Comentario, Sábado XIV Ordinario

Mt 10, 24-33
13 de julio de 2019

           Jesús, como buen maestro, habla con frecuencia a sus discípulos, sin descartar el tema del discipulado, un tema que debía estar entre los preferidos en este espacio relacional: Un discípulo no es más que su maestro –les decía-, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!

           Mientras un discípulo permanece discípulo de su maestro, está en una relación de aprendizaje respecto de él. El maestro debe ser su referente y por él tiene que dejarse guiar. En este sentido un discípulo no puede ser más que su maestro, aunque pueda llegar a superar a su maestro en el futuro, una vez transcurrido el tiempo de su aprendizaje, como ha sucedido de hecho en tantos casos a lo largo de la historia. Lo mismo sucede con el esclavo o el criado, que están al servicio de su amo, y mientras se mantengan esclavo o criado, lo seguirán estando.

           Pero este estado de cosas puede cambiar, y el esclavo dejar de serlo. Pero si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡qué no dirán de los criados que están a su servicio o bajo su dominio! Y si a Jesús, el Maestro de Nazaret, lo perseguirán y llevarán al patíbulo, ¿qué cabe esperar que hagan con sus discípulos? Jesús previene a sus discípulos de lo que les espera y les habla con extrema claridad de su suerte, ligada a la suerte de su maestro, pues en cuanto discípulos pasarán a ser sus consortes en vida y destino. Serán sometidos a las mismas pruebas que su Maestro, porque no son más que su Maestro. Pero no deben tenerles miedo. Ellos, los que le han llamado Belzebú, tienen un poder muy limitado: no podrán mantener oculta la verdad que un día se descubrirá; aunque puedan matar el cuerpo, no podrán matar el alma; además, hay quien se ocupa de ellos mucho más que de esos gorriones que apenas valen unos cuartos.

           Los hombres disponemos de capacidad no sólo para sufrir miedo, sino también para causarlo. De ciertos hombres podemos esperar las mayores acechanzas: un robo, una agresión, un asesinato, una calumnia, una negligencia imperdonable, una irresponsabilidad. Podrán incluso mantener oculta la verdad o disfrazar la realidad de un ropaje engañoso durante cierto tiempo; pero este empeño por encubrir la realidad no les servirá de nada, porque la verdad acabará saliendo a flote y poniendo al descubierto la mentira encubridora. Entonces se desvanecerán los efectos de la calumnia, la difamación o la maledicencia, y la verdad resplandecerá con todo su fulgor. Y lo que se ha dicho en privado o de noche se hará público y podrá ser proclamado como en pleno día o ser pregonado desde la azotea. Es lo que sucederá con las palabras y acciones de Jesús, que, por ser verdaderas, recibirán en su día la publicidad necesaria. Así, el mensaje del evangelio podrá ser oído en pleno día y desde los púlpitos; se hará público y notorio en ese mundo que quiere encerrarlo en las sacristías o en los museos que exponen a la vista recreativa de los curiosos objetos del pasado.

           No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Es evidente que los que dan muerte al cuerpo arrebatan la vida corpórea; pero ¿esta vida encierra toda vida? Para Jesús hay una vida, la del alma, que no pueden matar los que matan el cuerpo, pues esa vida no está al alcance de espadas, de balas o de hogueras. Si los mártires logran vencer el miedo a la muerte es porque tienen la certeza de que hay una vida que sobrevive a la muerte causada por quienes matan el cuerpo. Temed –añade Jesús- al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo.

           ¿Quién es el que puede causar semejante destrucción que afecta a la totalidad del ser humano? No podrá ser otro que el que ha dado ser a ese mismo ser, y con el ser la vida humana. Nada puede ser más temible que ese fuego aniquilante que afecta al hombre no sólo en su dimensión corpórea, sino también en su dimensión anímica. ¿Esto significa que Dios, nuestro Creador, debe ser también el objeto supremo de nuestro temor?

           Tal vez; pero a lo que Jesús invita finalmente es a poner en Él nuestra confianza; porque si Dios se cuida hasta de creaturas tan insignificantes como esos gorriones que se venden por unos cuartos y que no caen al suelo sin que Él lo disponga, ¡cuánto más se cuidará de nosotros que tenemos contados hasta los cabellos de nuestra cabeza y que valemos mucho más que esos gorriones que vuelan a nuestro alrededor! La conclusión que podemos extraer de las palabras de Jesús es que estamos en buenas manos, esto es, que estamos en las manos de un Padre todopoderoso que no puede permitir nuestro daño irreversible, a no ser que nosotros nos empeñemos en infligírnoslo a nosotros mismos. Además, podemos contar con otro factor decisivo, podemos contar con él como aliado y amigo, y como intercesor; porque si somos capaces de ponernos de su parte ante los hombres, también él se pondrá de nuestra parte ante el Padre y Juez supremo.

           Estemos, pues, de su parte para tenerle de nuestra parte. ¿Y quién puede ser mejor aliado para un maestro que su discípulo? Bastará con sentirnos discípulos de Jesús para estar no solamente con él, sino también de su parte, en las más diversas circunstancias de la vida.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 13/07/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A