Comentario, Lunes XIV Ordinario

Mt 9, 18-26
8 de julio de 2019

           Jesús alterna encuentros colectivos e individuales sin solución de continuidad. Le vemos rodeado por la multitud, dirigiendo la palabra a grupos numerosos, pero también atendiendo a la persona que se le acerca para solicitar un favor. Es lo que se pone de relieve en el pasaje evangélico al que hoy nos enfrentamos. Mientras Jesús hablaba (se supone que a un grupo de personas), se acercó a Jesús un personaje, que se arrodilló ante él y le dijo: Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza y vivirá.

           El término empleado por Mateo da a entender que el personaje que se acerca a Jesús es alguien que ocupa un alto rango en el escalafón social. Pero en su presencia no deja de ser sino un "mendicante" que implora un beneficio del posible benefactor. Por eso, adoptando esta actitud se arrodilla ante él. Se trata de su hija, una hija a la que acaba de perder. Puede que la hija sea su mayor tesoro. Por ella estaría dispuesto a darlo todo. Aquel hombre muestra una gran confianza en Jesús y en su poder de sanación; pero entiende que semejante acto requiere proximidad y contacto. Por eso reclama su presencia: ven, le dice, ponle la mano en la cabeza y vivirá. Bastará este contacto milagroso para que su hija recupere la vida que acaba de perder. Es esta convicción la que la ha llevado ante él.

           Una convicción similar muestra tener esa mujer enferma de hidropesía, una mujer que padecía desde hacía doce años hemorragias frecuentes y que, pensando que bastaría con tocarle el manto para curarse, se acercó por detrás a Jesús y le tocó. Aquel mínimo contacto con lo más exterior del Maestro, el manto con el que se cubría, la curó realmente; y Jesús refrenda el hecho con sus palabras, porque dirigiéndose a esta mujer que quería pasar inadvertida, le dijo: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado. De nuevo la fe y su extraordinario poder. Pero no era sólo la fe, sino la fe y el contacto con el sanador. La fe le había acercado a Jesús y de éste había salido la fuerza curativa que le proporciona la salud. No hay milagro sin fe, pero tampoco hay milagro sin Dios; la misma fe que opera el milagro es fe en el poder de Dios que se deja ver en sus mediaciones y mediadores.

           Pero Jesús continúa su camino porque tiene otra cita y otro compromiso; y llegado a la casa del personaje que había solicitado angustiosamente su presencia, se encuentra el alboroto de la gente. Jesús les echa fuera afirmando que la difunta no está muerta, sino dormida. Ello provocó la risa desatada y burlona de los presentes. Pero él, entrando en la estancia de la niña, la tomó de la mano y al instante ella se puso en pie, recuperando la vida. La noticia se divulgó por toda la comarca, y no era para menos; a Jesús no se le resistía siquiera la muerte, pues no sólo curaba a los enfermos, sino que resucitaba a los muertos, permitiéndoles recuperar la vida perdida. Eran hechos tan asombrosos que tenían que suscitar necesariamente preguntas de este cariz: ¿Quién es éste que hasta la enfermedad y la muerte le obedecen? ¿Quién es éste que tiene en su poder no sólo curar a un enfermo, sino devolver la vida a un muerto?

           Es Jesús de Nazaret, que pasa, le responden sus acompañantes a aquel ciego que, al oír el alboroto del gentío, pregunta. Lo que quizá no supieran aún con claridad es que ese Jesús era nada menos que el Verbo encarnado o el Hijo de Dios hecho hombre. Sólo esto podía explicar suficientemente el asombro que tales obras provocaban en las gentes sencillas que no hallaban explicación para las mismas. Pidamos al Señor que mantenga nuestra capacidad de asombro ante todos esos fenómenos que nos transcienden, porque superan nuestra ciencia y nuestra técnica.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 08/07/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A