cristo, "que es con mucho lo mejor"? ¿Podemos decir "para mí es una ganancia el morir"? Y si deseamos seguir viviendo, ¿es precisamente para seguir cooperando en la salvación de la humanidad?
La afirmación central de Pablo es, sin embargo, algo que quizás nos sobrepasa, si lo pensamos bien: "Para mí, la vida es Cristo". Nada ni nadie fue capaz de apagar el fuego sagrado que Pablo tenía encendido dentro de sí: el amor a Cristo, y el afán de que todos lo conozcan y le acepten por la fe.
José Aldazábal
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Pablo está persuadido de que su misión en la Iglesia es manifestar a los gentiles la grandeza de Cristo. Pero lleva ya realizados muchos proyectos y viajes de evangelización, y realmente desea concluir su jornada en la tierra y volar al Padre. No obstante, hasta que esto suceda (cuando Dios quiera), él seguirá actuando como pregonero de Jesús, con frases tan ardientes como:
-"para mí la vida es
Cristo",
-"ese Cristo que habita en nosotros",
-"ese Cristo que es esposo de la Iglesia",
-"ese Cristo que es cabeza de su cuerpo, que somos nosotros",
-"con él cual todo, y sin él nada podemos hacer".
Sobre todo con lo que dice hoy a los filipenses: "Mientras somos peregrinos en esta vida, hemos de preocupar dar a conocer a Jesús al mundo entero. Y no sólo para que llegue a ellos el mensaje de su salvación, sino para que el Señor habite en ellos por el Espíritu".
Ojalá el Señor nos conceda permanecer mucho tiempo en esta vida. Pero no tanto "como encadenados" a ella, sino llamando en ella a más y más personas al encuentro salvador con el Señor. Entonces, cuando llegue el momento de partir de este mundo, realmente "la muerte será para nosotros una ganancia".
El Señor quiere que nuestra vida esté al servicio del evangelio, a veces mediante el anuncio (de palabras que broten después de haber escuchado al Señor, como discípulos) y a veces mediante el servicio (de nuestro prójimo, en todos los aspectos e incluso poniendo en riesgo nuestra vida). Glorifiquemos al Señor en la muerte y en la vida, y llevemos a todos este mensaje de salvación, por medio de la Iglesia y de la autoridad que Cristo en ella depositó.
Dominicos de Madrid
b) Lc 14, 1.7-11
Exactamente igual que en capítulo anterior (Lc 13, 18-21), Lucas presenta hoy 2 parábolas. En una y otra, el pasaje condensa los rasgos esenciales de la enseñanza de Jesús sobre los contravalores del reino: allí, a base de las imágenes del grano de mostaza (hombre/campo) y de la levadura (mujer/casa); aquí, a base de consejos relativos al convidado ("cuando alguien te convide"; vv.7-11) y al anfitrión ("cuando des un banquete"; vv.12-14).
Los valores de la sociedad humana (designada con la imagen de un banquete sabático) son puestos en evidencia por los "convidados que escogían los primeros puestos" (v.7). Mientras que los valores de la comunidad cristiana siguen el consejo dado por Jesús: "Al contrario, cuando te conviden, ve a sentarte en el último puesto" (v.10).
Jesús invierte así, de forma total, la escala de valores de la sociedad: "A todo el que se encumbra, lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán" (v.11). No pone en cuestión la imagen del banquete, sino las normas que lo rigen. Toda sociedad es clasista: "No te sientes en el primer puesto, que a lo mejor ha convidado a otro de más categoría que tú" (v.8). Jesús quiere constituir una sociedad de iguales, a partir de una base que se promocione progresivamente: "Amigo, sube más arriba" (v.10).
Josep Rius
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Durante la comida en casa de uno de los jefes de los fariseos, Jesús, notando que los invitados elegían los primeros puestos. El mundo judío tenía gran preocupación por seguir el orden jerárquico, como puede apreciarse en la Regla de la Comunidad de Qumram.
Y en esa jerarquía, durante los banquetes, y antes de sentarse, cada invitado elegía su puesto según su rango, según la idea que él tenía de su propia dignidad, en comparación a los demás invitados. Y esto estaba codificado por las escuelas de doctores de la ley. Se aconsejaba un poco de prudencia elemental, como por ejemplo "sitúate 2 ó 3 puestos más allá del que te convendría".
Sinceramente, ¿podría decirse que la preocupación de "mantener su rango" es algo del pasado? Hoy tenemos muchos signos distintivos que permiten realzar la posición social de cada uno (un cierto estilo en el vestir, una marca de automovil...). Pues bien, en aquella situación Jesús les propuso una parábola, viniendo a decir que "cuando alguien te convide a una boda, no ocupes el puesto principal".
Jesús no entra aquí en los problemas de las conveniencias mundanas (que no es su objeto), sino que repite lo que ya dijo otras muchas veces: ser humildes y servidores de los demás, ocupar el ultimo puesto, hacerse pequeños... No, nadie puede revindicar la entrada a las bodas eternas como algo que le es debido, o en virtud de su propia justicia.
Al revés, continúa diciendo Jesús respecto a esa boda, "cuando te conviden, ve derecho al último puesto". Durante la Ultima Cena, sabemos que hubo una discusión entre los 12 sobre sus jerarquías y sus prelaciones, y que "llegaron a querellarse sobre quién parecía ser el mayor".
Entonces, Jesús les dijo: "Sabéis que los grandes de este mundo os gobiernan y os tiranizan. Pero que no sea así entre vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea el que ocupe el puesto del más joven, y el que manda ocupe el puesto del que sirve. Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22, 24-27).
Al relatar esa escena, Lucas pensaba en las asambleas eucarísticas en las que, en su tiempo, surgían dificultades entre clases sociales. Santiago (St 2, 14) y San Pablo (1Cor 11, 20) se encontraban con esos mismos problemas: "Si en vuestra reunión entra un personaje con sortijas de oro, magníficamente vestido y entra también un pobretón con traje mugriento; si atendéis al primero en detrimento del pobre, ¿no hacéis una discriminación?".
Hoy hay muchas maneras de creerse superior, de excluir a un tal o a un cual, de hacer discriminaciones. Señor, haznos acogedores los unos hacia los otros. Que todos los participantes a nuestras asambleas dominicales se sientan cómodos. Que las celebraciones eucarísticas no pasen a ser pequeños clubs cerrados en los que las personas, allí reunidas, se sientan bien, porque se ha comenzado por excluir a "los que no piensan como nosotros".
La Parábola del Fariseo y del Publicano se terminará con la misma fórmula: "A todo el que se encumbra lo abajarán, y al que se abaja lo encumbrarán" (v.14). Dios cerrará su Reino a los que están persuadidos de su propia justicia, y lo entregará a los humildes y pequeños, y a aquellos que se juzguen indigno. No juzguemos como indignos, pues, a los demás.
Yo, Señor, quiero combatir todas mis formas de orgullo, y quiero conocer mis miserias para que no me estime superior a los demás. Ayúdame a encontrarme feliz en el "último puesto". como tú, Señor: "Jesús, de tal manera tomó para sí el último puesto, que nadie se lo ha podido quitar".
Noel Quesson
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Escuchamos hoy al inicio del pasaje evangelio que "ellos le estaban espiando" (los fariseos a Jesús). Y Jesús también observa, y no se queda atrás en cuestiones de observación: "Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos" (v.1). Pero ¡qué manera tan diferente de observar!
La observación, como todas las acciones internas y externas, es muy diferente según la motivación que la provoca, según los móviles internos, según lo que hay en el corazón del observador. Los fariseos (como nos dice el evangelio en diversos pasajes) espían a Jesús para acusarlo. Y Jesús observa para ayudar y hacer el bien. Y como una madre solícita, aconseja: "Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto" (Lc 13, 8).
Jesús dice con palabras lo que él es y lo que lleva en su corazón: no busca ser honrado, sino honrar; no piensa en su honor, sino en el honor del Padre. No piensa en él sino en los demás. Toda la vida de Jesús es una revelación de quien es Dios ("Dios es amor"). Por eso, en Jesús se hace realidad (más que en nadie) su enseñanza: "Se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre" (Flp 2, 7.9).
Jesús es el maestro en obras y palabras, y los cristianos queremos ser sus discípulos. Y solamente podemos tener la conducta del Maestro si dentro de nuestro corazón tenemos lo que él tenía, si tenemos su Espíritu, el Espíritu de amor. Trabajemos para abrirnos totalmente a su Espíritu y para dejarnos tomar y poseer completamente por él.
Y eso sin pensar en ser ensalzados, y sin pensar en nosotros sino en él y por amor a él, como solía repetir Santa Teresa de Jesús: "Aunque no hubiera cielo, yo te amara; aunque no hubiera infierno te temiera; lo mismo que te quiero te quisiera".
Josep Font
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Invitado hoy a comer en casa de un fariseo, Jesús aprovecha la oportunidad para dar una lección plástica de humildad a los fariseos, respecto a las normas más básicas de educación. No sabría decir si se trata de una parábola o de un hecho observado en la vida (lo de buscar los primeros puestos), pero por lo que se ve sí que era un defecto característico de los fariseos.
Hace pocos días leíamos cómo Jesús se lo echaba en cara: "Ay de vosotros, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas" (Lc 11, 43). Hoy les invita a elegir los lugares más humildes, y les da la explicación: "Porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".
No hace falta que seamos fariseos para merecer la reprimenda de Jesús. Porque a todos nos gusta aparecer y ser vistos y alabados por la gente. Eso no pasa sólo en los actos políticos y sociales, en que se sigue un riguroso orden protocolario, sino también en nuestra vida de cada día, en que cada uno intenta deslumbrar a los otros mostrando un nivel de vida y unas cualidades, que a veces son nada más apariencia, pero que provocan la admiración y la envidia.
Jesús nos ha enseñado una y otra vez que su estilo y, por tanto, el de sus discípulos, debe ser el contrario: la humildad y la sencillez de corazón. Aunque eso de ser humildes no esté de moda en el mundo de hoy. A los seguidores de Jesús no les tendría que importar ocupar los últimos lugares. Y no como un truco (para que luego nos inviten a subir) sino con sinceridad (por imitación del Maestro, que no vino a ser servido sino a servir).
¿Somos nosotros como los apóstoles, que no acababan de entender la lección de humildad, y discutían sobre quién iba a ocupar los puestos de honor? ¿No tendríamos que moderar nuestro afán de protagonismo y de aparecer? Si fuéramos humildes, seríamos más felices y nos llevaríamos menos disgustos. E incluso seríamos más aceptados por los demás, porque a los vanidosos nadie les quiere. Sobre todo, seríamos más agradables a los ojos de Dios, que prefiere a los humildes.
Un ejemplo muy cercano lo tenemos en la Virgen María, la madre de Jesús. Humilde y discreta, ella pudo decir, resumiendo el estilo de enseñanza de su Hijo: "Dios enaltece a los humildes, y a los ricos los despide vacíos". O cuando ella dijo, hablando de sí misma: "He aquí la esclava del Señor, y la pequeñez de su sierva".
José Aldazábal
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El Señor nos llama a participar de los bienes eternos. Él nos ha sentado a su mesa para alimentarnos con su Palabra, con el pan de vida y con el amor fraterno. Y él nos dio ejemplo del lugar que hemos de ocupar dentro de este tiempo de la distribución de la gracia hacia nosotros.
Después de lavar los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: "¿Verdad que es más importante el que está a la mesa que el que sirve? Pues yo he estado entre vosotros como el que sirve. Así, el que de vosotros quiera ser el primero, que se convierta en el último y en el servidor de todos".
Ocupar el último lugar nos pone al servicio de los demás, convirtiéndonos para ellos en un signo de Cristo (que salva a costa de la entrega de la propia vida). Sólo así la Iglesia continuará la misión del Hijo de Dios: ser el evangelio viviente del Padre, que se hace cercano al hombre en sus angustias y esperanzas, para caminar solidariamente con él hacia la casa del Padre.
Si permanecemos fieles al Señor y fieles en el servicio al prójimo, cuando venga el Dueño de la casa nos hará sentar junto a él en su misma gloria, viéndonos honrados incluso ante los mismos espíritus celestiales.
Los que nos gloriamos en Cristo de tener a Dios por Padre, debemos ser aquellos que, convertidos en siervos del evangelio, trabajan intensamente no sólo por dar a conocer a Cristo, sino por hacerlo cercano a los demás con toda su entrega y con todo su poder salvador.
Mientras Dios nos conceda vivir en el tiempo, hemos de ser fieles a la fe que profesamos en Cristo y rechazar todo tipo de hipocresías (procurando que los demás vayan tras las huellas de Cristo, mientras nosotros llevamos un camino diferente).
José A. Martínez
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El énfasis del evangelio de hoy está claramente puesto en la virtud de la humildad. La Biblia suele valorar la humildad de 2 maneras: mostrando los daños que trae su opuesto (que es el orgullo) y enseñándonos los bienes que llegan a los corazones (genuinamente humildes).
Sobre los males del orgullo, la Escritura nos dice que el soberbio "se arraiga en el mal". Y esto es así, porque la soberbia eleva tanto el propio criterio que la persona nunca (o sólo difícilmente) aceptará lo que le contradice. Este modo de obrar enceguece y priva de ayuda al soberbio, de modo que, cuanto más fuerte se cree, más débil es en realidad.
El evangelio de hoy presenta lo ridículo de la soberbia de un modo muy práctico: el que busca primeros puestos para destacarse ante los demás, tarde o temprano resultará empequeñecido frente a ellos.
Puesto que la soberbia se alimenta de sus logros (y nos se sacia nunca), y nuestros recursos y fuerzas sí se acaban con la edad (y los golpes de la vida), es obvio que en algún momento u otro la realidad nos dejará en ridículo. Por ello es bueno acostumbrarse a la compañía de la gente sencilla, pues tanto la humildad como la soberbia se transmiten a menudo por simple contacto.
Nelson Medina
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El evangelio de hoy nos obliga a terminar la semana como la empezamos, sin andarnos por las ramas: "El que se enaltece, será humillado". Más claro que el agua. Cuando todo lo que somos o tenemos, lo hemos recibido, ¿de qué nos vamos a vanagloriar? Cuando delante de Dios somos tan poca cosa, ¿para qué intentar aparentar ser más de lo que somos?
No estoy invitando a la depresión o a la pérdida de la autoestima. Sólo quiero decir que debemos mirar la vida desde otra perspectiva, desde otros valores, no desde los valores del mundo (tanto tienes, tanto vales) sino desde los valores evangélicos: "No pretendo grandezas que superan mis capacidades", como dice el salmista bíblico.
Dejemos que el Espíritu Santo nos vaya guiando, iluminando, revelándonos cuál es nuestro lugar, y cómo, desde ese puesto, responder a la llamada de Dios. En Rusia, en España, en América, en todas partes. Con la confianza y la humildad de un niño, que se fía de su padre.
Esto lo he podido sentir aquí, en Rusia, desde donde os escribo. El evangelio se sigue anunciando, crece el interés por Jesucristo, y siguen surgiendo (por obra y gracia del Espíritu) vocaciones para la Iglesia. Es algo sorprendente, sobre todo después de tantos años de ateísmo militante.
La Iglesia, con humildad, está buscando su lugar, y tratando de ayudar a muchos a encontrarlo. Sin alharacas ni aspavientos. Desde el último lugar, pero con firmeza.
Alejandro Carbajo
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La Parábola de los Convidados tiene la sabiduría propia del sabio que la expone, y la pedagogía del maestro que construye sobre la realidad de la convivencia social, partiendo de nuestras delicadezas e indelicadezas. Jesús era un gran sabio según el lenguaje de Proverbios, y actuaba como tal.
Pues bien, de sabios es, al modo humano y divino, no sobrepasar la raya que deja al descubierto nuestro orgullo, ni tampoco ocultarse con hipocresía (porque ambas actitudes pueden generar vergüenza y desprecio). De sabios es saber actuar sin imponerse, no enseñar con imperio sino sugerir, hacer ver a plena luz la belleza de la verdad e invitar a todos a que actúen con cordura.
Felices de nosotros si, compenetrados con el misterio de Cristo, sabio maestro, abrazamos y gustamos su verdad, y lo hacemos con alegría.
Dominicos de Madrid
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La búsqueda de la consideración social es una tendencia natural en nuestra existencia. Existe en cada una de las personas y debemos ser conscientes de su presencia en nosotros. Sin embargo, esta búsqueda puede estar dirigida por diversas motivaciones.
Una 1ª posibilidad consiste en el camino más común que se emprende en la vida social para satisfacerla. En ese caso, la estima está ligada a la posesión, al poder y al honor. Se trata de la elección de los "primeros puestos" del evangelio.
Este 1º camino revela toda su precariedad, ante la jerarquización que hace Aquél que ha invitado al banquete. Nuestros conceptos de importancia no son los mismos en su valoración. De allí que sea necesario someter nuestros criterios de jerarquización a los suyos, y adoptar su medida (que es la única válida en la relación social que rige en el banquete de bodas del reino de Dios).
Esta nueva realidad, o 2ª posibilidad, se rige por valores alternativos a los vigentes. Y ambas valoraciones están tan alejadas entre sí que lo último en una escala es lo primero en la otra, lo de arriba se convierte en lo de abajo.
Sólo la comprensión de las leyes que rigen esa sociedad alternativa, o 2º camino, valen para el desarrollo de la fiesta de bodas. De ahí la necesidad que tenemos de hacer una profunda revisión de la jerarquía de valores que la sociedad en que vivimos ha establecido y nos ha transmitido como los únicos válidos, de ponerlos en cuestión y de asumir la nueva valoración que se nos propone.
Confederación Internacional Claretiana
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El prestigio era un bien muy apreciado en Israel, y tenía el mismo valor y categoría que la riqueza y el poder. La persona de buena reputación gozaba de una aceptación generalizada y era invitada a todos los eventos importantes.
Entre los líderes populares, los intelectuales, los eruditos y todos aquellos que no tenían poder político y ni riqueza, la única manera de alcanzar éxito era el camino del prestigio. Por eso, en las fiestas y en las comidas buscaban los primeros puestos, para hacerse notar entre los invitados. Esta conducta hacía que entre los aspirantes a ser maestros de la ley u hombres famosos se diera una feroz competencia.
Jesús exhorta a su comunidad de discípulos a que no se metan en ese juego, pues lo único que pondrían en evidencia sería la estrechez de su pensamiento. El honor del ser humano no está en el prestigio, o en aparecer como persona destacada, o en pertenecer al Jet Set. El honor del ser humano está en el servicio permanente y desinteresado a los demás, pues la mayor "gloria de Dios es que el ser humano viva".
Hoy muchos se afanan por "ser alguien en la vida", por ocupar algún lugar destacado que los anuncie como personas de éxito. Pero, muchas veces sin saberlo, caen en el juego de la competencia desleal y de la búsqueda fanática de méritos superfluos, haciendo parte del circo que ha montado la mentalidad vigente. Terminan siendo simples marionetas al servicio de un sistema que les arranca el sentido de la vida y los hace olvidar el verdadero cometido del ser humano en este mundo: vivir dando gloria al Dios de la vida.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El pasaje evangélico de hoy nos propone una enseñanza sumamente ilustrativa. Jesús se encuentra entre fariseos
(sus más acérrimos adversarios), en un banquete al que ha sido invitado (y al que Jesús acude, sin rehuir el contacto con ellos), y allí propone a los convidados lo que él está viendo y lo que debería hacerse al respecto.Los fariseos están observando con detenimiento a este singular rabí que ha sido invitado. Por su parte, también Jesús observa con atención la conducta de los convidados, que van buscando los primeros puestos.
Jesús se dispone a corregir e
ste comportamiento de los convidados, al considerarlo de todo menos ejemplar. Y lo hace con un ejemplo, en su intento por dar lecciones a ese foro de maestros: Cuando te conviden, no te sientes en el puesto principal, porque puede que te obliguen a ceder ese puesto y, avergonzado, vayas a ocupar el último lugar.¿No sería mejor ocupar el último puesto, para que el anfitrión venga y te diga sube más arriba? Entonces, lo que para el descendido de puesto sería vergüenza, para el ascendido sería honra y honor. Con este simple ejemplo, Jesús toca el orgullo de aquellos fariseos que no soportaban la vergüenza de la humillación, y que tanto presumían del honor del encumbramiento.
Pero Jesús quiere llegar más lejos de lo que revela el ejemplo, y por eso añade: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Humillado con una humillación mayor que el sonrojo del descendido, y enaltecido a una altura superior a aquella en que le coloca el honor de haber sido ascendido de puesto.
Esto que vale para cualquier situación humana (como la del banquete), en la que cabe tanto el proceder humilde como el soberbio (e incluso el proceder soberbio, bajo capa de humildad), vale también para el Reino de los Cielos y su anfitrión (Dios), que humilla a los que se enaltecen y enaltece a los que se humillan, sobre todo si se humillan porque son humildes.
Es lo que hizo el mismo Jesús, que aparte de ser manso y humilde de corazón se humilló haciéndose humus (lit. tierra) y hombre. Se humilló porque era humilde, transparente a sí mismo, verdadero e íntegro.
En realidad, sólo Dios puede humillarse, pues sólo él puede bajar de su escalafón. En nuestro caso, nosotros no podemos caer más bajo de lo que ya somos, y por mucho que nos humillemos no dejaremos de ser hombres empobrecidos, envilecidos, explotados, despreciados, esclavizados y sometidos. Es decir, meras criaturas de Dios, e imágenes del Creador.
Es a lo que alude Jesús: a que los humildes humillados (los que se humillan) pueden ser enaltecidos a la dignidad de hijos de Dios (divinizados), recibiendo esta dignidad y conservándola.
Ello explica que los que han tenido muy presente esta dignidad, los santos, hayan soportado con gran serenidad todo tipo de humillaciones, y que lo que a otros humillaría en su orgullo (un menosprecio, una mala contestación, una falta de reconocimiento...) a ellos apenas les afecta. A mayor humildad, siempre habrá mayor capacidad para encajar la humillación, y eso que al afectado le supone un rebajamiento de su propia valía o escalafón.
Pero ¿cómo medir nuestra valía? ¿Valemos por lo que somos capaces de hacer? ¿Y por lo que dan a entender nuestros conocimientos? ¿Valemos más por lo que tenemos, o por lo que somos?
Las personas valemos por lo que somos, y lo que somos es en esencia algo que hemos recibido. Somos hombres (criaturas de Dios equipadas para el conocimiento) e hijos de Dios (dotados para amarle con amor filial), y nuestro valor radica en que hemos sido redimidos (a precio de sangre) por el Hijo de Dios. Teniendo este valor, no hay humillación, ni rebajamiento humanos que nos puedan arrebatar nuestra valía.
En realidad, sólo nosotros nos podemos humillar, si consentimos perder la dignidad a la que hemos sido levantados. Y eso sí es algo que puede acontecer, por la vía del auto-enaltecimiento. Se trata de ese hombre que, por querer ocupar el puesto de Dios, acaba perdiendo su dignidad de hijo de Dios.
Tanto la historia como la experiencia nos sorprenden muchas veces afanados en la búsqueda de pequeños pedestales, como si tuviéramos necesidad de ellos para no perder la necesaria autoestima. Pero nos estimaríamos mucho más, y mejor, si lo hiciéramos con la estima de Dios, y no con la de aquellos que nos rodean de forma falaz y engañosa.
Para encaramarse a los más altos pedestales, muchos trepadores se ven obligados a derribar a otros, y así entramos en la vorágine de la competitividad y de la búsqueda frenética de los mejores puestos, exponiéndonos una y otra vez a la humillación de la vergüenza, las heridas sangrantes, las lágrimas y las enemistades
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