Comentario, Jueves I Ordinario

Mc 1, 40-45
16 de enero de
2020

           De nuevo nos encontramos con la curación de un leproso que se acerca a Jesús implorando clemencia para su situación lastimosa. El relato nos lo ofrece esta vez san Marcos con algunas particularidades que no comparecen en las otras versiones del hecho. También en esta versión, el enfermo se remite a la voluntad del benefactor: Si quieres, puedes limpiarme, puesto que da por supuesto su poder. La situación del leproso es realmente digna de lástima. A su condición de enfermo repugnante, se une la de ser un excluido o marginado social y la de ser un "maldito" desde el punto de vista religioso. De ahí que su curación fuese al mismo tiempo una purificación por la que había que ofrecer lo mandado por Moisés. La limpieza de su carne era, pues, limpieza de su alma. Jesús, que no puede no sentir lástima ante alguien que es digno de lástima, extendió la mano y lo curó: su carne se volvió limpia como la de un niño.

           Después, lo despide, encargándole con tono severo que no dé a conocer lo sucedido, que no se lo diga a nadie, aunque tenga que presentarse al sacerdote para que tome constancia de su nueva situación y pueda ser reintegrado a la vida social. Jesús le aconseja que cumpla los requisitos legales, pero también que guarde secreto sobre el modo con que ha obtenido la salud. Al parecer quiere evitar lo que después se le viene encima: aglomeraciones y agobios de las gentes que acudían a él en masa desde todos los lugares. Porque aquel leproso agraciado no pudo evitar contar aquello que le había sucedido y de lo que rebosaba su corazón, estallante de alegría y de gratitud. Empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones. No era para menos.

            Pero la consecuencia más inmediata es que Jesús no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, debido al tumulto que su presencia provocaba. No extraña que más tarde le acusaran de haber sido causante de desórdenes sociales. Al parecer, su sola presencia generaba un enorme torbellino. Ello le llevó a tomar la decisión de quedarse fuera de las poblaciones, en el descampado; y aun así acudían a él de todas partes. Jesús acabó convirtiéndose en el epicentro de un gran movimiento social, capaz de mover masas. Pero él nunca aprovechó semejante poder para fines particulares o para iniciar una revuelta o insurrección social. Huyó de las aclamaciones populares y de los intentos de proclamarlo rey. Consideró que tomar ese camino era tomar un atajo inconciliable con su misión que habría de consumar en el calvario sin causar daño a nadie, pero cargando con los pecados de los demás. Por eso rechazó semejantes tentaciones como pretensiones diabólicas de apartarle del camino mesiánico previsto por Dios.

           También de esta actuación de Jesús debemos aprender a remediar, en la medida de nuestras posibilidades, las necesidades o carencias de los miserables de nuestro mundo movidos por la compasión que tales miserias despiertan en nosotros y, al mismo tiempo, a evitar todo intento de entronización por parte de aquellos que alaban nuestras bondades. Si nuestras buenas obras tienen que servir para algo, aparte de para reportar el bien que puedan hacer, ha de ser para que den gloria a Dios por ellas: Para que, viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Procuremos, por tanto, que nuestras buenas obras contribuyan a la glorificación de Dios. Lo lograremos si hacemos que el mérito recaiga sobre Él. Sólo así evitaremos nuestra propia glorificación.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 16/01/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A