Semana IV de Pascua

Surgimiento de San Pablo

Murcia, 9 mayo 2022
Manuel A. Martínez, doctor Ingeniero Naval

           "Un hombre genial no se hace; nace, como el fénix, tal vez cada quinientos años". Son palabras del filósofo romano Séneca, que apostilla: "No debemos extrañarnos que las cosas grandes nazcan a grandes intervalos, ya que las medianas, destinadas a aumentar la turba, la fortuna las produce a menudo, mientras las cosas eximias su propia rareza las ensalza".

           Nosotros, acaso discrepando parcialmente de la sentencia de Séneca, acaso matizándola, creemos que los hombres geniales sí se van haciendo poco a poco a sí mismos; y que necesitan activar día a día las facultades ingénitas que les distinguen de los demás. Y también creemos que algunos, originalmente dotados de una personalidad pródiga en singulares cualidades, en vez de gastarse en beneficio de los demás, acaban arrastrándose por la vida en la más absurda vulgaridad.

           El grado supremo de la genialidad es la santidad. Nada tan laudable como la santidad, pues en ella la naturaleza se recubre de sobrenaturalidad. El genio convencional luce un gran ingenio ante las cosas corpóreas, mientras el ingenio del santo, mucho más elevado, más agudo y de mayor fuerza especulativa, le dota de capacidad para mejorar la sustancia humana y su entorno.

           Las crónicas de San Pablo demuestran hasta qué punto el hombre puede perfeccionar notablemente su propia naturaleza imperfecta. Pues Pablo desdibujó las entrañas del nacionalista fanático y feroz que cobijaba bajo su instinto, y renunció a las ideas y hábitos adquiridos con tesón durante su etapa de formación (saturados de una intolerancia rabiosa y violenta) para convertir su existencia en una oblación pura, ofrecida en beneficio de sus más directos enemigos de antaño.

           Entremos de lleno, pues, en la historia de este hombre incontestablemente genial, de origen judío.

a) Sus orígenes

           El pueblo judío ha sido (y sigue siendo), tal vez, el grupo étnico más hostigado de la historia de los hombres. Durante siglos ha sido constreñido por injustas persecuciones, por macabras cacerías, por una cadena inextinguible de patéticos holocaustos. ¿Consecuencia, quizás, de su propio espíritu bélico? Un sabio de su propia raza advirtió hace milenios, sin escrúpulos: "El que cava la hoya cae en ella, y al que atraviesa el seto le muerde la culebra. El que saca piedras se lastima con ellas, el que raja maderos puede hacerse daño".

           Salvo en contados lapsos históricos, siempre se han visto forzados los judíos a dispersarse por el planeta, pues los opresores de turno jamás les han permitido vivir dignamente y en paz en el suelo de Israel, en la patria de Abraham, de Isaac y de Jacob, en su tierra prometida o país de origen, en su casa.

           Durante el s. I, en el que ahora deseamos fijar la atención, eran víctimas de la opresión del Imperio Romano, y muchos de sus hijos (los más numerosos) se hallaban dispersos acá y allá en los goyim, mezclados entre gentes extrañas y discriminados por ellas. En Israel moraban alrededor de 1 millón de habitantes, mientras que en la Diáspora (o Dispersión), establecidos por los más recónditos rincones del mundo helénico o romano y desbordando incluso sus fronteras, residían 4-5 millones de judíos, en aquel entonces, arrinconados en guetos marginales y marginados.

           Carecían, pues, de unidad geográfica. Pero presentaban, en cambio, una sorprendente unidad étnica sólidamente cohesionada por el doble lazo de la fe y de la sangre; de manera que las dos fracciones del pueblo hebreo, la de Israel y la de la Diáspora (arraigada la una, desarraigada y desterrada la otra), no formaban sino una única comunidad nacional y espiritual. La religiosidad tradicional de este pueblo poseía tal vitalidad, que garantizaba por sí sola la supervivencia del mismo. Nadie ni nada era capaz de quebrantar sus compactos principios morales y su espíritu de fraternidad y su alma solidaria.

           El protagonista de esta bella historia, siendo de origen judío tanto por parte de padre como de madre, nació en la Diáspora, lejos de Israel. Concretamente, en Tarso de Cilicia.

           Durante el s. I a.C, Cilicia era una región del Asia Menor situada frente a la isla de Chipre, que se había convertido en foco destacado de la piratería del Mediterráneo, adquiriendo renombre por sus cabras y caballos. A su celebridad había contribuido no poco la fama de Cicerón, que había ejercido el cargo de gobernador en dicha provincia.

           La capital de Cilicia (Tarso), valiosa plaza marítima del Mediterráneo, estaba dotada de un magnífico puerto, con próspero comercio. Destacaba en esta metrópoli una brillante cultura; tanto, que sus escuelas de retórica y filosofía habían eclipsado en eminencia la ilustración de Atenas, y tan floreciente civilización le había valido el título de "Atenas de Asia" entre la alcurnia romana. Sus sabios se esparcían por doquier, pues "Roma está llena de tarsenses y alejandrinos", anotaba Estrabón en sus crónicas.

           Así que, en Tarso de Cilicia vio la luz el actor principal de esta crónica, Saulo, y este hecho habría de ser justamente el que más encumbraría aquella urbe durante las futuras centurias.

           El corazón de los padres de Saulo, empero, permanecía espiritualmente en Jerusalén, a pesar de la distancia. Ellos, como cualquier judío de la Diáspora, podían poblar regiones remotas y exóticas; podían adquirir la tan valorada ciudadanía romana; podían incluso, como cualquier heleno, abrigar sentimientos abiertos y cosmopolitas de ciudadanía universal. Pero, ante todo, sobre todo y por encima de todo añoraban su patria, sus raíces genuinas, su casta vernácula; se sentían judíos, y judíos tan legítimos como sus hermanos residentes en Israel, los hebreos.

           ¿Habían emigrado los padres de Saulo hasta Tarso, o eran descendientes lejanos de los que hubieron de abandonar Israel con la invasión babilónica? Según una vieja tradición, de la que se haría eco san Jerónimo, los progenitores de Saulo se habrían visto forzados por los azares de la guerra a emigrar desde Giscala, pequeña localidad de la provincia de Galilea, hasta Tarso. El propio Pablo avalaría esta hipótesis al reconocerse, en sus escritos, "hebreo de hebreos"; pues caso de haber nacido sus padres en la Diáspora, como él, nunca se podría haber colgado la etiqueta de hebreo, sino la de helenista.

b) Su figura

           Saulo, conocido más tarde como Pablo, echó su primer llanto en Tarso entre los años 4 al 6 de nuestra era. El cambio de nombre resulta un enigma, y se produciría hacia el año 45 en Chipre, a raíz de su encuentro con el procónsul Sergio Paulo; con anterioridad a dicha coincidencia se llamaba (y así lo haremos) Saulo. Tal vez se llamara Pablo desde el nacimiento, pues los israelitas de su época, especialmente los residentes en la Dispersión, usaban el doble nombre: uno semita y otro griego o romano.

           Incluso se supone que, viviendo en el ambiente básicamente greco-romano de Tarso, los tarsenses le distinguieran por Pablo, y sólo en la intimidad familiar (y más tarde en los círculos cerradamente nacionalistas de Jerusalén), utilizaran la forma hebrea: Shaul. Desde luego, una vez que derribó las barreras raciales que le mantenían encerrado en la estrechez mental y en un raquitismo pueblerino, lanzándose a conquistar el mundo para Jesucristo, renunció radicalmente a su nombre hebreo asumiendo exclusivamente el greco-romano.

           Cuando nació Saulo, el Mesías del Universo, también hebreo y natural de Belén de Judá, era un chiquillo de tan sólo unos 10 años de edad, que vivía ignorado, en el anonimato más profundo, en Nazaret, aldea de la provincia de Galilea. A pesar del apretado vínculo espiritual que años más tarde se labraría entre ambos, jamás se tropezarían físicamente sus caminos.

           El emperador Julio César había concedido a los ciudadanos de Tarso la libertad, la inmunidad y el derecho de ciudadanía romana, merced a la ayuda prestada en la guerra. Más tarde, Augusto confirmaría y reforzaría estos derechos. De estas prerrogativas participaban los padres de Saulo, domiciliados en la ciudad natal de su hijo. Y de ellas se benefició Saulo; por lo que, junto a su linaje judío, adquirió el privilegio, tan cotizado en aquel tiempo, de ser ciudadano romano.

           En diversos documentos escritos que años más tarde legó a la historia, apenas hablaría Saulo de sus padres, hermanos, y familia. En su carta dirigida a los Romanos (ca. 58), solamente citará, como parientes suyos, a Andrónico, Junia y Herodión (afincados en Roma) y a Lucio, Jasón y Sosípatro (vecinos de Corinto).

           Su fiel compañero de viajes (Lucas), en cierto pasaje de los relatos que escribió sobre los apóstoles, aludiría a un hijo de la hermana de Saulo, joven domiciliado en Jerusalén hacia el año 58. Es todo cuanto podemos asegurar con certeza de su familia, aparte del gran cariño que a cada uno de sus miembros dispensaba. Pues "si alguien no tiene cuidado de los suyos (dictaría Pablo al final de su vida), principalmente de sus familiares, los de su casa, ese tal ha renegado de la fe y es peor que un infiel".

           Sus padres, en Tarso, observaban con estricta fidelidad la ley mosaica o Torah y en ella habían educado a su hijo. Éste pertenecía a la estirpe de Israel, a la tribu de Benjamín. Y fue circuncidado a los ocho días de su nacimiento. Ciertas tradiciones sugieren que la madre de Saulo tal vez murió pronto y que, por causa de esta carencia, éste se mostraría más tarde tan sensible y agradecido a la delicadeza maternal con que siempre le trató la madre de su amigo Rufo.

           Sobre la posición social de los padres de Saulo sólo se nos permite proferir conjeturas. El hecho de formar parte de la secta de los fariseos, el título de ciudadanía romana, que no se otorgaba a gentes de baja condición social, y la sólida educación recibida, todo induce a suponer que la familia de Saulo ocupaba en la comunidad un puesto de cierta distinción.

           En sus orígenes, Saulo simbolizaba el prototipo ideal de israelita: leal, orgulloso y fanático de su alcurnia y de su historia, esa milenaria historia dirigida paso a paso por la mano de Dios entre sus antepasados (el pueblo elegido), a los que el Dios de sus padres había confiado su doctrina, su ley y sus promesas.

           A sus ojos, las personas se clasificaban en dos razas contrapuestas e irrevocablemente incompatibles entre sí: la judía y la pagana (llamada despectivamente gentilidad). La raza judía merecía aprecio, respeto, estima, veneración; la pagana, rechazo y desprecio: considerada impura, aborrecida... "hijos de perros". Si un judío tenía la desgracia de tropezar con un pagano, o de sentarse a comer a su mesa, quedaba manchado, contaminado de su sola presencia, y se veía obligado a purificarse inmediatamente. Ésta era la mentalidad judía frente al entorno circundante. Y la de Saulo, de estirpe judía.

           ¿Y qué aspecto presentaba Saulo? Resulta inviable definir fielmente su figura, pues no existen retratos, estatuas o dibujos, ni siquiera una descripción suficientemente fidedigna de su persona. En las más ancestrales imágenes de la Iglesia primitiva se le representa pequeño, calvo, imberbe; la tradición, desde luego, no ha mostrado a Saulo como un prototipo de belleza y apostura corporal.

           El mismo Pablo se autorretrata con timidez: "Yo, tan poca cosa en vuestra presencia, mas tan atrevido con vosotros de lejos". Un antiguo documento apócrifo lo describe así: "Hombre bajo de estatura, grueso, bastante calvo, algo zambo, de ojos grandes, cejas pobladas, nariz de buen tamaño y piernas ligeramente arqueadas... aunque rebosaba gracia y atractivo, de gesto simpático y que a veces mostraba rostro de ángel".

           Mucho se ha escrito acerca de sus enfermedades y de su débil salud. Sin embargo, en él destacaba el vigor excepcional de su cuerpo, sometido a un esfuerzo permanente y avezado a las más espantosas odiseas. Ciertamente su hondura espiritual colaboraba con su capacidad física, mejorándola, aliviándola, perfeccionándola; además, se hallaba dotado de un sistema nervioso tan templado que le facultaba para afrontar una lucha moral continua, conservando siempre buen ánimo, arrojo resolutivo y lucidez mental.

           Mas el aguante que revelan sus incontables peripecias, la enorme cantidad de kilómetros recorridos a pie en sus interminables y escabrosos viajes (que se estiman en más de diez mil, aparte de los ilimitados trayectos cortos diarios), con frecuencia por lugares abruptos, y todo ello simultaneado con una fatigosa labor manual para ganarse el pan, descubren en él una fortaleza impresionante.

           Sin embargo, las cualidades innegables de su carácter y de su naturaleza se ahogaban en el marco estrecho donde creció y se educó. Dotado de una inteligencia exquisita, finamente instruido y buen conocedor de la Escritura, no le faltaban ni espíritu, ni talento, ni elocuencia. Forjado a hierro y fuego, poseía una recia personalidad; tal, que sobresalía de sus amigos y oyentes. Más tarde, un día que evangelizaba a los paganos, llegarían éstos a tomarle por el dios de la grandilocuencia.

           Ardiente, infatigable, fogoso, vivo. Afrontando siempre los obstáculos más tediosos e insufribles, a veces llegaba al extremo de sus fuerzas, aunque se recuperaba pronto. Agobiado de trabajo, conservaba su frenesí característico y apasionado. Poseía un temperamento extraordinariamente activo, dinámico; capaz de darse, de entregarse a fondo. Terrible para los que detestaba, benigno con quienes le cautivaban.

           Desde el comienzo de su actividad hizo gala de una naturaleza impulsiva, insobornable, frenética. Le agitaba un espíritu de fuego que le lanzaba sin reservas a sus ideales: primero defendiendo el judaísmo tradicional, después proclamando el evangelio de Jesucristo. Poseía temple de jefe. Había nacido para ir en vanguardia, para abrir marcha, para rajar la roca, para gobernar.

           No se recataba Pablo en reconocer que aventajaba a los demás, aunque poseía humildad bastante para admitir que su talento era puro don recibido, regalo del Altísimo: "La gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos". ¡Se estaba refiriendo nada menos que a los demás apóstoles: Cefas, Juan, Santiago! Y continúa: "Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo".

           Ciertamente, Pablo trabajó sin límites. Jornalero infatigable, nunca dijo basta a sus afanes y habitualmente prolongaba su jornada hasta más allá de donde la prudencia y la fortaleza aconsejaban. Llevaba dentro de sí el furor del rayo, el ímpetu de la tormenta y la energía de un terremoto devastador, aunque al mismo tiempo mostraba un corazón sensible, tierno, delicado y bonachón, "como la madre que cuida con cariño a sus pequeños", "como el padre que alienta y exhorta con paciencia a sus hijos". Sufría como propias las carencias y debilidades ajenas. Reía con quien reía y lloraba con quien lloraba. Estaba avezado a todo, mas detestaba tenazmente la grosería, la estupidez, la chocarrería.

           Su finísima inteligencia era ingeniosa, sagaz, creativa, creadora, pues penetraba los misterios y les daba una profundidad insospechada; mas también era pragmática, práctica, organizadora, pues descendía a los más mínimos detalles. Intuitivo y astuto a la vez. A la vez, activo y contemplativo. Hábil político a la hora de escoger colaboradores y de saber distinguir cuándo había que mostrarse intransigente y cuándo complaciente. Austero, y sacrificado, y voluntarioso.

           Originariamente le dominaba un espíritu sectario, que le condujo al fanatismo brusco. Aunque poco después lo aplastaría, y se le vería proclamar a Jesucristo como Dios y Señor, dispuesto a dar la vida por Aquel a quien antes odiaba. Ante este Cristo, a quien situará en la cúspide de su amor, juzgará secundario lo demás; más aún: como basura. Y acabará predicando con ardor el evangelio que antes maldecía con rencor, en cualquier parte, desde los terrados y a la orilla de un río, a tiempo y a destiempo. Pues "predicar el evangelio (se sincerará con modestia) no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no evangelizare!".

c) Su formación

           Tarso se hallaba completamente helenizada. Esta ciudad cosmopolita y liberal ofreció a Saulo un espacioso horizonte donde ensanchar la mirada y superar cualquier prejuicio racial y cultural, gracias al predominio en ella de la idiosincrasia griega, más permisiva que la romana en el desenvolvimiento de la libre personalidad: por su acusado aperturismo, por el sentido abierto y ecuménico de los gobernantes que regían y de las leyes que regulaban la comunidad, y por su destacada aptitud y actitud en admitir, asumir, facilitar y hasta promover influencias de cualquier civilización forastera.

           En Tarso, además, se asentaba un núcleo sólido de intereses sociales de lo más dispar. En Tarso convergían, bien de meta, bien de paso obligado, multitud de afanes económicos, transformando la ciudad en una inmensa feria multicolor. Pues a Tarso llegaban mercaderes oriundos de los más recónditos rincones de la geografía universal: galeras y embarcaciones extrañas, cargadas de mercancías originarias de los más lejanos países, remontaban el curso del río Cydno hasta el puerto interior de Rhegma, y de aquí subían hasta los muelles del puerto principal; por las puertas de Siria se acercaban polvorientas caravanas procedentes de Mesopotamia y de la India misteriosa, cargadas de seda, especias y productos exóticos.

           Por los desfiladeros del Tauro ascendían hileras de camellos, recuas de caballos y de asnos y de otras cabalgaduras, y conjuntos de carruajes sofisticados trayendo cargamentos de pieles y lanas y maderas preciosas de sitios remotos. Los extranjeros traficaban en Tarso con sus productos en la más libérrima autarquía, conviviendo pacíficamente con sus habitantes, sintiéndose como en su propio lugar de origen, y promocionando una mentalidad espontánea, emancipada y exenta de escrúpulos.

           También en Tarso se entremezclaban, en una simbiosis extraña, festivales religiosos con orgías irreligiosas. Durante la infancia se habituó Saulo al fervor ambiental, propio de una sociedad pagana politeísta. Tarso veneraba a Baal Tarz (Señor de Tarso), de alguna manera identificado con el dios griego Zeus. Tarso exaltaba también al dios indígena Sandam, más tarde equiparado al dios griego Hércules; en su honor se celebraba la Fiesta de la Hoguera, en la cual, la estatua del dios (símbolo de la naturaleza que muere y resurge de la nada) se lanzaba a las llamas en medio de un ambiente colectivo de delirio y desenfreno.

           Más aún, Tarso simbolizaba el escenario ideal para la representación teatral de los afamados misterios de Oriente: Cibeles, Dionisos, Mitra, Eleusis, Isis... Tal vez, en alguna ocasión y de lejos, el pequeño Saulo habría contemplado, entre curioso y sorprendido, cómo eran presentados al pueblo los iniciados de Isis, vestidos con una túnica celeste, símbolo de identidad de la divinidad.

           Quién sabe si más tarde no evocaría estos recuerdos de su infancia y de su puericia al suplicar a sus amigos que "vistieran a Cristo", expresión ésta que no ha podido aclimatarse a nuestro lenguaje, tal vez por emanar de otra cultura.

           El entusiasmo de los habitantes de Tarso por la filosofía y por las letras había transformado aquella insólita metrópoli en un centro brillante de la cultura griega.

           Tarso mostraba también el talante peculiar de una ciudad radicalmente cautelosa y seria. A ello contribuiría no poco Atenodoro, preceptor del emperador Augusto, cuya filosofía ayudó a crear un clima de austeridad moral, sobre todo en los hábitos y comportamientos exteriores.

           No obstante, el influjo ejercido en Saulo por el helenismo reinante fue limitado, aunque sería injusto menospreciarlo o ignorarlo. Ni el paganismo ni el liberalismo que señoreaban en Tarso lograron mermarle fidelidad a las creencias de sus padres. Un niño israelita gozaba de multitud de opciones para instruirse en la Diáspora, tanto dentro como fuera de la familia y según las tradiciones de sus ancestros, pues el celo del pueblo hebreo por aferrarse a sus orígenes, conservándose siempre puro, le mantenía bastante encerrado en sí mismo, aislado en guetos discriminados del entorno que le circundaba.

           Lo que sí aprendió Saulo durante su puericia fue el idioma griego; pero no el griego académico, sino el de uso corriente: vivo, pintoresco, invadido de colorido y rebelde a toda regla gramatical. Los expertos no aprecian en su estilo la menor huella del maestro clásico. Hablaba el griego con soltura, incluso con elegancia, cuando se lo proponía; sus epístolas revelan también que sabía escribirlo con notable corrección. El descubrimiento del Papyrus ha demostrado que la mayoría de las palabras de Saulo eran las cotidianas entre la gente sencilla de la población.

           Su educación fue netamente judía. Hacia los 5 años de edad debió comenzar su instrucción, bajo la dirección del hazzan, en la sinagoga. En la sinagoga no sólo se celebraban los oficios religiosos del sábado, sino que también se impartía la educación de niños y jóvenes. En las aldeas se ubicaba la escuela en el mismo local de la sinagoga, mientras en las grandes urbes se llegaban a construir varias aulas alrededor de la sala central de la sinagoga. Siempre fue ésta "la casa de la enseñanza".

           Aun siendo habitual el uso de la escritura, la instrucción se impartía sobre todo oralmente. El rabino explicaba o interrogaba, y el discípulo repetía, hacía preguntas o respondía a ellas. La materia esencial (en la práctica, la única) que se exponía en la sinagoga era la Escritura, con la peculiaridad de que en la Diáspora solía leerse en griego. Saulo se familiarizó con la versión griega de los LXX, sin descuidar el texto original hebreo, que aprendió a deletrear desde la infancia.

           Adolecía de la erudición del maestro clásico. No prodigó la lectura voraz de libros. Los tratados más elementales de las culturas helena y romana, entonces en auge, apenas influyeron en su formación intelectual. Sus escritos denotan ausencia de raíces clásicas y presencia de léxico netamente popular, salvo citas directas de la Biblia de los LXX.

           Ignoraba Pablo por completo a su ilustre contemporáneo (Filón de Alejandría) y a los filósofos estoicos de la época (Séneca...), por mucha similitud que aparente gozar, a veces, su pensamiento. "Todas las desgracias, en buen derecho, podrán ser llamadas bienes siempre que la virtud las ennoblezca", afirmará un reputado estoico de aquel tiempo. "Soporta las fatigas como un buen soldado de Cristo Jesús", concebirá Pablo, proyectando hacia lo Alto el sentido del dolor humano, en contra de la proyección estoica meramente humana, "a lo bajo".

           A pesar de la aparente coincidencia ideológica de Saulo con Séneca en tantos aspectos de sus idearios, y a pesar de la insistencia de algunos autores proponiendo una estrecha relación entre ambos, es más que probable que jamás se relacionaran uno con el otro personalmente.

           Su padre le instruyó y le adiestró en la profesión de tejedor, pues el porvenir se labraba no sólo a partir de la cultura, del ejercicio de la mente o del arte de las letras, sino también del rudo trabajo de las manos. Lo contrario se consideraba una vergüenza. Los oficios manuales solían heredarse, y las técnicas de los mismos se transmitían en el seno de la propia familia. "Quien no enseña a su hijo un oficio (profesaba un rabino), lo cría para ladrón". Por consiguiente, Saulo aprendió a trabajar, aunque esto nunca le impidió estudiar. Su aguda inteligencia y su portentosa fortaleza física le permitían compartir así una formación, por tanto, amplia, variada, exquisita.

           Este águila con pico de oro, que sobrevolaría como viento huracanado por entre los rincones de Europa y de Asia y seduciría multitud de corazones, escribía con apuros: su rudo oficio de curtidor tal vez había encallecido sus manos y se veía obligado habitualmente a dictar a un amanuense aquellas sus largas epístolas. "Mirad con qué letras tan grandes os escribo de mi propio puño", subrayaría Pablo en el ocaso de la vida, a sus amigos de Galacia.

           Y no es que fuera miope o un iletrado. Pero sus dedos temblorosos manejaban torpemente la pluma. Pero todo curtidor (o tejedor) estaba especializado en la confección de tejidos ásperos con los que se elaboraban las tiendas de campaña. Se trataba de una ocupación dura, molesta, cansada y, en aquellos tiempos, muy rudimentaria, aunque bastante productiva y lucrativa. Frecuentemente, cuando los pedidos se acumulaban, se trabajaba sin descanso noche y día, y había faena para cualquiera que dominara el oficio.

           Las tiendas de campaña significaban una de las formas más ancestrales de habitación humana. En ellas habían vivido los patriarcas de Israel; ellas constituían un artículo de primera necesidad de los pueblos nómadas, obligados a cambiar constantemente de residencia en busca de pastos para sus rebaños. Pronto fueron adoptadas por los ejércitos en sus marchas, en las acampadas, en los campamentos base.

           En principio se fabricaban de pieles de animales, y poco a poco vinieron a utilizarse los tejidos groseros elaborados con pelo de cabra o de camello, de color oscuro o negro. Se confeccionaban de todos los tamaños, según el número de personas que debían cobijar, y las más grandes incluían compartimentos separados para hombres, mujeres, esclavos, e incluso para el ganado. Todo ello mediante una elaboración absolutamente artesanal.

           El trabajo del tejedor estaba plenamente asegurado, por ende, en aquella época. Saulo se había adiestrado en el estricto cumplimiento del deber, en el escrupuloso aprovechamiento del tiempo, pues no quería ser una carga para nadie. Más tarde aconsejará severamente y sin rubor: "Si alguno no quiere trabajar, que no coma".

           Y como le complacía predicar con el ejemplo, aprendió a manejar con soltura la lanceta o la carda, aunque mientras tanto aprovechara para discurrir proyectos, para rezar, para soñar.

           Sin embargo, el porvenir que como tejedor se vislumbraba en lontananza no debió complacer a su padre. Tal vez éste reparó en el hijo muestras de una inteligencia fina y aguda, por lo que alimentó el sueño de que alcanzara el título de escriba o rabino (rabbí, o rabbuní), con lo cual abriría las puertas para ser magistrado, jurisconsulto, consejero, sanedrita y doctor o maestro de la ley, que a todo ello podía aspirar el escriba.

           Mas en Tarso no era posible adquirir tal categoría, pues de los cuarenta y ocho requisitos necesarios para lograr el rango de rabino, las escuelas judías podrían a lo sumo proporcionar poco más de 20. Tendría, pues, Saulo unos quince años de edad cuando, con este propósito, fue enviado desde Tarso a Jerusalén.

           En aquel tiempo, Gamaliel el Viejo, miembro del sanedrín, era el más preclaro rabino de Jerusalén, el doctor de la ley más insigne y con mayor prestigio ante el pueblo, al que se le concedió el título de rabban. En las primeras persecuciones contra los cristianos no temería defenderlos, con aquellas lapidarias palabras, surgidas más de la prudencia que de la simpatía, que preludiaban una histórica profecía: "Si la idea o la obra cristiana es cosa de los hombres, se destruirá por sí misma; pero si es de Dios, no conseguiréis destruirla. Dejadles en paz, no sea que os encontréis luchando contra Dios".

           ¡A cuántos adversarios del cristianismo, sicarios de la paz y del progreso humano (de entonces y de hoy), habría que recitar esta sentencia de Gamaliel! Desde luego, Saulo no aprobó, inicialmente, el sensato aviso del maestro. Mas en la escuela de Gamaliel, y "a sus pies" (como él mismo Pablo admitiría), adquirió la instrucción rabínica, saliendo "aventajado sobre muchos de los de su edad y nación, y exageradamente celoso en cuidar las tradiciones de sus padres".

           ¿Y qué aprendió Saulo a los pies de Gamaliel? Aprendió primeramente la ley, la Torah. Muchos escribas la sabían de memoria, y Saulo la citaría constantemente de memoria, años más tarde, con una fidelidad pasmosa. Mas no aprendió sólo la letra, sino también la interpretación.

           A pesar de sus puerilidades e incongruencias, los fariseos eran los legítimos depositarios de la ciencia sagrada y los más autorizados intérpretes de la Torah de Israel. ¿No fue el más severo censor de la ley quien afirmó refiriéndose a ellos: "Haced conforme a sus enseñanzas, pero no conforme a sus obras"? También aprendió Saulo la doctrina tradicional, tan influyente como la Escritura; es decir, la Haggada (o tradición histórica) y la Halaka (o tradición jurídica).

           ¿Cuánto tiempo residió Saulo en Jerusalén? Seguramente la formación le debió ocupar varios años, aunque ignoramos exactamente cuántos, al cabo de los cuales regresaría a Tarso. No parece probable su estancia en Jerusalén entre los años 28 al 30, mientras el Redentor sembraba Israel de evangelio, pues éste se vio estrechamente inmerso en una feroz persecución farisaica; y menos aún, al tiempo en que se desarrollaron en sus calles las tumultuosas escenas de la pasión del Señor, en abril del 30.

           De estar alojado Saulo todavía en Jerusalén en aquel momento, habría tomado parte en ellas sin la menor duda, dado su temperamento vehemente y celoso, y lo habría reconocido después en sus cartas con humilde confesión, como más de una vez lamentó haber perseguido a la Iglesia y a los primeros discípulos.

           De manera que debió marchar de Jerusalén a Tarso, antes que el divino Redentor se ausentara de su casa de Nazaret para deambular por el mundo sin un lugar fijo donde reclinar la cabeza.

d) Su fariseísmo

           La formación recibida por Saulo en la escuela de Gamaliel no se limitó a iluminar la inteligencia. Ni a memorizar unos cuantos textos fundamentales. Ni a estudiar un sistema deontológico de reglas, normas y pautas de comportamiento en asuntos de moral y de conducta cívica. Ni siquiera a penetrar en el entramado teológico, filosófico e ideológico que sustentaba a la religión de sus padres. El rabino pretendía infiltrar en el ánimo de su discípulo predilecto todo eso, es cierto; pero, más que eso y ante todo, le inyectaba entusiasmo por la ley y por las venerables tradiciones de sus antepasados. Aunque éste, no asimilándolo en su justa dimensión, lo exageró, lo infló.

           Y adquirió un fanatismo tan exaltado e irracional, que le empedró el corazón y le cubrió el cerebro de una intolerancia feroz contra todo lo que en alguna manera rebajase las excelencias de la ley o contradijese las costumbres rabínicas. Sobrepasó así el temperamento y la escrupulosidad de su mismo maestro. Lo confesará el propio Pablo, años más tarde, en cierta manera acongojado: "Era yo fariseo, hijo de fariseos, y perteneciente a la secta más rigurosa de nuestra religión, irreprochable en cuanto a la justicia legal".

           Por esta razón, tan pronto como le alcanzó la llama del evangelio de Jesucristo, que ardía como la yesca en el alma de gentes honradas, que se propagaba por su patria a una velocidad vertiginosa, que se alzaba como un sacrosanto baluarte inexpugnable e inextinguible, y que para colmo atacaba muchas prerrogativas de la ley, a la que ponía en evidencia y a la que ridiculizaba en algunas de sus más torpes interpretaciones... su celo impetuoso le convirtió repentinamente en un perro rabioso, en un guardián severo de su dominio y en un sangriento perseguidor de los adictos de la nueva religión.

           En consecuencia, la mentalidad de Saulo se identificó con la de aquellos fariseos que Jesús había criticado, vituperado y condenado con una dureza desacostumbrada por su egoísmo, por su hipocresía, por su malicia y por el mal que obraban; ellos mismos, con altanería y arrogancia, se autoproclamaban fariseos, o sea, escogidos, selectos; realmente se consideraban una elite de la sociedad, alejada del resto de la plebe, y se sentían distintos, y mejores, y más perfectos e intachables que nadie. "Te doy gracias, Señor (manifestaba el fariseo de la parábola evangélica, alzando la testuz), porque no soy como los demás hombres: ladrones, impuros, adúlteros. Ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, y doy los diezmos de todos mis bienes".

           Esta idea la llevaban grabada en lo más inescrutable del alma y su lengua la escupía con necedad espesa; ellos se creían impecables, intactos, puros. Sólo ellos dominaban la ley de Dios escrupulosamente. Sólo ellos la descifraban y la sabían explicar correctamente en cualquiera de las infinitas sinagogas que se hallaban distribuidas por este edén terrenal (Jerusalén contaba, entonces, 480 sinagogas). Sólo ellos velaban por ella. Los demás... ¿Los demás? ¡Vulgo infame! O aún peor, pues "todo el que no conozca la ley, es un maldito".

           El mismo Pablo, años más tarde, y compungido de dolor y arrepentido de sus años de fariseo lunático, reconocería: "No son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ésos serán justificados". ¿Sería que junto al estricto conocimiento de la ley solían asimilar las luces para manipularla a su antojo? A este respecto, y pasado el tiempo, admitiría Pablo en referencia a los fariseos:

"No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo. No hay un sensato, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien obre el bien, no hay siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta, con su lengua urden engaños. Veneno de áspides bajo sus labios; maldición y amargura rebosan su boca. Ligeros sus pies para derramar sangre; ruina y miseria son sus caminos. El camino de la paz no lo conocieron, no hay temor de Dios ante sus ojos".

           Desde luego, los fariseos se distinguían por la defensa de la ley frente a la prepotente cultura helenista, bastante relajada y alejada de cualquier principio moral, ético o religioso. Siempre conformaron un grupo relativamente reducido, no obstante su notable influencia social. Tergiversaban la ley. Sojuzgaban la ley, urdiendo tramas que envolvían de misterio su visión de conjunto y difuminaban la claridad del detalle. Se perdían en sutiles discusiones y la habían transformado en algo realmente ridículo y odioso. Un ejemplo esperpéntico: el descanso sabático ordenado por Dios. El libro del Éxodo, en Palabra de Dios, lo define así:

"Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Dios el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Dios el día del sábado y lo hizo sagrado".

           Los fariseos descifraron ese sencillo mandamiento en una lista de 39 acciones, ni una más ni una menos, prohibidas en sábado. Y así, en sábado no se permitía cocer un huevo, ni arrancar la hoja de un árbol, ni subirse a un árbol por temor a troncharlo. En sábado estaba prohibido el trabajo del segador. En sábado, una madre no podía llevar a su hijo en brazos, ni un cojo su pata de palo ni su muleta, ni una mujer presumida su dentadura postiza. En sábado no se permitía andar más de 2.000 codos (1,5 km) ni aplastar una pulga, ni escribir 2 letras del alfabeto hebreo, salvo que se escribieran en 2 hojas distintas, o una por la mañana y otra por la tarde, o una con la mano derecha y otra con la izquierda.

           ¡Y el sábado sólo era uno de los infinitos capítulos farragosos que habían consagrado los fariseos a fiscalizar la vida! En total, 613 exactamente, cifra mágica que equivalía al número de letras del Decálogo. Existían (y había que aprender) fórmulas de oración para todo; bendición especial para el higo, para la banana o para cada tipo de vino. El delito de comer sin lavarse las manos era equiparable al adulterio. La piedad se había desfigurado en una insoportable tortura ex profesa, y la bondad de alguien se medía por su capacidad de su memoria, y en saber más preceptos que los demás.

           El fariseísmo había sido fundado siglos atrás bajo la noble tarea de dotar de pureza legal al pueblo fiel. Pero con el paso del tiempo se había convertido en un vil negocio de desalmados, que despojaban a la gente (sencilla, inculta o desconocedora de la ley) y se aprovechaban de ella. Los fariseos confabulaban entre sí para confiscar lo ajeno con alevosía, sin hartura y con premeditación Más aún, con retorcida erudición y pericia, eludiendo los preceptos que no les gustaban o retocando a su antojo los mandamientos de Dios.

           Los fariseos propugnaban la estrechez, el raquitismo, el formulismo y la hipocresía. Y todo ello sin contenido alguno, pero que ellos consideraban el germen auténtico de la santidad. El mismo Pablo lo recordará mucho tiempo después: él mismo, puritano entre los fariseos, meticuloso y polemista, pensaba que en la observancia de esos mil detalles estúpidos se hallaba el colmo de la justicia. Y compungido de dolor, convendrá más adelante, arrepentido de ello:

"Tú, judío que descansas en la ley, que te glorías en Dios y conoces su voluntad, que disciernes lo mejor, amaestrado por la ley, y te jactas de ser guía de ciegos, luz de los que andan en tinieblas, educador de ignorantes, maestro de niños, porque posees en la ley la expresión misma de la ciencia y de la verdad. Pues bien, tú que instruyes a otros, ¡a ti mismo no te instruyes! Predicas no robar y robas, prohíbes el adulterio y adulteras, aborreces los ídolos, y saqueas sus templos, te glorías en la ley y la manipulas, deshonrando así a Dios. Pues no está en el exterior el ser judío, ni es circuncisión la externa, la de la carne. El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón, según el espíritu y no según la letra. Ése es quien recibe de Dios la gloria y no de los hombres".

           ¡Si hubiera palpado entonces la gracia de Jesucristo! Pero nunca se cruzaron el uno con el otro (Saulo y Jesucristo), pues sus caminos divergían: cuando Jesús recorría los rincones de Israel, durante la hora de su popularidad, y luego en el atardecer de su jornada, cuando subía al leño santo, Saulo había regresado a Tarso.

           "Ay de vosotros que, so pretexto de oración, devoráis los ahorros de las viudas, recorréis tierra y mar para hacer un prosélito y luego lo convertís en hijo del infierno. Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello. Ciegos y guías de ciegos, sepulcros blanqueados, hermosos por fuera pero llenos de podredumbre en vuestro interior", increpó en su día el Maestro.

           ¡Cómo habrían irritado estas palabras a Saulo, que con toda el alma esperaba un Mesías triunfante, vencedor de los romanos e instaurador de un reino sempiterno para su país. Pero un Mesías adicto a los fariseos, no un antagonista encarnizado como éste! Cuando, poco después, Saulo se percató de la herencia legada por el profeta de Nazaret y de la expansión fulminante del evangelio, que desarbolaba de cuajo bastantes de sus principios, así como el sistema religioso y el entramado mental que él tutelaba, su estrecha formación le convirtió en un fanático hostigador de la naciente doctrina.

e) Su fanatismo

           Corría el año 36, 6 años después de la muerte y resurrección del Señor. Saulo se encontraba de nuevo en Jerusalén, ciudad revestida de sombras y de odio en aquel crudo invierno. De repente, un motín callejero que enarbolaba las banderas de la estulticia y de la desvergüenza, arrebató de su asiento la candorosa persona de Esteban y la arrastró como un perro maltratado.

           A Esteban se le acusaba de predicar a Jesucristo, de atacar la ley y de atentar contra las sagradas tradiciones del lugar; pero en realidad sucedía que la palabra de este joven diácono fascinaba, cautivaba, atrapaba; y la envidia, salpicada de odio, asumió la acusación. Los fariseos lo apresaron y, fuera de la ciudad, tanto los testigos como los jueces, los asistentes y toda aquella gentuza, se ensañaron con él y lo lincharon a pedradas.

           Saulo presenció en directo la violencia de aquellas fieras rabiosas sobradas de rencor, ayudándoles y guardando los vestidos de los testigos de la acusación (a los cuales correspondía el honor de ser los primeros en ejecutar la sentencia), que apedreaban al 1º mártir de la Iglesia. Saulo se mantuvo durante la cruel lapidación, impertérrito por fuera y cargado de veneno por dentro. ¿Tiró él también piedras contra la indefensa carne del joven? Desde luego, los verdugos, al dejar los vestidos a sus pies, le rendían una especie de homenaje por su celo rigorista y frenético en la defensa de la ley.

           El cristianismo naciente y el judaísmo se retaban por 1ª vez, en las personas de Esteban y de Saulo, cara a cara. Saulo contempló el crimen, dominado por la rabia; Esteban, invadido de paz y de amor sobrenatural. Saulo gritaba y rechiflaba, condenando y exigiendo venganza a Dios; Esteban callaba, perdonando y suplicando de Dios clemencia. Saulo, de parte de los asesinos; Esteban, la víctima de ellos.

           ¿Se cruzaron los dos la mirada durante aquel infame espectáculo? ¿Sería la posterior conversión de Saulo fruto precioso del martirio de Esteban? ¿Hirió de muerte, ya aquel día, la muerte física de Esteban a la muerte espiritual de Saulo? San Agustín sancionaría años después, que "si Esteban no hubiera orado, la Iglesia no habría ganado a Saulo".

           Aquel día, excepto los apóstoles, muchos neoconversos tuvieron que dispersarse por Judea y Samaria, para no sufrir igual fin que Esteban. El sanedrín comenzó una persecución atroz, que, muy a pesar suyo, sirvió para extender la Iglesia, pues diseminó a los cristianos en el mundo como semillas, y la predicación del evangelio llegó hasta Siria.

           La amenaza no pesaba tanto en los apóstoles, hebreos y observadores de la ley, como en los cristianos helenistas, de mayor amplitud de miras. Los helenistas, judíos de la Diáspora, habían vivido o vivían en el extranjero (no los helenos, griegos gentiles), mientras que los hebreos, moraban establemente en Israel. Los helenistas se distinguían de los hebreos por el acento de su lenguaje.

           Cuando la persecución se dilató, buscando no sólo a los jefes, sino a cualquier miembro de la joven Iglesia, Saulo se señaló entre los más ardientes y crueles inquisidores, haciendo estragos entre los "pertenecientes al camino", el camino de Vida, término con que se designaba la nueva fe. Capitaneaba el grupo más empecinado y sectario de los fariseos, siendo el principal instigador y capitoste de la cacería, y organizó una guerra implacable y encarnizada contra los seguidores del Redentor.

           Rabioso como una fiera herida, respirando muertes y amenazas, no había cosa que él no creyera que debía obrar contra el Crucificado. Este lobo rapaz, más que hombre era un símbolo que encarnaba el odio acumulado en la sinagoga contra los creyentes en Jesús, a quien ella había clavado en el madero santo. Años más tarde, confesará el mismo Pablo:

"Yo creí que era necesario redoblar la lucha contra el nombre de Jesús de Nazaret. Y eso es lo que hice en Jerusalén. Yo mismo he encarcelado a muchos discípulos del Señor, hombres y mujeres. Esto lo pueden atestiguar el sumo sacerdote y los ancianos. Cuando se les condenaba a muerte, yo contribuía con mi voto. Frecuentemente recorría las sinagogas, y a fuerza de castigos o tormentos de toda clase, los forzaba a blasfemar; y en el exceso de mi furor les perseguí hasta las ciudades extranjeras".

           En otra de sus cartas, y aludiendo a este período arrebatado de su vida, afirmará Pablo: "Vosotros habéis oído hablar de mi vida en el judaísmo: sabéis que he perseguido sobremanera a la Iglesia de Dios, que la he devastado. En mi celo por la religión judía fui mucho más lejos que muchos judíos, mis compañeros". Con cuánta amargura y arrepentimiento recordaría a los fieles de Corinto, años después, estos excesos de su exaltado y loco fanatismo nacionalista: "No soy digno del nombre de apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Jerusalén".

f) Su Camino a Damasco

           "El nacionalismo es contrario al evangelio", subrayaría Madre Teresa de Calcuta en el s. XX. También en el s. I atañía al nacionalismo, siempre (tanto ahora como entonces) dechado de tintes irracionales y sectarios, la misión de contrariar, rebatir y perseguir el evangelio, ensañándose contra sus nuncios y contra la pureza de su mensaje. ¿Y eso, por qué? ¿Por qué tan manifiesta incompatibilidad entre evangelio y nacionalismo?

           Sin duda, porque el evangelio rechazaba (rechaza) la percepción estrecha, pueblerina y egocéntrica de la persona que sustenta el nacionalista. Porque el evangelio une y ampara, mientras los nacionalismos separan y desamparan. El evangelio abre los brazos para acoger, mientras los nacionalismos los cierran para rechazar y para ahuyentar. Porque el evangelio revela un Dios que no acepta dádivas por asuntos locales de natalidad, ni dispensa prerrogativas en virtud de una ocasional descendencia o ascendencia biológicas. Mientras los nacionalismos exaltan esas dádivas y prerrogativas, de manera dominante, fanática e intolerante.

           Corría el mes de Nissan del año 37, y aún olía el perfume del martirio de Esteban, que se había derramado en la atmósfera como aroma de suave fragancia. Saulo, aletargado por tan delicada esencia, pero emborrachado de contradicciones, ardía en irritación contra los adeptos del Precursor del nuevo camino, camino ancho labrado de amor, pues ponían en evidencia y en entredicho el suyo, de trazado cicatero nacionalista.

           Por eso, tramando exterminarlos de la faz de la tierra, solicitó permiso a las autoridades religiosas de Jerusalén para expandir sus pesquisas y persecuciones. El Sanedrín gozaba teóricamente de jurisdicción sobre los judíos de la Diáspora, disponiendo incluso del derecho de extradición. Flavio Josefo relata que la autoridad de Roma había reconocido este derecho.

           En este año 37, Calígula, recién nombrado emperador de Roma, había restaurado la monarquía en Judea, convertida desde el año 6 en provincia imperial gobernada por un procurador romano que residía en Cesarea del Mar; y había nombrado rey de Judea a Herodes II de Judea.

           Y Saulo, investido de poder y revestido de inquina, partió hacia Damasco, ciudad con abundante población judía, situada a 300 km de Jerusalén. Los primeros cristianos de Damasco procedían del día de Pentecostés y aún acudían a la sinagoga; habían formado entre sí un racimo apretado cuyos frutos amenazaban extender muy lejos la savia del evangelio que fluía por sus venas. Saulo sabía esto, y, tratando de impedirlo a toda costa y respirando abominables presentimientos, se dispuso, auxiliado por una escolta de policías, a ahogar con su perfidia la fe de cuantos fieles al camino encontrase en las sinagogas.

           De manera que, obtenido el permiso y por la Puerta Norte de Jerusalén, que aún hoy se llama de Damasco porque allí nacía el camino de la capital siria, salió atropelladamente de Jerusalén el grupo de salvajes inquisidores, capitaneados por Saulo. El celo parecía consumirles de rabia.

           Sin detener la marcha, atravesó el pequeño burgo del Bireh, donde la tradición señala el lugar en que María y José notaron la pérdida de Jesús a los 12 años, cuando regresaban a casa tras la fiesta de la Pascua. Y se adentró en Samaria, la región central y en la que Sargón II de Asiria había deportado en el s. VIII a.C lo más cualificado de esta población a Asiria y Media, y la había suplantado con inmigrantes traídos de Asiria (que se mezclaron con los oriundos dando lugar a una raza híbrida: los samaritanos).

           Se trataba de una tierra de transición entre la fértil Galilea (al norte) y el abrasador desierto de Judá (al sur), y en ella señoreaba una mezcla simbiótica de montañas y colinas, de valles y viñedos. El cielo lucía un azul intenso y la temperatura era benigna, merced a la altitud de la región y a su apertura a las brisas mediterráneas.

           Tal vez necesitó Saulo reposar de la 1ª jornada en el fértil valle de Siquén, que se abre esplendoroso entre el monte Garizim y el Ebal. Una caminata demasiado larga, pero acortada por el rencor contenido en sus presentimientos. Allí, cansado del camino, bebió sin duda el agua del pozo de Jacob (como Jesús había hecho años atrás, del cántaro de aquella mujer samaritana) y descansó en aquellas colinas (aquellas que, año tras año, también atravesó Jesús, acompañado de sus padres María y José, cuando subía con las caravanas de Nazaret hasta Jerusalén, para celebrar la Pascua).

           El territorio donde se ubicaba el pozo de Jacob era sagrado, pues estaba sembrado de recuerdos de los antiguos patriarcas del pueblo hebreo. Justo a la entrada de aquel valle había plantado su tienda 2.000 años antes un nómada llamado Abraham, acompañado de su mujer Sara y de su sobrino Lot, de sus esclavos y de los rebaños de camellos, vacas y ovejas. Allí, en aquel valle, había oído Abraham la voz de Dios.

           También allí, Jacob, nieto de Abraham y padre de las doce tribus de Israel, había acampado, procedente de Mesopotamia, con sus esposas Raquel y Lía; allí había comprado una parcela de campo para desplegar su tienda y allí había excavado aquel pozo para dar agua a su familia y para abrevar a sus rebaños. Allí, en plena conquista de la tierra prometida, había reunido Josué a las 12 tribus, renovando la alianza de fidelidad del pueblo a Dios.

           Todo esto lo sabía bien Saulo, y el descanso en el valle de Siquén le reponía física y anímicamente en su empeño de prolongar aquellas benditas historias del pueblo judío, su pueblo. Hasta que, con el alba, reemprendió impetuosamente el camino.

           Al descender de Samaria a la depresión del Jordán, debió sentir un calor abrasador. Mas la memoria siguió evocando acontecimientos pasados que enardecían su espíritu patriótico. Por aquellas orillas del río, centurias antes, el general del ejército sirio, Naamán, enfermo de lepra, se había bañado siete veces en sus aguas por indicación del profeta Eliseo, y su carne había quedado milagrosamente limpia.

           En su acelerada marcha hacia el norte, rumbo a Galilea, dejó a la izquierda (al fondo de una llanura cubierta de mieses) las montañas de Gelboé, malditas y peladas. En sus laderas habían muerto, a manos de los arqueros filisteos, Saúl (el 1º rey de Israel) y sus hijos (Jonatán, Abinadab y Malquisuá). Había sido aquella una tragedia nacional que inspiraría al rey David, sucesor de Saúl, una elegía de dramáticos acentos: "¡Ay la flor de Israel, herida en las alturas! ¡Cómo cayeron los valientes! ¡Montes de Gelboé, altas mesetas, ni rocío ni lluvia caiga sobre vosotros! ¡Cómo cayeron los valientes y los rayos de la guerra perecieron!".

           Prosiguiendo el viaje por la verdeante llanura de Esdrelón, entre mieses, viñedos y olivares, Saulo tomó sin duda la ruta de las caravanas (la Vía Maris), que conducía directamente a Damasco. Aquella fértil llanura, ya en la provincia de Galilea, había sido, unos años antes, lugar frecuentado por el Mesías, sin que Saulo lo sospechara siquiera en aquel momento.

           La llanura de Esdrelón mostraba ufana una belleza inigualable. Dotada de la superficie más amplia de Israel, ya desde la antigüedad, por su fertilidad, se la consideraba el granero del país. Flavio Josefo la describía como un paraíso semitropical donde la primavera florecía durante el año entero. Se asemejaba a un tapiz similar a un mosaico moderno por la variedad de formas de parcelas y de coloridos: amarillentos, verdes, rojizos, ocres... Penachos de blancas nubes, impulsadas por los vientos mediterráneos, recorrían un cielo herméticamente azul y sombreaban intermitentemente la llanura.

           Por aquel vasto valle, sin embargo, se hallaba el paso obligado tanto de las pintorescas y pacíficas caravanas de mercaderes como de los ruidosos ejércitos. Por allí habían avanzado soldados de los antiguos imperios, con sus "carros de combate veloces como el huracán, sus caballos feroces como panteras, y sus jinetes como raudas águilas sobre su presa, entre el son de la trompeta, el alarido de la guerra y el resoplar y relinchar de los corceles".

           Los faraones egipcios, las huestes de Josué en la conquista de la patria prometida, Sargón II de Asiria, Senaquerib y Nabucodonosor II de Babilonia, Ciro II el Persa, Alejandro III Magno, Pompeyo... todos habían cruzado el Esdrelón con sus amenazantes tropas. Y ahora, para no ser menos, lo cruzaba este vándalo, Saulo, dominado por una pasión incontenible, inmerso en una persecución sangrienta... Y allí descansó de su segundo día de fatigoso camino.

           Reanudado el mismo, bordeó el Tabor, aquel glorioso monte donde Pedro había pretendido ingenuamente instalar tres tiendas, que se divisaba a lo lejos como un peñón solitario cubierto de arbolado y verdor. En la orilla de aquel zigzagueante camino florecían arbustos, flores silvestres, cardos morados, adelfas y buganvillas que restablecían la vista, el ánimo y el alma.

           Saulo se detuvo para evocar otras viejas historias, contemplando aquel afamado macizo que fijaba los límites de los territorios de Isacar, Zabulón y Neftalí. Allí se ofrecían sacrificios legítimos, aunque el profeta Oseas los había prohibido al convertirse en lugar de culto idolátrico. El Salmo 88 proponía aquella cima para aclamar el nombre del Señor ("el Tabor y el Hermón exultan tu Nombre"), y Jeremías la había comparado con Nabucodonosor II, que sobresalía sobre sus soldados.

           Allí, sobre la cumbre del Tabor, había concentrado la profetisa Débora, que gobernaba Israel en tiempos de los jueces, a diez mil soldados de Neftalí y Zabulón, y tras una impetuosa bajada pasó a filo de espada al ejército cananeo dirigido por el general Sísara con sus novecientos carros de hierro y toda su infantería: Israel gozó de cuarenta años de paz gracias a aquella batalla gestada y ganada desde la cumbre que ahora divisaba Saulo.

           Descendió hasta las cercanías de Tiberíades, capital de la tetrarquía de Herodes I de Judea, sin entrar en la ciudad, pues podía contaminarse al haber sido edificada sobre una vieja necrópolis. Siguió la orilla occidental del lago de Genesaret, donde las gaviotas espiaban el salto de los peces.

           Tal vez se zambullera Saulo en este precioso mar de Galilea, para darse un baño relajante y tonificante del cansancio físico de las jornadas precedentes y de los calores del día. Y descansó, sentado en su verde orilla, a la sombra de los eucaliptos que estallaban con los cantos de los pájaros, dejándose impregnar por la luminosidad y la belleza del lago, que se extendía tranquilo, plateado y azul, ante su mirada.

           Aquella orilla era la misma donde los hermanos Pedro y Andrés habían echado sus redes al agua en una pesca milagrosa, aquella orilla era la misma orilla que utilizaban Juan y Santiago, aquella orilla era la misma orilla donde había desembarcado el Mesías tantas veces cuando volvía a Cafarnaum de sus correrías apostólicas. Pero Saulo ignoraba en aquellos instantes estas benditas historias.

           Y llegó a Cafarnaum, la antigua aldea de Nahum, que las crónicas evocarían en el futuro como centro de operaciones del Redentor, durante su vida pública. Esta localidad se asentaba en un ligero declive entre la orilla del mar y las cercanas colinas al norte, y era lugar de tránsito obligado para judíos y extranjeros, en una zona poblada por pescadores y agricultores. En Cafarnaum tal vez visitaría Saulo la espléndida sinagoga local tan frecuentada por Pedro, Andrés, Santiago, Juan... y por el propio Mesías, y cuyos restos son todavía admirados por los visitantes.

           Siguiendo la Vía Maris, cruzó el río Jordán, río sagrado cuyas aguas cristalinas sepultaban multitud de retazos de la sacrosanta historia (antigua y nueva) del pueblo de Israel. Y se adentró en territorio de la tetrarquía de Filipo, donde había sido constituido primado de la Iglesia Pedro, personaje cuyo nombre, a lo largo de los siglos y sin que entonces lo sospechara, habría de estar inseparablemente unido al de Saulo.

           Posiblemente se acercara a Cesarea de Filipo para pernoctar y otorgar un nuevo reposo a sus fuerzas. Cesarea de Filipo era una localidad muy bella, emplazada junto a las fuentes del Jordán, entre macizos de higueras, adelfos, álamos, terebintos y almendros, aunque abundaban los escorpiones de graves picaduras. En esta ciudad, totalmente pagana (del dios fenicio Pan) y en territorio sirio (en los Altos del Golán) en la que había sido curada por Jesús la hemorroísa de sus flujos de sangre. ¿Acaso vivía aún? ¿Se tropezaría con ella ahora?

           Repuestas las fuerzas, todavía le quedaba un tercio del viaje, unos 90 km, para llegar a Damasco. Y como se adentraba en un territorio menos denso en recuerdos, estas tres jornadas finales de camino las debió dedicar, sobre todo, a preparar la estrategia a seguir para dar buen desenlace a su cruel persecución. Había que ladear la vieja historia y asumir la nueva historia que él, con su impulso patriótico, pretendía escribir.

g) Su conversión

           El viaje hacia Damasco significaba para Saulo el inicio en el arte de la peregrinación, al cual se sometería denodadamente, sin desmayo, durante el resto de su vida, sin entonces sospecharlo siquiera, aunque por una motivación bien diferente y contrapuesta de la que ahora le acuciaba.

           Tras 8 días de frenética marcha, habían pisado la llanura de Damasco, enclavada sobre el fértil oasis que en medio del desierto forma el río Barada al descender del Antilíbano. Se dibujaba ante ellos, prominente y mayestática, la silueta de la ciudad, bella como nunca, seductora como nunca. Se frotaban las manos, de satisfacción por la misión a punto de culminar.

           Mas sucedió que, yendo todavía de camino, ya casi al final del trayecto, cuando degustaban el éxito de la embajada, una luz potente, opalina, deslumbradora, cuyo foco emisor eclipsaba hasta el sol, irrumpió súbitamente sobre el sendero, irisando el ambiente y envolviendo a Saulo y a su séquito en su vigoroso resplandor. En pleno mediodía, cayeron rostro en tierra, ofuscados y atemorizados.

           Y el temor se tornó en terror cuando sonó en el cielo un bramido misterioso que desplegaba el ímpetu de un rayo y que articulaba con sublime lentitud el nombre del jefe de la pandilla, justo en la forma aramea de su idioma:

—Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Te es duro dar coces contra el aguijón.

           Los componentes de la escolta se detuvieron mudos de espanto; alucinados por la luz, no veían nada; aturdidos por el susurro del enigmático rugido, apenas lo oían confusamente; quedaron sumidos en un profundo letargo. Sólo el que los conducía distinguía nítidamente a alguien y entendía claramente la voz. No daba crédito a sus sentidos, mas era verdad; frente a él brillaba, radiante de esplendor y surgido como por encanto, un hermoso personaje con más apariencia celestial que terrenal, en cuya naturaleza se entremezclaban caracteres humanos y angélicos en perfecta sintonía.

           Derribado sin haber sido atacado, intrigado por esta visión terrible e infinitamente dulce al mismo tiempo, necesitaba aclarar la extraña situación que le embebía. Él, un sobresaliente doctor de 30 años de edad, que jamás había sido, ni sería, un visionario, había quedado confuso ante la majestuosidad de Aquél que deletreaba con delicadeza su nombre en el idioma de sus padres, el arameo de las gentes de Judea, en tierras lejanas.

           Pasmado y empequeñecido, aturdido y derrotado sin ni siquiera ser agredido, cobró ánimo y se atrevió a dirigir la palabra hacia el desconocido, hacia aquel Ser que a la vez le aterrorizaba y le seducía. Le urgía averiguar su identidad, su procedencia:

—¿Quién eres tú, Señor?, preguntó.

           ¿Sería un ángel bajado del cielo? ¿Sería aquel Dios temible que, centurias atrás, se aparecía frecuentemente a Jacob, a Moisés, a los patriarcas, a los profetas? ¿Sería el Dios de sus padres que quería premiar su celo, agradecer su espíritu enardecido, leal, diligente, y estimularle a proseguir volcado en tan sagrada causa como aquella que ahora le consumía? ¿Sería...? ¿Quién era en verdad este asombroso personaje?

—Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues, respondió la voz, que no se hizo esperar y que encerraba un crudo mensaje.

           ¿Pero cómo? ¿Qué es lo que se infiltraba, y con tanta nitidez, en sus oídos? ¡Lo último que le apetecía oír! ¡No podía ser! ¿Cómo le censuraban con tanta crueldad la candidez de su pregunta? Pues con esta sencilla e ingenua respuesta se desarbolaba por completo y de cuajo, en tan sólo un instante, el pensamiento de Saulo, su vida, su obra; de un solo y seco golpe y sin dejarle lugar a la duda, le revolucionaban sus planes, le modificaban sus creencias, le invitaban a rendirse ante Aquél a quien tanto detestaba y a servir cortésmente a quien con tanto empeño perseguía. Respuesta, por ende, inesperada, sorprendente, explosiva: "Yo soy Jesús de Nazaret".

           ¿Sería posible? ¿Pero no lo habían clavado siete años antes sobre un leño y Jerusalén testificaba su muerte? Mas no. ¡Ahora se imponía la evidencia! ¡Era cierto! El divino Nazareno en verdad había resucitado, y erigía a su tenaz perseguidor en un nuevo y cualificado testigo suyo, para su propia desgracia. Aquel Cristo a quien él y sus secuaces daban por exánime, vivía, hablaba, e irrumpía impetuosamente ahora, triunfante y glorioso, en su presencia. La aparición había obnubilado la luz del Sol y una sola palabra salida de su boca había abatido a aquel inquisidor tan valiente y valeroso.

           Y no parecía un vil enemigo, el malhechor que sus amigos le habían pintado, aquel detestable y odioso crucificado del Gólgota con el que se habían ensañado la envidia, la perfidia y la malicia personificadas, sino un ser sumamente bondadoso, afable, acogedor, atrayente, envolvente... y omnipotente, con las trazas de un dios. ¡Qué revelación tan sobrecogedora! Como confesaría el propio Pablo desde entonces, y sin pudor: "Yo también he visto al Señor".

           El recuerdo de esta aparición permanecerá imborrable de por vida. Nadie se lo arrebataría. Nada se lo oscurecería. Lo narraría hasta la saciedad y en los más dispares auditorios con agradecimiento, con noble orgullo, con pasión acalorada. Ahora contemplaba al Mesías en persona, cara a cara, sin velos, sin cortapisas, sin limitaciones, y en toda su gloria y en todo su esplendor. En el esplendor de su gloria. Y Saulo creyó.

           No necesitó Saulo más que una sola frase y la visión de aquel Ser indulgente para creer, de manera fulminante, radical, desde aquel histórico momento hasta el atardecer de su vida. Nada ni nadie lograría en adelante arrancarle esta fe naciente. Porque "estoy seguro que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni todas las potestades, ni el presente ni el porvenir, ni la altura ni la profundidad, ni criatura alguna podrá, en adelante, separarme del amor de Cristo", repetirá constantemente Pablo en el futuro.

           Mas aquella visión sorprendente, alucinante, no se había limitado a mostrarle una Persona adorable. En ella había descifrado la evidencia de un misterio que iba a sellar su futuro: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues". Y comprendió súbitamente que en el divino Jesús no sólo se escondía aquel predicador ambulante que había sembrado de milagros y de amor los fértiles suelos de Israel, y el Cordero glorioso que, tras su resurrección, controlaba la historia y el mundo desde el cielo, sentado a la derecha de su Padre.

           Se estaba gestando, en aquellos instantes, un cambio radical y esencial en la mentalidad de Saulo: la sustitución de la ley de Moisés, hasta entonces su ley, por la persona de Jesucristo muerto y resucitado. Sus privilegios de hebreo circunciso, de fariseo, de benjaminita, de maestro en la ley... los iba ya a valorar por nada, frente a la persona que se le presentaba en las inmediaciones de Damasco.

           Su escala de valores se desvanecía repentinamente, pues "lo que era para mí ganancia (confirmaría años más tarde) lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo y ser hallado en él".

           Había quedado atrapado en una milicia que reemplazaba diametralmente su actividad bélica y fanática anterior. Por eso, cual soldado disciplinado, dúctil a las órdenes del capitán, Saulo recabó instrucciones concisas y concretas:

—¿Qué quieres que haga, Señor?

           Parecía estar dispuesto a obedecer, no preocupándole la trayectoria de su vida hasta aquel preciso instante, tan distante, tan opuesta, tan contradictoria a la que ahora pretendía asumir, sometiéndose sumiso, dócil. ¿Cómo podía cambiar de manera tan radical en tan breve lapso de tiempo? ¿Cómo renunciaba tan pronto a sus ideas, a sus creencias, a sus prerrogativas ganadas a pulso durante años? ¿No sentía remordimientos de haber sido un terrorista intolerante?

           Cuál no sería la transmutación de este hombre, que, sin pausa alguna, sin reposo, sin darse una tregua tras el frenético camino llevado desde Jerusalén hasta Damasco, pretendía ya poner las manos en la obra, luciendo así su excelente temperamento, capaz de reaccionar al instante, sin titubeos, y de entregarse al servicio con gallardía. No se percataba, ni le importaba siquiera el hecho de que, a partir de ahora, el rabioso perseguidor se convertiría en perseguido, y con odio no menos violento, por su madrastra la sinagoga y por la jauría de sus antiguos secuaces.

           ¡De qué método tan insólito se vale Cristo para elegir a sus apóstoles! Nunca se inclina por personajes ilustres de brillante pasado, sino por almas de acero que se enderezan al primer golpe: almas recias que no se amilanan ni se arredran jamás bajo las dificultades y las pruebas, por duras que éstas sean; almas no habituadas a pedir explicaciones ni justificaciones, sino órdenes tajantes y claras que cumplir; almas de acción que no entienden de cansancio ni de reposo; almas viriles y, a la vez, almas sumisas que se entregan sin reservas a quien depositan su fe.

—¡Levántate! Me he aparecido a ti para constituirte servidor y testigo, tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré. Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales Yo te envío, para que les abras los ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios; y para que reciban el perdón de los pecados y una parte en la herencia entre los santificados, mediante la fe en mí. Ve a Damasco, entra en la ciudad y allí se te dirá lo que tienes que hacer.

           La 1ª orden dada por Jesús a Saulo no podía ser otra: "¡Levántate!". Pues un soldado recibe las instrucciones de pie, en postura firme y cuadrado, y nunca tumbado en el suelo. Y Cristo pasaba a ser ahora su capitán. Y esto fue todo. Pasado el tiempo, evocaría Pablo esta formidable experiencia sufrida en la llanura de Damasco: "Sé de un hombre en Cristo, el cual hace 14 años fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar".

           En aquel momento, Saulo no entendió nada del mensaje recibido. Absolutamente nada. Sólo asimiló el encargo final: que prosiguiera el viaje y esperara en Damasco.

           Y obedeció escrupulosamente. Sin embargo, ya le estaba acechando la 1ª prueba: "el resplandor divino de la gloria de Jesucristo le había quemado los ojos". La escena apenas había durado unos minutos, y al levantarse del suelo, una profunda oscuridad le envolvía: se había quedado completamente ciego. En medio de la clara luz que los penetrantes rayos del sol seguían irradiando sobre aquel mediodía sirio, los ojos grandes y abiertos de Saulo no le servían para ver y recrearse en la belleza del entorno. Las potencias de su alma y sus sentidos habían sido repentinamente embargados.

           Desde el eclipse de sol por el Sol, y durante su exposición, los acompañantes de Saulo permanecieron inmóviles, espantados; pero al no contemplar cara a cara la Aparición, no habían sido cegados por su resplandor; por lo que, vueltos a la normalidad, poco a poco se fueron rehaciendo de su pavor. Tendieron una mano piadosa al jefe, que momentos antes les alentaba a la lucha, y que ahora yacía en el suelo derrotado. Y éste, tropezando en las piedras y en los guijarros, inspirando lástima, tembloroso, indeciso al andar, prosiguió su camino hacia Damasco.

           Damasco, la actual capital de Siria, se hallaba situada en un oasis o fértil valle enclavado en los confines del desierto de Siria. Ofrecía con sus jardines y minaretes un soberbio y bello panorama desde lejos, que Saulo ya no pudo apreciar. Damasco constituía el ojo cristalino de Oriente y en aquellos tiempos la habitaban 50.000 mil personas.

           En este mes de Nissan, por estas fechas, brotaban los nogales y colgaban las viñas a modo de lianas de los árboles, brillando la hierba del campo como una verde alfombra aterciopelada y luciendo sus colores el amarillo melocotón y la purpurina flor del granado. Contemplar cualquier paisaje damasceno significaba un espectáculo realmente encantador. No le faltaría razón a Mahoma al situar en Damasco uno de los 4 paraísos terrenales.

h) Su preparación apostólica

           Pronto entraron en Damasco. La visión le ardía por dentro a Saulo. Los ojos de la cara habían apagado su lumbre y se hallaban sumidos en la más negra penumbra, pero con los ojos del corazón no podía desprenderse del rostro sereno, bondadoso y majestuoso que había contemplado el día más importante de su vida. Tal impacto había abatido sus sentidos, que no sentía hambre ni sed. No quiso ingerir comida ni bebida durante 3 días seguidos. Absorto en su misterio y ciego en su vista y en su cerebro para las cosas del mundo, rezaba, meditaba y soñaba.

           ¡Una auténtica rebelión anidaba y bullía en lo más hondo de su alma! Mas él aguardaba confiado, destilando serenidad a flor de piel, aunque se le agolpaban embarazosamente muchas preguntas, que soslayaba sistemáticamente y sin rubor. Le reconfortaba sobremanera el recuerdo de la revelación insospechada que le había deslumbrado, infundiéndole esperanza y valor.

           Al 3º día de su estancia en Damasco, ensimismado en el letargo, una revelación le despejaba de nubarrones el horizonte: entre sombras, vislumbraba a un hombre benigno que le acogía mansamente en su corazón; se llamaba Ananías y le imponía las manos sobre la cabeza, le infundía en el alma el Espíritu, y le permitía recuperar milagrosamente la vista. Presentía en la escena visos de pronta realidad. En ese mismo instante, Ananías disfrutaba de otra visión:

—Ananías, le interpeló Cristo.

—Aquí estoy, Señor, respondió Ananías.

—Levántate, ve a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo. Se encuentra allí en oración, y ha visto que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista.

           No cabía mejor garantía de autenticidad del mensaje divino: ¡Saulo oraba! Salpica nuestros sentidos la llaneza de las relaciones entre los precursores del legítimo nombre cristiano con el Maestro, cargadas de familiaridad, de intimidad, de confianza ciega. Mas no se admiraban de ellas, sino todo lo contrario: las saboreaban con la mayor naturalidad. Por ello, Ananías replicó:

—Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén, y que está aquí ahora, con poderes de los sumos sacerdotes para apresar a los que invocan tu nombre.

—Vete, le cortó Cristo secamente, sin atender razones. Pues este hombre es para mí un instrumento elegido que llevará mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre.

           Ananías no insistió. Conocía bien la calle Recta, una calle dividida en 3 por 2 hileras de columnas, que discurre aún por Damasco de este a oeste; se trata de una calle geométricamente rectilínea, de 1,6 km de longitud. Pronto encontró Ananías la casa de Judas y se acercó a Saulo, que se hallaba ya ansioso esperando la visita soñada; le observó atentamente, y tras un intenso y luminoso silencio, le espetó con suma delicadeza y bondad:

—Saulo, hermano mío.

           Saulo recibía una inesperada lección sobre fraternidad cristiana; fraternidad capaz, gracias a la gracia de Cristo, de saludar a un desconocido y cruel enemigo, que días antes pretendía apresarle y encarcelarle, con mansedumbre y con el cariñoso apelativo de hermano: "Saúl, hermano mío".

           Ante esta voz cargada de amor, Saulo se volvió con los ojos abiertos de par en par, aunque sin ver nada. Presentía la acción divina aromando el ambiente. Y prosiguió Ananías:

—Me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y te sacies de Espíritu Santo. Pues el Dios de nuestros padres te ha elegido para enseñarte su voluntad, mostrarte al Justo y para que escuches la voz de sus labios; tú serás ante los hombres testigo de lo que has visto y oído.

           Seguidamente, Ananías le impuso las manos. Al instante, de los ojos de Saulo, herméticamente cerrados desde la deslumbrante aparición en la llanura de Damasco, cayeron unas como escamas, y recobró la vista.

—Y ahora, ¿a qué esperas?, continuó Ananías, mirándole fijamente. Levántate, recibe el bautismo y limpia tus pecados después de invocar el nombre de Jesús.

           Allí, en la humilde morada de Judas de la calle Recta, Saulo fue bautizado y confirmado, por la imposición de manos, inundándose de Espíritu. Y se dispuso a comer, para recuperar las fuerzas debilitadas por tan prolongado ayuno. Como diría mucho más tarde el apóstol, ya anciano y a un amigo: "Cristo Jesús me ha elegido para su servicio, a mí que era un blasfemo y un perseguidor. Pero él se apiadó de mí, porque yo obraba sin saber y sin mala fe".

           Saulo había derrochado honestidad hasta entonces. Él siempre había pensado que obraba lealmente, conforme a la voluntad de Dios. "Yo creí entonces que tenía que redoblar la lucha contra el nombre de Jesús de Nazaret", recordará pasado el tiempo. Y había tratado de honrar a Dios en aquella persecución enloquecida, obsesiva. Pues, ¿cómo podía desvanecerse en un visto y no visto el Dios que desde épocas inmemoriales había alimentado la fe de sus padres? ¿Debía tolerar que las enseñanzas de un sencillo carpintero arruinaran de un seco golpe la ley de Moisés que había regido Israel durante milenios bajo el amparo de Dios?

           Sin embargo, el Espíritu de Dios le roció con la Verdad de Dios. Le impregnó de sabiduría divina, pues para ello estaba predestinado desde antes de la aurora de los siglos. Y la respuesta de Saulo fue fulminante, espléndida, generosa. Al punto renunció a la carne y a la sangre. Rompió radicalmente con el pasado, meditó proyectos de futuro basados en aquel milagroso encuentro y, sin detenerse, se dispuso a servir incondicionalmente, bajo el halo y el impulso del Espíritu: "Por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy crucificado. Ya no soy yo quien vive: es Cristo quien vive en mí".

           Permaneció en Damasco unos días en compañía de aquellos que vino persiguiendo, de los que finalmente se granjeó su respaldo, su aprecio, su amistad; y divulgaba en las sinagogas su conversión. Para él ya no había más que un Señor: Cristo Jesús. Ni entonces ni más tarde lo disimulará; nunca se sonrojará de él y todo su anhelo se centrará en proclamar incansablemente su fe para que se derrame sobre los demás como la escarcha nocturna.

           Mas para oír bien su voz, que debía instruirle y formarle plenamente a la manera de "Aquel que le separó desde el seno materno", Saulo emprendió el viaje, sin pedir consejo a nadie ("ni a la carne ni a la sangre") ni subir a Jerusalén ("donde estaban los apóstoles anteriores a mí") al lugar más impensable: "me fui a Arabia".

           Allí, en la más pura soledad, alcanzó un perfecto conocimiento del evangelio. A pesar de no haber compartido la vida del Mesías de Nazaret, ni escuchar su predicación, allí fue instruido directamente en el silencio de la oración y del recogimiento, a través de revelaciones, por inspiración de la gracia y mediante la acción divina en su alma. Como él mismo dirá más tarde: "Os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí no es cosa de hombre, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo".

           ¿Cuánto tiempo permaneció en el retiro de Arabia? Al menos un año; tal vez dos. ¿En qué se ocupó durante ese tiempo? ¿Qué región escogió? Solamente sabemos que allí, en el retiro del desierto, el fariseo formulista se transformó en el apóstol ardiente del amor, pletórico de paz y dulzura.

           El fogoso vándalo de antaño necesitaba descanso físico y moral, aislamiento absoluto de todos y de todo, para tratar a solas con Dios y prestarle oído atento; y guiado sin duda por el Espíritu, escogió este lugar de Arabia extremadamente caluroso y seco. El cielo, siempre despejado, despedía allí un calor tan sofocante que abrasaba durante 8 meses con temperaturas de hasta 45ºC a la sombra. Las noches, en cambio, se mostraban benignas, derramando su rocío consolador sobre la escasa vegetación que allí se desarrollaba.

           Durante los meses de verano (desde junio hasta septiembre) reinaba en el desierto el terrible simoun. Y no tenía por compañía sino abundancia de serpientes venenosas, como el cerastes y el áspid, leones, hienas, chacales, gerbos, avestruces, escorpiones y arañas de las más variopintas clases.

           Es posible, y así han supuesto algunas tradiciones, que predicara a Cristo Jesús entre los de la región; pero no ha quedado ni rastro de esa evangelización, ni se hallará noticia de iglesia alguna en el Haurán antes de la emigración de Israel en el año 70. Lo cierto es que allí, en el más absoluto retraimiento, evocaba Saulo instintivamente la sublimidad de aquellas primeras revelaciones, de las que dejó escrito que:

"Para que no me engriera con ellas, fueme dado un aguijón a mi carne, y desde entonces un ángel de Satanás me abofetea continuamente, para que no me engría. No tuve más remedio que rogar tres veces al Señor que lo alejase de mí. Pero él me dijo: Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza. Consecuentemente, con mucho gusto me glorío desde entonces sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo.

           Allí, vigorosamente fortalecido e iluminado por el Espíritu, comprendió en su corazón por la fe "cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad", y percibió el amor de Cristo, "que excede a todo conocimiento".

           Al cabo de estos meses árabes de encierro y silencio, regresó Saulo a Damasco. Los damascenos, estupefactos, le oían predicar en las sinagogas que Cristo Jesús, el crucificado del Gólgota, era el Salvador esperado y el Dios en quien habían de creer. Asombrados del cambio, se preguntaban: "¿Cómo, pero no es éste el que en Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocaban el nombre de Jesús, el Hijo de Dios, y no ha venido aquí con el objeto de llevárselos atados a los sumos sacerdotes?".

           Pero Saulo se crecía y confundía al auditorio, probando que Jesús era el Cristo, en Mesías esperado. Debatía con autoridad. Por dominar a la perfección la ley, refutaba cualquier argumento, y ya no era sólo el testigo que afirmaba con fe inquebrantable haber visto al Resucitado, sino que era también el brillante rabbí que se apoyaba en la Escritura, que dominaba el ambiente, que preveía las objeciones y que se adaptaba admirablemente, respondiendo a cualquier crítica y fortaleciendo su propio criterio. Por eso, sintiéndose derrotados e incapaces de vencerle honestamente con la fuerza de la palabra, resolvieron reducirlo al silencio con la fuerza de la puñalada trapera. Y tramaron una conjura para matarlo.

           El perseguidor de antaño se convertía ahora en perseguido. Y se enteró de la intriga en que se hallaba implicado. ¿Cómo podía eludir el peligro?

           Sus adversarios habían tramado una estratagema diabólica, y lograron del etnarca del rey Aretas que se montara una guardia a las puertas de la ciudad, día y noche, para asegurarse que la víctima se encontrara dentro mientras ellos le acosaban sobre seguro. Tan activas fueron las pesquisas, que apenas podía Saulo ocultarse: así iban a comenzar las peripecias del peregrino de Tarso. En esta ocasión, aprovechando la oscuridad de la noche y metido en una espuerta usada para el acarreo de higos y pescado, fue deslizado, descolgado de una maroma desde lo alto de la muralla de la ciudad, por la ventana de la casa de un amigo, muro abajo. "Y así me escapé de sus manos por la gracia del Señor", evocará Pablo pasado el tiempo.

           Saulo quería ir a Jerusalén "para ver a Pedro". De manera que, fugitivo y solo, como una oveja herida busca con avidez el redil del que se ahuyentó recabando cuidados, recorrió en sentido inverso el mismo camino que con su escolta trazara 3 años antes.

           Mas no pudo sufrir peor desengaño. La frustración, el dolor y la impotencia acamparon sin compasión en su alma. Pues nadie se fiaba en Jerusalén de él: los judíos le consideraban un traidor, mientras que los fieles seguían reputándole como el fiero hostigador de siempre. Pretendía unirse a los discípulos, mas huían de él despavoridos. La capital del país no le dio por acogida más que una dramática soledad.

           ¡Cuánta amargura tuvo que tragar el corazón de este buen hombre! ¡Romper radicalmente con el pasado, renunciar al porvenir de un fulgurante rabino, y verse ahora ensombrecido por el desprecio, rechazado y marginado! ¡Someterse al Maestro sin reservas, arder en deseos de entregar la vida entera a su servicio, y sentirse sospechoso por sus propios hermanos, que le acogían con la más escandalosa frialdad! No obstante, su alma, acerada y fraguada en el crisol de la gracia, se mostraba inasequible al desaliento.

           Y Dios se apiadó de él. Un tal José, chipriota apodado Bernabé, intimó con él; se cree que habían sido condiscípulos en la escuela de Gamaliel; lo cierto es que ambos se aceptaron. Bernabé, tras convertirse al Señor, había vendido cuanto tenía, un campo, recogiendo el dinero y poniéndolo a los pies de los apóstoles; era bondadoso y de ancho criterio en la admisión de los conversos; según la tradición, habría presenciado la curación del paralítico efectuada por Jesús en la piscina de Bezatá, y desde entonces se le habría unido con entrañable afecto. Bernabé, pues, presentó a Saulo ante Santiago, el hermano del Señor, pues Pedro moraba a la sazón en Antioquía, huido tras la muerte de Esteban.

           Saulo contó a Santiago la historia de su alma y los anhelos que ya anidaban en su corazón. Santiago captó la insospechada riqueza espiritual que Dios había depositado en este caudaloso torrente de gracia; lo acogió entrañablemente, y le conminó a proseguir luciendo el baluarte del amor que tan lealmente y con tanta sabiduría enarbolaba.

           En consecuencia, animado y reafirmado en su fe por el propio patriarca de Jerusalén, se desvanecieron los recelos con que fue recibido por los hermanos, y éstos, finalmente, aceptaron su compañía. Se presentaba en las sinagogas, defendía su fe con audacia y sabiduría, y discutía con todos. Su lucida oratoria causaba enorme sensación y malestar entre sus adversarios.

           Y hasta provocaba escándalo, especialmente entre los helenistas. Por lo que éstos, no andándose con rodeos, tramaron una confabulación y decidieron suprimirlo de la faz de la tierra. Apenas habían transcurrido 15 días desde su llegada a Jerusalén, y ya estaba decretada otra sentencia de muerte contra su persona. Sólo se esperaba la ocasión oportuna para ejecutarla. Corría el año 40.

           Un día, mientras oraba en el templo, cayó Saulo en éxtasis. Jesús se le apareció de nuevo:

—Date prisa y marcha inmediatamente de Jerusalén, pues no recibirán tu testimonio acerca de mí.

—Señor (replicó Saulo), ellos saben que yo andaba por las sinagogas encarcelando y azotando a los que creían en ti; y cuando se derramó la sangre de tu testigo Esteban yo también me hallaba presente, y estaba de acuerdo con los que le mataban, y guardaba sus vestidos.

—Vete, concluyó Jesús, cortando y desoyendo las justificaciones. Marcha de aquí, porque Yo te enviaré muy lejos, para la conversión de los gentiles, en naciones lejanas.

           Sólo permaneció 15 días en Jerusalén. Los hermanos, presurosos, lo llevaron camuflado a Cesarea para evitar su muerte, y de allí marcharía a Tarso. Su campo de acción estaba fijado: Saulo sería un peregrino del evangelio, para cuyo servicio había sido constituido heraldo, apóstol y maestro: el apóstol de los gentiles y las tierras lejanas.

MANUEL A. MARTÍNEZ, Colaborador de Mercabá

 Act: 09/05/22    @tiempo pascual        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A