Comentario, Miércoles XIV Ordinario

Mt 10, 1-7
10 de julio de 2019

           La elección de los doce apóstoles por parte de Jesús representa un momento cimero en la conformación del nuevo pueblo de Israel, porque esto es lo que evoca el número al que el elector se ajusta, el doce, en representación de las doce tribus de Israel. El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia de Jesús, también estará representado por doce, los Doce. Ellos constituyen el núcleo –y al mismo tiempo el germen- de la futura Iglesia cristiana. A los doce elegidos Jesús les dio autoridad, que no es sólo darles autorización, sino también potestad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Tales serán los rasgos característicos de su misión: expulsar la inmundicia del mundo, esto es, el pecado, que tiene como principal inductor e impulsor al demonio, y curar enfermedades, entre las cuales puede contarse también el pecado. Se trata, en definitiva, de la lucha contra el mal en todas sus manifestaciones.

           Pero el evangelista no se limita a consignar el hecho de la elección de los Doce. Nos ofrece también sus nombres, algo que confiere mayor relieve histórico a la elección. Algunos de ellos van acompañados de referencias parentales, apellidos o sobrenombres que indican procedencias: Andrés es hermano de Simón Pedro; Juan es hermano de Santiago el Zebedeo; comparece también otro Santiago, el Alfeo; Mateo es el publicano (éste había sido su oficio antes de incorporarse al discipulado de Jesús); Simón recibe el sobrenombre de fanático, probablemente por estar emparentado con los zelotes, y Judas, el de Iscariote, que puede aludir a su lugar de nacimiento: Ish Queriyot (población situada a 19 km. al sur de Hebrón) o a su antigua filiación política: Sicarioth. El sobrenombre hace referencia a los sicarios o miembros de un grupo de carácter nacionalista y revolucionario que no tenía escrúpulos a la hora de usar la violencia y el asesinato selectivo para lograr sus objetivos.

           La elección nominal permite suponer el conocimiento de los nominados. Jesús elige por sus nombres a los que ya conoce de entre la multitud de sus seguidores; pero no parecen importarle mucho sus antecedentes, procedencias (incluidas las ideológicas) y lazos familiares, pues entre los elegidos encontramos personas de baja facción social como los pescadores, colaboracionistas del régimen como los publicados e individuos ligados a grupos revolucionarios de carácter nacionalista y familiarizados con el uso de las armas como los zelotes. Esta diversidad de sensibilidades políticas podía ser, sin duda, causa de conflicto entre ellos. Mientras que el publicado podía ser considerado un colaboracionista del Imperio, el zelota era su más acérrimo enemigo, alguien que aspiraba a sacudirse el yugo impuesto por los romanos.

           Aunar este conjunto de sensibilidades no era nada fácil. A pesar de ello, Jesús los elige para que formen parte de un proyecto de vida común, sin importarle demasiado su pasado remoto o inmediato. Elige a los que quiere y por sus nombres. Hace de ellos su compañía habitual, pues los elige para que estén con él, pero también para enviarlos al mundo con una misión que, en gran medida, es la suya propia. Primero hace de ellos discípulos y después apóstoles (=enviados); hace de ellos discípulos para enviarnos como apóstoles. Así lo atestigua el evangelio: Jesús eligió a doce y los envió con estas instrucciones: No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino ida a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca.

           Jesús parece limitar su actuación apostólica al pueblo de Israel. Y su misión consiste esencialmente en anunciar la cercanía del Reino, que es lo que ha venido haciendo él mismo, acompañando el anuncio con esos signos liberadores (expulsión de espíritu inmundos y curación de enfermedades) que muestran la actualidad de la presencia del Reino que se anuncia. Pero –y esto es lo que provoca cierta perplejidad- han de circunscribir su acción al ámbito de los judíos, olvidándose por el momento de paganos y samaritanos –que para el caso eran como paganos-. Parece como si Jesús les indicara que todavía no era la hora de los paganos; que estos tendrían que esperar su turno. Sucede, sin embargo, que el mismo Jesús que, estando en la región de Tiro, le dice a la mujer fenicia que no ha sido enviado más que a las ovejas descarriadas de Israel, no deja de atenderla respondiendo a su súplica y concediéndole su favor por haber encontrado en ella mucha fe; pero esta mujer no era una oveja (descarriada) de Israel, pues no era judía. Luego Jesús también hizo excepciones.

           Por tanto, a pesar de que los paganos no son consideramos destinatarios inmediatos de la primera misión apostólica, serán tenidos en cuenta y, llegado su momento, atendidos en sus plegarias y solicitudes, pues también para ellos ha venido el Señor. ¿Cómo podría negarles la salvación a los paganos ese Dios que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos? ¿Cómo podría limitar su oferta de salvación a solos los judíos el Dios del universo? Estos límites no pueden ser sino pautas temporales de una economía que se irá aplicando progresivamente a todos, puesto que todos somos potenciales destinatarios de una salvación que se revela universal. El objetivo de este apostolado no es otro que alcanzar a las ovejas descarriadas para reconducirlas a ese Reino que es patria de destino para todas ellas.

           Estos Doce, que acabarán sufriendo la pérdida de uno de ellos, Judas el Iscariote, constituirán esa Iglesia germinal que, gracias a su labor misionera, irá floreciendo en diferentes lugares y multiplicándose por toda la geografía mundial, sin detenerse ante fronteras, ya sea de paganos o de samaritanos. Ello demuestra que las instrucciones restrictivas o limitantes de Jesús en orden a la misión no servían más que para ese momento histórico, pues en el futuro desaparecerán tales restricciones y aquellos apóstoles se verán lanzados al mundo entero por mandato del mismo Jesús resucitado y bajo los impulsos del Espíritu de Pentecostés, que abre el mensaje a todas las lenguas.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 10/07/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A