Comentario, Martes XVII Ordinario

Mt 13, 36-43
28 de julio de 2020

           Comentaba esta misma parábola, la de la cizaña sembrada en medio del trigo, hace escasos días, el sábado, 27 de julio. El pasaje evangélico que leemos hoy presenta la aclaración que ofrece Jesús a sus discípulos de esta parábola. Me remito a la aclaración y me detengo en la conclusión. El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores, los ángeles.

           La buena semilla parece alcanzar al mundo entero; allí donde se siembra germinan los ciudadanos del Reino, que acaban ocupando el lugar de la buena semilla. Ellos mismos son ya buena semilla, del mismo modo que los partidarios del Maligno son cizaña, esto es, mala semilla que tiene su origen en el Malo. El diablo es el responsable último de esta mala simiente que aspira a estropear la cosecha del Hijo del hombre. Esta cosecha tendrá lugar al final de los tiempos y será obra de ángeles que realizarán la labor de segar o arrancar, de separar la cizaña del trigo y de quemarla: Así será al fin del tiempo –concluye el relato-: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

           La cosecha se hace coincidir con el juicio final y éste con el fin del tiempo. Ése será el momento de la separación definitiva del bien y el mal, de los buenos y los malos, del trigo y la cizaña. Hasta entonces crecerán juntos y coexistirán mezclados. Hay, pues, una fase del Reino en la que bien y mal, buenos y malos cohabitarán en el mismo espacio y tiempo; es la fase temporal y terrena del Reino; pero, llegado el fin del tiempo, se producirá la separación definitiva, de modo que el Reino sea plenamente Reino de los cielos y no haya en él el más mínimo atisbo de cizaña y el mal haya sido completamente erradicado y arrojado a las tinieblas exteriores. Entonces sólo quedará la luz y el brillo de los justos. La erradicación del mal significará también la exclusión de los corruptores y malvados, que irán a parar al horno encendido, que no parece representar el lugar de la aniquilación, sino del sufrimiento, esto es, del llanto y el rechinar de dientes.

           Tales son los destinos contrapuestos de la buena y de la mala semilla. Ambas son recogidas, pero tienen destinos diversos: la buena, en el Reino esplendoroso del Padre; la mala, en el lugar tenebroso del llanto y el rechinar de dientes. Y puesto que estos destinos se reservan para el fin del tiempo, no parece que puedan revertirse. En ausencia del tiempo no hay posibilidad de cambio ni de rectificación. Permanecerán en el estado en que han parado: en el llanto y el temblor, unos, y en el fulgor y la brillantez del cielo, otros. ¿No obliga la consideración de estas palabras a replantearse muchas cosas en la vida? Sólo si rebajamos la seriedad y la credibilidad de las mismas podremos permanecer tranquilos. Pero si les concedemos todo el fuego que parecen encerrar, no podemos por menos que sobresaltarnos, a no ser que estemos muy seguros de formar parte de la buena cosecha.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 28/07/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A