Comentario, Miércoles XIII Ordinario

Mt 8, 28-34
1 de julio de 2020

            El relato de Mateo da cuenta de un curioso exorcismo. Dos endemoniados, calificados de furiosos,  salen al encuentro de Jesús nada más desembarcar éste en la región de los gerasenos. Vivían en el cementerio y provocaban verdadero pánico, porque se comportaban como locos peligrosos, dignos de ser evitados.

            Los endemoniados, nada más ver a Jesús, lo reconocen y hacen ante él un curioso acto de fe: ¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo? Resulta extraño ver al demonio –puesto que por boca de los endemoniados habla el mismo demonio que los posee- reconociendo en Jesús al Hijo de Dios, que ha venido a librar batalla contra él y a expulsarle de sus dominios, esas personas de las que ha tomado injustamente posesión como si fueran botines de guerra. La presencia del Salvador en el mundo se convierte así en una especie de anticipo temporal de los tormentos que ha de padecer en el infierno.

            Los demonios, que ya presienten la orden inapelable del reconocido por ellos mismos como Hijo de Dios –por tanto, con el poder de su Creador- le ruegan que les permita al menos tomar posesión de unos cerdos que estaban hozando en aquella región, como si su existencia no pudiera entenderse sino estando en posesión de alguien o teniendo dominio en algún lugar de este mundo. Jesús les permite este desplazamiento y los demonios, expulsados de sus posesiones, se meten en los cerdos que se abalanzan acantilado abajo hasta ahogarse en las aguas del fondo. Pero aquello ahuyentó a los porquerizos que, amedrentados, corrieron al pueblo y contaron lo sucedido a todos los vecinos. Entonces el pueblo entero salió adonde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

            Tanto la muerte accidentada de los cerdos como la milagrosa y repentina curación de los endemoniados les asustaba, del mismo modo que nos asusta lo inusitado, lo incontrolable, lo sobrenatural. Y allí se habían dado cita fuerzas sobrenaturales de diferente signo que no podían sino causar desasosiego a los habitantes de aquel territorio. Es verdad que la presencia de Jesús había traído la liberación a aquellos pobres endemoniados, pero no sin daños colaterales. Los porquerizos de aquellas tierras habían perdido en pocos segundos toda una explotación de cerdos con el consiguiente quebranto económico para ellos y sus familias. Demasiadas cosas para no sentirse estremecidos y temerosos. Demasiadas alteraciones para sus vidas ordinarias y apacibles. Por eso le ruegan que se marche del país, pues su presencia les resultaba muy inquietante.

            Esto mismo es lo que sucede con Jesús cuando le dejamos entrar en nuestras vidas: que sana y libera, sana de enfermedades y libera de dominios maléficos, pero al mismo tiempo introduce alteraciones y pérdidas, y nos arrebata el control de tales vidas obligándonos a vivir en cierto modo a la intemperie, sin lugar en el que establecernos, sin seguridades en las que apoyarnos, sin riendas que manejar. Son los efectos colaterales de su actuación misericordiosa y salvífica, que no por eso deja de ser salvífica. No hagamos como los vecinos que aquel pueblo de Gerasa, que le ruegan que abandone el país y, consecuentemente, sus vidas, porque les ha arrebatado momentáneamente sus seguridades, porque les ha intranquilizado con su actuación. Nuestras vidas estarán siempre más seguras con él que sin él. Y por encima de todo estará más segura nuestra salvación, pues sólo con él dispondremos de poder para vencer las acechanzas del enemigo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 01/07/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A