Comentario, Martes IV de Cuaresma

Jn 5, 1-16
24 de marzo de 2020

            Todos sabemos de la importancia del agua para la vida. Es tan esencial que no se concibe vida sin agua. No es extraño, por tanto, que el agua como elemento purificador, regenerador o curativo haya desempeñado un papel tan crucial en la historia de las religiones. En todas partes y épocas históricas ha habido aguas de efecto medicinal que han atraído la atención de enfermos e impedidos en busca de salud. Uno de estos centros de aguas curativas se encontraba en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, en una piscina que recibía el nombre hebreo de "Betesda". En torno a ella, bajo sus soportales, se concentraban multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, a la espera de una particular remoción de las aguas que proporcionaba la salud. Entre estos enfermos –refiere el evangelista poniéndonos en contexto- había uno que cargaba con su enfermedad desde hacía ya treinta y ocho años. Pues bien, Jesús se hace presente en este lugar en un tiempo en el que todavía podía pasar desapercibido en medio de esa población flotante que se acumulaba en Jerusalén con motivo de alguna fiesta judía. Este es, al parecer, el caso por el que Jesús se encuentra también en la ciudad.

            Cuenta el evangelista que Jesús se dio una vuelta por ese lugar que concentraba el sufrimiento humano de tantos enfermos bajo los soportales de la piscina de Betesda, y fijándose en ese paralítico, que llevaba treinta y ocho años echado en su camilla, le dice: ¿Quieres quedar sano? Aquella pregunta tuvo que sorprender al enfermo; hasta pudo parecerle impertinente. Por supuesto que quería quedar sano. Para eso estaba allí, a la espera de una mano amiga que le ayudara a introducirse en las aguas de la piscina cuando éstas se removieran y adquirieran ese efecto medicinal tan maravilloso que a tantos atraía.

            El enfermo se limitó a señalarle las dificultades que tenía esta empresa para un impedido como él. Y Jesús sin más explicaciones le dice: Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Al levantarse, como le ordenaba la voz de este desconocido, aquel hombre pudo comprobar que la palabra de Jesús tenía tanta fuerza curativa como el agua removida de la piscina. E hizo literalmente lo que se le mandaba: se levantó –estaba restablecido-, tomó su camilla y echó a andar, suponemos que en dirección a su casa y envuelto en un halo de alegría que no le permitió siquiera reparar en el que le había proporcionado semejante beneficio. Resulta que aquel día era sábado. Y al poco de iniciar su camino, aquel camillero se encontró con un grupo de judíos observantes de la ley que le recriminaron por llevar la camilla en el día del descanso sagrado. El paralítico restablecido se limitó a reproducir las palabras que había oído a su sanador: El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar. No hacía, por tanto, otra cosa que cumplir órdenes de alguien que se había ganado una merecida autoridad ante él.

            Los judíos observantes, interesados por el caso, le preguntan no quién te ha curado, sino ¿quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar? Pero el que había quedado sano no sabía quién era, y Jesús, aprovechando el barullo, se había marchado de aquel sitio. Más tarde, refiere san Juan, se encontraron de nuevo en el templo, y Jesús aprovechó el momento para darle un consejo: Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor.

            Resulta curiosa esta correlación que Jesús establece entre enfermedad y pecado, que no es la correlación que establecían los judíos de su tiempo. No es que él piense que la enfermedad es un castigo por un pecado cometido por el propio enfermo o por uno de sus antepasados. A propósito del ciego de nacimiento dice: No pecó ni éste ni sus padres para que naciera ciego, sino que está así para que se manifieste la gloria de Dios. Y de los infortunados judíos aplastados por la torre de Siloé, dice: No penséis que eran más pecadores que los demás habitantes de Jerusalén. Pero cuando cura al paralítico de Cafarnaúm le dice: No peques más; como si hubiera una ligación entre enfermedad y pecado; y como si "quedar sano" fuese iniciar una nueva vida en la que no haya pecado porque, de haberlo, podrían producirse cosas peores a la enfermedad padecida.

            Es como si Jesús entendiese que el pecado genera males peores a los de la enfermedad más duradera e intolerable. ¿Qué puede haber peor para aquel hombre que la parálisis soportada durante tantos años? ¿Una enfermedad aún más grave? ¿La muerte, que paraliza todos los órganos vitales del ser vivo? ¿O una posible condena a la que la muerte no pone fin, sino más bien inicio? Es evidente, por otras referencias evangélicas, que Jesús tuvo presente este destino que se adentra en el más allá de la muerte y que se hace depender del estado moral del hombre en esta vida. Basta recordar en este sentido la parábola del rico "Epulón" y del pobre Lázaro. La falta de sensibilidad del rico tuvo funestas consecuencias para él en el más allá. ¿No está aquí el "suceso peor" (ese algo peor) que se cierne sobre el pecador como una amenaza posible?

            Tras haber devuelto la salud al paralítico, no le dice simplemente: "ten cuidado y no hagas ninguna temeridad no vayas a quedar de nuevo tetrapléjico", sino no peques más, no sea que te ocurra algo peor. En el pensamiento de Jesús, el pecado se vislumbra como fuente o raíz de males mayores a los representados por las enfermedades comunes que él combatió. Y es que hemos de reconocer que el pecado está en la raíz de todos esos males en los que se ha hecho presente la maldad humana –el egoísmo, el odio, la injusticia, la venganza, el desamor, la envidia, la pasión incontrolable, la traición, etc.-; y estos son los males más duros de soportar, porque al daño físico se une el daño moral que horada hasta lo más hondo el corazón humano.

            Cuando los judíos se enteraron de que el agente de aquella curación había sido Jesús, el Nazareno, empezaron a acosarle porque hacía tales cosas en sábado.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 24/03/20     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A