Comentario, Martes XIX Ordinario

Mt 18, 1-14
13 de agosto de 2019

           Según san Mateo, los discípulos de Jesús no se limitan a discutir quién es el más importante, sino que se acercan al Maestro con esta pregunta: ¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos? Ya no se trata de saber quién es el más importante para el mundo o la sociedad que mide la importancia de las cosas o las personas, sino quien lo es en esa nueva sociedad creada por Dios que es el Reino de los cielos. En ese "espacio" conformado a la medida de Dios, según sus criterios, quién será el más importante. Jesús, entonces, llamó a un niño, nos dice el evangelista (y en esto coinciden Lucas y Mateo), lo puso en medio, y dijo: Os digo que si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos.

           Jesús habla a adultos y les propone hacerse como niños, porque sin esta condición no podrán entrar en el Reino de los cielos y, por tanto, tampoco podrán ser importantes en este Reino. Volver a ser como niños no puede ser una regresión a la infancia biológica, cosa del todo imposible; tampoco seguramente un desandar el camino de crecimiento hacia la madurez o regresión a una infancia psicológica. Volver a ser como niños es más bien recuperar la conciencia de la pequeñez connatural a los niños y quizá en cierta medida su inocencia y docilidad, o esa ingenuidad que permite a los niños confiar en lo que les dicen (=creer), dejarse guiar, aunque ello pueda suponer también la posibilidad de dejarse engañar. Volver a ser pequeño como un niño es, sin duda, recuperar la posibilidad de creer. ¿Cómo podrán entrar en ese Reino los que desconfían totalmente de esa oferta, los que se niegan a aceptar siquiera la posibilidad de un Reino de los cielos, los que no admiten más reino que el de la tierra?

           Freud diría que hacerse niño es una regresión anómala o patológica en un adulto. Según él, ya hemos alcanzado la madurez para poder prescindir de Dios o para poder emanciparnos de este Dios que nos ha sido impuesto como Padre. Los adultos ya no necesitan de un padre. Jesús no es de la misma opinión: Para entrar en el Reino de los cielos es necesario recuperar la conciencia de hijos de Dios. Sí, hacerse como niños tal vez signifique recuperar esta conciencia de hijos pequeños que no pueden prescindir de su padre ni vivir sin él. Sólo estos podrán entrar en el Reino del Padre. Porque ¿cómo poder entrar en el Reino de Dios y formar parte de esta familia queriendo prescindir de Dios porque ya no lo necesitamos, puesto que somos adultos y no necesitamos padre? Hacerse como niños es volver a sentir la necesidad de Dios Padre. Y el que más sienta esta necesidad, porque se sabe más pequeño y desvalido, será sin duda el más grande en el Reino de los cielos.

           Acoger a un niño es sintonizar con lo que el niño significa. Y acogerlo en nombre de Cristo es acoger al mismo Cristo y sintonizar con su condición de Hijo del Padre. Es vivir la infancia espiritual. Es volver a sentirse hijo de Dios.

           Y finalmente una advertencia: Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. Despreciar a uno de esos pequeños no es sólo despreciar la pequeñez, es despreciar a los que tendrán el honor y la dicha de contemplar el rostro de Dios, como lo contemplan en el presente sus ángeles.

           ¿Qué os parece?, les decía también Jesús a sus discípulos como reclamando su juicio. Suponed que un hombre tiene cien ovejas; si se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.

           El pastor que sale tras la oveja perdida, dejando a las noventa y nueve restantes a buen recaudo, lo hace porque le interesan cada una de las ovejas. Una oveja perdida entre cien es, en términos porcentuales, el uno por ciento de pérdida: una insignificancia si la pérdida de esa oveja se valora en estos términos. Pero no es así como aprecia a sus ovejas el pastor que sale tras la oveja perdida. Para él, una por una, todas tienen un valor absoluto. Por eso no puede permitir el extravío de una sola de ellas y sale en su búsqueda. Y cuando la encuentra, se alegra por ella más que por las restantes que, siendo muchas más, sin embargo no se han extraviado. Es la alegría exultante de quien ha encontrado algo que creía perdido y por lo que sentía un gran aprecio. Es la alegría del reencuentro o de la recuperación de aquello que se tenía por difícilmente recuperable.

           Pues bien, el aprecio y la alegría que siente el pastor por cada una de sus ovejas es el mismo aprecio y la misma alegría que se encuentran en Dios. Porque tampoco nuestro Padre del cielo quiere que se pierda ni uno de estos pequeños. A esto es a lo que quiere llegar Jesús, a hacernos entender el interés que Dios, nuestro Padre, tiene por cada uno de nosotros. Dios es el primer interesado en nuestra salvación. Dios no quiere que se pierda ni una sola de sus criaturas; mucho menos de sus hijos, es decir, de aquellos a quienes adoptó como hijos en el bautismo.

           Y si esta es la voluntad de Dios, una voluntad positivamente volcada en nuestra salvación, hemos de esperar que ponga todo lo que está de su parte por lograrnos este destino. No lo pongamos en duda. Dios hará lo imposible para que no se pierda ninguno de los que fueron adquiridos por la sangre de su Hijo. Si no se ahorró la sangre de su Hijo, tampoco ahorrará esfuerzos, entradas y salidas, llamadas, intentos, travesías, todo con tal de recuperar a sus hijos extraviados por los desconcertantes y complejos parajes de nuestro mundo o perdidos entre la neblina encubridora de nuestras mentiras y las deslumbrantes luces que encienden nuestros deseos. Con la certeza de que Dios nunca nos dará por perdidos, por muy alejados que estemos de él, podremos conservar siempre la esperanza del retorno, de la recuperación o del reencuentro. Si Dios no quiere que se pierda ni uno sólo, confiemos en el éxito de su salida, de su búsqueda y de su empeño salvíficos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 13/08/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A