30 de Marzo

Lunes Santo

Equipo de Liturgia
Mercabá, 30 marzo 2026

a) Is 42, 1-7

         La liturgia de esta Semana Santa nos va a presentar en la 1ª lectura los 4 cánticos del Siervo de Yahveh. Por ello, es importante introducirnos en el contexto de estos poemas. En el Segundo Isaías (Is 40-55) aparece 21 veces la palabra siervo (ebed), siempre en singular con la excepción de Is 54,17. Se aplica a Israel (o Jacob) en 14 casos, y también se llama siervo a Ciro y al profeta.

         Siervo es un término con una amplia gama de matices. Fundamentalmente significa obrar con sumisión y obediencia a otro. Esta misión tiene grados desde el esclavo hasta la entrega religiosa. En sentido pagano, siervo es quien está totalmente sometido a otro; la persona que ha perdido su libertad, el amo decide por él.

         Por eso en un principio no se hablaba de ser esclavo de Dios por considerarlo como degradante. En sentido religioso, la palabra siervo fue dejando de lado el ser degradante para considerarlo como alguien ligado por entero y en forma muy especial con su Dios.

         En sentido bíblico, la palabra siervo establece una relación de sumisión y dependencia del hombre con Dios. La liturgia en el AT era presentada como un servicio a Dios (y no como servicios aislados) de por vida, en sentido cultual (Is 41, 8). No obstante, se llaman siervos de Yahveh, o siervos de Dios, a aquellas personas que reciben el encargo de realizar una misión especial como Moisés (Ex 14, 31), Abraham (Gn 26, 24) y David (2Sm 3, 18).

         ¿Quién es el siervo en los poemas que encontramos en el Deutero Isaías? Es difícil responder esta pregunta sobre todo si tenemos en cuenta el lenguaje oriental que es un lenguaje impreciso y no permite la identificación del personaje al cual se refiere. No se puede buscar una solución tajante.

         Se han presentado varias soluciones. Para unos se trata de un personaje, para otros de una colectividad. Hay quienes presentan una solución mixta y por último quienes le dan una interpretación mesiánica al identificarlo con Cristo.

         En la presentación del Siervo, Isaías recalca que el oficio de siervo es elección divina y Dios mismo presenta a su elegido, en otras palabras, se trata de un personaje ligado con el Señor, a quien él sostiene, lo prefiere y le hadado su Espíritu para que pueda cumplir la empresa que le señala: implantar el derecho y la ley de Dios. Es decir, difundir la revelación de su voluntad, que es justicia y orden entre los hombres. La persona del siervo se mostrará decisiva en la historia de su pueblo y la de todas las naciones.

         Este personaje no se lamentará, no gritará, pasará inadvertido porque no ejercerá su función con armas o por la fuerza, sino con un nuevo estilo: suavidad y mansedumbre con lo débil, pero firmeza en el sufrir y tenacidad en su labor.

         Según el contexto inmediato, el texto nos conduce a Ciro quien recibe del Señor una investidura real y una misión de conquista y de unificación del mundo que se llevará a cabo en el respeto de los pueblos y la preocupación por su restauración. Israel agotado por el destierro, reducido al estado de caña quebrada, volverá a la vida.

         Es interesante anotar que la traducción griega de los Setenta atribuyó este pasaje a Israel y en el v. 1 traducen: "Mi siervo Jacob, mi elegido Israel".

         Como puede observarse, se han dado varias lecturas de este poema. Una lectura histórica en donde Ciro es el siervo. Una relectura posterior, en los Setenta en donde el siervo es Israel y por último, la lectura cristiana, que aplica a Jesús la condición del Siervo de Yahveh.

         Cuando Dios habla a su siervo (vv.5-9), se presenta como el Dios Creador que ha dado vida y conservado el universo y con estos títulos llama al siervo a quien ha tomado de la mano y lo ha hecho alianza de un pueblo y luz de las naciones.

         La Alianza, en el AT, implica ciertas obligaciones del parte del ser humano. Pero sobre todo, el Señor se compromete con el pueblo para obrar en su favor. El Señor concede al pueblo y a todas las naciones al Siervo como prenda de su compromiso para obrar en favor de ese pueblo y todas las naciones.

Manuel Garrido

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         La 1ª lectura procede de la 2ª parte del libro de Isaías. Hay en ella 4 poemas que, según los entendidos, son las más bellas profecías sobre Jesús. Se presenta a un misterioso personaje, que de ningún modo es un mesías rey, sino un mesías pobre. Es decir, un siervo humilde, manso y perseguido, que salva a su pueblo con su muerte. Es un perfecto siervo de Dios.

         "He aquí mi servidor a quien yo sostengo, mi elegido en quien mi espíritu se complace". Jesús, tú conocías esa profecía. A menudo has debido meditarla. En verdad, tú tomaste la condición de siervo, cuando lavaste los pies de tus discípulos y, sobre todo, en la cruz con tu muerte por nosotros.

         "Ha reposado mi Espíritu sobre él", "yo te he llamado", "te así de la mano y te formé", "he hecho de ti mi alianza con el pueblo y la luz de las naciones". Es preciso meditar una a una esas palabras. Y aplicarlas a Jesús. Intimidad entre Dios y yo, en palabras de amor e imágenes de amor.

         Por mi bautismo, que renovaré el próximo sábado en la santa noche de Pascua, he recibido el don del Espíritu, he recibido un nombre por el cual Dios me llama hijo suyo, te envié al mundo para que fueras alianza y luz. De todo ello será símbolo la vela encendida, que tendré en la mano, el sábado por la noche, al renovar mi profesión de fe.

         "No gritará, ni alzará el tono, no aplastará la caña quebrada, ni apagará la mecha mortecina". Son unas dulces imágenes de ti, Jesús. Imágenes de tu bondad. Tú eras así. Delicadeza total respecto a los demás. En este tiempo de alboroto y de violencia, hazme, Señor, un instrumento de tu paz, de tu silencio, de tu bondad.

Noel Quesson

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         En esta Semana Santa como 1ª lectura leemos los 4 cantos del Siervo de Yahveh, del profeta Isaías. Los 3 primeros, del lunes al miércoles. El 4º Canto, en la impresionante celebración del Viernes Santo. Son cantos que nos van anunciando la figura de ese Siervo, que podría referirse al mismo pueblo de Israel, pero que, poco a poco, se va interpretando como el Mesías enviado por Dios con una misión muy concreta en medio de las naciones.

         El 1º Canto, que escuchamos hoy, presenta al Siervo como el elegido de Dios, lleno de su Espíritu, enviado a llevar el derecho a las naciones y abrir los ojos de los ciegos y liberar a los cautivos. Se describe el estilo con el que actuará: "La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará".

         Como la misión de ese Siervo no se prevé que sea fácil (y así aparecerá en los cantos siguientes) el salmo responsorial ya anticipa la clave para entender su éxito: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Cuando me asaltan los malvados, me siento tranquilo: espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor".

         El pasaje que hemos leído en Isaías resuena casi al pie de la letra en los relatos que los evangelistas nos hacen del bautismo de Jesús en el Jordán. También allí se oye la voz de Dios diciendo que es su siervo o su hijo querido, y aparece el Espíritu sobre él, y empieza una misión de justicia y buena noticia.

         También de él se puede decir que no quebró la caña que estaba a punto de romperse, sino que se mostró siempre lleno de paciencia y tolerancia (no como Santiago y Juan, que quieren hacer llover fuego del cielo sobre el pueblo que no les recibe, o como Pedro, que saca su espada y hiere a los que detienen al Maestro). Más tarde Pedro, con un conocimiento mucho más profundo de Jesús, podrá decir que "pasó haciendo el bien" (Hch 10).

         También de él se podrá decir que devolvió la vista a los ciegos y se preocupó de liberar de sus males a toda persona que encontraba sufriendo. Y de esto somos más conscientes precisamente en vísperas de celebrar el triduo de su muerte en la cruz y su resurrección a la nueva existencia.

         Ayer celebrábamos con él su entrada en Jerusalén, con un gesto decidido de asumir sobre sus hombros el destino que nos hubiera correspondido a nosotros. El Siervo camina hacia su muerte. Con unción previa incluida. Nuestros ojos estarán fijos en él estos próximos días, llenos de admiración. Dispuestos a imitar también nosotros, en su seguimiento, sus mismas actitudes de fidelidad a Dios y de tolerante cercanía para con los demás. Dispuestos a vivir como él "entregados por".

José Aldazábal

b) Jn 12, 1-11

         La Pascua que se va a celebrar es la de Jesús, por eso el evangelista no alude a ella como "la pascua de los judíos" (Jn 2,13; 6,4; 11,55). Betania es el lugar de la comunidad de Jesús. Allí está Lázaro, muerto y vivo al mismo tiempo; es la comunidad de Jesús donde la vida ha vencido a la muerte.

         En Betania, Lázaro le ofrece una cena (Jn 13,2.4; 21,10), que sustituye al banquete fúnebre. La cena es una acción de gracias a Jesús por el don de la vida. Marta representa a la comunidad donde el amor se traduce en servicio. Lázaro, que se había marchado con el Padre (Jn 11, 1), está presente en la comunidad, lugar de la presencia del Padre (Jn 14, 23); la representa en cuanto vencedora de la muerte.

         María (v.3), ungiendo los pies de Jesús, representa a la comunidad en su relación íntima con Jesús. Su gesto muestra su agradecimiento por el don de la vida; el precio del perfume es símbolo de su amor sin tasa (Cant 1, 12). Ella asume el papel de esposa respecto a Jesús, el esposo (Jn 3, 29).

         El perfume simboliza el amor de la comunidad por Jesús. La expresión "le secó los pies con el pelo" alude al Cantar de los Cantares (Cant 7, 6), significando el amor de Jesús por los suyos. Tras la unción, "la casa se llenó de la fragancia del perfume", fragancia del amor, fragancia del Espíritu, perfume de vida e inmortalidad, que tiene por centro a Jesús.

         Pero no todos los discípulos aceptan el mensaje (vv.4-5). Judas no comprende el servicio ni el amor. Como pretexto, pone la actividad externa de la comunidad por encima de la expresión de su propia vida, como si se pudiese amar a otros sin experimentar el amor de Jesús y de los miembros del grupo. Pretende oponer los pobres a Jesús.

         Judas es mentiroso y ladrón (v.6). En realidad, no opone Jesús a los pobres, sino a su propio interés. Le molesta el amor demostrado porque impide su provecho personal. El que pretende ocuparse de los pobres, en vez de compartir (Jn 6, 11), se apropia de lo ajeno ("se llevaba lo que echaban").

         El homenaje que tributa la comunidad a Jesús tiene por motivo la victoria de la vida sobre la muerte. A través de su muerte, Jesús va a vincularse con todos los pobres, oprimidos, perseguidos de este mundo. El amor que Jesús comunica lleva a la comunidad a acoger a los pobres, a los que tiene con ella y en medio de ella.

         Dice el evangelista que "una gran multitud de judíos se enteró de que estaba allí", y que "fueron no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había levantado de la muerte". Allí (v.9), en la comunidad. No sólo Jesús, sino también su comunidad, representada por Lázaro, el muerto vivo, se convierte en centro de atracción.

         "Los sumos sacerdotes, por su parte, acordaron matar también a Lázaro, porque debido a él muchos de aquellos judíos se marchaban y daban su adhesión a Jesús" (v.10). Esta es la repercusión de este testimonio entre los adictos a la institución judía. Las autoridades religiosas reaccionan, sin vacilar ante un nuevo homicidio (v.10). Y se proponen suprimir también al grupo de los que poseen esa vida, cuya realidad provoca el éxodo de sus partidarios (v.11).

Juan Mateos

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         También los nardos que María de Betania derrama hoy sobre Jesús son imagen y símbolo de aquel óleo celestial e invisible, de la fuerza vital divina de la que se nos dice proféticamente en el salmo: "Dios, tu Dios, te ha ungido con el óleo de la alegría por encima de tus compañeros" (Sal 44, 8).

         Ese óleo de la alegría celestial es el que Dios Padre ha derramado sobre la cabeza sangrienta y coronada de espinas del Hijo crucificado, y de aquí que lleve el nombre de Cristo (lit. el Ungido). Como el camino que conduce a esta unción pasa a través de su muerte y sepultura, puede Jesús decir también con doble sentido: "Dejadla, que lo conserve para el día de mi sepultura".

         La unción de la amante María indica ya de antemano la muerte y sepultura de Jesús, así como la gloria subsiguiente de su sacerdocio y reino. La despilfarradora, por tanto, se muestra como verdadera creyente cristiana.

         No olvidemos, además, que los gladiadores de la arena ungían su cuerpo antes de la lucha. También Cristo se enfrenta con su pasión como un luchador. Es el gran combate, la lucha hasta la muerte con el enemigo de Dios, Satanás.

         La unción que había de reforzar y dar agilidad a su naturaleza humana, fortaleciéndola como a un luchador en la arena, esta unción de la fuerza de Dios la recibió el Señor en el Monte de los Olivos de manos del Padre. Aquí tenemos, pues, otro motivo para poder atribuir a la unción de Betania el carácter de imagen y símbolo prefigurativo.

         Los nardos de María exhalan el gozoso aroma de la vida, de la próxima gloria real y de la dignidad del sacerdocio de Cristo. Al mismo tiempo, sirven de aviso para la lucha y la muerte, la sepultura y el amortajamiento.

         Pero el misterio más profundo que nos deja presentir este aroma es aquel que se nos ha descubierto ya en la 3ª semana de Cuaresma con el milagro que obró Eliseo con el aceite. Cristo mismo es este perfume, él es el bálsamo que baja del cielo y que, según el plan amoroso del Padre, habrá de salvar a toda la humanidad, siempre que ésta crea en él, elevándola a la dignidad de sacerdotes y reyes.

         El recipiente del bálsamo (el cuerpo humano de Jesús) había de destruirse en la muerte para que se esparciese el nardo y desde la cabeza (desde Cristo resucitado) empapase a todo el cuerpo de la Iglesia, haciéndola así apta para ser ungida y consagrada como cuerpo real y sacerdotal de Cristo.

         Había de romperse este vaso de alabastro para que el ungüento celestial pudiese llenar los recipientes vacíos de la Iglesia. Su aroma debía llenar toda la casa y enriquecer a los pobres. Éste es, en realidad, el misterio oculto de la unción de Betania.

         Todo esto es algo que no lo puede sufrir el traidor, pero nosotros hemos de saber reconocer con gozo que el ungüento que, por voluntad de Jesús, fue allí derramado, es la verdadera riqueza de los pobres, es la vida divina que se prodiga a sí misma. Se comunica, claro está, primero al Hijo, pero por él se da, brotando de sus heridas, a los pobres, esto es, a los hombres que estaban desposeídos de la gracia y destinados a morir.

         Este misterio de la corriente de aceite que fluye del cielo de manera maravillosa y torna en riqueza la pobreza del mundo pecador, fue ya anunciado en tiempo de Noé como don de reconciliación de Dios, por medio de la paloma que volvió con el ramito de olivo en el pico.

         Fue también prefigurado simbólicamente por el milagro que hizo el profeta con el aceite, y más aún, por la unción de María. Pronto va a tener realidad litúrgica en la consagración de los santos óleos que se verifica el Jueves Santo, y en la unción de los neófitos del Sábado Santo.

         Cuando en el Jueves Santo las solemnes palabras de la consagración piden que la fuerza de Dios descienda sobre su santo óleo: cuando el obispo y todos los sacerdotes se arrodillan por tres veces ante el óleo consagrado, diciéndole: "Ave, sanctum chrisma! Ave, sanctum oleum! "¡Te saludo, oh santo crisma. Te saludo, oh santo óleo!".

         Sobre todo, te saludo cuando el obispo o sacerdote unge la coronilla de los neófitos con este crisma consagrado, diciendo al mismo tiempo: "El Dios todopoderoso, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, te unja con el crisma de la salud en este mismo Cristo Jesús, nuestro Señor, para la vida eterna".

         Este es el momento en que la acción simbólica de la amante María alcanza toda su realidad. Entonces todas las imágenes simbólicas de los tiempos antiguos quedan plasmadas en hechos reales y se pone al descubierto el misterio oculto.

         La divina paloma vuela entonces hacia el arpa de la Iglesia llevando en el pico el ramito de olivo, es decir, la vida nacida de la muerte. Entonces es cuando se llenan los recipientes vacíos de la Iglesia sin jamás llegarse a agotar el aceite, ya que a diario nacen a la vida terrena innumerables personas que han de alimentarse de esa vida divina.

         María de Betania contribuye, en verdad, a la sepultura de Cristo cuando los que son bautizados (enterrados con Cristo) reciben de manos de la Iglesia la santa unción bautismal. El "buen olor de Cristo" (2Cor 2, 15) se expande entonces por toda la casa de la Iglesia y la voz del odio tiene que enmudecer porque la pobreza, rica ya ahora, se regocija del despilfarro del amor.

Emiliana Lohr

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         Una mujer sin nombre, en las puertas de los episodios de la pasión, unge a Jesús y le impacta de tal modo con su gesto sobrio y denso, que Jesús vive de antemano la doble cara de la pascua en el curso de aquella comida. Su palabra revela todo el contenido del evangelio que él es, que él ha predicado y que es y será su Pascua, anunciando ya su expansión por todo el mundo.

         El nivel de los hechos queda recogido en las breves frases del v. 3. Además de anónima, la mujer queda casi invisible. El narrador se detiene a describir las magnificencias del frasco y del perfume que éste encierra. El lector ve más y mejor el frasco de perfume que a la misma mujer.

         María sólo realiza 3 acciones: llevar el frasco, romperlo y derramar el perfume sobre la cabeza de Jesús. Un signo al estilo de los profetas. Con todo, a diferencia de ellos, lo deja totalmente abierto a las interpretaciones. Ni una palabra de explicación. El nivel de los hechos deja paso al de la interpretación, que ocupa las 2 escenas siguientes. Jesús no ha dicho nada. Deja que primero interpreten los demás.

         Hay algunos que critican el gesto, calificándolo de derroche y falta de consideración con los pobres. También critican a Jesús, que se ha dejado perfumar sin protestar. El juicio, la ética, como supuesto. Esto está bien o está mal. Y consiguientemente, la regañan, porque lo que ha hecho está mal en la perspectiva de los pobres, una perspectiva de carencia.

         Jesús se reserva para el final. Su palabra es definitiva, y su interpretación la única autorizada. Y él dice que ella ha ungido su cuerpo (ella, dice el narrador, derrama su perfume sobre su cabeza) para la sepultura. Ha realizado una unción funeraria. El lector, cuando llegue al final (Jn 16, 1-8), verificará que ésa ha sido, en efecto, la única unción funeraria de Jesús. Las otras mujeres llegan tarde: ya ha resucitado.

         Jesús dice que la mujer lo considera ya sepultado. Pero no acaba ahí. Para la unción utiliza símbolos de vida y de amor: el perfume de nardo, típico del lecho de bodas, genuino y muy caro. La vida queda entrelazada con la muerte. El perfume se expande a todos, y cada cual puede dar su interpretación. Igual que su Pascua, su evangelio se expandirá a todos, una vez roto el frasco. Y será necesario interpretar.

         Lo que ella ha hecho, unido definitivamente a su propia interpretación de sí y de su vida y su muerte, la convierte en alguien que debe ser recordado allí donde sea anunciado el evangelio. La escena se sitúa, según la palabra de Jesús, en el nivel metaético, un orden que rompe incluso la ética, el orden de la gratuidad que inaugura la Pascua. Y los pobres deben ser integrados en este nuevo nivel, más exigente si cabe que el antiguo régimen de la ley y la piedad judías.

         Ningún otro encuentro revela tal reciprocidad simétrica. La mujer lo provoca de forma inesperada. Tiene algo que dar a Jesús y nada que pedirle a cambio. La gratuidad y desmesura de su gesto refleja para Jesús el sentido gratuito de su vida y de su muerte.

         Ella le da eso. Jesús le devuelve su reconocimiento y una identidad profética vinculada al memorial de la pascua para siempre. Ella quedará unida por los siglos al evangelio. Hay una secreta connivencia entre el gesto de la mujer y la palabra de Jesús. Mutuamente se desvelan y se reconocen. La mujer entiende y percibe aspectos de Jesús que los críticos comensales no parecen percibir. Más aún, en la polivalencia de su gesto muestra lo que intuye de Jesús.

         Sea cual sea el sentido, la mujer reconoce a Jesús en su gesto. De la misma forma, Jesús sabe lo que ha hecho la mujer. Y si ella le adelanta su final, él le adelanta a ella el suyo en el v. 9. Si ella le profetiza en lenguaje no verbal su futuro, él le profetiza el suyo en el evangelio, en lenguaje verbal.

         Ella le hace su gesto de memorial para la sepultura (entafiasmon), y Jesús dice de ella que perdurará en la memoria del evangelio predicado (mnosynon). Si la mujer le reconoce a él como profeta y enviado (ungido), Jesús la reconoce como profetisa suya y de su destino (proelaben). Y por eso deberá ser recordada.

Mercedes Navarro

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         Reflexionamos sobre el episodio de María de Betania, directamente unido a la pasión, aun por el hecho de que, a partir de él, Judas toma la decisión definitiva de traicionar a Jesús.

         Conocemos el episodio, en que Jesús se encuentra en la casa de Simón el Leproso, en Betania. Se le acerca una mujer con un frasco de alabastro, con aceite perfumado muy precioso, y se lo derrama en la cabeza mientras está a la mesa. Al ver esto, "los discípulos, se indignaron y decían: ¿A qué viene este despilfarro? Pudo venderse a gran precio, y darse a los pobres".

         Jesús se dio cuenta y les dijo: "¿Por qué molestáis a esta mujer?" Ha hecho una buena obra conmigo. Pues siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no me tendréis siempre. Al derramar este ungüento sobre mi cuerpo, lo ha hecho para mi sepultura. En verdad os digo que donde sea predicado este evangelio, en todo el mundo, se hablará también de lo que está ha hecho, para recuerdo suyo".

         Hasta hoy me he preguntado siempre por qué tanto énfasis en este episodio; nada menos que "donde sea predicado este evangelio": ¿por qué tanta importancia? No sin motivo el evangelista dice de este episodio algo que no ha dicho de ningún otro, sino de María madre de Jesús. Por tanto, una evidente analogía con el Magnificat que recuerda el de María de Nazaret.

         Tal vez podamos entender mejor esta analogía teniendo como fondo al otro personaje de esta narración: Judas.

         ¿Cuál es la lógica de Judas? Judas hace lo contrario y, como se verá en el v. 14, al final del episodio, quiere llevar a Jesús a la pasión. ¿Por qué?

         Observemos a Judas cuando todavía no había tomado su resolución final que, como decíamos, nace tal vez de un sentimiento de desquite. Judas es el que más insiste en la crítica: "¿Para qué este desperdicio? Se podía vender a buen precio y darlo a los pobres".

         Por tanto, Judas podría decir: Señor, me baso en lo que dijiste, estos 5.000 pesos se les podían dar a los pobres y no se les dieron, por tanto, es inútil que te los den a ti. ¿Cuántas veces también nosotros no hemos pensado así? Todo es desperdicio.

         Vendamos, pues, todo. Vendamos también el tiempo de la oración, porque mientras rezo dejo de asistir a un enfermo, mientras rezo hay alguien que necesita de mí. He aquí la lógica definitiva de Judas: si solamente vale el servicio directo al prójimo.

         En este episodio vemos que está en juego algo sumamente importante: la actitud del hombre hacia la redención de Jesús. En efecto, la respuesta de Jesús es amplia: "¿Por qué molestáis a esta mujer?". Como fórmula, es bastante fuerte.

         Por analogía, me ha impactado sobre todo Pablo (Gál 6, 17) cuando, después de haber discutido en toda la carta contra los que querían las observaciones judaicas, dice: "En adelante nadie me proporcione sufrimientos, porque yo llevo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús". Es decir, estoy seguro de estar con Cristo, en la plenitud de la verdad.

         Me parece que Jesús dice aquí algo semejante. Esta mujer tiene razón, sólo ella ha comprendido y no debe ser molestada. ¿Por qué ha comprendido? Jesús continúa: "Ella ha hecho una obra buena conmigo". Los judíos hablaban a menudo de acciones buenas, que eran precisamente las obras de misericordia y Jesús parece decir: Esta mujer ha obrado bien, me ha honrado y esto es justo; nadie puede decir que se pierda tiempo o se malgaste dinero.

         Después continúa Jesús con una frase que, como bien sabemos, ha sufrido mistificaciones terribles, es una frase que ha hecho mucho mal a la Iglesia y a los pobres: "Los pobres siempre los tendréis con vosotros". Como sabemos, esta frase ha sido utilizada para decir que, en el fondo, siempre habrá pobres, los pobres no pueden acabarse. Jesús, al pronunciar esta frase, corrió el riesgo de terribles malos entendidos.

         Si lo hizo, quiere decir que tenía algo importante para decirnos: "A los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis". ¿Sobre qué nos hace reflexionar Jesús?

         Si leemos esta frase a la luz de las palabras que dijo anteriormente ("cada vez que hayáis hecho estas cosas a uno solo de estos hermanos míos más pequeños, lo habéis hecho a mí"), entendemos el sentido que me parece hemos tratado de profundizar en estas mediaciones: Lo que hagan a ellos, lo hacen a mí, pero lo que hacen a mí, lo hacen a ellos. Es decir, no creáis poder llegar a ser Iglesia de eficiencia, que sí organiza la beneficencia, pero sin ser Iglesia de amor.

         Si estas dos cosas no van juntas, y a un cierto momento se separan la una de la otra, la Iglesia se convierte en obra social como las otras, una grande organización en la que se pregunta para qué conservar ese residuo de oraciones en vez de darles un significado secular; para qué leer el evangelio en vez de leer una obra de sociología, pues al fin y al cabo el significado es el mismo.

         Me parece que Jesús nos hace comprender, clara y fuertemente, este vínculo inseparable que Pedro, y sobre todo Judas, tratan de romper. Cuando yo ya no esté, siempre tendrán a los pobres, siempre habrá un hermano, ayudando al cual me ayudarán a mí, pero cuando me ayuden a mí, ayudarán a los demás.

         Pero aquí nos encontramos solamente en el umbral del misterio, porque Jesús añade todavía una frase: "Al derramar este ungüento sobre mi cuerpo, lo ha hecho para mi sepultura".

         María de Betania representa el de la humanidad a la muerte de Jesús. No es Pedro quien dice a Jesús: Tú no harás esto. No, sino que es la humanidad la que le dice a Jesús: Te doy gracias, oh Señor, te alabo y te honro por el amor con el que das la vida por nosotros. Es la participación de la humanidad en la muerte del Señor, participación que es pasiva, es humillante, si quieren, para quien desea estar siempre en el 1º puesto.

         El gesto de María fue humillante para Pedro y para Judas, humillante para todos nosotros, que quisiéramos hacer algo por el Señor, pero a quienes el Señor dice en realidad: Vosotros creéis hacer algo por mí, pero si tenéis el corazón iluminado como esta mujer, entenderéis que soy yo quien estoy haciendo algo por vosotros. Esta mujer está aceptando mi amor de Salvador, y es la única que ha entendido el evangelio. El evangelio es el amor de salvación, por eso será predicado. 

         La buena noticia aparece, pues, aquí en una persona que ha logrado comprender que el evangelio no es gloriarse de hacer algo por el Señor, sino dar gracias porque el Señor hace algo por nosotros pobres. Los primeros pobres por ayudar somos nosotros.

         Esta mujer, pues, es el símbolo de la humanidad que se dejó amar por Jesús en su pasión. Es el símbolo de la realidad de María. Esta mujer hace de modo intuitivo este gesto, pero quien lo hace plenamente, lo sabemos por Juan, es María, quien como madre acepta el absurdo de que su Hijo sufra por ella.

         Una madre querría aceptar cualquier sufrimiento por su hijo y no viceversa; en cambio, como esta madre no posee a Jesús, sino que está poseída por él como humanidad y como Iglesia, entonces a través de un camino doloroso de fe, un largo camino, que Juan y Lucas nos describen, llega al Calvario dispuesta a dejarse salvar por los sufrimientos del Hijo.

         Es ella quien dice su , no un para hacer algo, sino un para dejar hacer, que es la cosa más terrible que ella, como madre, puede aceptar. Ella querría hacer cualquier cosa, en cambio el sí del dejar hacer es precisamente la espada que atraviesa su corazón, y contemporáneamente es el sí de la humanidad que, pisoteando el orgullo de la propia salvación, dice: Señor, te doy gracias porque eres más bueno que nosotros, porque viniste en ayuda de nosotros que somos pobres.

         Al meditar esto, cada uno podría decir: ¿en dónde estoy? ¿Estoy con Simón, preocupado por retener a Jesús? ¿Con Judas, preocupado por cualquier iniciativa que debe seguir adelante a toda costa? ¿O digo con María de Betania y con María de Nazaret: Haz tú, Señor?

Carlo Martini

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         Reflexionaremos en el gesto que tiene María de Betania con Jesucristo nuestro Señor cuando ella unge a Jesús, según narra San Juan. Este evangelio, en el que María realiza la unción de Jesús, nos habla de una mujer que ha puesto totalmente, sin reticencias de ningún tipo y con mucha firmeza, su corazón en Jesucristo. Lo que la lleva a dar testimonio público de agradecimiento para nuestro Señor.

         Esta mujer se presenta ante el mundo como fiel seguidora de Jesucristo. Es un gesto de amor, de gratitud, pero que en el fondo, es un gesto profundo de compromiso; porque la unción compromete a María a estar cada vez más cerca de Cristo.

         ¿Cuáles son los detalles que María de Betania muestra? Delante de todos, toma una libra de perfume de nardo puro, muy caro, unge los pies de Cristo y los seca con sus cabellos. No mide su gratitud con Aquél que es objeto de su amor. Es alguien que está convencida del bien que Cristo ha hecho en su vida, porque Cristo ha hecho un cambio profundo en ella. Detrás de todo está la sensibilidad profunda que la lleva a no medir su gratitud.

         El gesto de la mujer, que es el gesto de una profunda gratitud, es el fruto de un corazón comprometido, que no sólo quiere recibir, sino dar agradecimiento. Esta dimensión cambia totalmente el gesto, porque hace de un gesto común, un detalle de amor, de donación personal, de compromiso.

         Siendo Jesús un hombre discreto, que no gusta de honores, deja que María lo haga, porque Jesús ve en su corazón el compromiso personal que ella tiene con él. Dice Jesús: "Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura", la estoy uniendo al misterio más grande, que es mi donación personal por la salvación de los hombres.

         Jesús une ese darse de María de Betania al misterio de su cruz, al gesto de su don personal en la cruz; hace que esa mujer se asocie al don que él va a dar en la cruz. Jesús llama de esta forma al amor a María de Betania. La llama a seguirlo con decisión hasta la sepultura, hasta compartir con él el misterio de su pasión.

         Así es Jesús. Jesús, cuando ve a un alma generosa no la deja en buenos deseos sino que la une a él. Esto es lo que el Señor ve en todas las almas a las que llama a un mayor compromiso, a las que pide un paso más de entrega. Ve un corazón como el de María de Betania.

         "A mí no siempre me tendréis". Ésta es la segunda dimensión con la que Jesús mira a María de Betania. La dimensión de una mujer que ha captado que seguir a Cristo es un compromiso exigente, firme, sin remilgos.

         María quizá no había entendido quién era Cristo, pero había experimentado que seguirlo a él no puede dejar indiferente su vida, que para seguirlo tiene que transformar hasta las fibras más íntimas de su corazón. Es un implícito acto de adoración a Cristo, de adoración a alguien que la une a su misterio doloroso, a su misterio de don al hombre, a Alguien que se convierte para ella en una persona.

         Cristo es una persona que me ha unido a su misión redentora y que además es mi Señor. Al ser llamados, no nos podemos quedar con el buen deseo de amarlo, tenemos que llegar a la dimensión de que Cristo es el Señor, el Creador todopoderoso, y que, además, me ha querido unir a su don a la humanidad, al misterio de salvación que es su entrega por cada uno de los hombres.

         Si es grande el misterio de su llamada, es más grande el misterio de la respuesta de María, que se entrega en ese momento, se pone a su disposición ante la llamada a hacer del amor a Cristo un amor personal, y hacer de la decisión por Cristo una opción y una decisión eficaz, sin otro límite que el del propio corazón. Esta opción nace de la conciencia profunda de haber hecho la experiencia profunda de Cristo en su alma.

         El gesto de María no tendría sentido si no fuera fruto del conocimiento personal de su opción por Cristo. Los gestos debemos llenarlos de sentido. Nuestra opción por Cristo debe tener un sentido en todas partes: en casa, en el apostolado, en la sociedad, porque los mismos gestos tienen diferente contenido, porque es una opción ofrecida a Jesucristo nuestro Señor por amor a él.

         Cada uno de nosotros tiene que ser consciente de que, por el bautismo, es una persona más unida a Cristo, porque en cada gesto, en cada detalle que hace, hay una particular donación de su vida a Jesucristo.

         En nuestras vidas hay los mismos gestos, pero el amor es diferente, porque amamos con más profundidad, porque hemos sido unidos más a la sepultura del Señor, a la redención de Cristo, al misterio de la salvación de la humanidad.

         Cristo es dado a la humanidad. En cierto sentido, María de Betania, por su experiencia de Cristo, es también dada a Cristo. María es de Cristo porque ha tocado, ha descubierto la dimensión personal del Señor, y para ella ser cristiana no es pertenecer a una religión, sino enamorarse de una persona, tener arraigada en el corazón a una persona.

         Ser cristiano es seguir a Cristo, es amar a una persona, seguirla y vivir según esa persona. Es un compromiso distinto, sobre todo cuando vemos que el compromiso nace de dos dones: el don de Cristo a mi vida (para mi salvación), y el don de mi vida a Cristo (para la salvación de la humanidad).

         Pidámosle a Jesucristo que la unción en Betania tenga sentido en nuestras vidas, porque de la opción personal por Cristo depende todo lo que hagamos. Debemos ver a María de Betania como la mujer que ve a su Señor, se une a él, se acerca a él y lo experimenta personalmente.

Cipriano Sánchez

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         Hoy, en el evangelio, se nos resumen dos actitudes sobre Dios, Jesucristo y la vida misma. Ante la unción que hace María a su Señor, Judas protesta y dice: "¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?" (vv.4-5). Lo que dice no es ninguna barbaridad, ligaba con la doctrina de Jesús. Pero es muy fácil protestar ante lo que hacen los otros, aunque no se tengan segundas intenciones como en el caso de Judas.

         Cualquier protesta ha de ser un acto de responsabilidad, y con toda protesta nos habríamos de plantear cómo lo haríamos nosotros, o qué estamos dispuestos a hacer nosotros. Si no, la protesta puede ser sólo (como en este caso) la queja de los que actúan mal ante los que miran de hacer las cosas tan bien como pueden.

         María unge los pies de Jesús y los seca con sus cabellos, porque cree que es lo que debe hacer. Es una acción tintada de espléndida magnanimidad: lo hizo "tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro" (v.3). Es un acto de amor y, como todo acto de amor, difícil de entender por aquellos que no lo comparten.

         Creo que, a partir de aquel momento, María entendió lo que siglos más tarde escribiría San Agustín: "Quizás en esta tierra los pies del Señor todavía están necesitados, pues ¿de quién, fuera de sus miembros, dijo: Todo lo que hagáis a uno de estos pequeños, me lo hacéis a mí? Vosotros gastáis aquello que os sobra, pero habéis hecho lo que es de agradecer para mis pies".

         La protesta de Judas no tiene ninguna utilidad, sólo le lleva a la traición. La acción de María la lleva a amar más a su Señor y, como consecuencia, a amar más a los pies de Cristo que hay en este mundo.

Jordi Pou

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         María, la hermana de Lázaro, en el pasaje que hemos leído, busca manifestarle a Jesús su amor, dándole lo mejor que tiene, lo más precioso, lo más caro. En definitiva, no escatima nada cuando se trata del Señor.

         En estos días santos, días en los que muchos aprovechan para descansar, debemos aprender de María, a darle a Jesús lo mejor, no solo de nuestras cosas físicas sino de nuestro tiempo.

         No dejemos que nuestro descanso nos lleve a no darle importancia a esta semana tan importante en la que recordamos y volvemos a vivir con toda la comunidad cristiana los misterios de nuestra redención.

         Es importante descansar, pero hay que hacerlo como lo hacia la familia de Lázaro: con el Señor. Como la familia de Lázaro, invitemos a Jesús a nuestras vacaciones y a nuestro descanso. Que él sea el huésped de honor de nuestras vacaciones. Démosle su lugar y aun más lo mejor de nosotros. Manifestemos también en nuestro descanso que somos amigos y seguidores de Jesús.

Ernesto Caro

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         Este pasaje que contemplamos se trata de un momento lleno de ternura. Jesús veía en el gesto de María una anticipación de la unción de su cadáver.

         No obstante, nosotros sabemos que el cuerpo de Jesús, después de su muerte, no recibió todas las unciones requeridas, porque las mujeres que encontraron el sepulcro vacío el día de la resurrección tenían los últimos aceites aromáticos para embalsamar su cuerpo, y no lo hallaron.

         Este detalle de María trasciende la opinión pública de los presentes. Va más allá del dinero si se trata de manifestar su gratitud y su amor por Jesús. Es una lección elocuente para todos nosotros. ¿Cuántas veces nos hemos detenido cuando nos disponíamos a realizar un gesto de caridad, una oración, un testimonio de fe, sólo por temor de lo que pudieran decir los que nos están viendo?

         María, sin embargo, nos enseña que, en nuestra relación con el Señor, no debemos tener temor cuando nuestro corazón nos sugiere hacer el bien.

José Cisneros

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         El evangelio de este Lunes Santo nos presenta una cena, que es como un anticipo de la Ultima Cena. En ella se dan cita los amigos (Marta, María, Lázaro) y los traidores (Judas Iscariote). Es una cena en la que se ponen de relieve las dos actitudes básicas ante Jesús que van a estar presentes en el drama de su proceso y de su muerte: la cercanía del amor y la distancia del resentimiento.

         Marta (la camarera), Lázaro (el resucitado) y María (la perfumista) representan el polo del amor. Sirven, escuchan y ungen a Jesús. Y lo hacen todo desde la gratuidad propia de toda amistad.

         Judas Iscariote (el discípulo que lo va a entregar) representa el polo del resentimiento. Critica el derroche de María mediante una racionalización que podría pasar a cualquier manual de psicología: "¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?".

         ¿Cómo responde Jesús a cada una de estas 2 actitudes? Necesitamos escrutar cada detalle porque, en el fondo, su respuesta tiene que ver con cada uno de nosotros.

         En el caso de Marta, María y Lázaro, Jesús se deja hacer. A lo que es gratuito se responde con la gratuidad. "Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura", dice Jesús. Es decir, acepta ser querido, encuentra consuelo en el hogar de Betania. Disfruta con sus amigos.

         En el caso de Judas, Jesús desenmascara la racionalización, y por eso le dice: "A los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis". Es decir, no se deja engatusar por las trampas de los que parecen amigos y no son más que funcionarios.

         Estas 2 actitudes son un espejo en el que nos miramos nosotros al comienzo de una nueva Semana Santa. ¿Hacia dónde nos inclinamos? ¿Hacia la entrega incondicional a Jesús o hacia nuevas racionalizaciones que encubren nuestra mediocridad?

         En la cena, además de los alimentos, hay perfume de nardo, que es un anticipo simbólico del perfume con el que las mujeres ungirán el cuerpo de Jesús después de su muerte. Es una perfume costoso (porque el amor no es tacaño) y es también un perfume expansivo (porque el amor no es cerrado): "La casa se llenó de la fragancia del perfume". Tenemos esbozado el guión del drama que vamos a revivir durante los próximos días.

Confederación Internacional Claretiana

c) Meditación

         Seis días antes de la Pascua Jesús fue a visitar a sus amigos de Betania. Allí le ofrecieron una cena, y en ella Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, la otra hermana, no se había hecho aún presente. Pero en el trascurso de la cena se presentó con un perfume de nardo, se arrodilló ante Jesús, le ungió los pies con el perfume y se los enjugó con su cabellera.

         Enseguida surgieron las críticas. Pero el promotor de esta censura era la persona menos indicada para ello. No obstante, Judas, que era la persona en cuestión, eleva su voz difamadora: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?

         En apariencia, Judas mostraba preocupación por los pobres, y esto parecía justificar el reproche de que se había hecho merecedora María por su acción. Tan justificada se presenta la crítica, que el evangelista se ve obligado a desmentir la verdad de lo expresado por Judas, a quien lo que en realidad importaba no eran los pobres, sino la bolsa con el dinero que la iba engordando.

         Pero Jesús no aprovecha para poner al descubierto las verdaderas intenciones del discípulo traidor, sino para justificar la acción de María. Y por eso le dice a Judas: Déjala, pues lo tenía guardado para el día de mi sepultura. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.

         Lo de María había sido realmente un derroche de dinero (un perfume costoso, cuyo valor Judas calculaba en 300 denarios). Pero semejante derroche escondía un profundo e intenso amor. Al parecer, por lo que destapa Jesús, María lo tenía guardado para el día de su sepultura, aunque no pudiendo esperar a ese día (que sospecha ya próximo), decide anticiparse y hacer uso de él en esta ocasión.

         Jesús valora el gesto por lo que expresa y el profundo amor que lo motiva. Y el amor, que está en la raíz de este gesto, seguirá dando vida a todos los actos de generosidad que broten de las manos de esta mujer enamorada.

         Es cierto, a los pobres siempre los tendremos con nosotros, para salir a su encuentro e intentar remediar sus carencias. Pero a Jesucristo no le quedaba mucho tiempo de vida. Eran sus últimos días y él estaba dispuesto a agradecer todos los gestos de amor venidos de sus amigos. Desaparecido él, siempre seguirían quedando pobres para poder ejercer nuestra caridad.

         Lo importante es ser generosos, porque las ocasiones para actuar la generosidad no faltarán, como tampoco faltarán las personas con las que ejercerla. María lo era, al menos con Jesús, a quien amaba. Y por él estaría también dispuesta a serlo con todos esos pobres con los que el mismo Jesús se identifica. Sobre todo cuando éste dejara de estar sensiblemente presente en este mundo, porque es entonces cuando puede hacer de los necesitados (hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos, encarcelados) el sacramento (= signo sensible) de su presencia (espiritual).

         Ahora que Jesús no necesita ya de nuestras atenciones materiales, es cuando se nos pide que nos ocupemos de esos pobres a los que podría socorrerse con los 300 denarios del perfume de nardo. Porque pasarán las generaciones y aumentará la riqueza de los pueblos o la renta per capita, pero nunca dejará de haber pobres a los que socorrer. Y si no lo son de dinero, lo serán de salud, o de afecto, o de compañía, o de cultura, o de honra, o de vínculos familiares, o de gracia divina; pobres, en suma.

         A la decisión de dar muerte a Jesús, se une ahora la de dar muerte también a Lázaro (el resucitado de entre los muertos), porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús. El que deja penetrar en su corazón el deseo homicida, ya no repara en la cantidad. El número no parece contar demasiado.

         Es lo que nos suele suceder con el pecado y la acumulación de actos pecaminosos, que una vez emprendida una senda de maldad, de fraude o de injusticia, no parece importar mucho la repetición de actos que van pavimentando ese camino.

         Jesús, como nosotros, no fue insensible a los gestos de amor de sus amigos. No lo seamos tampoco nosotros, a las expresiones de amor que vemos a nuestro alrededor y que están justificadas por el mismo amor que las inspira. Ese amor, si es auténtico, no se detendrá en los amigos, ni en los familiares. Sino que alcanzará a otros muchos, porque el amor es difusivo de sí mismo.

 Act: 30/03/26     @semana santa         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A