Comentario, Lunes I Ordinario

Mc 1, 14-20
13 de enero de 2020

            Tras ser arrestado Juan el Bautista, Jesús decide marchar a Galilea a proclamar su evangelio, que es el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios; convertíos y creed la Buena Noticia. La alusión al plazo hace referencia a un período de tiempo que ha llegado a su término. El plazo señala la frontera entre lo que finaliza y lo que comienza. La presencia de Cristo en el mundo representa esa frontera entre el viejo Testamento, que llega a su fin, y el nuevo, que irrumpe con él. Su proximidad es la cercanía del Reino, porque con él, con su presencia y actividad, llega el Reino de Dios. La llegada del Reino coincide con la implantación del derecho divino y con la liberación de los oprimidos por el diablo. Son las dos tarea que ha venido a realizar el Ungido por el Espíritu Santo. Por eso, en la medida en que implanta el derecho (divino) en las naciones y libera de la opresión del poder del diablo (o pecado), establece el Reino de Dios en el mundo. La cercanía del Reino es ya presencia operativa, aunque no sea plenitud –plena instalación- o consumación.

            Pero la presencia del Reino en el mundo no se concibe sin conversión y sin fe en esa buena noticia que lo anuncia. La conversión a esa realidad a la que se invita a participar supone la fe en la realidad misma de esa noticia que se presenta como buena, puesto que el Reino es algo muy beneficioso para el hombre, tanto que representa su salvación. La cercanía del Reino es el evangelio de Jesús, su Buena Noticia para la entera humanidad. Pero formar parte de esta realidad que nos llega con Jesucristo no puede ser nunca una imposición. La estructura del Reino no es la propia de un régimen de esclavitud, sino de libertad. Sus habitantes no pueden ser sino personas libres, que han optado libremente por formar parte de este régimen en el que impera la ley del amor.

           La felicidad del Reino es incompatible con una situación de sometimiento forzado, similar al de un campo de concentración o al de un régimen policial. Por eso se hace imprescindible la conversión a (o la asunción de) sus valores para incorporarse a él como miembros de pleno derecho. Sólo los que aman los valores que prevalecen en el Reino -los proclamados en las bienaventuranzas- pueden sentirse cómodos o felizmente instalados en él.

            Pero el Reino es también una realidad comunitaria, que no se concibe sin moradores, sin seres humanos viviendo en la armonía y el amor de Dios. La implantación del Reino es, por eso, implantación de una comunidad humana en la que se comparten bienes y recursos. Por eso Jesús no se limitó a proclamar la buena noticia de su proximidad y a invitar a la conversión a sus valores, sino que comenzó a forjar esa comunidad germinal, llamando a algunos a formar parte de la misma para hacerla después extensiva a otros lugares y personas. Eso es lo que significa ser pescadores de hombres.

           Jesús no llama a Simón y a Andrés y a los hermanos Zebedeo, Santiago y Juan, únicamente para que estuvieran con él, formando parte de esa comunidad mesiánica nuclear en la que comenzaba a germinar el Reino; los llama también para que sean pescadores de hombres, ampliando así los límites del Reino y propiciando el brote de nuevas comunidades donde se vivan los valores del Reino. Venid conmigo –les dice- y os haré pescadores de hombre. El Reino ya no depende exclusivamente del Mesías, sino también de todos los que, llamados por él, se incorporan a su misión de anunciar y de extender el Reino de Dios en el mundo como colaboradores suyos. Ellos dejaron inmediatamente las redes y lo siguieron. Su reacción ante la llamada significó el comienzo de esta colaboración para la que tuvieron que dejar cosas importantes; porque importantes para ellos (como lo es para cualquiera) eran su trabajo y su familia.

            Pero aquella colaboración con Jesús empezó a significar para ellos más que su propio trabajo y sus lazos afectivos. De no haber sido así, no habrían roto con vínculos tan poderosos. La implantación del Reino de Dios justifica, por tanto, no sólo la misión del mismo Cristo, sino también la vocación y misión de sus discípulos, los futuros pescadores de hombres. Aquí, la pesca no es otra cosa que la convocación y congregación de los designados por Dios para formar parte de este Reino de salvación que es el suyo y del que por principio no se excluye a ninguna de sus criaturas racionales.

           Ello explica que, tras la resurrección, reciban el mandato de marchar por el mundo (sin detenerse en ninguna frontera) predicando el evangelio del Reino y bautizando. Tanto la enseñanza como el bautismo son los instrumentos empleados para la congregación de los llamados. Y esa labor se hace realidad histórica en las comunidades cristianas nacidas de esta siembra y de esta pesca. La realidad del Reino comienza germinando en el interior de las personas, pero no se visibiliza hasta que no se hace comunidad de vida en las familias y en las iglesias. Porque si no se hace comunidad –sólo en ella se puede compartir- es que su crecimiento se ha interrumpido. La levadura del Reino dispone de un dinamismo de comunión que tiene que hacerse patente de cualquier modo en las relaciones humanas, generando mecanismos de unión o de fraternidad. ¿Quién puede desear quedar excluido de esta hermosa realidad aportada por Cristo? Sólo los ignorantes, los soberbios o los solitarios enfermizos que desconocen el deleite de la vida en comunión.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 13/01/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A