Comentario, Sábado I de Cuaresma

Mt 5, 43-48
16 de marzo de 2019

            El Sermón de la montaña que recoge el capítulo 5º del evangelio de san Mateo es quizá la expresión más original de la enseñanza de Jesús. En él al menos se contrapone lo dicho (es decir, lo enseñado, lo mandado, lo exigido) a los antiguos y lo dicho por Jesús: Habéis oído que se dijoYo, en cambio, os digo. Aquí hay, si no una rectificación, sí una superación. Aquí resplandece la plenitud de la Ley y los profetas. Aquí encontramos lo más genuinamente cristiano: lo que se pide al cristiano por el hecho de ser cristiano, más allá de comportamientos naturales, habituales o simplemente "humanos".

            Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y ‘aborrecerás a tu enemigo’. La segunda parte de este mandamiento no se encuentra en ningún lugar del AT; pero sí se encuentran textos como Ecl 12, 4-7 y otros textos del Qumrán donde se habla de detestar a los pecadores. Se trata, por tanto, de una interpretación de Jesús al mandamiento del "amor al prójimo" desde la perspectiva de la enseñanza veterotestamentaria, según la cual el concepto de "prójimo" no incluía a ciertas personas: los paganos, los extranjeros, los no correligionarios, los enemigos. Estos quedaban excluidos del mandamiento, porque no eran "prójimo".

            El mandamiento del amor al prójimo quedaba así reducido a un grupo limitado de personas: los próximos por razón de consanguinidad, o de vecindad, o de religión (o circuncisión), o de raza, o de partido, o de pureza. Dejaba de ser un precepto con valor universal. Prójimo, en realidad, es todo hombre al que sea posible acercar o acercarse. Jesús salva este reduccionismo, característico del particularismo judío, invitando a amar incluso a los enemigos, puesto que ellos también son ‘prójimo’: Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

            La contraposición entre el "aborrecerás a tu enemigo" y el "amad a vuestros enemigos" es notable. Pero Jesús no hace otra cosa que desplegar toda la potencia que se contiene en el antiguo mandamiento del amor al prójimo; porque el enemigo, el que nos aborrece, el que nos persigue y calumnia, también es prójimo y debe ser amado a pesar de su enemistad, de su odio y de su persecución. Siempre cabe decir: "no saben lo que hacen". Quizá el amor con que respondamos a su odio pueda curarles y transformarles de enemigos en amigos. Es el efecto milagroso del amor que tantas veces se ha hecho realidad en tiempos de persecución y de odio. Sólo obrando así nos estaremos mostrando como hijos de ese Padre que derrama sus dones –su sol y su lluvia- no sólo sobre los buenos, sino también sobre los malos. Sólo obrando así nos comportaremos como lo que somos: hijos de este Padre universal que a la hora de la beneficencia no distingue entre buenos y malos, entre los que lo merecen y los que no lo merecen, ya que los destinatarios de sus beneficios son todas sus criaturas sin exclusión (porque cualquier ser vivo se aprovecha de su sol y de su lluvia), especialmente las humanas.

            Porque –continúa Jesús su argumentación-, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestro hermano, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Jesús quiere entre sus seguidores una conducta que les distinga, sin pretenderlo, de los demás, paganos, publicanos, etc. Ciertamente, amar a los que nos aman no parece que sea muy meritorio. Es simplemente responder con la misma moneda: devolver el amor que se nos da. Aun así, muchas veces no somos capaces siquiera de esta respuesta, porque somos ingratos al amor recibido de otros. Pero esto de responder con amor al que nos ama es un sentimiento tan humano que lo encontramos en todo tipo de personas y muchas de ellas poco ejemplares en su conducta. Y si saludamos sólo al que nos saluda, o al hermano que permanece en buena hermandad, ¿qué hacemos de extraordinario? Nada, simplemente seguir una buena norma de educación. Pero a veces ni siquiera se observan estas elementales normas de educación o de higiene social.

            Jesús quiere que sus seguidores se distingan en su conducta del común de los mortales, de modo que lo extraordinario entre los paganos sea ordinario entre los cristianos. ¿Y qué mayor distinción que la del amar a los enemigos, de modo que puedan decir de ellos no sólo "mirad cómo se aman", sino "mirad cómo aman a sus enemigos"?

            Puede que esta exigencia nos parezca excesiva, porque se nos está invitando a imitar a nuestro Padre del cielo; pero Él es Dios y además está en el cielo, mientras que nosotros somos hombres, y además estamos en la tierra. ¿Cómo pretender ser pefectos como el Perfecto siento tan imperfectos? ¿No es una fatua pretensión querer imitar a Dios? ¿No estaríamos pretendiendo de nuevo ser como Dios? Es verdad que la consigna de Jesús pone como punto de referencia al Padre del cielo, pero no es necesario emprender la tarea de imitarle directamente a Él, tan infinitamente "distante" de nosotros por naturaleza. Tenemos un punto de referencia más cercano a nosotros, que nos traslada la conducta de Dios al espacio y al tiempo humanos, y ese es el mismo Jesús, Verbo encarnado; porque el que lo ve a él, ve al Padre.

            Jesucristo nos enseña cómo llevar a la práctica este mandamiento que incluye el amor a los enemigos, especialmente en momentos tan dramáticos como el de su muerte en la cruz. Nos enseña cómo hacerlo y nos da la fuerza (su Espíritu de amor) para llevarlo a cabo. Y si nos seguimos cuestionando cómo funciona esto, preguntémosles a todos los mártires (y santos) de la historia que han sufrido persecución y muerte o han sido calumniados sin provocar en ellos otra respuesta que el amor en forma de favor, de oración o de perdón. Se han mostrado realmente –y sin afectación- hijos del Padre del cielo y cabales imitadores de Cristo en su amor al prójimo, incluidos los enemigos. Este amor ha dado lugar a muchas conversiones –como la de Saulo, testigo de la muerte de Esteban, el diácono protomártir- y ha acabado generando muchos hijos e imitadores del mismo Dios. Si este fermento se extendiera a todos los hombres, se produciría sin duda la transformación de toda la humanidad. Ya no habría que amar a los enemigos, porque ya no habría enemigos; aunque sí habría "prójimos" a quienes seguir amando en el Reino de Dios.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 16/03/19     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A