Comentario, Jueves XVII Ordinario

Mt 13, 47-53
30 de julio de 2020

           Otra imagen empleada por Jesús para describir el Reino de los cielos es la de la red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de peces, buenos y malos. Una vez llena y arrastrada a la orilla se procede a la selección de lo pescado: los buenos son reunidos en cestos y a los malos se les desecha. Este momento de discernimiento se hace coincidir con el final del tiempo y produce la separación de los buenos y los malos, a los que corresponden destinos diferentes.

           En esta parábola sólo se ofrece algún detalle del destino de los malos: serán echados al horno encendido, un lugar de aflicción y de espanto: Allí será el llanto y el rechinar de dientes. La parábola alude, por tanto, al momento conclusivo de la fase terrena (y temporal) del Reino, que se cierra con un juicio que separa malos de buenos, de modo que en este ámbito sólo quedan ya los buenos. En el Reino del bien en su fase definitiva sólo puede haber espacio para los buenos; si lo hubiera para los malos y sus malas acciones no podría mantenerse de ninguna manera como Reino del bien.

           La parábola subraya, por tanto, la existencia de un juicio que instaura una frontera que separa definitivamente bien y mal, buenos y malos, y deja fuera al mal. Los hacedores del mal no caben en el Reino del bien. Por eso se entiende que el Reino tenga también su límite y su "afuera", la región de la "exclusión", el "lugar" donde se vivirá en el llanto y el rechinar de dientes.

           No menospreciemos, pues, esta realidad de aflicción y de espanto a la que alude Jesús en sus parábolas sobre el Reino. Quedar al margen del mismo es una posibilidad real en nuestra vida, una posibilidad estremecedora que nos situaría en el lugar equivocado y nos cerraría la puerta al gozo celeste, a la bienaventuranza eterna, a la consecución del propio fin, a la verdadera realización personal. Pidamos al Señor de la misericordia que nos evite este extravío y esta condena.

           Esta es la sabiduría del letrado que entiende del Reino de los cielos y que sabe aunar lo antiguo (lo de siempre) con lo nuevo (lo de ahora), la cosecha del Antiguo Testamento con la del Nuevo Testamento. Tal es la sabiduría que le fue concedida a Salomón a petición suya: una sabiduría hecha de clarividencia para ver mejor y de sensatez para llevarlo a término. Que el Señor nos conceda esta sabiduría.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 30/07/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A