Comentario del 30 junio, Protomártires de Roma

Mt 24, 4-13
30 de junio de 2020

           Hoy hacemos memoria de los protomártires de la Iglesia de Roma. De ellos da testimonio un texto muy primitivo (finales del s. I), la carta de Clemente Romano a los Corintios. Y si la festividad actualiza su memoria, el evangelio nos ofrece su profecía. Ya Jesús anunció con bastante antelación la existencia de mártires cristianos: Os entregarán al suplicio –les decía a sus discípulos-, y por mi causa os odiarán todos los pueblos. Son palabras proféticas que encontraron pronto –apenas una veintena de años después- refrendo en los acontecimientos de la historia. Eran los tiempos en que el emperador Nerón ocupaba el trono de Roma. Entonces se desató la primera gran persecución contra los cristianos, a los que se hizo “chivo expiatorio” de todos los males que asolaban al Imperio. Durante esta misma persecución encontraron la muerte los muy ilustres apóstoles Pedro y Pablo, máximas figuras de la Iglesia. Hubo derramamiento de mucha sangre inocente, pero también martirial –sangre de testigos-, esto es, una sangre testimonial, una sangre que gritaba a los cuatro vientos el amor y la fidelidad a Jesucristo, y por eso resultó sumamente fecunda y portadora de copiosísimos frutos. Esta misma celebración en su memoria es un signo más de esta fecundidad.

           Realmente fueron entregados al suplicio: sufrieron escarnio, soportaron las estrecheces de la cárcel y los golpes de la flagelación, la injusta persecución de la ley y la incesante presión de la sociedad y los jueces; finalmente acabaron colgados de una cruz o decapitados. Realmente fueron odiados por causa de Cristo, pues Cristo era la causa soberana de este odio: si se les daba muerte era sólo por llevar el nombre de cristiano o por confesarse públicamente cristianos. A los jueces no les importaba siquiera comprobar si lo eran; les bastaba con la simple confesión ante un tribunal legalmente constituido. Esta sola confesión era ya motivo de condena. El odio hacia lo cristiano inspiraba tanto las denuncias como las condenas, pero quizá más las denuncias procedentes de un pueblo que veía en los cristianos un cuerpo extraño, una especie de tumor maligno que amenazaba con destruir las bases en las que se asentaba la sociedad pagana.

           Esta percepción de lo cristiano explica el rechazo del que es objeto y los numerosos rumores, levantados a modo de leyenda negra, sobre sus hábitos y costumbres que aireaban para su descrédito. Se les acusaba de todo; de impiedad para con sus dioses patrios (ateísmo), de inmoralidad: bajo el disfraz de la fraternidad escondían relaciones promiscuas, de prácticas de antropofagia, de ser la causa directa o indirecta de las desgracias colectivas: una peste, una derrota militar, una epidemia, un cataclismo, etc. Su modo clandestino –el único posible en esa situación- de vivir la fe, su existencia de catacumbas, pudo contribuir a fomentar aún más esta leyenda negra.

           Lo cierto es que los cristianos podían ver el odio reflejado en las miradas de sus conciudadanos, un odio que persigue la aniquilación del contrincante, del diferente o del extraño, un odio que les hacía mirar con recelo y con sospecha todo lo que tuviera apariencia de cristiano. Las pretensiones de verdad de la nueva religión, la exigente ética cristiana, constituían un auténtico desafío para un ciudadano del Imperio ligado a sus tradiciones. Entre los jueces que dictaban sentencias de muerte contra los cristianos puede que no hubiera un odio tan declarado como el descrito; en algunos funcionarios imperiales se percibe más bien una cierta indiferencia, de modo que les bastaba una simple declaración, real o simulada (eso no les importaba demasiado), de negación de la propia fe por parte del reo para retirar los cargos y otorgarle la libertad. Con frecuencia se trataba de políticos que, en lo tocante a religión, se movían en el terreno arenoso del escepticismo.

           En cualquier caso, la presencia de lo cristiano en esa sociedad despertó el rechazo y el odio, y dio origen a la persecución. Ello explica –al menos parcialmente- el empeño por extirpar todo brote de cristianismo en el seno del Imperio. Pero tal empeño se reveló finalmente infructuoso, porque el cristianismo se hizo más fuerte aún en medio de las persecuciones. El odio sostenido hizo mártires, pero los mártires hicieron nuevos cristianos, porque su testimonio hasta el extremo provocó numerosas conversiones. El odio acabó encumbrando a los mártires y la sangre derramada de los mártires se esparció a modo de semilla en muchos corazones, provocando una abundante cosecha de cristianos. Tal fue el efecto no pretendido del odio que dio origen a tantos martirios. El odio contribuyó así al copioso florecer de esta semilla que pretendía extirpar.

           Pero no sólo hubo martirios; también hubo apostasías. Jesús, en sus predicciones, parece aludir también a estas deserciones: Caerán muchos y se delatarán y se odiarán unos a otros; porque los caídos (=apóstatas) se aliarán con los enemigos de la fe que antes habían profesado, de pasarán al bando de los perseguidores, y delatarán a los que habían sido sus hermanos en la fe, llegando a odiar lo que antes amaban. Aparecerán muchos falsos profetas y engañarán a mucha gente, y al crecer la maldad se enfriará el amor en la mayoría, pero el que persevere hasta el final, se salvará.

           Las palabras de Jesús se refieren al futuro, a lo que está por suceder; tienen, por tanto, un alcance profético. Lo que no sabemos es si alude a fenómenos que surcarán la historia a lo largo y ancho de la misma o si está señalando fenómenos de un preciso momento histórico, un momento penúltimo que ponga el cierre a la historia de la humanidad en el mundo, un momento en el que predomine la falsedad y se produzca un acrecentamiento de la maldad y un enfriamiento del amor a gran escala. Ya antes, en este mismo pasaje evangélico, se recoge esta advertencia de Jesús: No os dejéis engañar por nadie. Vendrán muchos usurpando mi nombre, diciendo que son el Mesías, y engañarán a mucha gente.

           Las predicciones de Jesús anticipan, por tanto, tiempos de confusión y engaño en que la mentira será tenida por verdad y los usurpadores del nombre de Cristo serán tenidos por Mesías. La falsedad se extenderá como una epidemia, pues muchos se dejarán arrastrar por el engaño y se apartarán de la verdad. Nuestro profeta dibuja un panorama realmente tenebroso y anuncia todavía otros fenómenos no menos inquietantes: estruendo de batallas, noticias de guerras, hambre, epidemias, terremotos múltiples, dolores de parto, cataclismos. Pero estos fenómenos no deben alarmarnos porque no constituyen el final. Puesto que provocan muerte, tales acontecimientos serán el final para muchos, como lo fueron las persecuciones para los protomártires de Roma, pero no lo será para todos ni para todo. Son descritos como sucesos que han de producirse antes de que llegue el final; por tanto, precursores del mismo. Pero ninguno de estos fenómenos, por mortífero que sea, puede arrebatarnos la esperanza de la salvación o impedirnos la misma salvación, porque el que persevere hasta el final (su final, que no tiene por qué coincidir con el final de todos), se salvará. Luego en medio de este sombrío panorama se alza una palabra de esperanza que nos mantiene expectantes respecto a un futuro mejor.

           Tal es la palabra salvación. El que se salva supera los efectos del cataclismo y de la muerte. El que se salva se reencuentra con la vida y la verdad. Y para salvarse hay que perseverar en la fe y en el compromiso cristianos, y hacerlo en un mundo verdaderamente hostil, un mundo que nos estará invitando continuamente a la deserción, a la apostasía, al seguimiento de los falsos profetas y usurpadores del nombre de Jesús. Será mucha la presión ejercida sobre los seguidores de Jesús, pero el que persevere en su fe hasta el final, se salvará. Que el Señor nos mantenga perseverantes.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 30/06/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A