Comentario, Miércoles V Ordinario

Mc 7, 14-23
13 de febrero de 2019

            Decía Jesús a la gente: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro, lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. La frase en sí misma requiere de una explicación complementaria, y Jesús la da cuando sus discípulos, ya en casa, se la piden. El Maestro aclara que lo que entra de fuera no hace impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre; y el evangelista puntualiza: Con esto declaraba puros todos los alimentos.

            Por tanto, cuando Jesús hablaba de lo de fuera se estaba refiriendo a alimentos que entran en el canal digestivo, se metabolizan y se desechan en la letrina. Ninguno de estos alimentos puede considerarse impuro, a diferencia de lo que pensaba un judío formado en la mentalidad levítica de la antigua ley. Según esta mentalidad existían alimentos puros e impuros, y los impuros estaban prohibidos para un judío observante de la ley. Pero Jesús corrige esta mentalidad. Para él, la impureza no radica en los alimentos, que sólo llegan al vientre, pero que no tocan el corazón. La impureza no se contrae por un contacto meramente externo; tiene que tocar el corazón. Porque si el interior del hombre no queda involucrado no puede hablarse ni de pureza ni de impureza. Para que se dé una u otra tiene que verse afectado el corazón del hombre, esto es, su interioridad.

            Por eso, dirá a continuación: Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro. Es lo que sale de dentro lo que hace impuro al hombre.

            Jesús enumera un elenco de maldades que van desde los simples, aunque malos, propósitos hasta los actos manifiestamente deshonestos como fornicaciones, robos y homicidios, desde disposiciones y actitudes como la codicia, la envidia o el orgullo, hasta actos concretos de injusticia, fraude o desenfreno. Pero el hecho de que salgan de dentro no significa que no tengan su origen o causa detonante fuera, porque de fuera llegan las tentaciones o las malas influencias y fuera están también los objetos desencadenantes de la codicia, la lujuria o el robo.

            Es evidente que para que la tentación tenga eficacia debe ser acogida en el interior. El fruto siempre sale de dentro, pero la semilla que da origen al fruto viene de fuera. No obstante, para que eche raíces y germine la semilla tiene que entrar en el seno adecuado; si no entra en el corazón, seguirá siendo algo exterior, que no mancha propiamente al hombre porque no le toca interiormente. Luego si lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre, sólo pueden hacerle impuro las cosas que han logrado entrar en su corazón, porque el mismo hombre les ha dado cabida. Y una vez concebida la maldad, podrá engendrar las maldades reseñadas: fornicaciones, injusticias, fraudes, homicidios, frivolidades, desenfreno. Se trata siempre de maldades que tienen su matriz en el interior del hombre y cuyo parto requiere de una previa concepción. Tanto las buenas como las malas acciones suelen seguir un proceso: primero se conciben y luego se ejecutan. Por eso salen de dentro, aunque lo que sale de dentro antes haya sido sembrado. Que el Señor nos permita recibir la semilla del bien y rechazar la del mal para engendrar únicamente buenas obras.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 13/02/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A