Comentario, Sábado I de Adviento

Mt 9, 35-10,1
7 de diciembre de 2019

            De nuevo el evangelio nos presenta a Jesús en plena actividad misionera, recorriendo ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas (lugar de congregación de judíos y prosélitos), anunciando el evangelio del Reino y curando enfermedades y dolencias. Su primera reacción ante las gentes, a las que veía como ovejas sin pastor, era la compasión. Del que se postulaba como expresión humana de la misericordia divina no podía esperarse otra cosa. Pero esto es lo que testifica el evangelista, dado que la compasión es algo perceptible para un testigo. Se deja ver en el mismo obrar. Y porque Jesús ve la extenuación y el abandono de las gentes, como ovejas que no tienen pastor, y se siente movido a compasión, toma la decisión de enviarles pastores en su día.

            Es como si en ese momento hubiese tomado conciencia de la abundancia de la mies y de la necesidad del envío de trabajadores. Pero, aunque no fuera así, es entonces cuando les dice a sus discípulos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. De esta manera podrán ir tomando conciencia de esta realidad que, en un futuro no muy lejano, será su campo laboral. Puesto que los trabajadores son pocos –y siempre habrá desproporción entre la mies, o el campo de trabajo, y los obreros-, es preciso pedir al Señor de la mies que mande trabajadores a su mises. Sólo el que es Señor, sólo el que tiene verdadero interés por el fruto de sus campos y su siembra, puede llamar y enviar trabajadores a esos campos.

            El envío supone la llamada y la capacitación para realizar la tarea encomendada. Esto es precisamente lo que hace con los doce: los llama, les da autoridad, es decir, potestad, para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia y les envía con algunas instrucciones. La labor de exorcizar y de curar enfermedades entra dentro de su cometido y competencia. Pero también tendrán que proclamar la cercanía del Reino de los cielos. En la medida en que el Reino vaya ganando terreno, lo irán perdiendo tanto el poder del espíritu del mal como el de la enfermedad. Por eso tales acciones (expulsar demonios y curar enfermedades) serán la señal de que el Reino de los cielos está cerca y de que se va agrandando su dominio. Las instrucciones, quizá todavía provisionales, hablan de no adentrarse en tierra de paganos, ni de samaritanos, sino únicamente en territorio israelí: Id a las ovejas descarriadas de Israel; id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca.

            Esta fue la secuencia histórica de la evangelización. Aquellos primeros misioneros, incluido san Pablo, el apóstol de los gentiles, iniciaron su labor evangelizadora en el campo israelí, entre los judíos, y teniendo como sedes preferentes las sinagogas, como había hecho el mismo Jesús en Galilea. Sólo cuando sintieron el rechazo de la sinagoga, se lanzaron de lleno a la evangelización de los paganos, adquiriendo así el mensaje del evangelio una dimensión universal. San Pablo fue pionero en esta apertura al mundo pagano, pero no fue el único en semejante iniciativa. Otros apóstoles también llegaron lejos en su empeño de hacer llegar el mensaje de la salvación hasta los confines de la tierra. A esos enviados Jesús les encomienda la tarea que él venía realizando: Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Con estas acciones mostrarían a los destinatarios de la misión que el Reino de los cielos estaba realmente cerca, que el Reino de los cielos había empezado a despuntar al menos allí donde se dejaban notar sus efectos: curaciones, resurrecciones, expulsiones del maligno.

            Todo formaba parte de la evangelización: la palabra con la que anunciaban la cercanía del Reino, que había llegado con el Mesías y sus acciones, y las obras que ponían de manifiesto la presencia de esta realidad liberadora y benéfica. Éstas seguramente podían tener más eficacia evangelizadora que el simple anuncio que, sin el acompañamiento de las acciones, se reducía a meras palabras. Entre las condiciones de la evangelización está la gratuidad: gratis habéis recibido, dad gratis. Esto no significa que el obrero no merezca su salario; pero sí que el obrero de esta mies no debe trabajar en ningún modo por el salario. Debe trabajar simplemente porque ha sido enviado por su Señor; será el mismo Señor del envío quien lo recompense. Y lo hará con una recompensa de valor infinitamente superior al de un estricto salario o jornal: en esta vida, cien veces más, y después la vida eterna. Es lo que nos hace ver ese obrero de la mies por excelencia que es el apóstol Pablo cuando dice que espera participar de los mismos bienes del evangelio y que éste es su salario, tomar parte en tales bienes.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 07/12/19     @tiempo de adviento         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A