Comentario, Viernes XXII Ordinario

Lc 5, 33-39
6 de septiembre de 2019

           Eran días de ayuno para todo judío respetuoso de sus tradiciones. Ayunaban los discípulos de Juan (el Bautista) y ayunaban los fariseos. Todos estaban de ayuno menos los discípulos de Jesús. Y semejante descuido, que parece denotar falta de aprecio por las observancias preceptivas de la tradición judaica, no pasa desapercibido a los que estaban al tanto de todo lo que sucedía a su alrededor. Y llega la censura de los observantes: Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio los tuyos, a comer y a beber.

           La pregunta era un reproche a la inobservancia de los discípulos de Jesús en materia de ayuno, como si el maestro de tales discípulos hubiese descuidado este capítulo de la disciplina penitencial y del manual del buen judío.

           Jesús habría podido responder a la crítica de los fariseos remitiéndose a la censura que hace el profeta Isaías de los ayunos de sus antepasados: Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores. Mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es este el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica?; mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor? (Is 58, 3-5).

           Pero no, en esta ocasión Jesús no responde con el ataque, se limita a señalar una particularidad del momento para justificar la conducta de sus discípulos: ¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Llegará el día en que se lo lleven, y entonces ayunarán.

           En tiempo de bodas no hay espacio para el ayuno. El ayuno es una práctica de carácter penitencial. También el ayuno tiene su tiempo; por eso se señalan días de ayuno. Y los días que viven los discípulos de Jesús en compañía de su Maestro no son días para el ayuno, sino para disfrutar de esa compañía y sacar provecho de esa relación de amistad y discipulado. Son días para el aprendizaje y para el fortalecimiento de esa relación esponsal.

           Ya llegará el momento en que les arrebaten esa presencia (la presencia del novio) y se vean forzados a ayunar, es decir, a hacer duelo y a guardar luto por el muerto; porque ese es en primer lugar el ayuno que les vendrá exigido, la privación de ese novio (amigo, maestro, señor) con el que han convivido durante algún tiempo y a quien han acompañado a todas partes como discípulos y testigos de su mesiánica actividad. Y tras saborear la amargura de este ayuno, tras ser privados de esta compañía, vendrán otros muchos ayunos exigidos por la misma misión. Son todos esos ayunos que acompañan al misionero que se ve obligado a renunciar a tantas cosas (patria, casa, familia, amistades, lengua, cultura, seguridades, etc.) por imperativo de la misión asumida en nombre de Cristo.

           Jesús no parece conceder demasiada importancia al ayuno en sí mismo; más bien lo ve como consecuencia de algo o en función de otra cosa. Hay ayunos que derivan de un seguimiento, de la asunción de un trabajo, de la consecución de un objetivo, de una relación personal, de un compromiso; son el efecto de ese seguimiento, de ese objetivo pretendido o de esa relación que exigen tales privaciones. Son los ayunos del misionero que marcha a un país desconocido, o del estudiante que prepara una oposición, o del enamorado que, por amor, es capaz de renunciar a muchas cosas, o del atleta que, por alcanzar el laurel de la victoria, se abstiene de tantas apetencias. La privación por la privación no tiene ningún sentido. El ayuno siempre tiene su razón de ser en otra cosa, en aquello para lo que se ayuna. Por eso, subsiste únicamente como "parásito" de la limosna a la que se orienta, de la oración que le reclama, del amor por el que se ayuna.

           Por eso, cuando pierde esta correlación o funcionalidad, es equiparable –tal es la comparación que usa Jesús- al remiendo de paño que se coloca sobre un manto pasado, que la pieza (nueva) tira del manto (viejo) y deja un roto peor. Tales eran los ayunos que denunciaba el profeta Isaías como no agradables a los ojos de Dios: remiendos en unas vidas que no atendían a la voluntad de Dios, que prefería la misericordia al sacrificio, y a los ayunos, sobre todo cuando estos estaban desconectados de la misericordia y sus obras; peor aún si aquellos eran causa u ocasión de disputas, riñas, abusos, injusticias y acciones en las que brillaba por su ausencia la misericordia. Aquellas prácticas penitenciales tenían el aspecto de un remiendo en un manto viejo. No arreglaban nada de lo que estaba desarreglado en la vida de tales practicantes.

           Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revienta los odres y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos. Entre el vino y los odres tiene que haber correspondencia o maridaje: a vino nuevo, odres nuevos. Lo mismo sucede con las prácticas en las que se expresa la vida o la fe de una persona: a vida cristiana, prácticas cristianas. Pero tales prácticas, ya sean de oración, de limosna o de ayuno, para que sean cristianas, tienen que llevar el carácter, esto es, el espíritu, la motivación, la razón de ser de lo cristiano. Sólo ahí, enmarcadas en lo cristiano, como expresión de la misericordia y el amor cristianos tendrán su valor. San Pablo lo entendió perfectamente: Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor de nada me sirve (1 Cor 13, 3).

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 06/09/19     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A