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. . Además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan 33 ó 34 semanas en el curso del año en las cuales no se celebra algún aspecto peculiar del misterio de Cristo, sino más bien se recuerda el mismo misterio de Cristo en su plenitud, principalmente los domingos. Este período de tiempo recibe el nombre de tiempo ordinario. Cuaresma y Pascua han sido tiempos fuertes, de 3 meses de duración. Ahora, desde el lunes siguiente a Pentecostés y hasta el Adviento, tenemos por delante seis meses de tiempo ordinario: 25 domingos verdes. Ordinario no significa ciertamente vulgar o anodino, sino que se contrapone a los tiempos fuertes. Los domingos no son tampoco grises sino verdes. Y son la mayoría del año: 33 ó 34, frente a los 18 ó 19 del ciclo pascual y navideño. No puedo ocultar que le tengo simpatía al Tiempo Ordinario. Cuando después de las fiestas de Navidad desembocamos en las primeras semanas de tiempo normal, me parece que de algún modo llegamos a un respiro psicológico. Cuando termina la Cuaresma y la Pascua, con su tensión y su insistente énfasis, resulta pedagógico reanudar la serie de los domingos más tranquilos del Tiempo Ordinario. No quisiera creer que mi subconsciente me juega una mala pasada, y que lo que pasa es que no quiero tiempos exigentes que me obliguen a vivir intensamente. Me parece que, aparte de la necesaria sucesión psicológica de tiempos fuertes y normales, el Tiempo Ordinario tiene una riqueza propia y unos valores interesantes que también cuentan en la vida espiritual. El Tiempo Ordinario responde sencillamente a la vida normal. Es bueno que después de un espacio de fiesta sigan otros más sencillo. No todo el año puede ser Pascua ni ejercicios espirituales. La vida cotidiana también tiene sus ventajas (estos meses se llaman en la liturgia hispánica "de cotidiano"). En los tiempos fuertes se puede decir que nos vemos obligados a celebrar y hay el deber de ser felices (feliz Navidad... feliz Pascua). Ahora celebramos nada más (y nada menos) que eso: que somos cristianos, que formamos la comunidad de los salvados y vivimos la vida como continua historia de salvación. Los domingos verdes son los días en que sólo pasa eso: que es domingo. El tiempo normal es también el tiempo de la maduración. Acabamos de celebrar el misterio central: la Pascua. Y seguramente lo hemos hecho con intensidad y acentos de fiesta. Pero ahora se nos ofrece un espacio sosegado para ir asimilando ese misterio de Cristo. No es un tiempo estéril: la semilla fructifica en la tranquilidad. Una cosa es celebrar festivamente la Pascua y otra vivir la Pascua (que es lo mismo que vivir el evangelio) en la vida de cada día, interiorizando, madurando en el misterio de Cristo. Estos meses de Tiempo Ordinario nos invitan a vivir el misterio de Cristo en su totalidad. La Navidad nos hizo celebrar la encarnación y sus primeras manifestaciones. La Pascua, el misterio de la muerte y de la glorificación del Señor. El Tiempo Ordinario nos va presentando pausadamente la vida, las palabras, los gestos, la persona de Cristo, y así va iluminando nuestra existencia e interpelando nuestra vida cristiana. Eso sucede sobre todo siguiendo al evangelista del año. En concreto, en un Lucas que, con su estilo de buen narrador, nos ofrece en los evangelios dominicales de este año una figura de Jesús muy propia de él. En concreto, un Jesús: -lleno de sentimientos de misericordia y acogida para con los pecadores; -sube a Jerusalén, en un movimiento que abarca del cap. 9 al
19 de su evangelio; Son aspectos del misterio de Cristo y de la Iglesia que este año, el año de Lucas, podremos ir asimilando en el Tiempo Ordinario, guiados por esa eficaz pedagogía de la palabra evangélica. Finalmente, el Tiempo Ordinario es la mejor ocasión para celebrar y saborear lo que es el domingo. Estos domingos no tienen color particular de Adviento o Pascua, ni de un santo o festividad concreta. Son sencillamente eso: el día de la resurrección del Señor, el día de la fiesta semanal de la comunidad, el día de la reunión, de la liberación, de la eucaristía... El domingo es un gesto profético que los cristianos realizamos cada semana en medio de la sociedad: dejamos el trabajo, nos reunimos, hacemos fiesta, escuchamos la Palabra de Dios, celebramos el memorial de Cristo, participamos de su cuerpo y de su sangre... ¿Qué celebramos cuando sólo es Tiempo Ordinario? Con sencillez y a la vez con variedad e imaginación pastoral, ahí tenemos unos meses para ir penetrando en el misterio de Cristo, según Lucas, y para celebrar nuestra reunión festiva del domingo, como centro de toda nuestra vida cristiana. En el domingo, están de por medio las grandes realidades de la vida cristiana: -el
pueblo del Señor (comunidad), Las Normas sobre el Año litúrgico y el Calendario definen el objeto del calendario litúrgico y establecen el ámbito de su contenido, cuando dicen: "la ordenación de la celebración del año litúrgico se rige por el calendario que puede ser general o particular, según esté concebido para uso de todo el rito romano o para alguna iglesia particular o familia religiosa" (n. 48). El calendario general contiene el ciclo total de las celebraciones del misterio de Cristo, es decir el propio de tiempo, que constituye la parte central y fundamental del año litúrgico (SC, 102) y al que se une el santoral (SC, 103-104). El calendario general es obligatorio para todos los fieles del rito romano, mientras que los particulares lo son en el ámbito que les es propio. La reforma litúrgica patrocinada por el Concilio Vaticano II revisó el calendario general y estableció normas precisas para la confección de los calendarios particulares. La revisión del calendario constituyó por si sola un capítulo propio de la reforma general de la liturgia y quizá uno de los aspectos menos comprendido por algunos pastores y por no pocos fieles, mal informados y bastante desorientados, por ejemplo, por los cambios de fechas de la conmemoración de algunos santos. La constitución dogmática Sacrosanctum Concilium expone con toda claridad 2 principios fundamentales en los que se apoya la reforma del Año litúrgico y del Calendario: -absoluta
importancia a la celebración de los misterios de la salvación,
especialmente el misterio pascual (SC, 108); El mismo documento dice que las fiestas de los santos deben ser consideradas como una proclamación del misterio pascual (SC, 104), y no deben ocupar el puesto de la celebración de los misterios del Señor. Según estos criterios, no existía otro camino que reducir el santoral y remitir mucha conmemoración de santos a los calendarios particulares. Los criterios directivos que han regido la revisión del calendario general se reducen esencialmente a tres: -elección
de los santos de mayor relieve para toda la Iglesia, El 1º criterio permitió fijarse en los santos que ejercieron un influjo mayor en la vida de la Iglesia, en los que ofrecen un mensaje actual y en los que representan los diversos tipos de santidad. El 2º criterio muestra la universalidad de la santidad tanto en el tiempo como en la geografía. El 3º es fruto, a su vez, de la investigación sobre la vida y la muerte de algunos santos. Este punto, que ha sido uno de los menos comprendidos de la revisión del calendario, revela un gran esfuerzo de fidelidad histórica. En muchos casos el traslado de la fiesta se ha producido al día exacto de la muerte del santo; en otros, al de su sepultura definitiva o traslado de las reliquias; en otros, cuando no había noticias seguras, al día de su ordenación episcopal. Sabido es que el santoral se ha resentido siempre del influjo de la leyenda áurea. Pues bien, uno de los mayores méritos del calendario litúrgico ha sido el rigor con que se ha procedido en el servicio a la verdad. En el calendario se han suprimido algunos santos concretos porque se ha comprobado que no existieron más que en la leyenda. Son casos muy concretos que han sido objeto de amplios estudios. Los afectados no han sido solamente santos medievales, sino también mártires de la antigüedad, conservándose únicamente aquellos de los que se tiene certeza de su existencia histórica. El conocimiento de los principios o criterios que han orientado la revisión del calendario general puede ayudar a comprender el año litúrgico y sus celebraciones, y valorar pastoralmente la celebración de cada día del año. . JOSÉ ALDAZÁBAL, Azkoitia, España .
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