Alegría Pascual

.

            La característica más destacada de este tiempo litúrgico es la alegría. La música, el canto, las vestiduras, las lecturas y otros textos, todo en él está orientado a expresar los sentimientos de júbilo. Tal exuberancia encuentra su punto culminante en la aclamación Aleluya, que se oye repetir constantemente. En la noche de pascua, el sacerdote o el diácono la entona tres veces, y el pueblo la repite. Es el heraldo de la buena nueva de la resurrección.

            Aleluya es una palabra de origen hebreo, que significa sencillamente "alabanza a Dios". Es una aclamación que la Iglesia ha heredado del Antiguo Testamento y, por tanta constituye un nexo de unión con la liturgia del templo y la sinagoga. Es difícil captar con precisión su significado en una traducción, puesto que, más que un pensamiento, expresa un sentimiento religioso, evoca una atmósfera particular de alabanza y gozo. Lo ideal sería que el Aleluya se cantara.

            En la tradición occidental se ha perdido bastante la emoción del Aleluya pascual. En las celebraciones de las iglesias ortodoxas, tanto la griega como la rusa, se vive mucho más el gozo espontáneo. Algo parecido se encuentra, sin embargo, en las vibrantes congregaciones de Taizé con motivo de la pascua, de pentecostés o de un fin de semana pascual. Nuestro pueblo ha de ser conducido a un mayor aprecio de aclamaciones como el aleluya; ésta debe llegar a ser una expresión genuina de gozo en la asamblea litúrgica.

            Lo cierto es que el aleluya es la palabra clave en la liturgia pascual y expresa perfectamente la profunda alegría de este tiempo. Por eso no sorprende que los padres de la Iglesia no sólo se refiriesen al aleluya en su predicación, sino que, además, gustaran de exponerlo en sus homilías de pascua. Es característico especialmente en san Agustín, que solía repetirlo una y otra vez en sus sermones. He aquí un ejemplo:

"El aleluya se dice durante estos cincuenta días. Porque aleluya significa alabanza de Dios; por tanto, para nosotros, que estamos trabajando, significa llegar a nuestro descanso. Porque cuando alcancemos nuestro descanso después de este período de trabajo, nuestra única ocupación será alabar a Dios, nuestras acciones serán un aleluya. Aleluya será nuestro alimento, aleluya será nuestra bebida, aleluya será nuestra apacible actividad, aleluya será nuestro gozo completo".

            En el oficio de lecturas para el tiempo de pascua encontramos dos ejemplos más de este tipo de catequesis. Uno se titula Cantemos al Señor el cántico del Amor, y el otro El Aleluya Pascual. Aquí sólo podemos hacer referencia a ellos y recomendarlos a los lectores.

Pregustación de la Gloria

            San Agustín considera el Aleluya como una anticipación de la liturgia celestial; toca él una nota escatológica. Es una consideración muy típica en los padres, y nos introduce en un aspecto importante de la alegría pascual. El gozo del tiempo pascual es anticipación del gozo del reino de Dios. Es un tema constante en Agustín, el cual hace notar: "Esos días santos que se celebran después de la resurrección del Señor significan la vida que vendrá después de nuestra resurrección". San Atanasio, en sus cartas festales, desarrolla este mismo tema:

"Cuando alboree y amanezca sobre nosotros el primer día de la santa semana, festejemos el día santo de Pentecostés. Celebremos el primer día de la gran semana como símbolo del mundo futuro, del cual recibimos aquí garantía de que tendremos vida interminable en adelante. Así pues, una vez que salgamos de aquí, tendremos una fiesta perfecta con Cristo".

            Por tanto, este gozo de pascua es signo y pregustación de felicidad y plenitud futura. No es todavía la realidad plena, sino solamente la primera entrega de aquello que "ni ojo vio ni oído oyó". La fuente interior de este gozo es el Espíritu Santo. Donde hay gozo verdadero está actuando el Espíritu Santo. En los Hechos, por ejemplo, leemos que "los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo" (Hch 13,52). Es como si el uno fuese una necesidad concomitante del otro.

            Si la alegría pascual es pregustación y signo de la que vendrá, lo mismo sucede con nuestra posesión del Espíritu Santo. Lo hemos recibido verdaderamente; él ha entrado, en efecto, en nuestras vidas. Su presencia es prenda de la bienaventuranza que se nos ha prometido. San Pablo gusta describir esta presencia del Espíritu como prenda o garantía. El es "prenda de nuestra herencia para el rescate de la posesión que él se adquirió para alabanza de su gloria" (Ef 1,14). También se refiere a él el Apóstol como primicias: "Nosotros tenemos las primicias del Espíritu" (Rom 8,23).

            Por eso en las oraciones del misal pedimos a menudo a Dios que nos conduzca a ese gozo ilimitado y eterno. Como primer ejemplo cito la oración del miércoles de la octava de pascua: "Oh Dios, que todos los años nos alegras con la solemnidad de la resurrección del Señor, concédenos, a través de la celebración de estas fiestas, llegar un día a la alegría eterna". Cristo es el buen pastor que conduce su rebaño a los pastos eternos; por eso pedimos al Padre: "Concédenos la alegría del reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su pastor".

            El gozo pascual se experimenta con particular intensidad en la celebración eucarística, tanto en la ofrenda de los dones como en la comunión. Así se expresa la oración sobre las ofrendas para el domingo de pascua: "Rebosantes de gozo pascual, celebramos, Señor, estos sacramentos en los que tan maravillosamente ha renacido y se alimenta tu Iglesia". Semejante a ésta es la del lunes de la segunda semana: "Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia, exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar también del gozo eterno".

            Tenemos ahora las primeras flores; ¡esperemos los frutos maduros! El tema constante es del gozo presente a la plenitud futura: "Recibe, Señor, en tu bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, renovados por la fe y el bautismo, consigamos la eterna bienaventuranza. Y también: "Concede a estos hijos tuyos que han recibido la gracia incomparable del bautismo poder gozar un día de la felicidad eterna.

            La eucaristía nos conduce a la meta, que es la "gloria de la resurrección". Esto refleja la enseñanza de Cristo. "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,54). La liturgia romana refleja la persuasión del estrecho vínculo que existe entre la comunión sacramental y la resurrección de los cuerpos, como se desprende de la siguiente oración:

"Que la participación en los sacramentos de nuestra redención (redemptionis nostrae sacrosanta commercia) nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías eternas. Concédenos, Señor, que la celebración de estos misterios pascuales nos llene siempre de alegría, y que la actualización repetida de nuestra redención sea para nosotros fuente de gozo incesante".

            Ya poseemos la vida eterna, por lo menos de manera parcial o inicial. De ello nos alegramos, aunque nuestro gozo sea limitado de varias maneras por nuestra condición humana; por dolores, como en la pérdida de los seres queridos; pruebas interiores y exteriores, y por nuestra lucha constante contra el pecado. Esto nos lleva a hablar de la cruz.

Victoria de la Cruz

            Cuando Jesús se apareció a sus discípulos la tarde del primer domingo de pascua, les "mostró las manos y el costado" (Jn 20,20). Les mostró sus llagas, que permanecían en su cuerpo glorificado. La pasión y la cruz no se olvidan después de la resurrección. Tampoco borra la Iglesia la memoria del Calvario durante el tiempo de pascua. La cruz se conmemora incluso en la liturgia. En el Oficio de Lecturas tenemos algunas hermosas homilías patrísticas que tratan de la cruz y la pasión. El viernes de la segunda semana de pascua, san Teodoro Estudita nos dice:

"Este madero, en el que el Señor, cual valiente luchador en el combate, fue herido en sus divinas manos, pies y costado, curó las huellas del pecado y las heridas que el pernicioso dragón había infligido a nuestra naturaleza".

            El signo de la cruz no se pierde de vista en el tiempo de pascua. Sigue presente, aunque transfigurado por la luz de la gloria pascual. Se conmemora particularmente en los viernes de pascua, pero hay alusiones a él aquí y allá también los demás días. Nos referimos a otras dos citas de los sermones sobre la pasión que se encuentran en la Liturgia de las horas. Uno de ellos pertenece a san Efrén, y su título es La cruz de Cristo y la Salvación del Género Humano. Está propuesto para el viernes de la tercera semana; el otro es de san Cirilo de Alejandría, y se titula Cristo entregó su Cuerpo por la Salvación de todos; se encuentra en el oficio del sábado de la tercera semana. La intención de estos padres no es suscitar sentimientos de compasión, sino más bien fortalecer la fe en el poder vivificante que emana de la cruz.

            La cruz no está ausente de la celebración de pascua; como tampoco está nunca ausente de nuestras vidas. No hay una época cerrada para el sufrimiento, ni existe tiempo en que no se nos exhorte a llevar nuestra cruz. Pero no debemos desanimarnos. El gozo no sólo puede coexistir con el sufrimiento, sino que incluso tiene cierta afinidad secreta con él. Las vidas de los santos son testimonios vivos de esta afirmación. Ellos experimentaban gran alegría y al mismo tiempo gran sufrimiento, porque conformaban sus vidas con la cruz de Cristo. El papa Pablo VI, en su exhortación apostólica Gaudete in Domino, dedica una sección entera a la "alegría en el corazón de los santos". En ella muestra cómo los santos dan testimonio de que "el combate por el reino incluye necesariamente el paso a través de una pasión de amor". Todos los seguidores de Cristo sostienen el mismo principio: "Por la cruz a la luz (per crucem ad lucem), y de este mundo al Padre, en el soplo vivificador del Espíritu".

.

VINCENT RYAN, Sydney, Australia

.

 Act: 04/05/20       @tiempo pascual            E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A