19 de Agosto
Miércoles XX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 19 agosto 2026
a) Ez 34, 1-11
La palabra del Señor fue dirigida de nuevo por Dios a Ezequiel: "Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos. ¿No deben los pastores apacentar las ovejas? Vosotros os habéis bebido la leche, os habéis vestido con la lana, habéis sacrificado las ovejas más cebadas. No fuisteis pastores para el rebaño".
Ezequiel apunta directamente en este oráculo a los reyes de Israel, que ejercieron el poder en provecho propio en lugar de ejercerlo como un servicio al bien común. ¿Soy servidor de los demás? ¿Me aprovecho egoístamente, poniendo mi interés personal por delante del bien común e incluso en detrimento del bien de los demás? ¿De qué modo ejerzo mis propias responsabilidades? ¿Y en mi profesión, tiempo de ocio, o asociaciones a las que pertenezco?
Tras lo cual, les explica Ezequiel el motivo: "No habéis fortalecido a la oveja débil, ni cuidado a la enferma ni curado a la que estaba herida. No habéis tornado a la descarriada ni buscado a la que estaba perdida". Es decir, los reyes de Israel no han sabido dar prioridad a los pobres, como estaba escrito en la Torah (y como Jesucristo retomará, recogiendo una a una a todas esas ovejas descarriadas; Lc 15,47; Jn 10).
Por lo cual, sigue diciendo Dios por boca de Ezequiel, "mis ovejas se han dispersado por falta de pastor, y son ahora presa de las fieras. Mi rebaño anda errante por todos los montes y altos collados, y nadie se ocupa de el, ni nadie sale a buscarlo". Quizás hemos visto algún día, en un monte o en un carrascal, unas ovejas aisladas del conjunto del rebaño y que parecen perdidas. Pues bien, esas ovejas están en peligro, a merced de un accidente o de un animal salvaje.
Además, sigue diciendo Dios por boca de Ezequiel que "tengo otras ovejas que no son de este redil, a las que tengo que conducir". A lo que Jesús añadirá que "no habrá más que un solo rebaño" (Jn 10, 16), pues "Jesús murió no sólo por la nación, sino también para reunir en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52).
Concluye diciendo Dios que "los pastores no se ocupan de mi rebaño", y que "por eso les reclamaré mi rebaño, y Yo mismo iré a buscar a mis ovejas, y cuidaré de ellas". Como se ve, el Señor tomará de nuevo en su mano a su pueblo, algo que cumplirá el propio Jesús al decir: "Yo soy el buen Pastor". Dios se ocupa de mí, como se ocupa de cada ser humano. Dios va a mi encuentro, como al de cada persona. Dios cuida de mí, como cuida de cada hombre.
Es de toda evidencia que Jesús tenía en la mente esta página de Ezequiel cuando hablaba de los "malos pastores" y del "buen pastor" (Jn 10). Por lo tanto, al leer nosotros este pasaje de Ezequiel, estamos meditando una página de un libro que Jesús leyó y que él mismo meditó.
Noel Quesson
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Asistimos hoy a un pasaje en que la voz del profeta Ezequiel se vuelve a alzar contra los pastores de Israel (sus dirigentes, tanto civiles como religiosos), describiendo muy certeramente su pecado: "Se apacientan a sí mismos". En efecto, los dirigentes han dejado de cumplir su misión ("cuidar de las ovejas, curar a las enfermas, fortalecer a las débiles, recoger a las descarriadas") para convertirse en mercenarios.
La queja de Dios ("me voy a enfrentar con los pastores") se convierte en promesa: "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas". Él mismo tendrá que remediar la situación, y por eso se alegra el salmista responsorial de hoy: "El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas, y repara mis fuerzas". En Jesús hemos visto cómo Dios cumple su promesa de alimentar, buscar y defender a sus ovejas, al pueblo de Israel y a toda la humanidad. Sobre todo porque les ha enviado como "buen pastor" a su propio Hijo.
Cuando Jesús describe las cualidades del pastor bueno (Jn 10), enumera precisamente las actitudes contrarias a las que Ezequiel había tenido que señalar en los malos pastores de su época, los que llevaron al pueblo de Israel a la ruina total. Jesús conoce a sus ovejas, va delante de ellas, las busca y rehabilita, las defiende, da la vida por ellas. He ahí el modelo para todos los que, de una manera u otra, somos pastores o encargados del bien de los demás.
Criticamos, y a veces con razón, a los dirigentes corruptos y aprovechados. Pero hemos de examinarnos a nosotros mismos, porque podría ser que, en nuestro nivel, también tendamos a aprovecharnos de nuestros cargos. Quien nos ve actuar en nuestro trato con los demás, ¿nos puede aplicar el retrato de Ezequiel, o el de Jesús? ¿Servimos a los demás, o nos servimos de ellos? ¿Somos mercenarios, o pastores por vocación?
José Aldazábal
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¡Qué difícil oficio es el de ser y ejercer de profeta! Leámoslo entre líneas, al escuchar en la liturgia de hoy el mensaje de Ezequiel. Dios le urge a que hable contra los pastores infieles, contra todos los que asumen un papel en la sociedad, y abandonan a las primeras de cambio para entregarse a sus caprichos y concupiscencias. No obstante, Dios urge a Ezequiel a poner en carne viva todas esas miserias humanas, con sus crueldades, abusos y desprecios.
Los destinatarios de la condena profética de hoy son los que Dios ha puesto al frente de su pueblo. Y por eso, ¿quién se excluirá de esa responsabilidad? Porque cada uno de nosotros bien puede aplicarse a sí mismo que es todo eso (sinvergüenza, defraudador, infiel, sacrílego...). Todo "pastor de ovejas" tiene la grave responsabilidad de procurar en todo el bien de los suyos, aún a costa de entregar la propia vida. Y aquel que, sabiendo cuál es su responsabilidad, se dedica a holgazanear, o a aprovecharse, merece la condena de hoy de Dios.
Seamos, como Iglesia, signo de la cercanía amorosa de Dios para el mundo entero, buscando en todo el bien de nuestro prójimo, aceptando todos los riesgos que nos vengan, y con el mismo amor con que nosotros hemos sido amados por Dios.
Dominicos de Madrid
b) Mt 20, 1-16
La viña era símbolo del pueblo de Dios, antes Israel (Is 5,7; Sal 80,9.15) y ahora el nuevo pueblo de Dios, o humanidad entera (Mt 21, 41). La parábola ilustra el principio expuesto con anterioridad: la cantidad o calidad del trabajo o del servicio, la antigüedad, las diversas funciones en la comunidad, el mayor rendimiento no crean situación de privilegio ni son fuente de mérito (el mismo jornal para todos), pues este servicio es respuesta a un llamamiento gratuito (Mt 19, 30).
El sentimiento del propio mérito produce descontento y división (vv.11.15). El llamamiento gratuito espera una respuesta desinteresada. En otras palabras: el trabajo, que es la vida en acción, no se vende (lo cual sería prostituirlo), no nace del deseo de recompensa (sino de la espontánea voluntad de servicio a los demás; Mt 5, 7.9), no trabaja para crear desigualdad (sino para procurar la igualdad entre los hombres), y debe ser patente en el conjunto del pueblo.
"El jornal de costumbre" (lit. un denario cada día) era el jornal ordinario de un trabajador en aquel tiempo. En la parábola, la cuantía no es significativa, lo que importa es la igualdad de jornal para todos. Nótese que la menor cantidad de trabajo no se debe a negligencia, sino a la hora de la llamada.
"A media mañana" (lit. alrededor de la tercera hora, fam. a eso de las tres). El mundo antiguo dividía el día en 12 horas de luz (salida a puesta del sol) y 12 de noche (puesta a salida). En consecuencia, la longitud de las horas variaba según las estaciones, siendo más cortas las del día en invierno y más largas en verano. La tercia aludía a la "media mañana" (9.00 de hoy día), la sexta al "mediodía" (12.00 de hoy día), y la nona a la "última hora" (15.00 de hoy día).
"Ves tú con malos ojos" (lit. el ojo tuyo malvado es). "Ojo malvado" es un semitismo que significa envidia o tacañería (Mt 6, 22). El modismo castellano enlaza con el 1º significado. "Los primeros" es el colofón que repite (Mt 19, 30) la clave de lectura de la parábola, la igualdad en el reino de Dios (= comunidad cristiana).
La respuesta positiva de los que aceptan trabajar en la viña, que significa la dedicación al servicio del hombre, equivale al seguimiento de Jesús. El don que a todos se da es el Espíritu, en paralelo con lo sucedido con Jesús en el bautismo (Mt 3, 16). Los momentos sucesivos de la llamada pueden indicar también la entrada de los paganos en la Iglesia. Los israelitas, llamados en 1º lugar, no pueden considerarse superiores a los nuevos miembros de la Iglesia.
Juan Mateos
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El padre de familia de hoy (Dios) invita al apostolado en su viña. El día de trabajo es la vida, y el denario el reino de los cielos. Llama la atención el hecho de que todos reciban "el mismo salario", aún los últimos. Es que el reino de los cielos no puede dividirse, y su participación es siempre un don libérrimo de la infinita misericordia de Dios (Lc 8,47; 15,7).
"El peso del día" es una expresión puesta en boca en aquel que pensaba mal de su Señor, y que por eso no pudo servirlo bien, porque no lo amaba (Lc 19, 21-23). El yugo de Jesús es "excelente" (Mt 11, 30) y los mandamientos del Padre "no son pesados" (1Jn 5, 3), sino dados para nuestra felicidad (Jr 7, 23) y como guías para nuestra seguridad (St 24, 8). El cristiano que sabe estar en la verdad frente a la apariencia, mentira y falsía que reina en este mundo tiranizado por Satanás, no cambiaría su posición por todas las potestades de la tierra.
Esta parábola de los obreros de la viña nos enseña, pues, a pensar bien de Dios (Sb 1, 1). El obrero de la última hora pensó bien puesto que esperó mucho de él (Lc 7, 47), y por eso recibió lo que esperaba (St 32, 22). Esto que parecería alta mística, no es sino lo elemental de la fe, pues no puede construirse vínculo alguno de padre a hijo si éste empieza por considerarse peón y creer que su Padre le quiere explotar como a tal.
Nótese el contraste entre el modo de pensar de Dios y el de los hombres. Estos sólo avaloran la duración del esfuerzo. Dios en cambio aprecia, más que todo, las disposiciones del corazón. De ahí que el pecador arrepentido encuentre siempre abierto el camino de la misericordia y del perdón en cualquier trance de su vida (Jn 5,40; 6,37).
El término así alude a que queda explicado lo que se anticipó en Mt 19, 30. Sin duda, la parábola señalaba la vocación de nosotros los gentiles, no menos ventajosa por tardía. En ella el corazón de Dios se valió también de las faltas de unos y otros para compadecerse de todos (Rm 11, 30-36); y lo más asombroso aún es que igual cosa podamos aprovechar nosotros en la vida espiritual, para sacar ventajas de nuestras faltas que parecieran cerrarnos la puerta de la amistad con nuestro Padre (Lc 7,41; 15,11; Rm 8,28; Col. 4,5).
Fernando Camacho
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Nuestro texto de hoy parte de una situación muy real: la existencia de trabajadores desempleados que se presentan en la plaza para ser contratados por algún propietario que necesitase de su trabajo. Un texto en que el dueño de la viña representa a Dios, y la viña su reino (Is 5, 1-7).
La 1ª hora de contratar jornaleros era en torno a las 6.00 am, el comienzo de la jornada laboral estaba limitada por la luz del día. Esto era en torno a 12 horas, comenzando desde las 6.00 am. Los tiempos que nos presenta la parábola son las 6.00, las 9.00, las 12.00, las 15.00 y las 17.00.
El propietario ve a gente sin trabajo, y consiguientemente sin ingresos, y los llama a trabajar en su viña. Esta diversidad en la duración del trabajo tiende a poner de relieve la enseñanza principal de la parábola. Aproximadamente a las 18.00, el propietario llama a su administrador para que, como manda la ley, pague a los trabajadores su jornal. El jornal diario normal era un denario.
Según las prescripciones del AT, el salario debía pagarse el mismo día en que había sido realizado el trabajo (Lv 19,13; Dt 24,15). El dueño de la viña manda a su mayordomo que pague a los obreros en orden inverso a como habían sido contratados. Y que todos reciban la misma cantidad.
Estos 2 detalles tienen también importancia para la enseñanza de la parábola. Las protestas de los obreros de primera hora no estarían justificadas en la parábola si no hubiesen visto que los de última hora recibían un denario. Es entonces cuando se acusa de injusticia al señor de la viña. Este, sin embargo atribuye la protesta a que "tu ojo es malo", es decir, a la envidia y animosidad contra los favorecidos.
El centro de interés lo tenemos en el v. 15: "¿No puedo hacer lo que quiero de mis bienes? ¿O has de ver con mal ojo que yo sea bueno?". Y también en la recompensa, que es igual para todos. Como el dueño de la viña es Dios, la parábola pone todo su acento en la liberalidad soberana de su actuación independiente.
La actuación divina, juzgada con criterio humano, resulta incomprensible. Pero es totalmente lógica. ¿Quién puede pedir cuentas a Dios por su conducta? El ser humano es su siervo (Lc 17, 7-10). No puede presentarse ante su Señor con pretendidos derechos.
La recompensa que Dios otorga al ser humano será siempre pura gracia. El ser humano nunca tiene derecho a pasar la factura a Dios. Cierto que Pablo espera la recompensa que le es debida en justicia (2Tim 4, 7). Pero este premio tiene su último fundamento en la gracia previamente concedida por el Señor.
Gaspar Mora
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Lo importante de esta parábola es que, en el reino, las bendiciones y recompensas se reciben por la bondad y el amor de Dios, y no según el mérito o el tiempo de servicio. En el reino de Dios no hay lugar para la envidia ni la codicia.
Nos puede sonar desconcertante oír que le preguntan a uno: "¿Eres envidioso porque yo soy bueno?". El resentimiento por la bondad y generosidad de alguien es una de las peores actitudes humanas; pero se da frecuentemente. Hay quienes en los enfrentamientos sociales, políticos, familiares o religiosos no quieren ver nada bueno en el adversario.
En cambio, Dios va siempre en busca de todos, llama a todos a cualquier hora, siempre quiere dar, acoge a los que en encuentra. Su llamada nos une en el trabajo y en su generosidad. Dios se da totalmente a cada uno; no podría dividirse. Tener envidia de su donación total a cada uno sería separarse de él, ponerse en el último lugar.
La sentencia final de los últimos y los primeros se halla en la misma línea de la parábola. Los primeros son, en este caso, los fariseos y, en general, el pueblo elegido, que se creía con peculiares privilegios ante Dios y con el derecho de pasarle la factura. Jesús, con está parábola (que podría haberse titulado Recompensa Igual para un Trabajo Desigual) da el golpe de gracia al concepto que no sólo los fariseos y escribas tenían, sino también muchos de nosotros sobre Dios y su retribución.
Un denario era lo que el trabajador recibía para el sustento de la jornada. Jesús se ha hecho nuestro "pan de cada día", que se ofrece en la misa a todos, sin discriminación de edad, condición social, nivel de santidad... Un pan que se da para que también nosotros aprendamos a darnos a los demás generosamente.
El núcleo de la parábola está en la actitud de los trabajadores de la "primera hora" con respecto a los de la "última hora". Todo lo demás sirve de marco para poner de relieve lo esencial. Quienes entran en el reino a última hora recibirán las mismas bendiciones de vida eterna que quienes llevan más tiempo en él (Ez 18, 21-23). Dios es bueno; los que han trabajado todo el día no lo son. La parábola desaprueba la situación de una comunidad en la que algunos se sienten con más derechos que los otros. El verdadero cristiano es el que imita la anchura de corazón del Padre.
Emiliana Lohr
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La Parábola de los Obreros de la Undécima Hora es célebre, aunque solamente la relata Mateo. Para interpretarla no olvidemos la regla elemental siguiente:
-la
alegoría es un género literario en el cual el conjunto de los detalles aporta
una significación;
-la parábola es un género literario en el que hay que buscar una lección
central. El resto de los detalles está allí para ceñir el relato, forzar la
atención, interesar.
El reino de Dios es semejante a un propietario que salió al amanecer a contratar jornales para "su viña". Todo el resto del relato muestra que no se trata de un propietario ordinario. No se va a contratar jornaleros cuando sólo falta una hora para terminar la jornada de trabajo.
Esta viña nos da ya una pista simbólica: en todo el AT, y por lo tanto, para los primeros oyentes de Jesús, la viña de Dios, es el pueblo escogido, es el lugar de la Alianza (Is 5, 1-7). Sí tú quieres, Señor, introdúcenos en tu hacienda, en tu gozo y en tu alegría.
El propietario contrata a sus obreros al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y al atardecer ("la hora undécima"). Adivinamos que no los contrata para su propio interés. Es un patrón que se preocupa profundamente del drama de los sin trabajo: "¿Cómo estáis aquí el día entero sin trabajar?".
Entonces, los últimos llegados cobraron "un denario", igual que los primeros. Humanamente hablando, esto es inverosímil. Pero desde el tipo de historia que estamos narrando (no humana), esto es exacto.
Pues bien, ese amo sorprendente, lleno de bondad y para quien los "últimos son los primeros", es Dios. Para Dios no hay privilegios, y las naciones paganas (las últimas invitadas a la Alianza) son tratadas al igual con Israel, que se benefició más pronto de la viña de Dios. Hasta 20 veces, en el evangelio, Jesús valora así a los últimos. Y también ahora: "Amigo, quiero darle a este último lo mismo que a ti".
Tal es la lección central de esa parábola. Si sabemos leer entre líneas y no nos escandalizamos de detalles accesorios, he aquí el retrato maravilloso que Jesús nos traza de su Padre, la de un Dios que:
-ama
a los hombres prioritariamente, y los ama y quiere introducirlos en su propia
felicidad;
-reparte sus beneficios a todos y llama sin parar;
-cuya generosidad y bondad no está limitada por nuestros méritos, sino que da
con largueza, sin calcular;
-que aparta a cualquiera que pretendiera tener derechos y privilegios impidiendo
a los demás a aprovecharse.
Esta parábola nos hace una revelación absolutamente esencial: la salvación que Dios nos da es totalmente gratuita y desproporcionada a nuestros pobres méritos humanos. ¿Qué podríamos esperar si contáramos con sólo nuestras fuerzas?
Noel Quesson
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Hoy escuchamos la desconcertante Parábola de los Trabajadores de la Viña, que trabajan un número desigual de horas y, sin embargo, reciben el mismo jornal.
La idea central no es el paro obrero (aunque Dios parece preocupado de que nadie se quede sin trabajo, sea cual sea la hora) ni la cuestión de los salarios ni la justicia social. La parábola no se fija en los trabajadores, sino en la actuación de Dios. Él da a todos según justicia, pero también es generoso con los últimos, aunque hayan trabajado menos.
Cuando Mateo escribió su evangelio, muchos paganos se iban incorporando a la Iglesia de Cristo, y podían suscitar, entre los provenientes del pueblo judío, el interrogante de cómo los últimos llegados recibían la misma herencia y paga. Es la sorpresa que Jesús describe en quienes habían trabajado desde 1ª hora de la mañana.
La respuesta es el amor gratuito de Dios, que sobrepasa las medidas de la justicia y actúa libremente, también con los de la hora undécima. El tema no es si a los primeros les paga lo justo. Sino que Dios quiere pagar a los últimos también lo mismo, aunque parezca que no se lo hayan merecido tanto. Los caminos de Dios son sorprendentes. No siguen nuestra lógica.
Él sigue llamando a su viña a jóvenes y mayores, a fuertes y a débiles, a hombres y mujeres, a religiosos y laicos. ¿Tendremos envidia de que Dios llame a otros distintos, o que premie de la misma manera a quienes no tienen tantos méritos como creamos tener nosotros?
Porque Mateo fue llamado desde su mesa de recaudador, mientras que Pedro tuvo que abandonar su barca. Algunos de nosotros hemos sido llamados desde muy niños, porque las condiciones de una familia cristiana lo hicieron posible. Otros han escuchado la voz de Dios más tarde. El ladrón bueno ha sido considerado como el prototipo de quienes han recibido el premio del cielo, habiendo sido llamados en la hora undécima.
Si nos sentimos demasiado "de primera hora", mirando por encima del hombro a quienes se han incorporado al trabajo a horas más tardías, estamos adoptando la actitud de los fariseos, que se creían superiores a los demás.
Esto no es, naturalmente, una invitación a llegar tarde y trabajar lo menos posible. Sino un aviso de que el premio que esperamos de Dios no es cuestión de derechos y méritos, sino de gratuidad libre y amorosa por su parte. La parábola parece una respuesta a la pregunta de Pedro, uno de los de la 1ª hora, que todavía no estaba purificado en sus intenciones al seguir al Mesías: "A nosotros, ¿qué nos va a tocar?".
Hoy es un buen día para cantar el himno de vísperas Hora de la tarde, fin de las Labores, que, en sus diversas estrofas, nos hace alabar a Dios por su insondable generosidad, a la hora de darnos el jornal por nuestro trabajo.
José Aldazábal
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En esta parábola podemos ver reflejadas todas las etapas de la historia de la salvación. El amanecer corresponde a la llamada de Adán, la media mañana a la de Noé, a mediodía llamó a Abraham, a media tarde llamó a los profetas, y al atardecer llamó a los apóstoles y a la Iglesia (que suceden a la sinagoga y al templo). Y a éstos, "los últimos serán los primeros", corresponde el denario de la gracia y de la misericordia y el amor de Dios.
Nuestros cálculos son inferiores a los de Dios, (¡faltaría más!) a quien medimos con justicia larvada y con nuestras medidas, por nuestra incapacidad de abarcar la insondable misericordia y amor de Dios. Si nosotros hubiéramos presenciado la escena habríamos reaccionado igual que los aquellos jornaleros.
Pero el personaje central de la parábola es el dueño de la viña, que, porque es bueno, nos llama a todos y a cada uno a hacer alianza con él, formar parte de su familia trinitaria, participar de su amor, filiación, misericordia, felicidad y eternidad. Y el centro de interés es el negocio, el contar o no contar, y como consecuencia de contar, pedirle cuentas a Dios, que contesta: "¿No puedo hacer lo que quiero de mis bienes?".
Por eso el dueño de la viña comienza a pagar por los últimos, con quienes no ha contratado en justicia un jornal. Es decir, les regala el jornal, que ni les ha prometido, al contrario que a los otros grupos, ni ellos se lo han ganado, porque apenas han trabajado una hora.
Los que habían contado, cuando vieron que a los últimos se les daba un denario, se hicieron ilusiones de cobrar más y protestaron contra el amo por cobrar igual que los primeros. Por eso el amo (Dios) los amonestó, viniendo a decirles: "He cumplido con vosotros lo pactado". Ahora, respetad mi gracia. He ahí la diferencia entre los juicios de los hombres y los de Dios. El dueño de la viña practicó la justicia con los primeros, y la misericordia y la gracia con los otros. El denario es un misterio de amor que sobrepasa la justicia.
Ésta es la afirmación central de la Parábola de los Jornaleros de la Viña. Los fariseos reprochaban a Jesús la bondad con que trataba a los pecadores y Jesús, para justificarse, cuenta la parábola que acabamos de escuchar. En la perícopa anterior le ha dicho al joven rico que uno solo es bueno (Dios). Ahora, el dueño de la viña dice igualmente que él es bueno. Yo Soy es el nombre de Dios, y Bueno es su apellido.
Jesús Martí
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Hoy, la palabra de Dios nos invita a ver que la lógica divina va mucho más allá de la lógica meramente humana. Mientras que los hombres calculamos ("pensaron que cobrarían más"; Mt 20,10), Dios (que es Padre entrañable) simplemente ama ("¿va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?"; Mt 20,15). Y la medida del amor es no tener medida, sino que "amo porque amo, y para amar", como decía San Bernardo.
Pero esto no hace inútil la justicia: "Os daré lo que sea justo" (Mt 20, 4). Dios no es arbitrario y nos quiere tratar como hijos inteligentes, y por esto es lógico que haga tratos con nosotros. De hecho, en otros momentos, las enseñanzas de Jesús dejan claro que a quien ha recibido más también se le exigirá más (recordemos la Parábola de los Talentos). En fin, Dios es justo, pero la caridad no se desentiende de la justicia; más bien la supera (1Cor 13, 5).
Un dicho popular afirma que "la justicia por la justicia es la peor de las injusticias". Afortunadamente para nosotros, la justicia de Dios supera nuestros esquemas. Si de mera y estricta justicia se tratara, nosotros no merecíamos ninguna redención, y quedaríamos desposeídos de aquello que se nos había regalado en el momento de la creación y que rechazamos en el momento del pecado original. Examinémonos, por tanto, de cómo andamos de juicios, comparaciones y cálculos cuando tratamos con los demás.
Además, si de santidad hablamos, hemos de partir de la base de que todo es gracia. La muestra más clara es el caso de Dimas, el buen ladrón. Incluso, la posibilidad de merecer ante Dios es también una gracia (algo que se nos concede gratuitamente). Dios es el amo, nuestro "propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña" (Mt 20, 1). La viña (la vida, el cielo...) es de él, y a nosotros se nos invita a trabajar para ganarnos el cielo.
Antoni Carol
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Esta parábola de Jesús tiene un profundo significado, y pueden sacarse diversas enseñanzas sobre él. Entre otras cosas, quiere mostrarnos Jesús lo que significa tener absoluta confianza en la palabra del Señor. Si nos fijamos veremos que solo a los primeros les dijo el amo cuánto les iba a pagar (un denario), mientras a los demás les dijo: "Os daré lo que sea justo". Y con esta promesa se fueron a trabajar.
Hoy en día, cuando alguien nos contrata, lo 1º que se pregunta es ¿cuanto voy a ganar? Y eso es lo que hicieron los primeros jornaleros contratados (los de la 1ª hora). Sin embargo, el resto de obreros contratados confiaron totalmente en la palabra dada por el amo, y no se ajustaron en ninguna cantidad.
La 1ª enseñanza de este pasaje es que la justicia de Dios no es matemática, y va mucho más allá de nuestra pobre justicia humana. Además nos deja ver que su palabra es de fiar, mucho más allá de lo que nosotros pudiéramos pensar.
Cuando leemos las promesas hechas por Jesús, debemos siempre pensar que la realidad es mucho, pero mucho más grande de lo que la palabra expresa. Con este Dios, ¿cómo no vamos a entregarle toda nuestra vida y a trabajar sin descanso por el reino de Dios? Sobre todo si lo que nos ha prometido es mucho, y no importa que sólo hayamos trabajado una hora.
Ernesto Caro
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La Parábola de los Jornaleros que acuden al trabo a diversas horas del día, y luego reciben igual paga, es un canto a la gratuidad y generosidad de Dios para con nosotros.
Si quisiéramos entenderla y aplicarla en términos de justicia proporcional humana, según nuestro lenguaje social, no la encontraríamos correcta, pues es ley de vida que, en igualdad de condiciones, a más trabajo debe darse mayor salario.
Pero si la tomamos en términos de magnanimidad y gratuidad (más allá de la estricta justicia), la parábola nos habla en lenguaje de amor y de gracia, y nos dice que la mano del Señor es una mano amiga, que está abierta en sus dones (para que nadie pase hambre), y que rebosa misericordia (a favor de todo el mundo). ¿No tenemos cada uno experiencia probada del amor con que somos tratados, aún en medio de las adversidades?
Dominicos de Madrid
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Una sociedad en que las relaciones comerciales han adquirido un puesto preeminente pone en serio peligro la comprensión del universo religioso. Los hombres transfieren a la relación religiosa los comportamientos adquiridos en el tráfico comercial y se construyen un imaginario libro de cuentas donde señalan sus méritos y deméritos, su debe y haber frente a Dios. De esta forma se ven imposibilitados de comprender la realidad de la acción divina, caracterizada por la gratuidad.
La Parábola de los Obreros con diverso tiempo de trabajo y con el mismo salario final quiere ser una advertencia para evitar que caigamos en ese error.
El personaje principal, presentado desde el comienzo, es un propietario que ejerce la posesión sobre una viña. Escuchando propietario y viña los oyentes de Jesús, familiarizados con el lenguaje de los profetas y de otros escritos del AT, eran naturalmente conducidos a considerar la relación de Dios y su pueblo.
Ese propietario debe cosechar los frutos de su viña y para ello sale a contratar obreros para la tarea. Da la impresión que lo único que le interesa es que no haya desocupados ya que busca compartir con mayor número de personas los beneficios que la viña ha reportado o reportará.
En sucesivas salidas, que el texto tiene cuidado de señalar, repite la misma invitación desde la mañana hasta la tarde. La única diferencia es que a los primeros llamados señala el jornal exacto ("un denario"; v.2), a los segundos promete algo genérico ("lo justo"; v.4) y en los casos siguientes no menciona nada de nada.
Al final del día por medio de su administrador, comienza a abonar los salarios desde los últimos llegados a los que se concede lo prometido a los de la 1ª hora. Estos, viendo que reciben la misma paga comienzan a murmurar porque trabajos de duración desigual han sido remunerados idénticamente. La queja que les brota es que los que han trabajado "una hora" han sido igualados a los que se fatigaron durante todo el día.
Todo lector está tentado de acompañarlos en la crítica y considerar lo actuado por el propietario como una injusticia. Sin embargo, con el final de la parábola, Jesús nos invita a cambiar estos criterios más frecuentes por otros criterios en que la medida de la justicia brota de la generosidad del dueño de la viña.
En definitiva, el reino de Dios es una realidad de gracia, y no se puede cuantificar en términos de horas de labor. Hasta que no se llegue a comprender esto brotará el resentimiento por la nivelación de méritos personales que el Reino produce.
La parábola apunta directamente contra la conciencia de superioridad derivada de la elección de Israel. Esta conciencia de superioridad impedía a los hombres religiosos considerarse iguales a publicanos, prostitutas y paganos llamados posteriormente. Pero al no admitir esa igualdad, no pueden comprender la realidad del Dios de gracia, que quiere que todos sus hijos participen de los beneficios de la viña.
Pero la parábola no agota su contenido con su aplicación a aquel momento del conflicto entre fariseísmo y cristianismo. Es también una llamada de atención a los integrantes de la Iglesia, que no saben descubrir que el reino de Dios es una gracia y que, como tal, debe ser aceptado.
Confederación Internacional Claretiana
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Los discípulos pensaban con la lógica de la mentalidad vigente y esperaban que la retribución para ellos fuera mayor. Confiaban en que sus sacrificios les asegurarían un premio mayor, pero no contaron con la más importante: el reino de Dios y su justicia no actúan según los parámetros de la legalidad humana.
En el reino de Dios lo importante es la misericordia de Dios, que no se fija en los privilegios ganados por prestigio, ni en la cantidad de trabajo ni en cualquier otra ventaja. Y todo ello porque ha sido Dios quien ha llamado gratuitamente, y nuestra respuesta debe ser igualmente gratuita. Dios llama cuando le parece oportuno sea al comienzo o al final de la jornada. Lo importante es que él llama y que podemos participar.
El descontento de los empleados obedece a un privilegio que ellos mismos se conceden, no a una injusticia del patrón. Creen que por haber trabajado más tiempo tienen ventaja sobre los demás. Pero no es de este modo como funciona la lógica del reino de Dios. El mérito está en haber sido llamado, en participar en la obra, no en los privilegios que se puedan sacar de ella.
Nosotros muchas veces queremos adueñarnos de la cosecha. Pensamos que al desempeñar un ministerio o servicio en la comunidad somos propietarios de ella. A veces, también, excluimos a otros porque consideramos que no están preparados o porque creemos que han llegado tarde.
El evangelio, sin embargo, nos pide un cambio de mentalidad. Todos tienen derecho a participar en la obra del reino de Dios. Y este derecho no nace de nuestra generosidad, sino que es algo que Dios mismo ha dado. Si Dios ha llamado a muchos a su obra, nosotros no somos quiénes para cerrar la puerta. Debemos reconocer la acción del Espíritu y permitir que en la comunidad todos participen por igual.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
Hablar del Reino de los Cielos es siempre hablar de Dios y de su relación con nosotros, pues ese propietario de la parábola que escuchamos hoy, que al amanecer sale a contratar jornaleros para su viña, no puede ser otro que Dios. Él es ese propietario que pide colaboración a sus criaturas, y que se compromete a retribuirlos con un denario por jornada. Tal es el jornal ajustado previamente. No obstante, otros se incorporarán más tarde al trabajo, a media mañana, al mediodía, a media tarde y a la caída de la tarde.
Tras la jornada laboral, nos dice Jesús, llegará el momento de la paga. En el caso de la parábola, será el momento en que el dueño diga al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Es decir, en orden inverso a los méritos contraídos y a las energías derrochadas. De esta manera, los que menos han trabajado en la viña (apenas 1/3 de jornada, o ni siquiera eso), son los primeros en recibir el jornal.
Respecto a lo pactado, Dios (el dueño de la viña) es exquisitamente justo (un denario por jornada), pero ¿por qué han de ser los primeros en recibir la paga los que se han incorporado más tarde al trabajo? No lo sabemos, pero quizás porque así se pone de manifiesto la bondad del dueño.
Este modo de actuar hace surgir de inmediato la protesta contra el dueño, por parte de los que creen haber hecho más méritos que los demás. Y al recibir ellos también el denario ajustado, se sienten injustamente tratados y protestan: Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros que hemos aguantado el peso del día y del bochorno.
A pesar de haber recibido el precio convenido (un denario por jornada), los que han trabajado todo el día se quejan de la desigualdad en el trato, pues piensan que su trabajo no ha sido valorado del mismo modo que el de los demás, y reclaman que ellos han aguantado el peso de la jornada y del bochorno.
Pero atendamos a las razones del propietario: ¿No nos ajustamos en un denario? Es decir, si la paga que recibes es lo convenido en el contrato (por cierto, una millonada por día), no te hago ninguna injusticia. Toma lo tuyo y vete. Si a este último quiero darle lo mismo que a ti, ¿es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a impedirme tú que yo haga regalos a quienes crea conveniente?
Es la respuesta que merece el que pretende juzgar la conducta de Dios desde sus mezquinos criterios, sin caer en la cuenta de que sus caminos y planes están en un nivel muy superior a los nuestros. Y es que la protesta de aquellos jornaleros no estaba inspirada en motivos de justicia (una justicia alterada, que había que restablecer), sino en la envidia (porque otros, con menor esfuerzo, habían conseguido lo mismo).
La envidia es la causante de muchas de nuestras protestas, tanto del estudiante (que no recibe la misma nota que otro) como del pobre (que no vive en la misma casa que el rico) o del enfermo (que no disfruta de la salud del sano). En definitiva, el envidioso termina diciendo que no es justo este mundo, y que tampoco es justo Dios.
Nuestras protestas se parecen mucho a la de los jornaleros de la viña, y revelan que todavía no hemos descubierto el amor de Dios para con todos los vivientes. El que así protesta tan sólo experimenta el trabajo por el Señor como fatiga y cansancio, y no como gozosa y gratificante labor en beneficio del hombre. Y no es capaz de advertir las penalidades y miserias soportadas por amor a Dios y a los hermanos.
Nuestras envidias, por su parte, son las que nos llevan a esos mezquinos criterios de justicia, calificando rápidamente de injusto aquello que no cuadra en nuestra propia justicia. Y por supuesto, acaban calificando a Dios de injusto.
Lo interesante no es la paga de Dios sino el poder trabajar por Dios. Ésa debería ser nuestra única paga, como ya descubrió San Pablo. Si Dios nos ofrece una paga es para que tomemos conciencia de estar haciendo algo meritorio a sus ojos, pero siempre como regalo (por pura gracia) y no por los méritos adquiridos (aunque éstos sean importantes).
Si queremos compartir los sentimientos de Jesucristo, tenemos que alegrarnos de aquello de lo que se alegra Jesucristo, en este caso de aquellos que han colaborado mínimamente con él.
Act:
19/08/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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