Comentario, Jueves XXIII Ordinario

Lc 6, 17-38
12 de septiembre de 2019

           El pasaje de Lucas con el que hoy nos encontramos ya se ha comentado por dos veces en la versión de Mateo. Las versiones de uno y otro son sustancialmente idénticas, aunque en Lucas hallamos una mayor concisión, y la enseñanza que introduce carece de preámbulos: A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra, al que te quite la capa, preséntale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo no se lo reclames.

           Es evidente que Jesús pide a sus seguidores una mayor exigencia en lo que respecta al amor. Ya había dicho que los dos mandamientos que sostienen la ley y los profetas son el amor a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. En el texto evangélico que tenemos entre manos se pide que amemos incluso a ese prójimo que no merece siquiera el nombre de prójimo –pero que lo es-, porque se presenta como nuestro enemigo o como alguien que nos odia, maldice e injuria. No basta, por tanto, con que amemos a los que nos aman. Esto, además de no tener mérito, no sería suficientemente significativo del amor cristiano con que tendríamos que amar.

           Amar a los que nos aman sería simplemente corresponder al amor recibido de los demás, pero no sería responder al amor de Dios que es bueno (incluso) con malvados y desagradecidos. Hasta los pecadores (término que aquí parece equipararse a paganos) aman a los que los aman (padres, hijos, mujeres, amigos, correligionarios) y hacen bien a los que les hacen bien. Hasta los prestamistas prestan su dinero esperando cobrar. ¿Qué mérito tiene este préstamo o esta correspondencia?

           A un seguidor de Jesús se le exige mucho más, porque, en cuanto hijo del Altísimo, está equipado para imitar al mismo Dios, que es bueno (incluso) con los malvados y desagradecidos. Si Dios es bueno con malvados y desagradecidos, también nosotros debemos serlo con nuestros enemigos, quizá también malvados y desagradecidos; más aún, con los que nos odian, porque puede que haya enemigos que no nos odien, y con los que nos maldicen y nos injurian, precisamente porque nos odian. Y puede que nos odien más por lo que representamos que por lo que somos, es decir, puede que nos odien por el simple hecho de ser cristianos, o de llevar una cruz en la solapa, o un hábito, o un alzacuellos, y no porque seamos tal o cual persona. Muchas veces lo que se odia en los cristianos es la institución (Iglesia) o la persona (Cristo) con la que se identifican.

           Pues bien, nos dice Jesús, amad a esos que os odian por causa de mi nombre. ¿Y cómo ejercitar este amor? Fundamentalmente deseándoles y haciéndoles el bien, o respondiendo a su maldición con una bendición y a su injuria con una oración en su favor. Son los modos posibles de amar a nuestros enemigos. Otro modo de responder en sintonía con este espíritu (de amor) es presentándole la otra mejilla al que te da una bofetada o dejándole la túnica al que te quita la capa, o no reclamándole lo tuyo al que se lo lleva. Tales son las reacciones que espera Jesús de un cristiano o de un hijo de Dios, ese Dios que es bueno con todos, incluso con los malvados. Éste es también el modo con el que desearíamos ser tratados nosotros en cualquier circunstancia, incluso por aquellos a los que no profesamos ninguna simpatía.

           Pero ¿cómo amar al enemigo, cuando éste es alguien que ha despertado nuestro odio? ¿Cómo amar al que nos aborrece, maldice o injuria? ¿No es el mandamiento de Jesús una pretensión imposible? Pudiera parecerlo. Pero si somos realmente hijos de este Dios que es bueno con los malvados y desagradecidos, es posible. Bastaría con que nuestro Padre, Dios, transformara nuestra carga negativa de sentimientos hacia esos a quienes consideramos enemigos.

           En realidad, amar al que nos aborrece, persigue o calumnia no tendría que sernos imposible si ese tal no adquiere para nosotros categoría de enemigo; si se nos impone más bien su condición de hombre necesitado de misericordia por razón de su ceguera o envilecimiento. Lo realmente difícil es amar lo que nos resulta odioso o aborrecible. Pero este sentimiento también puede cambiar; bastaría con que Dios nos hiciera ver su bondad natural o sustancial, una bondad recuperable, aunque por el momento se halle recubierta de una capa de fealdad o de maldad que nos impide contemplar la bondad oculta.

           Dios puede darnos su mirada, una mirada que nos permita percibir su misma bondad presente en sus criaturas y, finalmente, amar lo que hay de amable en ellas. En suma, podemos amar a nuestros enemigos, porque Dios puede mostrarnos la bondad que hay en ellos y transformar nuestro odio inicial en compasión o nuestra antipatía en simpatía. En cualquier caso, siempre podremos hacer el bien a los que nos aborrecen, injurian o desprecian; porque para hacer el bien basta con ser bueno, y el hecho de que los demás no lo sean o no merezcan el bien que se les hace no debe ser un obstáculo insalvable para los agentes del bien. También se puede rezar por ellos; y rezar ya es una manera de disponerse para la práctica del bien. Y si amar es desear el bien de la persona amada, hacer el bien debe ser una expresión de amor.

           Y en la línea de nuestro modelo (el Dios bueno con todos) sed compasivos como Él lo es; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros. ¿Cabe añadir algo más? La medida que uséis la usarán con vosotros, pero aún más aumentada y generosa, porque quien la aplicará será el mismo Dios que rebosa amor y misericordia, aunque atendiendo a la medida empleada por nosotros. No obstante, nunca podrá dejar de ser bueno hasta con los desagradecidos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 12/09/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A