31 de Marzo
Martes Santo
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 31 marzo 2026
a) Is 49, 1-6
El profeta Isaías presenta hoy, en su II Cántico del Siervo de Yahveh, las características de dicho Siervo o representante de Dios, destacando la vocación del Ungido: "Ser luz y salvación para todas las naciones".
El Siervo de Yaveh se nos presenta como realizador, así, de 2 misiones o vertientes complementarias de su vocación salvífica: 1º como realizador de las esperanzas del pueblo elegido, Israel; 2º como luz de todos los pueblos, pues es voluntad de Dios que toda la creación cante la gloria de su Creador por la boca, mente y corazón del hombre.
En este fragmento se afirma el hecho de la salvación de todos. No obstante, no se hace referencia al camino doloroso que habrá de recorrer ese Siervo para alcanzar el triunfo final.
El Siervo de Yahveh expone su propia misión. Ha sido llamado para hablar en nombre de Dios. Su palabra es como espada penetrante que discrimina los corazones. Dios está con él y lo protege, aunque la dureza de su misión le obligue a lamentarse del silencio de Dios. Él es su recompensa... En definitiva, todo esto es una prefiguración de Cristo y de su obra redentora.
"El Señor me llamó en las entrañas maternas. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra". Ésta es la luz esplendorosa que ilumina nuestra celebración de la pasión del Señor: "Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros". Jesús asumió la voluntad del Padre y se constituyó en "artífice de la salvación" de la humanidad entera.
Dios nos llamó a la vida pronunciando nuestro propio nombre. Pero no nos creó sólo para que estemos en el mundo de un modo inútil. Él quiere que seamos testigos suyos ante todos los pueblos. Aquella salvación que parece se había centrado sólo en un pueblo, elegido por Dios como suyo, debe abrirse a todas las naciones. Todos estamos llamados a convertirnos en luz de las naciones, para que la salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra.
Manuel Garrido
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"Oídme, islas lejanas; atended, pueblos apartados". En una época en la que cada pueblo vivía, más que hoy, encerrado en sí mismo, porque se tenían menos noticias y menos medios de comunicación, esas llamadas al universalismo son sorprendentes.
"Desde el seno materno, el Señor me llamó. Desde las entrañas de mi madre, pronunció mi nombre". Gratuidad total de la llamada y del amor de Dios. Ningún mérito por parte de este servidor. Es un don recibido, sin que él interviniera; ha sido amado antes de haber sido capaz de contestar.
¡Dios es el primero en amar! En efecto, en esto consiste su amor, "no en que hemos amado nosotros a Dios, sino en que él es quien nos ha amado" (Jn 4, 7). Experiencia humana, sobre la que hay que pararse un instante. Pensar en el amor de mi madre, de mi padre. Ser hijo es precisamente estar bajo el efluvio de un amor, antes de poder corresponderle: el amor paterno y materno precede y suscita el nuestro.
"Hizo de mi boca una espada afilada, me protegió en la sombra de su mano, hizo de mí una flecha aguda, en su carcaj me guardó. Me dijo: Tú eres mi siervo". Ser un perfecto instrumento para Dios. Estás a disposición de Dios. Siempre dispuesto a servirle. Señor, aumenta mi disponibilidad.
"Yo decía: Me he fatigado por nada; en vano e inútilmente he gastado mis fuerzas". Traicionado, abandonado, renegado... y otros tantos pensamientos de profundo desaliento. La impresión de que no se está haciendo nada, que se pierde el tiempo trabajando en la obra de Dios, que se gastan inútilmente las propias fuerzas. Tan sólo los abandonados pueden adivinar hasta dónde llegó la derelicción. Los que no tienen a nadie, los que están desalentados, ¿pueden contar un poco conmigo?
"Sin embargo, mi derecho subsistía a los ojos del Señor, mi recompensa está en mi Dios". Sí, yo era apreciado a los ojos del Señor: Mi Dios es mi fortaleza. En el fondo de mi desaliento, en lo más profundo de la tentación de la nada, esa fue la reacción de Jesús. Contemplémoslo detenidamente, y tratemos de imitarlo.
"Poco es que seas mi siervo, en orden a levantar las tribus de Israel. Haré de ti la luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra". Dinamismo misionero. Limitarse a lo del propio grupito, a su clan... es muy poco. Presentemos nuestros corazones abiertos al soplo de Dios! ¡Universal! Jesús, al morir, era consciente de esta necesidad, y por eso ofrece un corazón grande, como el mismo mundo.
Noel Quesson
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Hoy leemos el 2º Canto del Siervo de Isaías. El Siervo es llamado por Dios ya desde el seno de su madre, con una elección gratuita, para que cumpla sus proyectos de salvación: "Me llamó desde las entrañas maternas y pronunció mi nombre".
Dos comparaciones describen al Siervo: será como una espada, porque tendrá una palabra eficaz ("mi boca, una espada afilada"), y será como una flecha, que el arquero guarda en su aljaba para lanzarla en el momento oportuno.
La misión que Dios le encomienda es "traerle a Jacob, reunir a Israel". Más aún, es "ser luz de las naciones, para que la salvación de Dios alcance hasta el confín de la tierra".
En este 2º Canto aparece ya el contrapunto de la oposición, que en el 1º Canto de ayer no aparecía. El Siervo no tendrá éxitos fáciles, y más bien sufrirá momentos de desánimo. De hecho, eso es lo que él piensa, cuando dice: "Yo pensaba: en vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas".
Le salvará la confianza en Dios, pues "mi salario lo tenía mi Dios". Se trata de una confianza que subraya muy bien el salmo responsorial de hoy: "A ti, Señor, me acojo, no quede yo derrotado para siempre, sé tú mi roca de refugio, porque tú fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud".
Jesús es el verdadero Siervo, luz para las naciones, el que con su muerte va a reunir a los dispersos, el que va a restaurar y salvar a todos. También en él podemos constatar la crisis que se notaba en el Canto de Isaías. Jesús no tuvo aparentemente muchos éxitos. Algunos creyeron en él, es verdad, pero las clases dirigentes, no.
José Aldazábal
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El II Cántico del Siervo de Yahveh empieza con la vocación, la llamada y la misión. ¿A quién se dirige? Es difícil identificar al siervo. Podría ser Ciro, podría ser Israel. Pero sea quien fuera, el texto se enmarca dentro de la tradición de la vocación profética. La llamada comienza en las raíces de su existencia.
La vocación es para la palabra, palabra que es como espada afilada; si por un tiempo el siervo estuvo escondido es preciso que hable. Si fracasó en su 1º intento al querer convertir a Israel y mantenerlo unido a Yahveh, también otros profetas fracasaron en su intento. Por lo tanto, la misión sigue en pie y se ensancha.
Israel es un pueblo grande que tiene su papel en la historia universal. Lo que Dios va a realizar en favor de Israel será un acontecimiento internacional, visible para todas las naciones. Israel es "luz de las naciones" y la liberación del pueblo deportado y su fidelidad al Señor serán el testimonio del Dios de Israel, y un llamamiento a los demás pueblos para que se unan a él y se dejen salvar con él.
El NT recoge el v. 6 para evocar la misión de los apóstoles (Hch 13, 47). También Lucas habla de Jesús evocando las palabras de este poema (Lc 2, 32).
Servicio Bíblico Latinoamericano
b) Jn 13, 21-33.36-38
Jesús pone hoy el acento en quien lo va a entregar: "Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar" (v.21). Al ver que, a pesar de su amor, uno de los suyos va a la ruina y a la muerte, Jesús se estremece y los discípulos se quedan sorprendidos "sin poderse explicar por quién lo decía" (v.22).
Se menciona ahora por 1ª vez a Juan como el discípulo predilecto (v.23). Su figura se contrapone a la de Simón Pedro, pues aquél acepta el amor de Jesús y responde a él con su cercanía ("estaba reclinado inmediato a Jesús"). Juan es la figura de la nueva comunidad bajo los rasgos del amigo íntimo, identificado con Jesús. Juan puede permitirse un gesto de total intimidad ("reclinándose, le preguntó", vv. 24-25). Pedro, sin embargo, no está inmediato a Jesús, no comprende su amor ni acepta ser amado (Jn 13, 8).
La respuesta de Jesús no revela el nombre del traidor ni lo señala; Jesús no rompe con el que va a traicionarlo aunque lo señala como "aquél para quien yo voy a mojar el trozo y a quien se lo voy a dar" (v.26). Jesús no ha venido a juzgar, sino a salvar (Jn 12, 47).
Ofrecer a un comensal un trozo de alimento era señal de deferencia. Aquí no se específica de qué es el trozo: Juan juega con la ambigüedad pan-carne; tampoco dice en qué lo moja Jesús, creando otra ambigüedad, la de salsa-sangre.
Lo que Jesús ofrece a Judas es su misma persona dispuesta a aceptar la muerte. Lo invita a rectificar y ser de los suyos, a comer su carne y sangre y unirse a él (Jn 6, 56). Jesús responde al odio con amor, poniendo su vida en manos de su enemigo. Toca a Judas hacer su última opción.
Juan evita decir que Judas comió el trozo (v.27), lo que habría significado la voluntad de asimilarse a Jesús. Más adelante se explicará lo que hace con él: "tomó el trozo y salió en seguida" (v.30). El gesto de amistad de Jesús no encuentra en Judas una respuesta positiva, antes al contrario, aumenta su antagonismo.
Judas se identifica con los principios y valores del sistema. Así, interioriza ("entró en él") a Satanás, el dinero-poder, que lo hace agente suyo y homicida (Jn 8, 44). Jesús ha mostrado a Judas su amor hasta el fin, pero no intenta forzarlo; le ha dejado plena libertad de opción, aun a costa de su propia vida, y Judas se ha dado su propia sentencia; es inútil prolongar la situación ("hazlo pronto"; v.28).
Judas administraba los fondos del grupo (cf 12,6): "Algunos pensaban que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía: "Compra lo que necesitamos para la fiesta", o que diese algo a los pobres" (v.29).
Se dan aquí 2 interpretaciones de las palabras de Jesús, que muestran la falta de comprensión del mensaje por parte de los discípulos. Comprar significa dependencia del sistema económico (como en la prueba de Jesús a Felipe; Jn 6,5), y dar a los pobres fue la propuesta del propio traidor Judas (para el precio del perfume de María de Betania).
Judas sale llevándose el trozo (v.30), la vida de Jesús, para entregarla y entra en la tiniebla ("era de noche"), en el ámbito de los enemigos de Jesús, llevándose la luz, para extinguirla (Jn 1, 5).
Jesús interpreta la salida de Judas, como había interpretado el lavado de los pies (Jn 13, 12). Jesús ha puesto libremente su vida en manos de sus enemigos, por amor al hombre, para salvarlo. Así, manifiesta al máximo su gloria y amor, y que el amor manifestado es el de Dios mismo, tan grande que, traducido por Jesús en términos humanos, llega al don de la propia vida por los hombres.
Cuando salió, dijo Jesús: "Acaba de manifestarse la gloria del Hijo del hombre, y por su medio Dios va a manifestar su gloria y va a manifestarla muy pronto" (vv.31-32). En la 1ª parte (v.31) ocupa el 1º plano la manifestación de la gloria y amor de Dios a través del de Jesús. En la 2ª parte (v.32) se trata de la comunicación a los hombres de ese amor y gloria de Dios (el Espíritu Santo), a través de Jesús. La gloria y amor de Jesús se manifiesta en dar su vida y expresa el amor de Dios al hombre. La de Dios se manifiesta en el don del Espíritu, que se hace por medio de Jesús.
De las palabras anteriores, Pedro ha retenido solamente las que anunciaban la marcha de Jesús (Jn 13, 33): "A donde me voy no eres capaz de seguirme ahora, pero, al fin, me seguirás" (v.36). Pedro no se fija en lo que le toca como discípulo. Jesús le repite lo que ha dicho antes, pero indicándole que en el futuro llegará a seguirlo, pero Pedro no se conforma cuando le dice: "Señor, ¿por qué no soy capaz de seguirte ya ahora? Daré mi vida por ti" (v.37).
Pero se declara dispuesto a dar la vida por Jesús, pero no se da por enterado del mandamiento del amor a los demás; se vincula solamente a su Señor. Vuelve a singularizarse entre sus compañeros, queriendo mostrar a Jesús una adhesión mayor que la de ellos; cree que Jesús no lo conoce suficientemente. No entiende que no se trata de morir por Jesús, sino de dar la vida, con y como Jesús, por el bien de los hombres.
La supuesta generosidad de Pedro manifiesta su profunda ignorancia, pues nadie puede sustituir a Jesús en su función redentora. Siguiendo a Jesús, el hombre no se sacrifica a Dios, sino que se hace don suyo a los demás hombres, así como Dios mismo, por el Espíritu Santo, se hace don para el hombre.
Replicó Jesús: "¿Que vas a dar tu vida por mí? Pues sí, te lo aseguro: Antes que cante el gallo me habrás negado tres veces" (v.38). Como se ve, Pedro ha mostrado su arrogancia y su ignorancia. Además, Jesús no necesita sacrificios por él. Dios no absorbe al hombre, sino que lo empuja a amar. Pedro pretende vincularse solamente a Jesús, sin comprender que éste es inseparable del grupo.
Pedro, que se ofrece a morir por su Señor, al ver derrumbarse su falsa idea de Mesías, acabará negándolo. Su relación con Jesús no es tanto la adhesión a su persona (amor) cuanto al papel mesiánico que le atribuye. Sus negaciones serán indicio de una profunda decepción.
Juan Mateos
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Juan y Pedro formulan hoy a Jesús preguntas al estilo de: "Señor, ¿quién es?", "Señor, ¿adónde vas?", "Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora?". Quién, adónde, por qué. ¿Quién no se ve reflejado en todo ello? Sí, por boca del discípulo amado y de Pedro formulamos nuestras zozobras, nuestras incertidumbres.
Judas interviene de modo no verbal. Primero toma el pan untado por Jesús y luego se va. Participa del alimento del Maestro, pero no comparte su vida, no resiste la fuerza de su mirada. Por eso "sale inmediatamente". No sabe/no puede responder al amor que recibe.
Jesús observa, escucha y responde a cada uno: al discípulo amado, a Judas y a Simón Pedro. La intimidad, la traición instantánea y la traición diferida se dan cita en una cena que resume toda una vida y que anticipa su final. Lo que sucede en esta cena es una historia de entrega y de traición. Como la vida misma.
En este Martes Santo, el evangelio nos ayuda a profundizar en el polo del resentimiento, que ayer apareció insinuado. Este polo está representado por 2 personajes conocidos: Judas ("aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado") y Pedro ("¿con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces").
Lo que más me impresiona del relato es comprobar que la traición se fragua en el círculo de los íntimos, de aquellos que han tenido acceso al corazón del Maestro. Me he detenido en estas palabras: "Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar".
Es muy probable que los que os asomáis diariamente o de vez en cuando a esta sección os consideréis seguidores de Jesús. Yo mismo me incluyo en esta categoría, sin saber a ciencia cierta lo que quiero decir cuando afirmo ser uno de los suyos. La Palabra nos va ofreciendo cada día muchas pequeñas luces para ir descubriendo diversos aspectos del seguimiento. Hoy nos confronta con nuestras traiciones.
El término traición es muy duro, y apenas la usamos en nuestro vocabulario. Hemos buscado eufemismos como debilidad, error, distancia... pero ninguna de estas palabras tiene la fuerza del término original. Hablar de traición supone hacer referencia a una relación de amor y fidelidad frustrada. Sólo se traiciona lo que se ama. ¿Estaremos nosotros traicionando a Jesús a quien queremos amar?
Gonzalo Fernández
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De manera diferente a los sinópticos, Juan narra la reunión de Jesús con sus discípulos para compartir una cena (no hay institución de la eucaristía, pero sí el Sermón del Pan de Vida del cap. 6). Allí les anuncia la traición de uno de sus discípulos y lo identifica porque Jesús le entregará el trozo de pan que ha mojado previamente (en los sinópticos, Judas están mojando el pan).
Judas toma el trozo y en aquél momento, dice el texto, entró en él Satanás. Por eso Jesús le pide que lo que vaya a hacer lo haga pronto. Judas sale sin aprovechar la última oportunidad que el Señor le da para adherirse a él, y obstinado sale a consumar su traición. Jesús interpreta lo sucedido.
Pero no sólo Judas traiciona a Jesús. Pedro, según las palabras de Jesús no es capaz de seguirlo a donde él se va a marchar. Pedro insiste y ofrece su vida por Jesús, a lo que Jesús le replica: "Antes de que el gallo cante me habrás negado tres veces".
Pedro no ha entendido que no se deja amar, ni tampoco deja amar. Quiere que Jesús no muestre el amor por el ser humano. Tampoco comprende el sentido de la muerte de Jesús, muy diferente a su propia muerte que manifestaría su amor a Jesús pero no el amor de Dios al hombre. Seguir a Jesús no consiste en dar la vida por él sino en darla con él, Jesús que muere por todos los hombres.
El carácter de Pedro es explosivo. Recordemos su actitud cuando el Señor va a lavarle los pies. Para Pedro Jesús es el líder de la pequeña comunidad, es el Mesías y su muerte no debe ser como la de los demás hombres y por eso quiere evitarla. No ha caído en la cuenta de que Jesús es el camino, y de que el camino hacia Dios es el camino hacia el hombre.
A Pedro se le ha derrumbado la idea que él tenía de Jesús como mesías, y por eso acaba negándolo. Por muy arrogante que parezca es débil. La negación de Pedro no es una derrota, ni el triunfo de los enemigos de Jesús, porque nadie podrá arrebatar de su mano lo que el Padre le ha entregado (Jn 10, 28).
Quien se identifica con Jesús se identifica con al amor, pero no un amor de sólo manifestaciones externas que se agotan, sino un amor como principio e identidad de vida, un amor que no se agota y que significa entrega, comprensión (1Cor 13).
Severiano Blanco
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Hoy contemplamos a Jesús en la oscuridad de los días de la pasión, oscuridad que concluirá cuando exclame: "Todo se ha cumplido" (Jn 19,30). A partir de ese momento se encenderá la luz de Pascua. En la noche luminosa de Pascua (en contraposición con la noche oscura de la víspera de su muerte) se harán realidad las palabras de Jesús: "Ahora el Hijo del hombre es glorificado, y Dios es glorificado en él" (Jn 13, 31).
Puede decirse que cada paso de Jesús es un paso de muerte a vida y tiene un carácter pascual, manifestado en una actitud de obediencia total al Padre: "Aquí estoy, para hacer tu voluntad" (Hb 10, 9), actitud que queda corroborada con palabras, gestos y obras que abren el camino de su glorificación como Hijo de Dios.
Contemplamos también la figura de Judas, el apóstol traidor. Judas mira de disimular la mala intención que guarda en su corazón; asimismo, procura encubrir con hipocresía la avaricia que le domina y le ciega, a pesar de tener tan cerca al que es la Luz del mundo.
Pese a estar rodeado de luz y de desprendimiento ejemplar, para Judas "era de noche" (Jn 13, 30), y 30 monedas de plata, el "excremento del diablo" (como califica Papini al dinero) lo deslumbraron y amordazaron. Preso de avaricia, Judas traicionó y vendió a Jesús, el más preciado de los hombres, el único que puede enriquecernos. Pero Judas experimentó también la desesperación, ya que el dinero no lo es todo y puede llegar a esclavizar.
Finalmente, consideramos a Pedro atenta y devotamente. Todo en él es buena voluntad, amor, generosidad, naturalidad, nobleza... Es el contrapunto de Judas. Es cierto que negó a Jesús, pero no lo hizo por mala intención, sino por cobardía y debilidad humana.
Pedro lo negó por tercera vez, y mirándolo Jesucristo, inmediatamente lloró, y "lloró amargamente". Pedro se arrepintió sinceramente y manifestó su dolor lleno de amor. Por eso, Jesús lo reafirmó en la vocación y en la misión que le había preparado.
Luis Roque
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Nuestra atención se centra estos días en este Jesús traicionado, pero fiel. Abandonado por todos, pero que no pierde su confianza en el Padre: "Ahora es glorificado el Hijo del hombre; pronto lo glorificará Dios".
A la vez que admiramos su camino fiel hacia la cruz, podemos reflexionar sobre el nuestro: ¿No tendríamos que ser cada uno de nosotros, seguidores del Siervo con mayúsculas, unos siervos con minúsculas que colaboran con él en la evangelización e iluminación de nuestra sociedad? ¿Somos fieles como él?
Tal vez tenemos momentos de crisis, en que sentimos la fatiga del camino y podemos llegar a dudar de si vale o no la pena seguir con la misión y el testimonio que estamos llamados a dar en este mundo. Muchas veces estas crisis se deben a que queremos éxitos a corto plazo, y hemos aceptado la misión sin asumir del todo lo de "cargar con la cruz" y "seguir al maestro".
Cuando esto sucede, ¿resolvemos nuestros momentos malos con la oración y la confianza en Dios? ¿Podemos decir con el salmo responsorial de hoy: "Mi boca contará tu auxilio, porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza"?
Estos días últimos de la Cuaresma y, sobre todo, en el triduo de la Pascua tenemos la oportunidad de aprender la gran lección del Siervo que cumple con radicalidad su misión y por eso es ensalzado sobre todos.
José Aldazábal
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El evangelio nos dice que Jesús se conmovió profundamente y declaró: "Uno de vosotros me traicionará". La traición de Judas causó un gran dolor en el corazón de Jesús. Mientras más crecía el odio de Judas más aumentaban los gestos de amor de parte del Maestro. Al final Judas dejó crecer demasiado el mal que había en él.
Jesús no permanece indiferente ante nuestros pecados. Se conmueve por la ingratitud de los suyos. Así también podemos entender el gozo profundo que él siente cuando hacemos un esfuerzo de arrepentimiento para retornar a su amor. A la luz de esto entendemos mejor el significado de sus palabras cuando dice: "Hay más gozo delante de los ángeles de Dios por un sólo pecador que se arrepiente" (Lc 15, 7).
En el evangelio de hoy encontramos por 1ª vez la expresión "el discípulo que Jesús amaba". Es decir, el nombre con el que Juan se refiere a sí mismo en su evangelio. Reclinar la cabeza sobre el pecho de Jesús es un signo del conocimiento íntimo y profundo que él tenía del Maestro. Juan vive cerca del corazón de Jesús. Este debe ser también nuestro hogar. Veamos toda la realidad, las personas, los acontecimientos, no con ojos humanos, sino con los ojos de Dios.
José Cisneros
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Podemos imaginar la situación en la mesa. "Uno de vosotros me va a traicionar", dice Jesús, pero ¿quién? Seguramente que todos nosotros de haber estado en la mesa hubiéramos dicho a nosotros mismos ¿Será posible que yo sea el que va traicionar al Maestro? Y la verdad es que la respuesta es sí.
Cada vez que, a pesar de que sabemos que lo que vamos a hacer es contra la fe, contra nuestro prójimo, contra Dios mismo, y lo realizamos, estamos actuando de la misma manera que judas, estamos traicionando la confianza de Jesús.
Jesús nos llama amigos, nos ha llamado para seguirlo y para ser un instrumento de su amor y de su gracia, y en lugar de ello preferimos nuestros propios caminos nuestros propios métodos y metas.
El mismo Pedro, que amaba con todo su corazón a Jesús, que decía estar dispuesto a morir por él, lo traicionará no una, sino tres veces. Y es que no tenemos fuerza para ser fieles, aun esta fuerza viene de Dios.
El amor al Maestro y el poder del Espíritu que mora en nosotros, son los únicos elementos que nos hacen ser verdaderamente fieles. Busquemos en estos días, crecer más en el amor, para que el Espíritu se fortalezca y podamos experimentar una Pascua maravillosa.
Ernesto Caro
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Es difícil llegar a comprender la profundidad de los sentimientos de Jesús en vísperas de su muerte. Y es también muy difícil llegar a saber qué pudo sentir su corazón cuando al hecho inexorable de su muerte se añadía la humillación de la traición de los propios compañeros.
Es fácil que el corazón naufrague, cuando se le añade amargura sobre amargura. El grupo de Jesús (su pequeña Iglesia) iba a quedar golpeada por la definitiva ausencia del Maestro. Y a esto se iba a añadir la permanente posibilidad de la traición de los discípulos.
Jesús no excluye a nadie. La traición no es solamente patrimonio de Judas, sino que lo es también de los discípulos fieles. Más aún, la traición puede anidar en el alma de los llamados a ser dirigentes.
Jesús no pierde el ánimo, a pesar de que presiente lo que significa para el grupo su ausencia y la traición. Y entre contradicciones, nos da la lección de que cuando una obra está marcada con la justicia del Padre, éste se encargará, junto con su Espíritu, de no dejarla morir, pese a las amenazas.
Es la fe en su Padre la que lleva a Jesús más allá de la derrota. Y es la justicia de su causa la que mantiene viva su esperanza. Una causa no deja de ser justa porque sea traicionada. El gran peligro de una causa es que pierda en su interior el contenido de justicia y quede así igualada a una causa más de lucha por el poder.
En la Iglesia de Jesús hay que acostumbrarse a vivir con la posibilidad de la traición a Jesús y al evangelio. Pero sobre todo, hay que estar convencidos de que la traición puede generarse en cada uno de nosotros mismos. Cuando lleguemos a olvidar los contenidos de justicia, de misericordia, de perdón, de asunción de la causa de los oprimidos y marginados... no nos extrañemos de que la traición esté rondando nuestra propia casa.
Confederación Internacional Claretiana
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Jesús anuncia hoy a los discípulos que uno de ellos le traicionará. Pero esa traición no será ocasión de muerte sino de vida. La traición será el momento de la glorificación de Jesús. Desde su especial relación con el Padre, Jesús es capaz de entender estos últimos acontecimientos de su vida en una perspectiva salvífica. En realidad, da la impresión de que el mismo Jesús empujó a Judas a la traición.
Quizás, podemos suponer, debió ser el final de un largo proceso. Quizás Judas se sintió traicionado en sus expectativas. Él creía realmente que Jesús era el Mesías. Pero también creía que Jesús se había traicionado a sí mismo, al rechazar a los que habían querido hacer de él un salvador político.
¡Pobre Judas! No había entendido nada. Jesús era capaz de ver ese final en otra perspectiva bien diferente. La pregunta que nos podemos hacer es: ¿con qué ojos leemos los acontecimientos, buenos y malos, de nuestra propia historia.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
La narración de Juan de hoy nos presenta a Jesús acompañado de sus discípulos en torno a una mesa. Durante la cena se desvela que uno de ellos traicionará a Jesús, y se prueba la adhesión de los demás. Es el momento en que Jesús, profundamente conmovido, dice: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.
Aquella confesión, que delataba la deslealtad de uno de los allí reunidos, provocó de inmediato la perplejidad de todos, que se miraban unos a otros sin saber a qué atenerse.
Simón Pedro hace entonces señas al compañero más próximo a Jesús, para que intente averiguar por quién lo decía. Pero Jesús le da una clara indicación: Es aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado. Y untando el pan se lo dio a Judas Iscariote. Detrás del pan
(precisa el evangelista) entró en él Satanás, adueñándose enteramente de su corazón y confirmándole en sus propósitos. Entonces Jesús le dijo: Lo que tienes que hacer, hazlo en seguida.Los demás seguían aturdidos y no entendieron a qué se refería, a excepción de aquel discípulo a quien se le había indicado expresamente quién era el traidor. Casi todos ellos pensaron que se trataba de algún encargo dado al administrador de la bolsa común, como hacer las compras necesarias para la fiesta o las limosnas destinadas a los pobres. Al parecer, no cayeron en la cuenta de que Judas era el señalado como traidor.
Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Es evidente que se sentía delatado, y que Jesús había puesto al descubierto los sentimientos de su corazón. Era de noche, no sólo porque se había apagado la luz del día, sino también porque se había entenebrecido el corazón de Judas, en otro tiempo iluminado y esperanzado por la palabra del Maestro.
Cuando salió el traidor, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. Jesús hace coincidir el ahora de la entrega desleal de Judas con el ahora de la entrega por amor del Padre, que se consuma en el sacrificio del Hijo. Un sacrificio que, por ser el momento en que resplandece en todo su esplendor el amor de la entrega hasta el extremo, es también el momento de la glorificación.
La muerte del Hijo del hombre es ya un momento de glorificación, no sólo porque por ella accederá a la gloria de la resurrección, sino porque en virtud de su potencia redentora le otorgará la glorificación de los redimidos. La glorificación es la obra de Dios, que enaltece al humillado hasta la muerte (y muerte de cruz) dándole el nombre sobre todo nombre y haciendo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo.
Después vendrá la declaración de lealtad de Pedro, hecha más de buenas intenciones que de reales disposiciones. Jesús le hace ver que ahora no puede acompañarle adonde él se encamina, pero que lo acompañará más tarde. Pedro, envalentonado, le replica: Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti.
Jesús le contesta: ¿Con qué darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces. Pedro no había medido el alcance de sus palabras ni de sus fuerzas. Mostraba buena disposición, pero ignoraba las dimensiones de la entrega martirial o de su capacidad para el martirio. Precisamente por eso tendrá tiempo para negarle tres veces seguidas.
En efecto, las palabras proféticas de Jesús se cumplieron, y no sólo porque (conforme a lo predicho) Pedro le negó tres veces, sino también porque le acompañó más tarde, cuando dio testimonio del Resucitado hasta dar literalmente la vida por él con una muerte cruenta (como la de su Maestro) en Roma.
Este testimonio martirial, sin embargo, no fue ya el resultado de un acopio de fuerzas reunidas tras la humillación de las negaciones, sino el efecto de un revestimiento divino que ilumina el entendimiento y fortalece la voluntad otorgado por el fuego de Pentecostés o el Espíritu de Cristo resucitado.
Tanto en la traición de Judas, como en la deficiente adhesión de Pedro, se muestra en toda su desnudez la debilidad del hombre, que acaba siendo esclavo de sus miedos o de sus ambiciones. Judas aparece como un discípulo decepcionado, como alguien que ha visto frustradas las esperanzas que había puesto en su Maestro como futuro libertador de Israel.
Y la frustración le ha llevado a la deserción y a la traición, hasta convertirle en presa fácil en manos de sus enemigos para la ejecución de sus planes homicidas. No haber sido capaz de aceptar humildemente el mesianismo de Jesús, tal como éste lo iba realizando en la historia, le hizo apartarse progresivamente de aquel al que había seguido con entusiasmo como el Mesías esperado. La decepción derivó en Judas en alejamiento, y finalmente en traición.
En este proceso se deja ver la existencia de un corazón atormentado, y la frustración de una vida fracasada por un seguimiento ruinoso. Porque eso es lo que percibe Judas en el desenlace de esta vida que parece inevitablemente abocada al fracaso.
Torturado por la duda, porque con la ejecución de la traición no obtiene la paz deseada, Judas entra en una fase de desesperación que le lleva al extremo tenebroso del suicidio. A Judas le perdió su aislamiento, su encerramiento en sí mismo, y esa autosuficiencia que clausura cualquier horizonte de vida.
A Pedro, en cambio, le salvó la mirada de Jesús y sus lágrimas de arrepentimiento. La una le hizo tomar conciencia de su culpa, y las otras eran simples testigos de su congoja y dolor incontenibles. Esas lágrimas eran el humilde reconocimiento de su propia debilidad, hecha de miedos y temblores, y de su propia cobardía. Pero su derramamiento le purificó el corazón y le salvó de una posible desesperación, como la que acabó anegando el alma de Judas.
Que el Señor nos dé apertura de corazón y lágrimas de arrepentimiento para salir de esas situaciones de postración en las que nos dejan nuestras deslealtades, frutos de nuestros miedos o cobardías.
Act: