30 de Octubre

Viernes XXX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 30 octubre 2026

a) Flp 1, 1-11

         En Filipos había fundado Pablo su 1ª comunidad en Europa (Hch 16, 12), y de ella había recibido ayudas económicas (Flp 4, 15). Un nuevo donativo, que le llega por medio de Epafrodito (v.18), podría haber sido la ocasión para escribir la Carta a los Filipenses que hoy comenzamos, cuyo saludo sugiere la imagen de una comunidad desarrollada y organizada (v.1).

         Por de pronto Pablo da fe de cómo le impresiona la constancia de los filipenses en su entrega, desde el 1º momento, al evangelio (vv.3-5). Este reconocimiento, por el que da gracias a Dios, le proporciona a la vez la ocasión de orar por ellos "con satisfacción y gozo".

         El apóstol se siente animado por la confianza de que "la obra buena realizada en ellos no dejará de llevarla a término aquel que la empezó, hasta que llegue el día de Jesucristo" (v.6). Tiene motivos para pensar así de ellos, pues los lleva en su corazón y, en la prisión y defensa del evangelio, ellos han participado con él de esa gracia (v.7).

         Con todo esto, Pablo les expresa cuánto les ama en las entrañas de Jesucristo, y que "sólo Dios puede ser testigo de ese amor suyo por ellos" (v.8). Lo que pide para ellos es que su caridad "aumente en conocimiento y percepción, para elegir las cosas mejores" (v.9). El crecimiento en la caridad es el que purificará y mantendrá a todos sin pecado hasta el día de Cristo, llenos de frutos de santidad "por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios" (v.11).

         En este mundo no hay amor que no produzca desazón, pues el amor busca lo mejor para aquellos a quienes ama. Pero también manifiesta la impotencia de quien ama, de cara a hacerlos felices de forma total y definitiva. Podríamos hablar de una especie de tragedia del amor, y de ella es de la que da testimonio hoy Pablo.

         Su plegaria rezuma, pues, incapacidad, pues no tiene en su mano el poder hacer a los filipenses todo lo que les desea, y eso que los ve expuestos al peligro del cansancio y desaliento. Por eso ruega por ellos, movido por la propia incapacidad, y por la confianza en el único que puede llevar a cabo la obra buena. Quién sabe si rezar quiere decir precisamente eso: acoger la propia inutilidad, con la confianza puesta en quien todo lo puede. Sobre todo delante de aquellos a quienes amamos, y en el silencio frente a lo inaccesible.

Miguel Gallart

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         Comenzamos hoy la lectura continua de la Carta a los Filipenses, una de las cartas más personales de San Pablo, y la de mayor tono confidencial. Sobre todo porque la Iglesia de Filipos, la 1ª de las comunidades nacidas en el continente europeo (tras llegar allí desde el Asia Menor), era donde San Pablo se encontraba más a gusto.

         En su presentación, Pablo no se da el título habitual de apóstol, sino el de servidor (lit. esclavo de Cristo, en griego): "Nosotros, Pablo y Timoteo, servidores de Cristo Jesús". Adivinamos en esta palabra todo lo que comporta de abnegación total, de pertenencia absoluta, de servicio concreto y de vida entregada hasta el fin.

         Tras lo cual, dota a su carta del tono que va a marcar todo su escrito: "Doy gracias a Dios cada vez que pienso en vosotros y cada vez que ruego por vosotros, siempre con alegría". Es decir, la acción de gracias y la alegría. Y da las causas de este motivo de alegría: "A causa de la colaboración que habéis prestado al evangelio, desde el primer día", y porque "estoy convencido de que quien inició en vosotros su obra la irá consumando hasta el final". ¿Suelo orar yo así por los que amo y conozco?

         Como se ve, Pablo ha ido ya introduciendo en su saludo cierta precisión de las perspectivas teologales y humanas. Los filipenses han trabajado por el evangelio, pero era Dios quien hacía "su obra" en ellos, en íntima colaboración de la libertad y de la gracia. Es decir, Dios y nosotros, y ni Dios sin nosotros ni nosotros sin Dios.

         Todavía hoy está Dios trabajando en nuestro mundo y en mi vida, pero de esa manera. ¿Trato habitualmente de meditar lo que Dios está haciendo en este momento para incorporarme a él y para colaborar con él? ¿Estoy persuadido de que Dios conducirá su obra "hasta el final"? Porque lo que Pablo rezuma es optimismo fundamental y alegre certeza: "Yo os llevo en mi corazón, partícipes como sois de mi gracia, tanto en mi cautividad como en la defensa y consolidación del evangelio, pues testigo me es Dios de cuánto os quiero en la ternura del corazón de Cristo Jesús".

         Hemos destacado ya esa fórmula de Pablo, que tiene la impresión de ser suplantado desde el interior: no es él (el pobre Pablo) quien ama, sino que es "la ternura del corazón de Cristo" (la que habita en él) la que ama a los hombres a través de él. Pablo puede morir de un momento a otro, pues está prisionero y no sabe como acabará su proceso. Sin embargo, exulta de gozo y de ternura. Ayúdanos, Pablo, a no apesadumbrarnos por nuestras propias miserias.

         Me gustaría quedarme con una de las frases de este pasaje: "En mi oración pido que vuestro amor siga creciendo cada vez más, en conocimiento perfecto y en un discernimiento que os permita aquilatar lo más importante". Como se ve, es el amor lo que hace progresar el conocimiento, y no al revés.

         La oración de Pablo es de gran calidad. Su objeto es completamente espiritual, y pide a Dios que aquellos a quienes ama "progresen, por el amor, en el discernimiento de lo que es importante". Así como su finalidad es también espiritual: "A fin de que caminen sin tropiezos hacia el día de Cristo, y tengan en plenitud la santidad obtenida gracias a Jesucristo".

Noel Quesson

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         Pablo entregó todo su ser a cada una de las comunidades que gestó, y el amor fue el gran motor con que las fue cobijando, como él mismo dijo en una ocasión: "El amor de Cristo nos apremia" (2Cor 5, 14). Mas ese amor no siempre fue en todas partes igual de correspondido. Un caso especial fue el de la Iglesia de Filipos, cuyos lazos forjados aquí por Pablo tuvieron siempre el sello de una cálida y entrañable amistad. Es la característica principal de la carta que hoy empezamos a leer: la Carta a los Filipenses.

         Expresiones muy particulares de este afecto son:

-"siempre que me acuerdo de vosotros, doy gracias a Dios",
-"cuando rezo por vosotros lo hago con gran alegría",
-"vosotros habéis colaborado en la propagación del evangelio",
-"os llevo en mi corazón",
-"a todos os amo entrañablemente en Cristo Jesús".

         No hay nada parecido en el resto de los escritos de este gran apóstol. E incluso se trata de algo que, más allá del plano de la estricta confidencia, nos permite asomarnos por una ventana privilegiada al aspecto humano de la evangelización, por llamarlo de alguna manera.

         Más interesante aún es ver qué hace Pablo con todo ese cariño. Porque de él no hace un efluvio de sentimientos limpios y bellos, sino que lo traduce en oración por algunas intenciones específicas (básicamente por el crecimiento en la fe, el amor y las demás virtudes). Se trata de un ejemplo notable de unión entre afectividad humana y caridad sobrenatural y teologal.

Nelson Medina

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         Durante lo que queda de esta semana, y toda la siguiente, nos acompañará como 1ª lectura de la misa la carta de Pablo a los filipenses. Se trata de una de las cartas de la cautividad (junto con Efesios, Colosenses y Filemón), escrita durante el 1º cautiverio de Pablo en Roma (ca. 61-62). Va dirigida a la comunidad de Filipos, ciudad macedónica del norte de Grecia que había sido fundada en el s. IV a.C. por Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno.

         Filipos había sido la 1ª ciudad europea evangelizada por Pablo, a lo largo de su 2º viaje misionero del 49 d.C (Hch 16). El apóstol conservaba un recuerdo muy cariñoso de aquella comunidad, que colaboró con él y le ayudó en todo momento. Esta carta la escribe porque, al saber que había sido detenido, los filipenses le envían por medio de Epafrodito alguna ayuda, tal vez dinero y ropa.

         Hoy escuchamos el saludo, que firman Pablo y Timoteo. Ellos se llaman a sí mismos "servidores de Cristo Jesús", mientras que a la comunidad la titulan "el pueblo santo de cristianos que reside en Filipos". Se trata de un saludo y acción de gracias que están llenos de alegría y cariño cordial: "Os llevo dentro, y testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero en Cristo Jesús".

         A la vez, Pablo desea que lo que ya tienen de bueno lo sigan manteniendo y vaya creciendo: "El que ha inaugurado en vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús", para que "vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más" y llegue al día del juicio "cargados de frutos de justicia". Es bueno que un apóstol reconozca los méritos de la Iglesia, y que vea sus valores y sus virtudes, no sólo los defectos. Y eso es lo que hace Pablo: reconocer a las personas buenas, la entrega personal y la ayuda ajena

         Ningún ser humano es el artífice del bien que se hace, pues seguramente los demás han puesto también su aportación, y a veces más generosa que nosotros. Eso sí, todos debemos desear que crezcan esos valores en el mundo y en las persona, reconociendo lo bueno que ya hay y trabajando para que todavía se mejore más. Buen programa el que nos propone hoy Pablo: "Que sigamos creciendo más y más en penetración y en sensibilidad, para apreciar los valores limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia".

José Aldazábal

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         Escuchamos hoy los sentimientos de gratitud y felicidad que San Pablo siente por sus amigos y discípulos de Filipos. El saludo que hoy les dirige revela una veta de delicadeza, gratitud y ternura, que corresponde al alma sensible de Pablo. Se alegra de la comunión entre los hermanos, de la amistad que le profesan, de haber trabajado juntos en la evangelización y de todo bueno que hay en el corazón de las personas que han descubierto a Jesucristo.

         Demos gracias a Dios por la madurez a la que ya van llegando muchos cristianos de hoy día, y por haberse puesto a colaborar una vez han conocido y amado al Señor. Sobre todo por lo que apunta Pablo a los filipenses: haber madurado a través de las cadenas de los demás (como si fueran suyas) y haber sufrido a causa del evangelio (y no sólo por su meditación personal).

         Jamás debemos dejar de orar por los que han comenzado a creer en Cristo, para que el Señor perfeccione la obra que él mismo comenzó en sus corazones. Nuestra oración debe elevarse por ellos, para que permanezcan fieles hasta el fin de su peregrinación por este mundo, y su entrada en la patria eterna.

Dominicos de Madrid

b) Lc 14, 1-6

         La escena evangélica de hoy no tiene lugar ya en la sinagoga (donde Jesús había curado a la mujer encorvada), sino en la casa de uno de los jefes fariseos. Pero el tema de fondo sigue siendo el mismo, por muy ridículo que parezca: ¿Se puede curar (hacer bien) en sábado?

         Por la escena de la mujer encorvada había quedado claro que el jefe de la sinagoga valoraba más a los animales (buey o asno, a quienes se podía desatar del pesebre el sábado, para llevarlos al abrevadero) que a las personas (a quienes, según la doctrina fariseo, no se puede curar en sábado).

         Por el relato de la curación del hidrópico queda claro que los fariseos permiten en sábado sacar de un pozo al burro o buey que ha caído en él, pero no permiten que se cure a un enfermo. ¡Qué deformación mental!

         Pero vayamos al evangelio de hoy, porque esta es la 3ª vez en que un fariseo invita a Jesús en el evangelio de Lucas. Aunque Jesús ha aceptado ir a comer a su casa, sin embargo la actitud de los comensales no es amigable, pues lo acechaban para ver qué es lo que hacía.

         Sorprendentemente, Jesús se encuentra en casa del fariseo a un hombre enfermo de hidropesía, enfermedad que se manifestaba en la hinchazón de vientre, y que podía, según los antiguos, debilitar el corazón y producir una muerte repentina. Entre los judíos esta enfermedad era considerada consecuencia de un pecado del paciente, de orden sexual (adulterio, lujuria), religioso (idolatría y brujería) o relacional (difamación).

         Pero Jesús no indaga en el pasado del hidrópico, ni trata de averiguar qué pecado le ha producido esa enfermedad, sino que se da prisa en librarlo de ella. Y por eso pregunta a los juristas (entendidos en leyes) y fariseos, sobre si se puede curar en día de precepto.

         Curiosamente, quienes tienen que interpretar la ley permanecen callados. Y cuando Jesús cura al paciente, dice el evangelista que "se quedaron sin respuesta". Ante los hechos no valen los argumentos. El hombre está por encima del sábado, y ése es el centro de atención de Jesús, que entiende que el día dedicado al Dios de la vida es el más adecuado para devolverle al hombre la salud.

Juan Mateos

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         En la curación del hidrópico, Lucas quiere hacernos ver varios aspectos interesantes de las actitudes de Jesús. La 1ª es que Jesús se dejaba ver por todos, pero en todas sus actitudes había siempre una enseñanza para unos y otros. La 2ª es que quienes seguían a Jesús para buscar una conversión o una palabra de aliento (o para aprender a conocer a Dios), eran los verdaderos seguidores del Hijo del hombre.

         Pero quienes lo observaban para criticarlo, para indisponerlo, o para acusarlo ante el Sanedrín, eran los perseguidores de Jesús. Sin embargo, Jesús que podía leer en sus corazones actuaba con la mayor libertad, y les enseñaba con su propio testimonio de vida.

         Jesús pone a la persona humana por encima de las leyes absurdas de aquel entonces. Pareciera ser que durante toda la semana no hace cosa alguna y reserva sus actuaciones de liberación especialmente, para los días sábados en los que todo estaba prohibido.

         Jesús cura, perdona y libera a quienes se encuentra en su camino. Y como conoce la dureza del corazón de sus perseguidores, les cuestiona sobre sus propios intereses si les afecta en un día sábado, para que comprendan que el proyecto de Dios está por encima de ellos y de sus mezquindades.

Fernando Camacho

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         Un sábado, Jesús fue a comer a casa de uno de los jefes fariseos, y ellos lo estaban observando. Con ello, no rehúsa las invitaciones de sus adversarios habituales, porque ha venido a salvar a todos los hombres. La casa de ese jefe de los fariseos es muy significada por un gran respeto y devoción a la ley, y en ella, las tradiciones morales y culturales son respetadas de modo muy estricto.

         Es un sábado, un día sagrado para el anfitrión de Jesús. Y desde su entrada en la casa, Jesús es observado y acechado, y empieza a ser medido con el rasero de la piedad farisea (el de personas aferradas a la santificación del sábado, y que se imaginan que Dios no puede pensar de manera distinta al parecer de ellos).

         Entonces aparece en escena un hidrópico, que aparentemente no estaba invitado a la comida. Quizás estaba mirando al interior desde la ventana. Para los fariseos toda enfermedad era el castigo de un vicio no declarado. Según ellos, ese pobre hombre debió haber llevado una vida inmoral y por esto Dios le habría castigado.

         Jesús tomó la palabra y preguntó a los doctores de la ley y a los fariseos: "¿Es lícito curar en sábado, o no?". Ellos se callaron, y pensaron que qué extraña pregunta venía a hacerles Jesús. ¿A qué viene ese innovador? Hace ya tiempo que las escuelas rabínicas han saldado definitivamente todos esos casos. Si Jesús hubiera ido a esas escuelas, sabría que:

-cuando la vida de una persona corre peligro, "está permitido socorrerlo";
-cuando el peligro no es mortal agudo, "hay que esperar que termine el día sábado para prestarle alguna ayuda".

         ¿No es esto lógico? ¿Por qué no contentarse con la tradición de los antiguos? ¿Por qué suscitar nuevas cuestiones? Los fariseos callan y no quieren discutir, pues ellos poseen la verdad. No es cuestión de modificar en nada sus costumbres. Jesús no puede hablar ni actuar en nombre de Dios, puesto que no se conforma a su enseñanza y a la enseñanza tradicional.

         Jesús tomó al enfermo de la mano, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: "Si a uno de vosotros se le cae al pozo su hijo o su buey ¿no lo saca en seguida aunque sea sábado?". ¡Perdón, caballero! Este caso está también previsto por la casuística, y tú parece ignorarlo...

         Efectivamente, si un animal caía en una cisterna, los legistas permitían que se le alimentara para que no muriera antes del día siguiente. Y de otra parte, estaba permitido echarle unas mantas y almohadas para facilitarle salir por sus propios medios. Pero ¡sin trabajar! Esos ejemplos nos muestran la gran liberación aportada por Jesús. Una nueva manera de concebir el descanso del sábado (actual domingo).

         Mas allá de todos los juridismos, el sábado es el día de la benevolencia divina, el día de la redención, de la liberación, de la misericordia de Dios para con los pobres, los desgraciados, los pecadores. El día por excelencia para hacer el bien, curar y salvar. Es el día en que hay que dejarse curar por Jesús.

         Señor, ayúdanos a ser fieles, incluso en las cosas pequeñas. Pero sin ningún formalismo meticuloso, sino abiertos y sin creernos demasiado seguros de nosotros mismos, ni inmovilizarnos en nuestras opciones precedentes. El mundo de hoy nos presenta muchas cuestiones nuevas. ¿Sabremos abordarlas con la misma profundidad con que las juzga Jesús?

Noel Quesson

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         Hoy fijamos nuestra atención en la punzante pregunta que Jesús hace a los fariseos: "¿Es lícito curar en sábado, o no?" (v.3). Y en la significativa anotación que hace Lucas: "Ellos se quedaron callaron" (v.4).

         Son muchos los episodios evangélicos en los que el Señor echa en cara a los fariseos su hipocresía. Es notable el empeño de Dios en dejarnos claro hasta qué punto le desagrada ese pecado (la falsa apariencia, el engaño vanidoso), que se sitúa en las antípodas de aquel elogio de Cristo a Natanael ("ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño"; Jn 1,47). Dios ama la sencillez de corazón, la ingenuidad de espíritu y, por el contrario, rechaza enérgicamente el enmarañamiento, la mirada turbia, el ánimo doble, la hipocresía.

         Lo significativo de la pregunta del Señor y de la respuesta silenciosa de los fariseos es la mala conciencia que éstos, en el fondo, tenían. Delante yacía un enfermo que buscaba ser curado por Jesús.

         El cumplimiento de la ley judaica (mera atención a la letra con menosprecio del espíritu) y la fatua presunción de su conducta intachable, les lleva a escandalizarse ante la actitud de Cristo que, llevado por su corazón misericordioso, no se deja atar por el formalismo de una ley, y quiere devolver la salud al que carecía de ella.

         Los fariseos se dan cuenta de que su conducta hipócrita no es justificable, y por eso callan. En este pasaje resplandece una clara lección: la necesidad de entender que la santidad es seguimiento de Cristo (hasta el enamoramiento pleno), y no frío cumplimiento legal de unos preceptos.

         Los mandamientos son santos porque proceden directamente de la sabiduría infinita de Dios, pero es posible vivirlos de una manera legalista y vacía, y entonces se da la incongruencia (auténtico sarcasmo) de pretender seguir a Dios para terminar yendo detrás de nosotros mismos.

Manuel Cociña

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         En el evangelio de hoy, Jesús acude a comer a casa de uno de los principales fariseos. Y echado a la misma entrada de la casa, un enfermo mira a Jesús con cara de súplica. El ambiente adverso que se masca es espeso, y hay recelo, desconfianza, y sospecha por doquier.

         Jesús percibe ese ambiente fariseo, y de ahí que, ya antes de atravesar el umbral de la vivienda, les ahorre a sus anfitriones las palabras, y les plantee a bocajarro la pregunta del millón: "¿Es lícito curar los sábados, o no?".

         Los letrados y fariseos vuelven la mirada hacia el infinito y callan (por no ponerse a silbar). Por supuesto, el enfermo queda curado y se va de allí más alegre que unas pascuas. Tras lo cual, Jesús habla a los fariseos de un burro y de un buey caídos en un pozo precisamente en sábado. Pero los fariseos siguen callados, pues ¿qué van a decir?

         La interrogación provocadora de Jesús ("¿es lícito curar en sábado?") es la pregunta que se vienen haciendo de continuo los fariseos de todos los tiempos para no dar ni golpe al agua. Es la pregunta que tantos hombres se formulan, en diversas versiones, para continuar cruzados de brazos. Mientras, los enfermos y los pecadores miran con ojos angustiados en espera de una solución a sus problemas.

         No lancemos preguntas al aire, ni planteemos cuestiones bizantinas, ni hagamos elucubraciones mentales. Sea sábado, sea domingo, o sea lunes, ¡pongámonos manos a la obra!

José San Román

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         Nos presenta el evangelio de hoy otra curación de Jesús en sábado. El lunes pasado leíamos una que hizo Jesús con la mujer encorvada. Hoy es con un hombre aquejado del mal de la hidropesía, la acumulación de líquido en su cuerpo.

         Pero no importa tanto el hecho milagroso, que se cuenta con pocos detalles. Lo fundamental es el diálogo de Jesús con sus adversarios sobre el sentido del sábado, que una vez más nos da a entender que la mejor manera de honrar este día es practicar la caridad con los necesitados.

         Echa en cara Jesús a los fariseos que por interés personal (como ayudar a un animal de su propiedad) sí suelen encontrar motivos para interpretar más benignamente la ley del descanso. Y les deja claro que, por tanto, no pueden acusarle a él de ayudar a un enfermo.

         Uno de los 39 trabajos que prohibían los fariseos en sábado era el de curar. Pero una reglamentación, por religiosa que pretenda ser, que impida ayudar al que está en necesidad, no puede venir de Dios. Será, como en el caso de aquí, una interpretación exagerada, obra de escuelas rigoristas.

         ¿Qué excusas ponemos nosotros para no salir de nuestro horario, en ayuda del hermano, y tranquilizar así nuestra conciencia? ¿El rezo, el trabajo, el derecho al descanso? Sí, el domingo es día de culto a Dios, de agradecimiento por sus grandes dones de la creación y de la resurrección de Jesús. Todo lo que hagamos para mejorar la calidad de nuestra eucaristía dominical y para dar a esa jornada un contenido de oración y de descanso pascual, será poco.

         Pero hay otros aspectos del domingo que también pertenecen a su celebración en honor del Resucitado. Es un día de alegría, todo él (sus 24 horas) vivido pascualmente, sabiendo encontrarnos a nosotros mismos y nuestra paz y armonía interior y exterior, un día de contacto con la naturaleza, por poco que podamos.

         Y también un día de apertura a los demás, de vida familiar (que nos resulta menos posible los días entre semana) y de vida social (cultivando valores humanos importantes). Un día de caridad, en que se nos ocurran detalles pequeños de humanidad con los demás, tales como ¿a qué enfermo de hidropesía ayudamos a sanar en domingo? Pues ¿no hay personas a nuestro lado con depresiones o agobiadas por miedos o complejos, a las que podemos echar una mano y alegrar el ánimo?

         Jesús iba a la sinagoga todos los sábados. Y parece como que además prefiriera ese día precisamente para ayudar a las personas curándolas de sus males. Sus seguidores podríamos conjugar también las dos cosas.

José Aldazábal

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         Jesús nos presenta hoy el reino de Dios como la participación en un banquete, al que están llamados no sólo los limpios (los fieles) sino la humanidad entera. Por eso no podemos despreciar ni marginar a los pecadores ni a los enfermos, como en el caso evangélico de hoy. Dios nos quiere a todos con él, pues a nadie creó con gran amor para después destinarlo a la condenación.

         Pero él sabiendo que el mal ha tomado posesión de muchos corazones, nos ha amado tanto que hasta nos envió a su propio Hijo para que, quien crea en él, tenga vida eterna. Así el Señor nos enseña, a los que formamos su Iglesia, que hemos de trabajar constantemente para ganar a todos para Cristo.

         No queramos hacer una Iglesia de grupos, de escogidos, de separados, de élites. Hemos de vivir cercanos a las personas de todas las culturas y condiciones sociales. Cristo debe ser anunciado como luz de todos los pueblos. Seamos fieles a la misión que el Señor nos ha confiado.

         El Señor nos sienta a su mesa. Y él no nos quiere con las manos incapaces de hacernos poner al servicio de los demás para hacerles el bien. Los que hemos sido renovados en Cristo no podemos darnos descanso en hacer el bien a nuestro prójimo.

         El Señor, que nos ha perdonado y ha sanado nuestros temores con la fuerza de su Espíritu Santo, nos quiere siempre en camino; quiere que vayamos y demos testimonio de lo misericordioso que ha sido él para con nosotros. Por eso la celebración de la eucaristía nos compromete a colaborar con alegría en la propagación del evangelio no sólo como fruto de nuestros estudios, sino especialmente como fruto de nuestra encuentro personal con el Señor.

         Permanezcamos, pues, en la presencia del Señor como fieles discípulos suyos para poder, después, ir como testigos de lo que hemos vivido, y del amor y misericordia que el Señor ha tenido para con nosotros.

         Dios ha iniciado en nosotros su obra de salvación; y nosotros le hemos de permitir que la vaya perfeccionando siempre hasta la venida de Cristo Jesús. Por eso no hemos de buscar sólo nuestra propia salvación, pues no hemos de perder la conciencia de que somos Iglesia, y que nos hemos de esforzar en hacer el bien unos a otros.

         Pero además, hemos de abrir las fronteras. La Iglesia, mientras peregrina por este mundo, se ha de esforzar en ganar a todos para Cristo. Y todo esto brotará del amor sincero que le tengamos a él y a su Iglesia, no perdiendo de vista que el bien que hagamos a los demás redundará en nuestro propio provecho.

         Dejémonos evangelizar, llenar de la vida de Cristo y de su Espíritu Santo día a día. Pero decidámonos también a colaborar con un nuevo ardor en la propagación del evangelio en el mundo entero.

Bruno Maggioni

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         En el evangelio de hoy nos enseña Jesús con su ejemplo que hay algo más fuerte que el legalismo, y es precisamente el mandato de la caridad. Entre los judíos, el día sábado era un día del todo consagrado al Señor. No era lícito hacer actividad alguna. De ningún tipo. Hasta estaban indicados los pasos que se les permitía caminar.

         Los fariseos se gloriaban de que cumplían la ley en toda su extensión. Y castigaban y denunciaban a las autoridades a todo aquel que violaba una de estas reglas más pequeñas. Eso no es malo. Incluso Cristo dice alguna vez a sus seguidores que hagan lo que los fariseos dicen. Sin embargo, es preferible la misericordia con los demás que el cumplimiento frío de un precepto.

         Muchos se preguntan si deben hacer esto o aquello, porque ambas cosas están mandadas. ¿Debo estudiar en este tiempo o tengo que hacer lo que ahora me piden mis padres? ¿Cuál es mi obligación? No es fácil discernir, porque muchas veces entran en juego nuestros sentimientos y a veces nos inclinamos por la opción equivocada. Para evitar esta situación, Cristo nos ha dejado un criterio muy claro: ante todo, la caridad.

         Bajo esta luz todo queda iluminado. Ya no hay conflicto entre curar o descansar en sábado, porque el bien del hombre está por delante del precepto.

Juan Gralla

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         Anda por ahí circulando un libro que ofrece un curso de milagros. El tema es ya un tópico en las librerías, con tantas terapias y millones de formas de autoayuda, pero tenía que venir éste que digo, que pone el poder del milagro en nuestras manos.

         Lo gracioso es que esta literatura está cortada toda por un mismo patrón: relájese, deje su mente en blanco, concentre su energía... Y digo que esto es gracioso porque muy poco o nada tiene que ver con los milagros que hace Jesús. ¿Has visto a Jesús poniendo la mente en blanco en alguna parte de los evangelios? ¿Has visto cómo se reconcentra antes de sanar a alguien?

         ¡Pamplinas! Lo que vemos es a un profeta que, aun en medio de una desagradable discusión, muestra de dónde viene el poder que realmente sana y salva.

         Jesús, entonces, no es un milagrero. Su poder no es la canalización de una energía cósmica o psíquica, que pueda ser enseñado como quien aprende a resolver ecuaciones de segundo grado, o a plantar un bonsái. Cristo es la manifestación sublime del amor del Padre, no la exhibición de nuestras destrezas mentales.

Nelson Medina

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         Ante el sufrimiento, ante la pobreza, ante las injusticias, ante el pecado que padecen muchos hermanos nuestros no podemos pasar de largo dejándolos hundidos en sus males. En dar una respuesta, en esforzarnos por remediar esos males no podemos argumentar ni siquiera que es el día del Señor para eludir nuestras responsabilidades. No podemos esperar para mañana para hacer el bien a quien hoy lo necesita.

         Cada día debemos ser la Iglesia de Cristo que no sólo anuncia el Nombre de Dios, sino que, además, sirve con gran amor a los necesitados. Dar culto a Dios, en este sentido, no es sólo arrodillarnos ante él, sino además, identificarnos con Cristo, que como Buen Pastor salió al encuentro de la oveja descarriada y herida.

         Así, también nosotros hemos de dar culto a Dios amando como el Señor nos ha amado y enseñado, pues él no descansó, sentándose en la gloria de su Padre, hasta dar su vida para sacarnos del pozo de nuestra maldad en el que habíamos caído.

         El Señor lo dio todo por nosotros. Al igual que Cristo, detengámonos ante el dolor, ante el sufrimiento, ante la pobreza de nuestro prójimo y, si es necesario, paguemos con nuestra propia vida, con tal de que él recobre su dignidad y alcance su salvación en Cristo.

José A. Martínez

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         Seguro que Cristo, como buen judío, conocía muy bien los 39 trabajos prohibidos para los judíos observantes. Ejercer la medicina se encontraba entre ellos. Parece ser que la salud era menos importante que la propiedad privada, una persona menos valiosa que un animal (porque, parece, sacar al burro del pozo sí se podía).

         Si se pierde de vista el amor, todo se estropea. No soy anarquista, ni quiero serlo, y creo que las normas son necesarias. Pero, además de la norma, está el espíritu de la norma. No me resisto a copiar el último canon del Código de Derecho Canónico de la Iglesia Católica: "La equidad canónica y la salvación de las almas deben ser siempre la ley suprema en la Iglesia" (CDC, 1752).

         Es decir, 1752 cánones (un montón de problemas y de asuntos regulados), pero sin perder de vista que lo fundamental es ¡la salvación de las almas! Aunque a muchos no les guste el derecho, en esta clave sí se pueden aceptar las normas. Jesús supo leer todo en función de la persona ("no se ha hecho el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre"), y por eso actuaba con libertad.

         No le pregunta al enfermo si ha sido bueno, si ha ido a la sinagoga, si paga los tributos, si es creyente... Sino que le mira, siente la necesidad de hacer algo, y lo hace. Por encima de la norma y con libertad. Ojalá nosotros sepamos también actuar con libertad. Con la libertad de los hijos de Dios, pues lo somos.

Alejandro Carbajo

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         No sé si te has dado cuenta de cuántas veces tenemos miedo de mostrarnos como cristianos, por temor a las críticas. Porque Jesús no tenía dudas, a la hora de actuar de acuerdo a sus convicciones. Es el caso que refleja el pasaje evangélico de hoy, en que un hombre está enfermo, interesa que sea sábado, interesa que los demás sólo estén buscando una excusa para atacarme... luego hay que sanarlo.

         El temor a mostrarse como verdaderos cristianos, sobre todo en las causas de justicia, hace que nuestro testimonio como discípulos de Jesús quede en la oscuridad.

         El cristianismo, desde sus orígenes, ha estado formado por hombres y mujer que se han sentido muy orgullosos de ser seguidores de Jesucristo, tanto así que han dado su propia vida como testimonio de ello. Permitamos a Cristo transparentarse en nuestra vida.

Ernesto Caro

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         El cap. 14 del evangelio de Lucas, en el que se refiere cierta comida de Jesús en casa de un fariseo principal, es muy rico en contenido. Hoy se utiliza sólo un fragmento. Ese fragmento se refiere a la actitud misericordiosa y curativa de Jesús. El de mañana hará mención al espíritu de humildad frente a soberbia.

         Notemos que en ambos casos hay un contexto idéntico: Jesús recibe una invitación y la acepta. La comida es en casa de un fariseo. Jesús es espiado por los letrados, para poder sorprenderle en irregularidades. Y Jesús les habla de tal forma que todos se quedan perplejos.

         Pero esta imagen o descripción, ¿no podríamos aplicarla a nuestra vida? Todos estamos llamados a compartir mesa en la vida. Todos, en ocasiones, podemos estar bajo sospecha. Y nuestra actitud en esos casos debe ser siempre noble y honrada, y debe dar a conocer el espíritu humano, fraterno y evangélico con que hacemos las cosas, dejando que resplandezca siempre la caridad y el amor.

         La página evangélica de hoy, magníficamente presentada, deja al descubierto varias cosas: 1º cómo Jesús trataba correctamente a los fariseos, 2º cómo los fariseos vigilaban a Jesús para poder acusarle por sus transgresiones a la ley y tradiciones, 3º cómo el modo de proceder de Jesús estaba muy por encima de las nimiedades fariseas (que acaban encubriendo hipocresías).

         Conforme al espíritu de Jesús, la vieja fidelidad (que era transitoria) tiene que transformarse en fidelidad la ley nueva que es ley de amor y gracia. Buena fue en su momento la serie de tradiciones que, bajo forma ritual, mantuvieron la unión del pueblo elegido (como la ley del sábado, con su ocio ritual). Pero ¿qué valor podemos dar a ésa y a infinitas pequeñeces cuando arde el horno de la caridad, de la justicia, de la solidaridad con el necesitado y enfermo?

Dominicos de Madrid

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         La rígida legislación que habían impuesto fariseos y escribas como ideal de perfección era, por lo general, más solidaria con la marginación y la explotación que con la salud y el bienestar del pueblo de Dios. Era un hecho paradójico pero cierto. La ley que algún día los constituyó como pueblo libre y autónomo, era convertida en instrumento de esclavitud y dominación.

         Jesús enfrenta ese prurito legalista no para dar alardes de anarquista, sino para hacerse del lado del ser humano, para favorecer la vida. Ese era el espíritu que se había perdido en la interpretación de la ley y que Jesús ahora reclamaba con la pregunta: "¿Está permitido o no devolverle la salud a alguien en día sábado?".

         Pues todos estaban dispuestos a favorecer sus bienes (vacas, burros, posesiones), pero nadie estaba dispuesto a favorecer a un ser humano necesitado. Por esta razón el silencio de sus detractores era una soterrada complicidad con el régimen de violencia y exclusión que imperaba.

         En la actualidad nos ocurre una situación parecida: la ley que se impone en nuestras sociedades mueve cielo y tierra para perseguir beneficios individuales, pero poco hace para ayudar al necesitado.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         El evangelista Lucas nos pone hoy en situación, describiendo la escena con maestría de narrador: Un sábado entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. No es la primera vez que vemos a los fariseos en esta disposición de observar las conductas ajenas, para juzgarlas conforme a sus leguleyos y mezquinos criterios.

         Era sábado, precisa el evangelista. Es decir, un día propicio para ejercitarse en esta tarea judicial, por no tratarse de un simple día más (el séptimo de la semana) sino del día del descanso sagrado, con carácter de ley y observancia legal para todo judío piadoso.

         Siendo norma sagrada, la ley del sábado obligaba a una determinada conducta, y en eso los fariseos eran los verdaderos expertos en garantizar su cumplimiento, con derecho a juzgar el comportamiento de los demás (en este caso, de Jesús) desde las actitudes más radicales, hasta rayando lo miserable.

         Jesús había sido invitado por uno de los principales fariseos de la ciudad, y por eso había acudido a su casa, para el acto comunitario de la comida. No obstante, Jesús sintió las miradas y juicios de los demás comensales, y notó que le estaban espiando. Por lo visto, los fariseos habían introducido en aquel lugar a un enfermo, y estaban esperando inquisitorialmente los movimientos de Jesús, porque era sábado y había un enfermo en aquel lugar.

         La confluencia de ambos daba realce al momento, pero ¿qué hacía un enfermo de hidropesía en la sala de un banquete organizado por un fariseo?

         No es descabellado imaginar que aquel enfermo había sido colocado allí como conejillo de indias por los mismos fariseos, a la espera de la actuación del maestro taumaturgo. Al fin y al cabo, eso es lo que ya habían hecho antes con la mujer sorprendida en adulterio (suponiéndose que ellos estaban allí, en aquel preciso momento), y llevada a la presencia de Jesús para que él diera su veredicto.

         Al encontrarse delante del enfermo, Jesús era consciente de la situación en que querían ponerle sus espías y jueces, y por eso se dirige a ellos con una pregunta que desafiaba sus maquinaciones: ¿Es lícito curar los sábados, o no?

         Al parecer, la pregunta no obtuvo respuesta, o por lo menos provocó un embarazoso silencio en aquellos fariseos. En realidad, los fariseos sí sabían la respuesta, pero se quedaron en shock y no atinaron a abrir la boca. De haberla abierto, hubieran tenido que decir que, de acuerdo a su propia formulación de la ley, en sábado no se puede trabajar (porque hay que descansar), curar a un enfermo es un trabajo (el propio del médico), y curar en sábados era un acto manifiestamente ilícito.

         Pero aquellos fariseos prefirieron callar, o no implicarse en ninguna respuesta explícita a la pregunta de Jesús. Tras lo cual, Jesús toca al enfermo y lo cura, pasando de las palabras a las obras para ver qué sentencia in pectore logra arrancar de aquellos jueces de las conductas ajenas. Como en el caso de la mujer sorprendida en adulterio, también aquí Jesús les ha dejado sin argumentos y sin armas.

         A la pregunta sin respuesta de Jesús, y a su política de hechos consumados, el Maestro agrega una justificación: la excepcionalidad de la ley, a la que ellos también recurren cuando les conviene. Si a uno de vosotros, les dice, se le cae al pozo el burro o el buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado?

         La respuesta farisea tendría que haber sido que "hay que esperar al día siguiente para sacarlo", pero según sus maquinaciones (o excepciones) lo más interesado era rescatar vivo al animal. Pues bien, si ellos son tan observantes de la ley, y obran así de excepcionalmente por un animal rentable, ¿por qué no va a actuar él en una circunstancia similar? Sobre todo si no lo hace en favor de un animal, sino de un ser humano a quien la enfermedad tiene sometido.

         Tras esta observación de Jesús creció aún más la intensidad del silencio fariseo, se avivaron todavía más sus ascuas adormecidas de venganza y el odio empezó a desencadenar efectivos propósitos homicidas.

         Con la curación de aquel enfermo, Jesús proclamaba a los cuatro vientos que no hay ley que esté por encima del ser humano y de sus necesidades más elementales (salud, comida, abrigo, trabajo, vivienda...). Es decir, que no puede haber ley justa al margen de los derechos humanos, por muy religiosa o no que sea. De ser así, dicha norma habría perdido su causa finalis y su carácter normativo. De ahí que concluya Jesús: El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.

 Act: 30/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A