Semana V de Pascua

Viajes I y II de San Pablo

Murcia, 3 mayo 2021
Manuel A. Martínez, doctor Ingeniero Naval

           "Yo te envío a los gentiles para que les abras los ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios". Esta orden, recibida cuando aquella bendita revelación le había cegado los sentidos, consumía las entrañas de Saulo como un fuego devorador. Los conatos evangelizadores de Damasco y de Jerusalén se habían saldado con 2 cruces de sabor amargo. Pero eran cruces estimulantes, purificadoras, redentoras; cruces livianas, por estar compartidas con el Salvador, y cuyo lastre reclinaba sobre la Cruz del Gólgota, no sobre los hombros del apóstol. Éste no se sentía amedrentado por ellas; al contrario: le daban alas, y soñaba con anunciar la buena noticia de la salvación, hablar del Mesías, proclamar su vida, su mensaje, su muerte, su resurrección... a diestro y siniestro, a la vuelta de la esquina y en lugares recónditos y lejanos, en su casa y hasta en el último rincón del mundo. No. Las persecuciones no le encogían, sino que más bien le estimulaban, le avivaban su celo.

           Para Saulo, el bando gentil lo integraban quienes desconocían, o rechazaban o no amaban a Cristo Jesús. La gentilidad que más laceraba su alma era la de Israel, su pueblo. Su ánimo se inclinaba por instinto hacia sus hermanos hebreos. Conectar con ellos no resultaría tarea difícil, pues no ignoraban los actos del divino Nazareno, que habían impactado, y aún vivían miles de testigos de aquellos memorables sucesos. La Resurrección había causado estupor tanto entre los que aceptaban su autenticidad como entre los que la consideraban una patraña inventada por los discípulos. No moraba nadie en aquel país que no se hubiera embebido en los acontecimientos que marcaron el comienzo de la nueva historia. Los recuerdos de la primavera de aquel reciente año 30 aún sobrevolaban en el ambiente, para bien o para mal.

           Pero más allá de la frontera israelita, ¿a quién podía atraer la historia de un insignificante judío? ¡Si Israel no era más que un punto minúsculo, perdido y despreciado en aquel vasto Imperio! Además, ¿qué podía esconderse tras la vida de un operario aldeano que había predicado durante tres años una doctrina extraña y de difícil cumplimiento, y al que, para colmo, habían liquidado ignominiosamente en una cruz?

           Y lo más grave del asunto: no sólo había que hablar del Crucificado, llevar su nombre hasta los confines del orbe, sino proclamar su amor como causa única de salvación y su evangelio como norma y pauta de conducta modélica, ecuménica, universal. ¡Qué disparate! Saulo, desde luego, sabía de estas trabas, sobre todo cuando dijo que "Dios ha querido salvar a los creyentes por la locura de la predicación", y eso que "los judíos piden milagros, los griegos buscan ciencia, y nosotros predicamos a Cristo Crucificado; escándalo para los judíos, locura para los griegos".

           Indudablemente, ¡un escándalo para los judíos! ¿Con qué osadía se atrevería a identificar con Dios a un vecino de Nazaret que, tras exponer públicamente una extravagante filosofía, había sido detenido, juzgado por el Sanedrín, condenado al unísono por una plebe enloquecida, e, impotente para escapar de las manos de sus verdugos, moría lamentablemente en un leño seco? ¿Aquel reo ajusticiado en el Gólgota era Dios? ¿Quién había conferido a los hombres poder bastante para torturar al Dios todopoderoso, creador de cielo y tierra? ¡Qué escándalo! ¡Qué vergüenza! ¿Cómo sería capaz de defender tan insostenible tesitura?

           ¡Y para los gentiles, una locura! ¡Una monstruosa locura! A los judíos, al menos, se les había profetizado la venida de un mesías, portador de paz y esperanza, y Éste lucía ciertos rasgos de autenticidad. Pero ¿qué esperaban los gentiles? ¿Era sensato proponer como Dios Todopoderoso a un carpintero, a un pobre aldeano, a un sencillo trabajador? ¿Que el Dios en quien debían creer era el Crucificado entre dos ladrones, cual vulgar reo? ¡Qué delirio! ¡Qué barbaridad!

           Sin embargo, Saulo, el prometedor rabino, el discípulo brillante y sobresaliente de Gamaliel, y una de las mentes más preclaras de Israel (y firme candidato a los más altos cargos del pueblo) se entregó a esta extravagante causa en cuerpo y alma, sin descanso. Los tonos grises no tenían cabida en su vida y se daba apasionadamente a sus ideales. Y el divino Aparecido en la llanura de Damasco aquel mediodía sirio era el más noble ideal que jamás hubiera soñado. La locura aparente de la Cruz la percibía como la fuerza más prodigiosa de cordura y sensatez, a la luz del Crucificado. Tiempo después, enseñaría Pablo a los engreídos: "La necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina es más fuerte que la fuerza de los hombres".

           Para persuadir con sus palabras, él mismo confesaba emocionado su visión cerca de Damasco y la transformación que se iba operando paulatinamente en su vida merced a la gracia del Redentor. Contagiaba la felicidad con que inundaba su alma la fe naciente. Y anunciaba a voces, a los 4 vientos, a tiempo y a destiempo, los anhelos ardientes que brotaban de su corazón.

a) Tarso

           Los comienzos transcurrieron en la sombra y no se sabe gran cosa sobre los pormenores. Ciertamente su actividad debió ser muy reducida, limitada, anodina. Sin duda emprendió la noble tarea del retiro, del autoencuentro personal, de la oración, para así proceder al inicio en la carrera ascética, único camino que conduce a la mística y al descubrimiento de los misterios de Cristo, de Dios y de su Reino de Amor, bases indispensables para irradiar afectiva y efectivamente el evangelio.

           Tras su turbulenta y pasajera estadía en Jerusalén, regresó a Tarso, su ciudad natal. Aquí moraría unos 3 años, desde el 40 al 43. ¿Qué acogida se le dio? En sus escritos jamás mencionaría la crónica de esta estancia en Tarso. Quizás consagró estos años ocultos al silencio, al recogimiento, al perfeccionamiento espiritual y teológico. Aquí, como en Arabia y en Jerusalén, el Señor debió aparecérsele más de una vez y le siguió instruyendo. Y le descifró el evangelio del sufrimiento y del dolor, así como su inconmensurable valor redentor.

           Mas estos años de Tarso sí supusieron una preparación para su 1ª y gran misión. Saulo iba a salir de la oscuridad, del sosiego, para lanzarse a uno de los lugares más fervorosos y vivos de la Iglesia naciente: Antioquía de Siria.

b) Antioquía

           Antioquía, gran metrópoli del Imperio y enormemente rica y elegante, estaba edificada a los pies del montañoso Silpio, y se abría sobre una fértil vega siria, a orillas del río Orontes, que en 25 km llegaba al mar y que ofrecía el único espacio posible para cruzar de norte a sur, a través de la costa mediterránea. Contaba 50.000 habitantes y se igualaba en suntuosidad y belleza a las más grandes metrópolis orientales. Ciudad bulliciosa día y noche, centro mercantil de relaciones fructíferas, era renombrada por su cultura, sus monumentos y su vida licenciosa. La clase alta la constituían los griegos, y las clases media y baja, los orientales (sobre todo los nativos sirios); había asentada una nutrida colonia judía, con su propio etnarca, que mantenía buenas relaciones con los griegos. También en Antioquía residían numerosos fieles, muy activos: los que se habían dispersado a raíz de la persecución suscitada por la muerte de Esteban (entre ellos, Pedro, el primado de los apóstoles). Pero sólo habían instruido a judíos. Pedro acababa de retornar a Jerusalén, abandonando la sede antioqueña.

           Había entre éstos, no obstante, algunos conversos procedentes de Chipre y de Cirene que, venidos recientemente a Antioquía, predicaban también a los griegos, anunciando al Señor Jesús. La mano de Dios se palpaba en ellos y un crecido número recibió la fe y se convirtió. Esta noticia había congratulado y preocupado, a la vez, a Pedro; de manera que, nada más llegar a Jerusalén, informó de las perspectivas de expansión que se abrían para la Iglesia, junto al riesgo de deformación del mensaje que de tal suceso se derivaban. Pues la ortodoxia al evangelio primaba sobre la cifra de los adeptos. Y puesto que él supervisaba las nuevas comunidades, decidió enviar hasta Antioquía a Bernabé, hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Corría el año 43.

           Cuando comprobó Bernabé la gracia de Dios derramada sobre los antioqueños, se entusiasmó sobremanera. Les exhortaba a permanecer con corazón firme unidos al Señor, y multitudes abigarradas de gente se agregaban incesantemente al Camino. Observando Bernabé el inmenso trabajo que le caía encima, decidió buscar refuerzos. Se acordó de Saulo, y partió hacia Tarso en su búsqueda; y hallándole, le condujo hasta Antioquía.

           Por espacio de un año evangelizaron juntos, instruyendo a una crecida muchedumbre. Las conversiones proliferaban como lluvia temprana de primavera. La actividad, ingente, desbordaba sus afanes. Saulo, encantado, se entregó a la tarea con toda su alma, sin tregua ni descanso. Tanto trabajaron Bernabé y Saulo en Antioquía, en su estreno apostólico, que allí se comenzó a señalar a los discípulos con el nombre de cristianos: ¡Cristianos, los de Cristo! Catorce años llevaban consagrados al evangelio los demás Apóstoles, pero a sus seguidores les llamaban nazarenos. Hubo que esperar a la llegada de Saulo a Antioquía de Siria, a su irrupción apostólica (cual huracán que devasta cuanto pilla a su paso), para que al seguidor de Jesucristo se le identificara como hoy, 2.000 años después: cristiano. Eusebio de Cesarea subraya en su Historia Eclesiástica que el nombre cristiano brotó de la Iglesia de Antioquía "como de una fuente caudalosa y fecundante".

           ¡Qué bien evangelizaba este "siervo de Cristo Jesús"! Con sólo un resoplo salido de sus labios, las rocas se fundían como cera; ante su mera presencia, se agitaban las aguas marinas, provocando tempestades, y se empequeñecían y acobardaban las fuerzas del espacio. Su predicación, desde luego, constituye un modelo para el cristianismo posterior a él. Y era extremadamente sencilla. Su buen amigo, Lucas, nos ha legado un sugerente testimonio escrito, en el libro de Hechos, de un esquema de los sermones-tipo de Saulo que puede leerse en apenas 2 minutos.

           En tan breve tiempo, Saulo refería los elementos básicos de aquella evangelización decisiva para el nombre cristiano: 1º los antecedentes históricos judíos de la encarnación de Jesucristo; 2º el cumplimiento en él de las profecías anunciadas por el AT; 3º el hecho, histórico y misterioso a la vez, de su muerte y resurrección; 4º la salvación o anuncio del perdón de los pecados gracias a dicho misterio. De ellas, 2 veces citaba la muerte de Jesús, y 4 su resurrección, en sólo 2 minutos. Con razón matizaba Lucas que, a continuación de tan inaudita homilía, los oyentes suplicaban a Saulo que les siguiera hablando "sobre aquellas cosas" el sábado siguiente, que muchos se convirtieron, y que "les persuadía a perseverar fieles a la gracia de Dios".

           Ya después, en la rutinaria vida de comunidad, Saulo explicaría a los neoconversos que creer en Cristo implicaba un cambio de vida, una profunda revolución del espíritu, tanto individualmente, como familiar y socialmente: "Los que creen en Dios, que traten de sobresalir en la práctica de las buenas obras. Esto es bueno y provechoso para los hombres". Creer en Cristo significaba, pues, revestir a Cristo, adoptar sus costumbres, su modo de ser, de pensar y de obrar, aceptar su evangelio y sus mandamientos.

           ¿Y cómo se lanzaba Saulo a la tarea evangelizadora? Partiendo de su axioma motivador: "Cuando me reconozco débil, entonces soy fuerte. Así, alegremente me gloriaré de mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo".

           Ahí se escondía el secreto de su fortaleza, de su éxito: en reconocer humildemente su debilidad, incluso en alegrarse de ella, para permitir que la supliera el Infinito poder del Señor Jesucristo. En él se abandonaba, confiado, como dócil y obediente soldado, como instrumento flexible, como barro en manos del alfarero. Iba adonde le enviaba, cómo y cuándo él quería. A veces, las circunstancias trazaban su destino; otras veces, el Maestro intervenía directamente en visiones o en sueños. Y acataba las órdenes sin titubear, sin pestañear siquiera, sin dudar un segundo y sin exigir explicaciones.

           Caminaba siempre adelante, fija la mirada en el azul del espacio infinito. Nada le intimidaba: ni las muchedumbres, ni las distancias, ni los obstáculos. No excluía a nadie de su horizonte: ricos y pobres, griegos y bárbaros, sabios y legos. O como él mismo decía: "Yo me he hecho todo a todos, para ganarlos a todos".

           Mas sentía predilección especial y debilidad por los humildes; además, éstos constituían la inmensa mayoría y la más abierta al evangelio; pues los consideraba más capacitados que ninguno para intuir los misterios y entresijos de la divinidad, para penetrar la luz de Cristo:

"Mirad, hermanos míos, que entre aquellos que habéis sido llamados no hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos o nobles. Dios ha escogido a los necios para confundir a los sabios; a los débiles para confundir a los fuertes; lo vil y despreciable para reducir a la nada a los que se tienen en algo".

           Las primeras semillas del cristianismo germinaron en gente sencilla (obreros, agricultores, artesanos, amas de casa, esclavos...), en el telón de su estreno. Saulo gozaba con ellos, la mayoría sin cultura, sin riquezas y sin dignidad. A ellos descendía, entre ellos vivía, con ellos trabajaba. Pero no despreciaba a los ricos, a los poderosos. Nunca actuó como un sectario revolucionario, y por ello también los ricos poseían un alma que salvar:

"A los ricos de este mundo recomiendo que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas, sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y liberalidad; así irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera".

           Por eso, todos cabían en su corazón, que así se asemejaba al Corazón de Cristo. Y por él, con ellos y entre ellos, trabajó con denuedo, ejemplarmente. Durante los primeros años tras la aparición de Damasco, adquiriendo experiencia en la anodina labor local de la conquista lenta, la formación, la oración. Tras su llegada a Antioquía, tramando un proyecto que le privaría de reposo: el de peregrino, y no sólo regional o nacional, sino audazmente internacional. Se iba obsesionando por sembrar la Buena Nueva, por convertir y convencer a la Creación entera, la cual, cada día que pasaba, se le antojaba más pequeña a sus afanes. Durante un cuarto de siglo, a partir de ahora, llevará esta vida ambulante, interesándose por la salvación de las almas y repitiendo con el mismo entusiasmo y la misma convicción su gran sueño de conquista.

c) Primeras andaduras

           Por aquellos días, bajaron unos profetas de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, llamado Ágabo, sin duda movido por el Espíritu Santo, se levantó y auguró que una hambruna azotaría el orbe. Esta profecía se cumpliría hacia el año 49-50, primero en Grecia y después en Roma, aunque Flavio Josefo la sitúa entre el 46 y 48. Sea cuando fuere (problema que aquí no nos ocupa), lo cierto es que, en el jardín de los discípulos de Antioquía, de las semillas depositadas por la profecía de Ágabo brotaron rosas rojas de amor. Y con objeto de paliar la escasez anunciada, resolvieron enviar recursos a Jerusalén, cada uno según sus posibilidades, por manos de Bernabé y Saulo. Se trataba de un delicado gesto de solidaridad, consecuencia del espíritu evangélico que hacía vibrar el generoso corazón de aquellos neófitos antioqueños.

           De modo que Saulo, acompañando a Bernabé, regresaba de nuevo a Jerusalén para llevar a cabo la misión humanitaria a ellos encomendada. Corría el año 44.

           Buscaba corresponder al amor, amando; más aún: buscaba provocar amor, amando. Enseñaba la prioridad de amar sobre ser amado, la necesidad de amar aun no siendo amado. Había experimentado que el amor transforma áridos desiertos en fértiles oasis, y los corazones de piedra, impermeables, arrugados y secos, en corazones esponjosos de carne, tiernos y sensibles. Para que en un alma germinara la gracia del Señor, debía abrirse antes al amor, pues Dios es amor. Dios es el Amor con mayúsculas.

           Mas su sorpresa fue hallar a los hermanos de Jerusalén sumergidos en un mar de ahogo y desolación. Los apóstoles habían abandonado recientemente la ciudad y sólo quedaban en ella los presbíteros. Todo, por culpa del rey Herodes II de Judea. En efecto, Herodes II (Agripa), nieto de Herodes I (Antipas), desde bien joven había procurado ganarse el favor del emperador de turno, propósito que logró plenamente, pues tanto Tiberio como Calígula como Claudio le acogieron cordialmente. Llegó a ostentar la titularidad de una de las monarquías más poderosas de aquella época. Sin embargo, no gozaba Agripa de buena reputación entre sus súbditos, por la disconformidad de éstos con la servil e irracional complacencia que el rey dispensaba a Roma; más le ponderaban como títere, como fantoche o como ridícula marioneta, que como soberano respetable.

           La estupidez suele aliarse con frecuencia con la sinrazón, generando estulticia; en Herodes II era lo habitual. Deseando congraciarse con su pueblo, y al advertir la enemistad de éste con los cristianos, decretó una absurda persecución contra éstos. Aunque su ruin proceder a la postre no conseguiría mejorar su flaca fama, echó mano de algunos con el mero capricho de maltratarlos y ensañarse con ellos en público. En sus garras cayó Santiago el Mayor, uno de los predilectos del Señor, al que el tirano mandó decapitar a espada antes de la Pascua del 44. Santiago se constituía así en el protomártir del Colegio Apostólico, cumpliendo la promesa que había hecho al Señor de beber su mismo cáliz.

           Viendo Agripa que su brutalidad divertía a la plebe, ordenó también prender a Pedro, el pastor supremo de la Iglesia. Corría la fiesta de los Ázimos cuando lo apresó. Lo encarceló, confiado a cuatro escuadras de cuatro soldados cada una para que lo custodiasen, con intención de presentarlo ante el pueblo tras la Pascua y ejecutarlo. No obstante, Pedro escapó por puro milagro de la trágica suerte de Santiago y emigró a Roma, lejos de los vasallos de Agripa. Mas la guerra se había declarado en toda regla. Tras la Pascua, Herodes II, estando adornado con espléndidas vestiduras, delante de una tribuna, dirigió la palabra al pueblo; mientras la gente aplaudía con frenesí su discurso, un ángel del Señor lo hirió de gravedad, narra la Escritura, y, convertido en pasto de gusanos, expiró. Señalaba el historiador Flavio Josefo los síntomas de su mal: graves e intensos dolores intestinales. Quizás, una úlcera de duodeno o de estómago; o tal vez una apendicitis aguda perforada, el antiguo cólico miserere.

           En esta situación concreta de aflicción y congoja provocada por Herodes II Agripa se hallaba sumida Jerusalén, cuando llegaron Bernabé y Saulo con su misión humanitaria. Un crepúsculo escarlata cubría la ciudad y la envolvía en un ambiente desapacible, irrespirable, sanguinolento; por ello, la recepción se vio envuelta de tinieblas, de escondrijos oscuros, de silencio recalcitrante. Y apenas hubieron compartido y repartido ellos los frutos de la caridad antioqueña, que servirían para paliar los limitados recursos de cuantos permanecían acosados por la feroz hostilidad del monarca, fueron aconsejados que abandonaran inmediatamente la ciudad, sin dejarse ver siquiera.

           Bernabé y Saulo, obedeciendo los ruegos de los hermanos, no tuvieron otra alternativa que regresar a Antioquía. Llevaron consigo a un tal Juan Marcos, primo de Bernabé y quien años más tarde, residiendo en Roma con Pedro, escribiría el 2º evangelio de Jesucristo.

           Sin embargo, este súbito viaje, a pesar de su brevedad, había impactado a Saulo: ¡Santiago, uno de los discípulos preferidos del Señor, brutalmente asesinado por sus propios compatriotas! ¡El galileo, Pedro, el 1º y primado de los apóstoles, encarcelado para sufrir igual fin que Santiago, y obligado a recorrer un largo viaje, como mejor recurso! ¿Qué sucedería con los demás? ¿Qué sería de él? Pero el infortunio no amilanó su coraje. Al contrario, lo fortaleció, como dejó por escrito más tarde:

"¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Por tu causa somos muertos cada día, tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a Aquél que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro".

           Ya reestablecido en Antioquía, y poco después, la voluntad de Dios se iba a manifestar nítidamente al apóstol. Había en la Iglesia de Antioquía 5 maestros (Bernabé, Simeón Níger, Lucio el Cirenense, Manahén y Saulo) que representaban el consejo pastoral de la Iglesia antioqueña, todos ellos judíos helenistas (aunque Saulo se consideró siempre hebreo, nunca helenista). Y un día que estos 5 maestros se hallaban reunidos para la oración, celebrando el culto del Señor y ayunando, el Espíritu Santo les reveló:

—Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado.

           ¿Y para qué obra estaban llamados? ¡Aquella que Saulo soñaba dormido y hasta despierto! ¡La fundación de lejanas iglesias! ¡La evangelización de remotos países, en territorios desconocidos, donde el nombre de Cristo aún no había sido pronunciado! ¡La hora que tanto ansiaba Saulo llegaba, por fin!

           Un seco escalofrío sacudió a Saulo, y en su organismo se percibía el temblor y la emoción incontenida que provocaron este mandato. Hacía tiempo que anidaba en su alma, bullía más bien, un propósito que solamente este mandato lograba apaciguar; pues para satisfacer sus anhelos no deseaba él tomar la iniciativa por propia cuenta, esperando que fuese una misión delegada; así actuaría por puro encargo del Señor, como embajador suyo, nunca bajo la sospecha del capricho personal.

           De manera que estalló jubiloso, radiante de gozo, feliz. ¡Sus sueños, al fin, tomaban visos de realidad y se vislumbraban en el horizonte contorneados de figuras de carne y hueso! Además, sus amados hermanos en la fe habían elevado continuas preces al Cielo, habían mortificado su cuerpo sin piedad y ayunado con esta sola intención. Habían depositado una gran esperanza en esta embajada. No les estaba permitido ahora, a Bernabé y a Saulo, defraudarles. Debían coronarla con éxito. Consecuentemente, con toda pompa y con gesto solemne, impusieron las manos sobre los 2 elegidos, implorando la bendición de Dios sobre sus esfuerzos y rogando al Señor para que cumplieran dignamente el encargo. Por último, les dejaron solos, confiados a la Providencia. Corría el año 45.

           Antioquía iba así a constituirse en el centro y origen del equipo apostólico más fructífero y espectacular de la historia del cristianismo, por la delegación encomendada a estos 2 sencillos hombres (Bernabé y Saulo) que sintieron necesidad de encomendar al Espíritu Santo que moviese los corazones de aquellos fieles, y que cubriese su incapacidad e impotencia. Como explicó el propio Pablo más adelante:

"Yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a manifestaros el testimonio de Dios, pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios".

           Antes de lanzarse improvisadamente a la obra, oraron. Oraron y, asistidos por el Espíritu Santo, estudiaron minuciosamente el plan más natural a seguir. Ellos no habían nacido para encerrarse en un rincón: su patria carecía de fronteras y abarcaba la humanidad entera. Por eso su corazón palpitaba con ansias de invadir la tierra. Mas pronto se pusieron de acuerdo en que una difusión sensata del evangelio debía abordarse dentro de un marco geográfico netamente delimitado, lo cual facilitaría y optimizaría su trabajo.

           Lógicamente, hicieron coincidir dicha delimitación con la del Imperio Romano. Dentro de sus fronteras y situando el punto de partida en Antioquía, la expansión de las actividades debía programarse de este a oeste, es decir, en la periferia del Imperio, casi en la línea de demarcación entre el mundo grecorromano y el mundo oriental propiamente dicho. El Mediterráneo, situado en el núcleo del Imperio, enlazaba físicamente las diversas regiones que lo bordeaban. Multitud de razas se superponían en el contorno de este gigantesco lago, frecuentándose los contactos e intercambios entre las poblaciones costeras. La cuenca mediterránea ofrecía un lugar geográfico delineado y delimitado por la naturaleza. Las ciudades más influyentes y desarrolladas se hallaban en la costa o en sus inmediaciones, eje del progreso, de la prosperidad, de la civilización y de la cultura: Roma en Italia, Alejandría en Egipto, Antioquía en Siria, Éfeso en Asia Menor, Corinto en Acaya...

           Por otra parte, el Imperio Romano les ofrecía la ventaja de una red de comunicaciones insuperables. Las diversas provincias imperiales estaban enlazadas entre sí y con Roma mediante una red de vías terrestres y marítimas. En Europa, 2 grandes calzadas merecían mención especial: la Vía Apia y la Vía Egnacia. La Vía Apia unía Roma con Tarento y Brindis, con Neapolis (Nápoles) y Putéolos. La Vía Egnacia enlazaba Durazzo (mar Adriático) con Neapolis, Tesalónica, Filipos y Bizancio (mar Negro).

           Asia Menor disponía de una red vial más antigua y todavía más expandida. La arteria principal partía de Éfeso, y por la Anatolia (Laodicea, Hierápolis, Colosas, Pisidia...) y Capadocia (Iconio, Cesarea, Lystra...) llegaba al monte Tauro, atravesando las puertas Cilicias para llegar a Tarso. La Vía Regia comunicaba las grandes ciudades de Esmirna, Éfeso y Sardes con Frigia y Capadocia, de donde torcía hacia el Tauro y alcanzaba la región del Éufrates. Una 3ª vía costeaba el litoral anatolio conectando las ciudades marítimas, desde Cízico en la Propóntide hasta Tarso en Cilicia. Los viajes por tierra eran incómodos, lentos, interminables; la gente modesta los efectuaba a pie, con los vestidos remangados y con el mínimo equipaje, protegidos de la lluvia por un abrigo, recorriendo un promedio de 30 km al día. Los más pudientes podían descansar en el lomo de una mula o de un caballo, o acomodarse en carruajes tirados por 2 caballos. Lejos de las grandes arterias y en las cadenas montañosas, con alto riesgo de pillajes, nadie aconsejaba desplazarse.

           Y no sólo existían grandes posibilidades de comunicación terrestre, sino también marítima. La flota del estado y los navíos mercantes surcaban el Mediterráneo en cualquier dirección. La navegación era particularmente intensa en la parte oriental, a lo largo de las costas de Grecia, Asia Menor, Siria e Israel. Corinto, Tesalónica, Esmirna, Éfeso, Antioquía y Alejandría poseían grandes puertos comerciales. Los armadores y los capitanes fletaban pasajeros y carga. Los barcos de cabotaje, de casco con formas muy redondeadas, bajos de borda, sin puente, con travesaños o pasarelas, a veces disponían de minúsculos refugios en proa o en popa para proteger de la intemperie a los personajes que navegaran a bordo; apenas disponían de 20 remos, que se manejaban por libertos o por ciudadanos libres cuya única misión marinera consistía en colocar el navío a favor del viento, nunca en impulsarlo en navegación abierta. Aún no se había inventado el timón, y el timonel guiaba el navío sirviéndose de un canalete o remo de pala muy ancha, postiza y ovalada, que permitía bogar sin escálamo ni chumacera. Se navegaba habitualmente durante la noche, a la luz de la luna y de las estrellas, al levantarse con fiereza los vientos, y se tendía a la navegación costera por la incertidumbre, el descontrol y el peligro que suponía adentrarse en alta mar.

           En aquel tiempo, la gente se hacía frecuentemente a la mar: por negocios, en peregrinaciones religiosas, para el servicio del estado, y también en plan de aventura o por el mero placer de visitar países lejanos, extraños e inexplorados.

           La gente humilde, como Saulo, viajaba en la cubierta del barco, al aire libre y mezclada con la tripulación. El precio exigido para el transporte era modesto; con frecuencia, bastaba incluso con ayudar en las faenas y maniobras de a bordo. El número de pasajeros, siempre imprevisible en el momento de la partida y a veces considerable (hasta 600 se admitían en algunos buques cargueros mixtos), hacía incómoda la travesía. La duración del viaje en un mismo trayecto variaba según la estación del año, los vientos, la visibilidad. De Egipto a Italia había que calcular 10 días, tal vez un mes, tal vez más. Plinio anotará en su Historia Natural que durante la estación muerta, entre el 10 de noviembre y el 10 de marzo, prácticamente se interrumpía la navegación y no se reanudaba hasta la primavera.

           El viaje por mar suponía, en sí mismo, un acontecimiento incluso para quienes no lo emprendían, pues las familias al completo y los amigos escoltaban al pasajero que se marchaba hasta el puerto, y allí permanecían con él hasta que los vientos favorables permitían zarpar al barco.

           La lengua más universalmente hablada en cualquier ciudad era el griego, el griego koiné (lit. corriente). Cualquier simple mozo, artesano o negociante hablaba el griego en el más recóndito rincón del Imperio, lo cual contribuía a crear lazos comunes y una sólida unidad. Empero, en los medios rurales subsistían los esotéricos dialectos indígenas: el celta en las Galias, el ilírico en la Dalmacia, el licaonio en Pisidia, el arameo en Siria y Palestina... Pero también en estos lugares se habían habituado sus habitantes al bilingüismo, como sucedía con Saulo. Por ello, Saulo tuvo una intuición genial: sustituir el arameo por el griego para insertar de levadura evangélica la masa humana. El mundo era mediterráneo y hablaba griego, la lengua de la literatura, la filosofía y el comercio; la lengua comprendida en todas las ciudades conocidas; la lengua que favorecía la progresión, que facilitaba los intercambios, que permitiría mantener la cohesión entre las comunidades evangelizadas. El idioma griego se convertiría así en un factor potentísimo de unidad en la opción misionera, en el encargado de sobrevolar el evangelio y de abrir las puertas de los corazones. Aunque, eso sí, sin renunciar a la particularidad, a los dialectos autóctonos, a la idiosincrasia local.

           Pues bien; una vez instruidos debidamente Bernabé y Saulo en esta enjundia, que les facilitaría notablemente su capacidad de movimientos, y analizadas las circunstancias y necesidades personales, decidieron iniciar la misión encomendada a partir de Chipre, patria natal de Bernabé.

d) Viaje I de Pablo

           La 1ª misión de Saulo duraría casi cuatro años: entre el 45 y el 49. Habían transcurrido 8 años de la trascendental visión en el oasis de la llanura de Damasco, aquel inolvidable mediodía sirio. Bernabé y Saulo, animosos y contentos, aunque silenciosos y recogidos en un penetrante estado de plegaria, bajaron desde Antioquía a Seleucia. Caminaban rezando, aunque solamente se percibía el sonido de sus pisadas sobre la tierra y los guijarros del sendero, el leve susurro de sus labios, y el zumbido de algunas moscas, mosquitos e insectos voladores que revoloteaban, o más bien acosaban, sus zurrones.

           En Seleucia (puerto de Antioquía) se hicieron a la mar en un pequeño navío de cabotaje, y navegaron hasta la isla de Chipre. Chipre, patria amada de Bernabé, iba a ser la 1ª etapa del viaje, en una especie de rendido homenaje al personaje más importante de la vida de Saulo: su maestro Bernabé, y quizás su más íntimo amigo.

d.1) Chipre

           Desembarcaron en Salamina, localidad de Chipre situada en el centro de la costa este (a orillas del Pediaeos), que gozaba de un amplio puerto. Chipre lucía la estampa de una especie de edén terrenal: la isla la cubría una tupida alfombra de flores, con abundancia de productos naturales esparcidos por doquier, debido a la notable fertilidad del suelo. Bananos, algodoneros, higueras chumberas, palmeras datileras, aligaris, naranjos, limoneros, viñedos... producían sabrosos frutos y se hallaban rodeados por exuberantes bosques de coníferas  y  cipreses,  cuya madera era utilizada en muchos países para la construcción, y de algarrobos gigantescos, pinos, madroños, encinas y enebros, habitados por carneros salvajes, musmones que recorrían las altas montañas, y gatos, abejas, cabras, corderos y camellos.

           Bernabé y Saulo se emocionaron; aquél al reencontrarse con sus raíces (en su suelo patrio) y éste al contemplar tamaña belleza que le ofrecía candorosamente la naturaleza chipriota. La emoción reavivó su espíritu y atravesaron la isla entera predicando el evangelio, exhortando, estimulando, amando: desde Salamina (puerto oriental) hasta Pafos (puerto occidental y capital de la isla), eminencia peñascosa que dominaba el mar, desde la costa suroeste.

           Aunque la prudencia enseñaba a Saulo que nunca debe provocarse la ira de los poderosos, sino más bien procurar escapar al sesgo como un navegante haría con la tempestad, sin embargo, abordaba a toda clase de personas influyentes sin suscitar insidias, con una pasmosa mansedumbre, merced a su sobriedad de carácter, a su templanza de ánimo. Sucedió en la primera ocasión en que Saulo se dirigió al procónsul Sergio Paulo, el personaje oficial de mayor categoría de la isla, pues representaba en ella a la autoridad del emperador. Convencido de que la conversión del gobernante redundaría en beneficio de sus gobernados, y aprovechando audazmente la singular oportunidad que se le brindaba, entabló coloquio con Sergio Paulo para presentarle con entusiasmo la persona y la doctrina de Jesucristo. Comenzaba ya a convencer al procónsul, hombre sensato, cuando un falso profeta judío, especie de mago llamado Elimas (o Bar Jesús, que solía dejar boquiabierto al procónsul), temiendo disminuir su prestigio y los beneficios que sus artes le rentaban, hizo cuanto pudo para impedir la conversión del mandatario.

           Saulo se percató enseguida de la astucia del mago, y seguro de su poder, el poder de Dios, e impregnado de Espíritu Santo, echó mano de sus inconmensurables recursos:

—Tú, hijo del diablo (le increpó, clavándole una mirada penetrante como de fuego) y trapacero, hinchado de malicia y de engaño, enemigo de toda justicia, ¿cuándo vas a dejar de estorbar los caminos rectos del Señor? Pues ahora, mira la mano de Dios sobre ti. Te quedarás ciego y no verás el sol hasta el tiempo oportuno.

           Al instante la oscuridad invadió al mago; las tinieblas le envolvieron y se revolvía tembloroso dando vueltas y buscando quien se apiadase de él y le llevase de la mano. El procónsul, testigo del prodigio e impresionado por la sabiduría del Señor, creyó en el Resucitado.

           Precisamente este primer llamativo milagro de Saulo y la conversión de Sergio Paulo originaron un cambio significativo en el equipo misionero, reflejado en el relato de Hechos de los Apóstoles. Desde este momento, el diminuto Saulo de Damasco se constituirá para siempre en el gigante Pablo de Tarso. El hebreo Saulo se transformará en el grecorromano Pablo. Más aún. Hasta este momento, Bernabé encabezaba siempre las relaciones de ambos ("Bernabé y Saulo"), actuando Saulo como una especie de ayudante de Bernabé; desde ahora, Pablo asumirá íntegramente la supremacía del grupo ("Pablo y sus compañeros"). Pasa este hecho a constituir, en cierto modo, el comienzo de la hegemonía de Pablo en las acciones que acaecerán después, erigiéndose en el principal protagonista de la misión. ¡Qué enorme lección de humildad daban al mundo Pablo y, sobre todo, Bernabé!

           Así que, en Pafos, "Pablo y sus compañeros" se hicieron de nuevo a la mar, en dirección hacia Asia Menor. Desembarcaron en el puerto de Antalya, y de aquí se encaminaron a la colosal Perge, capital de Panfilia.

d.2) Asia Menor I

           En Perge, Pablo declaró su decisión de cruzar la cordillera del Tauro y predicar en Frigia y Licaonia, regiones incorporadas a la parte sur de la provincia de Galacia. La travesía, de más de 150 km por la cordillera, transcurría a lo largo de un camino de herradura infestado de bandoleros, hasta Antioquía de Pisidia. Suponía mucho riesgo y elevado peligro, incluso para la vida, por lo que el joven ayudante que les acompañaba (Juan Marcos) se atemorizó y no se creyó obligado a seguir. Por esta razón se separó Marcos de Pablo y Bernabé y regresó a Jerusalén, con gran disgusto de Pablo, incapaz de convencerle para que abandonara su timoratez.

           Este acto de cobardía, como sucede en los designios de la Providencia, se transformaría en un episodio previsto por Dios "para bien de los que lo aman". Pues Marcos acabaría marchando inmediatamente a Roma junto al primado Pedro, con el que llevaría a cabo la redacción de un evangelio que, desde entonces y hasta la eternidad, se meditará en cualquier rincón del universo.

           Al fin llegó Pablo a Antioquía de Pisidia, capital de Pisidia y su límite con Frigia, ciudad fundada en tiempo de los seleucidas; los romanos la habían agregado al reino de Pérgamo y encumbrado al rango de colonia con el nombre de Cesarea.

           Pablo poseía inteligencia y finura para introducirse en cualquier ambiente social sin dificultad y para convencer al auditorio. Aprovechando la reunión del sábado en la sinagoga, acudió a ella en la primera ocasión que se le presentó y tomó asiento, expectante. Tras la lectura de la ley y los profetas, el jefe de la sinagoga propuso:

—Hermano, si tienes alguna palabra de exhortación para el pueblo, habla.

           El apóstol esperaba ansioso la propuesta. Gesticulando para expresar sus sentimientos de gratitud, se levantó de un salto, hizo una señal con la mano para que se guardase silencio, y, cuando éste invadió el local, espetó con gravedad:

—Israelitas y cuantos teméis a Dios, escuchad. El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres, engrandeció al pueblo durante su destierro en la tierra de Egipto y los sacó de ella con la fuerza de su brazo. Y durante unos 40 años los rodeó de cuidados en el desierto; después, habiendo exterminado 7 naciones en la tierra de Canaán, les dio en herencia su tierra, por unos 450 años. Después de esto les dio jueces hasta el profeta Samuel. Luego pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, durante 40 años. Depuso a éste y suscitó por rey a David, de quien precisamente dio este testimonio: "He encontrado a David, el hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera". De la descendencia de éste, Dios, según la promesa, ha suscitado para Israel un Salvador: Jesús.

           ¡Con qué astucia y prontitud les llevaba a su terreno! Les abría la boca con la historia santa de su santo pueblo, que todos escuchaban agradecidos, ensimismados, y enseguida... ¡Cristo Jesús!

           Sin miedo a las represalias, que inevitablemente debían surgir, no le cabía otra opción que recordar a continuación la realidad, la cruda realidad redentora del Hijo de David. En caso contrario, hubiera contentado al auditorio, mas habría falsificado el verdadero mensaje mesiánico que portaba:

—Hermanos: los habitantes de Jerusalén y sus jefes cumplieron, sin saberlo, la Escrituras de los profetas que se leen cada sábado; y sin hallar en él ningún motivo de muerte pidieron a Pilato que le hiciera morir. Y cuando hubieron cumplido todo lo que referente a él estaba escrito, le bajaron del madero y le pusieron en el sepulcro. Pero Dios le resucitó de entre los muertos. Él se apareció durante muchos días a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo.

           ¡La polémica estaba servida! Paulatinamente fueron surgiendo los comentarios en voz baja, algún que otro aislado vocablo subido de tono, pisotones en el suelo en señal de desaprobación. Pero junto a todo ello, también brotó el silencio meditativo, la reflexión inteligente, la esperanza de una palabra que desenmarañara la trama de aquel drama:

—Os anunciamos la Buena Nueva de que la promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús. Y que le resucitó de entre los muertos para nunca más volver a la corrupción. Tened, pues, entendido, hermanos, que por medio de éste os es anunciado el perdón de los pecados; y la total justificación que no pudisteis obtener por la ley de Moisés la obtiene por él todo el que cree. Cuidad, pues, de que no sobrevenga lo que dijeron los profetas: "Mirad, los que despreciáis, asombraos y desapareced, porque en vuestros días yo voy a realizar una obra que no creeréis aunque os la cuenten".

           Al finalizar la reunión y disuelta la asamblea, el auditorio suplicó que volviesen al sábado siguiente para seguir contándoles estas cosas. Fuera ya de la sinagoga, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios prosiguieron el diálogo con Pablo, que les persuadía a perseverar fieles a la gracia de Dios. Ellos quedaron cautivados, y luego, durante la semana, acudían a verle para prolongar la conversación. Y poco a poco, granaban las conversiones.

           El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para escuchar la Palabra de Dios. La siembra germinaba en retallos verdes poblados de frutos, mas simultáneamente surgían brotes bordes de cizaña, que pretendían ahogarlos. El apóstol seducía, atraía, y sus palabras alumbraban de evangelio a los demás por simple contagio. Mas la mezquindad y la intolerancia de algunos personajes sobrados de envidia no aceptaban que este pobre hombre violentara algunas tradiciones ancestrales; y menos aún, al comprobar que la multitud, congregada en la sinagoga y expectante, ansiaba oír aquella Palabra de Vida.

           Así que se armó la lucha con frenética pasión. Los judíos fanáticos, secuaces de las asonadas callejeras y profesionales de la estulticia, organizaron una impetuosa oposición empleando recursos en los que destacaron como consumados expertos; sus lenguas se tornaron en flechas de arquero afiladas con ascuas de retama para lanzar y zaherir con blasfemias, insultos soeces y contradicciones a cuanto Pablo afirmaba; enredaron, torcieron y tergiversaron cuanto oían; multiplicaron despiadadamente las trampas, idearon toda clase de obstáculos.

           Pablo se defendió a brazo partido, criticando su malicia:

—Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra de Dios. Pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os juzgáis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor: "Te he puesto como luz de las gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra".

           Al oír esto los gentiles se alegraron y glorificaron al Señor. Y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna. La Palabra se difundía por toda la región, pero el fanatismo de los judíos, simultáneamente, se desbordó. Incitaron a las autoridades locales contra Pablo. Sublevaron a la gente para forzarlo a que se ausentara de la ciudad. Instigaron a unas mujeres devotas y distinguidas y a algunos de los caciques del pueblo, provocando una persecución que acabó por echarlo de su territorio.

           Pablo sacudió contra ellos el polvo de sus zapatos, y se marchó. Pero abundantes semillas habían quedado depositadas y fecundadas en algunos corazones, las cuales no tardarían en germinar a borbotones, con frutos primorosos.

           Huyó de Antioquía de Pisidia y se refugió en Iconio. Iconio, la actual Konia, situada a unos 120 km al este de Antioquía de Pisidia, en una región fértil al pie del Tauro, era la población fronteriza de Frigia, y su comercio había atraído a una numerosa colonia judía.

d.3) Asia Menor II

           En Iconio sucedió como en Antioquía de Pisidia. Una ingente multitud de griegos y judíos abrazó la fe. Pablo hablaba con enorme valentía del Señor, el cual le concedía obrar por sus manos prodigios y señales que cautivaban, dando con ellas testimonio de la predicación del Evangelio de la Gracia. La gente, nuevamente, se dividió en dos bandos: uno a favor y otro en contra del mensaje de Pablo. Parece como si la negativa a la fe generara siempre, y de manera fulminante, una envenenada oposición, violenta y tenaz, una pesada cruz pintada de insultos e improperios. ¿Sería exactamente ése el signo que evidenciaba la autenticidad de su mensaje? Desde luego, así le había sucedido repetidamente al divino Redentor, durante aquellos años en que había entrado en contacto con los hombres. ¿Por qué iba a darse una excepción en el humilde apóstol de Tarso?

           No obstante las revueltas, solapadas con treguas de una paz impaciente, allí se detuvieron bastante tiempo. Al fin, la plebe, amotinada y manipulada por los judíos, se propuso ultrajar a Pablo y lapidarlo. Y una vez más no le cupo otra alternativa que la de escapar de las garras de aquellos lobos rapaces.

           Desde Iconio prosiguió el camino por Licaonia, región de Asia Menor que limitaba con Galacia, Cilicia, Capadocia y el gran lago Tatta, y con Pisidia y Frigia. En Licaonia recomenzó la evangelización con renovada ilusión e idéntico esfuerzo, para chocar de nuevo con otra inmensa cruz de oposición y de acoso y derribo. La fatiga física y moral, ciertamente, comenzaba a ser uno de los alimentos básicos de su alma; mas la combatía eficazmente menospreciándola y recurriendo a quien se había proclamado a sí mismo Refugio de agobiados.

           La historia se repetía en Licaonia con idénticas señales que en las misiones anteriores. Si Pablo insistía en acudir a la sinagoga, auténtico hogar patrio de los judíos de la Diáspora, no había más razón que el señorío que allí ejercía: en ella se movía como pez en el agua, con autoridad, con solvencia. Él la transformaba con una facilidad pasmosa en la plataforma de arranque para su evangelización; y en cuanto les cerraba la boca con sus brillantes dotes de rabino, enseguida introducía a Cristo Jesús, las promesas en él cumplidas y los actos de su vida, anunciando el perdón de los pecados y la total justificación ante Dios, que no podía obtenerse por la Torah de Moisés sino por la Ley del Amor del Señor Jesús. Conversaba amigablemente con los asistentes, dejando que el Espíritu iluminara los corazones, y, finalmente, les persuadía a perseverar fieles a la gracia de Dios.

           La sinagoga consistía en una sala rectangular, dividida por una doble hilera de columnas. A esta sala precedía a veces un atrio con un pilón para las abluciones. En una especie de pequeño santuario, detrás de un velo, se hallaba el arca sacrosanta, que contenía los rollos de las Escrituras. En medio de la sala se levantaba un estrado con pupitre para el lector y el comentador. Los asientos dispuestos entre el arca y el pupitre se consideraban puestos de honor. Las mujeres asistían en las galerías altas o en la periferia de la sala. La reunión se celebraba en sábado o día de fiesta.

           El oficio religioso se componía de 3 partes: la oración, la lectura de la Escritura y la instrucción (o comentario), finalizándose con la bendición sacerdotal que pronunciaba el presidente (o un sacerdote, si había alguno en la asamblea). Se abría la sesión recitando el Shema (el Escucha, Israel) y las 18 bendiciones. Después se procedía a la lectura del texto sagrado: primero la Torah (Pentateuco) y luego los profetas. Entonces tomaba la palabra el jefe de la asamblea para comentar el texto, o invitaba a cualquiera de los presentes. A veces alguien se levantaba espontáneamente solicitando tal honor, que es el momento que aprovechaba habitualmente Pablo para predicar. Para ello, el orador debía estar, naturalmente, muy versado en el conocimiento de las Escrituras y al corriente de las tradiciones. La amplia formación rabínica de Pablo, lógicamente, Dios la utilizaba en él para que se introdujera sin grandes complicaciones en auditorios sumamente hostiles por sí mismos a su mensaje.

           La persecución de Licaonia le obligó a marcharse a Lystra, patria de Timoteo y una de las colonias romanas de veteranos establecida por Augusto el año 6 a.C, que distaba unos 25 km al sur de Iconio. Se trataba de una pequeña aldea campesina, que no disponía de sinagoga judía (ni hoy día tampoco) ni comercio alguno. También en Lystra el Señor le regaló una pesada cruz, a pesar del espejismo inicial que presagiaba gloria.

           En cierta ocasión, mientras la gente vibraba de emoción y seguía entusiasmada el fuego apasionado que brotaba de sus labios, Pablo clavó su mirada en un oyente que, sentado, le devoraba con los ojos: un hombre tullido de pies, cojo o paralítico de nacimiento que nunca había andado. Aquel inválido escuchaba atónito, boquiabierto. Pablo, inspirado, viendo fe bastante en el tullido como para ser curado, voceó con autoridad, seguro de sí mismo:

—¡Ponte derecho sobre tus pies!

           El desdichado hombre se irguió de un salto, de repente, y se puso a caminar. El gentío sufrió un colapso de emoción al observar el prodigio, y se puso a exclamar en su lengua licaonia:

—Los dioses han bajado hasta nosotros en figura de hombres.

           Desmadrada la gente, imaginaron a Pablo el dios de la elocuencia Hermes (o dios Mercurio, entre los latinos), por ser quien dirigía la palabra; y a Bernabé, Zeus (el dios Júpiter, entre los latinos). Hermes era considerado entre los griegos el portavoz de los dioses, el protector de la fecundidad, de los viajes y del trato social entre los hombres. Zeus, el más grande de los dioses del Olimpo, el padre de los dioses y de los hombres, el más colosal y poderoso de los inmortales y al que todos los dioses obedecían, el árbitro soberano, cuya sabiduría regulaba el universo; para los griegos, todo emanaba de Zeus: el bien y el mal y hasta el destino le estaban sometidos.

           De manera que, aturdidos, pretendían adorar a Pablo y a Bernabé. El sacerdote del templo de Zeus, situado en las afueras de sus murallas y en una colina arbolada (hoy en ruinas), trajo ofrendas, flores, toros y guirnaldas delante de las puertas y, a una con la gente, preparó lo necesario para el sacrificio.

           Pablo creía ver visiones. Cuando observó acercarse la procesión con frenesí enloquecido, adivinó lo que se avecinaba, rasgó sus vestidos y se lanzó en medio del gentío, vociferando:

—Amigos, ¿por qué hacéis esto? Nosotros somos también hombres, de igual condición que vosotros, y os predicamos que abandonéis estas cosas vanas y os volváis al Dios vivo que creó el cielo, la tierra, el mar y cuanto en ellos existe, y que en las generaciones pasadas permitió que todas las naciones siguieran sus propios caminos; si bien no dejó de dar testimonio de sí mismo, derramando bienes, enviándoos desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas, llenando vuestros corazones de sustento y alegría.

           Con estas palabras impidió a duras penas que la gente ofreciera el sacrificio. La decepción, no obstante, fue enorme. Pero Pablo mostró bien claro que no aspiraba a la gloria humana, sino que sólo anhelaba la gloria para su Maestro; y que para predicar su Nombre había que rechazar la gloria humana. Fue aquel un momento clave en su vida, pues llegó a lo máximo que aspiran los hombres: a ser como Dios.

           Las características propias del "apóstol de Cristo" se iban manifestando en Pablo poco a poco, aunque de manera perfecta: señales, prodigios y milagros que deslumbraban al auditorio... Y paralelamente paciencia perfecta, en los inevitables sufrimientos, en las caídas y en las humillaciones. A fuerza de golpes le crecía en gran manera la virtud y la santidad, única garantía no para deslumbrar, sino para convertir al auditorio.

d.4) Asia Menor III

           Unos días después, llegaron a la insignificante Lystra algunos judíos procedentes de la próspera Antioquía de Pisidia (situada ¡a 150 km de distancia!) y de la capital Iconio, persiguiendo a Pablo con odio enconado y persuadiendo a la pobre gente de Lystra para que se amotinara contra los apóstoles.

           La persecución fue frenética, y Pablo cayó en manos de sus enemigos, los cuales (furiosos y armados de piedras y guijarros) le apedrearon salvajemente. Unos días antes rechazaba y se oponía con firmeza a que le adoraran como a Dios, y ahora éstos le pisoteaban como basura, arrastrando su cuerpo fuera del caserío y abandonándolo en la montaña para que sirviera de pasto a alimañas, buitres y animales carroñeros, pues le daban por muerto. "Somos tenidos por impostores (enseñaría más tarde Pablo) cuando somos veraces, somos los gran desconocidos aun siendo conocidos por todos; como quienes están a la muerte pero siempre vivos; castigados aunque no condenados a muerte, tristes pero siempre alegres, pobres pero enriquecedores de muchos; como quienes nada tienen, aunque lo poseemos todo".

           Pero sólo estaba gravemente herido, tal vez en estado inconsciente. Al atardecer, y una vez desaparecido el tumulto, sus amigos acudieron y le auxiliaron, entre ellos Timoteo y su madre Eunice. Y Pablo recobró la vida que aparentemente había perdido. Siendo recogido y curado por ellos, entró de nuevo en la aldea. ¿Quiso Dios obrar un milagro con él?

           Lo cierto es que al día siguiente se ausentaba de la canija Lystra cabizbajo, como un perro malherido y despreciado, y partía hacia la gran Derbe. Pablo parecía el retrato vivo de su Maestro, y aseguraba rebosante de valentía, con firmeza:

—Aun cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me regocijaría y congratularía con vosotros. De igual manera, también vosotros regocijaos y congratulaos conmigo.

           A pesar de las hostilidades y de la lucha permanente que le brindaba con saña el odio y la envidia de tanta gentuza que detesta el Bien, el grano germinaba por doquier, floreciendo jardines en sucios lodazales. Los fieles se organizaban en grupos pequeños, fervientes, activos, donde confraternizaban el respeto y el aprecio, el perdón y la virtud, la admiración y el amor. En su propio ambiente reclutaban nuevos adeptos en torno a él, y la Buena Noticia se difundía inconmensurablemente.

           Tras la tormenta, los prados rezumaban verdor, las flores del campo coloreaban la aridez del entorno, y la tierra despedía un suavísimo olor húmedo. La esperanza de obtener frutos tomaba consistencia.

           En Derbe volvió Pablo a ser el de siempre, y como si el mundo empezara de nuevo, evangelizó la ciudad renovado de ilusión, como un novato inexperto, y cautivó allí a una gran cantidad de nuevos discípulos. Derbe era la ciudad fronteriza, a unos 150 km de Lystra en la ruta oriental, situada al sureste de Iconio. Y en Derbe decidió poner fin a su 1º viaje.

d.5) Regreso a Antioquía

           Mas en lugar de regresar directamente hacia Antioquía a través de los montes Tauro (y luego por Cilicia y Tarso, el camino más directo pero intrincado) rehizo en sentido inverso el camino recorrido durante la ida. Desde Derbe volvió a Lystra, Iconio, Antioquía de Pisidia, atravesó Pisidia y llegó a Perge de Panfilia y a Antalya (puerto directo con Atioquía, a través del mar). Viejos nombres, que no dejaron huellas sobre el terreno, pero que jamás se olvidarán porque señalaron la 1ª siembra en tierra pagana, la primera fundación, regada de sacrificio, de sangre y dolor. Y lo asombroso en este hombre no es que no se tambaleara cuando reinaba la tranquilidad; lo que maravillaba en él era que se alzara con vigor renovado cuando las circunstancias le abatían, que se mantuviera en pie cuando la naturaleza, aliada con la ignominia de la gente mezquina, le forzaban para ser derribado en tierra. La gallardía de su alma era tal, que podía ser atacado, mas nunca derrotado.

           En el camino de regreso visitó las comunidades ya fundadas, fortaleciendo los ánimos de los discípulos, exhortándoles a perseverar en la fe, y recordándoles una de las claves misteriosas del evangelio: "Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios".

           Defendía con firmeza la pureza de vida frente a los engaños, insensateces, maldades, injusticias, perversidades, codicias, envidias, homicidios (por aquel entonces frecuentes), contiendas, altanerías, ultrajes, fanfarronadas, deslealtades, chismes, detracciones... Pues "Dios declara dignos de muerte no sólo a los que tales cosas practican, sino a los que aprueban a quienes las cometen", solía recordar el apóstol.

           Se había percatado de que el hombre daba más crédito a los ojos que a los oídos, y la enorme dificultad de persuasión que ofrecía la enseñanza de un evangelio tan exigente la simplificaba mostrando su vida personal, que servía de ejemplo y de modelo. Y como no dejaba cabo sin atar, designaba presbíteros en cada Iglesia, para que la gracia de Dios la mantuviera fiel en su ausencia. Oraba y ayunaba con ellos, y al partir, los encomendaba al Señor Jesús. Pablo consagró el viaje de vuelta íntegramente a organizar y a asentar las comunidades fundadas en el viaje de ida.

           En el puerto de Antalya, y tras una ausencia de 4 años pletóricos de peripecias, embarcó Pablo rumbo a Antioquía, punto de origen de donde había emprendido su 1ª gran misión.

           Anhelaba compartir con los hermanos el fruto del viaje. Pronto reunió a la Iglesia antioqueña, para narrar en detalle la espléndida realidad vivida así como la inmensa esperanza que aquellas conquistas permitían acariciar para Cristo. Pablo se había percatado de que todo hombre (fuere judío, fuere gentil) recibía dones de Dios para alcanzar la Verdad. La puerta, tan sólo entreabierta cuatro años antes, para que el evangelio adquiriera un carácter universal, se había abierto ahora de par en par.

           En el ocaso de su vida, escribirá Pablo a su amigo Timoteo, natural de la canija Lystra, sobre la preciosa aventura de este su 1º viaje: "¿Te acuerdas de mis persecuciones y sufrimientos, de lo que tuve que sufrir en Antioquía, en Iconio y en Lystra? ¿Lo que tuve que soportar y de lo que el Señor siempre me libró?".

d.6) En el Concilio de Jerusalén

           Jamás olvidaría Pablo los contratiempos de su 1ª misión: la envidia de unos, el odio de otros, la traición de algunos, el desagradecimiento de aquellos en quienes había depositado esperanza o desparramado cariño a carta cabal. Mas junto a estas sombras, había percibido vivos destellos de luz y de esperanza: el consuelo y el aliento del Maestro mientras se sufría, la satisfacción del trabajo realizado por él y con él, el valor redentor del sacrificio, de los sinsabores, de las penalidades. Si Dios había redimido la humanidad desde el seco madero de una cruz, sólo desde la cruz se levantarían obras dignas de mérito sobrenatural.

           Corría el año 49. Poco había disfrutado Pablo de la compañía de los hermanos, cuando ya tramaba su corazón, inquieto, nuevas conquistas. Sin embargo, un inesperado disgusto iba a violentar aquel remanso de paz antioqueña que le envolvía. Algunos discípulos de Santiago el Mayor (no el Zebedeo) bajaron desde Judea hasta Antioquía de Siria (residencia habitual del apóstol) y enseñaron a los hermanos que si no se circuncidaban conforme a la ley de Moisés, no se podían salvar. Aceptaban que los gentiles fueran admitidos a la fe, pero ¿por qué no se circuncidaban?

           Este asunto levantó una enorme agitación y una acalorada discusión de ellos con Pablo, que negaba la necesidad de la circuncisión para salvarse. A pesar de ser él mismo circunciso, sentía muy poco afecto por la dichosa circuncisión, y las alegaciones que aducía fueron mal entendidas:

—La circuncisión es nada, y nada la incircuncisión; lo que importa es el cumplimiento de los mandamientos de Dios.

           Para clarificar el asunto no había otra forma que oír el criterio de los apóstoles. Pedro, que residía desde hacía años en Roma, se hallaba a la sazón visitando las comunidades cristianas de Oriente; y en su condición de máxima autoridad de la Iglesia, viendo el cariz que ofrecían los acontecimientos, no tuvo más remedio que convocar inmediatamente en Jerusalén a los implicados en la controversia.

           Se nombraron a algunos representantes de Antioquía para tratar la cuestión en debate; entre otros, Pablo, Bernabé y Tito (adepto originario de la gentilidad, no judío). En Jerusalén moraban el discípulo amado del Señor, Juan, y Santiago, maestro de los causantes de la discordia. Iba a ser un gran encuentro en la cumbre, con polémica de fondo. El 1º concilio de la historia de la Iglesia estaba servido.

           Partió, pues, la delegación antioqueña, con Pablo al frente de sus compañeros. Atravesó Fenicia y Samaria, aprovechando el camino para contar la conversión de los gentiles a los hermanos fenicios y samaritanos, y para estimularles a mantenerse firmes en el camino de la fe. A su llegada a Jerusalén fue recibido solemnemente por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros. Y tras una cortés bienvenida, no tardó en encenderse un acalorado altercado, motivo real del encuentro.

           Ante la imposibilidad de unificar criterios, por el ardor del debate, los apóstoles y presbíteros convocaron la asamblea para que se expusieran y clarificaran los distintos puntos de vista. Vino a ser esta reunión el Concilio de Jerusalén.

           Se inició con el relato pormenorizado, por parte de cada una de las posturas en discordia, de cuanto había obrado Dios juntamente con ellos en su acción apostólica. Se facilitaba así la entrada en el asunto de la desavenencia de una manera conciliadora. Entonces cada parte planteó sus criterios y puntos de vista particulares. Tras una prudente exposición del tema polémico, se levantó Pedro (cabeza de los apóstoles y de la Iglesia) y, precediendo en el uso de la palabra, manifestó bajo la inspiración del Espíritu Santo:

—Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros días me eligió Dios entre vosotros.

           Se había producido un silencio sepulcral nada más levantarse la esbelta figura del viejo pescador, que ya rondaba los setenta años de edad, y todos seguían sus palabras absolutamente mudos y con avidez. Con objeto de que en el auditorio hubiera avenencia y no se suscitasen nuevas dudas, empezó Pedro recordando la elección suprema que ostentaba sobre todos ellos, elección que provenía por decisión expresa del Señor y que confería a su persona plena y absoluta potestad sobre la Iglesia; potestad para gobernar y para atar y desatar.

           Estaba convencido Pedro de que aludiendo al origen de su primado nadie cuestionaría las palabras que a continuación expusiera, las cuales debían ser unánimemente aceptadas, gustaran o no gustaran:

—Y quiso que por mi boca oyesen los gentiles la Palabra de la Buena Nueva y creyeran, que a continuación exclamó:

—Y Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros; y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones por la fe. ¿Por qué, pues, tentáis ahora a Dios, queriendo poner sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar?

           Desde su máxima autoridad, zanjaba Pedro, con dulzura pero a la vez con contundencia, la encrespada controversia: daba totalmente la razón a la tesis sostenida por Pablo, sin citar la palabra circuncisión, pues habría ofendido a los de la tesis contraria. Es decir, tanto los judíos como los no judíos estaban llamados por Dios a la salvación, la cual no era exclusiva de una raza, sino universal. Pero obligar a la circuncisión suponía cargar un yugo innecesario: quedaba así clarificada la postura oficial y legítima de la Iglesia en este asunto polémico. Porque "en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por el amor".

           Mas, para que no se limitara su mensaje a proclamar un vencedor y un vencido, quiso rematarlo Pedro con una alusión directa a la esencia del anuncio de la salvación que el divino Maestro le había enseñado personalmente, válido para los circuncisos y para los incircuncisos:

—Por eso, nosotros creemos que nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que ellos.

           La asamblea quedó sumida en un profundo silencio, ante la platica tan sencilla de Pedro, para un asunto tan complicado. Nadie se atrevió a proseguir la impetuosa disputa de momentos anteriores, pues se cortó la respiración junto con las ganas de polemizar. El silencio significaba el pleno asentimiento a las palabras de Pedro por parte de la asamblea.

           La breve alocución, sustancial y resolutiva, es una reliquia de conciliación y de síntesis de verdades hasta el fin del mundo inmutables. Zanjaba de cuajo la controversia, sin necesidad de precisar más, y, prácticamente, la polémica que motivó el concilio hallaba solución definitiva. La salvación, pues, no derivaba de ningún acto fisiológico o material: para los gentiles y los judíos, griegos y romanos, circuncisos e incircuncisos, la salvación solamente procedía de la gracia de Dios, del Señor Jesús. Sólo se salvaría quien viviera en gracia de Dios: noticia antigua y sempiterna, imperecedera y perpetuamente actual para todos los siglos del cristianismo.

           El ambiente silencioso creado facilitó sobremanera el plan de Pedro de intentar dar un espaldarazo definitivo a la doctrina de Pablo. Quería que todos los asistentes se congraciaran con él y con sus enseñanzas, por lo que le suplicó, en aquel escenario de tregua, que narrara de nuevo los prodigios extraordinarios que Dios había obrado por su medio entre los gentiles.

           En tono moderado y bajo, sin altanerías ni afán de restregar nada, pues él no solía "estimarse en más de lo que convenía, sino que más bien tenía una sobria estima de sí mismo según la medida de la fe que Dios le había otorgado", Pablo se limitó a relatar, para levantar el aliento de los oponentes vencidos y reconfortar el ánimo de todos, las múltiples peripecias apostólicas vividas hasta en los confines del universo, expuesto continuamente al peligro:

—Por la misericordia de Dios hemos ofrecido nuestro cuerpo como una víctima viva, santa, grata a Dios: tal es nuestro culto espiritual. No nos acomodamos al mundo presente, antes bien nos hemos transformado mediante la renovación de nuestra mente, para poder distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.

           Y reveló las motivaciones secretas de su apostolado "en tierras lejanas", que sabía habrían de agradar sobremanera y de forma particular a los oyentes hebreos:

—Por ser yo verdaderamente apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio, pero con la esperanza de despertar celos en los de mi raza y salvar a algunos de entre ellos.

           También les habló Pablo de la fortaleza espiritual de la comunidad de Antioquía y de las conversiones masivas llevadas a cabo en su gran peregrinación misionera por territorios paganos; y de su llamada divina:

—De Jesucristo nuestro Señor recibimos la gracia y el apostolado para predicar la obediencia de la fe a la gloria de su nombre entre los gentiles.

           Así como clarificó el distintivo peculiar de su comportamiento:

—Ciertamente no somos nosotros como la mayoría que negocian con la Palabra de Dios. ¡No! Antes bien, con sinceridad y como de parte de Dios y delante de Dios hablamos en Cristo...

           Porque de parte de Dios, y delante de Dios, hablaba Pablo de Cristo, "sin atribuirse cosa alguna como propia, sino como venida de Dios". Una capacidad, no propia sino prestada, que a todo apóstol le otorgaba autoridad suficiente como para "arrasar fortalezas, deshacer sofismas y altanerías que se sublevaban contra el conocimiento de Dios, y reducir a cautiverio todo entendimiento para obediencia de Cristo Jesús".

           Reconfortados los oyentes por las palabras tan colmadas de amor, paz y perdón del "apóstol de los gentiles", quiso intervenir Santiago, el hermano del Señor y responsable máximo de la Iglesia de Jerusalén, y maestro de los discípulos causantes del altercado que tan lejos había llegado; insistiendo en el espíritu conciliador ya suscitado en el ambiente, expuso:

—Hermanos, escuchadme. Simón ha referido cómo Dios ya al principio intervino para procurarse entre los gentiles un pueblo para su Nombre. Con esto concuerdan los oráculos de los Profetas, según está escrito: "Después de esto volveré y reconstruiré la tienda de David que está caída; reconstruiré sus ruinas y la volveré a levantar. Para que el resto de los hombres busque al Señor, y todas las naciones que han sido consagradas a mi Nombre, dice el Señor que hace que estas cosas sean conocidas desde la eternidad". Por esto opino yo que no se debe molestar a los gentiles que se conviertan a Dios, sino escribirles que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos (es decir, la carne de los animales inmolados en los sacrificios de los gentiles), de la impureza en las uniones ilícitas conyugales, de los animales estrangulados y de la sangre.

           Deseaba Santiago que la reconciliación entre las posturas enfrentadas fuera razonada y razonable. Y verdadera y duradera. Por eso, aceptando íntegramente el veredicto de Pedro, se limitó a refrendarlo y a justificarlo con argumentos apropiados para los judíos, es decir, haciendo referencia a la Escritura, a los escritos de los profetas.

           El acuerdo de la asamblea fue absoluto, y brotó como fruto la paz. Decidieron que en Antioquía lo supieran y se congratularan con ellos, para que no siguieran allí las disputas. Así que prepararon una carta que se enviaría junto a un equipo delegado, en representación del concilio. El equipo lo formarían Pablo y Bernabé (de un lado, el de la gentilidad) y Judas Barsabás y Silas (por otro lado, el de los hermanos de Jerusalén). La carta apostólica era del siguiente tenor:

"Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos venidos de la gentilidad que están en Antioquía, Siria y Cilicia. Habiendo sabido que algunos de entre nosotros, sin mandato nuestro, os han perturbado con sus palabras, trastornando vuestro ánimo, hemos decidido de común acuerdo elegir algunos hombres y enviarlos donde vosotros, juntamente con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que son hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. Enviamos, pues, a Judas y Silas, quienes os expondrán esto mismo de viva voz: Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis bien en guardaros de estas cosas. Adiós".

           "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros". ¡Con qué familiaridad hablaban del Espíritu Santo aquellos sencillos hombres! Parecía como si la 3ª persona de la Santísima Trinidad hubiera sido un contertulio más en aquel cónclave. O, ¿acaso hablaban y escribían como unos vanidosos engreídos? Como diría más tarde el apóstol Pablo: "Nosotros no recibimos un espíritu de esclavos, para que no cayéramos en el temor. Antes bien, recibimos un espíritu de hijos adoptivos, que nos permite exclamar Abbá, Padre. El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados".

           La abstención que se pedía al final de la carta no era más que una medida transitoria y conciliadora, que también se aboliría poco tiempo después, para que en los derrotados no cundiera el desánimo en su perseverancia. La diplomacia, unida a la prudencia, se habían aliado para tratar de no herir susceptibilidades en los neoconversos procedentes del judaísmo. Fue aquel concilio un valioso éxito tanto del galileo Pedro como del cilicio Pablo.

           Éste y el resto del equipo designado, tras despedirse de los hermanos, bajaron a Antioquía, reunieron la asamblea y entregaron la carta. La leyeron y se gozaron al recibir aquel aliento. Judas y Silas, que eran profetas, exhortaron con un largo discurso a los hermanos y les confortaron. Pasado algún tiempo, fueron despedidos en paz para regresar a Jerusalén, aunque Silas decidió quedarse en Antioquía.

e) Viaje II de Pablo

           Tras el Concilio de Jerusalén, Pablo permaneció en Antioquía durante algún tiempo. Pero se asfixiaba en su inmovilidad, y aquel amplio horizonte abierto de su 1ª peregrinación universal, junto a la preocupación por las comunidades ya fundadas, le iban royendo su quietud.

           Los grupos fundados, aislados y expuestos a mil peligros, no le permitían cruzarse de brazos. Ante Dios se sentía responsable de aquellos neófitos con la pasión de una fe floreciente y con la generosidad de una entrega total. ¿Cómo seguirían? ¿Se encontrarían desanimados ante las irrenunciables exigencias de la fe? ¿Habrían deformado la sana doctrina? ¿Irradiarían a Cristo? ¿Ardería su corazón con el fuego del amor, o se vería confiscado por la gélida frialdad? ¿Habrían seducido a nuevas almas? Pablo estaba sumido en un mar de dudas y de preguntas, mas nadie podía apaciguar su zozobra. Se sustentaba sólo de sospechas, de presentimientos, de ilusiones más o menos fiables, por más que él anhelaba la certeza, la información directa de la realidad, la verdad sobre cuánto acontecía. Consideraba vital el retorno para alentarles con su presencia, con sus consejos oportunos, ya que le dolía menos la fatiga del viaje que esta sangrante incertidumbre. Soñaba con la partida.

           Por eso, tras un lapso prudente de espera, y llegada la primavera en que se abrían nuevas y mejores posibilidades de viajar, no esperó más. Se sentía incómodo, impaciente, nervioso, y suplicó a Bernabé:

—Volvamos ya a visitar a los hermanos de todas las ciudades donde hemos anunciado la Palabra del Señor, para ver cómo siguen.

           El amor de Cristo Jesús apremiaba el corazón de Pablo, y le preparaba para esta 2ª gran misión entre la gentilidad, que le llevaría al apóstol algo más de 2 años, entre el 50 y el 52.

           Sin embargo, momentos antes de partir, sustituyó a Bernabé por Silas (o Silvano, que había formado parte del equipo delegado del Concilio de Jerusalén). Pues un curioso incidente de Pablo con Bernabé (su maestro, y mejor amigo) hizo que el inseparable compañero de fatigas decidiese no embarcarse con Pablo (su pupilo, y hermano entrañable). Gran lección que darían ambos a la cristiandad futura, que merece la pena recordar, pues encierra una valiosa enseñanza.

           En efecto, la víspera de la salida, Bernabé reclamó a su pariente Marcos que les acompañara para el viaje. Hasta que Pablo se enteró de la nueva compañía, y no la aceptó, recordando que el joven Marcos ya se les había separado bruscamente en Panfilia, por su cobardía ante el posible asalto de bandoleros. Bernabé insistió en que merecía la pena llevarle para el viaje, por su juventud. Y Pablo acabó por no ceder el brazo, acabando por separar a ambos (Bernabé y Marcos) de su horizonte de fatigas. De modo que Bernabé, "suplicando a Dios que bendijese la ruta de Pablo", tomó consigo a Marcos, y con él se embarcó rumbo a su bella Chipre (su patria amada), a forma de retiro.

           Según Alejandro de Chipre, se hallaba operando Bernabé numerosas conversiones en Salamina cuando unos judíos venidos allí desde Siria le apedrearon y le quemaron. Allí fue enterrado, siendo su tumba milagrosamente descubierta en tiempos del emperador Zenón (ca. 488), bajo las tumbas asirias de Tuzla y a las afueras de Famagusta (hacia el interior, hoy en la actual Enkomi), con el evangelio de san Mateo sobre el pecho (evangelio hoy guardado en el tesoro de la Capilla Palatina de Constantinopla, y que se lee en Jueves Santo).

           Por su parte, Pablo, que había elegido por compañero a Silas, emprendió su 2º gran viaje encomendado por los hermanos de Antioquía a la Gracia de Dios, a "Aquel que podía consolidar a todos conforme a su evangelio y la predicación de Jesucristo".

e.1) Capadocia

           En lugar de seguir la ruta marítima del 1º viaje, escogió Pablo para este 2º viaje la vía terrestre, encaminándose por Siria hacia su patria natal (Tarso), y desde ahí por la costa cilicia hacia la gran y romana Derbe, desde donde embistió hacia el interior los montes Tauro, para subir a la Capadocia.

           En la canija y simbólica Lystra se le unió Timoteo (greco-judío, de padre y madre), que en adelante seguirá unido a Pablo hasta el fin de sus días, como su más fiel discípulo. Aunque Pablo se oponía a que los cristianos procedentes de la gentilidad se circuncidaran, circuncidó a Timoteo a causa de los judíos residentes en aquellos lugares, pues conocían el origen judío de su madre, y, según el derecho, un hijo y su madre gozaban de la misma condición étnica. Si Pablo no le hubiese circuncidado, muchos judíos, aferrados a las exigencias de la ley, no hubiesen consentido escucharle. Los hermanos de Lystra y de Iconio, desde luego, daban buen testimonio de Timoteo.

           Pablo fue consolidando las iglesias. Conforme las visitaba, les entregaba la carta firmada por los apóstoles y por los presbíteros en el Concilio de Jerusalén. A pesar de que la cizaña siempre crece entre las plantas, las comunidades cristianas se afianzaban en la fe y veían aumentar de día en día el número de fieles. No había sido estéril la siembra que las fecundó con sudor de sangre. La ilusión vibraba en aquellos corazones ardientes, y habían conquistado el entorno por simple contagio. El apóstol había acertado al confiar en los nuevos hermanos, al organizar y elegir de entre ellos mismos sus propios jefes, los ancianos, como él los llamaba. Su espíritu se estremecía y saltaba de satisfacción al comprobar la fe intrépida y la generosidad de aquellas gentes. Y la acción de gracias brotaba desde lo hondo de su alma, elevándose hasta el Cielo, que derramaba su rocío consolador sobre la tierra de manera persistente y generosa.

           La mies era abundante y escasos los sembradores, por lo que el descanso hubiera constituido delito. La acción debía multiplicarse, renovarse y extenderse a horizontes ilimitados, sin fronteras. "Yo te enviaré a naciones lejanas", le habían ordenado. La obra iniciada aquel día en Damasco, ya lejano pero siempre presente, debía ser universal. Por eso resolvió proseguir con la mirada puesta al frente, siempre levantada, siempre adelante, rumbo hacia lo desconocido y sin darse permiso para las añoranzas egoístas y baldías. Y como en su día había proclamado su Maestro Jesús:

"Ve proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Sana enfermos, resucita muertos, limpia leprosos, expulsa demonios. Gratis lo has recibido, dalo gratis. No tomes oro, ni plata ni cobre en tus fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entres, infórmate de quién hay en ella digno, y quédate allí hasta que salgas. Al entrar en la casa, salúdala. Si la casa es digna, llegue a ella tu paz; mas si no es digna, tu paz se vuelva a ti. Y si no se te recibe ni se escuchan tus palabras, sal de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de tus pies".

           De la canija, y para Pablo hermosa (de costumbres) Lystra, pasando por Iconio, se adentró el apóstol en Asia Menor, por Antioquía de Pisidia. Pretendía ir a Éfeso (al otro lado de la Anatolia), pero, "impedido por el Espíritu", se contentó con la vecina Frigia, sin salirse de la Anatolia y comenzando por la cosmopolita Hierápolis.

e.2) Anatolia

           La región de Frigia se asentaba sobre una meseta alta y árida, provista de pastos donde se criaban incontables rebaños de carneros, famosos por la finura de su lana. Hondos y angostos valles cruzaban la meseta, salpicándola de escarpados acantilados. Las montañas y los ríos contenían oro, cuya existencia se consignaría en la leyenda del rey Midas. La vid se cultivaba en inmensas extensiones de terreno y la mayor celebridad de la región correspondía al mármol y a los caballos, tan excelentes para la guerra, que muchos autores los citan como la mejor raza de Oriente. Las gentes de Frigia se dedicaban principalmente a la agricultura y a la ganadería.

           La belleza y rareza de aquel territorio le estimuló a abrir rutas nuevas, desde Antioquía de Pisidia. Conque torció hacia el nordeste, atravesó Frigia y se adentró en la región de Galacia, antigua región hitita que destacaba por su amor al lujo. Pensaba pasar de largo por Galacia, pero una enfermedad le obligó a prolongar su estancia y le dio ocasión para evangelizar a los gálatas. Como escribió a éstos más tarde:

"Gracias por no mostrarme desprecio ni repulsa, cuando visteis mi cuerpo y esto supuso para vosotros una prueba. Y por haberme recibido como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. Yo mismo puedo atestiguaros, hijos míos, que os hubierais arrancado los ojos, de haber sido posible, para dármelos".

           Y derrochó tal apasionamiento en esta imprevista misión de Galacia, y hasta cierto punto inoportuna para sus planes, que junto a los dolores de su enfermedad "sentía dolores de parto" hasta ver a Cristo místicamente formado en los gálatas.

           Una vez repuesto, desde Galacia marchó en dirección a Misia, comarca limítrofe del mar Egeo. Llegado a Misia, intentó encaminarse hacia Bitinia, mas tampoco se lo consintió el Espíritu. Atravesó, pues, Misia, territorio con un suelo bastante montañoso pero muy fértil, y desde allí bajó hasta la costera y occidental Tróade (antigua Troya, en los Dardanelos del Egeo). Dócil a las insinuaciones de Dios, fue recorriendo esos parajes.

           En Tróade (actual Canakale, y a vista de pájaro de la isla griega de Lesbos), Pablo tuvo una visión nocturna, y en ella uun macedonio, de pie, le suplicaba:

—Pasa a Macedonia y ayúdanos.

           Intentó satisfacer inmediatamente la súplica, persuadido de que Dios reclamaba allí su presencia. Pero antes de la partida incorporó al equipo misionero a Lucas, su "médico querido", tratando de asegurar la vigilancia a sus achaques de salud. Lucas, nativo de Antioquía de Siria, uno de los primeros neoconversos de la ciudad tras la muerte de Esteban, amaba entrañablemente a Pablo, y se encargaría unos años más tarde de referir por escrito sus actos y algunas de sus enseñanzas.

e.3) Egeo

           Zarparon, pues, en Tróade, rumbo a Macedonia, haciendo escala en Samotracia, pequeña isla al norte del Egeo (masa rocosa y montañosa de 13 km de largo por 10 km de ancho). Pernoctaron en Samotracia y al día siguiente emprendieron de nuevo la travesía, que durante 5 días, y surcando el Egeo, les llevó a Neápolis (actual Kavala), puerta de entrada a Grecia en su región de Tracia, vecina de Macedonia.

           En aquellos momentos el apóstol ¡ponía los pies y besaba Europa! Y de Neápolis se dirigieron inmediatamente a Filipos, adonde no tardaron en llegar.

e.4) Filipos

           Filipos, una de las principales metrópolis macedonias, fundada por Filipo II de Macedonia (padre de Alejandro Magno) el 356 a.C, se llamaba Krenides (lit. Pequeñas Fuentes) por la gran cantidad de manantiales que brotaban en las montañas del norte de la ciudad. Se hallaba ubicada al borde de una gran llanura que se extendía adentrándose en la naturaleza. Disponía de fácil acceso, cruzando el monte Pangeo por la Vía Egnacia, al hermoso puerto de Neápolis, del cual distaba 16 km. Con altas rentas originadas por las minas de oro, Filipos era una ciudad fuertemente romanizada, de carácter noble, sincero y afectuoso. La población judía residente en Filipos era escasa, carecía de sinagoga y celebraba las reuniones sabatinas junto al río (abluciones rituales).

           El 1º sábado tras la llegada, salió Pablo fuera de la puerta, por la orilla del río, buscando un sitio apropiado para orar. Se sentó, y al observar la repentina concurrencia de mujeres, aprovechó entusiasmado la oportunidad para dirigirse a ellas y anunciarles la Buena Nueva.

           Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura y natural de Tiatira (ciudad anatolia, que había adquirido celebridad por sus tintes y telas de púrpura), escuchaba atónita las palabras del apóstol, a las que se adhirió sin vacilar siquiera; el Señor había abierto el corazón de Lidia, y se convirtió. Cuando fue bautizada junto con su familia por Pablo, obligó a éste, y a Silas y Lucas que le acompañaban, a ir a su casa, dándoles alojamiento a todos ellos en Filipos:

—Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa, les suplicó Lidia.

           De esta manera, la casa de Lidia se convirtió en centro de la iglesia filipense durante la estancia de Pablo en Filipos. Más tarde, los hermanos filipenses lograron que Pablo aceptase una donación material para que socorriera con ella a otros hermanos necesitados. No pudo tributar el apóstol homenaje tan válido a la caridad de Lidia y de la comunidad de Filipos, que llegó a ser su predilecta, "su gozo y su corona", como él mismo reconocería, su iglesia más amada.

           No era la costumbre de Pablo orar cuando tenía tiempo libre para ello; en su jornada habitual disponía, por el contrario, de tiempo concreto destinado exclusivamente para orar. Cierto día, cuando acudía a la oración, aconteció que una joven esclava le salió al encuentro. Se hallaba poseída por un espíritu maligno, un espíritu llamado pitónico en recuerdo de la serpiente Pitón del oráculo de Delfos. Este espíritu la impulsaba a predecir el futuro, por lo que la extravagante vidente constituía, en cierta manera, una fuente de ingresos para sus avarientos amos, que la presentaban y explotaban como adivina. La joven seguía a Pablo y a sus compañeros gritando:

—Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, y os anuncian el camino de la salvación.

           El suceso, que se repitió durante varios días, comenzó a importunar. De tal modo, que un día, cuando la muchacha comenzaba sus artes, se volvió enérgicamente Pablo hacia ella y espetó al espíritu que la encadenaba:

—En nombre de Jesucristo te mando que salgas de ella.

           Al instante la abandonó el demonio. Mas el milagro liquidó la rentabilidad del sucio negocio. Ciertamente, la joven se sintió liberada; sin embargo, sus dueños, heridos en su avaricia, apresaron a Pablo y le arrastraron hasta el ágora, ante los magistrados, para denunciarlo. Lo presentaron a los pretores con la siguiente amenaza:

—Estos hombres alborotan nuestra ciudad; son judíos y predican unas costumbres que nosotros, por ser romanos, no podemos aceptar ni practicar.

           La muchedumbre se amotinó contra él, hervía ante el tribunal profiriendo gritos, insultos soeces, amenazas. Los pretores se dejaron convencer, y, sin más contemplaciones, ordenaron despojarle de sus vestidos y azotarle con varas. Tras darle una gran paliza, rodó por el suelo, ensangrentado y condolido, y fue encarcelado. El carcelero recibió orden de vigilarlo con sumo cuidado, por lo que lo metió en el calabozo interior, sujetando sus pies en el cepo.

           A media noche, y mientras oraba y cantaba himnos a Dios, escuchados por los demás prisioneros, el edificio (en el trasero de la basílica judicial romana, con celdas alrededor de un pequeño claustro) se conmovió de repente con tan fuerte temblor de tierra, que hasta sus cimientos vibraron. Al momento, las puertas se abrieron de par en par. Las cadenas de los reclusos se soltaron y cayeron al suelo. Al despertarse los guardianes y ver las puertas abiertas, el espanto y la desesperación cundió en ellos, sobre todo en el jefe de la guardia, persuadido de que se habían fugado los presos, pues era uso romano que si se escapaba un preso por descuido del carcelero, éste quedaba en lugar del preso. Como el suicidio estaba de moda entre los romanos, el carcelero intentó suicidarse. Pablo se esforzó para tranquilizarlo:

—No te hagas ningún mal, que estamos todos aquí.

           El carcelero pidió luz, entró de un salto, y tembloroso, cayó el pobre a los pies de Pablo, lo sacó fuera y le increpó con humildad:

—Señor, ¿qué he de hacer para salvarme?

—Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa, le contestó amablemente Pablo.

           Aquella misma noche, el carcelero llevó a Pablo a su casa, le lavó las heridas recibidas en los azotes y le preparó la mesa, mientras recibía el anuncio de la Palabra del Señor él y todos los suyos; fue bautizado, y se congratuló con su familia por haber creído en Dios. ¡Una conversión en tan sólo una noche! ¿Qué santidad de vida respaldaría la predicación de aquel varón, capaz de lograr frutos tan sorprendentes?

           Llegado el día, los pretores enviaron a los lictores con la siguiente orden para el carcelero:

—Pon en libertad a estos hombres.

           El carcelero transmitió estas palabras a Pablo:

—Los pretores han enviado a decir que os suelte. Ahora, pues, salid y marchad.

—¿Cómo?, exclamó Pablo, resistiéndose. Después de habernos azotado públicamente sin habernos juzgado, y a pesar de ser nosotros ciudadanos romanos, nos echaron a la cárcel. ¿Y ahora quieren mandarnos de aquí a escondidas? De ninguna manera; que vengan los magistrados personalmente a libertarnos.

           Los lictores transmitieron estas palabras a los pretores. La noticia de la ciudadanía romana de Pablo y Silas cayó como un jarro de agua fría y les sobresaltó. Pues la ley romana prohibía, bajo penas severas, someter a un ciudadano romano a la flagelación sin una causa justa. Al ciudadano romano sólo se le podía azotar después de ser condenado a muerte tras un juicio proporcionado, y aquí ni siquiera se había incoado un proceso judicial.

           El asunto adquiría feo cariz. Si los reos se quejaban, se podrían tomar represalias contra Filipos por la imprudencia cometida: tanto los magistrados como la colonia corrían grave peligro. Pocos años antes, exactamente en el 44, el emperador Claudio había privado a los vecinos de Rodas de sus privilegios por haber crucificado a ciudadanos romanos. Por consiguiente, los propios magistrados vinieron, muy amables, a exponer sus excusas y a soltarlos; y al mismo tiempo suplicaron a Pablo y Silas que abandonasen la ciudad.

           Al salir de la cárcel corrieron a casa de Lidia, se reunieron con los hermanos para infundirles esperanza y aliento, y se marcharon de Filipos (salvo Lucas, que quedó allí para consolidar la hermosa obra iniciada). El 1º contacto con Europa, es cierto, se había teñido de lágrimas y de sangre; mas la semilla se había echado y sembrado y las espigas comenzaban a granar.

e.5) Tesalónica y Berea

           Pablo se encaminó hacia Tesalónica, atravesando Anfípolis (la heroina de las Guerras Peloponesias griegas) y Apolonia (junto al lago Apolonia, cerca de la actual Stavros), donde exhortaba a la perfección con delirio apasionado, y animaba a los hermanos a un mismo sentir y a una vida serena. Así, el Dios del amor y de la paz estaría con ellos. "Os fui predicado nuestro evangelio (les recordará años más tarde el apóstol), no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo, con plena persuasión".

           Tesalónica, la capital metropolitana de Macedonia y residencia del procónsul, se había convertido en importante puerto marítimo, y ubicada sobre la Vía Egnacia (la calzada que unía Roma con Oriente) había alcanzado una prosperidad rápida y creciente. En aquel tiempo, aunque esta populosa población la formaban mayoritariamente griegos, cohabitaban allí otros pueblos, entre ellos el judío, que constituía una comunidad nutrida y poderosa con sinagoga propia. Los habitantes de Tesalónica, excepto los judíos, eran idólatras y disolutos, como sucedía entonces en cualquier urbe marítima.

           No es posible saber con exactitud cuánto tiempo permaneció Pablo en Tesalónica. Al menos, 3 semanas, y tal vez algunos meses, dado el estado floreciente de la comunidad formada cuando escribió sus cartas. Durante dicha estancia, y como poco después les escribió el apóstol, "os hicisteis imitadores nuestros y del Señor, abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones". De esta manera "os convertísteis en modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya". Porque "partiendo de vosotros, la Palabra del Señor ha resonado en otros lugares, y vuestra fe en Dios se ha difundido no sólo en Macedonia y en Acaya, sino por todas partes".

           Tras los sobresaltos vividos en Filipos, Pablo tuvo la valentía de predicar el evangelio en Tesalónica, sabiendo que esto le atraería nuevas luchas. Pues "no trataba de agradar a los hombres, sino sólo a Dios", y por eso él "no podía presentarse con palabras aduladoras, sino como una madre que cuida con cariño de sus hijos". De esta manera, añade el apóstol, "quisimos daros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestro propio ser, porque habíais llegado a sernos muy queridos".

           Para no ser gravoso a nadie, y a la par que evangelizaba, Pablo tuvo que trabajar con sus propias manos, como tantas otras veces, para ganarse su propio sustento. Así, quería dar ejemplo, para que ellos hiciesen lo mismo: "Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque me he enterado que hay entre vosotros algunos que viven desconcertados, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A esos tales les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan".

           Acudía también a la sinagoga, donde probaba que Jesús era el Cristo y donde debía soportar el rechazo de algunos judíos. Y por las noches, a la luz de rústicos candiles de aceite o aprovechando el resplandor de la luna llena, entablaba amistosos coloquios con los tesalonicenses, tanto judíos como gentiles ávidos de saber, en ocasiones prolongados hasta el amanecer del día:

—Entonces, ¿no es necesario ser judío para salvarse?

—No, hermanos: todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará. Porque todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios, y cada uno dará cuenta de sí mismo ante él.

—Ese Dios que anuncias, Pablo, sentado en un tribunal, parece más bien un Dios justiciero y pendenciero.

—¡De ninguna manera! En verdad es realmente justo y necesario que todos seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal.

—Pues entonces será difícil salvarse, ¿no?

—Sencillamente, hay que trabajar con temor y temblor por la salvación. Mas Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad.

—¿Y cómo se obtiene verdaderamente la salvación?

—Nos salvamos por la gracia de Dios, mediante la fe; y esto no viene de nosotros, sino que es puro don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe.

—¿Entonces?

—Escucha: si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación.

—Pero es que nosotros apenas hemos oído hablar de ese tal Señor Jesús que tú tanto anuncias.

—Es verdad. ¿Cómo podría creerse en Aquel a quien no se ha oído? ¿Y cómo podría invocarse a Aquel en quien no se ha creído? Por eso estoy yo aquí con vosotros, para que me oigáis. ¿Cómo iríais a oír sin que se os predicase? Porque la fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo. En consecuencia, debéis manteneros firmes, hermanos, y conservar las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz.

—Algunos de los nuestros, amado Pablo, no están muy de acuerdo con estas cosas, con esta doctrina que enseñas.

—Pues yo os mando, en nombre del Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que viva desconcertado y no según la tradición que de mí habéis recibido, que no es otra cosa que el evangelio de Cristo Jesús.

—Entonces, hermano, para mantenernos fieles a ese evangelio de Cristo Jesús, como en algunas cosas puede contradecirse con las normas ya establecidas en la vida, ¿deberemos desobedecer también a las autoridades de esta sociedad, a los edictos de los pretores, de los cuestores, de los procuradores y del césar?

—¡Jamás! Debéis someteros a la autoridad constituida, pues no existe autoridad que no provenga de Dios; de manera que quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación.

—Pero es que los magistrados son temibles en numerosas ocasiones, Pablo.

—No, hermano. Los magistrados no son de temer cuando se obra el bien, sino cuando se obra el mal.

—Total, que hay que someterse, ¿no?

—Es preciso someterse no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia. Por eso precisamente pagáis los impuestos, porque son funcionarios de Dios. Vosotros dad siempre a cada cual lo que se le debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor.

—¿Y qué consuelo nos quedará si tenemos que guardar fidelidad a quien puede ser nuestro enemigo, a quien puede perseguirnos por no dar culto a sus dioses?

—Debéis estar contentos, hermanos, y gloriaros en la esperanza de la gloria de Dios. Mientras tanto, también os recomiendo que hagáis plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios.

—Sí, pero es que hay algunos que no cesan de amargarnos continuamente la vida.

—Precisamente por eso. Debéis gloriaros hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza; y la esperanza, el amor de Dios.

—¿Y dónde aparece la justicia de Dios en todo esto?

—Es propio de la justicia divina pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros, los atribulados, con el descanso cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo con sus poderosos ángeles, en medio de una llama de fuego, y tome venganza de los que no conocen a Dios y de los que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesús.

—¿Y qué les pasará a éstos?

—Pues éstos sufrirán la pena de una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel Día a ser glorificado en sus santos.

—¿Pero es cierto que resucitan los muertos? ¿Cómo resucitan? ¿Con qué cuerpo renacen a la vida? ¿Cómo?

—¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o alguna otra semilla. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla un cuerpo peculiar. De igual manera, en la resurrección de los muertos se siembra corrupción, pero resucita lo incorrupto; se siembra vileza pero se resucita gloria; se siembra debilidad pero resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural, pero resucita un cuerpo espiritual.

—Os digo, hermanos: la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de los cielos... Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Entonces se cumplirá la Escritura: "La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?". ¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Así, pues, hermanos míos amados, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que vuestro trabajo no es vano en el Señor.

—Comentabas que las tribulaciones engendran el amor de Dios. Pero, ¿cómo notaremos la presencia del amor de Dios en nuestro corazón?

—El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. No olvidéis que quien no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece, mientras que los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.

—Eso está muy bien en teoría, hermano. Pero quizás olvidas nuestra debilidad, nuestra fragilidad, nuestra miseria.

—Precisamente por eso, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Además, nosotros no sabemos pedir a Dios como conviene, mas el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios.

—Entonces, ¿por qué se enoja Dios tantas veces con nosotros? ¿Por qué un mismo Dios permite tantas diferencias entre nosotros?

—¡Oh hombre! Pero ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso la pieza de barro dirá a quien la modeló por qué me hiciste así? ¿O es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras para usos despreciables?

           Desde luego, estos interminables coloquios, tanto en Tesalónica como en cualquier rincón de la geografía adonde llegó este incansable apóstol peregrino, dejaban boquiabiertos al auditorio, que se arremolinaba en torno suyo. Convencían, pues nadie ponía en aprietos a quien era capaz de derrochar tanta sabiduría, que daba réplica oportuna a todos y a todo. Como un padre a sus hijos, a cada uno de ellos, de forma íntima y personal, le exhortaba y alentaba a vivir de una manera digna de Dios, "que te ha llamado a su Reino y gloria". Por ello, algunos judíos y una considerable multitud de griegos residentes en Tesalónica se convirtieron, alcanzando esta comunidad el apelativo de "la esperanza, el gozo y la corona de la que nos sentiremos orgullosos ante nuestro Señor Jesús en su venida".

           Sin embargo, algunos del barrio de los judíos, preñados de envidia, reunieron a la gente maleante de la calle con objeto de armar tumultos y alborotar la ciudad. Se presentaron en casa de un tal Jasón, buscándolo para llevarlo ante el pueblo. Al no encontrarlo, arrestaron a Jasón y a algunos hermanos ante los magistrados de la ciudad, acusándolos y acosándolos con insultos:

—Esos que han revolucionado todo el mundo se han presentado también aquí, y Jasón les ha hospedado. Además, todos ellos van contra los decretos del César y afirman que hay otro rey, Jesús.

           Al oír esto, el pueblo y los magistrados de la ciudad se alborotaron. Pero después de recibir una fianza de Jasón y de los demás, les dejaron ir.

           No obstante, Pablo, aconsejado por los hermanos, tuvo que huir inmediatamente, ocultado bajo la penumbra de la noche, como un perro malherido. Y marchó a Berea (antigua Vergina, primitiva sede de los reyes macedónicos), a 70 km al suroeste de Tesalónica). Los tesalonicenses convertidos continuaron siendo objeto de una cruel persecución, ante la cual ya les había prevenido previamente el apóstol, animándolos hasta el extremo de dar, si era preciso, la vida misma, en justa correspondencia al amor de Dios: "Por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a dar su vida; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. Cristo murió por los impíos".

           Berea (actual Veria), localidad importante y populosa, estaba situada al pie del monte Hermios, en el fértil valle de Haliacmon. Los judíos de Berea, de un natural más pacífico que los de Tesalónica, aceptaron la Palabra de Dios de todo corazón. Diariamente examinaban las Escrituras y creyeron muchos, judíos y griegos, mujeres distinguidas de la nobleza y hombres de toda condición social. Pero, enterados los judíos de Tesalónica del progreso espiritual, su odio les condujo hasta Berea, donde fueron a agitar y a violentar a la gente.

           "Son enemigos del evangelio para nuestro bien", solía recordar el apóstol a sus amigos tesalonicenses. Efectivamente, la Providencia permitía todo esto para que, sin preverlo, Pablo subiera de la llana Macedonia a las montañosas Atica y Peloponeso (de ahí lo de subir, cuando en realidad iban del norte al sur), donde le esperaban 2 sedes universales del progreso y de la cultura, donde su palabra pasaría a resonar a nivel mundial: Atenas y Corinto.

e.6) Atenas

           Posiblemente Pablo subió de Macedonia (norte de Grecia) a la Atica (sur de Grecia) a través del mar, costeando los puertos de la costa griega y evitando así los irresolubles sistemas montañosos del Olimpo y Parnaso, permanentemente nevado el 1º e imposible de hacer a pie o carreta el 2º.

           Cuando Pablo arribó al puerto de Atenas, capital del mundo griego y ciudad más civilizada del mundo, la ciudad ya no era la de antaño (la de Sócrates, Sófocles, Fidias, Pericles o Tucídides) pero conservaba todo su empaque a nivel intelectual y artístico. La fama de su sabiduría y de sus sabios aún resonaba por todo el globo terráqueo, e incluso todo emperador romano debía seguir aprendiendo sus máximas.

           Silas había quedado en Berea, aunque fue reclamado con urgencia para venir a Atenas. Entre tanto, Pablo tuvo que enviar a Timoteo a Tesalónica, para afianzar y dar ánimos en la fe, y estimular a los tesalonicenses a no vacilar en las tribulaciones. Por lo que se había quedado completamente solo en Atenas.

           Atenas estaba constituida en torno a la Acrópolis (llamada Cecropia, por haber sido fundada por el mítico Cecrops). Al noroeste de la Acrópolis, y frente a los Propileos, se alzaba una colina de 115 m. altura (el Areópago), adonde se llegaba por una escalera tallada en roca. En los alrededores de Atenas se encontraba el Templo de Ares. Al suroeste del Areópago se levantaba la colina del Pnyx, donde se adoraba al Gran Zeus sin templos ni imágenes. Grandes moles de roca formaban la base de otras menores, talladas en semicírculo y cerradas por una muralla alta y lisa en la parte suroeste. Al norte de las colinas se encontraba el camino del puerto del Pireo, que llevaba de éste a la ciudad. Abundaban las estatuas y los monumentos dedicados a las divinidades: Atenea Parthenos, Ares, Poseidón, Zeus Eleuterios, Apolo Patreos, Hefestos, Afrodita, Hermes Agoraos, Némesis, Dióscuros, Dionisos, Asclepio, Cibeles, Serapis... Cientos de costosísimas edificaciones (Telesterion, Odeón, Olimpeion, Likaeion, Zappeion...) edificadas con la piedra más cara y bella del mundo: el mármol pentélico, del vecino monte Pentélico.

           La 1ª impresión que produjo Atenas a Pablo fue de indignación, al ver la ciudad saturada de ídolos. La médula del arte y de la cultura helénica, inundada de tanto monumento religioso, afligió su corazón. Junto a la aflicción, al apóstol quedó atónito y dolido ante el extraño contraste que ofrecían las edificaciones atenienses: la reluciente riqueza que desbordaba a los ídolos de oro y bronce, frente al paganismo más absoluto que encubría a los seres humanos.

           Discutía en la sinagoga con los judíos y con los que adoraban a Dios; y diariamente en el ágora con los representantes de la filosofía griega, muy caída por entonces, que por allí se encontraban. Trababan conversación con él algunos filósofos epicúreos y estoicos. Los epicúreos no creían en Dios ni en la otra vida, y situaban la felicidad del hombre en el placer. Los estoicos enseñaban que no se podía llegar a la felicidad sino por el desprecio de todo. Ciertamente, el estado general de los espíritus manifestaba una estrambótica inquietud, producto de la acción demoledora del escepticismo, y a la vez del eclecticismo, que en reacción contra el primero había tratado de buscar puntos de coincidencia entre todas las escuelas filosóficas de Atenas de aquel tiempo. Algunos, sobrados de soberbia y engreimiento, se mofaban de Pablo con ironía chulesca:

—¿Qué querrá decir este charlatán?

           Otros, más respetuosos, se preguntaban intrigados:

—Parece ser un predicador de divinidades extranjeras.

           La filosofía ateniense había huido de las sutilezas y del refinamiento dialéctico clásico y se refugiaba en la moral y en la religión, buscando pautas y fórmulas sencillas de fácil aplicación para resolver el problema práctico de la orientación de la vida. Prevalecían entre los filósofos los temas éticos y religiosos acerca de Dios, la providencia, el bien y el mal, la virtud, la felicidad, la inmortalidad del alma, la salvación, el destino futuro, los castigos y recompensas en otra vida. Los filósofos se transformaban en ascetas y místicos, en predicadores populares y directores de conciencias, en educadores. La filosofía había perdido el sentido enciclopédico de Platón, de Aristóteles y del estoicismo.

           La desconfianza en la fuerza de la razón se traducía en el predominio de lo irracional sobre lo racional. Lo sentimental, lo emocional, la fe ciega, la adivinación, el oráculo y hasta la magia y la superstición prevalecían sobre lo que hasta entonces había sido la filosofía. Se experimentaba en los atenienses un gran vacío interior y una ficticia religiosidad. Esperaban algún acontecimiento extraordinario que haría cambiar radicalmente los destinos de la humanidad errante. Perdida o debilitada la fe en la religión oficial, muchos trataban de llenar ese vacío acudiendo a las religiones orientales o refugiándose en los misterios. Se trataba de buscar la finalidad práctica de la salvación, aspirando a la unión con la divinidad en sentido místico.

           Mas como los atenienses y los forasteros que allí residían en ninguna otra cosa hallaban más placer que en decir u oír la última novedad, acabaron por enterarse de la presencia en Atenas de aquel intruso y menudo predicador. Tomaron, pues, a Pablo y lo llevaron ante el consejo del Areópago para indagar en qué consistía aquello que ofrecía:

—¿Podemos saber cuál es esa doctrina nueva que tú expones?

           Pablo agradeció el ofrecimiento. Se hallaba en el momento álgido de su carrera, ante el tribunal más afamado de la historia, frente a la ocasión más propicia para revalidar y contrastar su pensamiento, sus ideas, sus creencias. El sueño de cualquier orador de dirigirse al Areópago se convertía para él en realidad.

           El Areópago era el tribunal más insigne y antiguo de Atenas, compuesto por los sabios de Atenas y que Esquilo hacía remontar a los orígenes de la ciudad. Se reunía en la colina de Ares (hoy, frente a la Acrópolis) y se sometía a riguroas reglas en el uso de la palabra. Se trataba de una institución aristocrática, formada por los que habían desempeñado sin tacha alguna el Arcontado (los arcontes, que garantizaban su libertad de pensamiento y acción a base de desembolsar su fortuna en la ciudad), y cuyo tribunal de magistrados vigilaba el cumplimiento de las leyes y los asuntos de orden público, a forma de Tribunal Constitucional. En la colina del Areópago se erigía el Altar de la Implacabilidad, en el que se inmolaban víctimas a las Euménides (cuyo culto estaba bajo protección del tribunal) antes de pronunciar sus fallos.

           El Areópago velaba también por el buen nombre de la institución, haciendo observar a sus miembros una conducta intachable, hasta el extremo de prohibirles escribir comedias, por considerarlas indignas de la gravedad del cargo, llegando a castigarles por el mero hecho de matar un pajarillo. Una ligera falta era suficiente motivo para expulsar del Areópago a quien la hubiese cometido, sin que se pudiera apelar de esta decisión.

           Entonces, Pablo, de pie en medio del Areópago, y no sin cierto nerviosismo debido al presunto empaque del auditorio, comenzó su discurso rociándolo de ciertas dosis de picardía:

—Atenienses: veo que sois respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, a ése que vosotros adoráis sin conocer, a ése os vengo yo a anunciar.

           Y predicó al Dios desconocido, a quien los atenienses en su ignorancia habían erigido altares, utilizando la sabiduría pagana para combatir el paganismo. Consideraba que entre tantos dioses venerados en Atenas, el único desconocido y sin culto era el Dios verdadero que él anunciaba, el Creador del cielo y de la tierra, tomando ocasión así para defenderlo y proponerlo como alternativa de vida:

—Porque no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos.

           Su discurso se diferenció sensiblemente de sus esquemas habituales. Para adaptarse a su frívola audiencia, y a la usanza de los oradores clásicos, citó los poetas griegos, no el AT. Empezó predicando al Dios Creador, conservador y proveedor de todo, para venir a hablar de Jesucristo, resucitado de entre los muertos. Como recordaría años más tarde:

"¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría mundana? De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres".

           Cuando concluyó su exposición, el auditorio alzó la testuz: algunos se burlaron de él, otros, más educados, pidieron seguir escuchándole, y unos pocos creyeron, entre ellos el presidente del Areópago, Dionisio el Areopagita, y una mujer de nombre Damaris que la tradición supone esposa de Dionisio; éste había nacido en Atenas, dándose desde joven a los estudios y destacando tanto en ellos, que alcanzó los primeros puestos entre los que regían la ciudad.

           Le mereció la pena a Pablo trabar amistad con este ilustre matrimonio. No obstante este grato vínculo, fue notable el fracaso de Pablo en Atenas. En adelante, jamás caerá en la tentación de modificar sus esquemas de trabajo, y su predicación rechazará los adornos de la sabiduría griega. Aprendió que el orgullo del entendimiento resultaba más impenetrable para el evangelio que la licenciosa vida pagana. Se percató de por qué el Mesías defendía a prostitutas y a pecadores mientras atacaba severamente a aquellos fariseos petulantes que enseñaban por doquier cargados de soberbia. Comprendió, en fin, que no estaba aquel terreno preparado para recibir la semilla del evangelio. Y de Atenas se encaminó hacia el Peloponeso, haciendo escala en Corinto, capital de Acaya.

e.7) Corinto

           Era ya el invierno del año 50 cuando Pablo llegó a Corinto, donde permanecería hasta el verano del año 52.

           Levantada sobre un istmo y abierta a 2 mares (entre el golfo de Lepanto y el mar Egeo), Corinto gozaba de una situación estratégica excepcional, bajo la falda del mítico monte de Poseidón. Ocupaba el corazón de la mítica y micénica Corinto (la mítica Éfira de Sísifo, su fundador), inventora del orden artístico corintio, creadora de la cerámica de figuras negras y rojas, impulsora de los Juegos Ístmicos en honor a Poseidón (a la par de los Juegos Olímpicos de Olimpia, y de los Juegos Píticos de Delfos) y en todo notoria por su laboriosidad (que había llegado a competir con Atenas, a nivel de comercio mundial), malas amistades (aliándose con la misma Persia, para arruinar la cerámica ateniense) y belicosidad (no dudando en pedir a Esparta que atacara a Atenas, provocando así las guerras civiles griegas y la ruina de Atenas).

           Como consecuencia de todo ello, la vieja Corinto había sido destruida en el pasado, y tras varios siglos de desolación, Julio César había edificado sobre sus ruinas una nueva metrópoli, el año 44 a.C. Una colonia que sirviera de avanzadilla a la influencia romana, pero no una colonia de soldados veteranos (como Filipos) sino de personas civiles, junto a los esclavos emancipados o hijos de ellos (sobre todo de origen itálico). Los descendientes de éstos formaban la médula principal de la población, una especie de aristocracia civil orgullosa del nombre romano e imbuida intensamente de la tradición y del sentimiento romano. Y sólo los ciudadanos romanos podían ser ciudadanos de Corinto, cuya lengua oficial era el latín, y no ya el griego.

           Encrucijada de las grandes rutas imperiales, Corinto era considerada como una de las urbes más notables del edén mediterráneo. Todas las razas y oficios se daban cita en Corinto, núcleo comercial y de la navegación debido a la dificultad de los marinos de doblar el Cabo Tenaro (que obligaba a transportar las mercancías a través del istmo, en cuyo trabajo habían empleados 500.000 esclavos). Poseía 2 importantes puertos, el de Cencres y el de Lequeo, que trataría de unir Nerón por un canal. El suave azul celeste contrastaba con el azul intenso de las aguas cristalinas del mar, las cuales, encerradas dentro de una inmensa peña rocosa, proyectaban sobre los muelles y sobre la ciudad armonía, paz, serenidad, seguridad. En los muelles pululaban cargadores, marinos, comerciantes, traficantes, contrabandistas, fabricantes de antigüedades, judíos... Una nube de esclavos se mezclaba con gladiadores, turistas, atletas... dando un colorido único al lucido colorido de aquella alocada ciudad, auténtico emporio de riqueza.

           Los habitantes de Corinto (300.000, aparte de los esclavos) se distinguían por su espíritu refinado y su habilidad en el ejercicio de las bellas artes y de la industria. Allí florecían las empresas de elaboración de tejidos y alfombras, de cerámicas y de púrpuras. Mas Corinto, como puerto de mar, constituía un prepotente foco de corrupción, gozando de fama por ello. Tanta, que a las gentes de mala vida se les llamaba corrientemente novios "estilo Corinto", y a su modo licencioso de vivir, corintizar o vivir a la corintia (verbo griego que equivalía a practicar la lujuria). El término corintia era sinónimo de ramera, y corintíaco significaba cazador de rameras. Para colmo, uno de los templos más renombrados de la ciudad cobijaba a más de 1.000 mujeres dedicadas a la prostitución. Éstas, las hetairas, eran célebres por el lujo que desplegaban y por su hermosura. El precio elevado de sus caricias dio origen al aforismo: "No todos pueden ir a Corinto".

           ¿Qué significaba proponer en Corinto la virtud y la santidad como modelos radicales de vida? ¡Un disparate, una utopía, un delirio! ¡Una locura, una monstruosa locura! ¡Pero también una santa locura! ¡Y un sueño! ¿Y por qué no intentarlo? Así que el apóstol fue a Corinto, "débil y con mucho temor y temblor", justo tras el fracaso de Atenas, pues jamás los desengaños le amedrentaban. Sólo su arrojo, su fe ilimitada, su caridad, aquella ardiente caridad que prendía fuego a los corazones que acogía, podían impulsarle a predicar a Jesucristo en Corinto, el último escondrijo del macrocosmos capaz de recibir la Palabra de Dios. Aunque, tal vez ya por aquel tiempo la inmoralidad de la ciudad debía estar algo amortiguada y, posiblemente, ser menor de la que la tradición le asignaba, gracias a la población y a la influencia romana sobre las costumbres griegas.

           Vivía en Corinto un considerable número de judíos. Una inscripción hallada sobre la entrada de una sinagoga, escrita con toscos caracteres, revela que se trataba de una comunidad pobre e ignorante, aunque quizás habrían más sinagogas. En todo caso, la mayoría de judíos, bastante impopulares, no eran ciudadanos de Corinto, como cabía esperar en una ciudad de ambiente marcadamente romano.

           Se encontró el apóstol en Corinto con un judío originario del Ponto, llamado Áquila, que acababa de llegar de Italia con su mujer Priscila (diminutivo de Prisca, nombre con el que también se la conocía). El nombre de Áquila lo debió tomar del latín, probablemente para designar su origen judío. Moraban Áquila y Prisca en Roma cuando el emperador Claudio publicó un decreto, el año 49, exigiendo que los judíos, muy alborotados a causa de la predicación evangélica, abandonasen Roma, y el matrimonio tuvo que emigrar y refugiarse en Corinto. En Corinto ejercían el oficio de fabricantes de tiendas de campaña, empresa para la que contaban con numerosos curtidores a sus órdenes. Áquila y Prisca habían abrazado la fe cristiana ya en Roma, durante la 1ª estancia en Roma Pedro (ca. 45-49).

           Como Pablo dominaba el oficio de curtidor, y gustaba no ser gravoso a nadie, viviendo del trabajo de sus manos (aunque admitía que "el Señor ha ordenado que los que predican el evangelio vivan del evangelio"), se quedó a vivir con este matrimonio, trabajando con ellos y alojado en su casa, donde fue muy bien tratado. Sudaron y se esforzaron juntos, con ardor, no sólo en la elaboración artesanal de aquellos tejidos oscuros y bastos de pelo de cabra o de camello, sino sobre todo en la propagación de la fe cristiana. Aquella bendita casa se constituyó en lugar de reunión de conversos, es decir, en una pequeña iglesia doméstica, pues la voz iglesia ya indicaba entonces "congregación de fieles".

           Pablo acudía cada sábado a la sinagoga y se esforzaba en demostrar que Jesús era el Mesías esperado en quien debían creer. En la sinagoga encontraba un campo trillado para la siembra entre los judíos y los muchos prosélitos que se agregaban siempre a la misma. Y siempre lograba idéntico resultado: algunos israelitas, especialmente los prosélitos se rendían a su palabra, mientras la masa general, cargada de odio y maldad, se revolvía contra el predicador. Mas él nunca se amilanaba, y apostillaba:

—Tú que juzgas, quienquiera que seas, no tienes excusa, pues juzgando a otros a ti mismo te condenas. ¿Acaso desprecias las riquezas de bondad, de paciencia y de longanimidad de Dios, sin reconocer que te impulsa esa bondad a la conversión? Por la dureza y la impenitencia de tu corazón vas atesorando contra ti cólera para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada cual según sus obras.

           Peor todavía que otras veces, chocó en Corinto con una violenta oposición y con tal desprecio hacia el Señor Jesús, que llovían blasfemias contra su nombre. A través de las líneas que escribía Pablo en este tiempo a sus amigos de Tesalónica, el año 51, se presiente la crudeza de la prueba:

—Lo mismo que las Iglesias de Judea han sufrido por parte de los judíos, que mataron al Señor y a los profetas, nos han perseguido. No agradan a Dios y son enemigos del género humano. ¡Se han opuesto a nuestra predicación, y han llegado a rebasar la medida de sus pecados! Pero la ira de Dios ha caído con todo rigor sobre ellos.

           Pablo sudaba sangre para poder mantener un natural amable, por muy manso que a menudo pareciera y de hecho lo fuese. La doctrina que él enseñaba la había aprendido por vía sobrenatural, desde aquel encuentro en la llanura de Damasco. Tenía las ideas muy claras y el celo le consumía, hasta tal punto que cuando le contradecían brotaba de él un espíritu dominador. Reclamaba para sí la autoridad del apóstol, y a los tercos y rencorosos fácilmente les mostraba el lado bronco de su carácter. Un hombre así contaba sin duda con escuadrones de admiradores entusiastas y de secretarios abnegados y serviciales, mas también chocaba y se indisponía contra quienes no se doblegaban.

           A la vista del endurecimiento de corazón de los judíos, Pablo renunció a su empresa:

—Que vuestra sangre caiga sobre vuestras cabezas. En adelante me dirigiré a los gentiles sin que nadie pueda echármelo en cara.

           Una noche, el Señor le manifestó durante una visión:

—No tengas miedo, sigue hablando y no calles. Porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal, pues tengo yo un pueblo numeroso en esta ciudad.

           Estas palabras le estimularon. De tal manera que, al rechazar la sinagoga a Pablo, éste rompió formalmente con la sinagoga y trasladó su campo de acción a la casa del prosélito Tito Justo para darse a instruir a los gentiles.

           Abundaron las conversiones de corintios que creyeron y recibieron el bautismo al oír a Pablo. Entre ellos, personas insignes, como Crispo (jefe de la comunidad judía), Erasto (cuestor tesorero de la ciudad), Cloe (viuda rica), Estéfanas, Fortunato, Arcaico y otros. Sus confidencias en las dos cartas que escribió a los corintios durante el viaje siguiente nos han descubierto la fisonomía moral de este gran pueblo.

           Aparte del ánimo que recobró por aquellas palabras del Señor y por las recientes conversiones obradas, Pablo recibió un gran consuelo con el regreso de Timoteo desde Tesalónica trayendo muy gratificantes noticias de aquella comunidad engendrada entre penas y luchas. "¿Cómo podremos agradecer a Dios (se apresuró a escribir Pablo a los tesalonicenses) todo el gozo que por causa vuestra experimentamos? Noche y día pedimos a Dios insistentemente poder ver vuestro rostro y completar lo que falta a vuestra fe".

           Y predicó sin temor en Corinto, en un ambiente hostil y corrupto fue sembrando semillas de esperanza y de amor. Jamás se acobardó de proclamar un evangelio que contradecía brusca y radicalmente la esencia misma de la vida de aquellos corintios:

—Entonces, ¿debemos permanecer en el pecado para que la Gracia se multiplique?

—¡De ningún modo, hermanos! ¿No sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados para el bautismo a fin de que vivamos una vida nueva. ¡No reine más el pecado en vuestro cuerpo mortal!

—¿Tan exigente es, entonces, el Dios que predicas?

—Hermano: considera siempre la bondad y la severidad de Dios. Severidad con los que cayeron, bondad contigo, si es que te mantienes en la bondad; que si no, también tú serás desgajado.

           Desde luego, adolecía de ese vicio tan común en los predicadores de no ser rigurosos para no perder clientela; él jamás temía quedarse sin audiencia por inculcar la perfección suma, absoluta, pues "los que son de Cristo Jesús han de crucificar la carne con sus pasiones y sus apetencias".

           Dedicó a Corinto 18 interminables meses de su vida peregrina. Después seguiría en contacto con sus fieles por medio de cartas, respondiendo a sus consultas, interesándose por sus progresos, solucionando sus problemas.

           De sus cartas se deduce que los corintios, en un principio carnales y nada espirituales, "como niños en Cristo", fueron colmados de carismas extraordinarios: don de profecía, don de lenguas, don de interpretación, don de sanar enfermos y don de hacer milagros. El Espíritu de Dios se derramó con generosidad, alumbró sus sombras e iluminó sus corazones. A esta gente, antaño criada y cultivada en una mentalidad materialista y pagana, Pablo escribiría las más bellas páginas sobre Cristo y su cuerpo místico, sobre el gran misterio de la eucaristía.

           Les aleccionaba con sencillez, hasta con candidez y como la cosa más natural, en asuntos de la más alta mística. La escuela de espiritualidad formada en Corinto alcanzó cotas que tal vez no han vuelto a alcanzarse. Ciertamente, entre los corintios habían algunos sabios y poderosos, pero la mayoría, gente modesta, pertenecían a la masa. Y todos ellos habían sido presas desde tiempo inmemorial de la idolatría, de la impureza. Como les recordaría en otra ocasión: "Bien sabéis que cuando erais paganos os hallabais arrastrados, y empujados hacia los ídolos".

           Pero ahora, una fuerza poderosa y misteriosa a la vez, la de la gracia de Dios, les dominaba. Y el corazón de Pablo se fortalecía y se ensanchaba y se impregnaba de valor, y crecía paralelamente su confianza y su amor en Cristo Jesús y en los hermanos.

           La conquista de Corinto fue lenta y se llevó a cabo por la comunicación íntima, personal, de alma con alma. Trabajaba en su telar, y, mientras sus manos se hallaban ocupadas en la faena, oraba y predicaba.

           Durante la primavera del año 52, y siendo Junio Galión procónsul de Acaya, un tropel de judíos maliciosos, de común acuerdo, se abalanzó sobre Pablo, al que acorralaron, y condujeron ante el tribunal del procónsul con esta denuncia:

—Éste persuade a la gente para que adore a Dios de una manera contraria a la ley.

           Galión, hermano del eminente filósofo Séneca, hombre endeble pero agradable, guardaba estricta fidelidad a sus amigos. Pronto se dio cuenta de la mezquindad del asunto que le reclamaban y de la vileza de los acusadores. De modo que iba Pablo a abrir la boca, cuando Galión, sin escucharle siquiera, ordenó a los denunciantes:

—Si se tratara de algún crimen o mala acción, yo os escucharía con calma, como es razón. Pero como se trata de discusiones sobre palabras y nombres y cosas de vuestra ley, allá vosotros. Yo no quiero ser juez en estos asuntos.

           Y los echó del tribunal. Entonces, la chusma agarró a Sóstenes (jefe de la sinagoga) y se puso a golpearlo ante el tribunal, sin que a Galión le diera esto ningún cuidado. Pablo, no obstante, comprendió que debía ir poniendo fin a su estancia en Corinto para evitar tropelías de esta calaña, aunque todavía se quedó algunos días.

           Llegada la hora de separarse de aquella naciente iglesia, y habiendo encargado su cuidado a Timoteo, se despidió de los hermanos con aquel saludo que la historia ha inmortalizado:

—Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios nuestro Padre, y la comunión del Espíritu Santo, estén siempre con todos vosotros.

e.8) Éfeso

           De Corinto bajó Pablo a Cencreas (la actual Kekhries), población del Peloponeso donde se hallaba el puerto oriental de Corinto, y se embarcó rumbo a Siria. Cencreas había adquirido celebridad merced a unas termas conocidas como Baños de Elena, y en esta ciudad se había cortado el pelo a causa de un voto, probablemente el del nazireato.

           Arribó a Éfeso, capital del Asia proconsular, acompañado por Prisca y Áquila, que habían expuesto en Corinto varias veces su cabeza para salvar la del apóstol, y allí se separó dolorosamente de ellos, pues el matrimonio había decidido quedarse a vivir en esta ciudad. Entró en la sinagoga de Éfeso a discutir con los judíos. Le rogaron que se quedase más tiempo, mas no accedió, alegando la observancia del voto, y se despidió asegurándoles:

—Volveré a vosotros en otra ocasión, si Dios quiere.

           Y embarcándose en el puerto de Éfeso, navegó  hasta Judea, arribando en Cesarea del Mar.

e.9) Regreso a Antioquía

           El viaje acabó sin sobresaltos. Desde Cesarea se encaminó a Jerusalén y, tras saludar a los hermanos, se dispuso a cumplir el voto de nazireato. Este voto, que se había convertido en un ejercicio ascético, exigía privarse de vino y dejarse crecer el pelo por un espacio de 30 días (según Flavio Josefo), al final del cual el cabello debía ser cortado y quemado en el Templo de Jerusalén como algo sagrado, junto con una serie de sacrificios que, naturalmente, implicaban ciertos gastos.

           Una vez cumplido en Jerusalén el voto, volvió rápidamente Pablo a su punto de partida: Antioquía. Corría el verano del 52. Necesitaba compartir los momentos de júbilo y de pesar del viaje, y descansar en paz en su casa. Mas apenas hubo llegado a Antioquía, le esperaba una grata sorpresa a Pablo: la visita del anciano apóstol galileo, Pedro.

           Ansiaba Pedro reponer las fuerzas que se le iban debilitando, y disfrutar durante unos días de la presencia y compañía del apóstol de Tarso, ya cuarentón. Quería compartir sus experiencias y escuchar en detalle sus seductoras andanzas por Occidente. Pero anhelaba conectar con él en lugar tranquilo, reposadamente, sin persecuciones por medio, sin prisas, sin molestias externas; en su propia salsa. Y para ello, nada mejor que en un ambiente amado por ambos, pues ambos se desenvolvían espléndidamente en la bella ciudad de Antioquía: Pedro, porque había morado allí durante siete años; Pablo, porque tenía establecida en aquella ciudad su centro de operaciones.

           Pues bien; eran 2 personalidades acusadas aunque desiguales las que se situaban cara a cara en esta luminosa cita antioqueña. Pablo evocaría la parte adversa de la entrevista, años más tarde, en una carta enviada a sus amigos gálatas:

"Me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión. Pues antes que llegaran algunos del grupo de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, se le vio recatarse y separarse por temor de los circuncisos. Y los demás judíos le imitaron en su simulación, hasta el punto de que el mismo Bernabé se vio arrastrado por la simulación de ellos. Pero en cuanto vi que no procedían con rectitud, según la verdad del evangelio, le dije en presencia de todos: Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?".

           Allí, en Antioquía, se confrontaba la diplomacia sutil, a la llaneza espontánea; la habilidad y la perspicacia, a la franqueza y a la transparencia aguda; la astucia adquirida con el transcurso de los años y de los traspiés, al talento ingénito; la sagacidad, a la lucidez del entendimiento; la experiencia y la sabiduría que florecen en los recodos del camino, en los avatares de la vida, especialmente en las cruces, a la ciencia alcanzada en los libros, a los pies de un rabino o por revelación sobrenatural directa.

           Allí, en Antioquía, se superponía la prudencia ilimitada, al riesgo bajo control; la cautela, al tesón; la veteranía y un cierto apego a las costumbres tradicionales, a la fuerza irresistible de una juventud madura, innovadora y arrolladora; el genio, al ingenio; la doctrina derivada de la ley mosaica y condicionada a ella, a la desposeída de condicionantes; el judeocristianismo, al cristianismo impecable; el pasado esperanzador de futuro, al futuro actualizado por el pasado; la candorosa sencillez de la simplicidad, a la compleja perfección; el pragmático realismo, al arriesgado idealismo; el sosiego impetuoso, al ímpetu sosegado; la tolerancia dominada e intervenida por un hálito de mejora, de excelencia, a la intolerancia con capacidad de corrección, de perdón y de reconciliación; el espíritu mediador y conciliador, al luchador y defensor a ultranza de los ideales.

           Allí, en Antioquía, se enfrentaban el máximo garante de que el árbol de la Iglesia enraizara con profundidad y frescura lozana, al paladín más denodado para que ramificara y fructificara a sazón; el pescador, al curtidor. Dos gigantes y a la vez menudos aprendices del verdadero código del amor.

           Y con amor adornado de humildad y de mansedumbre, se expresaron sus acuerdos y desacuerdos sobre las heterogéneas formas de concebir el apostolado, sus puntos de vista sobre las cuestiones puntuales que exasperaban los ánimos de la cristiandad naciente y que crispaban el aliento de algunos. Sin tratar de enmendarse la plana recíprocamente, ni de enseñarse los dientes. Sin adulaciones impudentes ni soeces descalificaciones. Sin tirarse los trastos a la cabeza, sin echarse nada en cara, sin acritud, sin asperezas. Sin filípicas, sin tartamudeos y sin discusiones bizantinas, sin divagaciones melancólicas y absurdas y sin andarse por las ramas, sino enterrando el hacha de guerra, y aclarando convergencias. Afirmando verdades sin encubrir discrepancias, y procurando siempre unificar posturas más que amplificar desacuerdos. Ellos buscaban la unión filtrando las disparidades en sus propias vivencias, en sus enfoques pastorales y en sus criterios prácticos de aplicación, pero no en doctrina. Pues en doctrina no les diferenciaba nada. Absolutamente nada.

           Fue aquel un encuentro fascinante. Tanto, que en Antioquía recobraba estímulo Pedro para seguir rastreando caminos con ilusión renovada por el orbe, a través de otros derroteros ya entreabiertos por Pablo. Y éste recibía el respaldo absoluto del Vicario de Jesucristo en la Tierra a su apostolado y al que, entre sombras, se asomaba por las ventanas de su alma.

MANUEL A. MARTÍNEZ, Colaborador de Mercabá

 Act: 03/05/21    @tiempo pascual        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A