Comentario, Jueves I de Cuaresma

Mt 7, 7-12
14 de marzo de 2019

            Las palabras de Jesús que recoge el evangelio de Mateo invitan a la esperanza, esto es, a esperar la donación de lo pedido, el hallazgo de lo buscado, la apertura de la puerta que se llama, la cosecha de lo sembrado, y así podríamos continuar ad infinitum: Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Estas pautas podrían valer para toda acción de petición, de búsqueda o de llamada, cosas que deben hacerse con la confianza de obtener el resultado deseado; porque hasta en el ámbito de la experiencia humana uno que pide acaba recibiendo, aunque sólo haya podido lograrlo después de muchos intentos; lo mismo sucede con la búsqueda o con las llamadas. Pero también cabe pensar que alguien se pase la vida buscando algo y no lo encuentre; aun así, puede haber encontrado otras cosas, quizá no buscadas, en el trayecto.

            Jesús presenta como destinatario de nuestras peticiones, búsquedas y llamadas al mismo Dios. Es a Él a quien nos dirigimos con nuestra petición, esperando obtener respuesta. La petición esconde una búsqueda y supone una llamada a la puerta de aquel a quien nos acercamos con la súplica. No hemos salido, pues, del ámbito de la oración. Y un padre (o una madre) es el principal destinatario de las peticiones de sus hijos, sobre todo si estos son pequeños –y necesitados- y el padre está capacitado para responder a sus necesidades. Pues bien, Dios, que es nuestro Padre del cielo, vela por nosotros, sus hijos, que somos –y aun siendo- habitantes de la tierra. Jesús recurre a una comparación muy socorrida. Si Dios es Padre (nuestro), habrá de comportarse con sus hijos al menos como lo hace de ordinario un padre digno de tal nombre: Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden? La imagen ilustra bien el tema. ¿A qué padre le hemos visto nosotros dar a su hijo una piedra en lugar del trozo de pan que le pide?

            Es verdad que hay comportamientos paternos indignos de su condición, que pueden hacer mucho daño a sus hijos. Pero lo normal no es que el padre busque expresamente perjudicar a su hijo, a no ser que se hayan roto del todo los vínculos naturales que les unen. Hasta los malos padres (padres irresponsables, malévolos, viciosos) saben dar cosas buenas –al menos en la intención- a sus hijos. Si esto es así, ¿qué podemos pensar y esperar del Padre del cielo, el Padre perfecto, el que es pura bondad, el que nos entregó a su Unigénito por nuestra salvación? ¿Nos va a dar una piedra si le pedimos pan o una serpiente si le pedimos pescado? Imposible. Es Padre, nuestro Padre, y es bueno, sin el más mínimo flujo de maldad. ¿Cómo entender entonces que no nos dé el pan, o la salud, o la belleza, o el bienestar, o la libertad, o la gracia que le hemos pedido, si se la hemos pedido y seguimos sin disfrutarla? Normalmente nosotros, cuando pedimos algo a Dios, no le pedimos el pan o la salud que ya tenemos, sino lo que no tenemos –porque lo hemos perdido o porque no lo tuvimos nunca- y echamos en falta.

            El hombre, en su indigencia congénita, siempre echa en falta algo: salud, fuerza, vigor, juventud, agilidad, inteligencia, vida. En este mundo cambiante y temporal nunca se puede tener la satisfacción completa. Eso significa que siempre estaremos en condición mendicante. En último término, desearíamos que Dios nos librara de todos los males, o de todo lo que percibimos como mal porque nos priva de un bien, sea este material o de otro tipo; desearíamos que Dios transformara en este mismo instante nuestra tierra en cielo o nuestra vida temporal en vida eterna; pero esto sería precipitar las cosas, interrumpir el ritmo de crecimiento o de maduración que han de tener las vidas según el plan creador y salvífico de Dios. Tenemos que ver las cosas no sólo desde nuestra perspectiva temporal e inmediata, sacando la consecuencia de que Dios no nos puede o no nos quiere conceder lo que le pedimos (porque no nos quita la miseria que arrastramos), sino desde la perspectiva de Dios, que mira desde la eternidad y atrae hacia la eternidad, que mira nuestro bien definitivo para cuya consecución suelen hacer falta los males temporales del mismo modo que para acceder a la vida eterna hace falta pasar por la muerte. ¿Por qué estos trances o tránsitos tan amargos?

            La respuesta última e incuestionable sólo la tiene Dios y no nos ha sido plenamente revelada; pero algo podemos adivinar. Somos progresivos; estamos sujetos al tiempo y al espacio; tenemos un cuerpo sometido a las leyes del crecimiento y del envejecimiento; existe el pecado y el mal como consecuencia del pecado; ignoramos lo que más nos conviene en orden al fin último; desconocemos qué es lo mejor para nosotros en un determinado momento de nuestra vida (si perder el avión, o haber llegado a tiempo de tomarlo); puede que lo percibido como una piedra, sea un pan sumamente nutritivo o saludable. Es verdad que Dios no siempre responde a nuestros deseos, pero esto no significa que no se comporte como Padre (que no sea bueno) con nosotros o que no nos quiera, o que no nos dé lo que realmente necesitamos. Diréis: aquí hay muchas conjeturas y tanteos de ciego. Tocamos de lleno los dominios del misterio. Pero Jesús nos asegura que Dios es nuestro Padre del cielo, en el que no cabe asomo de maldad ni de impotencia, y que nuestras peticiones dirigidas a Él serán acogidas en su entrañable misericordia. Con esto nos basta. Démosle fe.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 14/03/19     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A