Comentario, Viernes XIX Ordinario

Mt 19, 3-12
16 de agosto de 2019

           Ya hemos comentado este mismo pasaje en la versión del evangelio de Marcos (10, 13-16). Las variantes respecto de la versión mateana son mínimas. Por eso recojo en gran medida el comentario que se hizo al pasaje de Marcos. Los fariseos, nos dice tanto uno como otro evangelista, se acercaron en cierta ocasión a Jesús con una pregunta para ponerlo a prueba. La prueba era la antesala de la acusación. Buscaban el modo de enfrentarlo a la ley mosaica y encontrar motivos de acusación contra él. La pregunta era como sigue: ¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?

           Los que preguntaban ya tenían respuesta para esta pregunta. A un hombre le era lícito divorciarse de su mujer siempre que hubiera causa justa o razón suficiente. Para unos esta causa podía ser el suceso más intrascendente en la vida cotidiana del matrimonio: cualquier fallo o falta por leve que fuera; para otros, sólo un adulterio podía ser motivo de divorcio. Vivían, por tanto, bajo una legislación divorcista o que permitía el divorcio. Para ello podían ampararse en la ley de Moisés que permitía esta ruptura matrimonial dando acta de repudio a la mujer. Jesús reconoce la existencia de esta legislación y la justifica en gran medida invocando como razón de la misma la dureza del corazón humano: Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero al principio no era así.

           Luego se trata de una permisión legal debida a la terquedad de los hombres no sólo de los tiempos de Moisés, sino de tiempos posteriores, quizá para evitar males mayores como maltratos o asesinatos. Pero al principio no fue así. Jesús se remite en este caso a una tradición anterior a la mosaica, una tradición que, a su entender, habría que recuperar. Al principio Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

           Son textos del Génesis. Y Jesús invoca esta Escritura como exponente de la tradición más primigenia. Dios los creó hombre y mujer y, por tanto, distintos. Siendo los mismos huesos y la misma carne, sin embargo son sexualmente distintos, pero también complementarios. Aquí la diferencia distingue, pero no separa. Aquí la diferencia, por ser complementaria, une. Fueron creados hombre y mujer con miras a formar una unión de dos abierta a la vida, dos en una sola carne.

           Por eso, porque están naturalmente encaminados a esta unión, el hombre abandonará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y formar con ella una sola carne. Se abandona en cierto modo a la familia de procedencia para formar una nueva familia o una unión que sea el origen de una nueva familia. Porque la unidad de la carne tiene un inmediato fin procreador. Y aquí está el origen de la familia. Luego en la creación bisexuada del hombre y la mujer ya hay un designio divino de unión. Y como la unión sólo puede darse entre un hombre y una mujer concretos, hay que pensar que cuando se produce esa unión efectiva, Dios la quiere. Es decir, que Dios quiere la unión de ese hombre y esa mujer concretos en los que ha surgido el amor y la mutua atracción. Pues bien, lo que Dios quiere unido porque lo ha unido, que no lo separe el hombre. Separar lo que Dios quiere que sea una sola carne es romper una unión querida por Dios.

           Pero ¿semejante voluntad cierra el camino a cualquier permisión como la de Moisés? Cuando esa unión se ve resquebrajada y se presenta como irrecuperable, ¿no habrá que aceptar con resignación este estado de hecho y, por tanto, la separación? ¿Se les puede negar a los separados la posibilidad de restablecer la unión con otra persona? Esas son las preguntas que nos seguimos haciendo hoy. Porque si permitimos a los separados restablecer la unión con otra persona, estamos dando por finalizada o invalidada la unión anterior. ¿No la ha destruido ya de hecho la separación?

           Quizá estas y otras preguntas son las que llevan a los discípulos de Jesús a volver sobre el tema. Y su respuesta ahora es más comprometida y diáfana: Si uno se divorcia de su mujer –no hablo de prostitución- y se casa con otra, comete adulterio. Aquí nos encontramos con la cláusula mateana (excepto en caso de porneia) que tanto ha dado que pensar a los exegetas del Nuevo Testamento. Jesús, después de haber afirmado la indisolubilidad matrimonial (lo que Dios ha unido no debe ser separado por el hombre) parece admitir, según la versión de Mateo, una cierta excepcionalidad. ¿Piensa Jesús que la mujer dada a la prostitución podía ser legítimamente repudiada? Si el principio genesíaco al que se remite: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre, tiene valor absoluto, ni siquiera esta mujer caída en la prostitución podría romper el vínculo conyugal que le mantiene ligada a su marido; éste podría alejarla de sí o no recibirla en su casa, pero permanecería unido a ella por el vínculo matrimonial.

           En el evangelio de Marcos no aparece siquiera esta posible excepcionalidad. La mujer de la que uno se divorcia (o separa) para casarse con otra sigue siendo su mujer, hasta el punto de serla infiel, cometiendo adulterio, si se casa con otra. La respuesta de Jesús no deja escapatoria. Atrás parece haber quedado el precepto de Moisés y su justificación. Ya ha dejado de comparecer la terquedad como motivo justificante del divorcio. En los nuevos tiempos la terquedad humana ya no parece ser razón suficiente para permitir el divorcio. Jesús, al remitirse a los orígenes, recupera en toda su radicalidad la pureza de esta unión constituida por el hombre y la mujer hasta poder hablar de una sola carne siendo dos: matrimonio monógamo e indisoluble.

           Pero hoy, ante la avalancha de experiencias de fracaso, nos cuesta mucho admitir esta indisolubilidad, tanto que nos parece una intransigencia más de la Iglesia que se aferra al dictado de Cristo de manera poco flexible. Pero la Iglesia no es tan inflexible como pudiera parecer. También admite separaciones, aunque no admita divorcios; también concede anulaciones; también se apiada de esas personas que se encuentran en situación irregular. Lo que no puede hacer es invalidar una norma que surge de la entraña del mismo evangelio con su carga incuestionable de radicalidad. El cristiano está constantemente invitado a vivir la radicalidad evangélica. Pero su fracaso en el intento o su pecado, incluido el de adulterio, no queda al margen de la misericordia del que perdonó a la mujer sorprendida en adulterio o del que pidió el perdón para los que le crucificaban. No, las exigencias evangélicas no son nunca obstáculo para el uso balsámico de la misericordia. Al contrario, es sobre los pecadores sobre los que se derrama más copiosamente.

           El planteamiento de Jesús sobre este asunto es tan radical que los discípulos le replican: Si ésta es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse. Los apóstoles advierten las exigencias del compromiso matrimonial, hasta el punto de parecerles poco atrayente. Jesús reconoce la dificultad, pero no por eso reduce las exigencias del vínculo: No todos pueden con esto, sólo los que han recibido ese don.

           Ya se ve –la experiencia de cada día lo demuestra- que no todos pueden mantener su promesa de fidelidad, que no todos son capaces de mantener la unión contraída. Lo pueden sólo los que han recibido el don, que no son simplemente los que han recibido el sacramento, sino los que lo han recibido fructuosamente y lo cultivan con una vida adecuada. Se trata del don de Dios para vivir la unión conyugal, de modo que ésta se fortalezca más cada día. Y añade: Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre (por naturaleza), a otros los hicieron los hombres (por imposición de otros), y hay quienes se hacen eunucos por el Reino de los cielos (por voluntad propia). El que pueda con esto que lo haga.

           Las palabras de Jesús constituyen una invitación y un desafío. Hacerse eunucos por el Reino de los cielos es renunciar voluntariamente al matrimonio y a todo lo que ello comporta por una realidad (el Reino de los cielos) que exige una dedicación total. Si el compromiso matrimonial tiene sus exigencias (fidelidad, indisolubilidad, unidad), también las tiene, y quizá más, la renuncia al mismo (celibato) por una realidad de orden superior. Tanto para lo uno como para lo otro se requiere la capacidad que Dios da (gracia) a los que llama a seguir el camino existencial elegido.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 16/08/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A