Semana II Adviento

Apocalipsis de Juan, II

Toledo, 5 diciembre 2022
José Ramón Díaz Sánchez-Cid

a) Prólogo: título y origen del libro, 1:1-3

1Apocalipsis de Jesucristo, que, para instruir a sus siervos sobre las cosas que han de suceder pronto, ha dado Dios a conocer por su ángel a su siervo Juan, 2el cual da testimonio de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo, de todo lo que él ha visto. 3Bienaventurado el que lee, y los que escuchan las palabras de esta profecía, y los que observan las cosas en ella escritas, pues el tiempo está próximo.

            San Juan comienza su libro por una especie de introducción, en la que nos presenta su escrito, nos habla de su contenido y de su origen divino. Y termina este pequeño prólogo con un macarismo, en el que declara bienaventurado al que escucha y pone en práctica las cosas que están escritas en dicho libro.

            La palabra griega apocalipsis vale tanto como revelación, como manifestación de algo oculto. Y puede referirse a la manifestación de secretos de orden natural o sobrenatural. En el NT, sin embargo, designa la manifestación de verdades sobrenaturales. San Pablo es el que más emplea el término apocalipsis; algunas veces utiliza dicha expresión para significar la manifestación gloriosa de Cristo y de los fieles, pero el sentido más frecuente en San Pablo es el de revelación de los secretos divinos.

           Más tarde, se aplicará dicho término (apocalipsis) para designar al tipo de libro en que está contenida la revelación de las cosas ocultas, los secretos divinos y los comunicados de Dios a los hombres. Unas veces esas revelaciones serán puras invenciones (y entonces tendremos los apocalipsis apócrifos), y otras veces las revelaciones serán auténticas (y en ese caso tendremos el Apocalipsis de Juan, o diversas partes de otros libros del AT y del NT).

            Por consiguiente, el término apocalipsis es muy apropiado para designar el último libro de la Biblia, que contiene la revelación divina comunicada a su siervo Juan, por medio de un ángel, sobre las cosas que están para suceder.

            Jesucristo mismo es el que comunica a Juan los secretos de esta revelación divina, como se ve por el contexto inmediato, así como por la visión de Ap 1:9 y por las cartas a las siete iglesias, en donde el mismo Cristo en persona aparece como revelador. El ángel intermediario es solamente una exigencia del género literario apocalíptico.

            El origen primordial de la revelación es Dios. En todo el NT, Dios Padre es la fuente de cuanto existe, porque él creó el mundo y él lo conserva. Él predestinó a los santos y, llevado de su amor hacia los hombres, les da a su Unigénito. Él conduce las almas a Jesús. Mientras que el Hijo tiene como misión cumplir la voluntad de su Padre y darla a conocer a los hombres. Jesucristo es, pues, el que nos descubre los misterios del Padre, los misterios de su naturaleza y de su providencia. Él es el verdadero revelador de su Padre. Esta es una idea muy propia de San Juan.

            A pesar de que Apocalipsis de Jesucristo pueda tomarse en el sentido de una revelación comunicada por Cristo a San Juan, de hecho se trata de una revelación que tiene por objeto al mismo Cristo. Jesucristo es el centro de todo el Apocalipsis. Toda la revelación comunicada a Juan gira en torno a la manifestación de Cristo en la historia de la Iglesia y del mundo. Y el contenido de esta revelación es lo que ha de suceder pronto (v.1), es decir, los juicios de Dios sobre el mundo.

            San Juan, a imitación de los profetas del AT, considera la ejecución de los juicios de Dios ya cercana. La razón de esto hemos de buscarla en la manera que tienen los profetas de contemplar el futuro mesiánico: sus visiones y profecías son cuadros sin perspectiva, en los que el futuro lejano se entremezcla con el presente, sin delimitación de planos y de épocas. Por eso, para ellos, lo lejano en el tiempo se presenta ya como en el horizonte, próximo a realizarse e íntimamente unido a los sucesos que anuncian. También la literatura apocalíptica suele insistir en que los hechos que predice sucederán pronto o inmediatamente. De donde hemos de deducir que la proximidad de ejecución de los hechos, anunciados por los escritos proféticos y apocalípticos, es relativa, y no hemos de interpretarla según nuestras maneras de pensar actuales.

            La presentación sobria y sin títulos que se hace de Juan, es un indicio de veracidad. Al final del Apocalipsis será reiterada de nuevo la garantía dada a sus visiones. Esta insistencia encaja bien en el tono de la literatura joánica.

            Los beneficiarios de la revelación recibida por Juan serán los sierros de Jesucristo, es decir, los fieles cristianos del Asia Menor. Y por medio de ellos, todos los cristianos de la Iglesia universal. El Apocalipsis es un libro de consolación dirigido a los fieles de fines del s. I, que se sentían desalentados y como acobardados ante la hostilidad de los poderes públicos, y decepcionados por la tardanza de la par usía del Señor. El vidente de Patmos les dice que la manifestación gloriosa de Cristo está próxima, y que mientras tanto han de mantenerse firmes en la prueba para que cuando venga Jesucristo, puedan presentarse a él purificados. Y entonces los que hayan permanecido fieles reinarán gloriosos con Cristo triunfador.

            San Juan se siente después como obligado a dar testimonio y a atestiguar ante la Iglesia y ante el mundo la verdad de la palabra de Dios (v.2), es decir, todo lo que ha visto y nos irá declarando en el curso del libro. Esta palabra de Dios es, según Juan, una profecía (v.3), o sea una exhortación que consuela, instruye y estimula. Esta profecía despertará en los corazones cristianos la certeza de la victoria sobre las fuerzas enemigas de Dios. San Juan la coloca de golpe al mismo rango que las profecías del Antiguo Testamento, porque proclama bienaventurados a los que la lean y la escuchen con obediencia. El que cumpla el mensaje del Apocalipsis vencerá y obtendrá de Cristo una grande recompensa.

            En el Apocalipsis existen 7 macarismos o bienaventuranzas. El macarismo, que se encuentra en la literatura griega y latina, es una forma literaria muy propia de la literatura bíblica, mediante la cual se proclama feliz a alguien a causa de una buena acción, de una virtud, por la cual será recompensado. El macarismo consta de 4 elementos:

1º empieza con la expresión bienaventurado (en hebreo asrey, en griego μακάριος y en latín beatus);
2º cita a la persona a la cual se dirige el macarismo;
3º alude a la causa que ha motivado la alabanza (una buena acción, una virtud);
4º expresa la recompensa de la buena acción (que suele ser descrita con imágenes exuberantes).

            Puede suceder, sin embargo, que alguno de estos 4 elementos no esté expresado, en cuyo caso será suficiente atender al contexto para suplirlo.

            Juan apremia a los cristianos, a los que se dirige, para que reciban el mensaje y conformen su conducta a las instrucciones morales de la profecía. Esto es tanto más necesario y útil cuanto que el tiempo está próximo. En la perspectiva teológica de San Juan, los hechos se suceden con celeridad tal que el cristiano dispone de poco tiempo para prepararse a la venida gloriosa de Cristo.

            La manifestación gloriosa de Jesucristo constituirá el tiempo de la plena salud, el tiempo en que cada uno ha de recibir su recompensa, que con tanta instancia promete Juan a los fieles, a través de todo el libro, para animarlos a la lucha.

b) Saludo a las 7 iglesias de Asia, 1:4-8

4Juan, a las siete Iglesias que hay en Asia: Con vosotros sean la gracia y la paz, de parte del que es, del que era y del que viene, y de los siete espíritus que están delante de su trono, 5y de Jesucristo, el testigo veraz, el primogénito de los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre, 6y nos ha hecho un reino y sacerdotes de Dios, su Padre, a El la gloria y el imperio por los siglos de los siglos, amén. 7Ved que viene en las nubes del cielo, y todo ojo le verá, y cuantos le traspasaron; y se lamentarán todas las tribus de la tierra. Sí, amén. 8Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el todopoderoso.

            San Juan se dirige a 7 iglesias de la provincia proconsular de Asia, que comprendía la parte suroccidental de la actual Turquía, y cuya capital era Éfeso. Las 7 iglesias locales (o distritos religiosos), a modo de diócesis, eran: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea. De cada una de ellas hablará con más detalle en Ap 2-3. Ramsay ha mostrado que las iglesias son escogidas siguiendo una vía imperial circular, al oeste de la provincia proconsular.

            Sin duda que en Asia Menor había más de 7 iglesias. Sin embargo, el nº 7, número simbólico que indicaba plenitud, totalidad, es evidentemente elegido para simbolizar el conjunto de las cristiandades de la provincia proconsular de Asia. La tradición nos dice que San Juan residió la última época de su vida en Éfeso. Y en dicha ciudad y en las regiones circunvecinas, donde estaban situadas las siete iglesias, ejerció su apostolado. Las cartas dirigidas a estas iglesias pueden ser consideradas como dirigidas de un modo mediato a todas las iglesias cristianas. Según esto, dice muy bien el Fragmento de Muratori: "Iohannes enim in Apocalypsi, licet septem ecclesiis scribat, tamen ómnibus dicit".

            A esas iglesias San Juan desea la gracia y la paz (v.4), comenzando con esta expresión el saludo epistolar. A semejanza de San Pablo, el autor del Apocalipsis junta el saludo griego gracia, (xάρις) con el saludo hebreo paz (salom), para significar todo el conjunto de bendiciones que deseaba a los fieles a quienes escribía. El término xάρις (lit. gracia) sólo aparece aquí y en la fórmula final del Apocalipsis. También es digno de tenerse en cuenta que en el 4º evangelio se lee xάρις sólo 3 veces en el prólogo, y una sola vez en las epístolas joánicas (en el saludo de 2 Jn).

            Este fenómeno se explica si tenemos presente que San Juan suele expresar la idea de gracia con otras expresiones, como la luz, la vida, el amor. Junto con la gracia, que es la benevolencia divina, les desea la paz, aquella paz que Jesucristo dejó a los discípulos al despedirse de ellos, y "que el mundo no puede dar". Esta gracia y esta paz proceden de Dios Padre, al cual designa con la extraña expresión de el que es, el que era y el que viene.

            Parece ser que esta frase es una explicación targúmica del nombre de Yahveh, para significar la eternidad de Dios, que domina todos los tiempos. El Targum de Jonatán (s. III-IV d.C), sobre Dt 32:39, exclama: "Yo soy aquel que es, y que fue y que será". De igual modo, los escritores paganos atribuyen a Júpiter esta misma expresión: "Júpiter es, fue y será". El futuro será, que emplea el Targum de Jonatán y Pausanias, parece más apropiado para abarcar toda la duración de los tiempos. Sin embargo, nuestro profeta sustituyó el que será por el que viene, que concuerda mejor con el tema del libro, que es el de la venida de Dios a juzgar al mundo. El término ερχόμενος implica una intervención de Dios en la historia humana para llevar a cabo su plan salvífico.

            Después de mencionar al Padre eterno como el que es, el que era y el que viene, el autor sagrado pasa a hablarnos de los 7 espíritus que están delante de su trono. A propósito de esta expresión son posibles 2 interpretaciones. La 1ª es la que cree que aquí San Juan se refiere a los 7 ángeles de la tradición judía, que sirven ante el trono de Dios. Y el hecho de que se hable de ellos antes de Jesucristo sería únicamente para indicar su posición junto al trono de Dios, sin que se quiera expresar jerarquía. La 2ª interpretación, que nos parece la más probable, es la que ve en esta frase una alusión al Espíritu Santo septiforme.

            Esta manera de ver está avalada por varias razones: en la fórmula trinitaria inicial, los 7 espíritus son mencionados antes de Jesucristo, y están colocados en el mismo rango que el Padre y el Hijo. Además, la gracia y la paz que Juan desea a sus lectores, son un don divino, concedido por Dios y nunca por los ángeles. De ahí que la tradición latina admita unánimemente que este pasaje se refiere al Espíritu Santo. En cambio, la tradición griega está dividida: unos admiten la referencia al Espíritu Santo, y otros a los 7 ángeles. Por consiguiente, creemos que la fórmula de Ap 1:4-5 es trinitaria y que supone la igualdad de las personas divinas, fuente indivisible de vida y de felicidad.

            El hecho de que San Juan emplee la imagen de los 7 espíritus para designar al Espíritu Santo, tal vez haya sido motivada por el simbolismo del nº 7, que tanta importancia tiene en el Apocalipsis. Por otra parte, también el texto de Isaías de los 7 dones del Mesías, y el de Zacarías sobre los 7 ojos divinos, pudieron sugerir la imagen al vidente de Patmos. Del mismo modo que los 7 cuernos y los 7 ojos del Cordero simbolizan el poder absoluto y el conocimiento perfecto de Jesucristo, así también los 7 espíritus simbolizan la plenitud de los dones divinos del Espíritu Santo, con los cuales consolará y fortificará a los fieles en la lucha que tienen entablada con las Bestias.

            A Jesucristo se le designa, en nuestro pasaje (v.5), con varios apelativos, muy propios del Apocalipsis. Se le llama primeramente testigo veraz, como en Ap 3:14. Designación muy propia de San Juan, pues él mismo nos dice en el evangelio que Cristo vino al mundo a "dar testimonio de la verdad". El 2º título de Jesucristo es el ser primogénito de los muertos. Esto significa que él es el 1º que resucitó a una vida gloriosa e inmortal, y que, por lo tanto, es el fundamento y el garante de nuestra propia resurrección, como afirma también San Pablo. La expresión "primogénito de los muertos" supone una concepción curiosa del Seol o Hades; el Seol, o región de los difuntos, es concebido como una mujer encinta que retiene en su seno a los muertos, y la resurrección, como un nacimiento.

            El 3º apelativo dado a Cristo es el de príncipe de los reyes de la tierra, pues le ha sido dado todo poder en la tierra y en el cielo. Y San Pablo enseña que, por las humillaciones de su pasión, Jesucristo recibió del Padre el título de Señor, con pleno poder en el cielo, en la tierra y hasta en los infiernos. El título de Cristo Rey es como el tema principal del Apocalipsis, e insinúa una oposición a los emperadores romanos. San Juan desea destacar la soberanía de Jesucristo sobre todos los poderes, principalmente sobre el poder imperial que se oponía violentamente a la difusión de la Iglesia en la tierra. Esto era necesario para consolar e infundir nuevo valor a los cristianos, mostrándoles la superioridad de Cristo sobre todos los poderes terrenos.

            Jesucristo, además de ser Rey y Señor de toda la creación, es también el Redentor, que nos ama, y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre (ν.5). Jesucristo nos amó y nos dio la mayor prueba posible de su amor muriendo por nosotros y librándonos de los pecados en virtud de su sangre derramada. San Pablo dice lo mismo en su epístola a los Efesios: "Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios". El rescate de su sangre es una doctrina común del cristianismo primitivo. Cristo es el Pontífice de la nueva alianza, que, en virtud de Mediador supremo entre Dios y nosotros, nos ha hecho participantes de su soberanía real y sacerdotal.

            Jesucristo, después de absolvernos de nuestros pecados, nos ha constituido reyes-sacerdotes de Dios Padre (v.6). Formamos, pues, ahora un reino sacerdotal, una clase sacerdotal especial, como la que formaban los levitas en el AT. Juan se refiere en este pasaje al Ex 19:5-6, en donde se dice que Dios eligió a Israel e hizo de él "un reino sacerdotal, una nación santa". Para los antiguos, el rey era el sumo sacerdote del dios nacional, lo mismo que el jefe de familia era el sacerdote familiar. Israel, la nación santa, la más próxima a Dios, estaba consagrada de un modo especial al culto de Yahveh, y en cuanto tal había de ejercer el sacerdocio en nombre de todos los pueblos de la tierra. San Pedro aplica las palabras del Exodo a los cristianos: "sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable".

            Es en la Iglesia en donde se cumplen las promesas hechas al pueblo judío, pues los cristianos constituyen la continuación del Israel de Dios. Jesucristo se ha dignado comprar con su sangre para Dios hombres de todas las razas para hacer de ellos un reino y sacerdotes. Es decir, Cristo, en cuanto Sumo Sacerdote del Padre, ha conferido a sus fieles una parte de ese sacerdocio para que "cada uno ofrezca su cuerpo como hostia viva, santa, grata a Dios". Esta oblación, unida a la de Jesucristo, siempre resulta grata al Padre celestial, al cual es debida la gloria y la majestad de un imperio eterno. El cristiano, incorporado a Cristo por el bautismo, se encuentra en una situación totalmente particular de proximidad y de unión íntima con él. Por cuya razón goza de un poder especial de intercesión delante de Dios, como gozaba el sacerdote levítico en la Antigua Alianza.

            Este sacerdocio de los fieles no presupone la transmisión de un poder especial, propio del sacramento del orden. El sacerdocio de los cristianos tiene más bien como finalidad el recordarles su dignidad de hijos de Dios, el valor de su bautismo y las obligaciones que en él han contraído, y el servicio religioso al que han sido llamados. Lo mismo que el antiguo pueblo israelita ocupaba una posición privilegiada entre todos los pueblos respecto de Dios, porque podía acercarse a él, gozar de sus intimidades y hacer de intermediario entre Dios y todos los demás pueblos, así también los cristianos, por la gracia de adopción como hijos de Dios y por su íntima unión con Cristo, ocupan una posición absolutamente única que les permite interceder por las almas.

            La doxología del v.6 parece evocar en la mente del autor sagrado la última venida triunfal de Cristo sobre las nubes del cielo, ante la mirada atónita de todos los pueblos (v.6). El profeta está tan seguro de la próxima venida de Jesucristo, que lo presenta ya como avanzando en medio de las nubes. La imagen de la parusía de Cristo rodeado de nubes proviene del profeta Daniel, que en visión nocturna ve "venir en las nubes del cielo a uno como hijo de hombre". Nuestro Señor también se sirvió de ella delante del sumo sacerdote para confesar su mesianidad y su triunfo futuro. La relación que tiene esta confesión de Jesús ante Caifás con su pasión redentora, recuerda a Juan un texto del profeta Zacarías: "Y a aquel a quien traspasaron, le llorarán como se llora al hijo único, y se lamentarán por él como se lamenta por el primogénito".

            El profeta alude a un llanto general a causa de la muerte de un justo traspasado, que parece haber sido víctima inocente del pueblo elegido. Yahveh llevará a cabo una efusión de gracias divinas sobre los moradores de Jerusalén, por cuyo medio Dios producirá en ellos un cambio interior, que les hará convertirse de nuevo a él y llorar, con un duelo nacional, la muerte del misterioso justo. San Juan aplica el texto de Zacarías a Jesucristo crucificado por el mismo pueblo judío: Cristo es el Justo traspasado de la profecía. Pero también llegará un tiempo en que los judíos reconocerán su pecado y se lamentarán en señal de dolor y de arrepentimiento. En nuestro texto son todas las tribus de la tierra las que conservan los remordimientos de Israel.

            La alusión a la crucifixión y a la lanzada de Cristo es bastante clara, tanto más cuanto que es Juan quien nos transmite la noticia de esta última. La crucifixión parece asociada, en el v.7, a la gloria parusíaca, como en Mt 24:30. La doble afirmación con que se termina el v.7: Sí, amén, indica la solemnidad y la convicción de lo que acaba de decir. Recuérdese el amén, amén del 4º evangelio. Del mismo modo que sucede al final de los oráculos proféticos, una declaración divina garantiza la verdad de lo que acaba de decir.

            Las últimas palabras de esta sección están puestas en boca del Señor Dios (= Yahveh, Elohim). El que habla es el Padre, el cual hace una declaración de su eternidad: Yo soy el alfa y la omega (v.8), o sea el principio y el fin de las cosas. Esta designación simbólica de la divinidad (que en otros lugares será aplicada al mismo Cristo) por la 1ª y la última de las letras del alfabeto griego, tal vez sea la imitación de un procedimiento tomado de los rabinos. Estos también solían designar a Yahveh con la primera y la última de las letras del alfabeto hebreo: a/e/ y tau.

            En la literatura rabínica también se dice que el sello de Dios es el emet, es decir, la "fidelidad y la firmeza"; y esa expresión está escrita con la 1ª, la mediana y la última letra del alefato hebreo. La expresión de San Juan también pudiera tener estrecha relación con la mística helenística de las letras, que era frecuente entonces. Así la serie αεηιουω en los papiros mágicos, significa la universalidad del mundo, y sirve, al mismo tiempo, para designar a la divinidad.

            Finalmente, el autor sagrado insiste de nuevo sobre la eternidad de Dios y sobre el poder absoluto que tiene sobre toda la creación: Yo soy el que es, el que era, el que viene, el todopoderoso (v.8). Con esto quiere tranquilizar a sus lectores, pues el Dios justo y triunfador del pasado continuará siendo el mismo en todos los tiempos, ya que su soberanía sobre todos los seres es absoluta.

c) Visión inicial introductoria, 1:9-20

9Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la paciencia en Jesús, hallándome en la isla llamada Patmos, por la palabra de Dios y por el testimonio de Jesús, 10fui arrebatado en espíritu el día del Señor y oí tras de mí una voz fuerte, como de trompeta, que decía: 11Lo que vieres escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias, a Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea. 12Me volví para ver al que hablaba conmigo; 13y vuelto vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros a uno, semejante a un hijo de hombre, vestido de una túnica talar y ceñidos los pechos con un cinturón de oro. 14Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; sus ojos, como llamas de fuego; 15sus pies, semejantes al azófar, como azófar incandescente en el horno, y su voz, como la voz de muchas aguas. 16Tenía en su diestra siete estrellas, y de su boca salía una espada aguda de dos filos, y su aspecto era como el sol cuando resplandece en toda su fuerza. 17Así que le vi, caí a sus pies como muerto; pero él puso su diestra sobre mí, diciendo: 18No temas, yo soy el primero y el último, el viviente, que fui muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno. 19Escribe, pues, lo que vieres, tanto lo presente como lo que ha de ser después de esto. 20Cuanto al misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra y los siete candeleros de oro, las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros las siete iglesias.

            San Juan recibe de Jesucristo, que se le aparece en la isla de Patmos, el encargo de escribir a las 7 iglesias de Asia. La visión viene a ser como la introducción a todo el libro. En este sentido se puede comparar con las visiones de la vocación de Isaías, de Jeremías y de Ezequiel.

            El autor sagrado hace su presentación personal a semejanza de los profetas de la Antigua Alianza. Juan (su nombre ya nos era conocido desde Ap 1:1) tiene una visión hallándose en la pequeña isla de Patmos. Hoy día esta isla se llama Patino, y forma parte de las islas Esperadas. Está situada enfrente de Mileto y de Éfeso, en el mar Egeo. Tiene unos 12 km de largo por 5 km de ancho, en su parte más amplia. Según Plinio, los romanos utilizaban el islote de Patmos como lugar de deportación para algunos condenados especiales. San Juan también fue deportado a esta isla, castigado a causa del evangelio, como nos dice él expresamente (v.9). Victorino, obispo de Pettau, en Styria, martirizado bajo Diocleciano, nos dice que San Juan fue condenado por Domiciano a trabajos forzados en las canteras situadas al norte de la isla de Patmos: "in metallum damnatus". Esto mismo es confirmado por San Jerónimo.

            El apóstol se nos presenta como hermano en la fe y como compañero en la tribulación, sufrida por la fe; como copartícipe en el reino sacerdotal y en la paciencia con que soporta la tribulación. San Juan ha tenido que pasar por grandes pruebas exteriores y persecuciones a causa del evangelio. Su destierro en el islote de Patmos era una señal evidente de los sufrimientos que había tenido que soportar. Pero todo lo sufrió con paciencia (υπομονή), es decir, con fe, esperanza y firmeza. Juan es el prototipo del verdadero cristiano que sabe aguantar y perseverar en la fe, a pesar de las muchas dificultades que se le opongan. Y esta perseverancia en el servicio de Cristo será la que consiga el triunfo del reino de Jesucristo en medio de todas las persecuciones desencadenadas contra él.

            Después de la presentación, San Juan comienza inmediatamente con la narración de la 1ª visión. Esta tuvo lugar en el día del Señor, es decir, en domingo, día venerado por los cristianos a causa de la resurrección del Señor, que tuvo lugar en tal día. Este texto del Apocalipsis (v.10) constituye la primera mención expresa del domingo cristiano. La expresión, que se hizo técnica, pudo nacer en los ambientes asiáticos como reacción contra la designación de día de Augusto, que indicaba un día mensual establecido en honor del emperador.

            Juan fue arrebatado en éxtasis, para que, desligado de la vida de los sentidos, percibiese mejor las cosas divinas. En este estado oye una voz fuerte, como de trompeta, que le intimaba la orden de escribir lo que viese para transmitirlo a las 7 iglesias de Asia (v.11). Se trata del Apocalipsis entero. Las 7 ciudades nombradas, unidas por magníficas vías, formaban un círculo fácil de recorrer para un mensajero llegado de Patmos a Éfeso.

            Pero, ¿cuál es la razón de nombrar sólo 7 iglesias, cuando en la misma región había muchas otras de mayor importancia? Ramsay cree que la razón hay que buscarla en el hecho de que la provincia romana de Asia estaba dividida en 7 distritos postales, cada uno de los cuales tenía por centro una de esas 7 ciudades, las cuales formaban un círculo alrededor de la provincia. De cada uno de estos centros era fácil enviar la carta a otras ciudades.

            Juan, al volverse para ver al que le hablaba, lo primero que contempla son 7 candelabros de oro. En medio de ellos había uno semejante a un hijo de hombre (v.12-13). Es Jesucristo que se le aparece en sus funciones de juez escatológico, como en Daniel 7:13. Jesús empleó con mucha frecuencia esta expresión daniélica, aplicándosela a sí mismo. Era un título mesiánico que ponía de realce las cualidades humanas de Cristo. La Iglesia cristiana primitiva lo empleó muy raramente, prefiriendo llamarle Señor, con el fin de poner de manifiesto su carácter divino.

            El autor del Apocalipsis describe las prerrogativas de Cristo simbólicamente; su túnica talar lo caracteriza como sacerdote, y su cinturón de oro designa la dignidad regia del Mesías. El sumo sacerdote de la Antigua Ley llevaba también una larga túnica talar, ceñida con una faja de cuatro dedos de ancho. Los cabellos blancos, como la nieve, significan la eternidad del personaje que ve Juan. Los ojos llameantes indican la mirada que todo lo penetra y de la que nadie puede huir. Es su ciencia divina. Una majestad aterradora parece como desprenderse de toda su persona: sus pies son como azófar (una aleación de cobre y cinc) incandescente; su voz, potente como el ruido de muchas aguas; su aspecto, resplandeciente como el sol.

            Esta descripción se apoya indudablemente en las narraciones de Ezequiel y Daniel, que contemplan a su personaje resplandeciente cual bronce bruñido. Ezequiel contempla a "una figura semejante a un hombre que se erguía sobre el trono; y lo que de él aparecía, de cintura arriba, era como el fulgor de un metal resplandeciente, y de cintura abajo, como el resplandor del fuego, y todo en derredor suyo resplandecía". Y Daniel todavía nos describe con mayor detalle "a un varón vestido de lino y con un cinturón de oro puro. Su cuerpo era como de crisólito, su rostro resplandecía como el relámpago, sus ojos eran como brasas de fuego, sus brazos y sus pies parecían de bronce bruñido, y el sonido de su voz era como rumor de muchedumbre".

            El fuego, a causa de su resplandor y de su acción purificadora, es un símbolo bíblico muy frecuente para representar la santidad divina. Dios es la santidad misma, totalmente separado de la más mínima impureza humana. Por eso, los profetas y autores apocalípticos suelen representar a la divinidad rodeada de fuego.

            El vidente de Patmos percibe en la visión que Jesucristo tenía en su mano derecha, es decir, en su poder, 7 estrellas, que representaban las 7 iglesias a las cuales se dirige Juan. Como se nos dirá en el v.14 de este capítulo, las estrellas simbolizan los ángeles protectores de las 7 iglesias, que debían velar por cada una de ellas. De la boca de Cristo sale una espada de 2 filos, que es el símbolo de su autoridad de juez supremo, a cuyos fallos nadie puede resistir (v.14-16).

            Todos los elementos de esta descripción contribuyen a darnos una imagen impresionante del misterioso personaje que se le aparece a Juan, el cual, como ya dejamos indicado, no es otro que Jesucristo glorioso.

            A la vista de esta aparición, San Juan sufre un desmayo, del que le hace volver Cristo, que le conforta, inspirándole confianza. Escenas semejantes las encontramos en los profetas Ezequiel y Daniel. Las palabras que le dirige Cristo son tranquilizadoras, y se proponen infundirle ánimo. Con este mismo fin, Jesucristo enumera sus títulos y poderes: yo soy el primero y el último (v.18). Esta designación, tomada probablemente de Isaías 44:6, en donde se aplica a Yahvé, es sinónima de la expresión alfa y omega. Dios siempre es el mismo; y por eso Juan no ha de temer, pues Jesucristo es tan misericordioso como cuando él le conoció en este mundo.

            A continuación Cristo se presenta como resucitado. Y reivindica una triple prerrogativa: en primer lugar afirma su poder sobre la vida (tengo las llaves), la muerte y el infierno (= Seol o Hades). Seguramente el autor sagrado alude aquí al descenso de Cristo a los infiernos para librar a los allí detenidos. Jesucristo es señor del infierno porque tiene las llaves, es decir, el poder para penetrar en aquel lugar misterioso en donde estaban reunidos los muertos. Y es dueño de la muerte, porque sobre ella ejerce su soberanía.

            Cuando quiere la puede soltar para que actúe en el mundo y la puede volver a encerrar bajo llave cuando lo estime conveniente. Este poder extraordinario de Cristo ha de servir para tranquilizar a San Juan, y para justificar ante sus ojos y ante los de las siete iglesias el mensaje que va a comunicarle.

            Una 2ª prerrogativa de Cristo es la de tener derecho de gobierno sobre las iglesias. Y, finalmente, es dueño de los destinos de esas mismas iglesias y del mundo entero. Estas 2 últimas prerrogativas están expresadas en el v.1, cuando Cristo ordena a Juan escribir para las 7 iglesias tanto lo presente como lo que ha de suceder después. Las cosas presentes se refieren al estado de las 7 iglesias, y las cosas futuras parecen aludir a lo que dirá en el resto del Apocalipsis. Por consiguiente, la profecía tendrá por objeto no sólo el futuro, sino también el presente. San Pablo concebía el carisma de la profecía como un don que Dios da para exhortar, consolar y edificar.

            Las iglesias están representadas por 7 candeleros (v.20), porque participan de la luz de Cristo. El hijo del hombre, Cristo, vive en medio de ellos (cf. v.13). Las 7 estrellas en la mano diestra de Cristo representan los ángeles de las 7 iglesias. Según las concepciones judías, entonces vigentes, no sólo el mundo material estaba regido por ángeles, sino también las personas y las comunidades. De ahí que San Juan considere cada iglesia regida por un ángel, que era el responsable de su buena conducta. Estos ángeles tutelares eran los obispos de las diversas iglesias, que, a su vez, representaban a Cristo ante las comunidades.

d) Las 7 cartas a las Iglesias, c. 2-3

            Estos 2 capítulos se diferencian claramente del resto del libro. Y, sin embargo, son inseparables de todo el conjunto del Apocalipsis. Porque, de una parte, la mención de los atributos de Jesucristo, al comienzo de cada una de las cartas, está tomada de la visión inaugural; de otra parte, las promesas con que termina cada epístola resultan incomprensibles si no se tiene presente el final del Apocalipsis, que da la explicación de símbolos como el "árbol de la vida" y la "nueva Jerusalén". El mismo Cristo, que en in había ordenado al profeta escribir cuanto viere, es el mismo que ahora dicta a San Juan estas epístolas dirigidas a las 7 iglesias.

            El plan de las cartas es uniforme, y la simetría es casi perfecta. Todas comienzan por esto dice, y el que habla es Jesucristo, designado por uno de sus 7 atributos: por aquel que dice mayor relación con la condición especial de cada Iglesia. Todas terminan por una promesa dirigida al vencedor, o sea a todo cristiano fiel, la cual responde más o menos directamente al atributo proclamado. En el cuerpo de cada carta también se observa el mismo orden. Las palabras de Cristo comienzan en todas las cartas por conozco, que tiene por complemento la situación de la Iglesia, con las amonestaciones oportunas. En todas las cartas se encuentra la expresión el que tenga oídos, y a continuación se declara que es el Espíritu el que habla a las Iglesias, es decir, el Espíritu Santo que posee Jesús. Este Espíritu aparece aquí como una persona.

            La doctrina de las cartas presenta muchas semejanzas con el resto del NT, especialmente con los sinópticos, con las epístolas a los Tesalonicenses, Colosenses, con la epístola de Santiago y la 1ª carta de Pedro. La cristología se presenta ya muy avanzada, sobre todo en la afirmación clara de la divinidad de Jesús. El objeto principal de las promesas (a semejanza del 4º evangelio) es la vida de la gracia, la vida eterna del evangelio, comenzada ya en este mundo y que se completará en la gloria.

            Los motivos que indujeron a San Juan a escribir estas cartas debieron de ser los peligros y errores que comenzaban a introducirse en las comunidades cristianas. Los peligros de las iglesias son más bien interiores que exteriores. La persecución parece que es todavía considerada como algo futuro. Juan conoce perfectamente la historia y la geografía de estas ciudades asiáticas, lo que supone que ya había vivido en ellas.

            Las cartas están dirigidas al ángel de cada iglesia, que debe representar al jefe o al obispo de cada una de ellas. Esto supone que ya existía en todas partes un episcopado monárquico. Aunque el apóstol fuese el obispo de Efeso, esto no impide que San Juan se dirija al pastor de esta iglesia, ya que podía tener un pastor local distinto del apóstol; o, al menos, alguien había tenido que sustituirle durante su destierro.

e) Carta a la Iglesia de Efeso, 2:1-7

1Al ángel de la Iglesia de Éfeso escribe: Esto dice el que tiene en su diestra las siete estrellas, el que se pasea en medio de los siete candeleros de oro. 2Conozco tus obras, tus trabajos, tu paciencia, y que no puedes tolerar a los malos, y que has probado a los que se dicen apóstoles, pero no lo son, y los hallaste mentirosos, 3y tienes paciencia y sufriste por mi nombre, sin desfallecer. 4Pero tengo contra ti que dejaste tu primera caridad. 5Considera, pues, de dónde has caído, y arrepiéntete, y practica las obras primeras; si no, vendré a ti y removeré tu candelero de su lugar si no te arrepientes. 6Mas tienes esto a tu favor, que aborreces las obras de los nicolaítas como las aborrezco yo. 7El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de mi Dios.

            Éfeso es nombrada en primer lugar a causa de su importancia y por ser la metrópoli de la provincia proconsular de Asia. La ciudad era muy antigua y la más rica del Asia Menor en aquel tiempo. Dotada de un gran puerto, con un territorio muy fértil, y una industria muy floreciente, era un gran centro comercial entre el Oriente y el Occidente. En ella confluían las grandes vías romanas que venían de Galacia, de Mesopotamia y de Antioquía. Su grandioso templo de Artemisa, considerado como la 7ª maravilla del mundo, era famoso en toda la antigüedad y hacía de la ciudad un centro religioso de los más notables del mundo antiguo. En la época de Domiciano vino a ser también el centro del culto imperial de la provincia proconsular de Asia. Era también la residencia del procónsul romano. Y en ella residía una numerosa colonia judía.

            La Iglesia de Éfeso había sido fundada por San Pablo en su 3º viaje apostólico. El apóstol de las gentes llegó a Éfeso por los años 53-56, y predicó allí con grande éxito durante casi 3 años. Tuvo que abandonar la ciudad a causa de la sublevación de los orfebres, que veían amenazada su industria de fabricación de estatuitas de Diana con la propagación de la fe cristiana. Más tarde, probablemente después de la Destrucción de Jerusalén (ca. 70 d.C), San Juan vino a establecerse en Éfeso, y allí se mostraba su sepulcro y hasta la casa en que había vivido en compañía de la Virgen María. Después de la Caída de Jerusalén, Éfeso vino, pues, a convertirse en el primer centro del cristianismo oriental. En la actualidad, Éfeso no es más que un campo de ruinas grandiosas, que, por sí solas hablan de la importancia que tuvo esta ciudad en la época en que San Juan escribía el Apocalipsis.

            Jesucristo es presentado hablando y dictando al vidente de Patmos (v.1). La orden que le da es que escriba las cosas que le va a decir para comunicárselas al ángel de la Iglesia de Éfeso. En todas las cartas se repite el mismo mandato con las mismísimas palabras. Sólo cambia el nombre de la ciudad a la cual va dirigida la carta. El ángel, en estos pasajes, muy probablemente simboliza al obispo de cada una de las Iglesias. Así lo han entendido generalmente los padres latinos. Y esto explicaría los reproches que Jesucristo les dirige tocante a su conducta, lo cual resultaría de difícil explicación si admitimos que se trata de los ángeles tutelares de cada iglesia.

            El autor sagrado describe a Cristo con rasgos tomados de Ap 1:13. Se añade, además, el detalle de que se pasea en medio de los 7 candeleros de oro, como para significar con esta actitud su dominio sobre todas las Iglesias, pues Éfeso era como la metrópoli de todas las demás que ha de nombrar. Jesucristo tiene en su mano y domina a todos los jefes de las iglesias, y es señor absoluto de ellas. El hecho de pasear por en medio de ellas significa que Cristo vigila constantemente sobre esas comunidades cristianas.

            Jesucristo conoce la vida de la Iglesia de Éfeso, de la cual hace un gran elogio. En los trabajos sufridos y en las persecuciones padecidas por el nombre de Jesús ha mostrado paciencia; y no ha tolerado la presencia de malvados y falsos apóstoles en su comunidad (v.2-3). Se hace particular referencia a los pseudo-apóstoles, de los cuales habla ya San Pablo en 2 Cor, poniendo en guardia a los fieles contra esos falsos maestros. Se servían de mil maneras para sembrar entre los cristianos doctrinas corruptoras, que producían confusión y mucho daño en las almas.

            La Didaché manda que para descubrir el verdadero espíritu de los que se presentaban como apóstoles, profetas, maestros, se confrontase su vida y doctrina con la vida y la doctrina de Cristo. La Iglesia de Éfeso los ha probado y los ha hallado mentirosos. Se debe de tratar de los nicolaítas (v.6) o de otros propagandistas de la semilla gnóstica, o también de judíos o judaizantes, que se esforzaban por introducirse y perturbar las comunidades cristianas. El Señor alaba la conducta de la Iglesia de Éfeso con estos falsos doctores. San Ignacio de Antioquía alaba igualmente a la Iglesia de Éfeso por haber cerrado sus oídos a los falsos doctores.

            El hermoso elogio que hace Jesucristo de esta iglesia, tanto en lo referente a su fidelidad doctrinal como en la paciencia manifestada en las persecuciones, supone que la vida cristiana en lo que tiene de más esencial era floreciente en ella. Pero entonces, ¿cómo se entiende el reproche que le dirige: Tengo contra ti que dejaste tu primera caridad? (v.4). Ahora bien, la caridad es la virtud esencial de la vida cristiana. ¿Cómo explicar, pues, esta especie de paradoja?

            Para entender esto hemos de tener presente que el verbo, empleado aquí por San Juan, puede significar "renunciar, abandonar", pero también "aflojar, descuidar". Y el reproche que le dirige Cristo parece ser a causa de su negligencia. El aflojamiento de los efesios en la caridad, sin constituir un abandono propiamente dicho de la caridad, es una desobediencia progresiva o una vía de escape de una obligación rigurosa que tienen todos los cristianos de practicar la caridad. Por consiguiente, la Iglesia de Éfeso se ha resfriado en el fervor de su 1ª caridad. San Juan opone la caridad actual de la Iglesia a la que tuvo en un principio, es decir, después de la conversión de los efesios. La caridad en aquella época era muy fervorosa. Pero con el tiempo, en lugar de desarrollarla mediante el continuo ejercicio para que diese sus frutos, la han dejado decaer.

            La caridad de que nos habla aquí Juan no parece referirse únicamente al fervor interior, y en Ap 2:5 es asociada expresamente con las obras. De donde se deduce que se trata de la manifestación concreta del amor. Y esa manifestación se lleva a cabo por medio de las obras de caridad para con el prójimo, especialmente para con los pobres. Por lo tanto, esta caridad debe de ser la caridad fraterna manifestada en las obras de misericordia. El reproche del v.4 está, por consiguiente, en una línea auténticamente joánica, pues el mismo San Juan es el que dice: "Quien ama a su hermano está en la luz, y en él no hay escándalo". La caridad es como el lazo que da consistencia y vigor a todas las virtudes. Los efesios, con su cansancio en la práctica de esta virtud, ponen en peligro toda su vida moral. Su pereza en el ejercicio de las obras de caridad les conduce a una especie de tibieza espiritual. Conservan, es verdad, su capacidad de amar divinamente, porque no han perdido la gracia, pero se muestran perezosos en la práctica de la caridad.

            Después Jesucristo exhorta a la Iglesia de Éfeso a la reflexión, al arrepentimiento y a la práctica de sus obras primeras de caridad. De lo contrario, el Señor vendrá y removerá el candelera de su lugar (v.5). La amenaza simbólica podría ser una alusión a los desplazamientos sucesivos de la ciudad y su definitiva destrucción. Para otros significaría más bien que la comunidad de Éfeso decaería de su rango, perdiendo la primacía religiosa que entonces tenía en el Asia Menor.

            Sin embargo, la Iglesia de Éfeso tiene a su favor el hecho de haber aborrecido las obras de los nicolaítas (v.6). No sabemos con seguridad quiénes eran estos nicolaítas. En la antigüedad ha habido muchos escritores que ligaban equivocadamente esta secta con el diácono Nicolás. No obstante, no se conoce con certeza ni su autor ni sus enseñanzas erróneas, que debieron de ser de orden moral. Según Clemente Alejandrino, los nicolaítas permitían comer las carnes sacrificadas a los ídolos, después de echar sobre ellas los exorcismos, y afirmaban que la fornicación no era pecado. En cuyo caso, los nicolaítas constituirían una especie de herejía pregnóstica, que sería la continuadora, en las iglesias del Asia, del error del cual nos hablan las epístolas paulinas de la cautividad y las pastorales.

            Ha habido también autores modernos que han visto en nicolaítas un juego de palabras: los nicolaítas habría que identificarlos con los baalamitas de la Iglesia de Pérgamo y con la Jezabel de Tiatira, pues reflejarían los mismos vicios. En este caso, las palabras griegas νίκα λαόν (lit."él domina al pueblo") de Dios, equivaldrían a la expresión hebrea baaíam (lit. "dueño del pueblo") de Dios. Se trataría, pues, de un nombre simbólico, no de un nombre histórico. A continuación San Juan trata de atraer la atención de sus lectores para que mediten seriamente en el sentido del mensaje que les acaba de exponer: el que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias (v.7).

            En los evangelios, Jesucristo emplea también frecuentemente esta misma expresión. El Espíritu que habla es el Espíritu Santo, inspirador de los profetas. Pero aquí es presentado como Espíritu de Cristo, porque es el mismo Cristo el que habla. Ese Espíritu conoce perfectamente el corazón de los hombres y sabe valorar sus acciones. Por eso puede reprender y corregir con conocimiento de causa. Y al mismo tiempo, como Dios, puede amenazar con castigos o bien ofrecer premios. Al cristiano que haya sido fiel y que, por lo tanto, haya resultado vencedor el Señor le dará en premio a comer del árbol de la vida (v.7).

            La vida cristiana es una especie de milicia, pues presupone una continua lucha contra todo lo que le puede apartar de Dios. Pero al que venciere, el Señor le dará el don de la inmortalidad. La imagen del árbol de la vida procede del Génesis, que lo coloca en medio del paraíso, guardado por querubines para que el hombre caído no logre arrebatar su fruto y recobrar la inmortalidad. En la literatura rabínica y apocalíptica se alude con frecuencia al árbol de la vida que se da a comer a los vencedores. Y según las ideas judías de entonces, atestiguadas por diversos apocalipsis apócrifos, el paraíso y el árbol de la vida debían volver a aparecer al fin de los tiempos para gozo de los elegidos.

            Sin embargo, el árbol es una pura imagen. El premio prometido es la inmortalidad bienaventurada. El árbol de la vida, que estaba en el paraíso terrenal, confería al que lo comía el don de la inmortalidad. Pero, por el pecado, el hombre quedó privado del don de la inmortalidad. Ahora Cristo promete a todo cristiano que venciere al pecado el don de la inmortalidad gloriosa en el cielo. Esto es lo que significa comer del árbol de la vida que está en el paraíso de mi Dios. La literatura apocalíptica, siguiendo en esto el ejemplo de los profetas, idealiza frecuentemente el futuro mesiánico comparando su felicidad con la del paraíso terrestre.

            En virtud de la identidad joánica entre gracia y gloria, también se podría ver aquí la presencia de Cristo en el alma fiel. Desde esta vida Cristo y el Espíritu Santo nutrirán a los cristianos fieles con el alimento que da la vida.

f) Carta a la Iglesia de Esmirna, 2:8-11

8Al ángel de la Iglesia de Esmirna escribe: Esto dice el primero y último, que estuvo muerto y ha vuelto a la vida: 9Conozco tu tribulación y pobreza, aunque estás rico, y la blasfemia de los que dicen ser judíos y no lo son, antes son la sinagoga de Satán. 10Nada temas por lo que tienes que padecer. Mira que el diablo os va a arrojar a algunos en la cárcel para que seáis probados, y tendréis una tribulación de diez días. Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida. 11El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El vencedor no sufrirá daño de la segunda muerte.

            Esmirna era otra de las grandes ciudades del Asia Menor, situada a 50 km al norte de Éfeso. Edificada sobre una gran bahía, disfrutaba de un magnífico puerto. Se distinguió siempre por su fidelidad a Roma en sus luchas contra los Seléucidas, Cartago y Mitrídates. Por eso se le concedió el título de fiel. Este fervor por Roma lo manifestó también levantando (ca. 195 a.C) un templo a la diosa Roma. En el año 26 d.C obtuvo, antes que Éfeso y Sardes, el privilegio de erigir un templo a Tiberio, a Livia y al Senado.

            Ignoramos cuándo recibió Esmirna la fe de Cristo. Es muy probable que la haya recibido de Éfeso, por medio de algunos convertidos por San Pablo en esta ciudad. Esmirna era una ciudad rica y de mucho comercio. Por eso contaba con una comunidad numerosa de judíos. Es probable que por la fecha en que se escribía el Apocalipsis fuese ya obispo de Esmirna San Policarpo, discípulo de San Juan que, al morir mártir por no querer decir "César es Señor" (ca. 156), llevaba 86 años sirviendo a Cristo. Los judíos fueron los que impulsaron al pueblo a pedir su muerte. De todas las ciudades antiguas de la provincia, es Esmirna la única que ha renacido de sus cenizas, gracias a su magnífico puerto. Se supone que Esmirna fue la patria de Hornero.

            La carta dirigida a la Iglesia de Esmirna es la más breve de todas. Y sólo contiene elogios, lo cual parece indicar que era una comunidad ejemplar. Comienza con el mandato de escribir dirigido al obispo de Esmirna. Jesucristo se describe a sí mismo con los dos epítetos del v. 18: es el primero y el último, el que estuvo muerto y ha vuelto a la vida (v.8). Cristo se mantuvo siempre fiel a la voluntad de su Padre, incluso en el momento terrible de su pasión y muerte. Por este motivo obtuvo la vida. La Iglesia de Esmirna ha de hacer otro tanto, aun cuando se vea sumergida en la tribulación.

            Jesucristo hace un buen elogio de la iglesia de Esmirna, que ha sufrido mucho, pero que todavía tendrá que sufrir más. En la causa de estos padecimientos tendrán parte los judíos, los cuales no merecen este honroso nombre, sino el de sinagoga de Satán (v.9).

            Los judíos, muy numerosos e intrigantes en Esmirna, como en Éfeso, han sido siempre particularmente duros para el cristianismo, como se ve por el Martirio de Policarpo (en el que son ellos los principales instigadores contra el santo obispo). Aquí, como en tantas otras partes, se cumple el dicho de Tertuliano: "synagogas iudaeorum fontes persecutionum". La blasfemia de los que dicen ser judíos y no lo son debió de consistir probablemente en renegar de Jesucristo y de su Iglesia. Por eso mismo, no son verdaderos judíos; pues, en realidad, solamente los que creen en Jesucristo son los verdaderos judíos, los auténticos herederos de los privilegios del pueblo elegido.

            Los cristianos son, como dice San Pablo, el verdadero Israel de Dios. San Juan también reconoce el singular privilegio de los judíos, como se ve por su evangelio y por este pasaje, pero a condición de que se mantengan en el plan establecido por Dios. En una ciudad rica, los fieles son pobres en bienes materiales, pero ricos en virtudes y merecimientos ante Dios.

            La antítesis riqueza espiritual y pobreza material es empleada de nuevo, aunque en sentido inverso, en la carta a la Iglesia de Laodicea. La comunidad cristiana de Esmirna se encuentra en estado de tribulación y de pobreza, causado probablemente por la persecución de los judíos, auxiliados a su vez por los poderes públicos. Unos y otros se han aprovechado de la ocasión para despojar a los cristianos de sus bienes. Por otra parte, sabemos que los cristianos primitivos procedían en su mayoría de la clase más pobre y humilde.

            El Señor anuncia a los esmirnenses a no temer (v.10) la persecución que el diablo va a desencadenar contra algunos de la comunidad. El diablo, sirviéndose de la sinagoga de Satán, arrojará en la cárcel a estos esforzados campeones de Cristo. Pero la tribulación, o la prueba permitida por Dios, durará solamente 10 días.

            Esta expresión designa una corta duración, y es un símbolo de la impotencia de Satanás. Ante la prueba ya próxima, Jesucristo exhorta a los cristianos a mantenerse fieles a la fe hasta la muerte. La prueba suprema del amor del cristiano es el martirio. La exhortación a mantenerse fiel se comprende bien teniendo en cuenta que la fidelidad a Roma era la nota que había caracterizado siempre a la ciudad de Esmirna. Al que se haya mantenido firme en medio de la tribulación el Señor promete darle la corona de la vida, es decir, la corona de la vida eterna, que será el premio que Dios dará a los que hayan perdido la vida terrena por amor de él.

            La imagen de la corona de la vida está tomada de los juegos griegos, en los que el atleta vencedor era coronado. Ya San Pablo había comparado la vida cristiana a una carrera en el estadio, en la cual sólo los vencedores obtendrán la corona de la vida eterna. También la imagen aludida de la corona pudiera estar inspirada en la belleza, de la ciudadela, que era llamada por los antiguos la "corona de Esmirna". Sabido es que San Juan, en las cartas a las diversas iglesias, suele aludir a las cosas verdaderamente específicas de cada una de ellas.

            El Señor termina la carta prometiendo al vencedor que no sufrirá daño de la 2ª muerte (v.11). La 2ª muerte significa la muerte eterna, la pérdida del alma y la privación eterna de Dios en el estanque de fuego. De todo esto se verá libre el cristiano que permanezca fiel a Dios hasta la muerte. El autor sagrado parece contraponer la 2ª muerte a la 1ª, es decir, a la muerte corporal, que algunos de los esmirnenses iban a sufrir pronto como mártires. Por eso Jesucristo se ha presentado a esta iglesia como el principio y el fin de toda vida, como el que pasó por la muerte para vivir eternamente.

g) Carta a la Iglesia de Pérgamo, 2:12-17

12Al ángel de la Iglesia de Pérgamo escribe: Esto dice el que tiene la espada, la espada de dos filos, la aguda: 13Conozco dónde moras, donde está el trono de Satán, y que mantienes mi nombre, y no negaste mi fe, aun en los días de Antipas, mi testigo, mi fiel, que fue muerto entre vosotros, donde Satán habita. 14Pero tengo algo contra ti: que toleras ahí a quienes siguen la doctrina de Balam, el que enseñaba a Balac a poner tropiezos delante de los hijos de Israel, a comer de los sacrificios de los ídolos y fornicar. 15Así también toleras tú a quienes siguen de igual modo la doctrina de los nicolaítas. 16Arrepiéntete, pues; si no, vendré a ti pronto y pelearé contra ellos con la espada en mi boca. 17El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Al que venciere le daré del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en ella escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe.

            Pérgamo, otra de las grandes ciudades de Asia Menor, estaba a unos 70 km al norte de Esmirna y a unos 30 km del mar. Su grandeza y prosperidad databan del 282 a.C, en que fue constituido el reino de los Atálidas (que duró hasta el 133 a.C). En este año, el rey Átalo III se sometió al dominio de Roma. Estaba situada sobre una solitaria colina de unos 300 m. de altura, desde la que dominaba el amplio valle del Caico.

            Los reyes de Pérgamo habían fundado en ella una gran biblioteca, que competía con la de Alejandría. Esto dio origen al desarrollo de una industria (la del pergamino) que sustituía al papiro para la composición y escritura de los libros. Fue famosa por sus monumentos religiosos, entre los cuales descollaba el Santuario de Zeus, en el que los reyes de Pérgamo habían levantado un altar colosal, en uno de cuyos lados estaba representada la Gigantomaquia (o lucha de los gigantes con los dioses). También era notable el Santuario de Esculapio, a cuya sombra nació el cultivo de la medicina. De sus escuelas salió el insigne Galeno. Pérgamo fue la sede de un Augusteum, o templo dedicado al emperador Augusto, y otro dedicado a la diosa Roma. Sobre los orígenes del cristianismo en Pérgamo nada sabemos.

            Después de la invitación a escribir, común a todas las cartas, Jesucristo se presenta empuñando la espada de 2 filos (v.12). El contexto de la carta indica claramente que se trata del poder irresistible de la palabra divina. La palabra de Cristo es penetrante como una aguda espada de 2 filos. Los que no sean fieles a la doctrina cristiana serán combatidos por el mismo Jesucristo con la espada de su boca (cf. v.16).

            Cristo alaba la fe y la fortaleza de la Iglesia de Pérgamo, porque, aun morando donde está el trono de Satán, ha mantenido firme la fe recibida. Pérgamo podía ser llamada con mucha propiedad trono de Satán (v.13), a causa de sus templos, de los cultos paganos y de su colegio sacerdotal. El Templo de Zeus dominaba, desde la acrópolis, los valles que rodeaban la ciudad. Además, era el centro del culto imperial oficial, por lo cual venía como a dominar sobre todos los demás templos de Asia Menor.

            El Señor hace el elogio de su constancia por su fidelidad en una ocasión determinada, probablemente en una explosión del furor pagano, en que sufrió la muerte el mártir Antipas. Nada sabemos de él fuera de lo que nos dice este pasaje del Apocalipsis. Los bolandistas lo colocan en el 11 de abril, y afirman que padeció martirio bajo Domiciano, quemado dentro de un buey de bronce. Antipas tal vez haya sido martirizado por rehusar el culto al emperador de Roma, es decir, por no querer reconocer el título de Kyrios (lit. Señor) al emperador, reservándolo únicamente para Cristo.

            Los cristianos se opusieron tenazmente ya desde un principio a dar al César el título de Καίσαρ Κύριος (lit. "el César es el Señor"), porque lo consideraban como un título divino, que no era lícito dar a ninguna persona humana. En el Martirio de Policarpo se lee que los jueces incitaban a este ilustre santo a pronunciar el César Kyrios como una formalidad cualquiera, con lo cual se libraría de la muerte. Pero el santo rehusó, pues teniendo en cuenta el significado que se le atribuía, constituía una grave blasfemia.

            A pesar de la fidelidad demostrada por la Iglesia de Pérgamo, el Señor tiene sus quejas contra ella: tolera en su seno a los que siguen las doctrinas de Balam y de los nicolaítas (v.14-15). El v.15 parece identificar (según opinión de la mayoría de los intérpretes) los nicolaítas con los secuaces de Balam. Este famoso adivino fue llamado por Balac, rey de Moab, para que maldijera a los israelitas, que amenazaban su reino.

            Balac esperaba que la maldición tuviese como efecto la destrucción de Israel. Pero Balam en lugar de maldecir, es obligado por Yahveh a proferir sobre Israel magníficas bendiciones. Sin embargo, por Núm 31:16 sabemos que las mujeres moabitas y madianitas indujeron a los israelitas, por consejo de Balam, a tomar parte en los cultos idolátricos de Baal Fogor. Así lo afirma también un comentario haggádico judío, añadiendo que fue Balam el que dio este perverso consejo al rey de Moab, A esta interpretación parece aludir nuestro pasaje. Balam quedó en la literatura judaica como el prototipo del inductor al mal.

            A semejanza de Balam, hay en la Iglesia de Pérgamo falsos doctores que con sus doctrinas erróneas inducen a los fieles al mal. Es probable que San Juan mire aquí a algún falso doctor que no tenía reparo en enseñar ser lícito tomar parte en los banquetes de los ídolos, en los sacrificios paganos o también dejarse llevar del desenfreno moral. El problema de los idolotitos preocupó ya desde un principio a los apóstoles.

            San Pablo había tenido que intervenir en este asunto para dar normas concretas a las cuales debían atenerse los fieles. Según esto, la fornicación de que nos habla el v.14 hay que entenderla de la connivencia con la idolatría. Es muy frecuente en los profetas del AT el considerar la idolatría como una fornicación. La razón de esto está sin duda en el hecho de que Israel era considerado por esos mismos profetas como la esposa de Yahveh. Al darse a la idolatría venía como a prostituirse a un extraño, faltando así a la fidelidad debida a su esposo Dios. Sin embargo, es también posible que haya que tomar la expresión fornicar de nuestro texto en sentido propio, pues las fiestas religiosas de Pérgamo, en las cuales tal vez participaban algunos cristianos, solían llevar consigo desórdenes morales.

            Cristo exhorta a la Iglesia al arrepentimiento y a la corrección. De lo contrario vendrá pronto a ella y peleará contra los corruptores con la espada de su boca (v.16). Esta espada no designa otra cosa que el fallo de su justicia pronunciado por su boca. Cristo, en cuanto juez, condenará con terrible castigo a los falsos doctores que se esfuerzan por seducir a los fieles de Pérgamo.

            Al vencedor en los combates de la fe le promete, en cambio, dos cosas: el mana escondido y una piedrecita blanca (v.11). En el maná hay una clara alusión al Éxodo, durante el cual Dios alimentó a su pueblo con este alimento caído del cielo. Por el libro del Éxodo también sabemos que una muestra del maná se conservó escondida en el Arca de la Alianza. La tradición rabínica también consideraba como algo característico de la era mesiánica la reaparición del maná, escondido en el tercer cielo. La mención del maná en este pasaje tal vez haya sido sugerida por la alusión a Balam y a los recuerdos del Éxodo, o bien por contraposición a los idolotitos de los que ha hablado en el v.14.

            El maná, junto con el árbol de la vida y el agua de la vida, vendrán como a formar el alimento de inmortalidad para los elegidos. En el 4º evangelio, el maná es símbolo de la eucaristía. También aquí San Juan parece referirse al alimento espiritual que es la eucaristía, como reconocen casi todos los intérpretes. La eucaristía es el alimento que da la verdadera vida, y se opone a los idolotitos que dan la muerte. Hay algunos autores, sin embargo, que piensan que la eucaristía no es el premio aludido, porque los fieles de Pérgamo ya la poseían. El premio prometido al vencedor sería más bien de tipo escatológico. Se referiría a la visión beatífica, que sacia totalmente las ansias y deseos del bienaventurado. En este sentido hablaría el arcángel Rafael cuando decía a Tobías: "los ángeles se sustentan de un manjar invisible, y de una bebida que los hombres no pueden ver".

            La piedrecita blanca (el blanco es color de victoria y de alegría) es una imagen tomada probablemente de los billetes de entrada (tessera) a los teatros, a los banquetes, o bien de los talismanes protectores, que solían llevar un nombre mágico grabado. Esta piedrecita blanca dada a los cristianos fieles simboliza el billete para entrar y tomar parte en el banquete celestial, en el reino de los cielos.

            La literatura rabínica también refiere que con el maná cayeron del cielo piedras preciosas. No es del todo improbable que el autor del Apocalipsis haga referencia a esta opinión rabínica. Otra hipótesis muy sugestiva es la que identifica la piedrecita blanca del Apocalipsis con el símbolo (σύνθημα) que Arístides de Esmirna recibió de Esculapio de Pérgamo como consolador auxilio moral. El nombre nuevo, que va escrito sobre la piedrecilla, alude probablemente a un nombre de Cristo. Solamente el que posee ese nombre conoce su sentido, y únicamente será gustado por los fieles que han triunfado.

            Con esto se quiere poner más de realce, posiblemente, un lazo mucho más íntimo entre Cristo y el alma del cristiano. Sería la experiencia íntima y personal que el cristiano tenga de Jesucristo. Sólo aquel que la sienta podrá darse cuenta de ella: es un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe (v.17). También podría interpretarse el nombre nuevo como equivalente a santo y seña, con el que se facilitaría al agraciado la entrada al banquete celeste.

h) Carta a la Iglesia de Tiatira, 2:18-29

18Al ángel de la Iglesia de Tiatira escribe: Esto dice el Hijo de Dios, cuyos ojos son como llamas de fuego, y cuyos pies son semejantes a azófar: 19Conozco tus obras, tu caridad, tu fe, tu ministerio, tu paciencia y tus obras últimas, mayores que las primeras. 20Pero tengo contra ti que permites a Jezabel, esa que a sí misma se dice profetisa, enseñar y extraviar a mis siervos hasta hacerlos fornicar y comer de los sacrificios de los ídolos. 21Yo le he dado tiempo para que se arrepintiese; pero no quiere arrepentirse de su fornicación, 22y voy a arrojarla en cama, y a los que con ella adulteran, en tribulación grande, por si se arrepienten de sus obras. 23Y a sus hijos los haré morir con muerte arrebatada, y conocerán todas las iglesias que yo soy el que escudriña las entrañas y los corazones, y que os daré a cada uno según vuestras obras. 24Y a vosotros, los demás de Tiatira, los que no seguís semejante doctrina y no conocéis las que dicen profundidades de Satán, no arrojaré sobre vosotros otra carga. 25Solamente la que tenéis, tenedla fuertemente hasta que yo vaya. 26Y al que venciere y al que conservare hasta el fin mis obras, yo le daré poder sobre las naciones, 27y las apacentará con vara de hierro, y serán quebrantados como vasos de barro, 28como yo lo recibí de mi Padre, y le daré la estrella de la mañana. 29El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

            Tiatira, la menos importante de las 7 ciudades nombradas por San Juan, estaba situada a 65 km al sureste de Pérgamo. Antes de que fuera incorporada al Imperio Romano era una pequeña ciudad de guarnición entre la Misia y la Lidia, levantada por Seleuco I (ca. 312-280 a.C), y estaba situada entre los ríos Caico y Hermo. Hacia el año 190 a.C fue conquistada por Roma, y desde entonces comenzó a crecer la ciudad, llegando a alcanzar un desarrollo industrial muy floreciente. Era célebre en la antigüedad por sus industrias de tejidos, de tintorería y de fundición.

            Esto contribuyó en Tiatira al desarrollo de sus numerosas asociaciones obreras y patronales de carácter profesional y religioso, como nos lo atestigua la epigrafía de la ciudad. Eran frecuentes los banquetes idolátricos que se celebraban con motivo de las fiestas patronales de cada gremio laboral. Por lo cual los cristianos se veían con frecuencia en compromiso, al sentirse por una parte obligados a cumplir con sus deberes gremiales y, por otra, a llevar a efecto sus exigencias cristianas. Era famoso el templo dedicado a la sibila oriental Sambata, que, por eso, era llamado Sambatheion. Ignoramos de qué manera penetró en esta ciudad el cristianismo. Sólo sabemos que entre los convertidos por San Pablo en Filipos se contaba una mujer, por nombre Lidia, originaria de Tiatira y dedicada al comercio de la púrpura.

            La carta a la Iglesia de Tiatira es la más larga de todas. En ésta, y en las otras tres que faltan, se invierten las 2 constantes finales.

            El título de Hijo de Dios (v.18) sólo se encuentra bajo esta forma en este pasaje. Sin embargo, la idea se expresa implícita o equivalentemente en muchos otros lugares del Apocalipsis, con fórmulas diversas. La divinidad de Cristo y su filiación natural era una verdad fundamental del cristianismo. Jesucristo había muerto precisamente por afirmar inequívocamente esta verdad.

            Los ojos de Cristo son como llamas de fuego. Existe en esta expresión una alusión manifiesta a la visión inaugural. Los antiguos creían, al parecer, que los ojos emitían una luz con la cual la visión resultaba mucho más perfecta. Jesucristo tiene un foco de luz potentísimo en sus ojos, con los cuales puede penetrar hasta los más profundos escondrijos de las almas y de los corazones. De este modo puede contemplar la vida de la Iglesia de Tiatira y las maldades que cometen algunos de sus miembros incitados por Satán.

            Los pies de Cristo son semejantes a azófar o a auricalco incandescente, como ya se dijo en Ap 1:15. Para muchos autores el auricalco incandescente designaría un metal muy duro, que serviría para simbolizar la acción de Cristo pisoteando y deshaciendo a sus enemigos y toda clase de maldad que se pueda cometer en este mundo. Sin embargo, la luminosidad de los pies de Cristo nos parece una imagen muy apropiada y en perfecto paralelismo con el fulgor de los ojos, para significar la naturaleza espiritual de Jesucristo, que penetra hasta lo más recóndito del corazón humano.

            Como en las otras cartas, San Juan hace primero el elogio de la Iglesia de Tiatira, para pasar después a los reproches. En 1 Tes también San Pablo procede de la misma forma: los reproches sólo los comienza en el cap. 4. El elogio de la Iglesia de Tiatira es el más rico y espléndido de todas las cartas. Discuten los autores si los términos aquí empleados para describir las virtudes de dicha iglesia han de ser tomados en sentido propio, o si, por el contrario, San Juan cita únicamente un catálogo tradicional de virtudes.

            En las epístolas pastorales de San Pablo encontramos muchas enumeraciones análogas de virtudes. Y en todas es mencionada la caridad, que casi siempre es asociada a la fe y a la paciencia. Esto nos fuerza a considerar la caridad de nuestro texto más bien como una virtud moral que se manifiesta en las obras de misericordia. De modo semejante, la fe designa no la fe teologal propiamente dicha, sino la lealtad y la fidelidad. No obstante, estas manifestaciones concretas de la caridad y de la fe proceden de la íntima unión del alma con Cristo. Por eso, el cristiano caritativo y fiel en la vida ordinaria es el que cree en Cristo y le ama personalmente.

            San Juan alaba las obras (epyoc) de la Iglesia de Tiatira, la 1ª de las cuales es la caridad. El ministerio (διακονία) es probable que se refiera al servicio de los pobres y de los afligidos, es decir, sería una manifestación de la caridad eficiente para con los hombres, y en especial para con los cristianos. La paciencia (υπομονή) es probable que se refiera a la fuerza que da la caridad para sufrir con resignación. Esta es, precisamente, la característica de la caridad, según el Sermón de la Montaña y las epístolas de San Pablo: "la caridad todo lo tolera".

            Además, la Iglesia de Tiatira no se ha estancado en la vida cristiana, sino que ha progresado: sus obras últimas son mayores que las primeras (v.18), no sólo en número sino también en calidad. A la Iglesia de Tiatira le sucede lo contrario de lo que sucedía a la de Éfeso, que había aflojado en su 1ª caridad. En cambio, las obras de caridad de la Iglesia de Tiatira son ahora más excelentes que al principio. Para San Juan, lo que caracteriza el verdadero amor, la auténtica caridad cristiana, es la manifestación externa de ese amor en obras de misericordia.

            Pero no todo es bueno en Tiatira. El apóstol le reprocha varias cosas que pueden ser motivo de perversión para los fieles. Su mal es muy parecido al de Pérgamo, pero da la sensación de estar más extendido. Y como al hablar a la Iglesia de Pérgamo se sirvió el autor sagrado del nombre de Balam, así ahora toma el nombre de Jezabel para designar probablemente a alguna dama influyente de aquella Iglesia.

            El nombre de Jezabel es indudablemente simbólico, y está tomado de la tristemente famosa mujer de Ajab, que introdujo los cultos fenicios en el reino de Israel y persiguió a muerte a los verdaderos profetas. El Señor la castigó con muerte terrible, lo mismo que a toda su descendencia. La Jezabel de que nos habla San Juan (perteneciente posiblemente a la secta de los nicolaítas) enseñaba y fomentaba con su ejemplo la idolatría, participando en los sacrificios de los ídolos. En Tiatira abundaban las asociaciones de artesanos, las cuales celebraban con frecuencia sus fiestas y banquetes religiosos, que darían ocasión a los actos idolátricos aquí condenados.

            A esta dama (Jezabel), o a esta porción de fieles representados por la dama Jezabel, les había dado el Señor tiempo para que se arrepintiesen (v.21), tal vez por medio de una corrección pública; pero no había querido cambiar de conducta. La falsa profetisa se ha empeñado en seguir con sus fornicaciones y adulterios. Los términos fornicación y adulterio pueden aludir a la convivencia con la idolatría, pues en el AT fornicación es sinónimo de idolatría. Pero también pueden designar una doctrina moral laxista, y referirse a los desórdenes que acompañarían la participación de los nicolaítas en los banquetes paganos (v.20-21).

            De la carta dirigida a los de Tiatira se desprende con bastante claridad que los cristianos de esta ciudad tomaban parte, con relativa facilidad, en los banquetes en que se comía carne sacrificada a los ídolos. Lo cual no ha de extrañar si esos banquetes eran los celebrados por los gremios laborales de la industriosa ciudad. Esta costumbre de asistir a los banquetes de los ídolos parece inveterada, pues no quieren arrepentirse de su fornicación.

            Por cuyo motivo, Jesucristo amenaza con arrojarla en cama (v.22), en el lecho de la enfermedad. Es un contraste sarcástico con el lecho del adulterio o con el triclinium de los banquetes sagrados. El Señor va a castigarla, juntamente con sus hijos (v.23), es decir, los que siguen su ejemplo, con una muerte desastrosa, como la que sufrió la fenicia Jezabel. Este castigo lo permite el Señor con el fin de que se arrepienta de sus obras, pues Dios quiere que todos los hombres se salven y les concede el tiempo y las gracias suficientes para ello. Además, el castigo servirá de ejemplo no sólo a la Iglesia de Tiatira, sino también a otros, a los que pudiera llegar el escándalo. Con esto conocerán todos cuan verdaderas son las palabras del profeta: "Yo soy Yahveh, el que escudriña las entrañas y los corazones, y el que os dará a cada uno según vuestras obras".

            A continuación (v.24-25) el Señor contrapone a los que acaba de condenar los demás que se han mantenido fieles a la verdadera doctrina y han conservado pura la tradición apostólica. Estos no han aceptado las profundidades de Satán. La expresión profundidades de Satán parece designar el sistema doctrinal nicolaíta, que nosotros no conocemos. Los adherentes a este sistema enseñaban errores doctrinales, unidos a un cierto libertinaje moral, que les llevaba a separarse de la doctrina recibida de los apóstoles. Porque consideraban esta doctrina apostólica como un peso insoportable. Pero San Juan les dice que la única carga que Cristo impone a los fieles es la de conservar la fe en él (v.25), absteniéndose de toda participación en las ceremonias idolátricas, especialmente en los banquetes sagrados.

            El Concilio de Jerusalén también había prohibido comer carne sacrificada a los ídolos, principalmente por lo que esto implicaba de participación en los cultos paganos. De ahí que los cristianos fieles de Tiatira hayan de guardar firmemente la doctrina apostólica, hasta que venga Cristo. Se refiere el autor sagrado a la manifestación escatológica de Jesucristo como juez del mundo. Entonces, cuando Cristo venga, al que venciere y perseverare hasta el fin en las obras de fe y caridad, a las que ha aludido arriba, le dará un premio singular: el dominio sobre las naciones (v.26).

            La expresión está tomada del Salmo 2, en el que se dice del Mesías que regirá las naciones con cetro de hierro y las quebrará como vaso de barro. Es la promesa que Dios hace al Mesías futuro de constituirlo soberano de todos los pueblos. De este poder que el Mesías recibe de Dios (v.28) participarán en su día los fieles de Cristo, que ahora sufren la opresión de las naciones rebeldes a la fe. Cuando los elegidos reinen con Cristo en el cielo participarán de algún modo en su soberanía, porque juntamente con él han logrado vencer al mundo. San Juan insiste frecuentemente en el Apocalipsis sobre el dominio absoluto de Cristo victorioso sobre todas las criaturas, y en unión con él gozarán de ese dominio los elegidos. Era una manera de consolar a los afligidos cristianos que estaban sometidos a la tiranía imperial, que se esforzaba por arrebatarles su fe.

            Un 2º premio que se promete a los vencedores es la estrella de la mañana (v.28), es decir, el mismo Cristo, el cual se aplica este título en Ap 22:16. Se trata, pues, de la posesión del mismo Cristo, prometida en otros textos bajo la forma de árbol de vida, de maná, etc. Por eso, las iglesias, en cuanto participan de esta luz, que es Cristo, son representadas por candeleros, y sus ángeles son estrellas. Jesucristo es llamado también estrella de la mañana en 2 Pe 1:19, que la Vulgata traduce por Lucifer.

            Este nombre, en los primeros siglos cristianos, era aplicado a Cristo. Sólo a partir de la Edad Media se comenzó a dar a Satanás el título de Lucifer, a causa de la aplicación que se le hizo del texto de Is 14, 12, en donde el rey de Babilonia (símbolo de Satanás) es llamado Lucifer o "estrella de la mañana". Una confirmación de esto la tenemos en el cántico litúrgico Exultet de la vigilia pascual, en el cual Cristo es llamado Lucifer Matutinus. Es posible que San Juan nos hable de Cristo como estrella de la mañana, como astro resplandeciente, para oponerlo al culto del sol, que era adorado en Tiatira como un dios.

i) Carta a la Iglesia de Sardes, 3:1-6

1Al ángel de la Iglesia de Sardes escribe: Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas: Conozco tus obras y que tienes nombre de vivo, pero estás muerto. 2Estáte alerta y consolida lo demás, que está para morir, pues no he hallado perfectas tus obras en la presencia de mi Dios. 3Por tanto, acuérdate de lo que has recibido y has escuchado, y guárdalo y arrepiéntete. Porque si no velas, vendré como ladrón, y no sabrás la hora en que vendré a ti. 4Pero tienes en Sardes algunas personas que no han manchado sus vestidos y caminarán conmigo vestidos de blanco, porque son dignos. 5El que venciere, ése se vestirá de vestiduras blancas, jamás borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles. 6El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.

            Sardes, la capital del antiguo reino de Lidia, estaba situada a unos 50 km al sureste de Tiatira. El núcleo principal de la ciudad surgía sobre una alta y escarpada montaña, que hacía de ella una fortaleza inexpugnable. Cuando Ciro II de Persia conquistó el reino de Creso (546 a.C), rey de Lidia, Sardes no se rindió y sólo por sorpresa pudo ser tomada. De igual estratagema se hubo de servir Antíoco III.

            El apogeo de la grandeza de Sardes tuvo lugar bajo el reinado de Creso (s. VI a.C). Sin embargo, la fundación de Pérgamo le quitó grande importancia, aunque todavía en la época romana era residencia de un conventus iuridicus. El año 17 d.C fue destruida por un temblor de tierra, pero con la ayuda del emperador Tiberio logró rehacerse. En agradecimiento levantó un templo en honor del emperador y de su madre Livia. Sin embargo, el culto principal de la ciudad era el tributado a la Magna Mater, una divinidad indígena parecida a la Artemisa de Éfeso, y que se cubría con el manto griego de Demeter, la Ceres de los romanos. La industria principal de la ciudad era la de la lana y la tintorería. Sus habitantes tenían fama de licenciosos e inmorales.

            La carta a la Iglesia de Sardes es la más severa e imprecatoria de las 7 cartas. La Iglesia de Sardes había decaído mucho de su fervor primitivo y se encontraba en un estado lamentable. Estaba como muerta. Y el pequeño núcleo de cristianos fieles se hallaba amenazado de indiferencia en la vida espiritual. Por eso, San Juan trata con su severa misiva de excitar a la iglesia a volverse al buen camino.

            Jesucristo se presenta aquí como el que tiene los 7 espíritus de Dios y las 7 estrellas (v.1). El autor sagrado quiere significar con estas expresiones el poder absoluto que Cristo tiene sobre las iglesias y sobre todos los cristianos. En Ap 1:16 ya había empleado la expresión de "las 7 estrellas en su diestra". Estas estrellas representan las iglesias a las cuales se dirige San Juan. Y el tenerlas en su mano indica el poder que Jesucristo ejerce sobre los jefes de las iglesias y sobre las iglesias mismas. Otro tanto podemos decir de los 7 espíritus, que Cristo tiene en su mano como algo de que puede disponer.

            Estos 7 espíritus pueden designar al Espíritu septiforme de que nos habla Is 11:2, o sea, al mismo Espíritu Santo. Aquí los 7 espíritus de Dios pertenecen al Hijo, como en Ap 5:6 pertenecen al Cordero, porque Jesús distribuye los diversos dones de este Espíritu, del que depende la vida de todas las iglesias. Este Espíritu, que en Jn 15:26 se dice proceder del Padre, es también el Espíritu del Hijo, lo que no puede ser sino procediendo de él. Jesús dice también que irá al Padre y le rogará que envíe a sus discípulos el Espíritu Paráclito. Pero, al mismo tiempo, dice en otra parte que él mismo lo enviará. Para algunos autores, los 7 espíritus de Dios representarían los 7 ángeles que están ante el trono de Dios. En cuyo caso, la expresión querría significar que Cristo domina también sobre los espíritus angélicos.

            El juicio que el Señor emite sobre la vida religiosa de la Iglesia de Sardes es de lo más triste. Sus obras no son buenas, pues, si bien tiene nombre de vivo, en realidad está muerto (v.1). Con lo cual quiere significar que la vida religiosa de la iglesia de Sardes es tan lánguida y tan falta de la caridad de Cristo, que está como muerta. El pecado ha matado en ella la gracia de Jesucristo. Sin embargo, el juicio que el Señor profiere acerca de la vida de esta iglesia no es absolutamente negativo, es decir, no comprende a todos los miembros de la Iglesia de Sardes.

            Muchos de los cristianos de Sardes carecen de la vida divina de la gracia; pero otros (tal vez los menos) todavía la conservan. Por eso exhorta a velar para que no llegue a faltar también la vida en aquellos en los que aún subsiste (v.2). Para estimularla a velar le recuerda el valor de los dones recibidos, que son dones de vida eterna. La exhortación a la vigilancia, sirviéndose de la imagen del ladrón (v.3), es frecuente en los sinópticos.

            El consejo de velar convenía de modo particular a Sardes, a causa de las desastrosas consecuencias que tuvieron para la ciudad 2 hechos de su historia. Ciro II de Persia logró apoderarse de la ciudad en 546 a.C mediante un ataque ejecutado por sorpresa, y lo mismo hizo más tarde Antíoco III el Grande (218 a.C). El recuerdo de estos 2 hechos históricos podía servir a los cristianos para meditar en su vida religiosa deficiente, para arrepentirse y volver de nuevo a la vida fervorosa del principio. De lo contrario, el castigo no se haría esperar. El Señor se presentará de improviso, a la manera del ladrón, para castigar a los culpables.

            En el v.4 San Juan afirma que en la Iglesia de Sardes, al lado de las almas muertas y de las que gozaban de vida lánguida, había todavía otras de vida perfecta. Estas personas no han manchado sus vestidos, y por eso caminaran con el Señor vestidas de blanco. Los vestidos blancos, que tantas veces aparecen en el Apocalipsis, son símbolo, no sólo de pureza, sino también de victoria, de alegría, de fiesta. En el cielo, los elegidos, los ángeles y hasta el mismo Dios aparecen vestidos de blanco. Esas almas selectas de Sardes, a las que alude el autor sagrado, formarán parte del séquito de Cristo en el cielo. Por otra parte, la mención de vestidos convenía a la perfección a esta ciudad, ya que Sardes era muy renombrada en la antigüedad por sus telas y tejidos.

            A los cristianos fieles de Sardes que resulten vencedores en la lucha moral y espiritual contra los enemigos de Dios, Cristo les promete el premio escatológico de la vida eterna (v.5). Este premio es designado bajo una triple forma. En primer lugar, los vencedores se vestirán de vestiduras blancas, que representan la victoria final y la gloria de que serán revestidos los elegidos en el cielo. Después se les promete que jamás será borrado su nombre del libro de la vida.

            En el AT se menciona el libro de la vida, en el cual Dios tenía escritos los nombres de los hijos de Israel. El estar escrito en dicho libro daba derecho a participar en las bendiciones mesiánicas; en cambio, si se era borrado de él, significaba la exclusión del pueblo de Dios y de los tiempos mesiánicos. Posteriormente el concepto de libro de la vida evolucionó en la teología judía, pasando a significar el derecho a participar en las alegrías de la vida futura del cielo.

            En el NT el libro de la vida designa el libro en donde están registrados los nombres de los elegidos. En tercer lugar, el Señor promete al vencedor confesar su nombre delante de su Padre y delante de sus ángeles, es decir, le reconocerá como cosa suya en el último juicio. Este premio, presentado bajo una triple forma, designa una misma cosa: la vida eterna, que se promete a los vencedores en las luchas contra el mundo, el demonio y la carne.

            Y San Juan termina la carta a la Iglesia de Sardes con las palabras el que tenga oídos, que oiga lo que dice el Espíritu (v.6), como para incitar a los fieles a escuchar las amonestaciones de Cristo y llevarlas a la práctica.

j) Carta a la Iglesia de Filadelfia, 3:7-13

7Al ángel de la Iglesia de Filadelfia escribe: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, y cierra y nadie abre. 8Conozco tus obras; mira que he puesto ante ti una puerta abierta, que nadie puede cerrar, porque teniendo poco poder, guardaste, sin embargo, mi palabra y no negaste mi nombre. 9He aquí que yo te entregaré algunos de la sinagoga de Satán, de esos que dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; yo los obligaré a venir y postrarse a tus pies y a reconocer que te amo. 10Porque has conservado mi paciencia, yo también te guardaré en la hora de la tentación que está para venir sobre la tierra para probar a los moradores de ella. Vengo pronto. 11Guarda bien lo que tienes, no sea que otro se lleve tu corona. 12Al vencedor yo le haré columna en el templo de mi Dios, y no saldrá ya jamás fuera de él, y sobre él escribiré el nombre de Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, de la nueva Jerusalén, la que desciende del cielo de mi Dios, y mi nombre nuevo. 13El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

            Filadelfia, ciudad de la Lidia, a 45 km al sureste de Sardes, había sido fundada por el rey de Pérgamo Átalo II Filadelfo (ca. 159-138 a.C), que le dio su nombre. La ciudad estaba situada en una región volcánica, como un centro de civilización abierto sobre la Frigia salvaje. El año 17 d.C fue destruida por un temblor de tierra, y con la ayuda liberal del emperador Tiberio pudo ser reconstruida. En señal de agradecimiento cambió su nombre de Filadelfia por el de Neocesarea. Y no contenta con esto, levantó altares en honor del hijo adoptivo del emperador, Germánico, considerado como presunto heredero de Tiberio, que entonces se encontraba en Asia.

            Como en tantas otras ocasiones, el cambio oficial del nombre no perduró. En la carta a esta Iglesia, San Juan hará alusión a muchos de estos sucesos. En la ciudad vivían bastantes judíos, probablemente por estar situada en una región muy fértil. De los orígenes del cristianismo en esta ciudad nada sabemos, aunque podemos suponer fundadamente que debió de nacer de la predicación de San Pablo en Éfeso. La Iglesia de Filadelfia, juntamente con la de Esmirna, es muy alabada por el autor del Apocalipsis. En tiempo de San Ignacio de Antioquía gozaba todavía de gran reputación.

            La presente carta no contiene ninguna amonestación. Los cristianos, que debían de ser pocos y de baja condición social, se han mantenido fieles a la doctrina cristiana. El autor sagrado se complace en acumular en la carta sobreabundancia de promesas y recompensas.

            Los apelativos que se dan en ella a Cristo son dignos de tenerse en cuenta. El 1º lo designa como el Santo (v.7), que es aplicado frecuentemente a Dios en el AT, pero que únicamente se encuentra aquí en el Apocalipsis, aplicado a Jesucristo. Sin embargo, en los evangelios se da ya a Jesucristo el apelativo de Santo. El 2º epíteto, el Verídico, el Verdadero, que va junto con el apelativo de fiel en Ap 3:14; 19:11, designa la fidelidad de Cristo en el cumplimiento de sus promesas. Antes faltará el cielo y la tierra que Jesucristo falte a sus promesas. Cristo es veraz en todo lo que dice y hace; en cambio, los que combaten su doctrina y obra son falsarios.

            El término verdadero (άλη8ινόβ) es muy frecuente en la literatura joánica. El Santo, el Verídico, tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, y cierra y nadie abre (v.7). Es una metáfora bíblica y rabínica que significa los plenos poderes que Jesucristo tiene en la nueva ciudad de David, en la Jerusalén celeste, es decir, en la Iglesia. Jesucristo puede abrir y cerrar, o sea, tiene plena autoridad para admitir o excluir de la Iglesia. La imagen y las expresiones empleadas por el autor del Apocalipsis están tomadas de Is 22:21, en donde el profeta presenta a Eliaquín recibiendo en sus manos el poder y sobre sus espaldas la llave del palacio real.

            El Señor conoce las obras de la Iglesia de Filadelfia, y ha puesto ante ella una puerta abierta, que nadie puede cerrar (v.8). La puerta abierta para San Pablo significaba las posibilidades que se abrían al esfuerzo misionero del apóstol de los gentiles y de sus colaboradores. Aquí se trata de las facilidades que se le han presentado a Filadelfia para el apostolado y la propaganda cristiana a través de toda la Frigia. A pesar de ser una ciudad pequeña y contar con escasos medios, Cristo le garantizó el éxito de sus esfuerzos. Y esa puerta sigue abierta, porque la comunidad cristiana de Filadelfia continúa vigorosa en su fe, y el mismo Cristo la sostiene en sus ímpetus misioneros. Por eso, nadie podrá cerrar dicha puerta mientras Jesucristo la mantenga abierta.

            San Ignacio de Antioquía atestigua que esta Iglesia era muy floreciente, no obstante los muchos judíos y judaizantes que vivían en dicha ciudad. Entre las conquistas apostólicas de los filadelfios había que contar la conversión de cierto número de judíos, que, abrazando la fe en Cristo, vendrían a postrarse a los pies de la iglesia. Entonces los judíos convertidos reconocerán el amor, la predilección del Señor por la comunidad que los ha acogido en su seno (v.9). Aquí también el amor se manifiesta en los signos externos que la humilde y ejemplar comunidad religiosa de Filadelfia da a los neoconvertidos.

            El autor sagrado aplica a la Iglesia de Filadelfia las palabras que el mismo Dios había dirigido a su pueblo, para justificar su manera de proceder con las demás naciones: "Porque eres a mis ojos de muy gran estima, de gran precio, y te amo, y entrego por ti reinos y pueblos a cambio de tu vida". La conversión de que nos habla el Apocalipsis en este pasaje no alude a la conversión en masa de Israel, predicha por San Pablo, sino a la de algunos judíos de Filadelfia.

            A continuación (v.10) prosigue el Señor ponderando cómo la iglesia había sabido imitar en medio de las dificultades los ejemplos de paciencia y perseverancia que Jesús nos había dejado y que han de ser para los cristianos verdaderas enseñanzas. Por el hecho de haber sido fiel en la guarda de la palabra de paciencia dada por Cristo, también el Señor la sostendrá en el día de la prueba que vendrá sobre la tierra. Y esto será pronto.

            Semejante prueba no será sólo de la Iglesia, sino de la tierra entera. El profeta debe de referirse a la serie de azotes descritos en los cap. 8-9 y 16; o bien a algún terremoto, como los que habían asolado la región en tiempos pasados. Termina la exhortación estimulando a la Iglesia de Filadelfia a guardar los bienes que posee, es decir, a perseverar en la conducta hasta ahora observada, a fin de no perder la corona que tiene merecida (v.11). Esta será su victoria y su gloria. Cada iglesia ha de aferrarse tenazmente a la doctrina recibida de los apóstoles, así nadie les arrebatará su herencia espiritual. Con esto no quiere decir el profeta que otra comunidad podrá arrebatar la corona de Filadelfia, sino que se refiere simplemente a la posibilidad de perder lo que se tiene.

            El premio prometido al vencedor de la prueba es hacerlo columna en el templo de Dios (v.1a). La imagen de la columna simboliza el puesto honorífico que tendrá el vencedor en la Iglesia, y al mismo tiempo significa su estabilidad. En Gá 2:9, San Pablo se vale de la misma expresión para significar el lugar importante que ocupaban en la Iglesia los apóstoles Santiago, Cefas y Juan.

            En otras epístolas también emplea la imagen de los cristianos, que son edificados para formar el templo de Dios. La promesa de estabilidad era muy oportuna para la Iglesia de Filadelfia, cuya ciudad fue destruida por un terremoto el 17 d.C. El cristiano que permanezca fiel hasta el fin se convertirá en una columna firme e inconmovible en el templo celeste. Por eso dice que no saldrá ya jamás fuera de él. Sobre la columna se escribirá el nombre de Dios y el de la nueva Jerusalén y el nombre nuevo de Cristo.

            La acción de escribir estos nombres sobre el fiel vencedor significa que éste pertenece a Dios y a Jesucristo y que es ciudadano de la Jerusalén celeste. Filadelfia había cambiado de nombre en tiempo de Tiberio, dándosele el nombre nuevo de Neocesarea en honor del emperador. Esto tal vez haya sugerido a San Juan la expresión de nombre nuevo de Cristo. También en el templo de Jerusalén había 2 columnas, cada una de las cuales tenía escrito un nombre: Yakín (lit. "Yahveh da estabilidad") y Boaz (lit. "Dios da fuerza"). En otros lugares del Apocalipsis se habla de una señal puesta sobre la frente de los elegidos para indicar que pertenecen a Dios. Lo que se promete a los vencedores es en realidad, tanto aquí como en las cartas precedentes, la vida eterna.

k) Carta a la Iglesia de Laodicea, 3:14-22

14Al ángel de la Iglesia de Laodicea escribe: Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios. 15Conozco tus obras y que no eres ni frío ni caliente" 16Ojalá fueras frío o caliente, mas porque eres tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca. 17Porque dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad, y no sabes que eres un desdichado, un miserable, un indigente, un ciego y un desnudo; 18te aconsejo que compres de mi oro acrisolado por el fuego, para que te enriquezcas, y vestiduras blancas para que te vistas, y no aparezca la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos a fin de que veas. 19Yo reprendo y corrijo a cuantos amo: ten, pues, celo y arrepiéntete. 20Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él y él conmigo. 21Al que venciere le haré sentarse conmigo en mi trono, así como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono. 22El que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

            Laodicea de Frigia estaba situada a unos 65 km al sureste de Filadelfia, en el valle del río Lico. Fue fundada en el s. III a.C por Antíoco II (ca. 261-246), con el fin de que fuese una ciudadela del helenismo en los confines de la Frigia. Y le impuso el nombre de su mujer Laodicea. En sus cercanías brotaban abundantes aguas termales. Era un centro industrial y comercial muy activo. Su industria se distinguía sobre todo por la fabricación de un tejido especial de lana negra. También era importante su escuela de oculistas, en la que sobresalieron Zeuxis y Alejandro Filetes. En ella se preparaba un colirio, hecho de una piedra frigia pulverizada, el cual se exportaba a todo el Imperio romano. Por eso, la ciudad estaba llena de bancas y de casas de comercio. Esto mismo atraía a muchos judíos a la ciudad, como atestigua Josefo Flavio.

            Laodicea sufría también de los terremotos, que la destruyeron en gran parte el año 61 d.C. Sin embargo, orgullosa y confiada en sus recursos, no quiso aceptar la ayuda que le ofreció Roma. Y por sus propios medios logró levantarse pronto de sus ruinas. Es la autosuficiencia de Laodicea aflora también en la carta que vamos a examinar, pues como la precedente, está llena de alusiones a los hechos que acabamos de narrar. Jesucristo se muestra severo con los tibios que se enorgullecen de su autosuficiencia. El oro de sus bancos es delante de Dios como moneda falsa. En lugar de sus lanas negras, haría mejor en adquirir los vestidos blancos de la pureza y del triunfo. Su famoso colirio no podrá curar sus ojos ciegos por las riquezas.

            Estas alusiones tan claras, a las circunstancias locales de Laodicea, hacen de esta carta la más pintoresca de las siete. Es también una de las más amplias, y tal vez la más hermosa por el vigor y la ternura. No conocemos los orígenes de la Iglesia de Laodicea, que debió de ser fundada por los discípulos de San Pablo, como nos lo indican las relaciones que el apóstol de las gentes mantenía con esta iglesia.

            Son varios los títulos que se dan a Cristo al comienzo de la carta: el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios (v.14). La extraña designación de Cristo como el amén, es decir, el fiel, el inmutable, contrasta con la triste condición de Laodicea. Convenía afirmar, al principio de la carta, la veracidad absoluta e inmutable de Jesucristo, fiel en sus promesas y en sus obras, antes de hablar de Laodicea, la ciudad de los compromisos.

            El texto parece inspirarse en Is 65:16, en donde ya aparece Amén como nombre divino. Otro de los apelativos dados a Cristo es el ser el principio de la creación de Dios (v.14). Este título de Cristo significa que Jesús sea considerado como la 1ª de las criaturas de Dios, como lo interpretaban los arríanos, sino que designa el principio causal de la creación.

            La idea responde a lo que dice el mismo San Juan en el prólogo de su evangelio: "Todas las cosas fueron hechas por él". Y es semejante a la expresada ya por el Apocalipsis: "Yo soy el primero y el último". Jesucristo es el principio, junto con el Padre y el Espíritu Santo, de toda la creación. "Él es (como dice San Pablo a los Colosenses) la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas.; todo fue creado por él y para él; él es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las cosas".

            La doctrina de San Pablo sobre Cristo primogénito de toda la creación debe de tener especial relación con la del Apocalipsis. Lo cual se explica bien si tenemos presente que Colosas estaba cerca de Laodicea, y debía de encontrarse en circunstancias bastante parecidas. Además, San Pablo manda expresamente que su carta a los Colosenses sea también leída a los de Laodicea.

            A la Iglesia de Laodicea, Cristo reprocha el haber decaído de su fervor, dejándose llevar de la pereza y del tedio por las cosas religiosas. Cosa bien explicable en una ciudad dominada, por el afán del negocio y del lucro temporal. Las preocupaciones por las cosas terrenas han sumido a los cristianos en un estado de indiferencia espiritual. Se han vuelto tibios, como las aguas termales que corrían por sus términos.

            Este estado espiritual es el peor, porque en él no se sienten los remordimientos de conciencia. Hubiera sido mucho mejor que fuera fría o caliente, porque así el Señor no sentiría vómitos de ella y no la vomitaría de su boca (v.16). Las aguas termales, al perder su alta temperatura y volverse tibias, no se pueden beber por los vómitos que producen. La tibieza de la Iglesia de Laodicea era causada por su orgullo y por la conciencia de su autosuficiencia, que le hacía creerse rica y que de nada tenía necesidad. El bienestar material de los laodicenses no les sirve sino para hacerse ilusión sobre su pobreza espiritual. Jesucristo les quiere hacer ver la realidad por medio de una serie de epítetos de gran vigor.

            La ciudad, que se creía rica y autosuficiente, es llamada desdichada, miserable, indigente; la metrópoli del colirio es tachada de ciega, y la que traficaba con ricas lanas y tejidos se encuentra desnuda (v.17). Todos estos epítetos debían de sonar extrañamente en la ciudad del negocio y de la opulencia. Ella corría infatuada tras el dinero y las riquezas, sin darse cuenta de la extrema indigencia espiritual en que se encontraba. Para el cristiano, la tibieza espiritual, la falta de ánimo y de arranque para progresar en la vida espiritual, constituyen un grave mal, que los autores espirituales han denunciado con frecuencia apoyándose en este pasaje.

            Cristo mismo índica los remedios que se han de aplicar a la Iglesia de Laodicea para que pueda salir del mal estado en que se encuentra (v,18). Puesto que se encuentran en la indigencia y, por otra parte, son buenos comerciantes, les aconseja que compren de su oro acrisolado por el fuego, para que se enriquezcan. Es decir, han de acudir al que es rico y fuente de toda riqueza, a Jesucristo, el cual les dará un don espiritual que los enriquecerá sobre toda ponderación. Este don debe de ser la fe y la gracia santificante.

            En 1 Pe 1:7 la imagen del crisol es aplicada a la fe, lo cual es probable que suceda también en nuestro pasaje. Los laodicenses han de comprar también vestiduras blancas, en lugar de negociar con sus lanas negras, para cubrir su desnudez espiritual. Las vestiduras blancas son símbolo de la gracia y de las virtudes del verdadero cristiano, que vienen como a cubrir la miseria de nuestra naturaleza corrompida. Y, finalmente, han de conseguir un colirio espiritual, que les curará de su ceguera, confiriéndoles, al mismo tiempo, el don de la penetración en su vida espiritual íntima. Es un don muy grande de Dios el darse cuenta del mal estado en que se está, para así poder entrar dentro de sí y volverse al Señor.

            Jesucristo reprende a la Iglesia de Laodicea guiado por el amor que siente por ella (v.1). De modo semejante decía el autor de los Proverbios: "Al que Dios ama le corrige, y aflige al hijo que le es más caro". Dios siempre se ha servido en la historia de las pruebas y castigos para purificar a los que amaba. La pedagogía del sufrimiento tiene mucha importancia en el AT, especialmente en los libros sapienciales. Las pruebas son también venidas de Cristo al alma fiel.

            Jesucristo, que reina como Dios omnipotente sobre toda la creación, se presenta como humilde peregrino a las puertas de los cristianos, pidiendo hospitalidad y solicitando suplicante le abran para celebrar con ellos la cena de la amistad (v.20). La cena con Cristo es símbolo de los dones mesiánicos que el Señor está dispuesto a dar, ya desde este mundo, a los que realmente le aman. La imagen de la cena o del banquete representa frecuentemente en la Escritura la bienaventuranza de la vida futura, la gloria. Sin embargo, aquí, en nuestro pasaje, no se trata del banquete de la gloria, sino de la entrada secreta en el corazón del fiel, seguida de las alegrías de la gracia y de la recepción de la eucaristía.

            Los ν. 19-20 se pueden contar entre los más conmovedores y tiernos del NT. San Juan no olvida nunca, incluso en los momentos en que tiene que corregir más severamente, que Dios es amor.

            El premio prometido a los vencedores es el reino de los cielos. La promesa, por tanto, se hace aquí escatológica. Cristo, sentado a la diestra de Dios Padre, participa plenamente de su soberanía. Los fieles, que hayan vencido, también reinarán con Cristo y participarán del poder real que posee Jesucristo. El Señor prometió a los apóstoles que se sentarían sobre doce tronos para juzgar a Israel. Pero esta gracia no es exclusiva de los apóstoles, sino de todos los que imiten su ejemplo. Lo mismo se puede decir del sentarse con Cristo en el trono de la gloria, o sea del reinar con él en el cielo. Son todas imágenes diversas para expresar una realidad inefable, la vida eterna.

            San Juan nos presenta, en esta primera parte del Apocalipsis, a Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, resucitado y glorioso, juez de vivos y muertos y cabeza de las iglesias. Cuanto dice de cada una de estas iglesias puede ser aplicable a otras que se hallen en las mismas circunstancias. Porque la palabra del Señor está por encima de los lugares y de los tiempos. Dignas de especial atención son las promesas de vida eterna con que trata de alentar a las iglesias y a los fieles en los momentos de prueba. Tal es el pensamiento dominante del Apocalipsis y el más conveniente en aquellas circunstancias. Todo cuanto aquí se dice de las iglesias conviene mejor a los fieles. La vida de la gracia está dirigida, y la organización de las iglesias se ordena precisamente a fomentar y a conservar la vida divina de los fieles, para que puedan conseguir la vida eterna en el cielo.

l) La visión del templo de Dios, 4:1-11

1Después de estas cosas tuve una visión, y vi una puerta abierta en el cielo, y la voz, aquella primera que había oído como de trompeta, me hablaba y decía: Sube acá y te mostraré las cosas que han de acaecer después de éstas 2Al instante fui arrebatado en espíritu y vi un trono colocado en medio del cielo, y sobre el trono, uno sentado. 3El que estaba sentado parecía semejante a la piedra de jaspe y a la sardónica, y el arco iris que rodeaba el trono parecía semejante a una esmeralda. 4Alrededor del trono vi otros veinticuatro tronos, y sobre los tronos estaban sentados veinticuatro ancianos, vestidos de vestiduras blancas y con coronas de oro sobre sus cabezas. 5Salían del trono relámpagos, y voces, y truenos, y siete lámparas de fuego ardían delante del trono, que eran los siete espíritus de Dios. 6Delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal, y en medio del trono y en rededor de él, cuatro vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás. 7El primer viviente era semejante a un león, el segundo viviente, semejante a un toro, el tercero tenía semblante como de hombre y el cuarto era semejante a un águila voladora. 8Los cuatro vivientes tenían cada uno de ellos seis alas, y todos en torno y dentro estaban llenos de ojos, y no se daban reposo día y noche, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene. 9Siempre que los vivientes daban gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, que vive por los siglos de los siglos, 10los veinticuatro ancianos caían delante del que está sentado en el trono, y se postraban ante el que vive por los siglos de los siglos, y arrojaban sus coronas delante del trono, diciendo: 11Digno eres, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas.

            San Juan es transportado en espíritu al cielo, en donde permanecerá hasta el cap. 10. Allí contemplará las cosas celestiales y el anuncio de los sucesos futuros que tendrían lugar sobre la tierra. El cielo es considerado (siguiendo la concepción de los antiguos babilonios) como una bóveda sólida, en la cual se abren puertas de acceso. Por una de ellas entra San Juan en el cielo, en donde Dios habita con su corte celestial. Pero antes de entrar oye una voz, que era la misma que había oído antes.

            Era la voz de Cristo revelador que aquí va a hacer de guía de Juan. Hasta ahora Jesucristo le ha mostrado cosas que son; mas en adelante le va a mostrar las cosas que han de acaecer en el futuro (v.1). Estas serán de grande importancia para la Iglesia y para el mundo. Por eso, el vidente de Patmos ha de poner la mayor atención posible a lo que viere y oyere. Esta es una especie de introducción muy propia de los escritos apocalípticos judíos.

            Al entrar en el cielo, lo 1º que ve Juan es un trono, y a uno que esta sentado en ese trono (v.2), rodeado de sus asistentes. La descripción que nos ofrece San Juan de la corte de Dios está inspirada en las visiones de los profetas Isaías, Ezequiel y Daniel, y tiene también puntos de contacto con las descripciones de la apocalíptica judía. Pero es más original que ésta. Es, además, relativamente sobria y llena de grandeza y de significación. Dios aparece como el Señor del universo y de los siglos. En el cielo, desde donde son dirigidos todos los sucesos del universo, Juan verá cómo el Señor Dios omnipotente confiere al Cordero el poder de su reino.

            Sin embargo, San Juan evita el nombrar y el describir en forma humana a aquel que está sentado sobre el trono, el cual habita en una luz inaccesible, y al que nadie ha visto ni puede ver. El autor sagrado tiene conciencia de ver solamente figuras de realidades invisibles. Por eso evita, más todavía que Ezequiel (en el que se inspira especialmente nuestro autor), toda descripción antropomórfica de la divinidad. De ahí que no diga como Ezequiel: "sobre el trono había una figura semejante a un hombre que se erguía sobre él; y lo que de él aparecía, de cintura arriba, era como el fulgor de un metal resplandeciente, y de cintura abajo, como el resplandor del fuego, y todo en derredor suyo resplandecía".

            San Juan, para indicar misteriosamente la divina presencia, recurre al resplandor de piedras preciosas y del arco iris (v.3). También el profeta Ezequiel representa el trono de Dios rodeado de un resplandor como el del arco iris. Probablemente el jaspe sería translúcido, como un cristal; la sardónica debía de ser de color rojizo muy intenso y, finalmente, el arco iris aparecía con color esmeralda en sus diversos matices. Los autores bíblicos imaginaban a Dios rodeado por un halo de luz verde que la cubría como si fuera un manto. San Juan muestra un gusto especial por los colores vivos; manifestándose, al mismo tiempo, como un maravilloso colorista.

            Los reyes de la tierra solían tener un consejo de ancianos que les asistían en el gobierno del reino. Pues bien, al rey del cielo y de la tierra no le podía faltar este elemento de ornato (aunque en realidad como Dios sapientísimo no necesite de su consejo) para dar realce a la majestad de su corte. Los 24 ancianos (v.4) forman como un senado de honor que rodea el trono de Dios.

            Se discute entre los autores quiénes sean estos ancianos. Para unos serían hombres glorificados o santos del AT. Para otros habría que identificarlos con los 12 patriarcas y los 12 apóstoles, que simbolizarían al AT y NT. Otros ven en el nº 24 un número simbólico, que estaría inspirado en las 24 clases sacerdotales que servían en el templo. Sin embargo, teniendo en cuenta que en esta 1ª parte de la visión Dios se presenta simplemente como Creador (vv.6-8), creemos más conforme con el contexto ver en los 24 ancianos ángeles a quienes Dios ha confiado el gobierno de los tiempos. "Son (dice Alio) como ángeles custodios universales".

            Están sentados en sus tronos, vestidos de blanco y con una corona de oro sobre sus cabezas. Todo esto simboliza su poder y su gran dignidad. Las vestiduras blancas significan el triunfo y la pureza. Las coronas simbolizan su autoridad y la parte que toman en el gobierno del mundo. Y son ancianos por su gobierno secular. Pero no sólo reinan, sino que también ejercen oficios sacerdotales en la liturgia celeste. "Están (como dice Alio) a la cabeza de la Iglesia Celeste, y por eso representan idealmente a la humanidad rescatada, cuyas oraciones ellos ofrecen a Dios. Se los verá asociarse sin cesar a los sucesos de la tierra y al progreso del reino de Dios".

            También pudiera suceder que San Juan los llamara ancianos (πρεσβύτεροι) por este motivo. El nº 24 corresponde a las 12 horas del día, sumadas a las 12 de la noche. En las ruinas de algunas sinagogas antiguas se han encontrado representaciones del tiempo, bajo el símbolo de los 12 signos del Zodíaco, de los 12 meses y de las 4 estaciones del año. Por donde se ve que la idea de que el tiempo toma también parte en la glorificación del Rey de los siglos no era extraña al pensamiento judío. Hay también algunos autores que ven en este número una alusión a las 24 divinidades estelares de la astronomía babilónica.

            No sólo los 24 ancianos dan realce a la majestad de Dios, sino que también la naturaleza contribuía a esto con truenos y relámpagos (v.5), como en la teofanía del Sinaí. Los truenos y relámpagos son la imagen tradicional de la voz y de la acción ad extra de Dios, sobre todo en las teofanías. Simbolizan, al mismo tiempo, el poder terrible que Dios tiene, y que manifestará castigando a los transgresores de su ley y a sus enemigos.

            Las 7 lámparas de fuego, que eran los 7 espíritus de Dios (v.5), creemos que son expresiones para designar al Espíritu Santo. De este modo, San Juan contemplaría a la Trinidad beatísima: junto al Padre (sentado sobre el trono) estarían Jesucristo (el Cordero) y el Espíritu Santo. Éste, que es único, se presenta como múltiple por la abundancia de sus dones. Las 7 lámparas y los7 espíritus simbolizan los 7 dones del Espíritu Santo, que comunica a los hombres y por medio de ellos se da a conocer. La imagen empleada por San Juan procede del candelabro de 7 brazos, que ardía noche y día en el Templo de Jerusalén, y que el profeta Zacarías recuerda en una de sus visiones. También puede tener relación con el oráculo de Isaías referente al Espíritu septiforme que había de reposar sobre el Mesías.

            Delante del trono ve el profeta como un mar de vidrio semejante al cristal (v.6). Es evidentemente el firmamento tal como se lo imaginaban los hebreos, y particularmente la literatura apocalíptica. Según las ideas cosmológicas de los antiguos, sobre el firmamento sólido estaban las aguas superiores o el océano celeste del Testamento de Leví. Pues bien, este mar sobre el firmamento forma como el alfombrado del templo celeste sobre el cual reposa el trono de Dios. Y este asombroso alfombrado del cielo era como de vidrio, material muy estimado en la antigüedad. También el profeta Ezequiel concibe el piso del cielo como si fuera de cristal, y sobre él está colocado el trono de Dios.

            San Juan ve, además, en medio del trono y en rededor de él 4 vivientes. La posición de estos seres vivientes no resulta fácil de explicar. Sin embargo, creemos que la mejor explicación (en analogía con la visión de Ezequiel, de la que evidentemente depende) es la que coloca cada uno de los 4 vivientes al pie de cada una de las 4 caras del trono, mirando hacia los 4 puntos cardinales. Para el profeta que mira el trono desde la parte delantera, uno de los vivientes está en medio y los otros en rededor.

            La descripción de los 4 vivientes es parecida a la de Ezequiel, aunque más sencilla y con algunos puntos de contacto con Isaías. En lugar de los 4 aspectos (panim) de los Kerub de Ezequiel, aquí cada animal sólo tiene uno. Estos 4 vivientes del Apocalipsis están tomados sin duda de Ez 1:10, y representan los 4 reyes del reino animal: el león (rey de las fieras), el toro (rey de los ganados), el águila (rey de las aves) y el hombre (rey de la creación). La figura bajo la cual se presentan sugiere que representan lo que hay de más noble, de más fuerte, de más sabio y de más rápido en el conjunto de la creación.

            La tradición cristiana se ha servido de estos 4 vivientes, que sostienen y transportan el trono de Dios para simbolizar a los 4 evangelistas, que forman la cuadriga de Jesucristo. San Mateo es designado por el hombre, por empezar su evangelio con la genealogía humana de Cristo. San Marcos es representado por el león, ya que empieza su evangelio con la frase "voz de quien grita en el desierto", y en el desierto es el león el que ruge. San Lucas es simbolizado por el toro, porque su evangelio empieza con la historia del sacerdote Zacarías. Y el sacerdote del AT era el que sacrificaba los toros para los sacrificios del templo de Jerusalén. Y, finalmente, San Juan es significado por el águila. La razón de esto está en que desde el prólogo de su evangelio se remonta con vuelo de águila hasta las alturas de la misma Divinidad.

            Los 4 vivientes estaban llenos de ojos por delante y por detrás. Ezequiel, en cambio, pone los ojos sobre las ruedas del carro de Dios. Los ojos son para ver, luego estos vivientes deben de tener algún oficio en el gobierno del mundo. Por otra parte, el nº 4 responde a las 4 partes del mundo, como sucede frecuentemente en el Apocalipsis. Además, todo el contexto nos inclina a creer que los 4 vivientes son seres de los cuales Dios se sirve para el gobierno de la creación y que le dan gloria en nombre de ella.

            Según el libro apócrifo Parábolas de Henoc, está encomendado a 3 clases de ángeles la tarea de guardar el trono de la gloria del Señor, sin dormir jamás: los serafim, los kerubim y los ofanim. Los ofanim tenían innumerables ojos, para indicar que eran los ministros de Dios en el gobierno del mundo, y debían atender a todo lo que sucedía en las diversas partes del orbe. Al mismo tiempo, los serafim, los kerubim y los ofanim eran los encargados de cantar el Trisagion ("Santo, santo, santo es el Señor de los Espíritus; él llena la tierra con espíritus"). Los vivientes de San Juan reúnen las características de estas 3 clases de ángeles: tienen las 6 alas de los serafim, los numerosos ojos de los ofanim, y están debajo del trono de Dios como los kerubim de Ezequiel.

            Según una interpretación propuesta ya por San Ireneo y Andrés de Cesárea, estos vivientes serían los 4 ángeles que están al frente del gobierno del mundo material. Su número corresponde al número simbólico del cosmos, pues "existen 4 regiones del mundo en que estamos", como se expresa San Ireneo. Sus ojos simbolizan la ciencia universal y la providencia divina. Y dan gloria a Dios sin cesar por su obra creadora. También San Ireneo ve simbolizados en estos 4 animales a los 4 evangelistas, como ya dejamos explicado.

            Los 4 vivientes tenían 6 alas (v.8), como los serafines de Isaías. No sabemos por qué tienen 6 alas y no 4 (los 4 vientos), que eran las que tenían los querubines de Ezequiel. Y al abrir las alas aparecían sus cuerpos llenos de ojos todo en derredor. De igual modo que los serafines de Isaías, no cesan ni de día ni de noche de ensalzar la santidad del Señor Dios todopoderoso. La triple aclamación (el trisagio) a la santidad divina quiere poner de relieve la trascendencia divina, separada de todo lo contaminado y de toda maldad.

            La triple repetición del Santo es una manera de expresar el superlativo, muy propia de la lengua hebrea. "Santo, santo, santo" equivale, por tanto, a santísimo o supersantísimo. Los misteriosos vivientes aclaman, pues, la santidad de Dios y, al mismo tiempo, su omnipotencia y eternidad. Por eso no cesaban de repetir: Santo, santo, santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene (v.8). Tenemos aquí una magnífica alabanza a la divinidad, a la omnipotencia y a la eternidad de Dios. Esta hermosa doxología se inspira en Is 6:3, y corresponde al Sanctus que nosotros cantamos en la misa. La liturgia de la Iglesia es, en efecto, una participación terrestre de la liturgia celeste.

            Siempre que los 4 vivientes daban gloria, honor y acción de gracias, al que vive por los siglos de los siglos (v.9), los 24 ancianos se asociaban a esta liturgia celestial postrándose de rodillas e inclinándose hasta tocar la tierra, según la costumbre oriental. Tomando luego sus coronas, que simbolizan el poder de gobernar el mundo, las arrojaban delante del trono de Dios (v.10). El deponer sus coronas es un signo de sumisión y vasallaje, que estaba de uso en la antigüedad. Del rey de Armenia Tiritadas se narra que arrojó también su corona delante de la estatua de Nerón. A estos signos de respeto y adoración añaden los ancianos su propio himno litúrgico: Digno eres, Señor, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas (v.11).

            Esta doxología desarrolla el tema de la gloria de Dios en las obras de la creación. En el protocolo áulico de aquella época y en el culto imperial también se deseaba al emperador la gloria, el honor y el poder. Sin embargo, San Juan probablemente se inspira en la piedad y en la literatura judía, que solían emplear estos términos principalmente en las oraciones litúrgicas de las sinagogas. Dios es digno de que le alabemos, porque posee todas las perfecciones posibles y su bondad se extiende al universo entero. Ha creado todas las cosas y por su voluntad existen, de ahí que sea justo que le den gloria y honor y reconozcan su dominio soberano sobre toda la creación.

            En resumen, los ángeles del cielo, en quienes debe estar representada la creación entera, aclaman al Dios creador y conservador de todas las cosas.

m) El libro de los 7 sellos, 5:1-14

1Vi a la derecha del que estaba sentado en el trono un libro, escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. 2Vi un ángel poderoso que pregonaba a grandes voces: ¿Quién será digno de abrir el libro y soltar sus sellos? 3Y nadie podía, ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, abrir el libro ni verlo. 4Yo lloraba mucho, porque ninguno era hallado digno de abrirlo y verlo. 5Pero uno de los ancianos me dijo: No llores, mira que ha vencido el león de la tribu de Judá, la raíz de David, para abrir el libro y sus siete sellos. 6Vi en medio del trono y de los cuatro vivientes, y en medio de los ancianos, un Cordero, que estaba en pie como degollado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios, enviados a toda la tierra. 7Vino y tomó el libro de la diestra del que estaba sentado en el trono. 8Y cuando lo hubo tomado, los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos cayeron delante del Cordero, teniendo cada uno su cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. 9Cantaron un cántico nuevo, que decía: Digno eres de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación, 10y los hiciste para nuestro Dios reino y sacerdotes, y reinan sobre la tierra. 11Vi y oí la voz de muchos ángeles en rededor del trono, y de los vivientes, y de los ancianos; y era su número de miríadas de miríadas, y de millares de millares, 12que decían a grandes voces: Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición. 13Y todas las criaturas que existen en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y en todo cuanto hay en ellos, oí que decían: Al que está sentado en el trono y al Cordero, la bendición, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. 14Y los cuatro vivientes respondieron: Amén. Y los ancianos cayeron de hinojos y adoraron.

            El presente capítulo tiene como tema central a Jesucristo redentor, al Cordero inmolado por los pecados del mundo. Ya no se trata de la adoración a Dios creador, que era el argumento del cap. 4, sino de Cristo glorioso, vencedor por su pasión y muerte redentora. En sus manos pone el Padre eterno los destinos futuros de la humanidad. Él llevará a efecto los planes divinos, luchando contra las fuerzas adversas de su Iglesia, y logrando el triunfo definitivo sobre el mal. Al recibir el Cordero la suprema investidura de manos del Padre, todas las criaturas (representadas por los 4 vivientes, los 24 ancianos y las miríadas de ángeles) prorrumpen en himnos de alabanza y de adoración.

            Como introducción a la presentación del Cordero redentor en el cielo, San Juan nos describe con gran dramatismo la escena de un libro sellado que nadie es capaz de abrir. En la mano derecha de Dios ve el profeta un libro (v.1), es decir, un rollo de papiro conteniendo los decretos divinos contra el Imperio romano, tipo de todos los imperios paganos perseguidores de los fieles. Estaba escrito por las 2 caras de la hoja de papiro. Generalmente se escribía sólo sobre una cara; pero la extensión del texto y la carestía del papel obligaban a veces a escribir por ambas caras. La imagen del libro en donde están escritas las leyes de la Providencia divina (o los oráculos de Dios) es frecuente en la Biblia. También en la literatura apocalíptica judía se habla de las tabletas celestes y del libro del Señor, en donde estaban consignados los planes de Dios sobre el mundo.

            El libro (o rollo) que vio San Juan estaba sellado con 7 sellos (v.1). Con lo cual se quiere indicar que el contenido del libro era secretísimo. Los 7 sellos sujetaban la hoja enrollada, de suerte que para abrir el rollo era preciso soltar todos los sellos. La apertura de cada uno de los sellos no implica, pues, la publicación o la lectura de una parte del documento, sino que es más bien un preludio de su ejecución. El 2º preludio de la ejecución de los decretos divinos comenzará solamente con el toque de las 7 trompetas.

            Algunos autores piensan que el hecho de estar sellado el libro con 7 sellos no simboliza el carácter hasta entonces secreto de los decretos divinos, sino que aludiría a la costumbre de cerrar los testamentos con sellos de diversos testigos. En cuyo caso, el documento que Dios entrega al Cordero significaría el testamento de Dios. Sin embargo, los decretos de Dios sobre el mundo no se puede decir que constituyan un testamento. Y, además, no requerían la presencia jurídica de los testigos para su validez, como se exigía en la legislación jurídica de aquel tiempo para abrir un testamento. Por otra parte, no resultaría fácil explicar cómo Jesucristo solo podía hacer jurídicamente lo que debían hacer 7 personas. Por todo lo cual consideramos la opinión de estos autores como menos probable.

            Un ángel poderoso grita a grandes voces, con el fin de que su voz se oiga en todo el universo, preguntando si hay alguno que sea digno, o capaz, de abrir el libro, soltando los 7 sellos (v.1). Pero nadie responde en toda la creación. Nadie es digno, ni en el cielo, ni en la tierra, ni en los abismos, de abrir el libro (v.2). Nadie posee la dignidad suficiente para atreverse a escudriñar los destinos futuros de la humanidad. No hay ningún ángel en el cielo, ningún hombre en la tierra, ningún difunto en el hades que pueda arrogarse tal dignidad. Sólo Cristo, redentor y mediador de los hombres, posee los títulos suficientes para llevar a cabo semejante empresa. El hecho de no encontrar a nadie en el universo capaz de desligar los sellos sirve para demostrar la alta dignidad del único digno de realizar esta hazaña.

            El profeta, ante aquel silencio de toda la creación, prorrumpe en llanto (v.4) porque comprende cuál es el contenido del rollo. Y piensa que no será posible conocer la revelación de aquel libro misterioso, y, en consecuencia, tampoco tendrá la alegría de contemplar el triunfo final del reino de Dios y de su Iglesia sobre los poderes del mal, personificados en las autoridades del Imperio romano. Pero he aquí que uno de los ancianos amablemente le tranquiliza, y le dice: No llores, mira que ha vencido el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, para abrir el libro (v.5).

            El anciano afirma claramente que sólo Cristo es capaz de soltar los sellos. Pero lo hace con lenguaje figurado, inspirado en diversos pasajes del AT. El epíteto León de Judá está tomado de la bendición de Jacob a sus 12 hijos, en la cual Judá es comparado a un cachorro de león. Sabido es que esta bendición de Judá es mesiánica. El otro título, Raíz de David, es lo mismo que la expresión mesiánica Retoño de Jesé, que se encuentra en la profecía de Is 11:10. Pues bien, es el León de Judá y el Vástago de la raza de David el que ha vencido las fuerzas siniestras del mal, simbolizadas por el Dragón infernal. Él ha sido el que ha triunfado, mediante su pasión y resurrección, del pecado y de la muerte. Por eso él será el único digno y capaz de abrir el libro de los 7 sellos.

            Por un ingenioso y paradójico contraste, el León anunciado aparece de repente bajo la forma de Cordero (v.6). San Juan ve un Cordero, que estaba en pie como degollado. Es Cristo, el cordero pascual inmolado por la salvación del pueblo elegido. Esta imagen tiene su origen en el AT, en donde el Siervo de Yahveh es llevado "como cordero al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores". También San Juan, en el 4º evangelio, nos presenta a Cristo "como el Cordero que quita los pecados del mundo". Con esto se quiere aludir a su mansedumbre, humildad, inocencia y santidad.

            El Cordero se presenta de pie, pero conservando todavía en su cuello las señales de su inmolación. Está de pie porque, aunque ha sido sacrificado, ha logrado vencer la muerte con su resurrección. Cristo ha sido, en efecto, león para vencer, pero se ha convertido en cordero para sufrir (según Victorino de Pettau). Su inmolación y muerte sobre la cruz ha sido la causa de su victoria sobre el demonio. Por eso las llagas de Jesucristo son las señales más gloriosas de su triunfo. Y no nos hemos de extrañar que Cristo conserve en el cielo (según Jn 20:27) las gloriosas llagas de su cruento sacrificio, como señales de su lucha victoriosa contra el mal. Aquí, esas llagas de los clavos y la herida del costado de Cristo están significadas por las señales en el cuello, indicio de haber sido degollado.

            El Cordero tiene, además, 7 cuernos, que simbolizan la plenitud del poder y de la fuerza del mismo. El cuerno, en el AT y en las literaturas y artes plásticas del Oriente, significa poder y fuerza. Se conocen muchas representaciones de guerreros que aparecen con cascos provistos de cuernos para simbolizar su mayor o menor potencia militar. Otro tanto podemos decir de las divinidades antiguas, especialmente mesopotámicas, que suelen estar representadas con una tiara de 7 cuernos.

            La imagen, pues, del Cordero con 7 cuernos significa el poder omnímodo de que goza Jesucristo. Pero sería un error querer imaginarse a Jesucristo como una realidad con 7 cuernos y 7 ojos. Estas imágenes son únicamente símbolos, y como tales han de tomarse, sin tratar de forzar el pensamiento del autor sagrado. Pues San Juan, cuando esto escribía, sin duda que no imaginaba a Cristo con siete cuernos. Se sirvió sólo de esta imagen para simbolizar una realidad muy superior: la omnipotencia divina de Cristo, que es el único, en toda la creación, capaz de conocer y dirigir los sucesos futuros del universo.

            El Cordero aparecía también con 7 ojos, que designan su omnisciencia y providencia universal. El profeta Zacarías ve sobre una piedra 7 ojos, que "son los ojos de Yahveh, los cuales observan la tierra en toda su redondez". Lo que Zacarías decía de Yahveh, lo dice San Juan en el Apocalipsis del Cordero. Los 7 ojos, como las 7 lámparas de Ap 4:5, son los 7 espíritus de Dios, enviados a toda la tierra (v.6). Estos representan al mismo Espíritu Santo prometido por Jesucristo, y enviado por el Padre y por Jesús sobre los discípulos para que diesen testimonio de Jesús y de su evangelio hasta el fin del mundo.

            El Espíritu Santo, que es único, aparece aquí como múltiple para significar la abundancia de sus dones. El Apocalipsis, que se complace en el nº 7, ha querido simbolizar esta abundancia de dones mediante los 7 ojos. Los 7 espíritus que, de una parte, se hallan al lado del que está sentado en el trono (el Dios omnipotente), y de otra junto al Cordero, indican con esto que es el Espíritu de ambos. Vienen a expresar, en forma simbólica, lo que confesamos al decir: "Creo en el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo".

            El Cordero se acerca al trono y recibe el libro de manos del que está sentado en él (v.7). No hay que preguntar cómo pudo el Cordero tomar el rollo, no teniendo manos. Nos hallamos en el cielo ante el Dios omnipotente, en donde todo es posible. La significación transcendental del acto realizado por el Cordero, al tomar el libro para abrir sus sellos y revelar su contenido, se manifiesta en la escena que sigue. Los 4 vivientes y los 24 ancianos se postran, en señal de adoración, delante del Cordero glorioso (v.8). Estos tienen en sus manos cítaras, para acompañar el cántico nuevo, que en seguida entonarán, y copas de oro llenas de perfume.

            Estos perfumes simbolizan las oraciones de todos los fieles de la Iglesia de Cristo que aún viven en la tierra. Los ancianos se muestran aquí claramente como ángeles intercesores. Y se distinguen evidentemente de los cristianos de la Iglesia terrestre cuyas oraciones ofrecen al Cordero. La función de los ancianos-ángeles es manifiestamente litúrgica: el cielo es un templo con su altar y sus cantores, parecido al templo de Jerusalén. Parece que el templo celeste que nos presenta San Juan está más o menos calcado en el Templo de Jerusalén. El vidente de Patmos nos habla de un altar de los holocaustos, de un altar de los perfumes, de una especie de santo de los santos, que al abrirse deja ver el Arca de la Alianza. San Juan se sirve de elementos tradicionales bíblicos o extrabíblicos para componer sus escenas celestes, pero dándoles un significado mucho más elevado del que tenían.

            Los ancianos y los vivientes, al postrarse delante del Cordero, le rinden acatamiento y adoración, al mismo tiempo que reconocen su superioridad como vencedor en la lucha contra los poderes del Dragón. Además, expresan esos mismos sentimientos de reverencia y adoración, entonando un cántico nuevo (v.9), que va dirigido no solamente a Dios creador, como sucedía en los 4 primeros capítulos del Apocalipsis, sino principalmente a Cristo redentor. Ese cántico nuevo corresponde al orden nuevo instaurado por Jesucristo, a la suprema intervención divina en los destinos de la humanidad, por medio de la muerte redentora del Cordero.

            El tema, pues, de este cántico es la redención llevada a cabo por Jesucristo. Él ha rescatado con su sangre a toda la humanidad, confiriendo a todos los rescatados la dignidad de reyes y sacerdotes (v.10). Todos los cristianos han comenzado ya a reinar espiritualmente desde que Cristo ha sido glorificado, y son poderosos delante de Dios por su intercesión. Son un sacerdocio real, porque mucho más que los sacerdotes de la Antigua Alianza se pueden acercar a Dios para interceder por los hombres.

            El universalismo de la obra redentora de Cristo se halla aquí bien claramente afirmado. La idea del rescate por medio de la sangre redentora de Jesús es manifiestamente paulina. El cántico nuevo, entonado por los habitantes del cielo, es todo él una clara confesión de la divinidad y omnipotencia del Cordero, que es el Verbo de Dios.

            San Juan, después de haber contemplado el grupo de los seres que están más cercanos al trono y tienen una parte más importante en el gobierno del mundo y de la Iglesia, ve un 2º grupo formado por miríadas de ángeles que rodeaban el trono (v.11). Estos son incontables, miríadas de miríadas y millones de millones. Las cifras que nos da aquí el profeta significan un número incontable, y parece tomarlas del profeta Daniel. Al cántico nuevo de los vivientes y de los ancianos hacen coro innumerables ángeles, que aclaman y confiesan al Cordero, inmolado por la salud de la humanidad, proclamándolo digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición (v.12). Estos 7 términos honoríficos indican la plenitud de la dignidad y de la obra redentora de Cristo. A la perfección de la obra divina, alcanzada por la redención, corresponde la perfecta glorificación de aquel que la ha realizado.

            La escena que nos describe San Juan es de una grandeza admirable. Cristo, el Cordero que ha sido degollado, recibe juntamente con el libro, el homenaje y el dominio de toda la creación. Es muy significativo que la alabanza de toda la creación vaya dirigida a Dios y al Cordero, indivisiblemente unidos. San Juan junta las criaturas materiales con los ángeles en la glorificación del Cordero redentor, a quien atribuyen la bendición, el honor, la gloria y el imperio por los siglos (ν.13).

            En esta doxología de 4 términos, que toda la creación dirige a Dios y al Cordero, se descubre una clara alusión a las 4 partes del universo (cielo, tierra, mar, abismos) o a las 4 regiones del mundo (norte, sur, este, oeste). Todas las criaturas alaban a Cristo, en paridad con Dios, como emperador supremo de todo el universo regenerado. A la aclamación de toda la creación se unen los 4 vivientes, diciendo amén (v.14). Estos, que habían dado la señal para entonar los cánticos de alabanza, dan ahora su solemne amén de aprobación a la aclamación cósmica universal. Se acomodan a la manera de proceder de la liturgia tanto judía como cristiana. Los ancianos también se postran en profunda adoración. Y de este modo forman como un todo único los seres de la creación, para tributar homenaje de obediencia y alabanza a Dios y a su Hijo Jesucristo.

            San Pablo, habiéndonos del anonadamiento de Cristo y de su obediencia hasta la muerte de cruz, nos dice que Jesucristo recibió, por este motivo, del Padre la dignidad más grande: fue constituido Señor, de suerte que ante él han de doblar la rodilla los cielos, la tierra y los infiernos. Y todo ello para gloria de Dios Padre.

            Toda esta escena se realiza en los cielos. A medida que el Cordero va abriendo los sellos, van apareciendo uno a uno los elementos que entran en los juicios de Dios sobre el Imperio Romano y sobre todo el mundo. A la apertura de cada sello corresponde algo así como un capítulo de cuanto está escrito en el libro. El septenario de sellos se divide en 2 series secundarias de 4 y de 3 miembros.

            Con la apertura de los 4 primeros sellos aparecen los símbolos de diversas calamidades. Los 4 primeros flagelos (representados por los 4 jinetes) simbolizan las calamidades más frecuentes en la antigüedad: invasión de los bárbaros, guerra, hambre, epidemias (Ap 6:1-8). Al abrir el 5º sello se eleva al cielo la plegaria de los que han sido muertos por la causa de la Palabra de Dios, pidiendo a Dios que manifieste su justicia (Ap 6:9-11). Cuando el Cordero abre el 6º sello, el profeta percibe un gran terremoto acompañado con señales del cielo, que presagian la ira del Cordero contra los impíos (Ap 6:12-17). Después aparece un ángel que marca a los justos con una señal en la frente para preservarlos de los castigos que han de venir (Ap 7:1-8).

            A estos elegidos se une una gran multitud de vencedores, que, uniendo sus voces a las de los ángeles, entonan himnos de alabanza a Dios y al Cordero (Ap 7:9-17). Finalmente, al ser abierto el 7º sello (Ap 8:1), se hace un gran silencio en el cielo. Este silencio impresionante indica la solemnidad del momento en el que el juicio se va a ejecutar.

n) Los 4 jinetes del Apocalipsis, 6:1-8

1Así que el Cordero abrió el primero de los siete sellos, vi y oí a uno de los cuatro vivientes que decía con voz como de trueno: 2Ven. Miré y vi un caballo blanco, y el que montaba sobre él tenía un arco, y le fue dada una corona, y salió vencedor, y para vencer aún. 3Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo viviente que decía: Ven. 4Salió otro caballo, bermejo, y al que cabalgaba sobre él le fue concedido desterrar la paz de la tierra, y que se degollasen unos a otros, y le fue dada una gran espada. 5Cuando abrió el sello tercero oí al tercer viviente que decía: Ven. Miré y vi un caballo negro, y el que lo montaba tenía una balanza en la mano. 6Y oí como una voz en medio de los cuatro vivientes que decía: Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario, pero el aceite y el vino ni tocarlos. 7Cuando abrió el sello cuarto oí la voz del cuarto viviente que decía: Ven. 8Miré y vi un caballo bayo, y el que cabalgaba sobre él tenía por nombre Mortandad, y el infierno le acompañaba. Fueles dado poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar por la espada, y con el hambre, y con la peste, y con las fieras de la tierra.

            Los 4 jinetes de esta 1ª visión (que depende de Zac 6:1-3) representan al Imperio Parto (que causó terror en el Imperio Romano) y los azotes que sus invasiones provocarían (tiranía, guerra, hambre, epidemias). Pero, al mismo tiempo, son también tipo de los azotes con que es amenazado el mundo pagano.

            Los 4 vivientes que sostienen el trono de Dios son los que dan aviso al profeta  (uno tras otro) para que se acerque y vea lo que va a suceder (v.1). A la apertura del 1º sello aparece un caballo blanco, y el que lo monta lleva un arco y recibe una corona (señal de una 1ª victoria), que irá seguida de otras más (v.2). El jinete blanco parece representar a los partos (prototipo de los pueblos belicosos), como se ve por el arco (que era el arma característica de sus guerreros). El color blanco (del caballo y la corona) es signo de victoria y de dominación. Y es que los partos, instalados sobre el Eufrates, constituían una amenaza continua contra el Imperio Romano. En el año 62 d.C su rey Vologesis había logrado vencer a las legiones romanas junto al río Tigris, y esa victoria presagió otras. Por eso se dice que el jinete salió vencedor, y para vencer aún más (v.2).

            Desde los tiempos de San Ireneo, casi todos los comentaristas antiguos y muchos modernos han visto en el jinete blanco a Jesucristo, o la personificación del evangelio (que había obtenido victorias a través del mundo y las seguiría obteniendo). Esta interpretación se apoya sobre todo en la semejanza con el caballero victorioso de Ap 19:11, que representa evidentemente a Jesucristo.

            Pero la visión de los 4 jinetes se inspira en Zac 6:1-3, en donde simbolizan azotes. Luego lo normal es que también aquí tengan ese sentido. Por otra parte, el 1º jinete del Apocalipsis forma un todo con los otros 3, que ciertamente representan calamidades. Además, parece poco probable que en los 3 septenarios del Apocalipsis un solo elemento sea heterogéneo. Y, finalmente, si se tratase de la predicación evangélica, no se explica por qué no lleva ningún signo distintivo, mientras que los demás jinetes llevan todos un símbolo que los caracteriza. El arco que lleva el 1º jinete no parece ser un signo distintivo apropiado para designar la predicación evangélica.

            Por consiguiente, creemos que el 1º jinete representa el azote de las invasiones de los bárbaros, tan frecuentes en la antigüedad. Los bárbaros, a los cuales hace referencia San Juan en este pasaje, parecen ser los partos, que en aquella época eran los más temibles adversarios del Imperio Romano y de la cultura griega. Sus amenazas y sus victorias tuvieron atemorizados a los habitantes del imperio durante mucho tiempo.

            Después de abrir el 2º sello apareció un jinete de color rojo, es decir, de color sangre, al cual fue entregada una gran espada. Y se le dio el poder de desterrar la paz de la tierra y hacer que los hombres se degollasen unos a otros (v.3-4). La espada, arma de las legiones romanas, simboliza las guerras intestinas del Imperio Romano, que tuvieron lugar el año 69 d.C. En dicho año, las legiones del Rhin, de las Galias, de la Grecia y del Asia, capitaneadas por Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano, se enfrentaron entre sí. Estas luchas eran conocidas, sin duda, por San Juan, y pudieron sugerirle la imagen del caballo rojo de la guerra.

            Al abrir el 3º sello se ve un caballo negro, y el jinete que lo montaba llevaba en su mano una balanza (v.5). La voz del 3º viviente declara el significado de esa balanza, que no es otro sino el de la carestía y del hambre (v.6). Era ésta una consecuencia normal de las guerras, como lo es todavía hoy. Los ejércitos arrasan con frecuencia los campos, y la gente, ante el temor de perder sus cosechas, no siembra. La balanza de la cual se habla aquí sirve para pesar el pan. Con el fin de apreciar mejor los datos del texto recuérdese que, según la parábola evangélica, el denario era el jornal de un obrero. Pues bien, para comprar 2 quénices (xοΐνιξ) de trigo, o 6 quénices de cebada (que era, naturalmente, más barata, y constituía el alimento de los pobres), había que pagar un denario.

            Para darnos cuenta de lo elevado del precio, hay que tener en cuenta que el quénice equivalía a 1,079 litros. Además, se sabe que en tiempos normales por un denario se podían comprar 12 quénices de trigo o 24 de cebada. El aumento tan exorbitante del precio del pan sirve para dar una idea del hambre que habría de venir. En cambio, el vino y el aceite abundarían sobremanera.

            Esta especie de paradoja se explica bien si tenemos presente que el estado romano, con el fin de que costase menos el pan, hacía compras masivas de trigo en Egipto y en África. Con esto, el precio del trigo bajaba y su cultivo se hacía poco remunerador; en consecuencia, los agricultores romanos creyeron que les resultaría más rentable el convertir sus tierras en viñas. Este fue el motivo de que hubiese una gran sobreabundancia de vino en Italia principalmente. Por eso Domiciano se vio obligado a aprobar un decreto (ca. 92 d.C) con el fin de restringir el cultivo de las viñas. En él ordenaba que "no se plantasen más viñas en Italia, y que en las provincias se destruyesen la mitad o más".

            Esta situación económica debía de durar desde hacía años, para que el emperador tratara de remediarla con medidas tan radicales. San Juan bien pudiera aludir a esta situación. La abundancia del vino y del aceite podía agravar más el malestar porque, sin satisfacer las necesidades alimenticias, obligaba a los agricultores a vender estos productos a precios muy bajos. De este modo se encontraban sin dinero suficiente para comprar los alimentos, sumamente caros.

            Después de la invasión, de la guerra y del hambre, viene la peste (v.7-8). El color claro verdoso del jinete es el color del cadáver en putrefacción. Por eso, el jinete es llamado Mortandad, o mejor, Muerte (θάνατος). Pero aquí muerte hay que entenderla de la peste, que los LXX traducen frecuentemente por θάνατος. Como el hambre, era la peste compañera inseparable de las guerras en los tiempos antiguos, a causa del poco o ningún cuidado de enterrar los cadáveres y de la suciedad en los campos y en las ciudades.

            El hades o Seol aparece aquí personificado como un individuo siniestro que seguía a la peste y a los otros 3 azotes para tragar las víctimas que éstos dejaban. El v.8 precisa que las calamidades de los 4 primeros azotes fueron limitadas a la cuarta parte de la tierra. Esta restricción es claro indicio de la misericordia divina, que no permitirá que tales calamidades se abatan sobre toda la humanidad. La enumeración de las 4 calamidades está tomada del profeta Ezequiel, el cual, dirigiéndose a los israelitas infieles, les dice: "¡Cuánto más cuando desencadene yo contra Jerusalén esos cuatro azotes juntamente: la espada, el hambre, las bestias feroces y la peste, para exterminar en ella hombres y animales!".

            Semejantes calamidades las habían experimentado las provincias de Oriente más de una vez durante el s. I. San Juan, sorprendido por todos los azotes que tuvieron lugar en su tiempo (las malas cosechas desde el 44 d.C, la gran epidemia del 65 d.C, los temblores de tierra en Anatolia, la erupción del Vesuvio, las catástrofes de Herculano y Pompeya...), se sirvió de ellos como de símbolos para anunciar las grandes calamidades que habían de venir sobre el mundo. Son como el símbolo de los diversos azotes con que Dios castiga periódicamente a la humanidad.

o) Los mártires del Cordero, 6:9-11

9Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sido degollados por la palabra de Dios y por el testimonio que guardaban. 10Clamaban a grandes voces, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra? 11Y a cada uno le fue dada una túnica blanca, y les fue dicho que estuvieran callados un poco de tiempo aún, hasta que se completaran sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos.

            San Juan concibe el cielo como un templo semejante al templo de Jerusalén, con su altar de los holocaustos, al pie del cual se derramaba la sangre de los sacrificios. Según la mentalidad hebraica, en la sangre estaba la vida, el alma. Por eso nos dice el autor del Apocalipsis que debajo del altar estaban las almas de los mártires sacrificados por la palabra de Dios y por el testimonio de Jesucristo (v.9). Los mártires, degollados como el Cordero, son considerados como holocaustos ofrecidos a Dios. Porque el martirio es un verdadero sacrificio soportado por amor de Cristo. Los mártires son, por este motivo, los verdaderos seguidores de Jesús, el mejor cortejo que Jesucristo glorioso puede tener en el cielo. Los que ve San Juan eran los que habían muerto bajo la persecución de Nerón.

            Una tradición judía, atestiguada por el Talmud, coloca las almas de los justos bajo el trono de Dios. Otra tradición judía los representaba en el acto de ser ofrecidos a Dios por Miguel sobre el altar celeste. Y la literatura rabínica colocaba a los justos, en especial a los muertos por causa de la Ley, muy cerca del trono de Dios.

            Es muy probable que estas tradiciones hayan influido sobre la concepción de San Juan. Por otra parte, es posible que el Apocalipsis coloque las almas de los mártires bajo el altar porque sobre el altar son ofrecidas las oraciones de los santos, o bien porque quiere significar que la inmolación de los que son sacrificados en la tierra es ofrecida a Dios simbólicamente sobre el altar del cielo. Según la tradición apocalíptica judía, las almas de los mártires y justos estaban en unas cuevas o receptáculos especiales en donde esperaban la resurrección. Es también muy posible que San Juan coloque a los mártires debajo del altar para significar una especial intimidad de éstos con Dios.

            Estos mártires claman, como clamaba la sangre de Abel, y piden al Dios santo y fiel que vengue su sangre en los habitantes de la tierra (v.10), es decir, en los enemigos de Dios. Esta petición de los mártires que parece un tanto dura y poco conforme con el espíritu cristiano, hay que entenderla en conformidad con todo el libro y con el espíritu general del NT. Como decía San Beda, "non haec odio inimicorum, pro quibus in hoc saeculo rogaverunt, orant, sed amore aequitatis".

            Los mártires desean ardientemente el triunfo de la palabra divina; de ahí la petición que dirigen a Dios para que se cumpla la justicia. Sin embargo, la súplica que aquí elevan los mártires no está inspirada en la del Señor ni en la de San Esteban Protomártir pidiendo perdón para sus verdugos. Es más bien el eco de las que leemos tantas veces en los salmos, en Jeremías y en otros lugares del AT. La venganza más digna de Dios misericordioso es obligar a sus enemigos a postrarse ante él pidiendo perdón. La respuesta que se da a la petición de los mártires se parece bastante a la que se encuentra en 4 Esd 4:35-37. Los justos, desde sus receptáculos, preguntan: "¿Cuánto tiempo tendremos todavía que permanecer aquí?". A lo que responde el arcángel Jeremiel: "Hasta que el número de vuestros semejantes sea completo".

            De igual modo, los mártires del Apocalipsis han de callarse, esperando un poco de tiempo aún (v.11), a que se complete el número de sus hermanos que han de ser muertos como ellos. El tiempo de espera será corto, porque en el cielo los años cuentan poco. A los mártires se les da una túnica blanca, propia de los que ya han triunfado, como en Ap 3:5; 7:9. Los mártires participan desde ahora del triunfo y de la gloria celeste, que son prenda del pleno cumplimiento de las promesas divinas.

            Para comprender bien el pensamiento de San Juan en el Apocalipsis hemos de tener presente que suele ver en un solo hecho simbólico lo que es una ley continua de la justicia divina: la glorificación celeste de los mártires, antes incluso de que hayan resucitado sus cuerpos. San Juan, lo mismo que los profetas antiguos, concibe el mundo en lucha continua. De una parte está la causa de Dios representada por los fieles; de otra está la causa del mundo, que combate contra Dios y los suyos. La satisfacción prometida a los mártires va a ser simbolizada, bajo su doble aspecto, por la visión del 6º sello. Tal vez las oraciones de los santos hayan acelerado la acción divina.

p) Los grandes cataclismos del mundo, 6:12-17

12Cuando abrió el sexto sello, oí y hubo un gran terremoto, y el sol se volvió negro como un saco de pelo de cabra, y la luna se tornó toda como de sangre, 13y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra como la higuera deja caer sus higos sacudida por un viento fuerte, 14y el cielo se enrolló como un libro que se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus lugares. 15Los reyes de la tierra, y los magnates, y los tribunos, y los ricos, y los poderosos, y todo siervo, y todo libre se ocultaron en las cuevas y en las peñas de los montes. 16Decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros y ocultadnos de la cara del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero, 17porque ha llegado el día grande de su ira, y ¿quién podrá tenerse en pie?

            Los cataclismos cósmicos que siguen a la apertura del 6º sello parecen presentarse como una respuesta al clamor de los mártires. Son las señales que precederán al castigo de Dios contra los poderes del mal, y que por sí solos indican lo terrible y espantoso que será ese día.

            Todas las señales cósmicas descritas aquí por San Juan: terremotos, oscurecimiento del sol y de la luna, caída de las estrellas, arrollamiento del cielo, estremecimiento de los montes y de las islas (v.12-14), son clásicas y tradicionales en la literatura profética y apocalíptica tanto del AT como del NT. Son figuras empleadas para anunciar el desencadenamiento de la cólera de Dios contra los impíos. De temblores de tierra se habla en Am 8:8 y en Jo 2:10; 3:4. De eclipses de sol y de la luna ensangrentada en Am 8:9; Jo 2:10; 3:4 e Is 13:10; 50:3; así como en Mt 24:21.29-30 y en el mismo Ap 8:5; 11:13; 16:18. De la caída de las estrellas y de la desaparición del cielo, nos dice hermosamente Isaías: "La milicia de los cielos se disuelve, se enrollan los cielos como se enrolla un libro; y todo su ejército caerá como caen las hojas de la higuera".

            Como se ve claramente, esta imagen de Isaías está tomada casi al pie de la letra por el autor del Apocalipsis. La única imagen que no encontramos en la Biblia es la de la translación de las montañas y de las islas, que puede considerarse como una consecuencia del gran terremoto anunciado en el v.12. Todas estas imágenes no hay que tomarlas al pie de la letra. No se trata de hechos reales, que han de suceder como preludio del fin del mundo, sino que son puros símbolos convencionales de desgracias que se han de abatir sobre los malvados. No es el juicio final lo que aquí se anuncia. Es más bien una de tantas intervenciones justicieras de Dios sobre la humanidad en el curso de su historia.

            San Juan nos presenta a hombres de todas clases y condición el número 7 indica totalidad (desde los reyes, magnates, tribunos, ricos y poderosos hasta los siervos y libres), huyendo de los cataclismos para esconderse en las cavernas de los montes (v.15). Esto era frecuente en Israel en tiempo de invasiones enemigas y de guerras. Y lo mismo dice Jesucristo en el evangelio cuando habla de la caída de Jerusalén y de la gran tribulación.

            El apostrofe que dirigen los impíos a los montes y a las peñas ("caed sobre nosotros, y ocultadnos de la cara del Cordero", v.16), nos recuerda las palabras que Cristo dirigió a las piadosas mujeres de Jerusalén, que se lamentaban de su suerte, cuando iba camino del Calvario: "Entonces dirán a los montes: Caed sobre nosotros, y a los collados: Ocultadnos". Los malvados tienen conciencia de su culpabilidad, y, antes de comparecer ante la faz irritada del Cordero, prefieren desaparecer para siempre. Porque ha llegado el día terrible de su ira, y nadie podrá mantenerse en pie en su presencia (v.17). El manso Cordero se ha convertido en fiero León para los enemigos de Dios.

            La vista del Redentor inmolado será lo que más terror ha de causar a la humanidad ingrata. Los enemigos de Dios se sentirán llenos de espanto, y tendrán que reconocer la soberanía y la omnipotencia divinas, manifestadas en esas convulsiones cósmicas. El día grande de la ira del Señor es el paralelo del gran día de Yahveh, del cual nos hablan frecuentemente los profetas. Ese día será un día terrible, un día de tinieblas y oscuridad, en el que se oscurecerá el sol y la luna, y las estrellas caerán del cielo, y el universo entero se conmoverá. Todas estas imágenes sirven para dar realce a la intervención divina en favor de su Iglesia y en contra de los enemigos de ella.

            El significado esencial de la escena descrita por San Juan es que los enemigos de Dios serán obligados a reconocer, en las diversas épocas de la historia, los signos precursores del gran día de Dios, del gran juicio del Señor. Y tendrán que constatar que no siempre podrán escapar a la justicia divina.

q) El sellamiento de los justos, 7:1-8

1Después de esto vi cuatro ángeles, que estaban en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, y retenían los cuatro vientos de ella para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol. 2Vi otro ángel que subía del naciente del sol, y tenía el sello de Dios vivo, y gritó con voz fuerte a los cuatro ángeles, a quienes había sido encomendado dañar a la tierra y al mar, diciendo: 3No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado a los siervos de nuestro Dios en sus frentes. 4Oí que el número de los sellados era de ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel: 5De la tribu de Judá, doce mil sellados; de la tribu de Rubén, doce mil; de la tribu de Gad, doce mil; 6de la tribu de Aser, doce mil; de la tribu de Neftalí, doce mil; de la tribu de Manases, doce mil; 7de la tribu de Simeón, doce mil; de la tribu de Le vi, doce mil; de la tribu de Isacar, doce mil; 8de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil.

            Todo el cap. 7 está íntimamente ligado al 6º sello. Es como una respuesta al grito desesperado de los enemigos del Cordero: ¿Quién podrá mantenerse en pie? El autor sagrado quiere infundir aliento y esperanza a los fieles ante la gran catástrofe anunciada en el capítulo anterior. Hasta aquí los azotes divinos no hacían distinción entre los siervos de Dios y los impíos habitantes de la tierra. En adelante, los fieles serán preservados. Por eso, antes de abrir el séptimo sello, un ángel de Dios marca a los escogidos con una señal en la frente, que los distinguirá de los paganos.

            El profeta ve 4 ángeles de pie sobre los cuatro ángulos de la tierra (v.1). La tierra antiguamente era concebida como plana y cuadrada. Los 4 ángulos de la tierra equivalían a los 4 puntos cardinales (norte, sur, este y oeste). Los 4 ángeles tenían como misión el retener los 4 vientos de la tierra. En la tradición judía, todos los elementos materiales del mundo estaban regidos por ángeles que vigilaban su funcionamiento. Aquí, los 4 vientos corresponden a los 4 azotes del capítulo precedente. Los 4 ángeles rectores de ellos les impiden soplar sobre la tierra y arrojar sobre ella los castigos decretados por la justicia divina. Con esto, San Juan afirma con bastante claridad que todos los elementos que componen el cosmos, y las condiciones meteorológicas de él, dependen totalmente de la voluntad de Dios.

            Además de estos cuatro ángeles, San Juan ve un 5º ángel, que viene del oriente (v.2). El oriente es el lado de donde viene la luz, lo que corresponde bien a este ángel portador y anunciador de la salvación. El ángel que ve Juan lleva el sello (σφραγίβ) de Dios vivo, con el cual marcará a los siervos de Dios. Se trata, según parece, de un sello negativo, que al ser aplicado deja marcada una imagen. En la antigüedad era frecuente llevar piedras entalladas con las cuales se marcaban los objetos, las cartas, etc. Y esta marca servía de firma.

            El objeto o la persona sellados, es decir, marcados con el sello, indicaban con esto que pertenecían al dueño del sello. Los esclavos y las personas pertenecientes al culto de los templos eran sellados frecuentemente a fuego, para significar de una manera indeleble su procedencia y propietario. El ángel portador del sello grita a los otros 4 ángeles que no hagan daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles hasta que marque en la frente, con el sello de Dios, a los siervos del Señor (v.2). Una vez hecho esto, ya podrán cumplir su oficio justiciero.

            El signo sobre la frente indica la protección divina y la pertenencia a Dios y al Cordero. La imagen del signo o del sello religioso era también conocida en Israel. En el Éxodo se narra que la noche en que se había de ejecutar la 10ª plaga, mandó Dios un ángel para que con la sangre del cordero pascual señalase las casas de los hebreos. De este modo fueron librados los israelitas de la 10ª plaga.

            En el mismo libro del Éxodo se manda que en el turbante del sumo sacerdote había de haber una placa con la inscripción: le Yahweh (lit. "propiedad de Yahveh"). El profeta Isaías habla de los paganos convertidos a la religión de Yahveh, que tendrían sobre la mano la inscripción le Yahweh (lit. "de Yahveh", "propiedad de Yahveh"). Pero es sobre todo Ezequiel el que sirvió de modelo al autor del Apocalipsis. El profeta Ezequiel ve un ángel, con pluma y tintero, que va señalando con una tau en la frente a los que no se habían contaminado con las abominaciones idolátricas que se cometían en Jerusalén. De esta manera, los sellados con la tau son preservados de la matanza de los otros 6 ángeles.

            La visión del Apocalipsis corresponde perfectamente a esta de Ezequiel. A los marcados con el sello de Dios no les alcanzarán los azotes que van a descargar sobre el mundo los 4 vientos. Probablemente, la señal con que eran sellados los siervos de Dios debía de ser el nombre de Dios y del Cordero, pues éste es el signo que distingue a los predestinados en Ap 14:1.

            Lo cierto es que los marcados con el sello pasaban a estar bajo una protección especial de Dios. Ya hemos indicado más arriba que en la antigüedad pagana era corriente marcar a los esclavos con una señal, que indicaba ser propiedad de un determinado señor. Herodoto habla del egipcio Templo de Hierápolis, en donde existía la costumbre de señalar con el sello sagrado a todos los esclavos que se refugiaban en el templo, con el fin de consagrarlos al servicio del dios. Después de lo cual, a nadie estaba permitido poner la mano sobre ellos. En Ap 13:16 también se dice que los seguidores de la Bestia llevarán su sello sobre la frente. El bautismo cristiano, que era administrado en nombre de Cristo y por el cual el fiel pasaba a ser como propiedad de Cristo, fue llamado σφραγίβ (lit. sello). Aquí, sin embargo, no parece que se trate ni se aluda al bautismo. La señal es algo metafórico, como lo será la señal de la Bestia.

            El número de los marcados en la frente es de 144.000 (v.4). Es éste un número simbólico, resultado de la suma de 12.000 escogidos de cada una de las 12 tribus de Israel (12 x 12 x 1.000), que designa una inmensa multitud. ¿A quiénes representan estos 144.000 sellados? Creemos que la opinión que tiene mayor probabilidad es la que ve en esta multitud de marcados a toda la Iglesia cristiana. Se identificaría con la ingente muchedumbre de que nos va a hablar San Juan en Ap 7:9-17. Pero San Juan presenta a esta inmensa multitud ya en el plano glorioso del cielo.

            Según Ap 3:9-10, las 12 tribus de Israel designan a la Iglesia militante, en cuanto que los cristianos son considerados como formando el verdadero pueblo de Israel, que sucede al antiguo. Y los 144.000 vírgenes de Ap 14:1-5 que siguen al Cordero, pudieran también identificarse con la inmensa multitud de nuestro texto. Sin embargo, es más probable que revistan matices un tanto distintos esos 2 grupos de 144.000: el grupo inmenso de sellados de Ap 7:4 representaría a la totalidad de los cristianos; mientras que los 144.000 vírgenes de Ap 14:4 designaría a la totalidad de los elegidos.

            Orígenes, Primasio, San Beda, Beato de Liébana, y autores modernos (como Renán, Swete y otros) ven en esta cifra simbolizada la multitud de los fieles de Cristo, que serán librados de los azotes en el día de la cólera de Dios contra los impíos. Otros escritores, siguiendo a Victorino Pettau y a Andrés de Cesárea, creen más bien que el número 144.000 representa a los cristianos convertidos del judaísmo, desde los días apostólicos hasta la entrada en masa de Israel en la Iglesia. Y, finalmente, ciertos autores (como, por ejemplo, Bartina) identifican esa muchedumbre inmensa de 144.000 con un grupo escogido que había de quedar excluido de las calamidades que se abatirían sobre la tierra, y que sería el que prolongase la Iglesia en la historia.

            El vidente de Patmos coloca la tribu de Judá en primer lugar, por ser la tribu de la cual había salido el Mesías, Jesucristo. La tribu de Dan no es nombrada, tal vez porque una tradición judía la consideraba como maldita, por suponer que de ella había de salir el Anticristo. Pero con el fin de que subsista el nº 12 (número sagrado de las tribus de Israel) el hagiógrafo nombra a la tribu de Leví, y desdobla la tribu de José en las de Efraím (en lugar de Efraím es nombrado José) y de Manases.

r) El triunfo de los elegidos, 7:9-17

9Después de esto miré y vi una muchedumbre grande, que nadie podía contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua, que estaban delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con palmas en sus manos. 10Clamaban con grande voz, diciendo: Salud a nuestro Dios, al que está sentado en el trono, y al Cordero. 11Υ todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes, y cayeron sobre sus rostros delante del trono y adoraron a Dios, diciendo: Amén. 12Bendición, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos, amén. 13Tomó la palabra uno de los ancianos y me dijo: Estos vestidos de túnicas blancas, ¿quiénes son y de dónde vinieron? 14Le respondí: Señor mío, eso tú lo sabes. Y me replicó: Estos son los que vienen de la gran tribulación, y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero. 15Por eso están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo, y el que está sentado en el trono extiende sobre ellos su tabernáculo. 16Ya no tendrán hambre, ni tendrán ya sed, ni caerá sobre ellos el sol, ni ardor alguno, 17porque el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.

            San Juan, después de contemplar los 144.000 sellados, ve en el cielo una gran muchedumbre de elegidos de todas las naciones, incontables en número, que estaban de pie delante del trono y del Cordero (v.8). Esta multitud innumerable simboliza a toda la Iglesia, compuesta de gentes de toda raza y nación. El Señor había prometido a los patriarcas que en ellos serían bendecidos todos los pueblos de la tierra. Los profetas también habían predicho de muy diversas maneras la incorporación de las naciones al pueblo de Dios en los tiempos mesiánicos. Por eso Jesucristo había mandado a los apóstoles a predicar el evangelio a toda criatura. Y San Pablo nos dirá todavía más claramente que en Cristo no hay judío ni gentil, hombre o mujer, siervo o libre, porque todos somos uno en Cristo.

            La gran muchedumbre que ve San Juan parece designar (según el v.14) un gran número de mártires cristianos, que vienen de la gran tribulación y ya poseen la bienaventuranza eterna. Los vestidos blancos y las palmas en las manos significan su triunfo y su felicidad celeste. Sin embargo, conviene tener presente que las túnicas blancas y las palmas pueden ser también el símbolo de todo cristiano que ha triunfado del mundo. El cristiano que ha permanecido fiel a su fe en medio de las dificultades de este mundo, consigue una dificilísima victoria, que en mucho se parece a la victoria de los mártires.

            Además, para San Juan, la vida en el cielo es la prolongación, la expansión de la vida de la gracia recibida en el bautismo. Él contempla a los elegidos en una especie de peregrinación, de procesión hacia el cielo, en donde tendrá lugar el último acto de su largo peregrinar. Este último acto consistirá en sumarse al coro celeste de todos los elegidos para alabar a Dios por toda la eternidad. Por eso, en la perspectiva joánica, la Iglesia militante y la triunfante vienen como a identificarse, a sobreponerse frecuentemente. Esta es la razón que nos ha movido a identificar la muchedumbre innumerable de Ap 7:9 con los 144.000 siervos de Dios sellados en la frente de los versículos precedentes.

            La inmensa turba toma parte, juntamente con los espíritus celestiales, en la gran liturgia del cielo, en el sacrificio de alabanza, el más grato al Señor (v. 10-12). En su acción de gracias entonan un cántico en el que reconocen que la salvación de que gozan la han recibido del que está sentado en el trono y del Cordero. Porque éstos son los únicos que la pueden dar. El cántico de alabanza va dirigido a ambos, con lo cual confiesan su unidad y (hablando en lenguaje teológico) la consubstancialidad del Padre y del Hijo. La expresión salud (σωτηρία) α nuestro Dios parece ser una traducción del hosanna de los judíos, que era empleado especialmente en las manifestaciones religiosas de la fiesta de los Tabernáculos.

            Las miríadas de ángeles que estaban en torno al trono de Dios, los 24 ancianos y los 4 vivientes, se unen a la aclamación de los mártires postrándose en tierra y respondiendo con un solemne amén (v.11). Luego entonan una doxología de alabanza a Dios, que consta de 7 términos (v.12). Con este septenario de plenitud y totalidad se celebran la sabiduría y el poder divinos, por haber hecho triunfar a tan inmensa multitud.

            En primer lugar es la bendición que le ofrecen todas las criaturas. De este colosal cántico de bendición de toda la creación tenemos como un eco lejano en el canto: "Bendecid todas las obras del Señor al Señor". Después es la gloria, es decir, la manifestación de la grandeza de Dios, que invita a la alabanza, de la cual está llena toda la tierra. La sabiduría, que el mismo Dios pregona en el libro de Job, describiéndonos las maravillas de la creación, en que resplandece la sabiduría del Creador.

            La acción de gracias, la cual es debida a Dios por los innumerables beneficios que derrama en todas las criaturas, especialmente en los seres racionales, a quienes hace participantes de su propia bienaventuranza. Honor es el reconocimiento de la excelencia de una persona, y ¿quién más excelente que Dios, y a quién es más debido el reconocimiento de esa excelencia? El poder soberano para regir a nadie puede competir mejor que al que por derecho propio reina sobre la creación entera. Finalmente, la fortaleza (o mejor, la fuerza con que subyuga a cuantos se le oponen, sometiéndolos a su ley) conviene de modo especial a aquel que es llamado el Todopoderoso. Todos estos atributos los posee Dios, no por algún tiempo determinado, sino por los siglos de los siglos. Así, los cielos y la tierra, los ángeles y los hombres se juntan, en esta solemnísima liturgia celeste, para aclamar a una al Dios soberano, que está sentado en el trono, y al Cordero.

            A continuación (v.13-17) San Juan va a determinar mejor quiénes son los que forman esa muchedumbre incontable. Y en un diálogo entre uno de los 24 ancianos y el vidente de Patmos, muy propio del estilo apocalíptico, aquél le responde: Estos son los que vienen de la gran tribulación, y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero (v.14). La gran tribulación de que se habla aquí no es precisamente la de los últimos tiempos, es decir, la del juicio final, sino que probablemente se refiere a la persecución de Nerón, tipo de todas las persecuciones antirreligiosas de todos los tiempos.

            La muchedumbre vestida de túnicas blancas, lavadas en la sangre del Cordero, no comprende únicamente a los mártires de la persecución neroniana, sino también a todos los fieles purificados de sus pecados por el bautismo. El sacramento del bautismo recibe de la sangre de Cristo la virtud de lavar y purificar las almas. El cristiano, que recibe por el bautismo la gracia de Dios, posee ya en sí mismo la vida. Vive la vida de la gracia, que es comienzo de la vida eterna, aun en medio de las tribulaciones de la vida presente. Después vendrá la plena expansión de esa vida en el cielo. Así entendido este pasaje, se explica bien la expresión un tanto extraña: lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero. Es la sangre de Cristo, que lava y purifica las almas de los pecados contraídos. Esta metáfora de la sangre de Cristo que blanquea, quitando los pecados, se encuentra en otros lugares del NT. La imagen del Apocalipsis debe de provenir de Ex 19:10.14 y Gen 49:11.

            La felicidad celestial de los bienaventurados es concebida como una liturgia continua, en donde las almas ejercen día y noche su sacerdocio delante del trono de Dios dentro del templo celeste (v.15). Es la plena expansión de la idea que ve en los cristianos un reino de sacerdotes. El Dios omnipotente, que esta sentado en el trono, extenderá sobre ellos su tienda para protegerlos de las inclemencias del tiempo. Dios es presentado como un jeque beduino que acoge con suma hospitalidad a los viandantes fatigados por el largo caminar a través del desierto de este mundo. Con la venida de Cristo a este mundo, Dios montó su tienda entre nosotros. De la misma manera que Dios protegió a Israel en el desierto con su sombra protectora, o la Shekina, así también ahora Dios protege a sus elegidos habitando en medio de ellos.

            Pero la habitación indefectible y eterna de Dios entre los suyos sólo tendrá plena realización en el cielo. Allí los elegidos gozarán de una salud plena y perfecta, pues Dios los librará de todas las miserias de la presente vida. No tendrán hambre ni sed, ni sufrirán los ardores del sol, ni el dolor y la tristeza (v.16). El mismo Cristo los apacentará como pastor y los conducirá a las fuentes de la vida eterna (v.17), pues Jesucristo es el camino verdadero y único para ir al Padre, es la "fuente de la vida". El profeta Isaías se había expresado ya en términos casi idénticos: "No padecerán hambre ni sed, calor ni viento solano que los aflija. Porque los guiará el que de ellos se ha compadecido, y los llevará a aguas manantiales".

            En el AT es frecuente comparar a Dios con un pastor que apacienta sus ovejas y las conduce a la majada. Jesucristo se llama a sí mismo el buen Pastor, que conoce a sus ovejas y las defiende de los lobos rapaces. Es también la fuente de la vida sobrenatural para todos los que creen en él. Dios y el Cordero habitarán entre sus ovejas, entre sus elegidos, y serán su templo, su sol y su protección.

           El mismo Dios enjugará las lágrimas de sus ojos (v.17), es decir, los consolará y ya no permitirá que sufran más. Isaías, al hablarnos del festín mesiánico que Yahveh dará en Sión a todos los pueblos, también da realce a la idea de felicidad que experimentarán todos en aquellos tiempos, diciendo: "Y destruirá la muerte para siempre, y enjugará el Señor las lágrimas de todos los rostros, y alejará el oprobio de su pueblo, lejos de toda la tierra". Estas figuras tan dulces y emocionantes reaparecerán en los 2 últimos capítulos del Apocalipsis.

s) El silencio de media hora, 8:1

1Cuando abrió el séptimo sello, hubo un silencio en el cielo por espacio corno de media hora.

            La apertura del 7º sello da comienzo a una nueva serie de catástrofes. Por consiguiente, el 7º sello no constituye el final del drama, que trae consigo el gran día del castigo, sino que es sólo el final de un acto. Su apertura dará lugar a un nuevo septenario de catástrofes, que se producen al toque de siete trompetas. Al abrir el 7º sello se origina una gran expectación entre los que rodeaban el trono de Dios y el Cordero.

            La solemnidad del momento se pone de manifiesto al presentarnos a los habitantes celestes como atónitos, guardando silencio por espacio de media hora (v.1). Este impresionante silencio señala la espera ansiosa de las criaturas mientras se desenrolla el libro. Lo que ahora se va a descubrir es tan sorprendente y aterrador que todos quedan como sobrecogidos por el terror. Este silencio solemne, que precede la venida del gran día de la cólera, es una especie de entreacto, después del cual la escena pasa del cielo a la tierra. El toque de las 7 trompetas anunciará una nueva serie de azotes, que constituirán el preludio a la llegada del reino de Dios.

t) La visión de las 7 trompetas, 8:2

            El vidente de Patmos va a contemplar de una manera profética la ejecución de los decretos del libro sellado. Las calamidades de este septenario se abatirán sobre los que no están marcados con el sello de Dios. Las 7 trompetas hacen venir los castigos de Dios sobre todos los idólatras. El nuevo septenario presenta los mismos caracteres de composición que el precedente, pero es más monótono y artificial. El autor sagrado cambia únicamente de símbolos (como hace con frecuencia) para expresar la misma idea. Las calamidades de este septenario alcanzan uniformemente a 1/3 de las cosas, lo que parece suponer una progresión sobre el septenario precedente, que alcanzaba sólo a 1/4 parte.

            En la visión de las trompetas se advierten rasgos suficientes para establecer la identidad fundamental de los azotes descritos en ella con los que el profeta había visto prepararse en el cielo. La destrucción de los vegetales (Ap 8:7) hace pensar en el hambre de la que se ha hablado en Ap 6:5-6. Las aguas convertidas en ajenjo, que hacen morir a los hombres (Ap 8:10-11), tienen cierta relación con el 4º jinete que trae consigo la epidemia (Ap 6:7-8). Los trastornos cósmicos (Ap 8:12) recuerdan evidentemente los trastornos acaecidos en el momento de la apertura del 6º sello (Ap 6:12-14). Por otra parte, las 4 primeras trompetas corresponden también bastante bien a las 4 primeras copas de Ap 16:2-9.

            Las imágenes de estas visiones están inspiradas principalmente en la historia de las plagas de Egipto y en la tradición apocalíptica judía. Los detalles, muy probablemente, no pretenden tener una significación determinada, sino que son artificios literarios para dar más plasticidad a la idea de los grandes castigos de Dios. Por eso no pretendemos buscar la significación de cada detalle en particular, sino procuramos descubrir el sentido del conjunto.

u) La aceleración del fin del mundo, 8:2-6

2Vi siete ángeles, que estaban en pie delante de Dios, a los cuales fueron dadas siete trompetas. 3Llegó otro ángel, y púsose en pie junto al altar, con un incensario de oro, y fuéronle dados muchos perfumes para unirlos a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro, que está delante del trono. 4El humo de los perfumes subió, con las oraciones de los santos, de la mano del ángel a la presencia de Dios. 5Tomó el ángel el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó sobre la tierra; y hubo truenos, voces, relámpagos y temblores. 6Los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas.

            Tal vez haya que suponer que el Cordero, después de soltar el 7º sello, desenrolló el libro y lo leyó. Una vez conocido el contenido del libro, da las órdenes pertinentes a los ángeles, que son sus agentes. San Juan ve los 7 ángeles que están delante de Dios, a los que fueron entregadas 7 trompetas (v.2).

            Estos ángeles deben de ser figuras ya conocidas, como lo indica el artículo τους. Probablemente sean los ángeles que la tradición judía conocía como los ángeles de la faz o ángeles de la presencia, es decir, los 7 arcángeles de que nos hablan Tobías, Daniel, y Henoc: Uriel, Rafael, Raguel, Miguel, Saraquiel, Gabriel, Remeiel. Están delante de Dios para significar que es él quien los envía a poner por obra sus juicios sobre la tierra. Ellos han de dar las señales para que los ministros de la justicia divina cumplan los mandatos que ya habían recibido. Las trompetas que les fueron entregadas constituían una imagen escatológica tradicional. Por medio de ellas se da la señal de los juicios divinos, sobre todo la del último juicio. Ellas anuncian la destrucción del mundo pagano, pero son, al mismo tiempo, anuncio de alegría y liberación para los elegidos.

            Pero antes de que los 7 ángeles comiencen a hacer su oficio, llega otro ángel con un incensario, o, más propiamente, con una paleta que servía para transportar las brasas del altar de los holocaustos sobre el altar de los perfumes. El ángel se acerca al altar de los holocaustos, bajo el cual estaban los mártires, y recibe muchos perfumes, que simbolizan las oraciones de los santos, los cuales ha de ofrecer sobre el altar de oro (v.3).

            El autor sagrado concibe el templo celeste exactamente como el Templo de Jerusalén. En él hay un altar de los holocaustos, un altar de los perfumes y un santo de los santos. Las oraciones de los fieles llegan hasta Dios por mediación de los ángeles. Se afirma aquí claramente la doctrina de la intercesión de los ángeles en favor de los hombres. San Juan en el Apocalipsis insiste en presentar al ángel como intercesor de los santos al lado del Señor. En esto se conforma a la tradición bíblica y judía, que presenta frecuentemente a los ángeles como intercesores de los hombres, especialmente en los últimos libros del AT.

            El ángel que había visto San Juan coloca los perfumes o el incienso sobre las brasas del altar. Y entonces se vio una columna de humo que subía, juntamente con las oraciones de los santos, de la mano del ángel a la presencia de Dios (v.4). Las oraciones, simbolizadas por los perfumes, piden justicia contra los perseguidores. Y, en efecto, Dios escucha las oraciones de los santos, pues pronto vamos a contemplar su realización. Dios va a intervenir en favor de su Iglesia.

            El ángel, cumplida su ofrenda, vuelve al altar de los holocaustos y llena la paleta de brasas, que arroja sobre la tierra (v.3). Este acto viene a ser como un presagio de los castigos que Dios va a enviar sobre el Imperio Romano y sobre todas las naciones paganas. Una escena parecida la encontramos en Ez 10:2: un ángel coge fuego del carro de los querubines y lo arroja sobre la ciudad de Jerusalén, para significar la destrucción de la ciudad por parte de los babilonios.

            En la visión del Apocalipsis, el fuego santo, al caer sobre la tierra contaminada con las iniquidades de los hombres, viene a revelar el estado de maldad que reina en ella. La caída de las brasas produce un efecto parecido al de la explosión de una bomba: se produce un trastorno cósmico, con truenos, voces, relámpagos y temblores de tierra. Estos son los signos de la venganza inminente de Dios. La justicia simbolizada por este fuego va a abatirse sobre el mundo culpable. Ha llegado la hora de la manifestación de la justicia divina. Por eso los ángeles se disponen a tocarlas (v.6) para que el castigo divino descargue sobre el mundo. Las oraciones de los santos son las que atraen sobre la tierra la cólera divina, que vendrá templada con la misericordia.

v) Las 4 primeras trompetas, 8:7-12

7Tocó el primero la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclado con sangre, que fue arrojado sobre la tierra; y quedó abrasada la tercera parte de las tierra, y quedó abrasada la tercera parte de los árboles, y toda hierba verde quedó abrasada. 8El segundo ángel tocó la trompeta, y fue arrojada en el mar como una gran montaña ardiendo en llamas, y convirtióse en sangre la tercera parte del mar, 9y murió la tercera parte de las criaturas que hay en el mar de las que tienen vida, y la tercera parte de las naves fue destruida. 10Tocó las trompeta el tercer ángel, y cayó del cielo un astro grande, ardiendo como una tea, y cayó en la tercera parte de los ríos y en las fuentes de las aguas. 11El nombre de ese astro es Ajenjo. Convirtióse en ajenjo la tercera parte de las aguas, y muchos de los hombres murieron por las aguas, que se habían vuelto amargas. 12Tocó el cuarto ángel la trompeta, y fue herida la tercera parte del sol, y la tercera parte de la luna, y la tercera parte de las estrellas, de suerte que se oscureció la tercera parte de las mismas, y el día perdió una tercera parte de su brillo, y asimismo la noche.

            Del mismo modo que la apertura de los 4 primeros sellos constituía una especie de grupo, así también aquí las 4 trompetas forman un 1º grupo. La razón de esto está en que se reparten, como los 7 sellos, las 7 cartas, las 7 copas, en 2 series de 4 y de 3 miembros respectivamente. Las calamidades que desencadena el toque de las diversas trompetas se abaten sobre 1/3 de la naturaleza inanimada (la tierra, el mar, las aguas dulces y los cielos). Los hombres no son atacados directamente, pero indirectamente tendrán que sufrir los efectos consiguientes a la acción de los azotes divinos. Las calamidades desencadenadas por los 4 jinetes herían a un cuarto de la humanidad. Aquí el castigo es mayor, pues abarca a un tercio. La cólera divina alcanzará su mayor extensión en el septenario de las copas.

            La descripción de los azotes que se producen al toque de las diversas trompetas está tomada en buena parte de las plagas de Egipto, que en la tradición judía representaban los castigos típicos de Dios contra los idólatras. Las 7 calamidades del Apocalipsis provocadas por las trompetas siguen muy de cerca, incluso en la parte literaria, la narración de las plagas del tiempo de Moisés. Es evidente que no han de tomarse al pie de la letra, ni aun en sentido alegórico, tratando de dar un sentido determinado a cada detalle. Se deben interpretar más bien en sentido parabólico, viendo en cada calamidad (tomada en conjunto) la acción de la justicia divina, que castiga a los hombres obrando sobre la naturaleza, que Dios había creado para su provecho.

            El toque de trompetas se emplea con relativa frecuencia en la Biblia para anunciar acontecimientos de importancia decisiva. En el profeta Joel, las trompetas anuncian el día de Yahveh. Jesucristo, en el discurso escatológico, afirma que los ángeles llamarán a juicio a los hombres al toque de las trompetas. Y San Pablo dice que "al son de la trompeta resucitarán los muertos" y el Señor descenderá del cielo. También la literatura rabínica de tendencia apocalíptica se sirve de la imagen de los ángeles tocando las trompetas para convocar a juicio.

            Según el libro IV de Esdras, la destrucción del mundo habría de durar 7 días, tantos como había durado su creación. No tendría nada de extraño que el septenario de las trompetas se inspirase en esta concepción. Sin embargo, interpretando este septenario dentro del cuadro general del Apocalipsis de San Juan, es más probable que aquí el nº 7 tenga sentido de plenitud, como ya hemos visto que tenía en otros septenarios.

            El toque de la 1ª trompeta parece desencadenar grandes tempestades, que provocan enormes pérdidas y calamidades agrícolas (v.7), parecidas a aquellas que nos refiere Tácito, acaecidas en los años 63, 68 y 69 d.C. Granizo y fuego mezclado con sangre destruyeron la tercera parte de la tierra y toda la vegetación que en ella había. En Ap 7:3, el ángel que tenía el sello de Dios vivo pide a los otros 4 ángeles que no hagan daño a la tierra ni a los árboles hasta haber sellado a todos los siervos de Dios en sus frentes. Ahora parece que la señalización de los elegidos ya ha terminado, y ha llegado el momento de castigar al hombre, destruyendo la vegetación. La 7ª plaga de Egipto (en la que se dice que "Dios hizo llover granizo sobre la tierra de Egipto y, mezclado con el granizo, cayó fuego") y los prodigios escatológicos anunciados por Joel, han suministrado los elementos literarios de este primer azote.

            La 2ª trompeta trae consigo un azote sobre el mar del todo singular. Una montaña ardiendo es arrojada al mar, y convierte en sangre la 3ª parte de él, y destruye cuantos animales hay en sus aguas y hasta las naves que por ellas navegan (v.8-9). El hecho de convertirse el agua en sangre recuerda la 1ª plaga de Egipto, en la cual el Nilo se convirtió en sangre y murieron todos los peces que en ellas había. En la gran montaña arrojada al mar ardiendo en llamas, algunos autores ven una alusión a alguna erupción volcánica. Pudiera ser una referencia a la gran erupción del Vesubio (ca. 79 d.C), en la que fueron sepultadas por la lava las ciudades de Pompeya y Herculano. El recuerdo de esta catástrofe, verdaderamente apocalíptica, debía perdurar todavía a fines del s. I, cuando San Juan redactaba su libro. Y este recuerdo pudo sugerirle elementos para la descripción del segundo azote.

            Al sonar la 3ª trompeta cayó del cielo un astro grande, ardiendo como una tea, sobre la 3ª parte de los ríos y de las fuentes de agua (v.10). Este astro, llamado Ajenjo, inficionó las aguas, causando la muerte de muchos hombres con su amargura (v.11). Sin duda que este azote se refiere a alguna epidemia causada por las aguas emponzoñadas. En Ap 8:8-9 hablaba de la contaminación de las aguas saladas del mar; ahora toca la vez a las aguas dulces de los ríos y de las fuentes.

            El astro envuelto en llamas que cae del cielo pudiera ser un ángel, por analogía con Ap 9:1. Pero también podría ser un bólido, que en los ambientes populares habría sido considerado como el causante de la epidemia. Uno de los Oráculos sibilinos (Oráculo V, 158-161) también anuncia la caída de un astro que secará el mar profundo y consumirá a Babilonia (Roma) y a Italia. En el libro IV de Esdras (4 Esd 5:9) se habla de las aguas dulces convertidas en amargas, que es considerado como un signo precursor de la proximidad del fin del mundo.

            El ajenjo (artemisia absinthium) era una planta muy conocida en la antigüedad por su sabor, el más amargo de todos. En el AT, el ajenjo es símbolo de la injusticia, de la idolatría y de los castigos divinos. Las aguas emponzoñadas con el ajenjo del Apocalipsis mataron a muchos hombres. No se especifica que fuera una 3ª parte, como en las trompetas anteriores, sino que se habla de una manera general e indeterminada. Se pueden percibir en esta 3ª trompeta reminiscencias de la 1ª plaga de Egipto.

            La 4ª trompeta trae consigo el oscurecimiento de la 3ª parte del sol, de la luna y de las estrellas (v.12). También Dios creó los astros para servicio del hombre, a fin de que le sirvieran con su luz. Por eso su oscurecimiento es una señal de mal augurio para los hombres. Se debe de tratar de eclipses parciales, que eran de mal presagio para los antiguos. En las descripciones apocalípticas de la Escritura, y de la literatura judía posterior, nunca faltan estos fenómenos celestes. Con ellos se quiere indicar que los astros, criaturas de Dios, también tomarán parte en los castigos divinos contra la humanidad. El azote desencadenado por esta 4ª trompeta depende evidentemente de la 9ª plaga de Egipto, en la que las tinieblas cubrieron durante 3 días la tierra. En el libro de la Sabiduría, el autor sagrado se complace en ponderar la grandeza de esta plaga.

            De esta manera, la tierra, el mar, las aguas dulces y los astros han sido heridos sucesivamente en 1/3. Esto muestra que la descripción del vidente de Patmos es una cosa convencional y artificial, para significar los castigos que habían de venir sobre el mundo. Del mundo material sólo quedan el aire, que será herido al sonar la 7ª trompeta, y el ebismo (el Hades), del cual se hablará al tratar de la 5ª trompeta.

w) Otras 3 calamidades más, 8:13

13Vi y oí un águila, que volaba por medio del cielo, diciendo con poderosa voz: ¡Ay, ay, ay de los moradores de la tierra por los restantes toques de trompeta de los tres ángeles que todavía han de tocar!

            Los castigos desencadenados por las 4 primeras trompetas han alcanzado directamente sólo a la tierra y a los astros. Los nombres han sido alcanzados hasta aquí sólo indirectamente. Las otras 3 trompetas que quedan traerán consigo una creciente intensidad de los azotes, que alcanzarán a los hombres directamente, y sus efectos serán mucho más graves. Esto nos lo muestra el profeta con la breve introducción de Ap 8:13.

            Un águila aparece en lo alto del cielo para que se oiga bien de todas partes lo que va a decir. Con poderosa voz amenaza a los moradores de la tierra con las 3 trompetas que todavía no han sonado. El águila profiere 3 ayes contra los habitantes de la tierra, es decir, contra los paganos. Los tres ayes corresponden a las 3 calamidades que provocarán las 3 últimas trompetas. El ay (vae) amenazador, empleado con tanta frecuencia en la literatura bíblica y extrabíblica, es exactamente lo opuesto de bienaventurados (beati), y presupone el anuncio o el deseo de que venga algún castigo.

            Alio nota, a propósito del 2º ay, que también los cristianos serían alcanzados por la calamidad. Pero San Juan hablaría como si no hiriera a los cristianos, porque supone que ellos se aprovecharían de esta ocasión para purificarse. En este sentido, los azotes serían presentados como pruebas providenciales, que prácticamente sólo harían daño a los paganos. Para los cristianos serían un medio de perfeccionamiento.

            La imagen del águila no es nueva en la Escritura, pues la emplea Jeremías para significar la rapidez con que vendrá el castigo sobre Moab y Edom. Pero los pasajes de Jeremías no tienen la solemne belleza del águila de San Juan, amenazando desde lo alto del cielo a la tierra con los azotes que traerán las trompetas que faltan. Las escenas de las 3 trompetas restantes están separadas de las precedentes, siguiendo la Ley de la Ruptura de los septenarios después del 4º (4+3). De las 3 calamidades que aún quedan, la 5ª se termina en Ap 9:12; la 6ª en Ap 11:13, y la 7ª abarcará todo el fin del Apocalipsis, a cuyo final parece servir como de introducción (Ap 11:15-19). De aquí podemos deducir que este septenario es de estructura semejante a la del precedente, es decir, al de los 7 sellos.

x) Los insectos infernales, 9:1-12

1El quinto ángel sonó la trompeta, y vi una estrella que caía del cielo sobre la tierra y le fue dada la llave del pozo del abismo; 2y abrió el pozo del abismo, y subió del pozo humo, como el humo de un gran horno, y se oscureció el sol y el aire a causa del humo del pozo. 3Del humo salieron langostas sobre la tierra y les fue dado poder, como el poder que tienen los escorpiones de la tierra. 4Les fue dicho que no dañasen la hierba de la tierra, ni ninguna verdura, ni ningún árbol, sino sólo a los hombres que no tienen el sello de Dios sobre sus frentes. 5Se dio orden de que no los matasen, sino que fuesen atormentados durante cinco meses; y su tormento era como el tormento del escorpión cuando hiere al hombre. 6Los hombres buscarán en aquellos días la muerte y no la hallarán, y desearán morir y la muerte huirá de ellos. 7Las langostas eran semejantes a caballos preparados para la guerra, y tenían sobre sus cabezas como coronas semejantes al oro, y sus rostros eran como rostros de hombre; 8y tenían cabellos como cabellos de mujer y sus dientes eran como de león; 9y tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas era como el ruido de muchos caballos que corren a la guerra. 10Tenían colas semejantes a los escorpiones, y aguijones, y en sus colas residía su poder de dañar a los hombres por cinco meses. 11Por rey tienen sobre sí al ángel del abismo, cuyo nombre es en hebreo Abaddon, y en griego tiene por nombre Apolyon. 12El primer ¡ay! pasó; he aquí que vienen aún otros dos ¡ayes! después de esto.

            San Juan nos ofrece en esta 5ª trompeta la descripción de una terrible invasión de demonios, salidos del abismo, bajo la forma de langostas infernales. Estas atormentan a los hombres que no están marcados con el sello divino; pero sin matarlos. En Israel es conocida la plaga de langostas, que procede de la orilla oriental del mar Muerto y a veces invade las tierras de la parte occidental, dejándolas desoladas. Estos insectos son tan voraces que no dejan nada verde. A veces son tan numerosos que forman nubes de varios km, que llegan a oscurecer el sol. Cuando vuelan en grandes bandadas producen con sus alas un ruido intenso.

            En el Ex 10:12-19 se habla también de una plaga de langostas que Dios mandó sobre Egipto. Pero es especialmente el profeta Joel quien nos dejó una descripción maravillosa de la invasión de la langosta. La descripción del Apocalipsis se inspira indudablemente en la 8ª plaga de Egipto, pero sobre todo en la narración de Joel. Las langostas de que nos habla el vidente de Patmos deben de responder a alguna representación híbrida, bastante frecuentes en el Oriente antiguo (v.7-10). Baste recordar los querubes de Ezequiel, en cuya representación entran cabeza y tronco de hombre, cuerpo de toro con patas de león y alas de águila. Tal vez la imagen de los centauros griegos no está ausente de la mente de Juan.

            El ejército de langostas sube del abismo, del océano primitivo, que aquí es considerado como la morada de los demonios. La tierra está comunicada con este abismo por medio de un pozo muy profundo, que de ordinario está cerrado, y cuya llave la tiene el mismo Dios, con el fin de limitar la acción diabólica sobre el mundo. San Juan ve una estrella caer del cielo sobre la tierra, a la cual fue dada la llave del pozo del abismo (v.1).

            Esta estrella representa un ángel, pues, según la literatura apocalíptica, los ángeles eran los que dirigían las estrellas y se consideraban como una personificación de las mismas. Esta estrella caída no representa un ángel caído, sino un ángel mandado por Dios para desencadenar otro castigo contra los malvados. Probablemente el autor sagrado se refiera al ángel que guardaba el abismo. Y no sería nada de extraño que aludiese a Uriel, que, según el Libro de Henoc 20:2, tenía autoridad sobre el mundo y el Tártaro.

            El abismo (tehom), que en el AT era el océano sobre el cual estaba fundamentada la tierra, se convierte en la literatura apocalíptica en una prisión subterránea. En ella había un fuego que atormentaba a los ángeles caídos y a los demonios, y que había de ser el lugar de tormento de todos los pecadores. Para el autor del Apocalipsis, el lugar de castigo escatológico es el estanque de fuego. El abismo es considerado como el lugar en donde Satanás y los ángeles caídos son temporalmente encadenados y castigados. Este abismo es también una región tenebrosa de la que procedían las pestes y los monstruos.

            A la estrella que caía del cielo le fue dada la llave del pozo del abismo. Cristo mismo fue quien le dio la llave, pues, según Ap 1:18, Jesucristo es el que tiene las "llaves de la muerte y del infierno".

            El poder y la providencia de Dios se extienden a toda la creación, y también controlan los abismos y los poderes del mal. San Juan tiene especial cuidado en el Apocalipsis de dar realce a la absoluta omnipotencia de Dios y de Jesucristo sobre todas las cosas. La estrella, o sea el ángel que recibió la llave, abrió el pozo del abismo (v.2) para soltar la 5ª calamidad. En el momento mismo de abrir la puerta del pozo que comunica con el abismo, sale una densa humareda, semejante al humo de un gran horno. La inmensa humareda oscureció el sol y el aire. Y de en medio del humo comenzaron a salir langostas que se posaban sobre la tierra (v.2).

            En realidad, estos seres, más bien que langostas, son monstruos apocalípticos compuestos de varios elementos. Pues en los v.7-8 nos dirá el autor sagrado que las langostas eran semejantes a caballos preparados para la guerra, que tenían rostros de hombre, cabellos de mujer, dientes de león y cola de escorpión. Esta descripción de la terrible langosta se inspira indudablemente en pasajes bíblicos, y posiblemente también en tradiciones y en representaciones extrabíblicas.

            San Juan, apoyándose en la plaga de langostas de Egipto, en la maravillosa descripción que hace Joel de una invasión de langostas, en los elementos que le suministraba Ezequiel acerca de animales mitológicos, y en lo que él mismo podía conocer por la literatura y el arte griego-orientales, ha logrado combinar con gran habilidad estos diversos antecedentes literarios, dándonos la imagen de un animal verdaderamente dañino. Los diversos elementos constitutivos de estas langostas infernales sirven para simbolizar el gran poder que tenían para hacer daño. Poseían la rapidez del caballo, la sagacidad del hombre, el atractivo de la mujer, la fuerza del león, la voracidad de la langosta y el veneno del escorpión. Difícilmente el autor sagrado podría imaginar otro ser más dañino y aterrador que el que aquí nos presenta.

            A estos animales tan maléficos se les prohíbe dañar los cultivos del hombre, como la hierba de la tierra, la verdura, los árboles. Tan sólo se les permite atormentar a los hombres que no están marcados con el sello de Dios sobre sus frentes (v.4). Para no incurrir en dificultades y contradicciones hemos de tener presente que estas distintas calamidades no se suceden cronológicamente, ni tampoco dependen unas de otras. Son cuadros convencionales en los que se prescinde de los demás, compuestos para expresar una idea teológica y religiosa. Por eso no nos hemos de extrañar que en el azote provocado por la 1ª trompeta se diga que "toda hierba verde quedó abrasada", mientras que aquí se supone que esa hierba verde todavía existía. Lo que pretende el autor sagrado con esto es poner de relieve que lo los hombres no sellados serán los que sufrirán el castigo divino.

            Se ordena a las langostas infernales no matar a los hombres, sino atormentarlos durante 5 meses (ν.5). Υ el tormento que se les infligía era como el de la picadura de un escorpión, que, si bien es dolorosísima, raramente es mortal. La picadura de los escorpiones es temible a causa del dolor intolerable que produce. El tiempo en que se les permite atormentar a los hombres no marcados con el sello de Dios es de 5 meses. Es precisamente la duración de la vida de una langosta, o sea un verano entero.

            Aquí 5 meses es un período de tiempo inferior a medio año, con el cual se quiere indicar un espacio de tiempo relativamente corto. El tormento causado por las picaduras de estas langostas-escorpiones es tan doloroso que las víctimas desearán y buscarán la muerte, pero no la hallarán porque la muerte huirá de ellos (v.6). El autor sagrado nos presenta la muerte personificada, que huye de los hombres heridos por los escorpiones para hacerlos sufrir más, y así obligarlos a entrar dentro de sí, a reconocer sus pecados y a convertirse.

            La visión de las langostas es muy posible que aluda a algún hecho histórico, como, por ejemplo, a una invasión de los partos. Sin embargo, una interpretación casi tradicional, aceptada por muchos comentaristas ya desde los tiempos de Andrés de Cesárea, prefiere ver en las langostas un símbolo de los tormentos espirituales provocados por los demonios en las conciencias de los hombres. Los malos espíritus atacarían a éstos con turbaciones de espíritu y remordimientos de conciencia tan fuertes que les harían desear la muerte y llamarla a gritos, aunque en vano. Como en las 4 primeras trompetas, tampoco aquí se puede alegorizar, sino aplicar la ley de la parábola, que mira al conjunto de la descripción para ver expresada en ella una idea.

            El ejército de langostas infernales avanzaba de una manera arrolladora e implacable, pues eran semejantes a caballos pertrechados para la guerra. Con sus dientes de león deshacían todo cuanto encontraban a su paso, y con el veneno de sus colas paralizaban a todos los vivientes. Las monstruosas langostas, por su parte, estaban eficazmente defendidas con corazas de acero, que las hacían invulnerables. Sin embargo, este ejército aguerrido recibe la orden de no dañar a los vegetales, como hemos visto ya en el v.4. Sólo podrán causar daño a los hombres por 5 meses (v. 9-10).

            Los vegetales librados del azote de la langosta tal vez simbolicen a los fieles cristianos que han de ser preservados de las calamidades. El rey de esas langostas infernales es el ángel del abismo, llamado en hebreo Abaddon, y en griego Apolyon (v.11). El término hebreo abaddon significa destrucción, perdición, y suele ser empleado en la Biblia como paralelo de seol, lo cual quiere decir que es sinónimo de seol o de región de los muertos. Es, por lo tanto, una personificación de los poderes de la muerte, como el hades en Ap 1:18. El autor sagrado traduce Abaddon en griego por Apolyon, que también significa destructor, que tal vez tenga cierta relación con Apolo, que con su arco y sus flechas causaba estragos, como las langostas con el aguijón venenoso semejante al de los escorpiones.

            El hagiógrafo se detiene de repente y anuncia que éste es el fin del 1º de los ayes con el que amenazaba el águila en Ap 8:13. Pero al mismo tiempo afirma que van a seguir otros 2 ayes (v.12), no menos perniciosos que el primero.

y) El ejército de Satanás, 9:13-21

13El sexto ángel sonó la trompeta, y oí una voz que salía de los cuatro ángulos del altar de oro, que está en la presencia de Dios, 14que decía al sexto ángel que tenía la trompeta: Suelta los cuatro ángeles que están ligados sobre el gran río Eufrates. 15Fueron sueltos los cuatro ángeles, que estaban preparados para la hora, y para el día, y para el mes, y para el año, a fin de que diesen muerte a la tercera parte de los hombres. 16El número de los del ejército de la caballería era de dos miríadas de miríadas; yo oí su número. 17Así mismo vi en la visión los caballos y los que cabalgaban sobre ellos, que tenían corazas color de fuego, y de jacinto, y de azufre; y las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones, y de su boca salía fuego, y humo, y azufre. 18Con las tres plagas perecieron la tercera parte de los hombres, es a saber: por el fuego, y por el humo, y por el azufre que salía de su boca. 19El poder de los caballos estaba en su boca y en sus colas, pues las colas eran semejantes a serpientes, tenían cabezas y con ellas dañaban. 20El resto de los hombres que no murió de estas plagas no se arrepintieron de las obras de sus manos, dejando de adorar a los demonios, a los ídolos de oro y de plata, de bronce y de piedra y de madera, los cuales ni pueden ver, ni oír, ni andar; 21ni se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus maleficios, ni de su fornicación, ni de sus robos.

            Llega el 2º de los ayes. El 6º ángel hace sonar la trompeta, y de los 4 cuernos del altar de oro sale una voz (v.13). Esta voz, que proviene del altar de los perfumes, debe de ser una personificación de las oraciones de los santos allí ofrecidas. Estos piden que continúen los azotes contra el mundo pagano; es decir, que se cumpla la justicia divina contra los impíos.

            La voz salida de los cuatro cuernos del altar ordena al 6º ángel, de parte de Dios, que suelte los 4 ángeles que están ligados sobre el río Eufrates (v,14). En la literatura bíblica el Eufrates suele ser frecuentemente el punto de partida de las hordas invasoras, que tantas veces habían de devastar Israel. Durante siglos fueron los asirios, después los babilonios, más tarde los persas y escitas, y en tiempo de San Juan los partos. Los 4 ángeles encadenados (a orillas del Eufrates) no hay que confundirlos con los de Ap 7:1-3.

            Parecen ser más bien la personificación de las fuerzas invasoras, que van a sembrar por doquier la devastación y la ruina. Probablemente son los ángeles del castigo mencionados en Henoc 53:3, que con sus instrumentos de suplicio van a atormentar a los reyes y poderosos de la tierra. El artículo τούβ, que emplea el texto griego del Apocalipsis, hace suponer que estos 4 ángeles eran conocidos en la tradición judío-cristiana. Según Henoc 56:5-8, estos ángeles se pondrán un día al frente de los partos y de los medos, cuya caballería invadirá Israel para el combate escatológico.

            Probablemente, San Juan se sirve de esta tradición transformándola un poco: contempla a esos ángeles poniéndose al frente de la caballería diabólica, lo mismo que Abaddón guiaba a las langostas infernales, y lanzándose contra los impíos. Y, en efecto, los partos, terror del Imperio Romano de aquella época, acechaban la oportunidad a orillas del Eufrates para lanzarse sobre el mundo civilizado. Las luchas entre los partos y el Imperio Romano eran frecuentes, y la victoria no siempre había sonreído a los romanos. Más de una vez las provincias del Imperio se vieron invadidas por la impetuosa caballería de los partos, terrible por su destreza en el manejo del arco. Solamente bajo Trajano, después que éste conquistó Mesopotamia y estableció la frontera a orillas del Tigris, cesó por un tiempo el temor de los partos. Sin embargo, hay que tener presente que las invasiones de los partos son el símbolo de las catástrofes que amenazan a los grandes imperios paganos, perseguidores de la Iglesia de Dios.

            Los 4 ángeles que estaban preparados por Dios para el momento preciso (para la hora, para el día, para el mes y para el año) señalado por su justicia, fueron sueltos (v.15). Se sueltan 4 ángeles, porque sus efectos han de alcanzar a las 4 partes del mundo. En este azote ya no se trata de atormentar sin matar, sino que este ejército invasor, capitaneado por los 4 ángeles, hará perecer a la 3ª parte de los hombres. Sigue el mismo esquema que las 4 primeras calamidades, desencadenadas por el toque de las trompetas. Pero los castigos son cada vez más terribles. El dar muerte a 1/3 de los hombres quiere significar el gran estrago y carnicería que llevará a cabo el ejército invasor.

            Nada más soltar a los 4 ángeles, aparece la caballería infernal, compuesta de 200 millones de caballos y 200 millones de jinetes: el número de los del ejército era de dos miríadas de miríadas (v.16). La masa del ejército es realmente imponente, y designa una potencia irresistible. La cifra que oyó, y que nos transmite el profeta, es semejante a la de los ángeles de la corte celestial, cuyo número era también de miríadas de miríadas. San Juan quiere como dar a entender que existen 2 ejércitos formidables (el de Dios y el del diablo), que se espían y están dispuestos a lanzarse el uno contra el otro. Este paralelismo o contraste que parece aflorar entre los dos ejércitos, indica que el autor sagrado se refiere aquí posiblemente al ejército de ángeles del abismo infernal, o, al menos, considera a los partos como los ministros del infierno.

            La descripción que nos da el hagiógrafo de este ejército es tan fantástica y aterrorizadora como la de las langostas-centauros de la 5ª trompeta. Los jinetes tenían corazas color de fuego; las cabezas de los caballos eran poderosas como las de los leones. Sus bocas exhalan un aliento verdaderamente infernal: fuego, humo y azufre (v.17). El azufre ardiendo y humeando es un elemento típico de las descripciones demoníacas y del infierno. La imagen de monstruos arrojando por sus bocas fuego y humo era entonces bastante corriente. Incluso se la encuentra entre los clásicos, como Ovidio y Virgilio. Las colas de los caballos del ejército infernal eran como serpientes, tenían cabezas y con ellas dañaban (v.19). En la mitología oriental era frecuente la representación de seres humanos con cabeza de león o con colas de serpiente. Y en la gigantomaquia de Pérgamo (que San Juan había podido contemplar), los enemigos de los dioses tienen los miembros inferiores serpentiformes.

            La caballería infernal es descrita con caracteres verdaderamente espeluznantes, con sus terroríficas armas: fuego, humo y azufre, muy propias del abismo. Y causó la muerte de 1/3 de los hombres (v.18). Algo parecido sucedió en las 4 primeras trompetas, en las que pereció también la 3ª parte de los seres que sufrieron su acción. La intención de Dios al permitir que muriesen tantos hombres era producir en los restantes el arrepentimiento. Sin embargo, los resultados de este castigo fueron nulos. Los supervivientes de la catástrofe no se aprovecharon de la lección para convertirse a Dios, antes bien, continuaron ofendiéndole con su culto a los ídolos y con otros muchos crímenes (v.20-21).

            Las malas obras de estos impíos forman, pues, 2 grupos: unas van contra Dios, y otras contra el prójimo. Contra Dios, el autor sagrado recuerda principalmente la idolatría, que consiste en adorar a figuras inertes de materias más o menos preciosas que no tienen alma ni vida. De la idolatría proceden todos los demás pecados, incluso los más vergonzosos. También pertenecen al capítulo de la idolatría los maleficios, de los cuales nos habla en el v.21. Comprenden las artes mágicas, las brujerías y las encantaciones. En otros lugares del NT suelen acompañar a la idolatría. Las obras malas cometidas contra el prójimo se resumen en 3 apartados: homicidios, fornicaciones, robos.

            Dios, que ante todo desea la salud de los hombres, ordena todos estos azotes al bien de los hombres. Dios bondadoso dirige tanto las obras de su justicia como de su misericordia a la conversión de los pecadores. Pero, en el caso presente, los planes misericordiosos de Dios quedan frustrados por la protervia humana. Lo que decidirá a los pecadores a volverse a Dios será la exaltación de los 2 testigos simbólicos, que serán presentados en el cap. 11.

            De los cristianos no se dice nada. Pero, por analogía con el conjunto de este septenario, se puede concluir que debieron de salir purificados de la prueba. La gran tribulación pasada constituyó para ellos una ocasión de purificación espiritual, de la que salieron más fortalecidos en su fe y en su esperanza.

z) La inminencia del castigo de Dios, 10:1-7

1Vi otro ángel poderoso, que descendía del cielo envuelto en una nube; tenía sobre su cabeza el arco iris, y su rostro era corno el sol, y sus pies, como columnas de fuego, 2y en su mano tenía un librito abierto. Y poniendo su pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra, 3gritó con poderosa voz, como león que ruge. Cuando gritó, hablaron los siete truenos con sus propias voces. 4Cuando hubieron hablado los siete truenos, iba yo a escribir; pero oí una voz del cielo que me decía: Sella las cosas que han hablado los siete truenos y no las escribas. 5El ángel que yo había visto estar sobre el mar y sobre la tierra levantó al cielo su mano derecha 6y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo y cuanto hay en él, la tierra y cuanto en ella hay, el mar y cuanto existe en él, que no habrá más tiempo, 7sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él suene la trompeta, se cumplirá el misterio de Dios, como El lo anunció a sus siervos los profetas.

            San Juan está ahora sobre la tierra, desde donde ve a un ángel que baja del cielo. El aspecto del ángel era imponente, poderoso, y toda su figura majestuosa. Para encubrir un tanto su majestad y gloria viene envuelto en una nube, que es el vehículo tradicional empleado por los seres celestes para sus viajes entre el cielo y la tierra. Llevaba sobre su cabeza el arco iris (v.1), que, a manera de aureola o de halo glorioso irisado, rodeaba su cabeza.

            El arco iris indica su gloria espiritual y su procedencia celestial; pero, al mismo tiempo, es signo de que el ángel trae un mensaje de paz y de misericordia para los fieles cristianos perseguidos. El juicio general que va a anunciar y los juicios particulares que mandará profetizar al vidente de Patmos demuestran esto mismo. Los fieles recibirán satisfacción y sus deseos serán cumplidos.

            El rostro del ángel resplandecía como el sol y sus pies eran como columnas de fuego. Este aspecto resplandeciente y lleno de gloria es una nota característica de las apariciones sobrenaturales de seres en forma humana. Esta imagen del ángel nos recuerda un tanto la visión del ángel de Ap 5:2. Como éste había en cierta manera anunciado y provocado el comienzo de las calamidades sobre el mundo pagano, así el ángel de Ap 10:1 viene a anunciar la consumación próxima de los juicios divinos. La intervención de este ángel poderoso significa la importancia de la misión que trae: la consumación está próxima.

            El hecho de que el ángel resplandece a semejanza del Hijo del hombre en la aparición inicial de los mensajes a las 7 iglesias, ha llevado a algunos autores a identificarlo con Jesucristo. Sin embargo, el resplandor es común a los seres sobrenaturales y gloriosos. Además, aquí el ángel actúa como los otros y Dios le da órdenes, lo cual nunca sucede con Jesucristo. ¿Qué ángel es? Pudiera ser Miguel (lit. "fuerza de Dios"), al cual convendría a perfección el epíteto de poderoso (ισχυρός). Trae también un mensaje consolador de tipo mesiánico, como es la llegada del reino de Dios, que será el coronamiento en la historia del evangelio.

            El ángel de aspecto imponente tiene en su mano un librito abierto (v.2). Este librito está como en contraste con el libro sellado del cap. 5, a causa de su pequeñez y por estar abierto. Sus pequeñas proporciones parecen significar que contiene pocos oráculos. Y está abierto porque dichos oráculos son relativamente claros o bien porque ya han sido revelados bajo alguna forma en la visión de las 7 trompetas. El librito debía de contener los destinos del Imperio Romano, considerado en sus relaciones con la Iglesia y como prototipo de las potencias que han de ser vencidas por Cristo.

            Las proporciones colosales del ángel, que tenía su pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra, designan su misión universal, la cual abarcará al mundo en su totalidad. Su poderosa voz está en consonancia con su hercúlea estatura. Dio un grito inarticulado, parecido al rugido de un león, que se convirtió en un eco inmenso semejante al de 7 truenos (v.3). El ángel emitió probablemente con su poderosa voz 7 mensajes, cuyo eco iba retumbando por todos los ángulos de la tierra.

            El trueno, en la Escritura, es la voz de Dios. Los 7 truenos, eco del poderoso grito del ángel, parecen simbolizar "todo el conjunto de la revelación profética comunicada por Dios a Juan". Pero si no simbolizan todo el conjunto de la revelación profética, al menos debe de tratarse de cierto número de revelaciones o mensajes dirigidos a los cristianos, porque San Juan, al oír la voz, entiende algo que al punto se dispone a escribir para darlo a conocer a las Iglesias.

            Pero una voz del cielo se lo impide, ordenándole que no lo escriba, que lo guarde en su corazón hasta que llegue la hora de revelarlo (v.4). Sellar las cosas que han dicho los siete truenos es igual que mantenerlas en secreto. Lo cual significa que San Juan había oído muchos secretos acerca de los designios de Dios sobre la humanidad, que no serían puestos por escrito, es decir, no serían revelados. Son estos artificios literarios muy en consonancia con el carácter apocalíptico de nuestro libro. Ya el profeta Daniel se expresaba casi en los mismos términos: "Tú, Daniel, ten en secreto estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin". La razón que se da en Daniel para mantener el secreto es el tiempo lejano en que ha de tener lugar lo anunciado.

            Ha habido muchos autores que han intentado penetrar en el contenido de los 7 truenos. Pero es difícil determinar con certeza cuáles eran los mensajes de los 7 truenos. Lo que nos parece más probable y más en conformidad con todo el tenor del Apocalipsis es que lo dicho por los truenos debe de ser el anuncio de nuevas calamidades relacionadas con el mensaje del ángel. Tal vez se prohíba a San Juan revelarlas para no desalentar a los cristianos, ya tan probados.

            El mensajero divino, después de haber dado un grito atronador, se dispone a pronunciar un juramento para certificar la absoluta verdad de lo que va a decir. El juramento estaba permitido por la ley judía y tenía gran fuerza obligatoria. También entre los cristianos es lícito, siempre que sea verdadero aquello por lo que se jura y haya motivo suficiente para jurar. El ángel, en actitud de prestar solemne juramento, jura levantando al cielo su mano derecha y teniendo sus pies asentados sobre la tierra y el mar (v.5-6). Con esta actitud, el ángel quiere significar que toca las 3 partes del universo porque va a jurar por aquel que creó el cielo, la tierra y el mar.

            La acción de elevar la mano al cielo, como queriendo poner por testigo a Dios, por quien se jura, es común en la Escritura. En esta actitud, el ángel pronuncia la fórmula del juramento. Y para que no haya duda alguna de que es el Dios verdadero al que pone por garante de lo que va a decir, añade que es el que creó el cielo, la tierra, el mar y cuanto en ellos existe. ¿Qué es lo que jura? Que no habrá más tiempo (v.6). La palabra tiempo aquí significa dilación, espera. Por consiguiente, significa que ya no pasará más tiempo, ya no habrá más dilación para el cumplimiento de los juicios divinos que se realizarán al sonido de la séptima trompeta. La apertura de los 7 sellos y los toques de las trompetas habían hecho retrasar la venida de la consumación de todas las cosas. Sin embargo, una vez que suene la 7ª trompeta, se cumplirá el misterio de Dios (v.7).

            Este misterio de Dios es el establecimiento definitivo del reino de Dios y de su Cristo, que tendrá lugar con la destrucción de las naciones paganas. San Pablo también nos habla del misterio de Dios en varias de sus epístolas. Para el apóstol de los gentiles, el misterio de Dios era "Jesucristo, en quien se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia". Toda la esperanza de que se cumpliera el misterio de Dios, es decir, que llegara el reino de Dios, se fundaba en las promesas divinas anunciadas por Dios por medio de sus profetas, como nos advierte el autor del Apocalipsis.

            La tardanza hay que entenderla, con muchísima probabilidad, de la espera de los cristianos en el cumplimiento de las promesas divinas. Después que Cristo había subido al cielo esperaban impacientes su plena realización. Incluso sabemos, por 2 Pe 3:3-4, que ciertos cristianos desconfiaban, hacia fines de la edad apostólica, de la realización de las promesas de nuestro Señor. Por eso era necesaria una confirmación solemne de esas promesas. Y de ahí que el ángel jure solemnemente en nombre de Dios que la realización del misterio de Dios se llevará a efecto. Parece que se trata de una realización inmediata. En cuyo caso se trataría de los designios providenciales de Dios sobre su Iglesia, es decir, del triunfo de la Iglesia sobre los poderes paganos. Se trata en definitiva del triunfo del mesianismo, del evangelio, anunciado por los profetas.

            Este triunfo, sin embargo, no será definitivo hasta que se realice la plena consumación del reinado de justicia y paz entrevisto por los profetas del AT y esperado impacientemente por los fieles del NT. La unión de todos los elegidos entre sí y con Cristo será perfecta cuando suene la trompeta que anunciará el último juicio y la retribución definitiva. La Iglesia militante, después de las luchas y persecuciones sufridas en este mundo, obtendrá de este modo el triunfo último e inalienable. Sólo entonces los cristianos fieles saciarán plenamente sus ansias de salvación y de triunfo. San Juan trata indudablemente de consolar e infundir ánimo a los cristianos decaídos. La certeza de que las promesas divinas se cumplirán pronto con un gran triunfo de la Iglesia sobre sus enemigos era un pensamiento muy apropiado para consolar y excitar el entusiasmo en los miembros de la Iglesia perseguida.

ab) El librito comido por Juan, 10:8-11

8La voz que yo había oído del cielo, de nuevo me habló y me dijo: Ve, toma el librito abierto de mano del ángel que está sobre el mar y sobre la tierra. 9Fuime hacia el ángel, diciendo que me diese el librito. El me respondió: Toma y cómelo, y amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la miel. 10Tomé el librito de mano del ángel, y me puse a comerlo, y era en mi boca como miel dulce; pero cuando lo hube comido sentí amargadas mis entrañas. 11Me dijeron: Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes numerosos.

            Otra vez la voz del cielo, la misma que había prohibido escribir la revelación de los 7 truenos, habla al vidente de Patmos. Le manda tomar el librito abierto de mano del ángel que está sobre el mar y sobre la tierra (v.8). El ángel se lo da y le ordena que lo coma. El librito estaba abierto, con lo cual quiere significar que su contenido no era secreto y podía ser comunicado a los cristianos. No era necesario abrirlo ni leerlo públicamente, porque el Cordero ya había abierto el gran libro sellado que contenía todo lo del librito y otras muchas cosas futuras. Conviene que San Juan lo coma, es decir, que se penetre bien de su contenido para anunciarlo y profetizarlo a todos los pueblos y naciones. Dicho contenido es muy probablemente el cap. 12 y todo lo que sigue del Apocalipsis.

            La escena de Juan comiendo el librito está tomada indudablemente del profeta Ezequiel, el cual ve en la visión inaugural un rollo escrito por delante y por detrás, que contenía lamentaciones, elegías y ayes. Y a continuación oye una voz del cielo que ordena: "Hijo de hombre, come eso que tienes delante; come ese rollo y habla luego a la casa de Israel. Yo abrí la boca e hízome él comer el rollo, diciendo: Hijo de hombre, llena tu vientre e hinche tus entrañas de este rollo que te presento. Yo lo comí, y me supo a mieles".

            La acción de comerse el libro significa apropiarse intelectualmente el contenido de él. A Ezequiel le resultó el rollo dulce como la miel; a San Juan le resultará dulce en la boca, pero amargo en el vientre (v.9-10). El librito le resulta dulce a Juan porque anuncia el triunfo de la Iglesia y la liberación de los cristianos de la opresión de los poderes paganos. Pero al mismo tiempo lo siente amargo porque también anuncia los sufrimientos temporales de los cristianos y la suerte trágica de los paganos. Su corazón compasivo de padre se siente angustiado al contemplar la ruina de tantos infieles. La misión profética, por otra parte, es una cosa extraordinariamente elevada y dulce; pero a la vez es difícil de cumplir, como vemos por el ejemplo de Jeremías.

            Finalmente, se dice a Juan que tendrá que profetizar de nuevo a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes numerosos (v.11). Esto significa que el vidente de Patmos, antes de terminar el Apocalipsis, tendrá que publicar las visiones contenidas en el librito. Estas visiones deben abarcar todo el contenido de los capítulos 12-20, que se refiere al Imperio romano. Los reyes de los que nos habla aquí el autor sagrado no pueden ser otros que los de Ap 17:10-12. Esto indica que la materia del librito corresponde, más o menos, al contenido de la 7ª trompeta.

            El profeta se siente impulsado por una necesidad interior, después que ha comido el libro, a predicar una vez más. Esta expresión hay que entenderla por relación a todas las profecías que ya ha pronunciado. Los oráculos que va a pronunciar a continuación serán, en parte, los mismos que ya ha anunciado, pero revestirán otra forma, con alusiones más particulares, y serán contemplados desde un punto de vista diverso. Tenemos aquí un ejemplo claro del procedimiento de composición llamado recapitulación, en virtud del cual San Juan en el Apocalipsis no expone una serie continua y cronológica de sucesos futuros, sino que describe los mismos sucesos bajo formas literarias distintas.

ac) Misión de los 2 testigos, 11:1-13

1Fueme dada una caña semejante a una vara, diciendo: Levántate y mide el templo de Dios y el altar y a los que adoran en él. 2El atrio exterior del templo déjalo fuera y no lo midas, porque ha sido entregado a las naciones, que hollarán la ciudad santa durante cuarenta y dos meses. 3Mandaré a mis dos testigos para que profeticen, durante mil doscientos sesenta días, vestidos de saco. 4Estos son los dos olivos y los dos candeleros que están delante del Señor de la tierra. 5Si alguno quisiere hacerles daño, saldrá fuego de su boca, que devorará a sus enemigos. Todo el que quisiera dañarlos morirá. 6Ellos tienen poder de cerrar el cielo para que la lluvia no caiga los días de su ministerio profético y tienen poder sobre las aguas para tornarlas en sangre, y para herir la tierra con todo género de plagas cuantas veces quisieren. 7Cuando hubieren acabado su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, y los vencerá y les quitará la vida. 8Su cuerpo yacerá en la plaza de la gran ciudad, que espiritualmente se llama Sodoma y Egipto, donde su Señor fue crucificado. 9Los pueblos, las tribus, las lenguas y las naciones verán sus cuerpos durante tres días y medio y no permitirán que sus cuerpos sean puestos en el sepulcro. 10Los moradores de la tierra se alegrarán a causa de ellos, y se regocijarán, y mutuamente se mandarán regalos, porque estos dos profetas eran el tormento de los moradores de la tierra. 11Después de tres días y medio, un espíritu de vida que procede de Dios entró en ellos, y los hizo levantarse sobre sus pies, y un temor grande se apoderó de quienes los contemplaban. 12Oí una gran voz del cielo que les decía: Subid acá. Subieron al cielo en una nube, y viéronlos subir sus enemigos. 13En aquella hora se produjo un gran terremoto, y vino al suelo la décima parte de la ciudad, y perecieron en el terremoto hasta siete mil seres humanos, y los restantes quedaron llenos de espanto, y dieron gloria al Dios del cielo.

            El episodio de los 2 testigos es uno de los más misteriosos del Apocalipsis. Sin embargo, si examinamos atentamente nuestro texto, veremos que San Juan ha querido contraponer el resultado de la actividad de los 2 testigos a las calamidades del azote precedente. Se trata simplemente de la antítesis periódica que el autor sagrado suele colocar después del 6º momento de los septenarios. El procedimiento es semejante al del 6º sello, en donde el vidente de Patmos oponía la postración de los impíos heridos (por grandes calamidades) a la seguridad y triunfo de los 144.000 (y de la gran multitud que afluía continuamente al cielo).

            La plaga desencadenada al toque de la 6ª trompeta había llevado al colmo de la desesperación a los infieles, porque había hecho desaparecer 1/3 de la humanidad. No obstante, esta justicia vengativa no había logrado convertir a los paganos. Aquí, en cambio, San Juan contempla la solicitud providencial de Dios sobre su Iglesia, simbolizada por los 2 testigos. El la protege continuamente y la conduce al triunfo a través de luchas y dolores. Este asombroso espectáculo de la Providencia divina produce sobre los enemigos de la Iglesia un efecto que no habían logrado conseguir las calamidades precedentes: les hace abrir los ojos y dar gloria a Dios.

            El alcance del oráculo del cap. 11 no ha de ser restringido hasta ver en él únicamente una predicción de la suerte de Jerusalén y de los judíos. Así lo piensan algunos autores, que creen encontrar aquí un documento judío adaptado por San Juan a su finalidad teológica. Las razones en que se apoyan son diversas. El templo de Dios es el de la ciudad de Jerusalén histórica, y no el templo celeste como en el resto del Apocalipsis. Jerusalén es llamada la gran ciudad, expresión que en otros lugares del Apocalipsis designa a Roma. También es llamada Jerusalén la ciudad santa, que en otras partes se refiere a la Jerusalén celestial. Los habitantes de la tierra son los que habitan en Israel, y no los moradores de todo el mundo, como de ordinario se dice en el Apocalipsis.

            Es posible que la Conquista de Jerusalén por los romanos (ca. 70 d.C) haya proporcionado a San Juan los elementos para componer la escena. Pero ha de ser interpretada en un sentido espiritual y como aludiendo a un hecho universal. El Templo de Jerusalén es el símbolo de la Iglesia, que será perseguida por los gentiles, es decir, por el Imperio Romano y por todos los demás pueblos paganos. Mas la Iglesia será preservada de todos los males futuros, que, si en algo la pueden tocar, será únicamente en su aspecto exterior.

            San Juan tiene una visión en la cual se le entrega una caña para medir. Y una voz, probablemente la de Cristo, le ordena medir el templo de Dios, el altar y a los que adoran en él (v.1). La acción simbólica prescrita al vidente es la misma que encontramos en el profeta Ezequiel. El profeta, que se encontraba en Babilonia, es trasladado en rapto a Jerusalén y ve a un ángel que medía el templo y la ciudad de Jerusalén en orden a su restauración. Isaías también anuncia que Edom será medido para reducirlo a la nada. Por donde se ve que medir puede significar la preservación o la destrucción.

            En nuestro texto del Apocalipsis se hace la medición en vista de una preservación de la destrucción. Es una acción de significado semejante a la de marcar a los siervos de Dios en sus frentes. Aquí ya no se trata del templo celeste, ni del altar del cielo, sino del terrestre Templo de Jerusalén, que representa a la Iglesia. San Juan mide simbólicamente a la Iglesia para su preservación. La acción de medir es equivalente al sellado preservativo de los 144.000. La parte del templo que es medida será preservada de la profanación.

            Las partes que mide Juan son el santuario, el altar de los holocaustos y el atrio en donde éste se hallaba, o sea toda la parte limitada por una barrera de piedra en donde se leía una inscripción, colocada en diversas partes de la barrera: "Que ningún extraño (a la religión judía) entre en el interior de la barrera del cercado que rodea el santuario. El que sea sorprendido incurrirá por su propia culpa en la pena de muerte". El Templo de Jerusalén, edificado por Herodes, tenía 4 atrios con pórticos: el de los sacerdotes, el de los israelitas, el de las mujeres y el de los gentiles (el más exterior). San Juan recibe la orden de dejar sin medir el atrio exterior y la ciudad santa, es decir, Jerusalén, porque no serán preservados, sino entregados a los gentiles durante 42 meses, o sea durante 3,5 años (v.2).

            ¿Qué significa este número de 42 meses? La respuesta la daremos en seguida. Pero antes hemos de observar que esta cifra es barajada constantemente por el autor del Apocalipsis. La ciudad santa será profanada durante 42 meses. Los 2 testigos profetizarán por un espacio de tiempo de 1.260 días (v.2), ο sea, durante 42 meses. La Mujer del cap. 12 se refugia en el desierto durante 3,5 años, es decir, un tiempo equivalente a 42 meses. Esa misma Mujer, que representa a la Iglesia, será protegida por Dios en el desierto por un tiempo, dos tiempos y medio tiempo, o sea por 3,5 años o 42 meses. La Bestia blasfemará contra Dios y los santos 42 meses.

            El libro de Daniel es el que nos da la clave para entender el significado del número 42 meses o de 3,5 años (o también de un tiempo, dos tiempos y medio tiempo). El profeta nos habla de la persecución de Antíoco IV Epífanes, el cual desencadenó una terrible persecución contra la religión judía, y profanó el Templo de Jerusalén durante un tiempo, dos tiempos y medio tiempo, es decir, por un período de 3,5 años (desde junio del 168 hasta diciembre del 165 a.C). Desde entonces, la cifra de 3,5 años se ha convertido en la duración tipo de toda persecución, de toda época de crisis. Por eso, San Lucas y Santiago se han servido de esta expresión tradicional para designar la duración de una sequía que, en realidad, sólo duró 3 años.

            Esto significa que dicho nº (3,5 años) sirve para simbolizar todo período de persecución contra la verdadera religión, durare lo que durare. 3,5 años es un número imperfecto, pues constituye la mitad de una semana de años (o sea de 7 años), que es el número de la perfección en el Apocalipsis. Indica, por consiguiente, que la persecución contra la Iglesia no llegará a destruirla, no alcanzará el objetivo que se proponían sus perseguidores.

            Es muy posible que San Juan aluda a la profanación del Templo de Jerusalén por las tropas romanas de Tito. Los zelotes habían convertido el templo en una fortaleza, en el cual resistieron desde el 68 hasta el 70 d.C. Las legiones romanas lograron desalojarlos primeramente del atrio exterior, pero la resistencia de los zelotes fue terriblemente tenaz y encarnizada en los atrios interiores y en el santuario. Mucho antes, los romanos ya se habían apoderado de la ciudad santa de Jerusalén.

            Pero hemos de tener en cuenta que San Juan se sirve de estas imágenes de la Jerusalén terrestre para simbolizar la Iglesia y la persecución del Imperio Romano contra ella. El templo y los adoradores preservados de la profanación significan la Iglesia, que, como institución eterna, será preservada de los asaltos de los perseguidores. Estos solamente podrán perseguirla y herirla en su estructura y en su aspecto exterior. Esto es lo que parecen significar los atrios hollados por las naciones. Que a su vez parece ser un eco de la profecía de Jesús sobre la destrucción de la ciudad santa de Jerusalén: ésta "será hollada por los gentiles, hasta que se cumplan los tiempos de las naciones".

            Durante 1.260 días, o sea por un lapso de tiempo de 3,5 años, el Señor enviará 2 testigos vestidos de saco, encargados de profetizar (ν.3) y predicar la penitencia. Su actividad apostólica dura 3,5 años (42 meses), que es el tiempo que dura la profanación del atrio exterior hollado por las naciones. Van vestidos de saco, como los profetas del AT, en señal de austeridad ante un mundo corrompido por el pecado. Su misión será, pues, una protesta continua contra la victoria aparente del mal. Y profetizan, es decir, predican, como ya lo habían hecho los profetas antiguos, la penitencia, con el fin de excitar a los pecadores al arrepentimiento.

            Se ha discutido mucho, ya desde antiguo, sobre la personalidad de estos 2 testigos. Los autores antiguos y medievales han identificado en su mayoría estos 2 testigos con Elías y Henoc. Otra interpretación, propuesta por Tyconius (y seguida por Alcázar, Bossuet, Swete y Alio) ve en esos 2 testigos fuerzas colectivas de la Iglesia. Los 2 testigos representan, por consiguiente, a la Iglesia en su misión de dar testimonio. Este testimonio está simbolizado por 2 testigos, en parte tal vez por referencia a la ley del Dt 19:15, en parte también por correspondencia con la imagen de Zac 4:2-14. El testimonio de la Iglesia, dado por sus mártires y confesores, por la palabra y la vida de todos aquellos en los cuales vive y habla Cristo, constituye una profecía continua, que dura a través de los 1.260 días del triunfo del paganismo.

            Los 2 testigos apocalípticos representarían, por lo tanto, a todos aquellos que, en las persecuciones desencadenadas en tiempo de San Juan, darían testimonio de Jesucristo y de su evangelio. Designarían la actividad apostólica y profética de la Iglesia durante la persecución.

            Para otros autores, en cambio, los 2 testigos de Dios representan a Moisés y Elías. Moisés, el profeta legislador, y Elías, el profeta debelador de la idolatría. Pero estos personajes estarían aquí como símbolos, el uno de la Ley y el otro de la Profecía. Serían los mismos que aparecieron en la transfiguración hablando con el Señor. La historia nos da bien a conocer cuál fue la vida de estos testigos, y cuan dura la lucha que tuvieron que sostener por la causa de Dios. Sin duda que el autor sagrado presenta los 2 testigos con los rasgos de Moisés y Elías, como se ve por los v.5-6. Pero esto es tan sólo un artificio literario, que no impide que esos 2 testigos descritos con los rasgos de Moisés y Elías designen a la Iglesia en su misión de dar testimonio. Esta nos parece ser la hipótesis que tiene mayor probabilidad, por estar en perfecta armonía con la temática del Apocalipsis. Mariana (y algunos otros autores) ven en esos 2 testigos a San Pedro y a San Pablo.

            Los 2 testigos, que encarnan la acción de la Iglesia en medio del mundo pagano, son descritos bajo la imagen de 2 olivos y 2 candeleros, que están delante del Señor. Esta imagen ha sido tomada de Zac 4:11-14, en donde el profeta ve 2 olivos que están al lado de un candelero y le suministran aceite. El candelero simboliza el Templo de Jerusalén en construcción. Y los 2 olivos son el sumo sacerdote Josué y el gobernador civil Zorobabel, que trabajaban unidos en la reconstrucción del templo y del pueblo de Dios.

            San Juan se sirve de esta visión de Zacarías para expresar realidades cristianas. Los 2 olivos y los 2 candeleros del Apocalipsis representan los intereses espirituales de la Iglesia. El Señor los ha armado de su poder para que puedan defenderse de sus enemigos y neutralizar los portentos del Anticristo. Si alguien quisiera dañarlos, saldrá fuego de su boca, que consumirá a sus enemigos, como hizo Elías con los enviados del rey Ocozías. También Moisés hizo que se abriera la tierra para que se tragara a Coré, Datan y Abirón, y consiguió que bajara fuego del cielo para abrasar a los 250 hombres que habían ofrecido el incienso. En la literatura apocalíptica judía se presenta, así mismo, al Mesías lanzando fuego de su boca contra sus enemigos.

            El fuego hay que tomarlo aquí en sentido simbólico, como lo exige el contexto: significa el efecto producido por la predicación de la Iglesia. En el AT se compara a veces la predicación ardiente de ciertos profetas con el fuego: "Porque habéis dicho todo esto (exclama Jeremías) mis palabras serán en vuestra boca fuego, y este pueblo cual montón de leña. Y los abrasará". Y el libro del Eclesiástico, refiriéndose precisamente al profeta Elías, escribe: "Como un fuego se levantó Elías; su palabra era ardiente como antorcha". La comparación se asemeja bastante a la de los 2 testigos, considerados por el autor del Apocalipsis como 2 candeleros que con su palabra de fuego han de encender e iluminar al mundo.

            El autor sagrado sigue aplicando a los 2 testigos datos tomados de Moisés y Elías. Como éste, tendrán poder para suspender la lluvia (v.6) y para hacerla caer. Aún más, tienen poder para convertir el agua en sangre, como Moisés en Egipto, cuando hizo desencadenarse la 1ª plaga, y para hacer venir sobre la tierra todas las plagas con que Moisés castigó al faraón hasta obtener la libertad de Israel. La acción bienhechora de los 2 testigos, lo mismo que la de Moisés y Elías, está ordenada al provecho del pueblo de Dios, del verdadero Israel. Ellos buscan con su predicación la manera más apropiada para defender a la Iglesia contra sus enemigos, que querían destruirla.

            Los 2 testigos serán defendidos y protegidos por Dios hasta que logren llevar a feliz término su ministerio. Al fin, Dios permitirá que surja una bestia del abismo, es decir, una potencia extranjera antirreligiosa, que los perseguirá, los vencerá y les quitará la vida (v.7). Sin embargo, su victoria será momentánea, porque Dios les hará revivir y reinarán con él para siempre.

            La Bestia que aparece por anticipación, sin haber sido presentada, simboliza el Imperio Romano, y, más en particular, tal vez al emperador Nerón, figura del Anticristo y de todos los perseguidores de la Iglesia. San Juan describirá más en concreto, en los capítulos que siguen, las intervenciones de esta Bestia en contra de la Iglesia de Cristo. La Bestia debía de ser conocida de los lectores del Apocalipsis, ya que el autor sagrado nos la presenta precedida del artículo. La ve subir del abismo, porque es el infierno el que la suscita, o también del mar, porque representa al Imperio Romano, y para el vidente de Patmos el poder de Roma procedía del lado del mar (es decir, de occidente).

            La imagen de esta Bestia está tomada del profeta Daniel, el cual nos presenta los imperios de Oriente bajo la figura de diversas bestias. Sobre todo nos pinta con muy vivos colores aquella "4ª bestia, terrible, espantosa, sobremanera fuerte, con grandes dientes de hierro, que devoraba y trituraba, y las sobras las machacaba con los pies". Esta bestia era el Imperio Seléucida, del cual salió un cuerno que hacía la guerra a los santos y los vencía. Y este cuerno no era otro que Antíoco IV Epífanes, el gran perseguidor del pueblo judío, que profanó el templo dedicándolo a Júpiter Olímpico.

            La Bestia del Apocalipsis, como el cuerno de la 4ª bestia de Daniel, hará la guerra a los 2 testigos, los vencerá y les quitará la vida. Con esto parece querer indicar San Juan que las persecuciones desencadenadas por el Imperio Romano contra los cristianos vencerán aparentemente durante algún tiempo a la Iglesia.

            Los 2 testigos muertos son el símbolo de los cristianos martirizados durante las violentas persecuciones de Nerón y Domiciano. La Bestia, después de matar a los 2 testigos, deja abandonados sus cadáveres (para mayor escarnio) en medio de la ciudad, para que sean pasto de los perros y de las aves. Esta ciudad es designada con los epítetos de gran ciudad, que espiritualmente se llama Sodoma y Egipto, donde su Señor fue crucificado (v.8).

            Es muy probable que dicha ciudad sea Jerusalén; la Jerusalén que mata a los profetas y que apedrea a los enviados del Señor. Así parece indicarlo San Juan al afirmar que es la ciudad en la que su Señor fue crucificado. Se la designa despectivamente con los nombres de Sodoma (a causa de sus abominaciones y corrupción de costumbres) y de Egipto (por ser la ciudad perseguidora y opresora de la Iglesia). Estos 2 nombres son tipo de una ciudad malvada, que pueden ser aplicados a cualquier urbe. Jerusalén, que había sido la ciudad elegida por Dios para poner en ella su morada, se había convertido en la ciudad deicida. Era el símbolo de la oposición al cristianismo. Por los Hechos de los Apóstoles, y otros escritos del NT, sabemos cómo de Jerusalén salían órdenes, delegaciones de judíos y predicadores de la sinagoga, con el propósito decidido de combatir y destruir a la Iglesia naciente.

            Sin embargo, a nuestro parecer, Jerusalén es aquí una figura simbólica (como lo son también el templo y los 2 testigos) que representa la Roma imperial, la gran Sodoma corrompida por innumerables crímenes, tipo del mundo en donde triunfan las fuerzas del mal. Esto se ve claramente en las secciones siguientes, en donde Roma es el centro de la persecución contra la Iglesia. ¿Por qué entonces el autor sagrado, si alude a Roma, no emplea el nombre cifrado de Babilonia para designarla? Porque las visiones de medición habían tenido por escenario Jerusalén. Porque para San Juan, Jerusalén era la gran apóstata; y porque la destrucción de la ciudad el año 70 d.C. se mantenía viva en su memoria.

            Los cadáveres de los 2 testigos permanecen insepultos 3 días y medio (v.6) en la plaza de la gran ciudad. Este lapso de tiempo simboliza la corta duración del triunfo aparente y efímero de la Bestia y de los pueblos paganos. La victoria durará justamente tantos días cuantos años duró la actividad victoriosa de los 2 testigos. Es decir, que el triunfo será 360 veces más breve que la duración de la misión de los 2 testigos. Con esto, San Juan quiere significar que el tiempo de ilusión de los que se figuran haber matado a la Iglesia es siempre muy corto.

            Los 2 testigos muertos habían predicado no sólo al pueblo de Israel, sino también a las naciones todas, a las que anunciaban los juicios de Dios. Por esto, los pueblos, las tribus, las lenguas y las naciones, es decir, el mundo infiel, se asocia a la obra de la Bestia, no permitiendo que los cadáveres de los 2 testigos sean sepultados. Todos estos moradores de la tierra (expresión empleada por el Apocalipsis para designar a los enemigos de Dios y de su Iglesia) se alegrarán de ver muertos a los que los molestaban con su palabra. Y, en señal de alegría, se dan mutuamente el parabién (v.10). Los 2 testigos los atormentaban reprendiendo sus vicios y amenazándoles con los terribles juicios de Dios. Sus palabras eran como dardos encendidos que herían su vida disoluta. Ahora, la muerte de los 2 testigos será causa de gran regocijo, y se mandarán presentes entre sí como señal de victoria y alegría.

            En la muerte de los 2 testigos se ve que las falsas divinidades no aprobaban su obra. Algo parecido hicieron los sacerdotes y escribas judíos a los pies de la cruz en el Gólgota. La duración de esta ilusión es, sin embargo, muy corta: 3,5 días. Al cabo de estos 3,5 días, un espíritu de vida que procede de Dios entra en ellos y les devuelve la vida (v.11). Es decir, resucitaron por la virtud de Dios, y sus enemigos pudieron contemplar el milagro. Entonces, ante semejante prodigio, los que los veían sintieron un gran temor. Y creció todavía más este temor cuando oyeron una voz que de lo alto los llamaba, diciendo: Subid al cielo. Obedecieron y subieron al cielo en una nube ante la mirada atónita de sus enemigos (v.12). Era el triunfo total de los 2 testigos. El mundo les había hecho la guerra, pero el Señor, cuya causa representaban en la tierra, había salido en su defensa y les había dado la victoria.

            La resurrección de los 2 testigos está descrita con palabras tomadas del profeta Ezequiel. Este ve un campo cubierto de huesos secos, que en virtud de la palabra de Dios, predicada por el profeta, reviven y resucitan. La resurrección de estos huesos es una imagen de la resurrección del pueblo judío, es decir, de su restauración después del destierro babilónico. Por otra parte, el relato de la resurrección y ascensión de los 2 testigos parece inspirarse en la ascensión de nuestro Señor, en la historia de Elías y en la leyenda judía de Moisés. Según Flavio Josefo, Moisés habría sido llevado al cielo en una nube desde las cercanías de Jericó.

            Los 2 testigos, que representan la Iglesia cristiana perseguida, vuelven como a encarnar a esos 2 grandes personajes del AT, que también habían tenido que sufrir por la causa de Dios. El triunfo de los 2 testigos coincide con la resurrección de los mártires, después de los 3,5 años de persecución. Simboliza la victoria de la Iglesia después de la persecución sufrida; e incluso podemos afirmar que simboliza el triunfo de la Iglesia después de cualquier persecución, porque, como decía Tertuliano, "sanguis martyrum semen christianorum". Toda resurrección de la Iglesia, toda nueva manifestación suya exterior, ha debido de sorprender y atemorizar al mundo pagano.

            Los v.11 y 12 forman como un paralelo implícito con el milenio y ayudan a comprenderlo mejor.

            El v.13 es digno de ser notado. El triunfo de los 2 testigos va acompañado de un grave terremoto en la ciudad, que destruye la 10ª parte de ella y mata hasta 7.000 seres humanos. Estas cifras son simbólicas, para significar que un gran número de personas de todas las clases sociales perecieron, en castigo por no haberse aprovechado del mensaje de los 2 testigos.

            El castigo, relativamente moderado si lo comparamos con los precedentes, manifiesta la bondad y la misericordia del Señor, que da tiempo a los restantes para convertirse. Los evangelistas también nos hablan de un temblor de tierra que tuvo lugar a la muerte de Jesús. Y en los profetas, las conmociones cósmicas suelen acompañar a los juicios divinos sobre Israel o sobre las demás naciones.

            El castigo divino del que nos habla el autor del Apocalipsis produjo en las personas que no perecieron en la catástrofe gran espanto. Y este terror fue el que les condujo al arrepentimiento y a la conversión. En efecto, los que se libran del castigo dan gloria al Dios del cielo, es decir, que se convierten al monoteísmo, a la religión del verdadero Dios. La actitud de estos convertidos nos recuerda al pueblo que bajaba del Calvario hiriéndose el pecho y reconociendo su pecado después de haber contemplado el temblor de tierra y la muerte de Cristo.

ad) La inminencia del reino de Dios, 11:14-19

14El segundo ¡ay! ha pasado; he aquí que llega el tercer ¡ay! 15El séptimo ángel tocó la trompeta, y oyéronse en el cielo grandes voces, que decían: Ya llegó el reino de nuestro Dios y de su Cristo sobre el mundo y remará por los siglos de los siglos. 16Los veinticuatro ancianos, que estaban sentados delante del trono de Dios, cayeron sobre sus rostros y adoraron a Dios, diciendo: 17Dárnoste gracias, Señor, Dios todopoderoso, el que es, el que era, porque has cobrado tu gran poder y entrado en posesión de tu reino. 18Las naciones se habían enfurecido, pero llegó tu ira, y el tiempo de que sean juzgados los muertos, y de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y destruir a los que destruían la tierra. 19Se abrió el templo de Dios, que está en el cielo, y dejóse ver el arca del testamento en su templo, y hubo relámpagos, y voces, y rayos, y un temblor y granizo fuerte.

            El 2º ay termina con la conversión de aquellos que habían sido librados del castigo, aunque propiamente sería mejor decir que el 2º ay es aquel que ha sido descrito en Ap 9:13-19. San Juan anuncia a continuación que el 3º ay está a punto de llegar (v.14). Este corresponde a la 7ª trompeta. Y tendrá su realización en la caída de Babilonia (Roma), narrada en el cap. 17. Como la apertura del 7º sello había sido la señal de la ejecución de los decretos divinos, así también el toque de la 7ª trompeta traerá consigo la consumación. Esta se llevará a cabo durante el toque de la 7ª trompeta; y comprenderá todo el período final, que será bastante largo. Durante este período se realizará el misterio de Dios y se manifestará su soberanía efectiva.

            San Juan, al percibir el sonido de la 7ª trompeta, oyó decir en el cielo que todo había terminado. El vidente de Patmos, cuando habla de hechos cuya realización no ha tenido lugar en su tiempo, sino que se realizarán en el futuro, no los suele contemplar con sus ojos. Los conoce únicamente por haberlos oído. Los v.14-15 son considerados por la mayoría de los autores como un intermedio y una anticipación a la descripción de la consumación anunciada por la 7ª trompeta.

            Al llegar la vez al 7º ángel, éste toca la trompeta y se oyen en el cielo grandes voces (v.15). Estas grandes voces contrastan con el silencio impresionante que había seguido a la apertura del 7º sello. Estas voces tal vez sean las de los cuatro vivientes, que sostenían el trono de Dios, ya que se hace mención de los 24 ancianos, que suelen aparecer en unión con ellos. Esto se comprende todavía mejor si tenemos en cuenta que, a pesar del carácter flotante de las visiones, el fondo de la escena es siempre el mismo desde el cap. 4.

            Las grandes voces que se oyeron en el cielo decían: Ya llegó el reino de nuestro Dios y de su Cristo sobre el mundo y reinará por los siglos de los siglos (v.15). Esta expresión no significa que el reino de Dios y de Jesucristo vaya a empezar, sino que ya consiguió su fin: ha logrado establecerse ya para siempre. El futuro reinara (βασιλεύσει) no puede significar aquí otra cosa que la continuación eterna de un reino, ya inaugurado, en toda su perfección y esplendor. Cristo había inaugurado este reino con su venida al mundo. Y ahora, aunque incipiente, se consolidará firmemente con el triunfo sobre los poderes de este mundo, representados por la Roma pagana y perseguidora. En adelante nadie podrá detener su expansión arrolladora. Y Dios reinará en su Iglesia por siempre jamás.

            El anuncio del reino del Señor y de su Cristo, que aquí llevan a cabo las voces de los 4 vivientes, nos introduce en el corazón de la 2ª parte del Apocalipsis. Al llegar este momento del anuncio tan deseado en los cielos y en la tierra, los 24 ancianos se postran, como en la entronización del Cordero, y adoran al Señor todopoderoso (v.16), dándole gracias por haber recobrado su poder y entrado en posesión de su reino (v.17).

            Por derecho natural, todo el universo y cuantos lo habitan, sin excluir los hombres, están bajo el poder soberano de Dios. Por algún tiempo Dios había permitido la rebeldía de los hombres, los cuales, en vez de reconocer a Dios como a su Señor y Hacedor, rendían culto a las obras mismas de Dios, trasladando a ellas los atributos divinos. Los ancianos dan por terminado todo esto. Dios ha recobrado su gran poder y ha entrado en posesión del reino que le tenían usurpado.

            Esta es la causa de que los 24 ancianos entonen un himno de alabanza en el que cantan la intervención de Dios en el mundo con el fin de hacer triunfar definitivamente a su Iglesia. Dan gracias a Dios por esta suprema manifestación de su amor, de su gloria, y también de su justicia. En la fórmula el que es, el que era, se omite la frase complementaria el que vendrá, porque el reino de Dios ya está presente, o porque para el autor sagrado es tan cierto su establecimiento que lo da ya por realizado. Es lo que anunciaba el ángel de Ap 10:7, acerca de la consumación del misterio de Dios. Se considera como realizado todo el contenido del libro de los 7 sellos.

            El himno de los 24 ancianos no sólo canta el poder y la gloria de Dios, sino también su justicia, manifestada en contra de las naciones paganas. En el Salmo 2, el mundo rebelde se levanta contra Yahveh y contra su Cristo. Pero Yahveh se ríe de estas bravatas de los pobres mortales, y, usando de su autoridad soberana, entroniza a su Hijo en Sión, dándole por heredad los confines todos de la tierra.

            El Apocalipsis también nos recuerda que las naciones se habían enfurecido contra la soberanía del Señor (v.18). Pero inmediatamente añade que llegó el tiempo de la ira justiciera de Dios contra ellas y el momento de devolverles lo merecido por las persecuciones desencadenadas contra la Iglesia y sus miembros. Por otra parte, es ya también hora de que sean juzgados los muertos, de que se dé la recompensa merecida a los profetas o predicadores del evangelio, que tanto han trabajado por la causa de Dios, de que se premie a los santos que han muerto por Cristo, y a los que temen al Señor, sean pequeños o grandes. Los que temen al Señor son los que reverencian su nombre y observan sus mandamientos. De esta manera Dios cumplirá la justicia que le pedían las almas de los mártires. Y deshará a los que destruían la tierra santa, es decir, su Iglesia.

            El autor sagrado parece aludir aquí a una lucha entablada entre la Iglesia y los enemigos de ella. Y, en efecto, en los cap. 17-18, San Juan describirá el castigo de la gran Prostituta (Roma), que corrompía la tierra. Después hablará del exterminio de los gentiles y de su juicio. Todos estos sucesos son preanunciados en el v.18 del cap. 11. Los vencedores en esta lucha están divididos en 3 categorías: los profetas (que tuvieron gran importancia en la Iglesia primitiva), los santos (que sufrieron por el nombre de Jesús), y todos los que temen el nombre del Señor.

            San Juan no alude en este pasaje al juicio final. Es muy posible que, siguiendo el ejemplo de los profetas, anuncie el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra, con un juicio previo contra aquellos que antes le hacían la guerra. En este juicio recibirán su premio todos aquellos que, en los tiempos pasados, fueron fieles a Dios y defendieron su causa, aun a costa de su sangre. La muerte de Cristo les abrió las puertas de la gloria. Con la implantación del reino de Dios en la tierra y con la perspectiva del triunfo de la Iglesia se termina esta sección profética del Apocalipsis. Los cristianos perseguidos han de regocijarse porque la victoria ya está al alcance de la mano.

            La esperanza de triunfo de los fieles es corroborada por la apertura del templo de Dios, que está en el cielo, dejándose así ver el arca de la alianza (v.19). En adelante, Dios no estará separado de su pueblo, como sucedía en el AT. Todos serán admitidos al "santo de los santos" del santuario celeste. De este modo se inaugura la vida de plena intimidad de los elegidos con Dios en el cielo.

            Esta es la nueva fase de triunfo inaugurada con la apertura del templo de Dios. El vidente de Patmos contempla en el cielo un templo semejante al que él había visto en Jerusalén, con su respectiva Arca de la Alianza. El Arca de la Alianza había sido el símbolo por excelencia de la presencia de Dios en medio de su pueblo y de la alianza entre Dios e Israel. También en el Apocalipsis el Arca será el símbolo de la nueva alianza entre Dios y el nuevo Israel. Porque el arca es la imagen del Verbo de Dios, que "se hizo carne y habitó entre nosotros". Según la tradición judía, el Arca de la Alianza volvería a aparecer cuando se restableciese el reino de Dios. El Arca de la nueva Alianza será prenda de una más estrecha vinculación de los fieles con Dios y de protección divina sobre su Iglesia.

            Los relámpagos, rayos, temblores, granizo y voces son como las salvas con que la naturaleza saluda a su Señor al aparecer sobre la tierra para castigar a los enemigos de su Iglesia. Los signos que acompañan su aparición son semejantes a los que acompañaron la Alianza del Sinaí. Las perturbaciones atmosféricas suelen acompañar a los momentos solemnes de alguna intervención de Dios en la historia, como si la tierra se hiciese eco de ella. El septenario de las trompetas termina como el septenario de los sellos, y, como sucederá con el septenario de las copas, con un terrible fragor de relámpagos, rayos, voces, granizo y temblores.

            El v.19 forma como una transición entre la 1ª sección profética del Apocalipsis y la 2ª. Y trata de explicar de qué manera se cumplió lo que se anuncia como la consumación del misterio de Dios y la llegada de su reino.

ae) La visión de la mujer y el dragón, 12:1-18

            El cap. 12 abre la última sección del libro a manera de grandioso prefacio. San Juan nos mostrará en él que es el odio de Satanás la causa principal de las persecuciones que el Imperio Romano había desencadenado contra la Iglesia y sus fieles. Tocamos aquí el punto culminante del Apocalipsis, pues el cap. 12 es central en este libro sagrado. Contiene una de las escenas más grandiosas del Apocalipsis, y prepara con algunas pinceladas las figuras principales que han de jugar un papel de primer orden en la última sección del libro. Este capítulo constituye el desarrollo del 3º ay, y se puede dividir en 3 partes: la Mujer da a luz un Niño (Ap 12:1-6), Miguel combate contra el Dragón y lo arroja del cielo (Ap 12:7-12), la Mujer en el desierto (Ap 12:13-18).

La mujer da a luz un niño, 12:1-6

1Apareció en el cielo una señal grande, una Mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas, 2y, estando encinta, gritaba con los dolores de parto y las ansias de parir. 3Apareció en el cielo otra señal, y vi un gran Dragón, de color de fuego, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre la cabeza siete coronas. 4Con su cola arrastró la tercera parte de los astros del cielo, y los arrojó a la tierra. Se paró el Dragón delante de la Mujer, que estaba a punto de parir, para tragarse a su Hijo en cuanto le pariese. 5Parió un varón, que ha de apacentar a todas las naciones con vara de hierro, pero el Hijo fue arrebatado a Dios y a su trono. 6La Mujer huyó al desierto, en donde tenía un lugar preparado por Dios para que allí la alimentasen durante mil doscientos sesenta días.

            El vidente de Patmos contempla en el cielo una señal grande. El cielo no es propiamente el escenario de la visión, cuyas fases se desarrollan sobre la tierra, sino que el cielo es más bien la pantalla sobre la cual se proyecta la señal. Esta señal es una mujer vestida de la luz del sol, con la luna por escabel de sus pies y una corona de 12 estrellas (v.1). Esta descripción de la Mujer con esos atributos radiantes indica su carácter supramundano, santo, puro.

            El resplandor de la Mujer, envuelta en el sol, da relieve a su grandeza y gloria extraordinarias. Este simbolismo era conocido de los judíos, los cuales se sirven de la imagen de la luz para expresar la gloria de Dios, e incluso emplean a veces ornamentos astrales para la representación glorificada de grandes personajes o de sublimes realidades. El Cantar de los Cantares también nos describe la esposa rodeada de luz: "¿Quién es esta que se alza como aurora, hermosa cual la luna, espléndida como el sol?". Y el Testamento de Neftalí describe a Judá con una imagen bastante parecida a la del Apocalipsis: "Judá se puso resplandeciente como la luna, y bajo sus pies había doce rayos".

            Las 12 estrellas designan muy probablemente las 12 tribus de Israel. En esto coinciden hoy día casi todos los autores. Pero también pudieran designar los 12 apóstoles. Esta imagen nos recuerda el pasaje del Génesis, en el cual se dice que José había visto en sueños que el sol, la luna y 11 estrellas le adoraban.

            Los adornos siderales eran atribuidos también a varias divinidades paganas, como a Cibeles, a Isis y a Attis. Además, el culto de la diosa madre era muy floreciente en la provincia proconsular de Asia en tiempos de Juan. Por eso, la visión de "la Mujer-Iglesia pudiera muy bien ser (como dice Gelin) una réplica plástica de la diosa cuyo culto era necesario combatir".

            No obstante la gloria celeste que circunda a esta Mujer extraordinaria, San Juan nos la presenta gritando por los dolores de parto y las ansias de parir (v.2). Estos detalles que nos da el autor sagrado son de capital importancia para individualizar a la misteriosa Mujer. ¿Quién es esa Mujer refulgente de gloria y de esplendor? La respuesta más sencilla para nosotros sería la de afirmar que esa Mujer es María, la Madre de Jesús, ya que en el v.5 se dice con bastante claridad que dio a luz al Mesías.

            Pero hay varias razones que parecen oponerse poderosamente a esta solución. En 1º lugar se dice en nuestro pasaje que la Mujer gritaba en los dolores de parto. Ahora bien, la tradición enseña unánimemente que la Santísima Virgen dio a luz a Jesús de una manera virginal y sin dolor. En 2º lugar, el autor sagrado habla en el v.17 de los descendientes de la Mujer (o sea, de otros hijos que habría tenido). Nosotros sabemos, por los evangelios, que María fue siempre Virgen y tuvo un solo Hijo (Jesucristo). Estas razones tan evidentes obligaron a los intérpretes, ya desde antiguo, a buscar otras soluciones. Unos ven en la Mujer el símbolo de Israel; para otros sería la figura de la Iglesia. Y no faltan quienes vean en ella simbolizada de alguna manera a la Santísima Virgen.

            Los que ven en la Mujer la representación de Israel se fundan en razones que, a nuestra manera de ver, son de mucho peso. Son muchos los lugares de los profetas del AT en que Israel es representado bajo la figura de una mujer. Dejando aparte la esposa del Cantar de los Cantares, podemos descubrir esta personificación de Israel en Oseas, en Jeremías y en Ezequiel. Este último nos presenta a las 2 hermanas Oola y Ooliba, que representan a los 2 reinos de Samaría y Judá.

            Los libros apócrifos siguen también la misma norma, como se puede ver en el libro IV de Esdras. Y en el NT encontramos estas mismas personificaciones. Por otra parte, la imagen de Sión en dolores de parto no era desconocida en el AT. El profeta Miqueas exclama: "Te dueles y gimes, hija de Sión, como mujer en parto porque vas a salir ahora de la ciudad y morarás en los campos y llegarás hasta Babilonia". Isaías nos presenta a los israelitas oprimidos que claman a Yahveh: "Como la mujer encinta cuando llega el parto se retuerce y grita en sus dolores, así estábamos nosotros lejos de ti, oh Yahveh". Y en otro lugar, el mismo profeta nos habla de la multiplicación de la nueva Jerusalén en estos términos: "Antes de ponerse de parto ha parido; antes de sentir los dolores dio a luz un hijo. ¿Quién oyó cosa semejante? ¿Quién vio nunca tal? ¿Nace un pueblo en un día? Una nación, ¿nace toda de una vez? Pues Sión ha parido a sus hijos antes de sentir los dolores".

            Además, el autor del Apocalipsis nos dice expresamente en el v.6 que la Mujer huyó al desierto, en donde fue alimentada por Dios hasta que desapareció el peligro de parte de sus enemigos. Por el libro del Éxodo sabemos que Israel huyó de Egipto al desierto del Sinaí, en donde fue alimentado por Dios con el maná caído del cielo hasta que se convirtió en un pueblo bien constituido, capaz de enfrentarse y resistir a los pueblos enemigos. De este paralelo evidente parece seguirse que la Mujer del Apocalipsis representa al pueblo de Dios personificado. Pero ¿qué pueblo es éste? ¿Es acaso el Israel de la Antigua Alianza o más bien el nuevo Israel, es decir, la Iglesia de Cristo? Creemos que la mujer de nuestro texto simboliza en 1º lugar al Israel del AT, del cual nació Jesucristo según la carne. Y en 2º lugar representa al nuevo Israel (o sea a la Iglesia), que será el blanco de todos los ataques del Dragón.

            Por el ν. 17 se ve claramente que San Juan mira principalmente a la Iglesia cristiana, ya que presenta a la Mujer como Madre de todos los creyentes en Jesús. Sin embargo, es importante notar la continuidad existente entre el antiguo Israel de las promesas y el nuevo Israel, en el cual se realizaron esas promesas. Son, en efecto, 2 fases distintas de una misma realidad, de una misma comunidad: forman una sola y única Iglesia a través de todas las edades. Es la Iglesia histórica que ha dado a luz al Mesías. Este alumbramiento ha sido preparado dolorosamente a través de toda la historia de Israel. Son los dolores de parto y las ansias de parir de que nos habla el Apocalipsis.

            Estos dolores no pueden referirse evidentemente al nacimiento feliz y virginal del Mesías en Belén. Victorino de Pettau (ca. 303 d.C) los interpreta de los sufrimientos de los justos del AT: "Ella es la antigua Iglesia de los patriarcas y profetas, de los santos y de los apóstoles. Tuvo que soportar los gemidos y tormentos de sus anhelos hasta que Cristo, el fruto prometido de su pueblo según la carne, tomó cuerpo de esta misma raza". Los dolores de que nos habla el autor del Apocalipsis tienen una significación simbólica.

            Según la tradición judía, recogida también en San Mateo y presente en diversos lugares del Apocalipsis, grandes dolores y sufrimientos de Israel, que son comparados con los dolores de parto, habían de preceder la venida del Mesías. Los mismos profetas solían anunciar la venida del Mesías en los momentos de las grandes tribulaciones sufridas por el pueblo de Dios. Yahveh sometía el pueblo a dura penitencia en castigo de sus prevaricaciones. Pero cuando mayor era la tribulación y más lejanas las esperanzas humanas de remedio, más fundada se presentaba la esperanza de la salud mesiánica.

            El nacimiento del Mesías prometido a Israel tendría lugar en los mayores aprietos de la nación. Vendría acompañado de graves dolores de parto. San Pablo nos habla también de estos dolores al fin de los tiempos, antes de la salud definitiva. En los libros apócrifos y en la literatura rabínica se ponderan sobremanera los "dolores del alumbramiento del Mesías". Estos dolores serían tan graves, que algunos preferirían renunciar incluso a los bienes mesiánicos por no experimentar calamidades tan terribles.

            Tal es, sin duda, el sentido de nuestro texto, expresado en estilo muy conforme con el de los antiguos profetas y muy ajustado al lenguaje apocalíptico. El Mesías había de nacer de la nación santa en los momentos de mayor angustia. Por consiguiente, la Mujer del Apocalipsis es la personificación de la Iglesia en sus diversas fases. Primero, en su estadio imperfecto del AT, y después, en su estadio perfecto del NT. Uno constituye el perfeccionamiento y la coronación del otro. Porque no hay más que una Iglesia, que ha venido desarrollándose a través de los siglos.

            Por el hecho de ser esta Mujer, tan maravillosamente adornada, la Madre del Mesías (ν.5) ha habido muchos autores antiguos y modernos que la identifican con la Virgen María, de quien, en efecto, nació el Salvador. Esta interpretación se puede justificar si tenemos en cuenta que el sentido histórico no agota la riqueza de la Escritura tal como nos enseñan a leerla los santos padres y la Iglesia. En un sentido literal acomodaticio se puede aplicar este texto a la Virgen María, Madre del Mesías y de todos los cristianos, siguiendo a San Agustín y a San Bernardo. San Pablo, escribiendo a los romanos, contrapone Cristo a Adán en estos términos:

"La muerte reinó desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no habían pecado, como pecó Adán, que es tipo del que había de venir. Mas no fue el don como la trasgresión. Pues si por la trasgresión de uno solo mueren muchos, mucho más la gracia de Dios y el don gratuito, consistente en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se difundirá copiosamente sobre muchos. Y no fue el don lo que fue la obra de un solo pecador, pues por el pecado de uno solo vino el juicio para condenación; mas el don, después de muchas transgresiones, acabó en justificación".

            Esta misma contraposición es desarrollada por el apóstol en 1 Cor 15:45-49. Pues esta contraposición entre Adán y Cristo llevó a los santos padres a otra (la de Eva y María), que suelen desarrollar haciendo ver la parte que tomó María en la obra de la redención. Es la aplicación del principio de analogía, que tanto valor tiene en la ciencia teológica.

            Pues bien, entre la Mujer del Apocalipsis, el pueblo elegido, la descendencia de Abraham según la fe, de la que salió el Mesías y María, originaria del pueblo electo que le dio a luz, hay una analogía evidente. Si el apóstol de los gentiles pudo contar entre las glorias de Israel el que de él procediese Cristo, mucho más se puede esto decir de la Madre que le dio a luz, y que por esto mereció el título de Madre de Dios. De igual modo, si el apóstol dice de Israel (de la descendencia de Abraham, según la fe) que es nuestra madre, mucho mejor se puede dar este nombre a la que engendró a Cristo (Hijo de Dios e Hijo del hombre), primogénito entre muchos hermanos y por quien nosotros hemos recibido la dignidad de hijos de Dios.

            Todo esto y mucho más lo conocía San Juan. Por eso es muy posible que el vidente de Patmos aluda de algún modo, en esta visión del Ap 12, a la Santísima Virgen María. Él, que conocía a María, la Madre de Jesús; que la había recibido como madre suya en el Calvario, que había cumplido con ella los deberes de un buen hijo, no podía menos de pensar en ella cuando nos habla del nacimiento del Mesías. La liturgia de la Iglesia también entiende esta visión de la Virgen María. A esta aplicación no se opone el que en nuestro texto se hable de los dolores de parto de la Mujer, ya que esto se podría entender de la compasión de María. En estos últimos tiempos se ha escrito mucho sobre el sentido mariano de esta visión del Apocalipsis. Los defensores del sentido mariológico ven en la descendencia de la Mujer del v.17, significada la maternidad espiritual de María, que también engendra a los que creen en Jesús.

            Como contraposición a la imagen radiante de luz de la Mujer, que simboliza a la Iglesia, San Juan contempla un nuevo prodigio: ve en el cielo un gran Dragón de color de fuego, con 7 cabezas, 10 cuernos y 7 coronas (ν.3). Este Dragón representa los poderes del mal, que se levantan contra la Iglesia de Cristo con el propósito de destruirla. Según el v.8, el Dragón es Satanás, la antigua serpiente, por medio de la cual el diablo tentó a Eva. Aquí no persigue a Eva, sino a la Mujer ideal, al Israel de Dios.

            En el AT se habla frecuentemente de un monstruo marino, que es designado con los nombres de Leviatán, Behemot y Rahab, el cual simboliza las fuerzas enemigas de Dios. El Dragón que aparece en nuestro texto del Apocalipsis es semejante a la Bestia de Ap 13:1 y 17:3. Sin embargo, aquí las cabezas y los cuernos del Dragón no parecen tener el significado preciso que tienen los de la Bestia. Los 10 cuernos y las 7 coronas del Dragón son símbolos de su poder. Estos elementos están tomados del libro de Daniel, en donde los 10 cuernos designan a 10 reyes de la dinastía de los seléucidas. Y las 7 cabezas (como las de la hidra de la fábula, y las del basilisco de 7 cabezas) significan su resistencia a la muerte.

            Las coronas que adornan las 7 cabezas significan su gran poder, ejercido por medio de otros tantos reyes. El Dragón tiene coronas porque es el Príncipe de este mundo, y como tal se presenta a Jesús en el desierto para tentarle. Las tentaciones de Jesús constituyen un indicio de la lucha sorda y continua que el demonio mantiene contra Dios a través de los siglos. La historia de la humanidad está sembrada de hechos y sucesos que manifiestan bien claramente la lucha entablada desde el principio entre el bien y el mal. El Apocalipsis dramatiza sobremanera esta lucha entre las fuerzas del bien y las del mal, entre Jesucristo y Satanás, que terminará con el triunfo total y definitivo de Cristo.

            San Juan nos indica la fuerza maléfica y formidable del Dragón al afirmar que con su cola arrastró la 3ª parte de los astros, y los arrojó a la tierra (v.4). También en el libro de Daniel se nos habla de un "pequeño cuerno" que creció mucho hacia los 4 puntos cardinales, "engrandeciéndose hasta llegar al ejército de los cielos, y echó a tierra estrellas". El profeta Daniel se refiere a Antíoco IV Epífanes, que con su persecución religiosa contra el judaísmo logró la defección de relevantes personajes de la nación hebrea y profanó el templo y todo lo más sagrado de la religión de Yahveh. Por eso no sería de extrañar que el autor del Apocalipsis aludiese a la apostasía de altos representantes de la Iglesia de Cristo durante las persecuciones entonces desencadenadas.

            Sin embargo, según un simbolismo conocido en la literatura apocalíptica, las estrellas que caen del cielo representan a los ángeles prevaricadores. Con su poder de persuasión, el Dragón arrastra en pos de sí una buena porción de los ángeles del cielo, y con el mismo poder arrastrará también a muchísimos hombres, como arrastró a nuestros primeros padres en el paraíso.

            El Dragón, que había aparecido en el cielo arrastrando a la 3ª parte de las estrellas, se para delante de la Mujer, que estaba a punto de dar a luz, para tragarse a su Hijo. La actitud del Dragón nos indica claramente que lo que intenta es acabar con el reino de Dios dando muerte a su fundador. Se da cuenta que el que va a nacer es el Mesías, el cual viene a implantar el reino de Dios en este mundo con el fin de acabar con el imperio del mal.

            La historia evangélica nos muestra con toda claridad que el demonio atentó desde el principio contra la vida de Jesús y se esforzó por deshacer su obra. A inspiración diabólica obedecían los conatos de Herodes para dar muerte a Jesús recién nacido y, especialmente las tentaciones del desierto con el propósito de anular la misión mesiánica de Jesucristo. Pero, sobre todo, la escena que nos describe el Apocalipsis alude a los esfuerzos de los judíos, estimulados por el demonio, para dar muerte a nuestro Señor y acabar con su obra. También podemos ver aquí implícitamente indicados los lazos que el diablo tenderá a todos los cristianos para hacerlos caer, porque la idea del Cristo místico está presente en este relato al lado de la del Cristo personal.

            El Hijo que nace de la Mujer es caracterizado empleando unas palabras del Salmo 2: Parió un varón, que ha de apacentar a todas las naciones con vara de hierro (v.5). Esta cita de un salmo mesiánico indica claramente que San Juan identifica este Niño varón con el Mesías, es decir, con Jesucristo, considerado tanto en su realidad histórica como mística en los cristianos. El Mesías, según el AT, había de apacentar, como soberano y dominador, a Israel y a todas las naciones. Sería como el lugarteniente de Yahveh, que trataría con cetro autoritario y poderoso (o sea con dureza) a los que se sublevasen contra él. La Mujer que le da a luz representa al pueblo elegido, que, en medio de grandes dificultades y crisis de todo género, ha logrado alumbrar al Mesías.

            El Dragón no pudo devorar al Niño recién nacido porque fue arrebatado a Dios y a su trono. El autor sagrado alude, sin duda, a la ascensión de Cristo y a su triunfo, que provocará la caída del Dragón. Jesucristo, por su gloriosa ascensión, subió al cielo y ahora reina al lado de Dios Padre por los siglos de los siglos. San Juan pasa de repente del nacimiento de Cristo a su ascensión prescindiendo de todos los hechos de la vida terrestre de Jesús, de su pasión y resurrección. Esto no significa que desconozca esos hechos, a los cuales alude en el ν.11 y en todo el Apocalipsis, sino que pretende mostrar la impotencia de Satanás ante el poder omnipotente de Dios y de su Hijo. San Juan, incluso en su evangelio, pasó por alto la infancia y la juventud de Jesús.

            Lo que aquí interesa al autor sagrado es la continuación de la lucha entre el Dragón y el Niño, representado en sus seguidores. Cristo es el primogénito de muchos hermanos que habían de seguir su misma suerte, dolorosa (primero) y gloriosa (después). Jesucristo es el capitán que dirige los escuadrones de sus seguidores contra las fuerzas de Satanás. La lucha continuará mientras dure el mundo. Pero el Dragón se verá impotente para resistir al ímpetu del ejército celestial. Desfogará su rabia, como la desfoga en nuestro pasaje, ante su impotencia frente a Jesucristo y a la Mujer que lo ha engendrado. El establecimiento de la Iglesia en este mundo exaspera a Satanás, que se da a perseguirla por todos los medios a su alcance.

            La Mujer tuvo que huir al desierto (v.6) para librarse de los ataques del Dragón. Es una anticipación de la huida, de la cual se volverá a hablar en los v.13-19. ¿Qué significa la huida de esta Mujer al desierto para escapar a las acometidas del Dragón? Ante todo hemos de tener presente que el desierto es el refugio tradicional de los perseguidos en el AT. Además, San Juan sabía perfectamente que en el desierto halló Israel un refugio contra la persecución de los egipcios y en el desierto fue alimentado por Dios con el maná. En Oseas se dice que Dios llevará a su pueblo al desierto y que allí le hablará al corazón.

            Este desierto no es otro que el retiro del mundo (en el cual reina el Dragón, Satanás) para vivir la vida escondida con Cristo en Dios. Y en este desierto, la Iglesia de Jesucristo será preservada de la contaminación pagana y podrá llevar una vida espiritual más profunda, de mayor concentración e intimidad con Dios. Y allí, en aquel retiro íntimo con Dios, los cristianos serán alimentados con el agua milagrosa de la palabra divina y con el pan bajado del cielo que es la eucaristía, figurada por el maná. Así interpretan este pasaje Primasio, Andrés de Cesárea y San Beda.

            Narra Eusebio que, al estallar la Guerra Judía (ca. 66-70 d.C) y antes que Tito sitiase Jerusalén, los fieles cristianos de esta ciudad, en virtud de una revelación divina, se retiraron a Pella de Transjordania (ca. 67 d.C), escapando así a los estragos de la guerra. No hay inconveniente en admitir que este hecho haya podido sugerir a San Juan esta imagen de la huida al desierto, aunque Transjordania estaba muy lejos de ser un desierto en aquella época.

            La permanencia de la Mujer en el desierto durará 1.260 días ( 3,5 años) o, en términos apocalípticos, media semana de años. Este período de tiempo representa todo el tiempo que ha de durar la persecución, sea el que fuere. Es una cifra que nos es conocida por Daniel, en donde es equivalente al tiempo que ha de durar la abominación de la desolación del templo de Jerusalén llevada a cabo por Antíoco IV Epífanes. El tiempo que durarán las persecuciones del Dragón contra la Mujer y sus hijos los cristianos será de media semana de años (cifra simbólica), cuyo valor real sólo Dios conoce. Después de estas persecuciones llegará la victoria definitiva de Cristo y el reino de la paz.

            La Mujer, huida al desierto, es sustentada por Dios durante todo el tiempo que dure la persecución, o sea, por espacio de 3,5 años. Hay evidentemente aquí una clara alusión a Israel, alimentado en el desierto por el maná que Dios le envió. Y posiblemente también se refiera al sustento milagroso con el que Dios fortaleció al profeta Elías para que pudiese caminar y llegar al monte Horeb. El autor del Apocalipsis suele servirse de hechos y pasajes del AT para expresar e ilustrar realidades mucho más elevadas del NT. En esto sigue la misma concepción de San Pablo, para el cual las realidades del AT eran figuras de otras realidades superiores del NT.

Miguel combate contra el dragón, 12:7-12

7Hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles peleaban con el Dragón, 8y peleó el Dragón y sus ángeles, y no pudieron triunfar ni fue hallado su lugar en el cielo. 9Fue arrojado el Dragón grande, la antigua serpiente, llamada diablo y Satanás, que extravía a toda la redondez de la tierra, y fue precipitado en la tierra, y sus ángeles fueron con él precipitados. 10Oí una gran voz en el cielo que decía: Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios de día y de noche. 11Pero ellos le han vencido por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio, y menospreciaron su vida hasta morir. 12Por eso, regocijaos, cielos y todos los que moráis en ellos. ¡Ay de la tierra y de la mar! porque descendió el diablo a vosotras animado de gran furor por cuanto sabe que le queda poco tiempo.

            Como preámbulo a las luchas que el Dragón entablará contra los fieles de Cristo, San Juan nos describe una batalla que tiene lugar en el cielo. Los ángeles buenos se enfrentan con los espíritus réprobos, logrando la victoria sobre éstos. Al frente del ejército de los ángeles buenos está Miguel. La victoria conseguida por Miguel y los suyos es la victoria de Jesucristo, de la que nos hablan los evangelios. Jesús, aludiendo a la derrota que infligiría al demonio muriendo sobre la cruz, se expresa en estos términos: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera". Y en otra circunstancia decía el mismo Cristo: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo".

            La expulsión de los malos espíritus de los endemoniados era una victoria sobre el príncipe de las tinieblas y un retroceso de su imperio ante el avance del reino de Dios. Los cristianos vencerán al demonio por la virtud de Jesucristo, pues Jesús forma un todo con sus fieles. Las persecuciones que él sufrió de parte del mundo y de su príncipe Satanás continuarán contra los suyos, porque el discípulo no puede ser de mejor condición que el maestro. Pero la victoria alcanzada por Jesús beneficiará a los suyos, los cuales, con la fuerza del Maestro, serán también vencedores.

            El cielo atmosférico es la morada de las potestades aéreas según la concepción antigua. En él es donde tiene lugar la batalla entre las legiones de Dios y las de Satanás (v.4). Miguel, el protector del pueblo de Israel en Daniel, se convierte en el Apocalipsis en el protector del Israel de Dios, es decir, de la Iglesia de Jesucristo. Es ésta la única vez en todo el Apocalipsis que se da el nombre de un ángel. Miguel es el caudillo de los ejércitos celestiales que pelean contra las fuerzas del Dragón.

            La batalla que se entabla entre ambos bandos parece como si fuera ocasionada por la Ascensión de Cristo al cielo. Jesucristo, sentado en el trono de Dios, recibe de éste la soberanía sobre toda la creación. Satanás y los suyos no quieren aceptarla. Y entonces Cristo, obrando como rey, lanza contra el Dragón el ejército angélico, poniéndole en fuga. Esta desbandada simboliza la derrota de las fuerzas diabólicas por la cruz de Cristo. Las fuerzas del Dragón con su jefe son arrojadas a la tierra, teniendo que abandonar su propia morada del cielo (v.8). Pero en la tierra no dejarán de seguir la lucha, que habían comenzado con tan felices resultados en el paraíso terrenal.

            San Juan, al hablar de la derrota del Dragón y de su precipitación sobre la tierra, tal vez se inspire en el Henoc eslavo, el cual, hablando de los ángeles caídos, dice: "Uno que era extraño a los coros de ángeles, concibió un plan imposible: quiso colocar su trono más alto que las nubes, por encima de la tierra y con el fin de poder llegar a ser igual en rango a mi poder. Y entonces yo lo arrojé de las alturas junto con sus ángeles, y permaneció volando continuamente en el aire sobre el insondable".

            Esta concepción parece haber sido la que había aceptado, en general, la teología judía contemporánea. Y también para 2 Pe 2:4 y Jds 6, que hablan claramente de la Caída de Satanás y de sus ángeles al infierno, considerándolo como un hecho pasado ya muy lejano. Para el autor del Apocalipsis, sin embargo, el descalabro sufrido por el demonio y su caída del cielo tuvo lugar principalmente cuando Jesús triunfó de la muerte en la cruz. Desde entonces, el poder del demonio quedó destruido y su actividad fue grandemente limitada y reducida.

            El Dragón es identificado claramente en el v.8. Es la antigua serpiente de Gen 3:1-5; o sea, el demonio, el enemigo de Dios y de la humanidad. La identificación de la serpiente con Satanás es también claramente afirmada en el libro de la Sabiduría: "Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo". El Dragón es llamado también Diablo y Satanás.

            El nombre hebreo Satán, que los LXX traducen por Diablo, significa propiamente el acusador, el adversario. Es el seductor del cap. 3 del Génesis, que extravía a toda la redondez de la tierra. Antes de que Cristo triunfase del demonio por la cruz, Satanás gozaba de cierto derecho de acusador de los hombres delante de Dios por haberse hecho sus esclavos mediante el pecado. Pero después del triunfo de Cristo sobre el Calvario, el demonio ha quedado derrotado y ha sido arrojado fuera. En adelante ya no tendrá ningún derecho sobre los redimidos por la sangre de Jesucristo.

            La derrota decisiva del Dragón provoca una gran alegría en el cielo. Los ángeles o bien las almas de los primeros mártires entonan un cántico de alabanza a Dios y a Cristo (v.10). Porque la victoria de Miguel es en realidad la victoria de Jesucristo. La doxología está inspirada en las aclamaciones imperiales, tan en boga en la época en que escribía San Juan. Los que la cantan son los ángeles o tal vez los mártires. Si fueran estos últimos, se explicaría bien que llamaran hermanos a los fieles que aún vivían en la tierra, cuyo triunfo futuro se considera tan seguro, que se presenta como ya realizado.

            Con la derrota del Dragón llega la salvación para todos los que quieran seguir las huellas de Cristo. Y se manifiesta el poder irresistible de Dios, que nadie puede detener, y el reino que ejerce sobre toda la creación sin trabas de ninguna clase. Al mismo tiempo, la autoridad de Cristo sobre el mundo y sobre la Iglesia será reconocida por la humanidad entera.

            Los santos cantan el himno de alabanza porque fue precipitado del cielo el acusador que los acusaba delante de Dios constantemente. Esta victoria la han conseguido por la virtud de la sangre del Cordero, que fue derramada por todos, y también por sus propios sufrimientos, al dar testimonio de Cristo con su vida (v.11). Lo que en realidad venció al Dragón fue la cruz de Cristo, y los seguidores de Cristo le vencerán siendo fieles a su Maestro hasta la muerte si fuere preciso. El triunfo del pecado y la salvación eterna por la sangre de Cristo sólo se obtienen por la fidelidad al mensaje de Jesús llevada hasta sus últimas consecuencias.

            La victoria de los ejércitos celestiales debe ser motivo de regocijo tanto en el cielo como en la tierra, porque en ambos repercutirá el triunfo favorablemente. Estos cantos de victoria se repiten con frecuencia en todo el resto del libro, porque el autor sagrado quiere fortalecer con ellos el ánimo de los fieles con la esperanza del triunfo. Aquí termina (como sucede con todos los cánticos celestes del Apocalipsis) un pasaje que sirve como de 1º acto al 2º bosquejo del drama indicado en el v.6. Es una especie de introducción a lo que sigue, lo mismo que la visión de los sellos, la proclamación del águila en Ap 8:13 y el cántico de los ángeles antes de las copas, Ap 15. El autor sagrado se mueve siempre en el mismo cuadro.

            El furor del Diablo crece con la derrota tanto más cuanto que sabe le queda poco tiempo para perseguir y hacer daño a la Iglesia de Cristo (v.1). San Juan, a imitación de los profetas, consideraba como muy próxima la victoria definitiva de Cristo, el fin de las persecuciones y la implantación de su reino de paz sobre la tierra. La lucha durará solamente 3,5 años, según la cronología del vidente de Patmos.

            El tiempo de que dispone el Dragón para hacer daño a los seguidores de Cristo es, pues, muy corto en comparación con la eternidad del triunfo de Jesucristo y de todos los bienaventurados. Pero la tierra y el mar tendrán que sufrir todavía de los perseguidores de Cristo y de su Iglesia, que (como instrumentos del Dragón) se opondrán con todas sus fuerzas a su implantación en este mundo. El furor de Satanás alcanzará a todos los moradores de la tierra, pero de modo muy diverso.

            Los idólatras quedarán esclavizados por el diablo y sometidos a los efectos de la justicia divina. Los fieles, en cambio, aunque en apariencia vencidos, conseguirán la victoria bien por medio del martirio o bien por el mérito de las tribulaciones sufridas. El Dragón perseguirá a la Iglesia e inducirá a los hombres a la apostasía. En esta tarea será ayudado por 2 bestias, que provendrán del mar (una) y de la tierra (la otra). Son los últimos asaltos del demonio, que anuncian el 3º ay que abarcará el resto del Apocalipsis (hasta la completa victoria sobre Satanás, en el cap. 19).

La mujer huye al desierto, 12:13-18

13Cuando el dragón se vio precipitado en la tierra, se dio a perseguir a la mujer que había parido al Hijo varón. 14Pero fuéronle dadas a la mujer dos alas de águila grande, para que volase al desierto, a su lugar, donde es alimentada por un tiempo y dos tiempos y medio tiempo, lejos de la vista de la serpiente. 15La serpiente arrojó de su boca, detrás de la mujer, como un río de agua para hacer que el río la arrastrase. 16Pero la tierra vino en ayuda de la mujer, y abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había arrojado de su boca. 17Se enfureció el dragón contra la mujer, y fuese a hacer la guerra contra el resto de su descendencia, contra los que guardan los preceptos de Dios y tienen el testimonio de Jesús. 18Se apostó sobre la playa del mar.

            Los v.13-14 desarrollan el pensamiento del v.6. El Dragón, al sentirse derrotado y humillado por el ejército de Jesucristo, se revuelve con mayor rabia contra la Mujer. Pero Dios acude en ayuda de la Mujer, y para que pueda huir de las acometidas del Dragón se le dan 2 grandes alas. Las alas (figura o metáfora muy conocida en la apocalíptica judía) simbolizan la rapidez y el poderoso auxilio divino dado a la Mujer para que pueda huir al desierto. En el Pentateuco se dice que Dios transportó sobre sus alas a Israel desde Egipto al desierto. Y el profeta Ezequiel compara a Nabucodonosor, que lleva cautivo al rey de Judá a Babilonia, a un águila poderosa.

            El lugar donde ha de refugiarse la Mujer es el desierto, que, como ya hemos visto, era el refugio tradicional de todos los perseguidos. A él huyó el profeta Elías, a él huyeron los Hasidim y a él se retiraron también los miembros de la comunidad de Qumram. La duración de este retiro de la Mujer en el desierto es siempre la misma, aunque expresada en forma nueva: un tiempo y dos tiempos y medio tiempo (v.14). Es decir, 3,5 años, que es la duración simbólica de toda persecución. En el desierto no hay elementos de vida, pero Dios se encargará de alimentar a la Mujer como alimentó a Israel con el maná y con el agua milagrosa.

            No pudiendo el Dragón dar alcance a la Mujer, que se retira al desierto con la velocidad del águila, recurre a un subterfugio: arroja de su boca como un río de agua para que arrastre a la Mujer (v.15). Es muy posible que San Juan piense aquí en algún monstruo acuático (como el Leviatán), o en el cocodrilo o la ballena (que lanzan borbotones de agua al aire). El río de agua que el Dragón arroja contra la Mujer simboliza las calamidades y persecuciones que Satanás desencadenará contra la Iglesia para destruirla. En los salmos y en los profetas, las persecuciones y tribulaciones que sufren los justos se hallan expresadas a veces por las muchas aguas, que amenazan anegarlos. Tal parece ser el origen de esta imagen.

            Algunos autores consideran como probable que San Juan utilice aquí elementos de un mito griego, como el Mito de Latona (que, a punto de dar a luz a Apolo, es perseguida por la serpiente Pitón), que huye a la isla Ortigia y allí da a luz a Apolo, sin que se dé cuenta Pitón (tras lo cual, Apolo matará a la serpiente Pitón). Desde el punto de vista de la inspiración e inenarrancia de la Sagrada Escritura, no existe inconveniente alguno en admitir que el autor del Apocalipsis se haya servido de la leyenda griega para su composición escenográfica.

            No obstante las artimañas del Dragón para impedir la huida de la Mujer, Dios vela sobre ella, pues el que le había preparado un retiro en el desierto no había de abandonarla en este lance (v.16). Con este fin hace que la tierra se convierta en auxiliar de la Mujer perseguida: la tierra sedienta, a semejanza de los torrentes o wadis resecos de Palestina, se traga totalmente la impetuosa torrentera. El autor sagrado quiere simbolizar con esta imagen las persecuciones del mal contra la Iglesia, semejantes a aguas desbordadas. Pero Dios siempre vendrá en ayuda de los suyos, concediéndoles al fin la victoria sobre todos sus enemigos. Los lectores del Apocalipsis debían ver aquí una prueba de la protección divina sobre ellos en las persecuciones que sufrían.

            El Dragón, sin embargo, no se da por vencido. Ante el fracaso sufrido en el intento de abatir a Cristo y a la Mujer que lo había engendrado, desfoga su rabia dándose a perseguir a la descendencia de la Mujer (v.17). Las acometidas del Dragón no se dirigen contra los paganos, que son suyos, sino contra los fieles de Jesucristo, contra aquellos que guardan los preceptos de Dios y se mantienen firmes en la fe dando testimonio de Jesús con su vida o con su sangre. Esto último era propio de los confesores de la fe, a quienes la Iglesia dio el nombre de mártires, de testigos de Jesucristo. El martirio es la más alta manifestación de fidelidad a Cristo y a su mensaje de salvación.

            El Dragón hace la guerra a todos los hermanos de Jesús, a toda la Iglesia considerada bajo 2 aspectos diferentes: en cuanto conjunto, y en sus miembros. Mientras que en la Iglesia, en esencia indefectible, sus miembros permanecen expuestos a las persecuciones del demonio. Contra éstos dirige Satanás principalmente sus asaltos.

            Las diferencias entre judíos y gentiles que habían preocupado a los apóstoles en el Concilio de Jerusalén ya no existían en los días en que San Juan escribía el Apocalipsis. Al menos no aparece reflejada dicha oposición en nuestro libro.

            El Dragón, burlado e impotente para herir a la Mujer y a su descendencia, excogita una alianza que le será de gran ayuda para continuar la guerra contra los cristianos. Con este propósito se apostó en la playa del mar (v.18) mirando hacia occidente, hacia Roma, de donde le vendría la ayuda deseada para proseguir la lucha. Y, en efecto, del mar surgirá la Bestia, en la que se encarnará el Dragón para continuar su guerra a muerte contra la Iglesia.

            El fin que se propone el Apocalipsis es transmitir a los cristianos atribulados un mensaje de esperanza, alentándolos para que soportasen con fortaleza y constancia las persecuciones que los amenazaban. Esta es la razón de que el autor sagrado inculque constantemente a sus lectores la seguridad del triunfo definitivo de Cristo sobre los poderes del mal. Es la misma finalidad que se percibe en todas las escenas del cap. 12.

af) El dragón transmite su poder a 2 bestias, 13:1-18

            El demonio, arrojado del cielo sobre la tierra, lleno de furia se dispone a aprovechar el poco tiempo que le queda para deshacer, si le fuera posible, la obra de Dios en este mundo. El cap. 13 nos describe cómo el Dragón organiza sus fuerzas para la lucha que se propone seguir contra la descendencia de la Mujer, es decir, contra la Iglesia de Cristo. Su reino es organizado imitando el modelo de su adversario (o sea, el del Cordero).

            Al mismo Cordero opone Satanás la Bestia, el Anticristo. Y prepara incluso para su Bestia una especie de resurrección, de entronización (imitación de la entronización del Cordero), de parusía diabólica. Estas escenas tienen lugar sobre la tierra en presencia del Dragón y van acompañadas con cánticos, imitando lo más posible lo que se había dicho del Cordero en los cap. 4-5.

            Sin embargo, una Bestia sola no podía rivalizar con la potencia del Cordero. Esta es la razón de que Satanás consiga la ayuda de una 2ª Bestia, la Bestia de la tierra. Las 2 bestias, imitando a los 2 testigos de Cristo, se enfrentan con el Cordero. Logran seducir a muchos hombres sirviéndose de milagros aparentes; y los marcan con su señal. De este modo se enfrentan sobre la tierra 2 ejércitos, el del Dragón (capitaneado por las 2 bestias) y el del Cordero. El desarrollo de la lucha seguirá un curso cuyo paralelismo con los cap. 6-11 es evidente.

            El cap. 13 nos presenta y describe esas 2 bestias, de las cuales se servirá el Dragón para hacer la guerra a la Iglesia de Cristo. La 1ª bestia es el Imperio Romano con sus medios potentísimos de conquista, dominio y seducción. La 2ª bestia representa al sacerdocio pagano (especialmente el de Asia Menor), servilmente sometido al capricho de los emperadores. El cap. 13 se puede dividir en 2 partes: la bestia del Occidente (v.1-10) y la bestia del Oriente (v.11-18).

La bestia de Occidente, 13:1-10

1Vi cómo salía del mar una bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas, y sobre los cuernos diez diademas, y sobre las cabezas nombres de blasfemia. 2Era la bestia que yo vi semejante a una pantera, y sus pies eran como de oso, y su boca como la boca de un león. Dióle el dragón su poder, su trono y una autoridad muy grande. 3Vi a la primera de las cabezas como herida de muerte, pero su llaga mortal fue curada. Toda la tierra seguía admirada a la bestia. 4Adoraron al dragón, porque había dado el poder a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia? ¿Quién podrá guerrear con ella? 5Dieselo asimismo una boca, que profiere palabras llenas de arrogancia y de blasfemia, y fuese concedida autoridad para hacerlo durante cuarenta y dos meses. 6Abrió su boca en blasfemias contra Dios, blasfemando de su nombre y de su tabernáculo, de los que moran en el cielo. 7Fuele otorgado hacer la guerra a los santos y vencerlos. Y le fue concedida autoridad sobre toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación. 8La adoraron todos los moradores de la ¡tierra cuyo nombre no está escrito, desde el principio del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado. 9Si alguno tiene oídos, que oiga. 10Si alguno está destinado a la cautividad, a la cautividad irá; si alguno mata por la espada, por la espada morirá. En esto está la paciencia y la fe de los santos.

            La 1ª bestia simboliza, según Ap 17:10-14, el Imperio Romano, tipo de todas las fuerzas que se levantarán contra la Iglesia en el decurso de los siglos. En efecto, el vidente de Patmos ve esa 1ª bestia venir del Mediterráneo con 7 cabezas y 10 cuernos (v.1). Hay que tener en cuenta que la potencia del Imperio Romano era en gran parte marítima, sobre todo vista desde Asia Menor.

            En los 10 cuernos, la Bestia llevaba otras tantas diademas, y en las 7 cabezas, nombres de blasfemia. Las 7 cabezas de la Bestia simbolizan una serie de 7 emperadores que se sucedieron en el trono de Roma. Y probablemente también aluden a las 7 colinas sobre las cuales se asentaba la capital del Imperio Romano. Los 10 cuernos representan 10 reyes vasallos de Roma (que actuaban en íntima conexión con ella) en su política persecutoria contra la Iglesia. La identificación de esos reyes y emperadores resulta difícil e hipotética, como veremos después. La fábula representaba la hidra con muchas cabezas para significar su resistencia a la muerte, porque, destruida una cabeza, quedaban las otras. Los cuernos son en la Escritura símbolos de la fuerza, incluso de la fuerza militar.

            Las coronas que llevaba la Bestia significan el poder regio de los distintos soberanos. En cada una de las 7 cabezas hay un nombre de blasfemia, es decir, un nombre blasfemo. Tales debían de ser a los ojos de San Juan y de los cristianos de entonces los títulos que los emperadores romanos se daban a sí mismos, como vemos por las monedas y las inscripciones.

            Algunos de ellos eran indudablemente blasfemos (Augustus, Divus, Deus, Filius dei, Dominus, Salvator, Benefactor). Estos títulos herían profundamente a los judíos (monoteístas) y a los cristianos (trinitarios), porque con ellos una pura criatura trataba de arrogarse atributos divinos exclusivos de Dios. Domiciano fue el 1º que empezó a usar estos títulos en la misma Roma, en donde ninguno de sus predecesores se había atrevido a aceptarlos, si exceptuamos el título de Augustus. El emperador Tiberio se excusa en una ocasión de haber permitido que los españoles le dedicasen un templo, siguiendo en esto el ejemplo de Augusto, que había permitido erigir en Pérgamo un templo en su honor. Pero, si lo toleraba excepcionalmente, sabía muy bien (como dice Tácito) que era un hombre mortal. También Nerón impidió que le dedicasen un templo en Roma. Solamente los admitió para después de su muerte, porque los honores divinos no se debían dar (según él) a un emperador mientras viviese entre los mortales.

            En el v.2 nos describe el autor sagrado el aspecto exterior de la 1ª bestia. Era semejante a una pantera, como la 3ª bestia de la visión del profeta Daniel. Con esto, tal vez San Juan quiera significar la astuta agilidad y la crueldad felina propias de esta fiera. Las patas eran parecidas a las de un oso, con lo que quiere indicar la potencia irresistible de sus acometidas. Esta nota distintiva corresponde a la 2ª bestia de Daniel. La boca era como la de un león, el cual, arrojándose impetuosamente sobre su víctima, la deshace y la tritura con sus poderosas mandíbulas.

            También la 1ª de las 4 bestias de Daniel era semejante a un león. Por consiguiente, la descripción que nos da San Juan de la Bestia del Apocalipsis está compuesta de elementos tomados de las 4 bestias de Daniel y se inspira evidentemente en ella. El profeta Daniel ve, en visión nocturna, salir del mar Grande (es decir, del Mediterráneo) 4 grandes bestias, diferentes una de otra. La 1ª era como león con alas de águila; la 2ª era semejante a un oso; la 3ª era como un leopardo con 4 cabezas; la 4ª era diferente de todas las otras, terrible, espantosa y sobremanera fuerte, armada con dientes de hierro y con 10 cuernos.

            Las 4 bestias de Daniel representaban otros tantos reinos, que se levantarían en la tierra antes que llegara el reino de los santos. De la 4ª bestia, la más temible de todas (armada con 10 cuernos), vio Daniel que salía un cuerno pequeño, que derribaba 3 de los otros 10. Y tenía una boca que hablaba con arrogancia. La 4ª bestia simbolizaba al Imperio Seléucida, del que salió un pequeño cuerno (Antíoco IV Epífanes) tan arrogante, que se levantó contra el Altísimo (pretendiendo abrogar su Ley y perseguiendo a los santos durante un tiempo).

            El autor del Apocalipsis reúne los diversos elementos de estas 4 bestias de Daniel para componer la figura de su terrible Bestia. Las 7 cabezas de ésta son la suma de las 4 cabezas de la 3ª bestia (de Daniel) más las cabezas de las 3 restantes fieras del profeta. La Bestia del Apocalipsis forma, pues, la síntesis de las 4 bestias de Daniel. Con lo cual el vidente de Patmos parece querer indicarnos que esta espantosa Bestia reúne en sí lo peor que los siglos han podido contemplar, de fuerzas organizadas opuestas a los planes de Dios.

            La 4ª bestia de Daniel, la más parecida a la 1ª del Apocalipsis (y designaba al Imperio Seléucida), fue posteriormente empleada para designar al Imperio Romano. Esto se ve claramente por el evangelio de Lucas, en donde la expresión abominación de la desolación (que significaba para Daniel la obra de la 4ª bestia, encarnada en Antíoco IV Epífanes), se aplica al Asedio de Jerusalén por las fuerzas de Roma. De igual modo, en el libro IV de Esdras (4 Esd 11-12), las visiones de Daniel son transformadas para representar al imperio romano.

            Por eso no tiene nada de extraño que San Juan, siguiendo la tradición apocalíptica de su tiempo, quiera simbolizar con su 1ª bestia al Imperio Romano. A esta Bestia entrega el Dragón, como príncipe de este mundo, su poder, su trono y una autoridad muy grande (v.2). Lo cual constituye una ridícula parodia de la entronización del Cordero en el cielo.

            El autor sagrado considera la Bestia como un poder satánico, agente terrestre del diablo. Esto se comprenderá mejor si tenemos presente que San Juan considera al Imperio Romano como adorador de los ídolos y perseguidor de la fe. Es, en una palabra, la encarnación del poder de Satanás, opuesto al reino de Dios y a su Iglesia. A esto no obsta el que San Pedro y San Pablo, considerando al Imperio Romano como una fuerza conservadora del orden y de la paz social, lo presenten a los fieles como ordenado por Dios. Y por este motivo mandan a los cristianos pagar los tributos y rogar por los gobernantes, a fin de que puedan gozar de paz y servir en ella a Dios.

            Después de la parodia de entronización de la Bestia, en el v.2 sucede algo inesperado. San Juan ve a la 1ª de las 7 cabezas de la Bestia como herida de muerte, pero su llaga mortal fue curada (v.3).

            Probablemente se alude aquí a la restauración del Imperio Romano, momentáneamente sacudido por la guerra civil que siguió a la muerte de Nerón. También el autor sagrado pudiera referirse al asesinato de Julio César, que pareció por un momento ser el fin del poder de Roma. Pero ésta se levantará más potente y gloriosa bajo Augusto, designado por el mismo Julio César como su sucesor. Para otros autores, la expresión su llaga mortal fue curada aludiría a los rumores populares acerca de Nerón redivivus, que los cristianos tal vez creyeron ver realizados en Domiciano, segundo Nerón por su persecución contra la Iglesia.

            Por aquella época corrían escritos judíos de tipo apocalíptico que afirmaban que Nerón no se había suicidado el año 67, sino que se había refugiado entre los partos. De allí volvería a Roma con un ejército para destruirla e inaugurar los tiempos mesiánicos. Esta leyenda se fue transformando poco a poco, hasta presentar a Nerón resucitado y encarnando al demonio. Bien pudiera ser que San Juan se haya hecho eco de esta leyenda.

            La Bestia herida y curada es como un remedo del Cordero degollado y resucitado. Es otro caso de paralelismo polémico, bastante frecuente en esta última parte del Apocalipsis. Para combatir el reino de Cristo resucitado, el Dragón le opone el poder de un falso resucitado. El prodigio aparente de la curación de la Bestia despierta la admiración de toda la tierra, es decir, de las naciones conquistadas por Roma, que se rinden ante el poder de la Bestia y en ella adoran al Dragón (v.4).

            El autor sagrado alude indudablemente al culto imperial, muy extendido en Asia Menor, en el cual se tributaban honores divinos al Divus Imperator y a la deva Roma. El culto de los ídolos, que va implicado en la sujeción al imperio idolátrico de Roma, es en la Sagrada Escritura el culto a los demonios. Adorar al emperador o a Roma y adorar al demonio es todo uno en el pensamiento de San Juan. Los emperadores romanos, aceptando los títulos divinos y permitiendo la erección de templos en su honor, obligaban a sus súbditos a dar culto al poder romano y, en último término, al demonio. El culto de Roma y de sus emperadores se había difundido particularmente por la provincia pro-consular de Asia. En una inscripción de Halicarnaso se saluda a Augusto con las expresiones de "Zeus paternal y salvador de todo el género humano".

            El mundo se inclina ante la fuerza brutal del Imperio Romano, y se somete de cuerpo y alma al principio que lo inspira. Este, para el autor del Apocalipsis, no es otro que el Dragón. Todos los moradores del Imperio Romano, es decir, aquellos que no están escritos en el libro de la vida eterna, sino que adoran a los ídolos, se rindieron a la Bestia, exclamando: ¿Quién como la Bestia? ¿Quién podrá guerrear con ella? Son éstas expresiones que en el AT se dirigen exclusivamente a Dios. De donde se deduce que los adoradores de la Bestia la consideraban como el dios más poderoso, contra el cual nadie podía levantarse.

            Todo el universo está sometido al poder de Dios, pero es él quien, por sus altos juicios, permite la acción del Dragón, el cual inspira a la Bestia las palabras blasfemas que van implicadas en los nombres divinos que los cesares se arrogaron. La actuación de la Bestia se asemeja a la del "pequeño cuerno" de la visión de Daniel: hablaba con gran arrogancia, pronunciando palabras llenas de blasfemia (v.5). Los autores antiguos narran hechos blasfemos de divinización de los emperadores o de familiares de éstos.

            A la Bestia se le permite desarrollar su acción durante un período de 42 meses, es decir, durante 3,5 años, que es el tiempo simbólico de toda persecución religiosa. El tiempo que es dejado al Dragón para que actúe sus planes está, pues, estrictamente delimitado. Durará tanto como la profanación del Templo de Jerusalén por el "pequeño cuerno" Antíoco IV Epífanes, como la predicación de los 2 testigos y como el retiro de la Mujer en el desierto. Todos estos hechos son evidentemente simultáneos y constituyen aspectos diversos de un mismo suceso.

            Las pretensiones de los emperadores romanos a ser divinizados constituían una suplantación de los derechos de Dios y un gravísimo insulto contra los santos que le aclaman en el cielo como tal (v.6). San Juan, profundamente irritado ante semejante pretensión, la considera como una blasfemia contra Dios, contra su santo nombre y contra su tabernáculo. El tabernáculo se identifica aquí con el cielo, concebido por el autor del Apocalipsis a semejanza del Templo de Jerusalén.

            Esta actitud blasfema de la Bestia corresponde perfectamente con la realidad histórica, que nos es conocida por los autores antiguos. Suetonio nos habla de la arrogancia del emperador Domiciano, el cual dictó en cierta circunstancia una circular que comenzaba así: Dominus et deus noster sic fieri iubet. Y después se estableció que se le llamase y se le designase con estos títulos tanto por escrito como en la conversación. La madre de Domiciano era llamada madre de dios y reina del cielo. Y el hijo mayor de Domiciano, muerto a los 2 años, era representado sentado en lo alto del cielo sobre un trono en actitud de juzgar junto con 7 estrellas.

            La religión imperial constituirá en adelante el armazón del régimen y el criterio de la romanidad. El culto imperial llegó a ser con el tiempo la muestra de lealtad al imperio. Los cristianos, los santos, por rehusar practicar la religión idolátrica del imperio, eran considerados como enemigos del estado, como anarquistas que atentaban contra la seguridad de la nación. Por eso se les perseguía y se les condenaba a muerte: Fuele otorgado a la Bestia hacer la guerra a los santos y vencerlos (v.7).

            Los santos son los miembros de la Iglesia, la cual en aquel tiempo ya estaba extendida por toda tribu, pueblo, lengua y nación. Dios permite que la Iglesia sea perseguida y muchos de sus miembros muertos porque la tribulación sirve para purificarla y para mostrar su grandeza. "La virtud (como decía San Pablo) se perfecciona en la flaqueza". Pero, si bien las persecuciones hacían que muchos cristianos fuesen abatidos, nunca pudieron abatir a la Iglesia en cuanto tal. Todo lo contrario, los vencidos en las persecuciones serán después los vencedores de sus mismos verdugos. "La sangre de los mártires (corno diría Tertuliano) es semilla de cristianos". Dios en su providencia divina lo ha dispuesto todo de tal manera, que pueda servir al triunfo definitivo de su causa. Por eso, los cristianos no han de desalentarse al verse perseguidos a muerte, sino que han de confiar en Dios, que al fin les dará la plena victoria sobre sus enemigos.

            La fuerza y el esplendor del Imperio Romano arrastró a muchos a darle culto. Los cristianos que se resistían eran inmolados como enemigos del estado y de la religión. Pocos años después de la composición del Apocalipsis, Plinio el Joven narra en una carta al emperador Trajano la conducta que había seguido con los cristianos de Bitinia. A los acusados de cristianismo los hacía llevar ante la imagen del emperador y de los otros dioses para que les ofreciesen incienso e hicieran una libación de vino. Los que ejecutaban este rito eran puestos en libertad; en cambio, los que se negaban eran ejecutados como rebeldes. Años más tarde, el procónsul de Asia exigía a San Policarpo jurar por el nombre del César y llamarle Señor (Kύριος Καίσαρ), a lo que el santo se negó creyendo que esto era una confesión idolátrica. En tiempo de San Juan todavía no se había llegado a este extremo; pero el profeta, que veía el culto del emperador y de Roma extendido y solemnizado en la provincia proconsular de Asia, podía muy bien entrever adonde llegaría tal superstición.

            Por eso dice muy bien que adoraron a la Bestia tocios los moradores de la tierra (v.8). Solamente los cristianos, cuyo nombre está escrito en el libro de la vida desde el principio del mundo, se negaron a ofrecer incienso a las imágenes de los emperadores. Los moradores de la tierra son los enemigos de Dios según la manera de hablar del Apocalipsis. Estos no están escritos en el libro de la vida del Cordero degollado. Aquí, como en Ap 21:27, el libro de la vida se atribuye al Cordero inmolado, que con su inmolación sobre la cruz ha dado vida al mundo. Cristo tiene, pues, el libro de la vida en su poder, y de él puede borrar a los que sean indignos. Este libro está escrito desde la fundación del mundo, como se dice también en Ap 17:8. El plan divino de la redención por medio de la sangre del Cordero inmolado estaba ya determinado desde la eternidad. Cristo estaba predestinado desde la eternidad al sacrificio redentor de su vida, como lo afirma la 1 Pe: "Habéis sido rescatados de vuestro vano vivir. con la sangre preciosa de Cristo, como de Cordero sin defecto ni mancha, ya conocido antes de la creación del mundo y manifestado al fin de los tiempos por amor vuestro".

            Pero para poder ser inscrito en el Libro de la Vida es necesario participar de los sufrimientos de Cristo. Porque sólo la vía de la cruz es la que conduce al cielo. Esta es la razón de que San Juan anuncie a los fieles sufrimientos y hasta la muerte con frases un tanto enigmáticas: Si alguno esta destinado a la cautividad, a la cautividad ira; si alguno mata por espada, por espada morirá (v.10).

            No se trata aquí de la ley del talión, porque rompería evidentemente la marcha del pensamiento. Se trata de una grave advertencia del vidente de Patmos hecha a sus lectores acerca de lo que va a ocurrir. De ahí la expresión: Si alguno tiene oídos, que oiga (v.9), con la que quiere llamar la atención de los cristianos de Asia sobre el peligro que les amenaza. El autor sagrado tiene ante los ojos la lucha que se acerca, que ha de ser afrontada por los fieles no con la fuerza de las armas, sino con el sufrimiento, abrazándose con la cruz que a cada uno tenga el Señor preparada. Esta puede ser el destierro, que él mismo estaba sufriendo en Patmos, o la muerte, que muchos ya habían sufrido. Los cristianos han de aceptar con fe y paciencia las persecuciones, que en los planes divinos están destinadas a perfeccionarlos y a manifestar su virtud.

            La advertencia de los v.9-10 está tomada de Jeremías, que le da otro sentido. El profeta amenaza al pueblo israelita prevaricador con la cólera de Dios. Unos morirán de peste, otros al filo de la espada, otros perecerán de hambre y otros serán llevados cautivos. Pero esto será efecto de la justicia divina, que por estos medios castiga las iniquidades de su pueblo, mientras que en el Apocalipsis es la misericordia de Dios, que se propone por los mismos medios coronar a sus fieles con la corona de la gloria. La persecución promovida por los agentes del culto imperial pondrá a prueba la paciencia y la fe de los santos. Si saben soportarla por amor a Jesucristo, les alcanzará la vida eterna. El Salvador había anunciado en diversas ocasiones a sus discípulos que tendrían que sufrir persecuciones y pruebas de todo género por su nombre. Pero las persecuciones serían ocasión para dar testimonio de Jesucristo y para manifestar la verdadera calidad del cristiano: "Por su paciencia en la prueba salvarían sus almas".

La bestia de Oriente, 13:11-18

11Vi otra bestia que subía de la tierra y tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba corno un dragón. 12Ejerció toda la autoridad de la primera bestia en presencia de ella e hizo que la tierra y todos los moradores de ella adorasen a la primera bestia, cuya llaga mortal había sido curada. 13Hizo grandes señales, hasta hacer bajar fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. 14Extravió a los moradores de la tierra con señales que le fue dado ejecutar delante de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra que hiciesen una imagen en honor de la bestia, que tiene una herida de espada y que ha revivido. 15Fuele dado infundir espíritu en la imagen de la bestia, para que hablase la imagen e hiciese morir a cuantos no se postrasen ante la imagen de la bestia, 16e hizo que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se les imprimiese una marca en la mano derecha y en la frente, 17y que nadie pudiese comprar o vender sino el que tuviera la marca, el nombre de la bestia o el número de su nombre. 18Aquí está la sabiduría. El que tenga inteligencia calcule el número de la bestia, porque es número de hombre. Su número es seiscientos sesenta y seis.

            Después de la visión de la 1ª bestia, San Juan ve una 2ª bestia, que se diferencia de la 1ª. La 1ª sale del mar (es decir, viene del occidente); la 2ª, en cambio, viene de la tierra (o sea, el Asia Menor). La 1ª tenía 10 cuernos (expresión de su gran poder); la 2ª sólo tiene 2 cuernos (que se asemejan a los de un cordero). El profeta Daniel también nos habla de un carnero con 2 cuernos, que para él representaba el Imperio Persa. No obstante el aspecto manso de cordero que tenía la 2ª bestia del Apocalipsis y que parecía hacerla poco temible, su lenguaje es venenoso y maléfico como el del Dragón (v.11). Con lo cual el autor sagrado quiere significar su actuación en extremo peligrosa y ponzoñosa. Ejerce una actividad muy amplia y maléfica en favor de la 1ª bestia.

            Es, por lo tanto, una aliada de ella. Le presta su ayuda no con solas palabras, más o menos persuasivas, sino con grandes prodigios, hasta hacer bajar fuego del cielo. Y con estos portentos, obrados delante de la 1ª bestia y en honor de ella, logra arrastrar a los hombres en pos de la Bestia, que, habiendo recibido una herida mortal, había revivido. Todavía hace más: infunde espíritu de vida en las imágenes de la Bestia para que hablen. Con esto inducía a todos a que adorasen a la Bestia y hacía morir a los que se resistían a este homenaje. Además, hacía marcar a todos en la frente y en la mano con la señal de la Bestia.

            Todos estos detalles nos pintan al vivo el carácter de esta 2ª bestia, que no representa una potencia político-militar (como la 1ª) sino una potencia espiritual (al servicio de ella). No dispone de la fuerza, sino de la persuasión y del arte de prestidigitación para engañar a los hombres. Es una fuerza filosófico-religiosa, una especie de personificación de los falsos profetas disfrazados con piel de cordero de que nos habla Jesús en el evangelio. De ahí que, si la 1ª bestia era el tipo del Anticristo político, la 2ª es el tipo del Anticristo religioso. Tiene que ser un poder espiritual que obra poderosamente sobre las almas, induciéndolas a rendir culto a la 1ª bestia. Se trata de un poder religioso (ν.13), que ejerce al mismo tiempo un poder político de parte del Imperio (v.12), y promueve el culto imperial y la persecución contra los cristianos (v.12 y 15).

            Todas estas características corresponden bien al sacerdocio pagano, que tomaba parte en el gobierno municipal de las ciudades y de las provincias. Algunos autores ven en esto una alusión a los colegios sacerdotales del culto de Cibeles, el cual estaba muy extendido por la provincia proconsular del Asia Menor y tenía relación con el culto imperial. Pero más probablemente se debe de referir a todo el sacerdocio del Asia Menor, que se esforzaba por promover el culto imperial. Tal vez la ciudad de Pérgamo fuera el centro de irradiación de este movimiento en favor del culto imperial. Por aquel entonces existían también religiones sincretistas, especialmente de tendencia gnóstica, que con sus ideas filosófico-religiosas y sus imitaciones del cristianismo amenazaban destruir la verdadera esencia del mensaje cristiano. Todo esto debía de estar presente en la mente de San Juan.

            La actividad de la 2ª bestia es de carácter indudablemente religioso. Su ministerio va encaminado a la propagación del culto de la 1ª bestia, o sea del culto imperial (v.1a). Para conseguir esto mejor recibe del Dragón el poder de obrar milagros. La 1ª bestia había logrado, mediante el prodigio de su aparente resurrección, que toda la tierra la adorase. La 2ª también obra aparatosos portentos, con el fin de inducir a los hombres a adorar la estatua de la 1ª.

            Los prodigios obrados por la 2ª bestia en favor del César, se asemejan a los que hacía Elías en favor del culto de Yahveh. Esta especie de milagros los hacía delante de la 1ª bestia, es decir, delante de las estatuas de los emperadores y de sus representantes. Grande fue la importancia que tuvo la estatua del emperador en el juicio de los cristianos delante de los procónsules. En este sentido, el culto imperial vino como a resumir todo el sistema religioso del paganismo romano, y sus exigencias servían de piedra de toque para saber si un acusado cumplía o desobedecía las leyes del imperio, si era blasfemo de la religión oficial y, como tal, reo de muerte.

            Los portentos de la 2ª bestia consiguen extraviar a los moradores de la tierra (v.14), admirados ante el fuego caído del cielo, y los arrastra al culto de la 1ª bestia. Jesucristo ya había anunciado que surgirían falsos profetas y seudotaumaturgos que harían portentos para seducir a los hombres. Y San Pablo también afirma que la venida del anticristo "irá acompañada del poder de Satanás, de todo género de milagros, señales y prodigios engañosos, y de seducciones de iniquidad para los destinados a la perdición".

            La 2ª bestia se esfuerza, además, en hacer levantar estatuas a la 1ª bestia (o sea, a Roma y a sus emperadores). Estas estatuas eran muchas veces imágenes que aparentemente hablaban o se movían (v.15). Los paganos, tanto griegos como romanos, tenían gran fe en las estatuas parlantes. Era fácil introducir un hombre en una estatua hueca para que hablase. En las ruinas de santuarios paganos antiguos se han encontrado tubos o huecos ingeniosamente dispuestos, contiguos a las estatuas de los dioses, por donde los sacerdotes idólatras podían hablar, produciendo la sensación de que eran las estatuas las que hablaban. Son todas supercherías, bastante frecuentes en el paganismo antiguo, de las cuales debió de servirse el sacerdocio pagano de Asia Menor para acreditar ante el pueblo el culto imperial. También en el mundo pagano se atribuían milagros y grandes prodigios a personajes determinados. El ejemplo más típico lo tenemos en la vida legendaria y taumatúrgica de Apolonio de Tiana (contemporáneo de San Juan) escrita por Filóstrato. También en los escritos de Jámblico y de Porfirio se narran hechos portentosos, que pueden ser considerados como obra de magia y prestidigitación.

            La Bestia, al mismo tiempo que se servía de estos artificios para promover el culto imperial, se constituía en denunciadora de los que no adoraban a la Bestia. En la carta de Plinio el Joven al emperador Trajano refiere el legado cómo le eran llevados los cristianos para que los juzgase, y cómo se le presentaban listas de gentes denunciadas por ser cristianas sin la firma de los denunciantes. A lo cual contesta el emperador diciendo: "No se han de llevar a cabo pesquisas a propósito de los cristianos; pero, si son acusados y convencidos, hay que castigarlos. Por lo demás, en ningún género de crímenes se han de aceptar denuncias que no estén firmadas por alguien, ya que esto serviría de pésimo ejemplo".

            De aquí se puede deducir que no eran las autoridades romanas, sino otras, las que llevaban la iniciativa de la persecución. La situación descrita por Plinio hace suponer que gran número de gentes de todas clases y condiciones, tanto del campo como de la ciudad, se hacían cristianas. Con esto, los templos y las fiestas paganas eran poco frecuentados, y la carne de las víctimas sacrificadas en los templos no se podía vender. Ante esta situación, el sacerdocio pagano debió de reaccionar violentamente en contra de los cristianos, convirtiendo la cuestión religiosa en una cuestión de lealtad al poder imperial.

            La 2ª bestia (o sacerdocio pagano) todavía va más lejos en su odio perseguidor. Acude a toda suerte de sanciones económicas y sociales para vencer la resistencia de los cristianos que no quieren adorar la estatua del emperador (v. 16-17). Obliga a toaos los hombres, pequeños y grandes, ricos y pobre, libres y siervos, a imprimir una marca en la mano y en la frente, sin la cual ninguno de ellos podía comprar o vender.

            La marca o señal (xάραγμα) que los adoradores de la Bestia llevaban sobre la mano derecha y sobre la frente, es una imitación de la señal que llevaban los seguidores del Cordero. La marca que llevaban era el nombre de la Bestia o la cifra de su nombre. La imagen de este mareaje está tomada de los tatuajes sagrados que existían en ciertos cultos paganos. En algunos santuarios antiguos se imprimía una marca a fuego a los que estaban dedicados al culto de dicho templo. También los esclavos y los soldados llevaban una marca hecha a fuego. Y Ptolomeo Filopator (rey de Egipto) hizo imprimir a fuego sobre la carne de los judíos el signo de Dionisos-Baco, que consistía en una hoja de hiedra.

            El autor del Apocalipsis se sirve de todos estos datos ambientales para expresar la pertenencia a la Bestia, sin que sea necesario admitir un tatuaje real. No hay razón para ver en esta señal una especie de certificado oficial de lealtad al emperador parecido a los libelli de Decio. Porque, al final del s. I, los cristianos todavía no eran numerosos. Además, en aquella época nadie rehusaba el culto imperial, excepto los judíos que estaban dispensados. Y los cristianos, o bien pasaban por judíos, o bien se distinguían fácilmente de los demás por su aislacionismo.

            La interpretación que cree ver en esta señal el uso de las monedas (que llevaban grabada la efigie del emperador con sus títulos divinos), no parece tener mucha probabilidad, pues no podría ser designada por una señal hecha sobre la frente. Por otra parte, los cristianos nunca fueron tan fanáticos que rehusaran servirse de las monedas corrientes. En esto seguían el ejemplo y la doctrina de Jesús, propuesta cuando fue interrogado por los fariseos acerca de las relaciones de la religión con el poder romano.

            En la historia de las persecuciones se descubren innumerables medios y motivos excogitados por los perseguidores para excluir a los cristianos de la vida social, impidiéndoles el acceso a los puestos y cargos del estado y de la ciudad.

            El autor del Apocalipsis termina indicando el nombre de la Bestia (v.18), causa de tantos males y persecuciones para los seguidores de Cristo. Pero, por razones de prudencia, y porque sería peligroso comprometer a las comunidades cristianas con una acusación de lesa majestad, no dice expresamente: esa Bestia de que os hablo es el Imperio Romano o el emperador Fulano de Tal. Da el nombre de la Bestia, pero cifrado, y encubriéndolo en forma de adivinanza. Por eso, para llegar a descifrar la adivinanza se necesita inteligencia y buen cálculo.

            Los antiguos se valían de la guematria para estos casos. La guematría era el arte de indicar los nombres valiéndose del valor numérico de sus letras. Sabido es que los antiguos se servían de las letras del alfabeto para designar las cifras matemáticas. Los números que nosotros usamos hoy día han sido tomados de los árabes en época posterior. La guematría era bastante corriente entre los judíos y los grecorromanos, y en Pompeya se han encontrado excelentes ejemplos de guematría, como éste: "Yo amo a aquella cuya cifra es 545".

            Los lectores del Apocalipsis debían de conocer la clave o secreto para interpretar el número propuesto por San Juan. Para nosotros, en cambio, resulta muy difícil el saber con certeza a qué nombre se refiere, porque una sola cifra puede corresponder a muchos nombres. Conociendo un nombre, resulta muy fácil sacar su cifra; pero teniendo solamente la cifra, es dificilísimo llegar al conocimiento cierto del nombre si no hay otras circunstancias que puedan contribuir a esclarecer el enigma.

            Es lo que sucede en nuestro caso, en el que sólo conocemos la cifra y las circunstancias no son tan determinantes que nos puedan indicar con seguridad a qué nombre se refiere. La cifra que nos da San Juan designa indudablemente el nombre de la Bestia, ya se trate de un hombre determinado o de una categoría de hombres. Pero ¿cuál es el número exacto que nos da San Juan?

            El texto original no es seguro, pues algunos códices dan el número 616, y los otros el 666. La mayoría de los códices y los mejores leen el número 666. Un pequeño grupo, en cambio, compuesto por el Códice Griego C, por el Códice Latino Laudianus, el Códice Armenio 4 y por San Ireneo, tienen el número 616. ¿Será el 616 una variante intencionada para encontrar en el número un nombre determinado? ¿Será el 666 más conforme con el sentido peyorativo que tiene el número 6 en el Apocalipsis? Se han propuesto variadísimas y numerosas interpretaciones a propósito de ambas cifras.

            Aceptando el número 666, que, según la crítica textual, es el que se ha de preferir, se han propuesto las siguientes interpretaciones: Si el cálculo guemátrico se hace con letras hebreas, lo que no sería imposible tratándose del Apocalipsis, el criptograma podría ser QSR (ico + 60 + 200)-NRON (50 + 200 + 6 + 50) o QYSR (100+10 + 60 + 200)-RWMYM (200 + 6 + 40 + ίο + 40). Si el cálculo se hace con letras griegas, se pueden suponer varias posibilidades: λατεΐνοβ (latino) o también ή λατίνη βασιλεία (el Imperio latino).

            A propósito del número 616, son también varias las interpretaciones. Como el Apocalipsis se dirige a los cristianos de lengua griega, muchos autores han pensado en el título de KAISAR (20 + 1 + 10 + 200 + 1 + 100)-ZEOS (9 + 5 + 70 + 200). Otros autores proponen leer ή Ιταλη βασιλεία (el Imperio de Italia). Si la guematría se hiciese con letras hebreas, sería: QYSR-ROM (César de Roma) o QSR-NRO (César Nerón). Schütz sugiere que la cifra 616, tal como nos la ofrece el Códice Laudianus (DCXVI), haría referencia a un sello imperial grabado sobre las monedas, y que contendría las iniciales de Domiciano (D), César (C) y la fecha del año 16 (XVI) de su tribunitia potestas. El inconveniente que tiene esta hipótesis es que el cálculo se haga sobre números romanos, quizá poco conocidos entre los griegos y judíos.

            Por otra parte, el nombre de Nerón también se puede aplicar a Domiciano, el nuevo Nerón. Así lo hacen varios autores antiguos, como Juvenal o Plinio, que llama a Domiciano el "Neroni simillimus". Y Tertuliano lo llama "portio Neronis de crudelitate". Como es sabido, fue Nerón el que inició la persecución contra los cristianos. Pero a Nerón hay que considerarlo no tanto como persona particular, que ya había muerto, cuanto como símbolo de los futuros emperadores que habían de perseguir a la Iglesia. Spitta y Holtzmann encuentran la cifra 616 en el nombre de Calígula (Γάιοβ Καίσαρ). Y la muerte-resurrección de la Bestia aludiría a la grave enfermedad de la que sanó Calígula al comienzo de su reinado.

            En resumen, por lo dicho se podrá entrever la dificultad de determinar con absoluta certeza el nombre de la Bestia. Hemos de tener en cuenta también el simbolismo de San Juan, tan importante en el Apocalipsis. La cifra 666 es muy posible que tenga un valor simbólico de imperfección y deficiencia (7-1): es un querer acercarse a 7, número de la perfección y plenitud, pero nunca podrá llegar a él.

            En este sentido se contrapone a la cifra del nombre de Jesús, que en griego da el valor numérico de 888 (7+1). El 888 es un número perfecto, que significa plenitud, porque está compuesto del nº 7+1. Sabido es cómo en el Apocalipsis el nº 7 es símbolo de plenitud. Por consiguiente, Jesús tiene (por contraposición con la Bestia) una superplenitud de ser y de poder porque supera a 777. Sin duda que San Juan explicaría de palabra el sentido de este nombre. Pero él ha querido transmitirlo a la posteridad bajo esta forma velada para evitar que los representantes del emperador de Roma pudieran tomar represalias contra los cristianos. Por esta misma razón, como es muy probable, designa a Roma en el cap. 16 bajo el nombre de Babilonia.

ag) El Cordero y sus fieles servidores, 14:1-5

1Vi, y he aquí el Cordero, que estaba sobre el monte Sión, y con El ciento cuarenta y cuatro mil, que llevan su nombre y el nombre de su Padre escrito en sus frentes, 2y oí una voz del cielo, como voz de grandes aguas, como voz de gran trueno; y la voz que oí era de citaristas, que tocaban sus cítaras 3y cantaban un cántico nuevo, delante del trono y de los cuatro vivientes y de los ancianos; y nadie podía aprender el cántico, sino los ciento cuarenta y cuatro mil, los que fueron rescatados de la tierra. 4Estos son los que no se mancharon con mujeres y son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que va. Estos fueron rescatados de entre los hombres, como primicias para Dios y para el Cordero, 5y en su boca no se halló mentira, son inmaculados.

            La multitud de 144.000 vírgenes rescatados de la tierra hace como de contrapeso a la apostasía de los moradores de la tierra del cap. 13. Los 144.000 representan la totalidad de los elegidos, del mismo modo que en Ap 7:4-8 simbolizaban la totalidad de los cristianos. Estos fieles de Cristo, que no han querido adorar a la Bestia, son llamados vírgenes (v.4).

            Esta expresión es probable que haya que tomarla en sentido metafórico. Los 144.000 son vírgenes en el sentido de que no se han manchado con el culto de los ídolos paganos, principalmente con el culto de la Bestia o culto imperial. Roma era la gran Prostituta; en cambio, el Cordero de Dios era inmaculado. Roma se prostituía mediante su propio culto idolátrico y con la corrupción moral que acompañaba a los cultos paganos. Ante tanta corrupción se levanta una gran multitud, que no sólo ha llevado una vida santa y pura, sino que incluso entre ellos hay muchos que han conservado la virginidad. Todos forman la corona de gloria del Cordero inmaculado.

            Tanto el Cordero como los 144.000 vírgenes estaban sobre el monte Sión. Los profetas suelen contemplar el monte Sión como una montaña elevada que sobresale por encima de todos los demás montes, como faro luminoso que atraerá a sí a todos los pueblos: "Al fin de los tiempos (dice el profeta Miqueas) el monte de la casa de Dios se alzará a la cabeza de los montes, se elevará sobre los collados, y los pueblos correrán a él. Y vendrán numerosos pueblos, diciendo: "Venid, subamos al monte de Dios, a la casa del Dios de Jacob, que nos enseñe sus caminos para que marchemos por sus sendas, pues de Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra de Dios".

            La literatura apocalíptica también nos presenta al Mesías reuniendo a sus seguidores y a sus huestes conquistadoras sobre el monte Sión. En el AT, el monte Sión era el símbolo de la fuerza y de la seguridad para Israel, porque Dios habitaba en él y lo protegía contra todo enemigo. De igual modo, Sión significa en nuestro pasaje del Apocalipsis un sitio seguro de refugio en el que el Cordero reúne a sus pacíficos ejércitos. Mientras que el Dragón y la Bestia estaban apostados sobre la arena movediza de la playa y las olas del mar, el Cordero está sobre el monte Sión, símbolo de seguridad y estabilidad.

            Los 144.000 (12 x 12.000) vírgenes llevaban el nombre del Cordero y el nombre de su Padre escrito en sus frentes (v.1). El nombre sobre la frente simboliza la consagración de la vida al servicio de Dios. Los siervos llevaban la marca de sus señores; los soldados, la del emperador, a quien habían jurado lealtad. Del mismo modo que en Ap 7:455 el Cordero se aparece a Juan junto al Padre eterno, rodeado de su corte y de la gran multitud de escogidos. Y mientras el vidente de Patmos contempla esta visión, oye la música de armoniosos cánticos con los cuales los bienaventurados celebran en el cielo la gloria del Cordero (v.2).

            La felicidad celeste es, en el Apocalipsis, algo litúrgico. El cántico que entonaban, acompañándolo con el son de las cítaras, era algo secreto y misterioso, pues sólo podía ser cantado por aquellos 144.000. Es, por lo tanto, un cántico nuevo, como todo lo que sucederá en Ap 21-22:5. El rumor de este canto, entonado por un coro tan colosal de 144.000 voces, lo compara San Juan al fragor de una inmensa masa de agua al caer o al estrépito aterrador e impresionante de una terrible tempestad de truenos. Este inmenso himno de alabanza a Dios y al Cordero se contrapone al acto de adoración y reconocimiento de la Bestia por sus seguidores.

            Los 144.000 elegidos que entonaban el cántico son los que fueron rescatados de la tierra (v.3), es decir, de entre los hombres. La tierra aquí tiene el mismo sentido que mundo en el 4º evangelio, tomado en sentido peyorativo. Fueron rescatados por la sangre del Cordero, y ahora reinan con Cristo en el cielo. Nos parece más en conformidad con el resto del Apocalipsis ver en este coro colosal no un grupo selecto de entre los elegidos, sino el símbolo de todos los bienaventurados que alaban a Dios en el cielo. Sólo esos 144.000 podían aprender el cántico, porque, como dice Bossuet, es necesario experimentar la felicidad de los santos para comprenderla. Forman, pues, la porción escogida de la Iglesia desde sus orígenes hasta el fin. Por eso están más unidos al Cordero y lo siguen adondequiera que va (v.4); es decir, que imitan en todo su vida totalmente consagrada a cumplir la voluntad de su Padre. Son vírgenes, porque no se mancharon con mujeres.

            Esta virginidad es entendida por muchos autores en sentido físico de integridad corporal. Estos 144.000 vírgenes constituirían un grupo selecto en el cielo de los que habían logrado mantenerse libres de todo pecado de índole sexual. Sabido es cuan apreciada fue la virginidad desde los comienzos de la Iglesia. San Pablo considera el estado de virginidad como superior a la vida matrimonial. Sin embargo, esta interpretación choca con ciertas dificultades: si se toma el texto demasiado literalmente, habría que excluir a la mujeres de ese grupo de almas vírgenes. Además, en el s. I (del que habla principalmente San Juan) no sería posible encontrar 144.000 vírgenes, o sea cristianos que hubieran guardado el estado de virginidad por motivos estrictamente religiosos.

            A nosotros nos parece más probable ver, en esos 144.000 vírgenes, representados a todos aquellos que se mantuvieron alejados del culto pagano, que en la Escritura es considerado como una prostitución y un adulterio contra Dios. Son los que se abstuvieron totalmente del culto idolátrico y de la contaminación pagana. Sus obras y su doctrina se habrían conservado en una perfecta pureza, sin dejarse arrastrar por las insinuaciones de los falsos profetas y doctores, auxiliares del Dragón y de la Bestia. Por esta razón se dice que no se mancharon en cuanto que lograron una perfección espiritual y religiosa sin tacha alguna.

            El Cordero, a quien siguen los elegidos, es al mismo tiempo su pastor. Jesús les precede, llevando su cruz hasta el Calvario, y ellos caminan en pos de él, llevando también cada uno su cruz. Rescatados de entre los hombres cautivos del pecado por el precio de la sangre del Cordero, constituyen las primicias de la masa de los redimidos ofrendadas a Dios y al Cordero. La ley de Moisés prescribía la ofrenda de las primicias de los frutos de la tierra.

            Estas primicias, por ser los primeros frutos, eran, naturalmente, considerados como lo más excelente, y por eso eran ofrecidos a Dios. Pues tales son los que forman esa multitud de almas escogidas de entre la masa de los seres humanos. De ellos se dice que en su boca no se halló mentira (v.5), porque su vida se ajusta plenamente a la verdad revelada tanto en la doctrina como en las obras. Por este motivo son inmaculados y exentos de toda mancha de pecado. La mentira aquí no significa falta de sinceridad en las relaciones sociales con el prójimo, sino, sobre todo, designa la idolatría. Para el autor del Apocalipsis la mentira está absolutamente excluida de la nueva Jerusalén.

JOSÉ R. DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Colaborador de Mercabá

 Act: 05/12/22     @tiempo de adviento         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A