Comentario, Sábado V Ordinario

Mc 8, 1-10
16 de febrero de 2019

            Remito al comentario del ocho de enero sobre Mc 6, 34-44, que nos refiere el primer relato de la multiplicación de los panes. Mc 8, 1-10 nos ofrece un segundo relato que apenas difiere del primero. Pero el evangelista lo presenta como una nueva multiplicación de panes y peces. Es lo que da a entender cuando dice: Por aquellos días, estando de nuevo (πάλιν) reunida mucha gente y no teniendo qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si les despido en ayunas, van a desfallecer por el camino.

            De nuevo se habla de muchedumbre y de nuevo se invoca la compasión como motivo de la actuación de Jesús en esas circunstancias. Pero en este caso no se dice que Jesús vea a la gente como ovejas sin pastor, sino como personas en riesgo de desfallecer por el camino si se les despide en ayunas. También los discípulos advierten la desproporción entre los medios y los fines: ¿De dónde sacar pan aquí, en despoblado, para saciar a tantos? Pues sólo disponían de siete panes. De nuevo el mandato de Jesús de tomar asiento en el suelo, su acción de gracias sobre los panes y su partición y repartición, tarea en la que colaboran sus discípulos, que son quienes sirven los panes partidos a la gente. Los inmediatos colaboradores son también los más inmediatos testigos del hecho milagroso. Y a nos panes se añadieron unos cuantos peces, que también fueron bendecidos y repartidos. El relato subraya nuevamente la saciedad de la gente tras haber comido y las sobras recogidas, hasta llenar siete canastas, a pesar de la gran cantidad de comensales, unos cuatro mil.

            Sea una nueva multiplicación, sea un segundo relato de la misma multiplicación, lo cierto es que se usa el mismo esquema narrativo y se presta a una interpretación similar; por eso acabo de remitir a mi anterior comentario. El relato nos invita no sólo a la admiración del hecho sorprendente y maravilloso, sino también a la colaboración con el agente de semejante hecho de compasión y beneficencia. Dios nos quiere como colaboradores de sus portentosas obras, no sólo repartiendo lo que él pone en nuestras manos, sino también poniendo en sus manos lo que él puso previamente en las nuestras, es decir, lo que ya tenemos en nuestro poder. He ahí la base para el milagro, pues Dios puede multiplicar con extrema celeridad nuestros escasos recursos. Mediando la caridad y el poder de Dios, lo posible ser hará real si le proporcionamos los escasos bienes de que disponemos. Y el efecto de esta conjunción de fuerzas y medios será siempre la saciedad de los beneficiarios. Que el Señor nos encuentre disponibles para que se obre el milagro.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 16/02/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A