Comentario del 11 junio, San Bernabé

Mt 5, 13-18
11 de junio de 2019

           Vosotros sois la sal de la tierra –decía Jesús a sus discípulos-; vosotros sois la luz del mundo. Pero no somos sal de la tierra y luz del mundo por nuestra condición hombres, o seres racionales, simplemente, sino por nuestra condición de discípulos o de personas insertadas en aquel que ha venido como luz del mundo, porque es luz sin sombra de oscuridad. De él recibimos esa capacidad crística de sazonar, conservar e iluminar. Pero la recibimos si no cortamos con él, si nos mantenemos unidos a él, si nos surtimos de su sal y de su luz, que nos llegan en el envase de su palabra y de sus sacramentos. La sal tiene la doble función de sazonar y de conservar los alimentos. Sin ella, estos se vuelven insípidos o se corrompen; se vuelven, finalmente, incomestibles. La luz tiene la función primordial de iluminar; pero también de dar calor. Tan importante es la luz que sin ella no podríamos ver, ni distinguir unas cosas de otras, ni sortear los obstáculos o las barreras, ni encaminar nuestros pasos hacia una determinada meta.

           Las imágenes que emplea Cristo para caracterizar nuestra condición de cristianos son extraordinariamente fecundas. Pero ¿qué sucede cuando la sal se vuelve sosa? Que ya no sirve para nada, puesto que ha dejado de ser lo que era, perdiendo su virtualidad y malogrando su doble función de sazonar y de conservar. El punto (foco) que ha dejado de arrojar luz también es un punto muerto que ha perdido toda su potencia. Desde el instante mismo en que deja de brillar se convierte en algo inservible, digno de ser arrojado a cualquier contenedor de residuos. Eso podemos ser los cristianos si perdemos nuestra capacidad de iluminar o de sazonar y conservar el mundo. Y para eso basta solamente con perder el contacto con esa fuente lumínica o saladora que es Cristo y con asimilarnos a la insipidez o a la oscuridad de nuestro mundo. Porque formamos parte del mundo (cultura, criterios, sensibilidad, corrientes de opinión, tecnología, debates políticos, medios de comunicación, etc.) corremos el riesgo de asimilarnos enteramente a él, de ser absorbidos por él, perdiendo nuestra capacidad de ser sal y luz en él y para él.

           Cuando esto sucede, se ha hecho realidad la sentencia de Jesús: que la sal, que él había esparcido en el mundo, se ha vuelto sosa, y que la luz, entregada para ser puesta en el candelero, ha dejado de iluminar, o bien porque se ha apagado por falta de suministro, o bien porque se ha ocultado debajo del celemín o en el interior de las sacristías. Y en semejante estado, no sirven para nada. Y mientras tanto el mundo se va corrompiendo más y más: va perdiendo sabor cristiano y humano; va perdiendo humanidad y va ganando en insensibilidad para los que van quedando al margen, en las cunetas de la vida: pobres, emigrantes, hijos de familias desestructuradas, concebidos no nacidos, ancianos, dependientes, despedidos del trabajo, fracasados, inadaptados, explotados, maltratados…

           Y le van creciendo formas diversas de inhumanidad: formas monstruosas, comportamientos patológicos que nos dejan perplejos: una madre que mata a sus hijos; un padre que abusa de su hija; un adulto que abusa sexualmente de un niño o una niña; y se multiplica la delincuencia y el crimen organizado; y se van extendiendo las zonas de oscuridad, de modo que ya no se sabe distinguir el bien del mal y se confunden la legalidad y la justicia, el ser humano y el ser vivo, el matrimonio y su afín o su contrario, el hombre y la mujer. Envueltos en la oscuridad a que nos somete la nube del escepticismo desaparecen esos límites que nos permiten discernir, hasta ese punto en que ya no es posible distinguir entre la verdad y la mentira; todo, efecto de la ausencia de luz.

           En semejante situación, las palabras de Jesús adquieren una relevancia extraordinaria; más aún, adquieren el tono de las cosas urgentes: Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Cuando las palabras pierden en gran medida su capacidad de iluminar, porque se les da poco crédito, porque están faltas de coherencia, porque no se las percibe como expresión de una vida, porque suenan a vacías o porque no colman el ansia de racionalidad que los rigores (o la soberbia) humanos imponen, quedan las obras expuestas al juicio no sólo del que oye, sino del que ve. Y las obras también arrojan luz, quizá más que las palabras o, al menos, junto con las palabras.

           Pues bien, alumbrad con vuestras buenas obras; porque las buenas obras alumbran, y se distinguen de las malas, y se reciben como buenas si es que queda en el corazón del hombre una mínima capacidad de juicio o de sensibilidad. Ya lo decía el profeta: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres a tu propia carne. ¿Quién puede decir que éstas no son obras buenas? Es verdad que habrá que tener en cuenta la intencionalidad, pero la luz que irradian lleva la marca de la bondad. Cuando hagas esto, romperá tu luz como la aurora: iluminarás a los que abran sus ojos a la luz. Y te seguirá la gloria del Señor, porque, por tu medio, darán gloria a Dios, pues en tus obras habrán percibido un reflejo de la bondad del mismo Dios y se volverán a Él para glorificarle. Entonces podrás clamar al Señor y él te responderá: Aquí estoy contigo y para ti: aquí estoy para servirte.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 11/06/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A