Comentario, Domingo V de Cuaresma

Jn 11, 1-45
29 de marzo de 2020

           El relato evangélico de hoy nos presenta el pasaje de la muerte y resurrección de Lázaro como anticipo de los relatos Pascuales. Lázaro, hermano de Marta y María, amigo de Jesús, cae enfermo en Betania (Judea). Jesús, que se encontraba entonces en Galilea, recibe la noticia de su enfermedad mortal con serenidad; los apóstoles, en cambio, tiemblan ante la sola idea de tener que bajar a Judea. Allí el peligro es mayor. Allí están Jerusalén, el Templo y el Sanedrín. Allí han puesto precio a la cabeza de Jesús.

           Sólo cuando Lázaro ha muerto, Jesús decide marchar a Betania; pues también esta enfermedad y muerte se revelarán ocasión propicia para la manifestación de la gloria de Dios. Los apóstoles, temerosos, se resignan a seguirle: Vamos también nosotros y muramos con él. Llegados a Betania, encuentran a las hermanas de Lázaro llorando desconsoladas. Y con suavidad reprochan a Jesús su tardanza: Si hubieras estado aquí no habría muerto nuestro hermano. Pero su hora no necesariamente coincide con la de sus amigas, ni con la nuestra. Él interviene cuando lo cree oportuno y conforme lo cree oportuno y no buscando otro fin que la gloria de Dios. Hay quienes se suman al reproche de las hermanas de Lázaro con críticas acerbas: Salvó a otros y nada hizo por salvar a su amigo.

           El mismo Jesús se emociona y llora ante la tumba del amigo fallecido. Es un llanto espontáneo, pero esperanzado: El que cree en mí, no morirá jamás. Llega el momento y Jesús pronuncia su palabra imperativa: la que crea y recrea, la que devuelve la salud y la vida: Lázaro, ven afuera. Y se produce lo inesperado; se produce la reanimación, la resurrección del muerto. Y se cumplen las palabras proféticas de Ezequiel: Yo mismo abriré vuestros sepulcros… De este modo Jesús silencia los reproches de los amigos y las críticas de los enemigos. Y muchos, al ver lo sucedido, creyeron en él y en su palabra: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, (aunque muera) no morirá para siempre.

           Lázaro murió, y muerto estaba cuando Jesús lo mandó salir de la tumba; y volvió morir, puesto que su resurrección fue una simple vuelta a la vida mortal. Pero su muerte no fue un morir para siempre. Para demostrar que hay un poder superior al poder de la muerte, Jesús hizo que Lázaro retornara a la vida. Pero este retorno temporal era sólo un signo de la victoria definitiva sobre la muerte que pondrá de manifiesto con su propia resurrección de entre los muertos.

           A nosotros se nos pide que creamos no sólo en la vuelta a la vida de un cadáver que llevaba ya enterrado cuatro días, sino en la resurrección definitiva, en la resurrección que nos rescata definitivamente de la muerte, ésa a la que se refiere san Pablo cuando proclama: El que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros. ¿Quién puede dudar de la mortalidad de unos cuerpos tan frágiles, tan expuestos al deterioro y tan sujetos a la corrupción? Sin embargo, tales cuerpos podrán ser vivificados por el Espíritu que los habita. Una proclamación nos lleva a otra: si Jesús es la resurrección y la vida, disponemos del antídoto contra la muerte; moriremos, sí, pero no para siempre.

           Esta es la fe que ha mantenido siempre la Iglesia frente a todo tipo de ideologías, mitologías y escepticismos; frente a los que afirmar que somos pura materia y que tras la muerte no quedará de nosotros sino un resto de polvo o ceniza confundido con la materia inorgánica; frente a los que piensan en la supervivencia del principio espiritual que nos anima (el alma), un principio de carácter imperecedero que se mantendría a salvo de la destrucción causada por la muerte en nuestro cuerpo; o frente a los que imaginan sucesivas reencarnaciones del alma (metempsicosis) en diferentes organismos corporales, incluso de carácter irracional, hasta hacerse merecedora de un destino incorpóreo; o también frente a los que conciben la muerte como el retorno al Pléroma espiritual -donde no hay espacio para la materia, ni la pasión- del que salieron en razón del pecado primordial de la madre (Sophia Achamoc) que les engendró; incluso frente a los que persiguen la inmortalidad por la vida generacional o por otros cauces como la memoria colectiva o el volcado informático del cerebro, es decir, frente a los que pretenden inmortalizarse en los hijos, en la fama, en la obra de arte o en la digitalización informática.

           La fe cristiana es fe en la resurrección de la carne hecha realidad anticipada en la resurrección de Jesús, primicias de la nueva humanidad. Pero ante fenómeno tan extraordinario de transformación se desatan todo tipo de interrogantes que se blanden como verdaderas objeciones. Ya daba cuentas de ellos una obra tan antigua como el De Resurrectione de Atenágoras de Atenas que, a propósito de los cuerpos resucitados, no ocultaba las preguntas que se hacía el vulgo: ¿Resucitaremos con el mismo cuerpo -en edad- con el que morimos? ¿Qué pasará con esos cuerpos arrojados al mar o abandonados en los campos de batalla y devorados por los peces o las fieras que acaban formando parte de la cadena alimentaria de animales y humanos? ¿Cómo separar las partes asimiladas de las asimiladoras y a su vez asimiladas por otros? ¿Y cómo recomponer un cuerpo reducido a cenizas?

           Ya san Pablo recurría al símil de la planta que brota de la semilla (grano) enterrada para explicar el fenómeno de la resurrección. Otros fenómenos de la naturaleza vegetal o animal como el de la célula germinal que acaba convirtiéndose en un organismo adulto o el del gusano que se transforma en mariposa se han presentado como recursos explicativos para ayudarnos a comprender esta realidad de carácter sobrenatural.

           En cualquier caso y por mucho que sea nuestro interés por comprender realidades que escapan a nuestro control, hay un momento en que hemos de dejar en suspenso las preguntas y concentrar nuestra atención únicamente en el Dios creador y en su poder. ¿El que nos ha creado de la nada no podrá recrearnos desde esa "nada" de polvo y ceniza a la que nos vemos reducidos con la muerte y la corrupción inherente a ella? ¿Acaso el que ha tenido poder para dar ser a lo que no es no lo tendrá para dar vida a lo que ha muerto? ¿Es que el que nos ha construido desde una instrucción genética (DNI) contenida en el núcleo de una célula no va a ser capaz de reconstruirnos a partir de la reliquia más minúscula? Son preguntas que no dejan alternativa en la respuesta.

           Pues bien, los cristianos, que profesamos la fe en la resurrección de la carne, hemos de vivir, ya desde ahora, como resucitados. En cierto modo (en modo germinal) ya hemos renacido a la vida de Dios en nuestro bautismo. Allí recibimos la semilla de la inmortalidad, el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos. Sólo queda que complete su tarea en todos los salvados. Y si vivimos ya la nueva vida de los resucitados con Cristo, hemos de vivir con ánimo de vencedores, sea cuales fueren las circunstancias de nuestra vida.

           Así se acercaban los mártires al martirio: deseosos de recibir el laurel de la victoria sobre el mundo -un mundo hostil-, la carne, el demonio y la muerte. Fundados en esta fe, desaparecerán muchos miedos de nuestro horizonte; lloraremos a nuestros difuntos, pero sin perder la esperanza; nos sentiremos más desprendidos de lo que nos ata a este mundo (placeres, proyectos, afanes) y más libres para el bien; estaremos en mejor disposición para encajar las contrariedades de la vida (desgracias, fracasos, desprecios, traiciones). Digamos, conscientes de ello: Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 29/03/20     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A