Comentario, Sábado XXII Ordinario

Lc 6, 1-5
7 de septiembre de 2019

           Un sábado, nos dice el evangelista, Jesús y sus discípulos atravesaban un sembrado. Durante la travesía, los discípulos iban arrancando espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano. Al verles actuar los fariseos en este modo, se dirigen a ellos censurando su conducta: ¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?

           El motivo de su censura es que hacían "lo que no estaba permitido en sábado", es decir, que obraban contra la ley del Sábado o ley del descanso sabático, ley que prohibía trabajar en sábado. No se les acusa, pues, de robar en campo ajeno o de substraer bienes que no eran suyos; se les acusa de "arrancar espigas", esto es, de trabajar durante el día del descanso sagrado, y ello aunque lo hicieran con el fin de calmar el hambre, es decir, en situación de necesidad. Y los fariseos, al parecer, también admitían ciertas excepciones a esta ley, como, por ejemplo, la de llevar al buey o al asno a abrevar o la de rescatarlo si se había caído en un pozo.

           Jesús, tratando de justificar el comportamiento de sus discípulos, les propone a modo de ilustración un ejemplo tomado de la historia del pueblo de Israel. Se trata de lo que hizo David, el más grande y piadoso monarca judío, cuando él y sus hombres, en una de sus frecuentes campañas guerreras, se vieron faltos y con hambre. Entró en la casa de Dios, es decir, en el templo, y comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros de batalla.

           David hizo, por tanto, lo no permitido por la ley, a saber, comer unos panes "ofrecidos en sacrificio sagrado" (=consagrados) que sólo les estaba permitido comer a los sacerdotes. Y no sólo comió él, sino que los compartió con sus compañeros. Hacer uso profano de unos bienes sagrados puede ser calificado como sacrilegio. Sea como fuere, lo cierto es que David hizo lo prohibido por la ley, ciertamente estando en situación de (¿extrema?) necesidad: faltos y con hambre. Se sirvió de un alimento sagrado para saciar una necesidad corporal. Y Jesús justifica esta actuación aludiendo al estado de necesidad (material) en que se encontraban aquellos hombres. La autoridad del personaje ejemplarizado, el gran rey judío, le ayudaba a refrendar esa conducta.

           Pero la consecuencia moral que saca Jesús de la actuación transgresora, pero justificable, de David y sus acompañantes no hace distinción de personas: El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado (aquí Marcos completa la versión de Lucas que se limita a decir que el Hijo del hombre es señor del sábado).

           Toda ley, incluida la ley del descanso sabático, incluida la ley más sagrada, se hizo para el hombre, para el bien (integral) del hombre, para beneficio del hombre; y no al revés, el hombre para el sábado. Invertir los términos es deformar las cosas queridas por Dios. Suponer que el hombre ha sido hecho para la ley, para el engrandecimiento o la salvaguarda de la ley, de modo que tenga que sacrificar su vida en aras de la ley es deformar el orden de las cosas. La ley está al servicio del hombre, de su dignidad, de su bien integral, de su vida.

           La ley del sábado se hizo para que el hombre pudiera descansar de sus afanes diarios, para que pudiera glorificar a Dios, para que pudiera compartir gozosamente su tiempo con su familia y sus amigos, para que pudiera dedicarse a otras cosas, para que pudiera recrearse en las obras de Dios, no para que no pudiera saciar su hambre, aunque para ello tuviera que arrancar espigas, ni para que no pudiera recuperar la salud, aunque para ello tuviera que solicitar la intervención de un médico o un sanador.

           El Sábado se hizo –lo hizo Dios- para facilitar la vida del hombre en la tierra, no para dificultarla. Ello no significa que el mismo Dios de la vida no pueda exigir el sacrificio de la vida temporal en aras de un bien superior como es la vida eterna, y que la ley del amor a Dios (o al prójimo) pueda exigir en ocasiones la entrega (martirial) de la propia vida. Pero esta ley, que puede exigir la entrega de la vida disponible, no por eso deja de estar al servicio del hombre y del bien supremo de su salvación. Así que el hombre es señor del sábado, y el Hijo del hombre, que es también hombre, es también y con mayor razón señor del sábado.

           Es verdad que las leyes se han dado para que se cumplan, y si siendo justas no se cumplen, no justifican su promulgación. Pero toda ley tiene su excepcionalidad, que hay que valorar en cada caso sin perder nunca de vista que la ley se hizo para bien del hombre y de los hombres en su convivencia social. Si se olvida esta perspectiva incurriremos en un legalismo malsano y perjudicial y haremos del hombre un esclavo de la ley que no discierne situaciones personales ni necesidades. Las exigencias de la ley pueden resultar en ocasiones verdaderamente inmisericordes. Por todo ello es muy conveniente sentar este supuesto evangélico: que el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 07/09/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A