Semana III de Cuaresma

Mandamiento 5º de Dios

Murcia, 13 marzo 2023
Manuel A. Martínez, doctor Ingeniero Naval

           El 5º mandamiento de la ley de Dios dice así: "No matarás". Este mandamiento nos prescribe querer bien a todos y perdonar a nuestros enemigos, respetando la vida corporal y espiritual del prójimo, y la propia, tanto de obra como de palabra o deseo.

           En concreto, los pecados contra el 5º mandamiento son los siguientes:

-contra la vida corporal: homicidio, aborto, eutanasia, suicidio, heridas, sedición, terrorismo, desafío, drogas y embriaguez;
-contra la vida espiritual: escándalo, maldición e insulto.

El homicidio

           Consiste en la muerte dada a otro sin legítima autoridad y con deliberación. Porque la vida es un don de Dios y sólo él es dueño de la misma.

           No se considera homicidio la muerte que pueda ocasionarse en legítima defensa ante un agresor injusto. Si éste nos ataca poniendo en peligro nuestra vida, debemos defendernos en proporción a la violencia de que somos víctimas; la legitimidad la facilita esta proporcionalidad de medios de defensa, y por ello no sería justificable utilizar medios contundentes frente a ataques con poco o nulo riesgo de nuestra vida.

           La pena de muerte ha estado vigente en muchos países, y aún sigue en algunos, porque la privación de libertad no se ha considerado propiamente como una pena para los asesinos. La abolición de la pena de muerte ha significado una medida positiva y cristiana en fidelidad al cumplimiento de este 5º mandamiento.

           Las guerras deben evitarse siempre que sea posible, porque atentan contra este mandamiento. Solamente podría declararse justa la guerra defensiva, para proteger un estado ante un injusto invasor o ante su destrucción o desmembración. Pero aún en los casos de guerra justa, hay que procurar guardar las convenciones internacionales acerca de los medios y del trato dado a los prisioneros.

           Los ejércitos cumplen funciones conformes con el evangelio en la defensa de los países y, en tiempos de paz, ayudan positivamente a la custodia del orden público y a remediar ciertas posibles catástrofes. En el Jubileo de los Militares de 1984, les manifestaba a éstos Juan Pablo II:

"Habéis venido aquí como hombres que desean trabajar por la paz, para dar fuerza a la justicia, para vencer la muerte con el amor. Impedir la guerra es ya hacer obra de paz. En este sentido, todos los que al servicio de la patria militan en las filas de ejército pueden considerarse como instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos, pues desempeñando bien esta función, contribuyen realmente a estabilizar la paz (Vaticano II, GS, 79)".

           Por ello, la insumisión y la objeción de conciencia al servicio militar no están justificadas cristianamente, aunque el Concilio Vaticano II pidió que los estados legislasen la posibilidad de regular la objeción de conciencia y buscar salida, a través de servicios auxiliares, a las personas con problemas éticos en esta materia.

El aborto

           Consiste en todos sus casos (voluntarios) en un grave homicidio, denunciado por el Concilio Vaticano II y denominado por la Iglesia como un auténtico infanticidio, y "uno de los mayores y más abominables crímenes de la humanidad".

           No considera la Iglesia distinción alguna entre las diferentes clases de aborto y entre el momento en que se produce la interrupción voluntaria y provocada del embarazo. Siempre que se provoque el aborto se comete un atentado contra el 5º mandamiento; y en dicho gravísimo delito moral incurren los padres, los médicos, enfermeras, asesores y quienes intervengan directa o indirectamente en la consumación del mismo.

           Todos los que procuran el aborto, con eficacia, incurren en excomunión automática, tal como señala el Derecho Canónico de la Iglesia Católica (CIC 1398), agravante sobre el pecado mortal cometido que les privaría totalmente de la gracia de Dios. Otro agravante del delito de aborto es que dicho pecado solamente puede perdonarlo, en el Sacramento de la Penitencia, el obispo.

La eutanasia

           Consiste en acortar la vida de una persona anciana o enferma, administrándole medicamentos que pueden provocar o acelerar el momento de la muerte.

           Pero no debe confundirse la eutanasia con la no aceptación de medios extraordinarios que pretendan prolongar artificialmente la vida de un enfermo, lo cual sí es lícito. Estos medios serían aquellas operaciones o tratamientos quirúrgicos muy dolorosos, costosos y de dudosa eficacia médica.

           Al enfermo que sufre se le pueden administrar calmantes (drogas o medicinas), según la intensidad de su dolor, aunque ello pueda indirectamente acortarle algo la vida; pero con la condición de que antes de entrar el enfermo en un estado inconsciente o de coma, reciba los sacramentos y la asistencia espiritual necesaria en orden a preparar cristianamente su alma para la vida eterna.

El suicidio

           Consiste en provocar la muerte a uno mismo, de forma deliberada y por propia iniciativa o autoridad. Se trata de un crimen espantoso, pues el suicida es un ladrón que roba a Dios los derechos que sólo él posee sobre la vida y la muerte.

           El suicidio es un acto de cobardía frente a la vida y un atentado grave contra la justicia en relación a Dios y a la sociedad, y contra el amor, pues "el amor desea la vida y se opone a la muerte" (Juan Pablo II, 8-IV-1984).

Las heridas

           Consisten en todo tipo de lesiones o mutilaciones que, con armas, con las manos o con cualquier objeto, se infieren al prójimo o a sí mismo, en detrimento de la salud e integridad corporal.

           El motivo principal que origina este pecado suele ser el apetito desordenado de venganza, contra el que previene duramente la Sagrada Escritura: "El que se venga, sufrirá venganza del Señor" (Ecl 28, 1). Comenta a este respecto Santo Tomás de Aquino:

"La riña es una particular contienda efectuada entre personas privadas, no en virtud de pública autoridad, sino más bien por su voluntad desordenada. Y así, la riña siempre lleva pecado. Es mortal en quien se lanza injustamente, pues dañar al prójimo, aunque sea con las manos, no se da sin pecado mortal. En el que se defiende puede darse sin pecado; algunas veces con pecado venial y otras con mortal, según los diversos movimientos de su ánimo y la diferente manera de defenderse".

La sedición

           Consiste en formar bandos o partidos en el seno de una comunidad, ciudad o estado, con objeto de conspirar o promover algaradas y tumultos, ya sea de unos contra otros o contra la autoridad y el poder legítimo.

           La sedición se comete propiamente cuando una parte se levanta injustamente en armas contra otra, y "el pecado recae primera y principalmente sobre aquellos que la procuran, los cuales pecan gravísimamente; y después, sobre quienes les secundan, perturbando el bien común", afirma Santo Tomás de Aquino.

El terrorismo

           Consiste en el desarrollo de todo tipo de actos de violencia y vandalismo, realizados maliciosamente para infundir terror o para llamar la atención hacia una supuesta reivindicación, sin miramientos a la integridad de las personas y a los bienes del prójimo.

           Jamás existe justificación alguna para este gravísimo pecado, desgraciadamente tan de la actualidad, incluso en aquellos casos en que pueda parecer justa la causa que haya motivado tales violentas o vandálicas acciones. Pues como decía ya años Juan Pablo II, "resolver los problemas sociales mediante la violencia no es nada más que una ilusión suicida" (Juan Pablo II, 13-I-1990).

El desafío

           Consiste en un combate entre dos o más personas que vienen a las manos, de forma premeditada.

           El duelo es un crimen que comprende toda la malicia del suicidio y la del homicidio, y es una trasgresión cínica y grave de la moral y de los deberes para con Dios, con el prójimo, con la sociedad, y para con nosotros mismos. Jamás tiene, ni puede tener, justificación cristiana, ni humana siquiera.

Las drogas

           Consiste en el consumo o distribución, habitual y sin prescripción médica, de todo tipo de alucinógenos o sustancias contrarias al normal desarrollo de la vida corporal.

           En la Jornada Mundial de la Juventud de Czestochowa, Juan Pablo II no dudó en afirmar: "La droga, síntoma de extravío profundo" (Juan Pablo II, 15-VIII-1991).

           Así mismo, el tráfico o distribución ilegal de drogas (de traficantes, comerciantes, camellos...) es una gravísima contribución a fomentar este delito contra la salud y la vida de las personas, y queda, por tanto, comprendido y expresamente prohibido por este 5º mandamiento de la ley de Dios.

La embriaguez

           Consiste en el abuso del alcohol, dañando con ello la salud corporal y espiritual. La Palabra de Dios lo enseña de modo claro: "Quienes hacen tales cosas (embriaguez) no heredarán el Reino de Dios" (Gál 5, 19.21).

           Y San Juan Crisóstomo lo ratifica: "Donde está la embriaguez, está el diablo. Porque el vino se nos da para alegrarnos, no para perder el decoro; para conservar la salud, no para dañarla; para reír, no para que se rían de nosotros; para templar la flaqueza del cuerpo, no para perder el vigor del alma".

El escándalo

           Consiste en todo dicho o hecho, aunque sea involuntario, que incita al prójimo al pecado. El escándalo es para el alma del prójimo lo que el homicidio es para el cuerpo.

           Es también un pecado gravísimo, tanto por el daño inmediato que causa al prójimo, privando a su alma de la vida de la Gracia, como por las tristes consecuencias a que da origen; por eso anunciaba Jesucristo: "El que escandalice a uno de éstos pequeños que creen en mí, más vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar" (Mt 18, 5-6).

           San Alfonso María de Ligorio se atrevió a censurar don firmeza que "hace más daño un compañero escandaloso que cien demonios" y que peca más quien induce a pecar que el que peca. San Juan Crisóstomo va más allá: "Dios es paciente con ciertos pecados aun gravísimos, pero nunca con el escándalo, por lo horrible que es a sus ojos".

           El comportamiento único, que debemos mantener con los escandalosos, es el que suplica la Palabra de Dios: "Os ruego, hermanos, que os guardéis de los que suscitan escándalos contra la doctrina que habéis aprendido: apartaos de ellos, pues esos tales no sirven a Jesucristo sino a su propio vientre" (Rom 16, 17-18).

           ¿Y cómo se peca de escándalo? La responsabilidad adicional de este pecado gravísimo se centra en que no depende de la conciencia del escandalizador, sino de la del escandalizado. Por ello, un vestido poco decente, una palabra obscena o inoportuna, un acto inmoral, una enseñanza o consejo amoral, una provocación, una comida, una omisión... pueden ser motivo de escándalo para otros aunque puedan parecer puros para uno mismo; e incluso, aunque objetivamente lo fueran.

           Por eso no duda en afirmar la Palabra de Dios: "No vayas a destruir la obra de Dios por un alimento. Todo es puro, ciertamente, pero es malo comer dando escándalo. Lo bueno es no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad" (Rom 14, 20-21).

           Los medios de comunicación social (prensa, libros, radio, internet...), y todo tipo de responsables de la moral pública (comunicadores, legisladores, influencers...) deberían meditar con frecuencia sobre este pecado del 5º mandamiento y este pensamiento que les deja el patrono de Moralistas de la Iglesia Católica, San Alfonso María de Ligorio: "El infierno fue creado para castigar el pecado de escándalo".

La maldición

           Consiste en la pronunciación de todo tipo de palabra o expresión injuriosa hacia el prójimo, en la que manifestamos el deseo de que le sobrevenga algún mal.

           La maldición se dirige a veces contra sí mismo, y entonces es mayor todavía su gravedad. Jesucristo prohibió personalmente la maldición, incluso como respuesta a otra maldición que se pueda recibir: "Bendecid a los que os maldigan" (Lc 6, 28).

El insulto

           Consiste en la ampliación del 5º mandamiento que hace expresamente Jesucristo hacia el prójimo, en el Sermón de la Montaña de su evangelio:

"Habéis oído que se dijo a los antepasados no matarás, y que aquel que mate será reo ante el tribunal. Pero yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será igualmente reo ante el tribunal. Y el que llame a su hermano imbécil será reo ante el Sanedrín, y el que le llame renegado será reo del infierno. Si al presentar tu ofrenda ante el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano. Luego vuelve, y presenta tu ofrenda" (Mt 5,21-24).

           Como también nos recuerda Jesucristo, en otra ocasión: "Vosotros sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Porque con la medida con que midáis se os medirá" (Lc 6, 36-38).

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Mandamiento 7º de Dios

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           El 7º mandamiento de la ley de Dios reza así: "No hurtarás". Después de proteger el Señor nuestra vida por el 5º mandamiento y nuestro honor y pureza por el 6º, defiende por medio del 7º el derecho a la propiedad, prescribiendo el respeto al mismo y prohibiendo todo acto contrario.

           Habitualmente es la avaricia (el afán desordenado de ganancia y lucro) la motivación principal de casi todos los atentados contra el derecho a la propiedad del prójimo. Un defecto (la avaricia) que ha sido denunciado en numerosas ocasiones por la doctrina de la Iglesia, en atención a su compromiso evangélico: "La ganancia no debe ser el criterio principal de los comportamientos" (Juan Pablo II, 12-I-1991).

           Los pecados contra el 7º mandamiento son:

           1º Hurto, o acto de tomar o apoderarse del dominio, la posesión o el uso de algún bien ajeno, contra la voluntad racional de su dueño. Decimos contra la voluntad racional, porque si no es justa su oposición a que se tome o retenga alguna cosa suya, no habría hurto.

           2º Robo, o hurto verificado con violencia o intimidación en las personas (ocasionando lesiones o injuriando la persona del dueño del bien robado) o perpetrado con fuerza en las cosas y hecho con ánimo de lucro.

           3º Usura, posiblemente el pecado que con mayor frecuencia se comete contra este mandamiento y el que más se desconoce.

           Es usura prestar dinero u otra cosa a un interés excesivo, o cobrar interés del interés. Es usura la ganancia, fruto, utilidad o aumento que se obtiene abusivamente de un bien o servicio. Es usura toda injusticia económica en cualquier contrato o toda opresión excesiva al prójimo, aprovechándose de su necesidad, para enriquecerse. Es usura aprovecharse de la indigencia del obrero y de la necesidad que tiene de trabajar, para imponerle salarios que no guardan proporción con el servicio que presta.

           Es usura, aun dando un salario adecuado en sí mismo, el pagarlo en mercancías, a fin de lucrarse, o en objetos de consumo. Es usura aumentar abusivamente los precios de las mercancías, aprovechándose de las extremas necesidades, de la escasez pública o de la miseria privada.

           Es usura pagar a un precio inferior de su justo valor, al propietario sus cosechas o sus bienes patrimoniales (solares, pisos...), o a un comerciante sus productos, porque se sabe que este propietario y este comerciante carecen de liquidez o del dinero necesario para vivir o para afrontar una situación económica de ruina extrema, y necesitan vender urgentemente a quien sea y al precio que sea.

           Es usura descontar un corretaje desmesurado o una comisión desproporcionada con el servicio prestado, cuando se utilizan intermediarios en los negocios. Es usura, y estafa, atraer fondos de una empresa o de una persona por la vía reprobable de falaces promesas o de reclamos engañosos.

           Es usura influir en el mercado, en beneficio propio y a costa del despojo ajeno, propalando noticias falsas calumniosas. Es usura recurrir, para un enriquecimiento rápido, a procedimientos de especulación y al tráfico de influencias, métodos reprobables que en el sistema financiero y político están de suma actualidad; así se autorizan muchas licencias de obras, proyectos técnicos y actuaciones legales.

           Sobre la culpabilidad moral de la usura, debido a su trascendencia, tuvo necesidad la Iglesia de proclamar un dogma de fe: "Si alguno cayere en el error de pretender afirmar que ejercer las usuras no es pecado, es hereje".

           4º Injusta retención, equivalente al hurto y consistente en retener lo que es de otros, sin legítima causa y en contra de la voluntad del dueño. Es el caso de los atrasos indebidos e injustificados en el pago de salarios a obreros.

           5º Estafa, o engaño o acción injusta realizados con malicia o intención de perjudicar (en la estafa, además, con astucia), ocasionando daños o perjuicios a la otra parte. Se comete en las compras y ventas, al proceder contra los intereses de la otra parte, utilizando pesas, medidas o monedas falsas, o mercancías averiadas, caducadas o camufladas, o falsificando u ocultando datos.

           6º Soborno, consistente en corromper a uno de modo interesado con regalos, dádivas o favores para conseguir después algo de él; cuando se hace con halagos, intentando agradar con palabras de manera excesiva o desordenada, se llama adulación o lisonja.

           7º Provocación de daños, al causar daños o perjuicios en los bienes del prójimo sin justo motivo.

           En estos 7 tipos de faltas contra el 7º mandamiento no solamente peca quien directamente las comete, sino los colaboradores, promotores o encubridores de los actores principales del delito.

           Los que han robado u originado daños a los bienes del prójimo, están obligados a restituir o devolver y a reparar cuanto antes todo el mal causado. Esta condición es indispensable para recibir el perdón de Jesucristo (Lc 19, 1-10) y heredar el Reino de Dios (Gál 6, 10).

           Las faltas contra este 7º mandamiento son la consecuencia del anuncio de Jesucristo en su evangelio: "Nadie puede servir a dos señores: no podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24). Pues "los mundanos que van tras las riquezas de la tierra niegan a Jesucristo su soberanía, porque mientras vivió en la tierra se declaró como rey de miseria" (San Alfonso M. Ligorio). Desde luego, "Dios no tolera de ningún modo compromiso entre el bien y el mal. O Dios o el dinero" (Juan Pablo II, 25-II-1990).

           El origen de todos estos pecados está en la avaricia de las personas, "vicio puramente nacido de la negligencia y propio de un alma endurecida; y tan grande mal es la avaricia, que hizo a Judas sacrílego y traidor" (San Juan Crisóstomo). Pues como la Palabra de Dios afirma, "nada más criminal que el avaro" (Ecl 10, 9).

           La doctora de la Iglesia, Santa Catalina de Siena, recuerda que "la avaricia mata el alma y la hace convertirse en esclava de las riquezas, por lo que no se preocupa de guardar los mandamientos de Dios". Para el cristiano es, por tanto, muy importante el intentar combatirla; ya que no sólo puede lograr así su salvación eterna, sino también evitar la posibilidad en esta vida de que le apliquen el Código del Derecho Penal, que duramente puede castigar estos delitos. Y el procedimiento para combatirla es muy sencillo: "La limosna limpia de toda avaricia" (San Juan Crisóstomo).

           Pues "ni siquiera somos propietarios absolutos de los bienes que la Providencia divina nos dispensa, sino tan sólo sus administradores" (Juan Pablo II, 3-III-1991).

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Mandamiento 8º de Dios

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           El 8º mandamiento dice así: "No dirás falso testimonio ni mentirás". El precepto tiene 2 partes: en la 1ª ("no dirás falso testimonio") anuncia el respeto a la honra y buena fama a que tiene derecho el prójimo, y en la 2ª ("no mentirás") manda hacer buen uso del don de la palabra, cuando por su medio comunicamos a otros nuestros pensamientos, diciendo la verdad para proteger así el derecho que tiene el prójimo a no ser engañado.

           La bondad de este mandamiento se mide por la de los bienes morales, tanto personales como sociales, que protege y garantiza que:

           1º la honra y buena reputación es la vida del hombre en sociedad, preferible muchas veces a la misma vida misma corporal y a los bienes materiales. Pues como afirma la Sagrada Escritura, "una buena fama es más valiosa que grandes riquezas" (Prov 22, 1);

           2º la mentira es una grave injuria a la dignidad de la persona humana y trastorna las leyes del Creador. Y por tanto, la verdad es uno de los elementos indispensables de la vida social, porque sin ella todo sería confusión y ruina.

           La importancia de todo ello justifica sobradamente las razones del Señor para consagrar este 8º mandamiento, cuyo incumplimiento, además de constituir un serio atentado contra la convivencia pacífica de las personas, es una grave injusticia. Pecados contra este mandamiento son:

-contra la 1ª parte: juicio temerario, sospecha temeraria, falso testimonio, murmuración, calumnia, burla e irrisión;
-contra la 2ª parte: mentira e hipocresía.

El juicio temerario

           Consiste en el acto de juzgar o creer algo malo del prójimo, sin fundamento alguno o sin suficientes motivos para hacerlo, aunque sea interiormente.

           Juicio temerario es el vicio que consiste en juzgar de forma negativa, maliciosamente y sin datos, los comportamientos de los demás, las intenciones que han podido motivar al prójimo para la realización de sus actos externos, y la moralidad misma de las personas.

           En el juicio temerario se falta a la vez a la caridad y a la justicia, pues el prójimo goza del derecho sagrado a que se piense bien de él, mientras no presente verdaderos motivos para lo contrario. El Concilio Vaticano II lo recuerda: "Dios es el único juez del corazón humano; por ello nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás" (Gaudium et Spes, 28).

           Jesucristo pide que jamás se juzgue: "No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados" (Mt 7, 1-2). Y San Juan Crisóstomo enseña a combatir este pecado, suplicando esperanzado: "Si tanto deseas curiosear en las vidas ajenas, averigua las virtudes, no los pecados".

La sospecha temeraria

           Consiste en el acto de inclinarse a pensar mal del prójimo sin fundamento alguno y sin motivos para hacerlo. En el juicio temerario se afirma la maldad de las personas; en la sospecha temeraria se pone en duda su bondad sospechando la maldad. Con la sospecha temeraria se falta a la caridad y a la justicia, aunque es menos grave que el juicio temerario.

El falso testimonio

           Consiste en declarar en juicio alguna cosa contra la verdad, para beneficiar o para perjudicar intencionadamente al prójimo. Falso testimonio se puede cometer, bien cuando uno presta declaración sin ser testigo directo del caso y desconociendo así la verdad, bien cuando uno es conocedor directo de la verdad y declara justamente lo contrario, para favorecer o dañar expresamente al prójimo. En todo caso, Dios abomina el testigo falso (Prov 6, 19).

La murmuración

           Consiste, tanto en su versión de maledicencia como de difamación, en el acto de hablar mal del prójimo injustamente, revelando sus defectos o pecados, siendo sin embargo verdadero lo que decimos.

           Murmuración es el hecho de revelar cosas ocultas del prójimo, conocidas por amistad o por motivos de profesión, que no deben darse a conocer si pueden dañar el honor y buena fama del prójimo o sus bienes; técnicos, médicos, funcionarios, banqueros... están obligados así al secreto profesional a causa de este mandamiento.

           Murmuración es el acto de prestarse a escuchar a quien murmura sin hacer nada por impedirlo, pues "si no hubiese quien oyese, no habría quien dijese" (San Juan de Avila). Además, "el dedicarse a la murmuración o el oír a quien murmura son cosas tan detestables que no sé decir cuál de las dos es peor" (San Bernardo). Por eso recomienda San Juan Bosco: "De los demás, o hablar bien, o no hablar".

La calumnia

           Consiste en el acto de hablar mal del prójimo, de forma intencionada y para hacer daño a su honor, siendo falso lo que se afirma. Calumnia es inventar algo malo del prójimo, atribuyéndole pecados o defectos que no tiene, para quitarle fama o dignidad. Calumnia es circular una falsa acusación escuchada contra el prójimo o no hacer nada por impedir que se propague, aunque no sea uno quien la haya inventado. El precepto cristiano obliga a evitar la ocasión al que quiere calumniar, solicitando al calumniador que haga buen uso de la lengua.

           La calumnia es un pecado tan grave, que "los calumniadores no heredarán el Reino de Dios" (1Cor 6, 10). El bueno de San Francisco de Asís se atrevía a afirmar que "es mayor la impiedad de los calumniadores que la de los ladrones".

La burla o irrisión

           Consiste en echar en cara al prójimo sus culpas, defectos o pecados en forma jocosa para avergonzarle ante los demás. El burlón no trata de injuriar (que sería insulto, pecado del 5º mandamiento), sino de poner en ridículo al prójimo ante los demás, faltando al amor y quebrantando el derecho a la estima.

La mentira

           Consiste en afirmar lo contrario de lo que uno siente o piensa en su interior, con intención de engañar al prójimo. Refiere San Luis María Grignion que la mentira sale del infierno, porque el diablo es mentiroso y padre de la mentira (Jn 8, 44).

           La mentira se distingue en jocosa, oficiosa y perniciosa. Jocosa es la que se declara por dar chiste o excitar la risa. Oficiosa es la que busca utilidad propia o ajena, como la del que falta a la verdad para no perder clientela. Perniciosa la que se dice perjudicando a otro.

           La mentira es siempre una falta más o menos grave, pero la perniciosa es la de mayor gravedad. La Sagrada Escritura pronuncia con claridad: "Todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte eterna" (Ap 21, 8).

           Santo Tomás de Aquino concreta que la mentira se opone a este mandamiento del Decálogo porque "se opone al amor de Dios y del prójimo, y de ella nace la desconfianza"; en otras palabras, "es el exterminio del amor" (San Juan Clímaco). Por tanto, cuando no se pueda decir la verdad, es necesario callarse; pero nunca mentir, pues "los labios mentirosos los aborrece el Señor" (Prov 12, 22).

La hipocresía

           Consiste en engañar a los demás con falsas apariencias de religión y de piedad. Cuando se engaña con acciones que no pertenecen al orden religioso, se llama entonces tal proceder simulación. Dice San Bernardo que "este vicio es una rama de la ambición, y su morada está en las tinieblas, porque esconde lo que es y exhibe lo que no es; trafica en todo tiempo, adoptando la forma de piedad para ocultarse, y vendiendo la virtud de la piedad para adquirir honores".

           La hipocresía hace consistir la devoción únicamente en las palabras y en lo exterior. Es el pecado que tan duramente denunció Jesucristo en los fariseos. La hipocresía es un grave pecado porque es injuriosa a la vez para Dios y para el prójimo.

           Jesucristo no solamente detesta la hipocresía, sino que invita a ocultar las buenas obras, a fin de no perder su mérito por las alabanzas de los demás: "Cuidad de no practicar vuestras buenas obras delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Tú, procura que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt 6, 1-4).

           La gravedad de los pecados de este mandamiento depende de las circunstancias que en ellos concurren. Si son graves los defectos descubiertos del prójimo o los daños causados, el pecado puede ser mortal; si no son graves, venial. Para recibir el perdón de Jesucristo a los pecados contra el 8º mandamiento, no es suficiente la confesión sacramental: es obligado rectificar y reparar, en lo posible, la fama y los perjuicios o males causados al prójimo.

MANUEL A. MARTÍNEZ, Colaborador de Mercabá

 Act: 13/03/23   @tiempo cuaresmal       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A