Comentario del 13 junio, Jesucristo Sacerdote

Lc 22, 14-20
13 de junio de
2019

           Cuando llegó la hora, nos recuerda el evangelista, Jesús se puso a la mesa con sus apóstoles y les dijo: Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios. Se trata de la cena pascual. Jesús muestra verdaderos deseos de comer la Pascua con sus discípulos, pues será la última, la que precederá a su pasión y muerte: una cena que adquiere, por tanto, tono testamentario. En ella Jesús les dejará unas enseñanzas y unos sacramentos a modo de testamento. En cuanto herederos, ellos recogerán este legado para guardarlo y transmitirlo. De ahí su cuidado por conservar sus palabras y sus gestos en su integridad: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.

            Eran las palabras que acompañaban al gesto de tomar la copa de vino y entregarla para que bebieran de ella. En ellas encontramos también una alusión a la despedida de este mundo y a la llegada del Reino de Dios. Después tomará un pan, lo partirá y lo repartirá refiriéndose a él como a su cuerpo, a ese cuerpo que va a ser entregado, es decir, inmolado por ellos: Esto es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío. Con el cáliz hará lo mismo, refiriéndose al contenido del mismo como a su Sangre, la sangre de la Nueva Alianza, una sangre que será derramada, como en la antigua alianza, pero de otra manera. En ambas expresiones hay una clara alusión a su muerte próxima, una muerte cruenta en la que acontecerá la entrega del cuerpo y el derramamiento de la sangre. En realidad, el cuerpo se entrega vertiendo su sangre. No hay entrega del cuerpo sin derramamiento de la sangre. Ahí, en esta pérdida del elemento que mantiene con vida al cuerpo se produce la entrega de éste y con él la entrega de la vida que lo sostiene como cuerpo (vivo). Hay despedida porque hay muerte; hay entrega porque hay derramamiento de sangre.

           Pero Jesús no se limita a anunciar lo que le va a suceder; les requiere para hacer lo mismo que él acaba de hacer en su memoria. ¿Por qué este interés porque se reproduzcan los gestos y las palabras de esta cena tan señalada, la cena pascual de ese año? Jesús insinúa la respuesta cuando alude a la sangre de la Nueva Alianza. Aquí se establece una nueva alianza entre Dios y su pueblo que será sellada también con sangre, la suya propia. En toda alianza hay un pacto y, por tanto, un compromiso de fidelidad. El pacto al que se refiere Jesús es un pacto de amor sellado no sólo con palabras, sino también con un acto de entrega sacrificial que lleva consigo el derramamiento doloroso de la sangre de la víctima del sacrificio. Jesús se ha prestado para ser la víctima voluntaria de este sacrificio que permite restablecer la antigua alianza rota por la infidelidad de uno de los aliados. Y puesto que él es el que se ofrece voluntariamente como víctima, cumple una función sacerdotal u oferente.

            Por eso puede ser llamado sacerdote o Sumo sacerdote como hace la carta a los Hebreos: una función que cumple sobre todo en el momento histórico en el que se está inmolando en el sacrificio de la cruz; pero también en ese otro momento en que anticipa ese sacrificio actualizando su actitud oferente, el momento en que le vemos tomar el pan y el cáliz para repartirlos entre sus discípulos mientras pronuncia palabras alusivas a su muerte, en la que están implicados su cuerpo y su sangre. Pero Jesús no es sólo un sacerdote entre otros; en realidad, nunca había actuado como tal en el marco de su tradición judaica; sino el sacerdote que inaugura la Nueva Alianza con un realismo inusitado: no con ritos u holocaustos de carneros o toros, sino con un acto existencial de entrega de la propia vida.

            Por eso puede ser llamado "Sumo Sacerdote"; pero también porque sólo él es propiamente sacerdote o pontífice, ya que sólo él une al cielo y a la tierra, a Dios y al hombre, en su persona. Es la unión hipostática: unión que une lo humano y lo divino en la única persona. Todos los demás somos sacerdotes sólo en la medida en que hemos sido incorporados a su ofrenda y a su memorial. En cada eucaristía, los sacerdotes reproducimos in persona Christi la acción de Jesús en la última cena. Pero ¿basta para reproducir esta acción con ejecutar sus mismos gestos y pronunciar sus mismas palabras? ¿No será también necesario reproducir su misma actitud sacrificial o actitud de entrega de la propia vida? Parece que sólo así podemos estar haciendo realmente lo mismo que él hizo en su memoria. De no ser así, estaremos tal vez escenificando, pero no actualizando esa cena y ese sacrificio ya presente intencionalmente en la cena. Que el Señor nos ayude a valorar y a agradecer su acto de entrega (resp. amor) por nosotros.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 13/06/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A