Comentario, Martes XXIII Ordinario

Lc 6, 12-19
10 de septiembre de 2019

           La elección de los Doce por parte de Jesús estuvo precedida por una noche de oración. Así nos lo hace saber el evangelista, poniendo en relación ambas acciones: la de la oración y la de la elección. Es como si quisiera indicarnos que Jesús no tomaba ninguna decisión importante sin antes consultarla con su Padre. Al fin y al cabo había venido para hacer la voluntad del Padre, pero la concreción de esta voluntad había que discernirla en cada momento.

           Jesús, como todo hombre, estaba obligado a tomar decisiones en la vida; y una de ellas fue la de elegir entre sus discípulos a un grupo más reducido, con el que formar una comunidad apostólica que en el futuro tendría que ocuparse de dar continuidad a su misión a manera de grupo estructurado que habría de perpetuarse en el tiempo.

           El grupo nacido de esta elección, los Doce, acabará significándose como núcleo de la futura Iglesia. Hasta el número elegido, el doce, tiene su importancia y valor simbólico; será la representación de un pueblo –el pueblo de Israel- integrado por doce tribus que traían su origen de los doce hijos de Jacob (=Israel). Quería simbolizarse, por tanto, el nuevo pueblo de Israel o congregación de los cristianos. En la elección del número había, pues, una clara intencionalidad. No era gratuita. Tampoco lo era la nominación de los integrantes del grupo.

           También esta concreta elección que implica el pronunciamiento nominal de cada uno de los segregados exigía por parte del elector una seria deliberación. No podía dejarse al azar o a la improvisación. Y Jesús parece haber dado a este momento la importancia que merecía, llevando a la oración los nombres de aquellos de los que haría depender su proyecto salvífico, pues desde entonces las vidas y energías de los elegidos quedarían definitiva y estrechamente asociadas al proyecto de Jesús.

           Ello obligaba a hacer una buena elección y explicaba el empleo de una noche de oración con vistas a este objetivo. Porque lo primero que hizo Jesús, nada más hacerse de día, fue llamar a sus discípulos, escoger a doce de ellos y nombrarles apóstoles. A la elección sigue, pues, un nombramiento: el de apóstoles o enviados. Luego los eligió no solamente para que estuvieran con él y aprendieran de él, sino para enviarlos como representantes suyos a la misión. En su propósito electivo ya hay, por tanto, un proyecto de envío, dado que la misión requiere misioneros y el envío apóstoles.

           La relación de los nombres de los elegidos para ser apóstoles es también significativa y merece alguna reflexión. De Andrés se dice que era hermano (de sangre) de Simón, el que más tarde recibirá el nombre de Pedro; pero no era la única pareja de hermanos. También eran hermanos Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, aunque aquí no se menciona su consanguinidad. De todos ellos sabemos que se dedicaban a la pesca en una pequeña empresa familiar. De otros apóstoles también tenemos referencias acerca de su pasado. Mateo era recaudador de impuesto. Un pasaje del evangelio recuerda su vocación al discipulado de Jesús. Le bastó oír su llamada para dejar el mostrador, como otros habían dejado barcas y redes de pesca.

           Algunos nombres van acompañados de sobrenombres que indican procedencias ideológicas o afinidades políticas. Es el caso de Simón, apodado el Celotes, o el de Judas Iscariote, emparentados probablemente al movimiento nacionalista y revolucionario de los zelotas, un grupo muy combativo de la escena política que no descartaba el uso de la violencia en sus actuaciones reivindicativas.

           A Jesús no parece importarle demasiado el estrato social del que proceden o su inmediato pasado: unos, como los publicanos, podían ser más partidarios de colaborar con el imperio romano; otros, los asociados al nacionalismo judío, en cambio, se manifestaban claramente antirromanos. Pero estos lazos ideológicos no determinan la elección de Jesús; a él le importa ante todo su actitud personal actual, la disponibilidad con la que han emprendido su seguimiento. Sus antecedentes familiares o personales forman parte de un pasado reformable, y Jesús mira más al presente y al futuro.

           No obstante, parece haber cometido un grave error en la elección, pues ha incorporado al grupo de su confianza a alguien que traicionará claramente sus expectativas. A Judas Iscariote se le llama traidor porque será el que entregue al Maestro en manos de sus enemigos. Pero ¿fue ésta realmente una mala elección? Desde cierto punto de vista, sí, pues eligió como amigo, aliado y acompañante a alguien que finalmente le dio la espalda y lo traicionó, a alguien que le fue infiel.

           Sin embargo, aquella traición contribuyó a la realización del designio salvífico de Dios que habría de consumar Jesús con su muerte redentora. Judas, actuando con una voluntad malévola y, por tanto, contraria a la voluntad de Dios, y llevando a cabo un acto reprobable y mezquino, contribuyó no obstante al cumplimiento histórico de la obra de la salvación. Dios sacó de su mala acción el bien de la redención humana, propiciando la entrega amorosa –hasta el extremo- de Cristo en la cruz. Se sirvió, por tanto, de una serie de voluntades confluyentes en el maleficio de dar muerte al Inocente para sacar un bien mayor. Desde esta perspectiva no podemos decir que Jesús se equivocó al elegir a Judas entre los Doce, aun siendo verdad que, eligiéndole a él, escogía a un traidor, pues así se revelaría en el futuro.

           Pero la historia de la salvación nos enseña, como ya sabemos, que Dios escribe derecho con renglones torcidos y que los designios de Dios son inescrutables.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 10/09/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A