Comentario, Viernes XIV Ordinario

Mt 10, 16-23
12 de julio de 2019

           Jesús sigue dando instrucciones a sus apóstoles, enviados para la misión: Mirad –les dice- que os mando como ovejas entre lobos; por eso sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero no os fieis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles.

           Aunque se hallen entre lobos, han de permanecer ovejas. No por encontrarse entre lobos, han de transformarse en lobos, respondiendo a la ferocidad de quienes les rodean y combaten con la misma ferocidad. Lo propio de las ovejas es la mansedumbre y la humildad, pero el hecho de estar entre lobos hace muy conveniente el uso de la sagacidad. Una cosa no está reñida con la otra. Pero la sagacidad les servirá para sortear peligros y escapar de trampas. El mismo Jesús hará uso de ella para escapar de las trampas dialécticas que le tienden con frecuencia sus adversarios, los fariseos. Sagacidad es perspicacia y sabiduría práctica para discernir las buenas o malas intenciones de los que acercan a nosotros con alguna propuesta. Sagacidad es inteligencia para saber responder en situaciones de apuro o para advertir la malicia de una proposición.

           Esa misma sagacidad les tiene que prevenir frente a esa gente de la que no deben fiarse, porque buscarán su perdición, les denunciarán, les entregarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, todo por causa de Jesús, el Cristo. No actuarán así contra ellos por ellos mismos, sino por lo que representan. El perseguido, el rechazado es Cristo: lo fue en su momento y lo seguirá siendo en sus representantes.

           Yo soy Jesús, a quien tú persigues, oyó decir Saulo de Tarso. Y eso mismo se cumple siempre en toda persecución contra los cristianos. Si los cristianos son perseguidos, lo son por el hecho de ser cristianos, esto es, por encarnar lo cristiano: no por llevar unos apellidos, por ocupar un determinado rango social o por disponer de unas posesiones, sino por llevar una cruz o un distintivo cristiano, o por mostrarse partidario del Crucificado, el mismo que, viniendo a los suyos, no fue recibido por estos. La historia de las persecuciones nos muestra que lo que en realidad se persigue es "lo cristiano", ya se encuentre en personas, signos, instituciones, edificios. Es el odio a lo cristiano lo que acaba desencadenando la persecución de los ungidos por el Espíritu de Cristo. Pero esta situación de rechazo en la que les colocará su condición de ungidos será al mismo tiempo la que les ofrezca la mejor ocasión para dar testimonio ante judíos y gentiles de lo que son: discípulos del Crucificado. No hay quizá ocasión más propicia para dar testimonio a favor de alguien que ésa en la que se está arriesgando la vida por él. Entonces, el testimonio adquiere mayor grado de verosimilitud y se hace más creíble.

           Jesús detalla aún más sus instrucciones para esos tiempos de persecución que se anuncian: Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. No son tiempos, ni foros, para discursos, ni para argumentaciones. Han de dejar atrás preocupaciones de este tipo. Aquí lo que importa no es el discurso, sino el testimonio. Por eso no han de estar preocupados por lo que puedan decir o por el modo en que puedan decirlo. Lo que importan no es su discurso, sino el del Espíritu Santo. Él será quien les sugiera lo que deban decir en ese momento; esta sugerencia tendrá un valor de persuasión muy superior a las más bellas composiciones retóricas que pudieran ensartarse. Para ello sólo se requiere atención al Espíritu y disponibilidad martirial.

           En esta situación en la que impondrá su ley el odio acabarán saltando por los aires lazos tan sagrados como los que unen entre sí a padres e hijos o a hermanos. Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán. El panorama que dibuja Jesús es tenebroso, pero realista. La historia misma se encargará de demostrar la realidad de estos oscuros presagios. Cuesta entender que unos padres entreguen a sus hijos a la muerte o que unos hijos denuncien a sus padres como cristianos exponiéndoles a la pena capital. Pero el odio puede hacer realidad este prodigio de insensibilidad, insisto, como demuestra la historia de los relatos martiriales. El odio persigue la desaparición de su objeto, se encuentre donde se encuentre. Si lo que se odia es "lo cristiano", aunque esto se encuentre en un padre o un hermano, puede que no repare siquiera en daños colaterales y en consideraciones de parentesco o afecto; pues el odio suele arrasar con todo lo que encuentra a su paso.

           Todos os odiarán por mi nombre. He ahí la razón de ser de este odio: el nombre de Jesús. Porque el que odia este nombre, acabará odiando todo lo que lleva este nombre, que no es otro que el nombre de cristiano. Pero más allá del odio y sus estragos hay futuro: el que persevere hasta el final, se salvará. Tal es la recompensa de los que perseveran (fieles) hasta el final; y para perseverar hay que mantenerse fiel en medio de las dificultades y las persecuciones. He aquí, por tanto, la clave: la perseverancia hasta alcanzar la meta, hasta llegar al final. Jesús les asegura que no transcurrirá mucho tiempo hasta que llegue ese momento, el momento de la recompensa, que es también el momento de la vuelta del Hijo del hombre como Juez de vivos y muertos: Creedme, no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre. Pero el Hijo del hombre viene para cada uno en el momento de su muerte.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 12/07/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A