Comentario, Lunes V Ordinario

Mc 6, 53-56
11 de febrero de 2019

           El texto de Marcos nos trae a la memoria escenas ya narradas. Apenas desembarcados –cuenta el evangelista-, algunos lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos. Todos los detalles de la narración ponen de manifiesto el impacto magnético que Jesús ejercía. Allí donde se encontrase, congregaba a su alrededor a mucha gente, atraída por lo que se decía de él, especialmente por su fama de taumaturgo. Había enfermos que podían acudir por su propio pie, pero otros necesitaban ser transportados. En este pasaje se menciona sobre todo a los enfermos llevados en camillas y colocados en la plaza por donde Jesús había de pasar con la expresa intención de poder tocarlo, porque de él emanaba una fuerza curativa. Buscaban la curación por medio de un simple contacto. Era tan sencillo obtener la salud que la gente no ahorraba esfuerzos de desplazamiento con tal de acceder a esta fuente de sanación que era la persona misma de Jesús.

           Imaginemos que hoy se propagase el rumor de que en un determinado lugar de Europa o de América hay alguien capaz de curar el cáncer con sólo tocar exteriormente la zona en la que se encuentra localizado, y que además lo hace gratuitamente. Se produciría una verdadera conmoción social y generaría una enorme peregrinación de enfermos y acompañantes en busca de curación. Habría incluso quienes quisieran recompensarlo con verdaderas sumas de dinero. Sería la noticia del mes o del año. Pero la actividad taumatúrgica de Jesús se circunscribió a esas aldeas y pueblos visitados por él y a los habitantes de la comarca y tuvo una duración muy limitada.

           A Jesús los enfermos le rogaban que se dejase tocar, porque ese tacto les reportaba salud. ¿Para qué se había encarnado el Verbo sino para dejarse tocar? No sólo para dejarse ver, sino para dejarse tocar. Todavía hoy entendemos que la salvación nos llega por la vía del contacto con la humanidad de Cristo. En todo sacramento hay no sólo visibilización, sino también contacto: el contacto de una mano desnuda sobre la cabeza del pecador arrepentido, el contacto de otra mano que derrama agua sobre la cabeza del bautizando, el contacto de una mano untada que unge la frente del confirmando o del que es consagrado en el sacramento del Orden, el contacto con el pan de la eucaristía, verdadero Cuerpo de Cristo. Hoy entramos en contacto con Jesús a través de los sacramentos celebrados en su Iglesia. Hasta su palabra escrita o proclamada es una suerte de sacramento que nos pone en contacto con el mismo Jesús en su condición humana, pues tales palabras se suponen recogidas de la misma boca, del testimonio mismo del Maestro.

            Pero quizá el momento, físicamente hablando, de mayor contacto con Jesús sea el momento de la recepción eucarística, el momento de la comunión con su Cuerpo. Nuestra fe católica nos dice que disponemos de su propio Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, para ser tocado. Pero ¿tenemos el mismo deseo de tocarlo que tenían aquellos enfermos de Palestina? ¿Nos acercamos a él con la misma fe? ¿Esperamos realmente obtener de él, en virtud de este contacto, el beneficio de nuestra salud material o espiritual? Quizá su condición actual, su presencia mistérica y sacramentada, nos infunda más dudas o exija de nosotros un mayor acto de fe; pero en su condición gloriosa le ha sido dada toda potestad, la potestad del mismo Dios. Confiemos, por tanto, porque para Dios nada es imposible. Pero no debemos olvidar que si queremos obtener el beneficio de Dios, tenemos que presentarle como ofrenda el obsequio de nuestra fe. La incredulidad cierra el camino a todo posible don de origen divino.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 11/02/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A