Comentario, Lunes XXIII Ordinario

Lc 6, 6-11
9 de septiembre de 2019

           El texto evangélico nos traslada de nuevo al ámbito de las controversias de Jesús con los fariseos a propósito de la observancia del Sábado. Jesús se encuentra, como era su costumbre, en la sinagoga. Allí se encuentra también un hombre con parálisis en un brazo. ¿Qué hacía en ese lugar aquel impedido? No parece que su presencia en la sinagoga fuese casual; da la impresión más bien de que hubiese sido llevado allí por los mismos fariseos que quieren servirse de él como cebo en su intento de acusar a Jesús.

           Es lo que insinúa el evangelista cuando dice de ellos que estaban al acecho para ver si curaba en sábado y acusarlo. Hacen, por tanto, de aquel paralítico un medio al servicio de sus malévolas intenciones, que no son otras que encontrar un motivo de acusación contra "el maestro trasgresor". Y Jesús acepta el desafío que le proponen, lanzándoles un pulso en toda regla. Dirigiéndose al paralítico le dice, como retando a sus adversarios: Levántate y ponte ahí en medio. El movimiento de Jesús es manifiesto. Acaba de aceptar el reto de quienes se han constituido en sus acusadores y buscan ocasión propicia para condenarlo.

           Tras hacer del paralítico el centro de todas las miradas, Jesús les dirige una pregunta que no deja escapatoria: ¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el, mal, salvar a uno o dejarlo morir? ¿Qué podían responder a esto? ¿Que en sábado no estaba permitido hacer el bien o salvar la vida de alguien? La contradicción entre la observancia sabática y la buena acción resultaba demasiado flagrante. ¿Cómo prohibir la práctica del bien en sábado? ¿Acaso el Sábado no era una ley de cuño divino? ¿Cómo podía Dios prohibir la buena actuación en el día consagrado a él?

           Los fariseos tenían claro lo que no estaba permitido en sábado; no estaba permitido trabajar, ni encender fuego, ni caminar más de un determinado número de pasos, ni hacer negocios, ni traficar con dinero, ni viajar, etc. Tenían claro, por tanto, aquellas cosas de las que tenían que abstenerse (capítulo de prohibiciones) en sábado; lo que no tenían tan claro en sus planteamientos es lo que estaba permitido, más aún, lo que había que hacer en sábado. ¿Acaso la ley del descanso sabático podía convertirse en una barrera que limitase la práctica del bien? ¿Es que la buena acción puede estar condicionada por algún límite temporal o legal? ¿No es la ley la que tiene que amparar el bien? No sólo está permitido hacer el bien en sábado; está incluso recomendado. Hacer el bien debe ser una obligación moral para todo hombre en cualquier circunstancia de espacio y tiempo.

           Pero Jesús lleva el caso hasta su extremo, pues no parece que aquel paralítico del brazo se encontrase en peligro de muerte o exigiese una cura de urgencia o una rápida intervención. En este contexto adquiere aún más relieve la actitud desafiante del maestro taumaturgo, como si Jesús quisiera cuartear su mentalidad haciéndoles ver no sólo que la ley del Sábado admite excepciones –algo que ya sabían y practicaban ellos-, sino que el código del buen obrar puede muchas veces obligar a transgredir una ley tan sagrada como ésta: ¿Qué está permitido en sábado: salvar la vida a uno o dejarlo morir?

           La pregunta no dejaba alternativa. En ninguna circunstancia se debe preferir dejar morir a una persona que salvarla, si ello es posible. La vida humana es un valor supremo que debe ser custodiado por toda ley. Aquí encuentra su lugar idóneo el dicho de Jesús: el Sábado (la ley) se hizo para el hombre y no el hombre para el Sábado. En este caso lo que parecía en juego no era la vida del paralítico, sino únicamente su salud; pero Jesús parece recrearse en extremar las cosas.

           Aquellos aprendices de jueces no encontraron la respuesta adecuada y prefirieron callar. ¿Cómo iban a decir que en sábado no estaba permitido hacer el bien? ¿Es que la ley del descanso sabático no era buena? ¿Es que observar esta ley no era bueno? Se suele decir que "el que calla otorga"; pero el silencio de los fariseos no era un asentimiento, sino sólo una falta de respuesta y, como delata su inmediata reacción, un adentramiento en el castillo de su propia obstinación. No encontraron respuesta, pero tampoco dieron su brazo a torcer. Su obstinación no les permitía reconocer que no sólo se podía hacer el bien en sábado, sino que se debía hacer el bien, siempre que se ofreciera oportunidad de ello; y la curación de un enfermo era una buena oportunidad para la práctica del bien y para honrar el Sábado.

           Y llegó el momento de la actuación. Para que la cosa no quede sólo en una simple discusión doctrinal, Jesús, aunque indignado y dolido por la obstinación de sus contrincantes, se pone manos a la obra, y le dice al paralítico: Extiende el brazo. Y el brazo de este impedido quedó restablecido. La culminación del acto acabó desatando la ira contenida de sus acusadores. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús. La versión de san Marcos es aún más explícita: En cuanto salieron de la sinagoga los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él.

           Enemigos tan irreconciliables como fariseos y herodianos –los unos enemigos, los otros amigos del régimen imperante- se ponen de acuerdo, porque les une un mismo propósito. Tanto para unos como para otros Jesús resulta un estorbo, alguien que pone en riesgo sus propios intereses. Pero él se había limitado a querer hacerles ver que su interpretación de la ley era insostenible, que una ley como el Sábado no podía de ninguna manera ser un impedimento para la práctica del bien o para la curación de un enfermo, que en último término la ley (toda ley) había sido diseñada para el hombre, y no el hombre para la ley. Quería, por tanto, resquebrajar esa mentalidad monolítica y rocosa que les mantenía aferrados a su concepción legalista, pero esto nunca es fácil. Tampoco lo es para nosotros. Todos disponemos de hábitos mentales que el tiempo ha ido endureciendo o esclerotizando y que resultan difíciles de remodelar.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 09/09/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A