Comentario, Jueves XIII Ordinario

Mt 9, 1-8
2 de julio de 2020

           La versión que ofrece Mateo de este episodio es muy similar a la de Marcos y a la de Lucas, aunque más parca en la descripción. San Mateo, ahorrándose detalles escénicos, se limita a decir: Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: ¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados. La fe que tenían se dejaba ver en sus intentos por llegar hasta Jesús con la camilla. Cualquiera, por tanto, podía ver esta fe que sostenía el empeño y los esfuerzos de tales camilleros por alcanzar a aquel de quien podían obtener la sanación del enfermo que portaban. Pues bien, Jesús, viendo esta fe, se dirige al paralítico con una palabra sorprendente para todos: Hijo –le dice-, tus pecados están perdonados. Pero el enfermo y sus acompañantes no pudieron por menos que sorprenderse. Lo que ellos buscaban no era una absolución, sino una curación.

           No buscaban a un sacerdote para que le diera la absolución, sino a un sanador que devolviera la movilidad a sus miembros. No era, por tanto, lo que esperaban oír de labios de Jesús. También se vieron sorprendidos los fariseos-espías, cuya reacción no se hizo esperar. Al oír aquellas palabras absolutorias entendieron de inmediato que se encontraban ante un blasfemo o ante alguien que dice blasfemias; pues ¿quién puede perdonar pecados más que Dios? Y es verdad. En realidad sólo Dios puede perdonar pecados con una operación que implique la destrucción de esos pecados, la aniquilación de esos males que nos tienen paralíticos. Sólo Dios puede perdonar pecados, perdonar hasta destruir el mal o hasta curar la enfermedad. Jesús se estaba atribuyendo, a juicio de los fariseos ilícitamente, un poder divino, un poder que sólo a Dios compete. Y esto era para ellos no sólo arrogancia, sino blasfemia. Que un hombre se atribuyera el poder de Dios era blasfemo.

           Pero Jesús, que sabe cómo piensan, les replica: ¿Qué pensáis en vuestro interior? ¿Qué es más fácil: decir «tus pecados quedan perdonados», o decir «levántate y anda»? Las dos cosas son fáciles de decir; lo difícil es hacer que se hagan realidad tales cosas, tanto el perdón como la curación, si bien la curación física es más fácil de verificar que la curación (=perdón) moral. Para Dios ninguna de esas cosas son difíciles; para el hombre, las dos tienen una dificultad similar o una imposibilidad similar. Pues bien, sentencia Jesús, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados… -dijo al paralítico: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa.

           Inmediatamente aquel paralítico se levantó, tomó su camilla y se marchó a su casa, dando gloria a Dios. Luego Jesucristo cura al paralítico para que vean que tiene poder para perdonar pecados. La curación física se convierte en signo de su capacidad para perdonar o curar moralmente. Hace un acto de poder, ciertamente admirable, sobre un organismo humano que tiene atrofiados sus miembros para hacer ver que tiene poder divino, pues el poder de perdonar sólo le compete a Dios, como prejuzgan acertadamente los fariseos.

           El poder de perdonar destruyendo el mal sólo está en Dios. Jesús muestra que tiene este poder al curar al paralítico de su mal físico. Por eso provoca en su entorno asombro y arranca expresiones de glorificación de Dios. No sólo da gloria a Dios el que ha recibido el beneficio divino de la curación, que percibe con claridad que Dios es el verdadero responsable de aquel suceso, sino todos los que se dejan arrebatar por el asombro provocado por tan admirables acciones. Y glorifican a Dios porque entienden que sólo Dios puede estar detrás de las acciones milagrosas de Jesús. No es que confundan a este hombre con Dios, pero ven a Dios en el actuar de este hombre. Y por eso se asombran y dan gloria.

           El evangelio proclama, por tanto, que en Jesús se manifestaba el poder de Dios, hasta tal punto que su poder, puesto a prueba, de curar y perdonar era poder divino, porque sólo Dios puede perdonar pecados, aunque la curación de algunas enfermedades esté también en poder de los hombres. Podemos concluir, por tanto, que en el poder efectivo de Jesús se estaba haciendo patente el poder del mismo Dios, y que Jesús no se arrogaba ilegítimamente este poder, sino que hacía uso legítimo de él porque era realmente suyo en cuanto Hijo de la misma naturaleza que el Padre. Y que cuando obraba, hacía lo que veía hacer al Padre, como reproduciendo su misma actividad con su misma capacidad de operar.

           A nosotros nos puede suceder lo que a aquel paralítico: que, estando enfermos, solicitemos la curación de esa enfermedad física o mental que cargamos ya desde hace tiempo con verdaderos deseos de vernos liberados de ella; pero que nos olvidemos de solicitar la curación de esa otra enfermedad que también nos acompaña a lo largo de la vida sin experimentar el deseo apremiante de liberarnos de ella, y que es el pecado. Parece como si el peso de nuestros pecados nos molestase menos que la carga de cualquier enfermedad; y no reparamos en que el pecado puede ser más destructivo y dañino que una enfermedad, sea del tipo que sea. Por eso es importante que caigamos en la cuenta de aquello a lo que da prioridad Jesús. Él viene a decirnos, como al paralítico: Te hago ver mi poder de curación para que adviertas mi poder de perdón, que es una curación más profunda y de mayor alcance.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 02/07/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A