Comentario, Martes XIV Ordinario

Mt 9, 32-38
9 de julio de 2019

           A la hora de describir la actividad de Jesús, el evangelista no dispone de mejor síntesis que ésta: Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. A esto, grosso modo, se dedicaba Jesús, yendo de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, en una especie de itinerancia continua: enseñaba en esos centros judíos de catequesis que eran las sinagogas, anunciaba el evangelio que consistía esencialmente en hablar del Reino y sus diferentes aspectos y curaba enfermedades y dolencias de todo género.

           El anuncio del Reino iba muy ligado a la actividad taumatúrgica, pues anunciar el Reino era anunciar la salud y la liberación que llegaban con él. Pero tanto la cercanía del Reino como el suministro de la salud eran un efecto de su misericordia: anuncia y cura porque se compadece de las gentes, es decir, de esa multitud de personas a las que contempla extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor, por tanto, en un estado bastante lastimoso. Esta contemplación de la miseria humana con la que se encuentra a cada paso de su recorrido por los caminos de Palestina (san Mateo nos habla aquí de un endemoniado mudo) es la que le empuja no sólo a curar, sino también a desear nuevos trabajadores para su mies, siempre abundante, como abundante permanecerá la miseria del mundo. Por eso, invita a sus discípulos a pedir al Señor de la mies esos trabajadores que continuarán siendo pocos para la abundancia de la mies.

           ¿Cuándo podremos decir que hay suficientes trabajadores o que los trabajadores han dejado de ser pocos? ¿Cuando hayan alcanzado cierta proporción en relación con la mies? ¿Cuando haya uno por diez mil, o por cinco mil, o por mil, o por cien? ¿Cuándo podremos dejar de pedir al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies? Como el asunto que aquí se baraja no es meramente cuantitativo o de proporción numérica, habrá que considerar otras cuestiones como las demandas y necesidades pastorales que reclaman atención. Pueden ser pocas las personas que lo demanden y, sin embargo, estar muy necesitadas de esa atención pastoral. Además, la acción evangelizadora no se limita a una estrecha circunscripción geográfica como la de una provincia o diócesis; se extiende, más allá de las fronteras provinciales o nacionales, al mundo entero. Esa mies está reclamando la presencia de trabajadores que traspasen fronteras nacionales y continentales. Siendo el mundo el campo de la evangelización y la tarea evangelizadora un proceso de larga duración, se requerirá la presencia y actuación no de unos pocos, sino de muchos trabajadores.

           La gente que tuvo el privilegio de ver al endemoniado mudo libre de su posesión y de su mutismo decía con asombro: Nunca se ha visto en Israel cosa igual. Pero otros (los fariseos), con mirada más maliciosa, decían: Este echa los demonios con el jefe de los demonios. Son maneras contrapuestas de ver el mismo hecho, la curación del endemoniado-mudo. Pero la mirada farisaica distorsionaba la realidad, viendo en la actuación benéfica de Jesús la influencia del demonio, cuando tendrían que ver la mano de Dios. Esta mirada distorsionante y enfermiza puede acabar convirtiéndose en pecado contra el Espíritu Santo –como denuncia el mismo Jesús en otro lugar- y, por tanto, en algo incurable, puesto que ese pecado no tendrá perdón jamás. Se trata del endurecimiento progresivo e irreversible que impide al mismo Dios operar la salvación, como ya explicamos con más detalle en su momento.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 09/07/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A