Comentario, Jueves IV de Cuaresma

Jn 5, 31-47
26 de marzo de 2020

            El evangelista nos presenta el debate que mantuvo Jesús con los judíos a propósito de los signos de credibilidad que lo acompañaban. La predicación de Jesús era en último término un testimonio de sí mismo y de su misión en el mundo como enviado del Padre. Este testimonio podía encontrar la aceptación, más o menos entusiasta, la indiferencia o el rechazo que fácilmente podía derivar en confrontación. Los relatos evangélicos ponen de relieve la existencia de todas estas posturas en relación con su mensaje y su persona. La actitud de Jesús frente a la incredulidad –como revelan estos textos del evangelio de san Juan- no fue la de desprecio, sino la de diálogo con aquellos que se resistían a dar crédito a su testimonio. Jesús, refiriéndose a este testimonio, razona con sus adversarios: Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es válido. Hay otro que da testimonio de mí y sé que es válido el testimonio que da de mí.

            En el ámbito social en el que Jesús se desenvolvía, un testimonio adquiría validez jurídica sólo si era refrendado por el testimonio de otros testigos. Esto explica que Jesús, en su argumentación, intente mostrar la existencia de otros testigos que vienen a avalar su propio testimonio. Hay otro, dice, que da testimonio de mí. Pero ese otro no deja de ser un testigo invisible, su Padre Dios. Por eso recurre, seguidamente, al testimonio de Juan el Bautista, el que lo había señalado como Mesías; al testimonio de las Escrituras, que aquellos judíos leían con tanta veneración, pensando encontrar en ellas vida eterna; al testimonio de Moisés, autor parcial de esas Escrituras, que había escrito de él; al testimonio de sus obras, que eran las obras que el Padre le había concedido realizar. Y si el Padre era invisible, las obras salidas de sus manos, no lo eran; y esas obras, por su carácter sobrenatural, daban testimonio de él como enviado del Padre.

            Hablando del testimonio de Juan, un testigo verídico, un testigo de la verdad, dirá: No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz. Juan era un hombre estimado por muchos judíos: alguien al que muchos vieron como una lámpara de cuya luz se podía gozar. Jesús recurre al testimonio que Juan dio de él, cuando los judíos enviaron emisarios para obtener información del Bautista acerca del Maestro de Nazaret, para facilitar la fe de sus oyentes. Pero el testimonio de Juan no deja de ser el testimonio de un hombre. Hay otro testimonio, añade Jesús, que es mayor que el de Juan.

            Se trata del testimonio, ya mencionado, de las obras que el Padre le ha concedido realizar: obras milagrosas, extraordinarias, visibles, testificables; obras anunciadas proféticamente y fácilmente comprobables: Id a decirle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos quedan limpios, y a los pobres se les anuncia la buena noticia. Estas obras maravillosas daban testimonio del poder que Dios le había concedido para llevarlas a cabo. Siendo un testigo invisible, el Padre Dios da testimonio de Cristo, su enviado, en las obras que éste realiza en cuanto enviado de Dios. Es esta convicción la que le lleva a decir: Nunca habéis escuchado su voz –como Moisés-, ni visto su semblante –el rostro de Dios permanece invisible a los ojos humanos-, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no le creéis. No creer al enviado de Dios es no prestar atención ni dar crédito a su palabra. No creer en Jesús equivale a no creer en Dios, dado que él es su Palabra encarnada.

            Los judíos con los que Jesús polemiza apreciaban y estudiaban las Escrituras sagradas. Buscaban en ellas vida más allá de esta vida, vida eterna. Pues bien, les dice Jesús: ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! Las Escrituras son un testimonio permanente a favor de Jesús y de su mesianismo. Para advertirlo basta con leerlas con detenimiento y profundidad, aplicando la clave interpretativa que él mismo nos ofrece o proyectando la luz que nos viene de él.

            Este es el momento en que Jesús aprovecha para echarles en cara su dureza de corazón o su ceguera: os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros; yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ése sí lo recibiréis; vosotros aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios. No es inusual que el prestigio o renombre adquirido por algunas personas confiera una gran autoridad a sus opiniones, aunque éstas no estén en absoluto fundadas; pero la autoridad conquistada acaba imponiéndonos tales opiniones como verdades incuestionables. A veces hablan en nombre propio, no en nombre de una tradición científica, ni en nombre de una ciencia probada. Tales opiniones personales son multitudinariamente recibidas por la autoridad que les confiere el nombre de quien las expresa. Pero puede que no tengan poco que ver con aquella investigación con la que se han ganado ese renombre. Hay actos sociales que revisten de brillo (resp. gloria) la intervención de ciertas personas. Es la gloria humana que nos damos unos a otros; y entre tanta vanagloria, puede que se haya perdido la búsqueda de la gloria que viene de Dios. Cuando no se busca la gloria de Dios, es decir, dar gloria a Dios con nuestras obras, se acaba buscando la gloria de los hombres, esto es, recibir gloria –aprobación, aplausos, parabienes, premios, etc.- de los hombres.

            Pero no soy yo –dice Jesús- el que os va a acusar ante el Padre (de nuevo la comparecencia del juicio de Dios), hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras? El mismo Moisés, cuya autoridad era indiscutible para aquellos judíos, será quien les acuse por no haber creído a aquel de quien él ha dado testimonio en sus escritos. Jesús se remite, por tanto, al mismo Moisés como testigo en su favor. Bastaría con dar fe a los escritos de Moisés para dar fe a sus palabras.

            Estos son los testigos invocados por Jesús: uno, contemporáneo y precursor, Juan el Bautista, con sus palabras; otro, antiguo, Moisés, con sus escritos sagrados; y el principal de todos, su Padre Dios, con las obras que le ha concedido realizar. Jesús quiere que nos fijemos en tales testimonios para reafirmar nuestra fe en él. Para nosotros estos testimonios se reducen a uno, al testimonio de Dios plasmado en las Sagradas Escrituras, que son también las que atestiguan el valor y la fuerza de esas obras que tanto impresionaron a sus contemporáneos. Sólo el asombro suscitado por estas obras mantendrá viva y fresca nuestra fe en Jesús como Hijo de Dios.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 26/03/20     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A