Comentario, Miércoles XXII Ordinario

Lc 4, 38-44
4 de septiembre de 2019

           El pasaje evangélico de Lucas nos sitúa a Jesús en Cafarnaúm, centro de su primera actividad misionera, saliendo de la sinagoga y en compañía de algunos de sus discípulos. A Jesús le vemos frecuentar la sinagoga, lugar de reunión donde se proclama y se comenta la Palabra de Dios ofrecida en la Escritura sagrada. El culto sinagogal era una liturgia de la Palabra. Jesús mostraba, por tanto, interés por la escucha, la interpretación y el cumplimiento de esta Palabra que tanto tenía que ver con él y su misión. Basta recordar lo acaecido en la sinagoga de Nazaret, cuanto Jesús, puesto en pie, lee al profeta Isaías y concluye: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Pero no sólo se interesa por esta liturgia, sino que se hace acompañar de sus discípulos para introducirlos en ella, si es que no lo estaban ya.

           También le vemos frecuentar ciertas casas "familiares", como la de Simón y Andrés, donde podía hospedarse provisionalmente, recibir el sustento necesario para reponer fuerzas y continuar la tarea evangelizadora. Los apóstoles llamados a estar con él no han roto del todo los vínculos familiares, pues siguen teniendo contactos, al menos esporádicos, con la familia de origen. La casa de Simón y Andrés era también la casa de la suegra de Simón, y allí se encuentra Jesús con esta mujer que se hallaba en estado de postración: en cama y con fiebre. A Jesús le informan de la situación y él, sin más dilación, se acerca a la enferma, la toma de la mano y la levanta. Y al instante se le pasó la fiebre. Quedó de tal manera restablecida que, levantada de la cama, se puso a servirles.

           El servicio de la mesa, aunque formara parte del hospedaje, pasaba a ser el modo agradecido de corresponder a su sanador. Para Jesús y sus discípulos era el momento del reposo y de la confidencia. Pero aquel bienestar no se prolongó mucho tiempo. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos: tantos, que la población entera parecía agolparse a la puerta. Y Jesús, ante semejante aglomeración, responde, como siempre, con prontitud, dejándose mover a compasión por tanta miseria reflejada en tantos rostros dolientes. Curó a muchos enfermos de males diversos.

           Entre ellos había también endemoniados que gritaban: Tú eres el Hijo de Dios. Tanto enfermos como endemoniados eran miserables que reclamaban la misericordia del Compasivo y Misericordioso. Y Jesús no les niega la acción misericordiosa que aporta el remedio (la medicina) a sus enfermedades. Aquí se habla sólo de curaciones, no de predicación; pero este reparto masivo de salud era también una copiosa y eficaz evangelización. Con la curación de tantas enfermedades se estaba anunciando la buena noticia de la llegada del Reino que se iba abriendo camino en un mundo donde imperaba el mal en todas sus formas, entre las cuales se contaba la enfermedad corporal o psíquica y la posesión diabólica. Tanto es así que hasta los demonios percibían esta presencia benéfica y lo delataban, o querían delatarlo, pero él no les permitía hablar. Y tenía sus razones. No quería que obstaculizasen su misión.

           Y llegó la noche, y con ella el cese de la actividad diurna. Y Jesús, que también tenía necesidad de descansar, se retiró como los demás a sus aposentos o al lugar que le habían preparado para el efecto. Pero no había amanecido aún, cuando Jesús se levantó de madrugada y salió a un lugar solitario, como indica la versión de san Marcos, para orar. Era otra actividad que formaba parte de los hábitos del Maestro de Nazaret. Orar era estar a solas con su Padre; porque después de esas jornadas interminables de actividad frenética, Jesús necesitaba estar a solas con él para intercambiar afectos, para confrontar voluntades, para reposar en su regazo paterno. Jesús, el Hijo de Dios, se sentía realmente hijo amado de este Padre a quien se dirigía con el tierno y confidencial Abba. Vivía en total dependencia de él. Estaba en permanente estado de escucha y obediencia. No podía no sentir la necesidad de estar, de hablar, con él y a solas. Ello explica que escogiera la noche como tiempo propicio y el descampado como espacio idóneo. En este espacio-tiempo podía estar realmente a solas con su Padre.

           Si nosotros nos sentimos hijos dependientes de Dios, también tendríamos que experimentar la necesidad de estar con él a solas o acompañados; en cualquier caso, de estar con él, de modo que él nos dé a conocer y a sentir su amor de Padre, que es conocer sus designios y sus propósitos y sentir que en todos ellos hay un amor infinito, tierno y misericordioso. Es en la oración donde se nos da a conocer el Dios revelado o donde el Dios que se ha dado a conocer en la revelación se muestra personalmente al orante para decirle lo que éste debe oír, para decirle esencialmente que le ama y que tiene para con él designios de salvación. Es en la oración, por tanto, donde el hijo toma conciencia de que tiene Padre y de que éste nunca le abandonará. Y es en la oración también donde el hijo conoce el modo de complacer al Padre, lo que realmente le agrada de su conducta.

           Cuando se hizo de día, la gente, que lo andaba buscando, dio con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese. ¿Cómo no buscar a un médico capaz de curar de manera milagrosa todas las enfermedades y dolencias, y sin pedir nada a cambio? La fama de Jesús como sanador se iba extendiendo, al tiempo que crecía el efecto llamada y la creciente afluencia de la gente. Sí, en verdad todo el mundo le buscaba, porque era mucho y muy valioso lo que podían recibir de él. Si hoy Jesús no es buscado es porque la gente no espera recibir nada de él o porque lo que se les promete que el Señor puede darles carece de interés para ellos.

           Pero ¿cómo puede carecer de interés el mensaje de la salvación? En el fondo, el problema no está en que la salvación no interese, sino en que se desconfía de esa promesa de salvación. Y la desconfianza hace que se deje de esperar, conformándonos con una salvación de rango inferior, intramundana y reducida a los límites que impone la caducidad humana. Tal vez si Jesús proporcionara hoy esa suerte de salvación que consiste en la curación de una enfermedad como el cáncer, seguiría siendo buscado como entonces. Pero si lo que promete es la resurrección de la carne y la vida eterna, cosas infinitamente más valiosas, pero inverificables, puede que se genere el desconcierto y la desconfianza en los oyentes, como nos recuerdan algunas escenas de la narración evangélica, y dejen no sólo de seguirlo, sino también de buscarlo.

           Pero Cafarnaúm no era la última estación de su andar misionero. Jesús pensaba llegar a otras aldeas cercanas para predicar también allí la buena noticia. Y así fue recorriendo la región, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios. Su actividad profética se puede resumir en estas dos acciones: predicar y expulsar demonios, lo que equivalía a curar todo tipo de enfermedades; predicar la cercanía del Reino y combatir en modo significativo el mal que impedía su implantación; predicar el evangelio de la misericordia y activarla en un mundo colmado de miserias. Como seguidores suyos, también nosotros estamos llamados a prolongar esta labor que consiste en predicar y aplicar el evangelio de la misericordia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 04/09/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A