Comentario, Domingo XXIII Ordinario

Lc 14, 25-33
8 de septiembre de 2019

           ¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? –podemos leer en el libro de la Sabiduría-. Si apenas conocemos las cosas terrenas, porque ignoramos su razón de ser última: el origen del universo o de la vida; el porqué de ciertos fenómenos naturales como los volcanes o los movimientos sísmicos; la composición del átomo o la diferencia entre la materia y la energía; la causa de algunas enfermedades como el cáncer… si apenas –digo- conocemos estas cosas, que siguen resultándonos enigmáticas después de tantos siglos de historia y tantos años de investigación, ¿cómo pretender conocer "lo que está más allá", lo que escapa a nuestra mirada o al objetivo de nuestros telescopios y microscopios? ¿Quién podrá rastrear siquiera las cosas del cielo o conocer los planes de Dios? Sólo si Él se dignase revelárnoslos, podríamos conocerlos.

           Es la sabiduría con la que el hombre aprende a agradar a Dios, a caminar rectamente en su presencia. Es la sabiduría que salva y no simplemente que sabe porque descubre los secretos que encierra la naturaleza.

           Pues bien, para nosotros Jesús es el sabio por excelencia, porque está lleno del Espíritu de Dios: el que nos revela los planes salvíficos y nos señala el camino de la salvación con su palabra y con su misma vida. Por eso se presenta como Maestro de vida que reclama seguimiento e imitación. Es esta necesidad de imitación implicada en el seguimiento o discipulado lo que le lleva a decir: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío, esto es, no puede imitarme del todo, puesto que yo estoy dispuesto a renunciar a todo, incluyendo la propia vida. Se trata de un maestro dispuesto a renunciar a la propia vida. Ser verdadero discípulo de este maestro es imitarle hasta en esto.

           Pero antes, el imitador/seguidor de Jesús tendría que estar dispuesto a otras renuncias como las del padre, la madre, la mujer o los hijos. Se trata de las personas a las que de ordinario estamos más ligados afectivamente, de las que más nos cuesta separarnos. Pues bien, Jesús afirma que el que emprende su seguimiento como discípulo tiene que estar dispuesto a posponer y, posiblemente, a renunciar a estas personas, las más queridas, esas personas a las que estamos más apegados por los lazos de sangre y de afecto. Jesús no dice que no haya que querer al padre, a la madre o a los hijos, sino que uno tiene que estar dispuesto a renunciar a su amor por él y la misión que Dios le encomienda.

           Ser su discípulo es ir detrás de él, siguiendo sus pasos, recorriendo su camino, y con la cruz que nos haya tocado en suerte. Ningún camino en la vida está exento de cruz. ¿Quién no se encuentra en la vida con la enfermedad, el dolor, el sufrimiento, la incomprensión, la ingratitud? El camino que recorrió Jesús tampoco lo estuvo. También en su vida hubo sufrimiento, por razón de la vida misma en este mundo y por razón de su opción personal o misión. ¿Qué son si no los sufrimientos de su Pasión y muerte? Pues lo mismo o lo parecido puede sucedernos a nosotros, sobre todo si lo imitamos como discípulos.

           Y no seríamos los primeros, pues Jesús ha tenido muchos imitadores. Pensemos en los santos y mártires que forman parte de nuestra tradición. A este propósito decía uno de esos mártires: "entonces, cuando sea trigo molido entre los dientes de las fieras, seré de verdad discípulo suyo". San Ignacio de Antioquía sí había comprendido lo que implicaba el seguimiento del Señor. En cualquier caso, no es algo intranscendente y sin consecuencias. Ser discípulo de Cristo es una tarea de gran envergadura, como la construcción de una torre o la preparación de una batalla. Hay que calcular fuerzas y medios antes de ponerse a la obra. El que no calcula el alcance de esta empresa puede quedarse a medio camino y convertirse en un fracasado.

           Que el Señor nos dé fuerzas para mantenernos firmes en su seguimiento y no ahorrar energías para concluir la obra emprendida. Que él nos conceda el don de la perseverancia, especialmente en estos tiempos de fragilidad y de apostasía.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 08/09/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A