Comentario, Viernes IV de Cuaresma

Jn 7, 1-30
27 de marzo de 2020

            San Juan nos hace saber que Jesús había vuelto a Galilea, porque en Judea (Jerusalén y alrededores) su vida corría peligro. Los judíos habían puesto precio a su cabeza. La fiesta de los Campamentos era una de esas fiestas judías que concentraba a mucha gente, venida de todas partes, en Jerusalén. Los parientes de Jesús habían subido a la fiesta desde Galilea. Jesús subió también, pero lo hizo de incógnito, no mostrándose de manera pública, sino privadamente. Es evidente que no quería precipitar las cosas. A pesar de todo, su presencia no pasó del todo desapercibida; hubo quienes lo reconocieron. Y al verle, se preguntaban: ¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías? Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene. No, los jefes no se habían convencido de que Jesús fuera el Mesías; era simplemente que estaban esperando el momento oportuno para actuar. Al parecer, el Mesías profetizado no podía tener unos orígenes conocidos; de Jesús sí conocían sus orígenes; por eso les resultaba difícil establecer su identificación mesiánica.

            Precisamente en su enseñanza Jesús alude al tema de sus orígenes, tratando de dar respuesta a este interrogante que se formulaban muchos. Ya ha dejado de esconderse y ha comenzado a hablar públicamente en los aledaños del templo, desafiando a esas autoridades a las que venía enfrentándose desde hacía algún tiempo. Decía: A mí me conocéis y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no le conocéis; yo lo conozco porque procedo de él y él me ha enviado. Sus palabras tenían un claro destinatario. Iban dirigidas a esas autoridades que no querían reconocerle como enviado de Dios o como Mesías, manifestando de este modo su desconocimiento del mismo Dios. Jesús se sabe enviado por el que es veraz, el Dios verdadero; por tanto, alguien que no viene, ni habla, ni obra por cuenta propia, sino por cuenta de quien lo envía; por cuenta de ese Dios a quien los judíos dicen conocer, pero que no conocen, porque de conocerlo habrían reconocido también a su enviado. En realidad, sólo quien procede de Él puede conocerlo; y Jesús procede de él, puesto que es su enviado.

            Pretender conocer a Dios sin mediaciones, por lo que uno es capaz de percibir, es exponerse fácilmente al error, a formarse una idea muy equivocada o muy distante del mismo. La idea de Dios forjada en la filosofía ha sido múltiple y variada: desde un dios monoteísta, pasando por un politeísmo de dioses, hasta un dios panteísta, identificado con las fuerzas ocultas de la naturaleza. Ni siquiera la idea monoteísta de Dios es suficiente. Yahvéh, el Dios de la alianza sinaítica, no es todavía el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo revelado en Jesucristo. Sólo el que procede de Él puede dárnoslo a conocer sin mezcla de error. Por eso necesitamos de la mediación y de la revelación de Jesús. Por eso no podemos despreciar sus palabras, si es que queremos conocer realmente la verdad de Dios. Él, en su presencia humana, es el portador de esa verdad, a la que hemos de estar muy atentos si queremos vivir en ella.

            Una declaración como ésta provocó de inmediato la indignación de aquellos judíos que intentaron agarrarlo; pero nadie pudo echarle mano porque no había llegado su hora. Y es que su hora no era la de los judíos que habían decretado su muerte, sino la suya y la de su Padre. Su muerte tenía que llegar, pero no cuando la decidiesen sus perseguidores, sino cuando la decidiese el Dios que rige los designios de la historia. Jesús, en un acto supremo de obediencia, se limitaría a ajustar su voluntad (y su reloj) a esa voluntad paterna que incorpora a sus planes de salvación las fuerzas volubles y contingentes de las voluntades humanas. Por eso su hora no deja de ser la hora (designada) de Dios, aunque su inmediata configuración o fabricación dependa de la confluencia de causas (o voluntades, como la de Judas, los miembros del Sanedrín, Pilato, Herodes, el pueblo vociferante, el pueblo indiferente, los soldados) humanas. Pero su hora pasó a ser nuestra hora por efecto de su glorificación, que está exigiendo de nosotros una respuesta de fe o de reconocimiento de su revelación.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 27/03/20     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A