Comentario del 14 septiembre, Exaltación de la Cruz

Jn 3, 13-17
14 de septiembre de 2019

           Celebramos la fiesta de una ex-altación, la de la Santa Cruz, o mejor, de un Exaltado: el que se rebajó hasta la muerte y muerte de cruz. Hoy se nos invita a fijar (elevando) nuestras miradas en esta cruz exaltada (=elevada), mirándola como se mira algo sagrado y salutífero: un árbol del que cuelga la salvación como un fruto. Este leño en el que se colgaba (crucificándolos) a los malhechores, este instrumento de ejecución de condenados a muerte (esclavos, prisioneros de guerra, malhechores sin derecho de ciudadanía), se ha convertido en un árbol salutífero del que cuelga el fruto de nuestra salvación, porque en él fue clavado el Salvador. Creyeron estar crucificando a un malhechor cuando en realidad estaban clavando a nuestro bien-hechor.

           Esta asociación entre la cruz y el Crucificado hace de ella una cruz santa, no porque lo sea en sí misma –en sí misma es sólo una cruz de madera- o en el uso que se hace de ella –instrumento vil de ejecución, símbolo de ignominia o de vergüenza-, sino porque en ella murió el Santo con muerte redentora. Sólo esta lectura permite exaltar la cruz y mirarla con veneración y gratitud, como lo hacemos hoy.

           La cruz ha sufrido, por tanto, una metamorfosis: De ser un signo de humillación ante el que se desvía la mirada, pasa a ser un signo de exaltación, que se levanta para atraer las miradas. Este es también el recorrido existencial que hizo el crucificado. Lo recuerda san Pablo con toda precisión: Siendo de condición divina, se despojó de su rangoy se rebajó hasta someterse incluso a la muerte (lo más contrario a la vida que es la condición divina), y una muerte de cruz (lo más contrario a la dignidad de ese rango propio de la condición divina).

           Morir en la cruz era una de las formas más ignominiosas y humillantes de morir. Por eso Dios lo levantó (he aquí la exaltación del humillado) sobre todo (sobre los condenados y sobre los condenadores) y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre (devolviéndole toda su dignidad y rango); de modo que al nombre de este Nombre, Jesús, se doble toda rodilla y todo el mundo le reconozca como Señor. Al confesarle Señor, nosotros no lo exaltamos; nos limitamos a reconocer al Exaltado por el mismo Dios. Es Dios Padre quien lo ha exaltado poniéndole por encima de todo: de sus jueces, de sus enemigos, de la misma muerte. Lo ha exaltado no dejándole clavado en la cruz, a la vista de las miradas despreciativas de algunos, sanguinarias de otros, complacientes o indiferentes de otros, o compasivas de algunos o de muchos; lo ha exaltado, no sepultándole en un sepulcro para ocultarle de estas miradas de un signo o de otro, sino devolviéndole a la vida o entronizándole a su derecha para ser reconocido como Señor ante el que se doblan las rodillas.

           Pero no es esto sólo lo que pretende con su exaltación: que todos (en el cielo, en la tierra, en el abismo) doblen sus rodillas ante él reconociéndole como su Señor, incluidos los que le habían humillado condenándole a muerte de cruz. Hubiese sido un acto de poder imponente y humillante para sus enemigos. Pero la pregunta es otra: ¿Hubiese sido salvífico semejante acto de poder, es decir, hubiese sido capaz de rescatar de su indignidad, ceguera o ingratitud a los que lo habían condenado? El poder aplastante hace doblar las rodillas, pero no atrae los corazones a no ser que se incorpore otro ingrediente, otra fuerza, la fuerza del amor. Pero resulta que el amor está en la base de todo este proceso, y es el factor determinante; porque es por amor por lo que el que era de condición divina se despoja de su rango; es por amor por lo que se somete a la muerte, por lo que se deja crucificar; es por amor por lo que Dios lo exalta: por amor a él y a todos los que mirándole con fe obtendrán el beneficio de la vida como fruto de salvación. Esto es lo que nos hace saber san Juan: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

           Luego la entrega del Hijo hasta la muerte de cruz es antes que nada entrega del Padre, que se desprende de su Hijo: un acto de amor o de donación a aquellos para cuyo beneficio se entrega, a aquellos sin cuya entrega perecerían y cuya fe en él y en su acto de amor les da acceso a la vida sin término, la vida eterna. En suma, un acto de amor sobreabundante: lo que se entrega no es una cosa, sino una persona muy querida, el Hijo querido, el predilecto, el Hijo de sus entrañas. El valor de lo que se entrega revela la calidad de la entrega: Tanta que llegó hasta el extremo. Pero si todo hubiese quedado ahí, en la cruz o en el sepulcro, hubiese sido un amor infecundo o ineficaz: sin éxito. Por eso lo exaltó. Sin esta exaltación no tendría el rango de Señor: no podríamos mirarle en la cruz esperando de él la sanación y la vida, como miraban a la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto los mordidos de serpiente esperando la salud; no podríamos depositar en este crucificado al que se le escapaba la vida sin remedio la fe en el imperio de la vida.

           Sólo porque el colgado en la Cruz es el Exaltado a la diestra del Padre y el Vencedor del pecado y de la muerte, podemos esperar de él el fruto de la salvación, la vida que no perece, y podemos poner en él nuestra fe y mirarle no sólo con mirada compasiva, sino con mirada agradecida, suplicante, esperanzada. Ojalá nunca dejemos de mirar en este modo la cruz, porque en ella veremos al Crucificado, y en el Crucificado a Aquel de quien nos llega la vida y la salvación, porque es Señor de la vida y de la muerte, y como Señor ha sido constituido.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 14/09/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A